Motivos para vestir de negro según Camilo José Cela y según Johnny Cash

El ciudadano Iscariote Reclús“, novela corta del escritor español, premio Nobel, Camilo José Cela (1916-2002), publicada en 1965 en Ed. Alfaguara. El fragmento que se va a transcribir es un epígrafe del capítulo 12 [“Conducta higiénica (interior y exterior)”]. De la novela hay reedición de 2018 dentro del libro “Santa Balbina, 37, gas en cada piso y otras novelas cortas“. Iscariote Reclús, cuyo nombre “real” es Saturnino Cabezón y López-Monachil, de profesión cobrador de la luz primero y luego cultivador de melones, es barbudo, esperantista, espiritista, filatélico, anarquista, vegetariano, polígamo, aficionado a la gimnasia y procedentes de sucesivas transmigraciones, entre otras cosas.

El pie desnudo y la indumentaria enlutada.

El mayor Worm-Hole, el de las normas acromáticas, aconsejaba andar descalzo para que la inspiración del chorro de la vida nutriese directamente de los efluvios de la tierra, esto es, de las radiaciones recibidas por vía higiénica natural. El ciudadano Iscariote no lo ignoraba, aunque, claro, tampoco podía seguir el mandato al pie de la letra; en la compañía de la luz no le hubiesen permitido ir por las casa descalzo, apuntando contadores y cobrando facturas. El ciudadano Iscariote Reclús, para aunar los principios con la obligación, calzaba sandalias sin calcetines, que es punto menos que ir con el pie desnudo. Cada profesión tiene sus servidumbres y contra ella nada vale querer rebelarse; las cosas hay que tomarlas con paciencia y según vienen.

-¿Incluso entre ciudadanos?

-Sí, señor, incluso entre ciudadanos. Esto de ser ciudadanos es una voluntad cívica, en ningún caso un hecho diferencial.

-Usted perdone.

El ciudadano Iscariote Reclús vestía siempre de luto, en señal de protesta por los crímenes de los sojuzgadores de la humanidad; la higiene del karma, el saber mantenerlo libre de contaminación, no es menos necesaria que la higiene del cuerpo. Como en Europa y en la edad contemporánea, el luto se expresa tiñendo la indumentariade negro (lutos en ocho horas), el Iscariote, que habitaba en la península ibérica, andaba de viuda“.


Man in black“, canción de 1971 del cantante y compositor estadounidense Johnny Cash (1932-2003). Suele considerarse “canción protesta”.

Well, you wonder why I always dress in black,
Why you never see bright colors on my back,
And why does my appearance seem to have a somber tone.
Well, there’s a reason for the things that I have on.

I wear the black for the poor and the beaten down,
Livin’ in the hopeless, hungry side of town,
I wear it for the prisoner who has long paid for his crime,
But is there because he’s a victim of the times.

I wear the black for those who never read,
Or listened to the words that Jesus said,
About the road to happiness through love and charity,
Why, you’d think He’s talking straight to you and me.

Well, we’re doin’ mighty fine, I do suppose,
In our streak of lightnin’ cars and fancy clothes,
But just so we’re reminded of the ones who are held back,
Up front there ought ‘a be a Man In Black.

I wear it for the sick and lonely old,
For the reckless ones whose bad trip left them cold,
I wear the black in mournin’ for the lives that could have been,
Each week we lose a hundred fine young men.

And, I wear it for the thousands who have died,
Believen’ that the Lord was on their side,
I wear it for another hundred thousand who have died,
Believen’ that we all were on their side.

Well, there’s things that never will be right I know,
And things need changin’ everywhere you go,
But ‘til we start to make a move to make a few things right,
You’ll never see me wear a suit of white.

Ah, I’d love to wear a rainbow every day,
And tell the world that everything’s OK,
But I’ll try to carry off a little darkness on my back,
‘Till things are brighter, I’m the Man In Black.”

El hombre de negro“, por Loquillo con Andrés Calamaro, Enrique Bunbury y Jaime Urrutia.

Verónica del Carpio Fiestas

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Borges y Tolkien: poesía en idiomas inventados

Dos autores tan alejados como J.R.R. Tolkien (1893-1973) y Jorge Luis Borges (1899-1986) coinciden en algunas cosas. No tiene sentido hacer comparaciones, pero las diferencias entre ambos son obvias; por ejemplo, que Borges es un gigante de la Literatura con mayúscula y tenía una cultura apabullante en muy diversas materias, especialmente Filosofía entendida en sentido muy amplio, que demostraba constantemente en su obra, y Tolkien era también un gigante intelectual, pero de estilo muy distinto, y, desde el punto de vista de fondo, forma y técnica las diferencias son tan abismales que no merece la pena ni mencionarlas. Pero hay algunas coincidencias, aparte de la evidente de ser casi coetáneos, escritores y poetas: ambos eran expertos en literatura anglosajona antigua. Y ambos inventaron idiomas de países inventados. A Tolkien todo ello le ocupó los tres volúmenes de “El Señor de los Anillos”, más los conexos “El hobbit”, “El Silmarillion” y demás, y Borges, además se inventó un país y un planeta con sus idiomas, “con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica”. Tolkien escribió poesía en sus idiomas inventados y Borges, con su técnica habitual indirecta, la de describir las cosas que inventa como si se tratara de pequeños ensayos sobre documentos o datos ajenos, no escribió poesía en sus idiomas inventados sino comentarios tipo ensayo sobre la poesía que se escribía en su planeta inventado en sus idiomas inventados. “El hobbit”, primer libro de este ciclo literario de Tolkien, es de 1937, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de 1940 y “El Señor de los Anillos” de 1954-1955. En las obras de Tolkien se percibe el rastro de idiomas germánicos antiguos, en esta de Borges no lo sé, quizá también. Sería interesante saber si ambos autores se leyeron mutuamente. En cualquier caso, bastante más creativo era Borges, y no solo por sus tigres transparentes y sus torres de sangre: no se limitó a traducir palabras, sino que inventó conceptos como idiomas sin sustantivos. Comparemos la poesía de ambos; directa la de uno, ensayística y filosófica la del otro; porque, aviso, “idealismo” se refiere aquí al sistema filosófico. Y las obras de ambos son maravillosas en ambos sentidos del término.

Namarië” (canción en quenya, idioma élfico, en “El Señor de los Anillos“, “La comunidad del anillo”, de J.R.R. Tolkien. Publicado en 1954-1955.

