Joseph Conrad, escritor sobre España

Que a Joseph Conrad, a quien convencionalmente se podría describir como autor polaco-británico (1857-1924) que escribía en inglés, se le ocurriera tomar como tema España no es algo que de primeras podría parecer muy probable. Aunque, bien mirado, un escritor tan viajero y que tanto recorrió los mares y que escribió sobre tantas y distantes tierras por qué no iba a poner su mirada también sobre esa exótica y agitada España de tanta costa y en la que británicos y polacos se dejaron la piel en la Guerra de la Independencia española (la «guerra peninsular» de los británicos) y cuando, además, según parece, él mismo estuvo en España y puede haber algún trasfondo autobiográfico. Es curioso que las dos únicas obras de Conrad situadas en España o de ambiente español (o las dos únicas que conozco) tengan contexto de guerra: «La Flecha de Oro» y «La posada de las dos brujas». La «La Flecha de oro»The Arrow of Gold», 1919) es una interesantísima, novela de aventuras sobre contrabando de armas en las guerras carlistas (y, por cierto, hay quien dice que el propio Conrad participó en contrabando de armas en favor de los carlistas) y «La posada de las dos brujas» («The inn of the two witches», 1915, dentro de la recopilación de cuentos «Within the Tides») un relato o cuento largo que podría inscribirse en el género de terror. Voy a centrarme en el cuento, en el que Conrad utilizó la añeja técnica del manuscrito encontrado (el autor lo llama “el Hallazgo“) y ambientada en 1813, en la guerra de la Independencia, en un lugarejo no precisado de Asturias; no en la costa vasca como dicen algunas reseñas que hay por internet, escritas por quienes no parecen haber leído bien la obra.

El texto en inglés del cuento puede encontrarse en Wikisource y en Gutemberg; en castellano, en varias colecciones de relatos. Y aunque se supone que es una obra de terror, para un lector español o hispanohablante que lea la obra, en especial si la lee en inglés, puede ser difícil que no se escape una sonrisa. No deja de tener su gracia que Conrad, al igual que en sus obras sobre los exóticos mares del Sur o en lo profundo del África misteriosa, también en «La posada de las dos brujas» intercale palabras o expresiones en el idioma aborigen que, en este caso, resulta ser el castellano, y sin rastro de bable, por cierto. Señor (“senor“, con ene, en algunas versiones en ingles), Misericordia, posada, guerrillero, quién sabe (sin tilde), político (también sin tilde), defunta (con e), caballero, novio, macho (en el sentido de mulo), ladrones e incluso ladrones en grande (sic) y Vaya usted con Dios y un maravilloso Buenos noches, senorita con ene, más una Erminia sin hache, una Lucilla con las dos eles y un Gonzales con ese y sin tilde.

Además de esos rústicos asturianos cuya descripción física acaso sea un poquito irritante por la repetición de fealdad y deformidad física (mujeres horribles y grotescas en su decrepitud, un personaje descrito como humúnculo, un tuerto), aparece esa figura al parecer estrictamente indispensable en todo relato ambientado en cualquier lugar de la pintoresca España en el siglo XIX: una joven gitana, que, por cierto, se viste con una falda corta. ¿Cómo sería una “falda corta” para la imaginación de uno que escribe en 1913 y ambientando su relato un siglo antes? La de la falda corta, claro, es figura tan demoníaca como las dos “brujas” viejas pero del otro estilo: hermosa, o cuanto menos joven, de obvio atractivo sexual y destructora; la misoginia del relato es de las más clásicas.

He dicho que es curioso que las dos obras de Conrad situadas en España están ambientadas en época de guerra; sería temerario extraer conclusiones sin certeza de que si en efecto son las dos únicas obras, pero, en realidad, tampoco es tan curioso. Cuando se habla de la Guerra Civil Española como si solo hubiera habido una en toda la Historia de España se olvida, soslaya o desconoce que ya solo en el siglo XIX, hubo una extensa lista de feroces guerras, y varias fueron civiles. No es sorprendente que quien quisiera escribir sobre España escogiera esos momentos; hubo muchos y, además, para un escritor del estilo de Conrad, tan inclinado a describir la tragedia del mundo, seguramente sería más interesante.