Ai! Laurië lantar lassi súrinen
yéni únótimë ve rámar aldaron!
yéni ve lintë yuldar avánier
mi oromardi lissë-miruvóreva
Andúnë pella, Vardo tellumar
nu luini yassen tintilar i eleni
ómaryo airetári-lírinen.
Sí man i yulma nin enquantuva?
An sí Tintallë Varda Oiolossëo
ve fanyar máryat Elentári ortanë
ar ilyë tier undulávë lumbulë
ar sindanóriello caita mornië
i falmalinnar imbë met,
ar hísië untúpa Calaciryo míri oialë.
Sí vanwa ná, Rómello vanwa, Valimar!
Namárië! Nai hiruvalyë Valimar!
Nai elyë hiruva! Namárië!

¡Ah, como el oro caen las hojas en el viento!
E innumerables como las alas de los árboles son los años.
Los años han pasado como sorbos rápidos
y dulces de hidromiel blanco en las salas
de más allá del Oeste,
bajo las bóvedas azules de Varda,
donde las estrellas tiemblan
cuando oyen el sonido de esa voz, bienaventurada y real.
¿Quién me llenará de nuevo la copa?
Pues ahora la Hechicera, Varda, la Reina de las Estrellas,
desde el Monte Siempre Blanco ha alzado las manos como nubes,
y todos los caminos se han ahogado en sombras
y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende
sobre las olas espumosas que nos separan,
y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.
Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar!
¡Adiós! Quizás encuentres a Valimar.
Quizá tú lo encuentres. ¡Adiós!

Traducción de “El Señor de los Anillos” de Editorial Minotauro, 1978. The Lord of the Rings, de J.R.R. Tolkien, fue publicado en 1954-1955.

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius“, de Jorge Luis Borges (fragmento). Publicado en 1940.

I

Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ookbar, Oukbahr… Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese he

Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XXVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las repetidas por él, aunque -tal vez- literariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan. Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría ver ese artículo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosas índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de Uqbar.

El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían al artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.

Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencias eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región. Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo trece, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección idioma y literatura era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön… La bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque el tercero -Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, 1874-figura en los catálogos de librería de Bernard Quaritch.1 El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercero volumen) y supe que era el de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.

Esa noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo-American Cyclopaedía… Entró e interrogó el volumen XXVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de Uqbar.

II

Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez, taciturnamente… Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas en la mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10). Ashe dijo que precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había sido encargado por un noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos y no había mencionado nunca su estadía en esa región… Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la etimología brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todavía pronuncian gaúcho) y nada más se dijo -Dios me perdone- de funciones duodecimales. En setiembre de 1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura de un aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y certificado. Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, donde -meses después- lo encontré. Me puse a hojearlo y sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y lo integraban 1001 páginas. En el amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía: A First Encyclopaedia of Tlön. vol. XI. Hlaer to Jangr. No había indicación de fecha ni de lugar. En la primera página y en una hoja de papel de seda que cubría una de las láminas en colores había estampado un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos años que yo había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia práctica una somera descripción de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo. Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico.

En el “onceno tomo” de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y precedentes. Néstor Ibarra, en un artículo ya clásico de la N. R. F., ha negado que existen esos aláteres; Ezequiel Martínez Estrada y Drieu La Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El hecho es que hasta ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes, harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre veras y burlas, que una generación de tlönistas puede bastar. Ese arriesgado cómputo nos retrae al problema fundamental: ¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de un solo inventor -de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en la modestia- ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras… dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme recordar que las contradicciones aparentes del Onceno Tomo son la piedra fundamental de la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el orden que se ha observado en él. Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso, la zoología y la topografía de Tlön; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos minutos para su concepto del universo.

Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la tierra; del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta son -congénitamente- idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje -la religión, las letras, la metafísica- presuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los idiomas “actuales” y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fluir luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfluyue lunó. Upward, behind the onstreaming it mooned.

Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal (de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el Onceno Tomo) la célula primordial no es el verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-de1 cielo o cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un objeto real; el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio (como en el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a veces, la mera simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter visual y otro auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro. Los hay de muchos: el sol y el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo que se ve con los ojos cerrados, la sensación de quien se deja llevar por un río y también por el sueño. Esos objetos de segundo grado pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas, es prácticamente infinito. Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra. Esta palabra integra un objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número. Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las lenguas indoeuropeas y otros muchos más.

Fragmento de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento de Jorge Luis Borges Enlace al cuento completo, cuya lectura recomiendo encarecidamente, aquí.

Verónica del Carpio Fiestas

Impostores: el caso Martin Guerre y el caso del Tom Castro de Borges

“Se trata del caso de Martin Guerre, un episodio de la historia del campesinado del sur de Francia de mediados del siglo XVI. Cronológicamente este periodo supera los límites de la Edad Media, pero, en esencia, apenas si lo hace. En el mundo campesino las tradiciones cambiaban con particular lentitud. El argumento de Martin Guerre está «pensado» por la propia vida según el guion de un cuento o una novela y en más de una ocasión ha sido utilizado por los poetas, dramaturgos y guionistas de cine, ha sido investigado de manera magistral por Natalie Zemon Davis, quien sitúa este episodio en el contexto social real de la época. Me limitaré a recordar el cañamazo exterior de los acontecimientos.
El matrimonio del joven Martin con Bertrand, hija de un campesino acomodado del Languedoc, no fue afortunado. Al principio una larga impotencia del marido hizo estéril al matrimonio, después, aun cuando Bertrande le do un hijo, Martin desapareció, se marchó de casa y desapareció por muchos años. Cuando por fin regresó, resultó que su lugar estaba ocupado. Había ocurrido que, varios años antes, había hecho su aparición en la aldea un joven, por nombre Arnaud de Tilh, que se hizo pasar por Martin Guerre con tanta fortuna que todo el mundo aceptó su autenticidad, parientes, vecinos y, lo más importante, su propia esposa. Las sospechas surgieron únicamente cuando entre el tío y el sobrino impostor surgió una disputa por unas propiedades. La amenaza de perder la posesión de la tierra abrió los ojos al tío respecto al advenedizo, e inició un pleito. Los jueces que interrogaron a varias decenas de testigos no pudieron establecer la verdad ya que una parte de ellos negaba que el marido de Bertrand fuera el verdadero Martin, mientras que otros no tenían la menor duda de que este hombre, con el que ella había vivido felizmente varios años, y a quien había dado una hija, era su cónyuge legal. Por lo que se refiere al propio sospechoso, este refutaba tenazmente las acusaciones de engaño de una forma tan convincente que el parlamento de Toulouse, Tribunal Supremo de la provincia, estaba dispuesto a darle la razón. Sin embargo, cuando el juez se disponía a proclamar su veredicto, en el tribunal apareció ni más ni menos que el propio Martin Guerre en persona, con una pierna: pero ¡el verdadero sin la menor duda! Bertrande y los demás lo reconocieron inmediatamente. El embaucador fue desenmascarado, juzgado y colgado delante de la casa del hombre por el que durante tanto tiempo y con tanta fortuna se había hecho pasar.
En este episodio, la atención del historiador, ocupado en la búsqueda de la personalidad humana, se fija en diferentes aspectos. El interés de Natalie Zemon Davis se centra en Bertrande: ¿cómo «reconoció» la esposa a su marido en el impostor? ¿Se había engañado a sí misma de buena fe o, desilusionada en algún momento de esperar el regreso de Martin y sabiendo al mismo tiempo que no podía casarse de nuevo mientras no se demostrara la muerte del marido, quería construir una nueva vida familiar? (puesto que ella, aun después de que se acusara públicamente a Arnaud, continuó insistiendo obstinadamente en que era el verdadero Martin casi hasta el final del juicio). Que Bertrande sea el centro de la atención es muy comprensible0 pero no es menos importante Arnaud de Tilh, que se hace pasar por Martin Guerre. Davis hace notar de manera muy justa que no tenemos ante nosotros un caso de fraude habitual ni un intento de «hacerse pasar simplemente por otro hombre», sino una elaborada estratagema para «asumir una vida ajena)». En correspondencia, el regreso del verdadero Martin fue en este plano nada más que la realización de la intención de recobrar su personalidad, su persona.
Al parecer, Arnaud de Tilh se encontró en algún lugar con Martin Guerre durante el período de los viajes de este y, convencido de la similitud física (por otro lado no total), averiguó muchas cosas de su vida anterior sobre la gente con la que estaba relacionado. Hay que hacerle justicia, aprendió a fondo el papel que pretendía interpretar. No se comprende del todo cómo consiguió hacerlo, pero los hechos son los hechos: Arnaud conocía a la perfección a todas las gentes de la aldea por sus nombres y aspecto exterior, y después de su aparición allí «recordaban» juntos episodios y conversaciones del pasado, de manera que al principio nadie dudó en serio de que se tratara del verdadero Martin Guerre. Sobre las diferencias entre él y Martin se empezó a hablar, en particular, tan solo después que surgiera la querella entre el tío y el «sobrino». Natalie Zemon Davis señala que en esa época los campesinos no disponían de criterios claros para identificar una personalidad, puesto que no existían ni certificados ni modelos de caligrafía, ya que no era costumbre observar los rasgos de la cara, costumbre que se adquiere con e1 uso del espejo. Es posible que en estas condiciones no se desarrolle la observación fisionómica y las pequeñas diferencias entre gentes parecidas entre sf no atraen la atención. Recordemos la observación de Febvre sobre el «atraso visual» del hombre del siglo xvi, que está acostumbrado a confiar más en el oído que en la vista.
Lo dicho ayuda a contestar la pregunta de por qué los que rodeaban a Arnaud de Tilh, que se hacia pasar por Martin Guerre, creyeron que ante ellos estaba el verdadero Martin Guerre. ¿Nos podemos permitir hacernos otra pregunta? ¿Cómo lo vivía el propio embaucador? Naturalmente, no podemos obtener una respuesta precisa. Solo sabemos que Arnaud negó decididamente todas las acusaciones que se hacían contra su autenticidad en calidad de Martin Guerre (pero no le quedaba otro remedio, había ido demasiado lejos en su mistificación) y fue tan convincente y consecuente en su defensa propia, que en el juicio testificaron una decena de vecinos a su favor; es más, le creyó el experimentado e ilustrado juez de Toulouse de Coras, quien dejó una detallada descripción de este caso «sorprendente y memorable». Solo después de la condena de Arnaud, cuando se le exigió público arrepentimiento antes de morir, él, finalmente, preparándose p araaparecer ante el Juez Supremo, se reconoció embaucador e impostor.
Surge la hipótesis: el hombre que durante mucho tiempo recopiló concienzudamente todos los testimonios posibles sobre otra persona, incluso hasta los más nimios detalles de sus conversaciones con los vecinos y parientes, además de datos sobre todas estas personas (y el número de testigos, que fueron interrogados en el tribunal de primera instancia y, consiguientemente, hablaron con el pseudo-Martin hasta el inicio del proceso, alcanzó por lo menos la cifra de ciento cincuenta, además entre ellos había parientes y allegados de Martin Guerre), no pudo en definitiva instalarse en el papel. Pretendía pasar toda su vida bajo la máscara de Martin Guerre, y lo consiguió durante algunos años a la perfección. La máscara debía «pegarse» al rostro, germinar en el interior de Arnaud. ¿No es normal que se sintiera Martin? Con esta transformación psicológica, ¿no se explica la seguridad con la cual se afianzaba en su nueva identidad, y la convicción, que ejerció una influencia tan grande en el trubunal
Naturalmente, no se dice ni una palabra de que el recién aparecido Martin Guerre hubiera olvidado completamente quién era ese Arnaud de Tilh. Actuaba y fingía. Sin embargo, se sabe qué precio pagan los eternos simuladores. […] El impostor, cuando vivía con Bertrande y se relacionaba con los vecinos, sus parientes y los de Martin, era al mismo tiempo Martin Guerre y Arnaud de Tilh.”