Verónica del Carpio Fiestas

Proceso por la sombra de un burro

«Demóstenes el orador, en una ocasión en que los atenienses le quitaron el uso de la palabra en la asamblea, alegó que solo quería decirles dos palabras y, cuando guardaron silencio, dijo: “Un joven alquiló en verano un burro para ir desde la ciudad hasta Megara. El el centro del día, cuando el sol calentaba con más fuerza, tanto el alquilador como el propietario del burro quisieron ponerse a su sombra. Cada uno intentó entonces impedírselo al otro, sosteniendo el propietario que había alquilado el burro, no su sombra, y manteniendo el alquilador que tenía plenos poderes sobre el animal”. Dicho esto, se retiró, y cuando los atenienses lo retuvieron, instándolo a que contara el resto de la historia, les dijo: “De modo que queréis oírme hablar de la sombra de un burro y, en cambio, cuando hablo de asuntos importantes, no queréis escucharme.» [«Cuentos de sombras», seleccionados por José María Parreño, Siruela, Madrid 1989]

Demóstenes se equivocaba: la sombra del burro sí es importante. Más aún, la regula la normativa española vigente. Estamos hablando del inciso final del artículo 1.258 del Código Civil, precepto de uso muy frecuente en los tribunales españoles:

«Artículo 1258

Los contratos se perfeccionan por el mero consentimiento, y desde entonces obligan, no sólo al cumplimiento de lo expresamente pactado, sino también a todas las consecuencias que, según su naturaleza, sean conformes a la buena fe, al uso y a la ley.»

Ah, y si se quieren saber las posibles consecuencias de un pleito sobre la sombra de un burro, nada mejor que la obra «Proceso por la sombra de un burro», del escritor suizo Friedrich Dürrenmatt (1921-1990) , sobre el catastrófico pleito de enormes consecuencias e implicaciones políticas, filosóficas, religiosas y de todo tipo entre un dentista que ha alquilado un burro y el propietario del burro, por la sombra del burro y/o por la Justicia. Es una comedia (¿o quizá una farsa o una sátira?), ambientada en la Grecia clásica. De entre las múltiples versiones teatrales grabadas que figuran en Internet, voy a insertar una que solo conserva las voces y no las imágenes de un grupo de teatro más que clásico en el teatro español: la versión de la obra por el “Teatro Experimental Independiente”, T.E.I., en 1966. He escogido esta versión por una razón: que, según parece, en su origen la obra de Dürrenmatt fue escrita como pieza radiofónica.

Y si alguien estuviera interesado en analizar una obra aún más clásica en la que hay que tener en cuenta el artículo 1.258 del Código Civil, no tiene más que leer, o releer, «El Mercader de Venecia» de Shakespeare y ver las consecuencias que tiene pactar la entrega de un corazón humano pero sin derramar ni una gota de sangre. Hay alumnos de Derecho Civil que ya lo han hecho…

Verónica del Carpio Fiestas

Las almenaras de Gondor de “El Señor de los anillos” de Tolkien y las hogueras del “Agamenón” de Esquilo

Me pregunto si una escena de la trilogía “El Señor de los anillos” de J.R.R. Tolkien está basada nada menos que en una antiquísima obra de teatro: “Agamenón”, de la “Orestiada” del dramaturgo griego Esquilo. La educación clásica de Tolkien es de sobra conocida y, además, poco menos que a cualquier alumno de Oxford, como lo fue Tolkien, se le presumía y exigía en aquella época un conocimiento profundo de latín y griego clásico, tanto como para ser lector habitual más o menos obligado de las grandes obras literarias latinas y griegas; nada tendría de extraño, pues, que, consciente o inconscientemente, Tolkien se hubiera inspirado en un modelo de tantos siglos antes, teniendo en cuenta además, la frecuencia con que, en efecto, se inspiraba en literatura clásica de todo tipo. La escena a la que me refiero es la de las almenaras de Gondor, en la parte III de “El señor de los anillos”, “El retorno del rey”: se van encendiendo sucesivamente hogueras de aviso en los picos de una cadena de montañas, como un telégrafo de luces.

Cuando se trata del “El Señor de los anillos” (“The Lord of the Rings”) hay que tener en cuenta también la trilogía cinematográfica dirigida por Peter Jackson, así que empecemos por la película.