Del libro “Los orígenes del individualismo europeo”, de Aaron Gurevich, Crítica, 1997

” El impostor inverosímil Tom Castro

Ese nombre le doy porque bajo ese nombre lo conocieron por calles y por casas de Talcahuano, de Santiago de Chile y de Valparaíso, hacia 1850, y es justo que lo asuma otra vez, ahora que retorna a estas tierras -siquiera en calidad de mero fantasma y de pasatiempo del sábado (1). El registro de nacimiento de Wapping lo llama Arthur Orton y lo inscribe en la fecha 7 de junio de 1834. Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia conoció la miseria insípida de los barrios bajos de Londres y que sintió el llamado del mar. El hecho no es insólito. Run away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de los padres, la iniciación heroica. La geografía la recomienda y aun la Escritura (Salmos, 107): Los que bajan en barcas a la mar, los que comercian en las grandes aguas; ésos ven las obras de Dios y sus maravillas en el abismo. Orton huyó de su deplorable suburbio color rosa tiznado y bajó en un barco a la mar y contempló con el habitual desengaño la Cruz del Sur, y desertó en el puerto de Valparaíso. Era persona de una sosegada idiotez. Lógicamente, hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le conciliaron el favor de cierta familia de Castro, cuyo nombre adoptó. De ese episodio sudamericano no quedan huellas, pero su gratitud no decayó, puesto que en 1861 reaparece en Australia, siempre con ese nombre: Tom Castro. En Sydney conoció a un tal Bogle, un negro sirviente. Bogle, sin ser hermoso, tenía ese aire reposado y monumental, esa solidez como de obra de ingeniería que tiene el hombre negro entrado en años, en carnes y en autoridad. Tenía una segunda condición, que determinados manuales de etnografía han negado a su raza: la ocurrencia genial. Ya veremos luego la prueba. Era un varón morigerado y decente, con los antiguos apetitos africanos muy corregidos por el uso y abuso del calvinismo. Fuera de las visitas del dios (que describiremos después) era absolutamente normal, sin otra irregularidad que un pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento vehículo que daría fin a sus días.
Orton lo vio un atardecer en una desmantelada esquina de Sydney, creándosedecisión para sortear la imaginaria muerte. Al rato largo de mirarlo le ofreció el brazo y atravesaron asombrados los dos la calle inofensiva. Desde ese instante de un atardecer ya difunto, un protectorado se estableció: el del negro inseguro y monumental sobre el obeso tarambana de Wapping. En setiembre de 1865, ambos leyeron en un diario local un desolado aviso.

EL IDOLATRADO HOMBRE MUERTO

En las postrimerías de abril de 1854 (mientras Orton provocaba las efusiones de la hospitalidad chilena, amplia como sus patios) naufragó en aguas del Atlántico el vapor Mermaid, procedente de Río de Janeiro, con rumbo a Liverpool. Entre los que perecieron estaba Roger Charles Tichborne, militar inglés criado en Francia, mayorazgo de una de las principales familias católicas de Inglaterra. Parece inverosímil, pero la muerte de ese joven afrancesado, que hablaba inglés con el más fino acento de París y despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia, la gracia y la pedantería francesas, fue un acontecimiento trascendental en el destino de Orton, que jamás lo había visto. Lady Tichborne, horrorizada madre de Roger, rehusó creer en su muerte y publicó desconsolados avisos en los periódicos de más amplia circulación. Uno de esos avisos cayó en las blandas manos funerarias del negro Bogle, que concibió un proyecto genial.

LAS VIRTUDES DE LA DISPARIDAD

Tichborne era un esbelto caballero de aire envainado, con los rasgos agudos, la tez morena, el pelo negro y lacio, los ojos vivos y la palabra de una precisión ya molesta; Orton era un palurdo desbordante, de vasto abdomen, rasgos de una infinita vaguedad, cutis que tiraba a pecoso, pelo ensortijado castaño, ojos dormilones y conversación ausente o borrosa. Bogle inventó que el deber de Orton era embarcarse en el primer vapor para Europa y satisfacer la esperanza de Lady Tichborne, declarando ser su hijo. El proyecto era de una insensata ingeniosidad. Busco un fácil ejemplo. Si un impostor en 1914 hubiera pretendido hacerse pasar por el Emperador de Alemania, lo primero que habría falsificado serían los bigotes ascendentes, el brazo muerto, el entrecejo autoritario, la capa gris, el ilustre pecho condecorado y el alto yelmo. Bogle era más sutil: hubiera presentado un kaiser lampiño, ajeno de atributos militares y de águilas honrosas y con el brazo izquierdo en un estado de indudable salud. No precisamos la metáfora; nos consta que presentó un Tichborne fofo, con sonrisa amable de imbécil, pelo castaño y una inmejorable ignorancia del idioma francés. Bogle sabía que un facsímil perfecto del anhelado Roger Charles Tichborne era de imposible obtención. Sabía también que todas las similitudes logradas no harían otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables. Renunció, pues, a todo arecido. Intuyó que la enorme ineptitud de la pretensión sería una convincente prueba de que no se trataba de un fraude, que nunca hubiera descubierto de ese modo flagrante los rasgos más sencillos de convicción. No hay que olvidar tampoco la colaboración todopoderosa del tiempo: catorce años de hemisferio austral y de azar pueden cambiar a un hombre.
Otra razón fundamental: Los repetidos e insensatos avisos de Lady Tichborne demostraban su plena seguridad de que Roger Charles no había muerto, su voluntad de reconocerlo.

EL ENCUENTRO

Tom Castro, siempre servicial, escribió a Lady Tichborne. Para fundar su identidad invocó la prueba fehaciente de dos lunares ubicados en la tetilla izquierda y de aquel episodio de su niñez, tan afligente pero por lo mismo tan memorable, en que lo acometió un enjambre de abejas. La comunicación era breve y a semejanza de Tom Castro y de Bogle, prescindía de escrúpulos ortográficos. En la imponente soledad de un hotel de París, la dama la leyó y la releyó con lágrimas felices y en pocos días encontró los recuerdos que le pedía su hijo.
El 16 de enero de 1867, Roger Charles Tichborne se anunció en ese hotel. Lo precedió su respetuoso sirviente, Ebenezer Bogle. El día de invierno era de muchísimo sol; los ojos fatigados de Lady Tichborne estaban velados de llanto. El negro abrió de par en par las ventanas. La luz hizo de máscara: la madre reconoció al hijo pródigo y le franqueó su abrazo. Ahora que de veras lo tenía, podía prescindir del diario y las cartas que él le mandó desde el Brasil: meros reflejos adorados que habían alimentado su soledad de catorce años lóbregos. Se las devolvía con orgullo: ni una faltaba.
Bogle sonrió con toda discreción: ya tenía dónde documentarse el plácido fantasma de Roger Charles.

AD MAJOREM DEI GLORIAM

Ese reconocimiento dichoso -que parece cumplir una tradición de las tragedias clásicas- debió coronar esta historia, dejando tres felicidades aseguradas o a lo menos probables: la de la madre verdadera, la del hijo apócrifo y tolerante, la del conspirador recompensado por la apoteosis providencial de su industria. El Destino (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas) no lo resolvió así. Lady Tichborne murió en 1870 y los parientes entablaron querella contra Arthur Orton por usurpación de estado civil. Desprovistos de lágrimas y de soledad, pero no de codicia, jamáscreyeron en el obeso y casi analfabeto hijo pródigo que resurgió tan intempestivamente de Australia. Orton contaba con el apoyo de los innumerables acreedores que habían determinado que él era Tichborne, para que pudiera pagarles.
Asimismo contaba con la amistad del abogado de la familia, Edward Hopkins, y con la del anticuario Francis J. Baigent. Ello no bastaba, con todo. Bogle pensó que para ganar la partida era imprescindible el favor de una fuerte corriente popular. Requirió el sombrero de copa y el decente paraguas y fue a buscar inspiración por las decorosas calles de Londres. Era el atardecer; Bogle vagó hasta que una luna del color de la miel se duplicó en el agua rectangular de las fuentes públicas. El dios lo visitó. Bogle chistó a un carruaje y se hizo conducir al departamento del anticuario Baigent. Éste mandó una larga carta al Times, que aseguraba que el supuesto Tichborne era un descarado impostor. La firmaba el padre Goudron, de la Sociedad de Jesús. Otras denuncias igualmente papistas la sucedieron. Su efecto fue inmediato: las buenas gentes no dejaron de adivinar que Sir Roger Charles era blanco de un complot abominable de los jesuitas.

EL CARRUAJE

Ciento noventa días duró el proceso. Alrededor de cien testigos prestaron fe de que el acusado era Tichborne -entre ellos, cuatro compañeros de armas del regimiento seis de dragones. Sus partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo. Además, Lady Tichborne lo había reconocido y es evidente que una madre no se equivoca. Todo iba bien, o más o menos bien, hasta que una antigua querida de Orton compareció ante el tribunal para declarar. Bogle no se inmutó con esa pérfida maniobra de los “parientes”; requirió galera y paraguas y fue a implorar una tercera iluminación por las decorosas calles de Londres. No sabremos nunca si la encontró. Poco antes de llegar a Primrose Hill lo alcanzó el terrible vehículo que desde el fondo de los años lo perseguía. Bogle lo vio venir, lanzó un grito, pero no atinó con la salvación. Fue proyectado con violencia contra las piedras. Los marcadores cascos del jamelgo le partieron el cráneo.

EL ESPECTRO

Tom Castro era el fantasma de Tichborne, pero un pobre fantasma habitado por el genio de Bogle. Cuando le dijeron que éste había muerto se aniquiló. Siguió mintiendo, pero con escaso entusiasmo y con disparatadas contradicciones. Era fácil prever el fin.
El 27 de febrero de 1874, Arthur Orton (alias) Tom Castro fue condenado a catorce años de trabajos forzados. En la cárcel se hizo querer; era su oficio. Su comportamiento ejemplar le valió una rebaja de cuatro años. Cuando esa hospitalidad final lo dejó -la de la prisión- recorrió las aldeas y los entros del Reino Unido, pronunciando pequeñas conferencias en las que declaraba su inocencia o afirmaba su culpa. Su modestia y su anhelo de agradar eran tan duraderos que muchas noches comenzó por defensa y acabó por confesión,siempre al servicio de las inclinaciones del público.

El 2 de abril de 1898 murió.

(1) Esta metáfora me sirve para recordar al lector que estas biografías infames aparecieron en el suplemento sabático de un diario de la tarde.”

Del libro “Historia universal de la infamia”, cuento “El impostor inverosímil Tom Castro”, Jorge Luis Borges.

Por la seleción de dos historias no igualmente fantásticas, pero casi, y una de ellas literaria (y la otra no, pero también),

Verónica del Carpio Fiestas


El poder del grupo y el experimento de Asch

El poder del grupo

Mucho mejor resultado que nuestro intento tuvieron los famosos experimentos del psicólogo Asch, en los que se mostraba a grupos de 7 a 9 estudiantes una serie de tablas, en juegos de dos en dos. En cada par, la tabla número 1 tenía siempre una sola línea vertical, mientras que en la tabla número 2 figuraban 3 líneas, también verticales, pero de distinta longitud (véase figura 5). Asch explicaba a los sujetos de la prueba que se trataba de un experimento de percepción visual y que su tarea consistía en identificar sobre la tabla número 2 la línea cuya longitud coincidía con la de la tabla número 1. He aquí el curso típico del experimento, según la descripción de Asch:

 

El experimento discurre en sus primeros pasos de una forma absolutamente normal. Los sujetos sometidos a la prueba van dando sus respuestas por orden, según el puesto que se les ha asignado. En la primera ronda todos señalan la misma línea. Se les presenta un segundo par de tablas y también esta vez las respuestas son unánimes. Los participantes parecen haberse hecho a la idea de enfrentarse con buen ánimo a una serie de aburridos experimentos. Pero en la tercera prueba surge un incidente molesto e inesperado. Uno de los estudiantes señala una línea que no coincide con la de sus compañeros. Parece sorprendido y casi no acierta a creer que se dé tal diferencia de opinión. En la siguiente ronda, vuelve a señalar una línea en desacuerdo con los restantes, que se mantienen unánimes en su elección. El disidente se muestra cada vez más preocupado e inseguro, porque la divergencia de opiniones prosigue también en las siguientes pruebas: vacila antes de dar su respuesta, habla en voz baja o esboza una forzada sonrisa.

Lo que no sabe es que, antes del experimento; Asch ha instruido cuidadosamente a los demás estudiantes para que, a partir de un momento determinado, todos ellos den una unánime y falsa respuesta. En realidad, la única persona sometida al experimento es el disidente, que se encuentra así inserto en una situación sumamente insólita y perturbadora. O bien debe contradecir la opinión despreocupada y unánime de los otros y aparecer, por consiguiente, ante ellos como defensor de una concepción de la realidad curiosamente distorsionada, o bien debe desconfiar del testimonio de sus propios sentido. Por increíble que parezca, un 36,8 % de los sujetos de la prueba eligieron esta segunda alternativa y se sometieron a la opinión del grupo, pese a que la consideraban patentemente falsa.