Estamos en la tercera y última película de la saga, “El retorno del rey” (“The Lord of the Rings: The Return of the King”, 2003). Gandalf ordena a Pippin que encienda la hoguera de la almenara de Minas Tirith, a fin de avisar a los aliados de que hay guerra y pedirles ayuda. La escena es visualmente grandiosa; Pippin consigue sortear la vigilancia y prende la primera hoguera y los espectadores vemos como se van encendiendo sucesivamente hogueras en los picos de unas montañas nevadas, altas, rodeadas de nubes, unas veces a la luz del día, otras en la noche, hasta llegar el aviso a su destino, y bien aderezada la ya apabullante belleza y emoción de las imágenes, tomadas desde arriba y de frente, con el sonido de la música heroica de la banda sonora.

Pero esta escena no existe en el libro de Tolkien; Peter Jackson se tomó una licencia poética. En el libro los vigías encienden hogueras de aviso en las cimas de las montañas, sí, pero en la hoguera inicial nada tienen que ver Pippin y Gandalf, quienes aparecen aquí como simples espectadores de las hogueras.

Vayamos, pues, al libro “El Señor de los anillos III. El retorno del rey”, Libro Quinto, I, “Minas Tirith” (edición de Ediciones Minotauro, 1980). Gandalf y Pippin, cabalgando a lomos ambos de Sombragris, se dirigen a toda velocidad, en plena noche, a Gondor; Pippin está asustado.

-¿Dónde estamos, Gandalf? -preguntó.

-En el reino de Gondor -respondió el mago-. Todavía no hemos dejado atrás las tierras de Anórien.

Hubo un nuevo momento de silencio. Luego: -¿Qué es eso? -exclamó Pippin de improviso aferrándose a la capa de Gandalf-. ¡Mira! ¡Fuego, fuego rojo! ¿Hay dragones en esta región? ¡Mira, allí hay otro!

En respuesta, Gandalf acicateó al caballo con voz vibrante.

-¡Corre, Sombragris! ¡Llevamos prisa! El tiempo apremia. ¡Mira! Gondor ha encendido las almenaras pidiendo ayuda. La guerra ha comenzado. Mira, hay fuego sobre las crestas del Amon Dîn y llamas en el Eilenach; y avanzan veloces hacia el oeste: hacia el Nardol, el Erelas, Min-Rimmon, Calenhad y el Halifirien en los confines de Rohan.

Obsérvese la sucesión de topónimos para describir el avance visual de las sucesivas hogueras; hasta en la traducción al castellano se percibe la deliberada elección de vocablos sonoros. Y ahora vayamos al “Agamenón” de Esquilo.

En el “Agamenón” también vemos avanzar las hogueras desde lejos como espectadores, en las palabras del personaje que las describe sin verlas, el personaje y nosotros, más que con los ojos de la imaginación, y también se van sucediendo los topónimos sonoros, no solo de montes.

Y aquí también hay guerra, aunque desde muy distinta perspectiva. Las hogueras no anuncian aquí el peligro en que se encuentra una ciudad que pide ayuda y será asediada en una dura guerra sino todo lo contrario: la caída de una ciudad, Troya, y el final de la guerra. Si para Gandalf y Pippin las hogueras son mensajeras de la desgracia, y para quienes las encienden y ven también, en “Agamenón” anuncian lo que para el personaje, la reina Clintemnestra (o Clitemestra), y su ciudad, es noticia jubilosa.

Veamos el texto de “Agamenón”, extraído de la edición de Editorial Gredos enlace aquí. La obra empieza poco antes de la escena que nos interesa con el monólogo del vigía encargado por la reina de estar pendiente de las luces y que de repente ve la luz en lontananza que anuncia la victoria. La reina habla con un incrédulo y despreciativo corifeo -despreciativo porque ella es mujer- y le explica que ha llegado la noticia de que Troya acaba de caer:

CORIFEO. – ¿Y en qué momento ha quedado arrasada esa ciudad?
CLITEMESTRA. – Te contesto: la noche pasada, la que ha dado lugar a este día.
CORIFEO. – ¿Y quién podría llegar a anunciarlo tan pronto?
CLITEMESTRA. – Hefesto [dios del fuego, metonimia aquí del fuego], enviando un brillante fulgor desde el Ida. Desde el fuego que fue el primero en dar la noticia, cada hoguera fue enviando otra hoguera hasta aquí: el Ida al Hermeo, monte de Lemnos. En tercer lugar, recibió de esta isla una gran hoguera la altura de Atos consagrada a Zeus, y se elevó por aquellas alturas, como para venir por encima del mar para nuestro gozo, el vigor de la antorcha viajera, y la ardiente resina del pino dio aviso a los vigías del monte Macisto con la brillantez de un dorado fulgor semejante al del sol. No se anduvo en demoras el monte, ni vencido del sueño de modo insensato pasó por alto la parte que a él le tocaba en el mensaje, antes, al contrario, llegó allá lejos la luz de su hoguera, hasta las corrientes del Euripo dio la señal a los centinelas de Mesapio. Estos encendieron, a su vez, otra hoguera, para que la señal siguiera adelante, prendiéndole fuego a un montón de brezo ya seco. La vigorosa llama, sin apagarse siquiera un momento, franqueó de un salto las tierras bajas del río Asopo, como luna resplandeciente, hasta la roca del Citerón y provocó un nuevo relevo del fuego encargado de traer la noticia. El puesto de guardia no descuidó el encender una luz que llegara a lo lejos, más intensa aún de lo que se le había ordenado. Y la luz cruzó por encima del lago Gorgopis y alcanzó hasta el monte Egiplanto, donde incitó a no omitir la orden que había de encender un fuego. Lo encendieron con ardor diligente y enviaron una enorme barba de fuego como para sobrepasar, iluminándolo, el promontorio desde cuya cumbre se divisa el golfo Sarónicot. Luego saltó y al punto llegó al monte Aracneo, puesto de observación ya vecino a nuestra ciudad, y a continuación alcanzó esta morada de los Atridas esa luz que no deja de ser descendiente del fuego prendido en el Ida. Tales eran mis instrucciones a los portadores de las antorchas: cada uno releve al otro, y vence el primero y el último en esta carrera. Y tal garantía y señal te digo de que desde Troya mi esposo me dio la noticia.

Hagamos abstracción de las diferencias. Tolkien, en 1954, describe gráficamente cómo se van encendiendo hogueras en los montes para anunciar noticias de guerra, mediante el sistema de ir nombrando los lugares donde las hogueras se van encendiendo sucesivamente; Esquilo en los siglos V-VI a.C., también. En ninguna de las dos obras literarias tenemos imagen y música como en la película, pero tenemos en las dos obras la poderosa imagen y la poderosa música de las palabras.

Verónica del Carpio Fiestas

El perro de flores de Jeff Koons y el dios de hierba de la tumba de Tutankamón

Tal vez uno de los objetos más curiosos de todo el ajuar funerario sea el que apareció en una caja oblonga en la esquina sudoeste de la habitación, debajo de algunos de los cofres en forma de capilla. Este objeto, al que comúnmente llamamos la figura germinada de Osiris o el lecho de Osiris, se compone de un armazón de madera moldeado como la figura de dicho dios, vaciado forrado con un paño, lleno de barro procedente del lecho del Nilo y con grano plantado en él. Se lo humedecía, el grano germinaba y aquella forma inanimada se convertía en verde y llena de vida, simbolizando así la resurrección de Osiris y del muerto. Esta figura era de tamaño natural e iba completamente envuelta en mortajas y vendada a manera de una momia. No es más que otro ejemplo de cómo en aquel antiguo culto funerario se identificaba al muerto justificado con Osiris en todos los aspectos posibles.”

[Fragmento de un libro clásico: “El descubrimiento de la tumba de Tutankhamón“, publicado en 1927 por el famosísimo arqueólogo Howard Carter (1874-1939), para describir con todo detalle el descubrimiento por él, en 1922, de la tumba del faraón Tutankhamón, en el Valle de los Reyes, Egipto. En este enlace, texto completo en castellano de este apasionante libro, cuya lectura animaría a cualquiera a dejar su profesión y dedicarse a la arqueología.]