Asch introdujo después algunas modificaciones en el curso de la prueba y pudo comprobar que la magnitud de la oposición, es decir, el número de personas cuyas respuestas contradecían a las del sujeto del experimento, tiene una importancia determinante. Si sólo había un contradictor en el grupo, su efecto era casi nulo y los sujetos de la prueba apenas tenían dificultades en mantener su independencia de juicio. Cuando la oposición aumentaba a dos personas, la sumisión de los sujetos alcanzaba, bajo la presión de las respuestas falsas, al 13,6 %. Con tres oponentes, la curva de respuestas falsas aumentaba hasta el 31,8 %, luego se aplanaba y finalmente alcanzaba la antes citada cota máxima del 36,8 %.

A la inversa, la presencia de un compañero que defendía la mi ma (acertada) opinión, demostró ser una eficaz ayuda contra la presión de la opinión del grupo y a favor del mantenimiento de la propia capacidad de juicio. En estas condiciones, las respuestas erróneas de los sujetos del experimento descendieron a una cuarta parte de los valores antes mencionados.

[…] Acaso la conclusión más intranquilizadora que debe extraerse del citado experimento es la necesidad, a todas luces profundamete enraizada, de estar en armonía con el grupo, casi en el mismo sentido en que el inquisidor general describe este anhelo. La disposición a someterse, a renunciar a la libertad de opinión individual y la responsabilidad inherente a la misma, por el plato de lentejas de una colectividad que libera de conflictos, ésta es la debilidad humana que lleva al poder a los demagogos y dictadores”.

Se trata de un fragmento del libro “¿Es real la realidad? Confusión, desinformación, comunicación“, publicado en 1976, el que es autor el psicólogo Paul Watzlawick (1921-2007); la edición manejada es de Editorial Herder, 1994. De este autor ya se ha comentado en este blog otro libro, este en tono aparetemente mas lero que no menos profundo, “El arte de amargarse la vida”, en post “La historia del martillo”.

El prólogo de “¿Es real la realidad?” empieza con la siguiente lapidaria frase: “Este libro analiza el hecho de que lo que llamamos realidad es resultado de la comunicación

Una pnceladas respecto del fragmento sobre el poder del grupo que transcrito:

  • Evidentemente, la lectura o relectura de “1984” de George Orwell. Es un libro indispensable siempre para entender los tiempos que vivimos, y que aquí viene especialmente a cuento por los mecanismos dictatoriales de manipulación de la realidad.
  • Una reflexión que yo no voy a hacer, y que dejo a quienes saben más que yo, sobre las redes sociales, y en concreto las que, como Twitter, permiten comportamientos de gran presión colectiva sobre los integrantes de la propia red y/o de agresividad verbal masiva contra el disidente que tiene razón, y cuál es el comportamiento del disidente después de eso.
  • Me parece importante esta esperanzadora idea y la solución que plantea: “la presencia de un compañero que defendía la misma (acertada) opinión, demostró ser una eficaz ayuda contra la presión de la opinión del grupo y a favor del mantenimiento de la propia capacidad de juicio. En estas condiciones, las respuestas erróneas de los sujetos del experimento descendieron a una cuarta parte de los valores antes mencionados.” La soledad no es buena para transmitir y defender, no ya una opinión, sino la realidad en sí misma, ni siquiera desde el punto de vista de la previa capacidad de mantener las propias convicciones.

Verónica del Carpio Fiestas

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La cubertería de plata en Occidente y en Japón, según Tanizaki

De manera más general, la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo. No hay casa donde no se haya regañado a alguna sirvienta despistada por haber bruñido los utensilios de plata, recubiertos de una valiosa pátina.

Es un fragmento del breve, muy interesante, muy conocido y, en cierto modo, desconcertante, ensayo del escritor japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) “El elogio de la sombra”, publicado en 1933; sombra no como la proyección oscura que arrojan los objetos  en el sentido opuesto de la luz, sino en el de penumbra, semioscuridad, media luz. Resumiendo mucho, la idea es que Occidente se caracteriza por haber considerado la belleza como luz, blancura y brillo, mientras que en Japón lo es más bien lo oscuro, la penumbra, la luz indirecta y difusa tanto en sí misma como al ser reflejada por objetos, y el aspecto antiguo y oscuro de la pátina del tiempo. Hasta el teléfono, si no queda más remedio que instalarlo, se coloca donde esté menos a la vista, las lámparas eléctricas se camuflan como lámparas antiguas y en las propias letrinas parece aconsejable limitar un poco las ventajas de la máxima higiene que se derivan de sanitarios y azulejos de porcelana blanca brillante en aras de otras ventajas derivadas de una penumbra de madera.

Desconozco absolutamente la cultura japonesa pero me da la impresión de que quizá tampoco sabía mucho Tanizaki de la cultura occidental, y me pregunto qué pensaríamos si un escritor occidental se permitiera escribir con generalidades comparativas así  sobre Oriente. Para empezar, ¿a qué cultura occidental exactamente se refiere Tanuzaki, y de cuándo, y a qué occidentales concretamente cuando describe su aspecto físico de piel y cabello como si solo hubiera uno posible y único, muy clara la piel y el pelo rubio? Porque meter en el mismo saco Finlandia, Grecia y Suiza, por referirnos solo a Europa, no sé yo, y sin mencionar ya siquiera Estados Unidos, que no sé hasta qué punto Arkansas tiene que mucho que ver cultural y estéticamente con, digamos, Úbeda; y poner como ejemplo de arte occidental la altura de las catedrales góticas, catedrales que, por cierto, no hay en Estados Unidos, es olvidar o ignorar que las catedrales románicas no se caracterizaban precisamente por el uso de la luz, sino de la sombra, ni tampoco de la altura, y que a los barrocos les gustaba mucho la sombra y que en realidad tampoco el gótico era una luz cruda a secas. Y de Caravaggio y Valdés Leal o las pinturas negras de Goya ya ni hablamos.  Y, la verdad, basta con dedicar tres minutos a ver fotos de las paupérrimas casas tradicionales españolas de un amplio sector del mundo  rural, y no digamos ya de las urbanas, agujeros todos sin ventilación ni luz, para comprobar que la belleza del brillo y de la luz no está precisamente entre las prioridades; y quizá no fuera solo un simple problema de miseria porque no parece que demasiadas casas ricas o palacios españoles tradicionales, incluyendo monasterios, se caracterizaran tampoco precisamente, por ser una masa de ventanas y una fuente de brillo y luz ni en construcción ni en enseres, que solo hay que ver esos siniestros muebles antiguos castellanos de oscura madera negra con encerado mate para hacerse un poco una idea de que el brillo y lo reluciente difícilmente estaba entre lo que se buscaba.