Puppy, Guggenheim, Bilbao. By Xosema – Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7458810

Puppy (en español Cachorro) es una escultura realizada por el artista estadounidense Jeff Koons en 1992. Representa un cachorro canino de la raza West Highland White Terrier y se compone de una estructura de acero recubierta con plantas naturales, que se reemplazan a medida que dejan de florecer. Se encuentra emplazada frente al Museo Guggenheim de la ciudad de Bilbao, España. Sus dimensiones son 12,4 x 9,1 x 8,5 m. Existe una copia exacta en una finca de Peter M. Brant en Connecticut.

[Transcripción de la entrada “Puppy (escultura)”, en Wikipedia]

Verónica del Carpio Fiestas

Un pensamiento conocidísimo de Pascal sobre Ley y Justicia

“[…] nada hay justo o injusto que no cambie de cualidad cambiando de clima. Tres grados de elevación hacia el polo echan por tierra toda la jurisprudencia; un meridiano decide de la verdad; a los pocos años de ser poseídas, las leyes fundamentales se cambian; el derecho tiene sus épocas; la entrada de Saturno en Leo nos indica el origen de tal crimen. ¡Valiente justicia la que está limitada por un río! Verdad aquende el Pirineo, error allende.

Blas Pascal, “Pensamientos“, sección IV, 294 (Colección Austral, Espasa Calpe, traducción de X. Zubiri, 1940.)

Aunque, claro, quizá Pascal habría escogido otro ejemplo que el de unos Pirineos separadores de Francia de España de haber vivido en la época de la Unión Europea, del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y de las directivas comunitarias en vez de en el siglo XVII…

 

Verónica del Carpio Fiestas

Dos descripciones literarias de la calma chicha: Coleridge y Conrad

Si pensamos en descripciones literarias de la vida marinera, probablemente lo primero que viene a la cabeza es la literatura británica, por razones evidentes. “Rule, Britannia! Britannia, rule the waves“, que decía aquel. Y quizá vengan a la memoria dos autores, uno de los cuales, el novelista, curiosamente no era británico de origen, sino polaco, y conocía por experiencia propia el mar, y el otro, el poeta, británico 100%, curiosamente no parece que tuviera especial conocimiento directo del mar. Joseph Conrad (1857-1924) escribió muchas páginas sobre el mar en novelas y cuentos; de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) se recuerdan varios poemas (o, al menos, fuera del ámbito cultural británico, los conocemos y recordamos quienes hemos leído los análisis de Jorge Luis Borges sobre su obra), como “Kubla Khan o la visión de un sueño“, y sobre el mar “The rime of the ancient mariner“, “La balada del viejo marinero“. Del horror y la desesperación de la calma chicha en mitad del mar, voy a transcribir unos párrafos de la novela de Conrad “El negro del Narcissus” (1897) y dos estrofas de “La balada (o la canción, o la rima, o la oda, o como se quiera traducir) del viejo marinero”.

Empecemos por Coleridge:

Día tras día, día tras día,

atascados, sin brisa ni movimiento;

tan ociosos como una nave pintada

sobre un océano pintado.

Agua, agua por doquier,

y todas las cuadernas se encogían;

agua, agua por doquier,

y ni una gota para beber

El texto completo del poema puede localizarse aquí. La traducción transcrita procede del recomendable libro “Orígenes. Cómo la historia de la Tierra determina la historia de la humanidad“, de Lewis Dartnell, Editorial Debate, 2019; otra traducción de esas estrofas puede localizarse aquí.

Y vayamos a “El negro del Narcissus” de Josep Conrad (traducción de Ediciones Barataria, 2006):

En la sofocante inmovilidad de la calma chicha, las velas gualdrapeaban con furia a lo largo de los oscilantes palos. Estábamos cansados, hambrientos, muertos de sed. Empezábamos a creer a Singleton, pero los disimulábamos ante Jimmy con obstinada fidelidad. Le hablábamos con alusiones jocosas, como regocijados cómplices de una ingeniosa trama; pero mirábamos hacia poniente con ojos sombríos en busca de un signo de esperanza, de una pizca de viento favorable, aunque su primer soplo significara el fin de nuestro remiso moribundo. Pero en vano.

Verónica del Carpio Fiestas

Llanto fúnebre por dos hermanos fratricidas, por Esquilo

El dramaturgo griego Esquilo (ss. VI-V a.C.) escribió en su tragedia “Los siete contra Tebas” un conmovedor planto: el de dos hermanas a sus dos hermanos que se han matado entre sí. Antígona e Ismene lloran a la muerte de Eteocles y Polinices, muertos ambos en el asalto a Tebas, víctimas de la maldición de Edipo, padre incestuoso de los cuatro. Si triste es que mueran en una guerra dos hermanos, estremecedor es que esos dos hermanos hayan muerto en una guerra matándose entre sí. Y estremecedor es el texto.

Oigamos a Antígona y a Ismene, en la sonora, poderosa y poética traducción de Fernando Segundo Brieva (“Esquilo, tragedias completas“, Edaf, 1982), que tiene más de cien años; y uso deliberadamente “oigamos” y no “leamos” porque pocos textos como este parece que piden ser leídos en voz alta y a dos voces.

Antígona

(Dirigiéndose al cuerpo de Polinice.) Tú diste y recibiste la muerte.

Ismene

(Dirigiéndose al de Eteocles.) Tú has muerto matando.

Antígona

A hierro mataste.

Ismene

A hierro moriste.

Antígona

¡Qué miserias has procurado!

Ismene

¡Qué miserias has padecido!

Antígona

¡Salid, gemidos!

Ismene

¡Salid, lágrimas!

Antígona

Mataste, y ahora yaces tendido delante de mis ojos.

Ismene

Caíste envuelto en sangre, y así te ofreces a mí, sangriento y sin vida.

Antígona

¡Ay!

Ismene

¡Ay!

Antígona

El dolor enajena mi mente.

Ismene

Dentro del pecho angústiase el corazón.

Antígona

¡Ah, ah, merecedor de ser llorado para siempre!

Ismene

¡Y tú también, desdichado entre los desdichados!

Antígona

De mano amiga recibiste la muerte.

Ismene

Tú diste muerte al amigo.

Antígona

Doble desastre que referir.

Ismene

Doble desastre que considerar.

Antígona

Doble aflicción, que está aquí, ¡a mí lado!

Ismene

Desgracias de hermanos, desgracias hermanas también, que me hacen vecindad desdichada.

Antígona

¡Horrendo de decir!

Ismene

¡Horrendo de mirar!

Coro

¡Oh Parca, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra de Edipo, negra Erinia, y cuán formidable eres!

Antígona

¡Ay!

Ismene

¡Ay!

Antígona

¡Qué de horrendos males!…

Ismene

Le ofreció a este su hermano de vuelta del destierro.

Antígona

¡Y después que le mató, no entró en Tebas!

Ismene

Y cuando parecía haberse salvado, perdió la vida.

Antígona

¡Sí, la perdió!

Ismene

¡Y quitó a este la suya!

Antígona

¡Mísera raza!

Ismene

¡Calamidad miserable!

Antígona

Desgracias gemelas dignas de lastimosísimo duelo.

Ismene

Torrente irresistible de males que saltan los unos sobre los otros.

Antígona

¡Horrendo de decir!

Ismene

¡Horrendo de mirar!”

No sería fácil encontrar un texto más conmovedor sobre la muerte entre hermanos, sobre los conflictos fratricidas, la tragedia de quienes mueren y de quienes sobreviven y los lloran.

O sea, sobre la tragedia de las guerras civiles.

Uf.

Verónica del Carpio Fiestas

Autores que sacan en un libro el propio libro que están escribiendo: Cervantes y Alfonso X el Sabio

Con una modernísima técnica, Miguel de Cervantes utiliza como materia literaria en la segunda parte de “El Quijote” el propio libro de “El Quijote”. El Quijote mismo aparece en El Quijote. Varios personajes que figuran en la segunda parte han leído la primera parte del libro y hasta saben cuántos ejemplares se han publicado y dónde, y hablan de ella incluso con Don Quijote y Sancho, quienes son conscientes de esa primera parte que recoge sus aventuras y sus pensamientos y conversan sobre ello; el libro pasa a ser objeto tratado en el libro, el cual se imbrica magistralmente consigo mismo en una pirueta literaria maravillosa en el doble sentido de la palabra que deja boquiabierto de admiración a quien lo lea. Ya quisieran ser capaces de escribir algo parecido muchos novelistas de las vanguardias del siglo XX o de quienes ya están de vuelta de todo en el siglo XXI .