En cuanto al teléfono, en casas de las primeras décadas del siglo XX tampoco era infrecuente esconder los aparatos de teléfono, que tampoco pegaban con la decoración, y también aquí lámparas eléctricas se camuflaban como quinqués y candelabros. La integración estética de las tecnologías tampoco aquí fue exactamente cosa de dos días.

Desde luego, lo de la cubertería que he transcrito sí describe muy bien esa posible o real, eso ya lo dirán los expertos, diferencia esencial de planteamiento estético y mentalidad. No sé cuántas novelas occidentales habré leído en las que el brillo de la cubertería y los candelabros de plata es muestra de lujo y riqueza, objeto de orgullo para sus propietarios y fuente de regañinas para los criados que no son lo suficientemente cuidadosos sacando brillo. Y, por cierto, me pregunto por qué se les ocurriría a sirvientas japonesas en todas las casas, a iniciativa propia, dedicarse a sacar brillo a objetos de plata, cuando es labor pesada y nada grata y cuando no parece probable que nadie  asuma trabajos así por el mero gusto de hacer ejercicio. No hace falta explicar por qué un trabajador descuida una labor ingrata que le han ordenado hacer, entre las muchas que tiene a su cargo, o no llega a cumplirlas bien por agobio o pereza. Pero sí requiere una explicación por qué un trabajador tiene la iniciativa de hacer sin necesidad ni orden de sus jefes un trabajo ingrato que podría evitarse, por qué sirvientas japoneses sacaban brillo a los objetos de plata  en todas las casas donde había sirvientas y sin que a ninguna se lo ordenara nadie. Tanizaki no lo explica. ¿Sería quizás porque las sirvientas pensaban que brillante quedaba más bonito y que era un grave descuido ese estado patinado de los objetos? ¿Sería quizá porque ellas habían visto o tenían objetos brillantes en su propia casa y sabían por tanto que existía otra posibilidad y creían que era mejor? ¿Sería pues, quizás, que no todos los japoneses consideraban lo opaco, oscuro, envejecido y con pátina como lo más valioso cultural y estéticamente y lo único posible como acomodado a su cultura? ¿Hacía falta quizás un cierto nivel cultural, económico y estético para apreciar la belleza de la sombra? ¿Había quizás, pues, dos Japones, y uno sí consideraba normal, apreciaba y buscaba los objetos brillantes, hasta el punto de asumir voluntariamente un esfuerzo en casa ajena para conseguirlos? Me gustaría saberlo y no lo sé tras leer a Tanizaki.

“La vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar”. Me pregunto qué pensaría el Tanizaki que escribió eso en 1933 de esas imágenes callejeras del Tokio actual que con frecuencia difunden los medios de comunicación, tan llenas de inmensos anuncios de neón y de enormes pantallas con imágenes relucientes, tan parecido todo a Blade Runner, neones que ya menciona Takizaki, y qué pensaría del teléfono móvil de pantalla brillante y no ya como aparato integrado en la estética visible una casa, sino como prolongación del brazo y de la mente.

Verónica del Carpio Fiestas

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Con quiénes aconseja no debatir Schopenhauer, porque se perderá seguro la discusión

SOBRE LA CONTROVERSIA
(Parergia y Paralipomena, II, cap. II, §26)

“La controversia, la discusión sobre un asunto teórico, puede ser, sin lugar a dudas, algo muy fructifero para las dos partes implicadas en ella, ya que sirve para rectificar  o confirmar los pensamientos de ambas y también motiva el que surjan otros nuevos. Es un roce o colisión de dos cabezas que frecuentemente produce chispas, pero también se asemeja al choque de dos cuerpos en el que el más débil lleva la peor parte mientras que el mas fuerte sale ileso y lo anuncia con sones de victoria. Teniendo esto en cuenta, es necesario que ambos contrincantes, por lo menos en cierta medida, se aproximen tanto en conocimientos como en ingenio y habilidad, para que de este modo se hallen en igualdad de condiciones. Si a uno de los dos le faltan los primeros, no estará au niveau (a la debida altura), con lo que no podrá comprender los argumentos del otro: es como si en el combate estuviera fuera de la palestra. Si le falta lo segundo, la indignación que esto le provocará, le llevará paso a paso a servirse de toda clase de engaños, enredos e intrigas en la discusión y, si se lo demuestran, terminará por ponerse grosero. Por eso, en  principio, un docto debe abstenerse de discutir con quienes no lo sean, pues no puede utilizar contra ellos sus mejores argumentos, que carecerán de validez ante la falta de conocimientos de sus oponentes, ya que estos ni pueden comprenderlos ni ponderarlos.
Si, a pesar de todo, y no teniendo más remedio, intenta que los comprendan, casi siempre fracasará. Es más: con un contraargumento malo y ordinario acabarán por ser ellos quienes a los ojos del auditorio, compuesto a su vez por ignorantes, tengan razón.

Por eso dice Goethe:
“Nunca, incauto, te dejes arrastrar a discusiones:
que el sabio que discute con ignaros
expónese a perder también su norte”

Pero aún se tiene peor suerte si al adversario le faltan ingenio e inteligencia, a no ser que sustituya este defecto por un anhelo sincero de verdad e instrucción. No siendo
así, se sentirá enseguida herido en su parte más sensible y, quien dispute con él, notará enseguida que ya no lo hace contra su intelecto, sino contra Io radical del ser humano, es decir, que tiene que vérselas con la voluntad del adversario, que lo único que busca es quedarse con la victoria sea por fas o por nefas. De ahí que su mente ya no se ocupe entonces de otra cosa más que de astucias, ardides y toda clase de engaños hasta que, agotados éstos, recurra para terminar a la grosería, con el único fin de compensar de una o de otra manera sus sentimientos de inferioridad y, según el rango y las relaciones de los contrincantes, convertir la pugna de los espíritus en una lucha cuerpo a cuerpo, en
donde espera tener más posibilidades de éxito. Así, pues, la segunda regla es que no se  debe discutir con personas de inteligencia limitada. Como puede verse, pocos serán aquellos con los que se pueda entablar una controversia: en realidad, sólo debe hacerse con quienes constituyen una excepción. En cambio, la gente que constituye la regla, se  toma a mal ya el hecho mismo de que no se comparta su opinión: mas para eso tendrían que disponerla de tal manera que pudiera ser compartida. Aun sin que lleguen a recurrir a esa ultima ratio stultorum a la que más arriba nos referíamos, en controversia con ellos casi siempre se tendrá algún disgusto, porque no sólo habrá que vérselas con su incapacidad intelectual sino además con su maldad moral (…)”.

Sobre trampas y ardides en controversias, complétese con “Manual para ganar discusiones sin tener razón en Twitter, tertulias televisivas y debates parlamentarios, escrito por Schopenhauer en el siglo XIX”, enlace aquí , post de otro de mis blogs.

Teniendo en cuenta que es habitual es redes sociales opinar de todo aunque no se tenga ni idea del tema y también discutir por deporte con cualquiera, a lo mejor hay que hacer caso de Schopenhauer…

Verónica del Carpio Fiestas

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Catulo o la obscenidad poética

Que en el siglo XXI haya dudado sobre si escribo o no un post sobre Catulo dice mucho, pero no sobre mí ni tampoco sobre Catulo, autor romano del siglo I AC, sino sobre el siglo XXI. La obscenidad poética todavía rechina en el siglo XXI a muchos oídos de bien pensantes, tanto de los bien pensantes de la mojigatería, digamos, tradicional, como de los bien pensantes de esa otra mojigatería moderna, todos ellos tan aficionados a ofenderse y a la censura aunque alegando motivos distintos, y es muy cansado tener que estar planteándose si alguien se va ofender por lo que un poeta clásico romano escribió en latín hace 2.100 años cantando a la alegría de vivir. A unos quizá les molestará el sexo explícito de todo tipo -la poesía de Catulo contiene sexo oral, masturbación, homosexualidad- y  a otros les molestará la poesía de escarnio, con insultos como llamar puta a una mujer en variadas formas hasta expresiones de esas que hoy se censuran como homófobas, o lo de achacar comportamientos incestuosos. No todo Catulo es poesía amorosa, erótica, sexual, pornográfica e incluso francamente escatológica y grosera, casi todo en tono bienhumorado y humorístico. pero tambien de duro escarnio; además tiene muy delicados poemas a un amigo muerto o a la traición de una amistad o poesía amorosa de la más apta para almas sensibles, esas del amor no sexual o solo relativamente erótico, del amor feliz y del amor desaparecido. Me voy a centrar en el estilo, digamos, más llamativo. Voy a citar textos de “Catulo. Poesía completa” en versión castellana de Juan Manuel Rodríguez Tobal, editorial Hiperión, 1991, edición bilingüe. Empiezo por lo suave con este precioso poema:

Vivamos, Lesbia mía, y amemos;
los rumores severos de los viejos
que no valgan ni un duro todos juntos.
se pone y sale el sol, más a nosotros,
apenas se nos pone la luz breve,
sola noche sin fin dormir nos toca.
Pero dame mil besos, luego ciento,
después mil otra vez, de nuevo ciento,
luego otros mil aún, y luego ciento…
Después, cuando sumemos muchos miles
confundamos la cuenta hasta perderla,
que hechizarnos no pueda el envidioso
al saber el total de nuestros besos“.

Y ahora empiezo con lo que no creo que pueda calificarse como “preciosos poemas” y que no todo el mundo consideraría apto para todos los públicos, y qué mejor para presentarlos que con otro poema de Catulo:

Si por casualidad mis tonterías
leéis y no sentís pavor alguno
de acercar vuestras manos hacia mí,
dejad el celo en casa, que ahora vienen
algunos versos más desvergonzados“.

No puede dejarse de citar este poema famosísimo:

Mentula moechatur. Moechatur mentula? Certe.
Hoc est quod dicunt: ipsa olera legit.

y, como no voy a dejarlo púdicamente en latín, transcribo la traducción:

Dicen que jode Lapolla. ¿Que jode la polla? ¡Pues claro!
es lo que dice el refrán: «haz lo que sepas hacer»

Otro más:

Te lo ruego, dulce Ipsitila mía,
encantos y delicias de mi vida,
invítame a tu casa por la siesta
y hazme este otro favor, si es que me invitas:
que nadie eche el cerrojo de la puerta
y ten tú la bondad de no salir.
Mejor quédate en casa preparada
para echar nueve polvos sin parar.
Aunque invítame ya, si vas a hecerlo,
que acabo de comer y, panza arriba,
atravieso la túnica y el manto“.

Bueno, sigamos leyendo:

Os daré por el culo y por la boca,
mamón de Aurelio y Furio maricón,
que decís que no tengo yo vergüenza
porque algo afeminados son mis versos.
Sabed que ha de ser íntegro el poeta
en su vida, más no en su poesía,
pues esta, al cabo tiene ingenio y gracia
por ser afeminada y descarada,
y capaz de poner algo calientes
no digo a niños sino a los peludos
que no pueden mover sus duros lomos.
Vosotros que leisteis tantos miles
de besos ¿poco hombre me creéis?
Os daré por el culo y por la boca.

Y desde luego puedo no dejar de transcribir este poema sobre uno que, además de ser un imbécil, se blanquea los dientes con orina y que resulta que era de Celtiberia porque allí, según Catulo, se blanqueaban los dientes así. Tuve la curiosidad de averiguar, mirando aquí y allá por internet, si se trataba una de tantos insultos calumniosos escatológicos de los poemas de Catulo, pero, por lo visto, la orina de y en Hispania sí se usaba como dentífrico…

Egnacio, porque tiene dientes muy blancos,
se ríe siempre. Si acude a ver a un reo,
mientras el orador excita al llanto,
aquel se ríe. Si se llora a un buen hijo
único ante la pira junto a su madre,
aquel se ríe. Donde esté, como sea,
haga lo que haga ríe. Tiene este mal
que no es es -pienso- correcto ni de buen gusto.
He de darte un consejo, mi buen Egnacio:
si urbano fueras, o sabino, de Tíbur,
o un obeso de Etruria, o un umbro parco,
o un lanuvino bruno, de buenos dientes,
o -por mentar los míos- un traspadano,
o uno que limpiamente sus dientes lave,
ni así quisiera verte reír por todo:
no hay nada más tonto que una risa tonta.
Pero eres celtíbero. Allá en Celtiberia
con lo que uno mea suele, de mañana,
restregar sus dientes y rojas encías.
Cuanta más limpieza haya en vuestros dientes,
más orín proclama que os habéis bebido“.

Verónica del Carpio Fiestas

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