Y Martín de Riquer, ilustre editor del Quijote, en la introducción a su edición, cita un precedente de un libro que cita a sí mismo, nada menos que Las Cantigas de Alfonso X el Sabio, en el siglo XIII:

Pero no solo Cervantes aparece en el Quijote, sino el Quijote mismo. En la segunda parte Sancho informa a su amo de que «andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió» […]. La ficción se interfiere perfectamente en la realidad: los entes creados por el ingenio de Cervantes hablan como seres reales de su historia escrita e impresa, y el libro, la primera parte de la novela, es un elemento novelesco más en la segunda, e incluso en bachiller Sansón Carrasco nos da la primera bibliografía del Quijote: «el día de hoy están impresos más de doce mil libros de tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aún hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se le trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga» (II,3); y tiene toda la razón, como se ha demostrado, pero lo sorprendente es que esto lo diga un personaje de la novela desde dentro de la novela misma. Unamuno y Pirandello no serán más audaces. Pero lo había sido, cuatro siglos antes que Cervantes, el rey don Alfonso el Sabio, una de cuyas Cantigas de Santa María (la 209) cuenta cómo el propio monarca, enfermo en Vitoria, sanó milagrosamente gracias a que le pusieron encima el libro de las Cantigas de Santa María, o sea el mismo en que se relata“. [“Don Quijote de la Mancha”, edición, introducción y notas de Martín de Riquer, Introducción, Clásicos Universitarios Planeta, 1995, p. LXIV).

Y esa Cantiga número 209, cuyo análisis puede consultarse aquí, dice así:

Como el Rey Don Affonso de Castela adoeçeu en Bitoria e ouv’ ha door tan grande que coidaron que morresse ende, e poseron-lle de suso o livro das Cantigas de Santa Maria, e foi guarido.

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz,
a Deus quen lle nega o ben que lle faz.

Mas en este torto per ren non jarei
que non cont’ o ben que del recebud’ ei
per ssa Madre Virgen, a que sempr’ amei,
e de a loar mais d’outra ren me praz.

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…

E, como non devo aver gran sabor
en loar os feitos daquesta Sennor
que me val nas coitas e tolle door
e faz-m’ outras mercees muitas assaz?

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…
Poren vos direi o que passou per mi,
jazend’ en Bitoira enfermo assi
que todos cuidavan que morress’ ali
e non atendian de mi bon solaz.

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…

Ca ha door me fillou [y] atal
que eu ben cuidava que era mortal,
e braadava: «Santa Maria, val,
e por ta vertud’ aqueste mal desfaz.»

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…
E os fisicos mandavan-me põer
panos caentes, mas nono quix fazer,
mas mandei o Livro dela aduzer;
e poseron-mio, e logo jouv’ en paz,

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…

Que non braadei nen senti nulla ren
da door, mas senti-me logo mui ben;
e dei ende graças a ela poren,
ca tenno ben que de meu mal lle despraz.

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…

Quand’ esto foi, muitos eran no logar
que mostravan que avian gran pesar
de mia door e fillavan-s’ a chorar,
estand’ ante mi todos come en az.

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…

E pois viron a mercee que me fez
esta Virgen santa, Sennor de gran prez,
loárona muito todos dessa vez,
cada u põendo en terra sa faz.

Muito faz grand’ erro, e en torto jaz…

El poeta rechaza los remedios de los médicos, pide que le traigan el libro de las Cantigas de Santa María y de repente mejora. O sea, que no solo el libro aparece en el propio libro, sino que, además, cura al autor del libro. No se puede pedir más.

Verónica del Carpio Fiestas

El silencio y el canto de las sirenas

El canto de las sirenas es peligroso ya se sabe. Pero ¿y su silencio? De T.S. Elliot a Franz Kafka.

Empecemos por T. S. Elliot (1898-1965):

I have heard the mermaids singing, each to each.
I do not think that they will sing to me
.”

[“He oído cantar a las sirenas, pero no creo que canten para mí” (traducción libre)]

Son dos versos del impresionante poema de T.S. Elliot “The Love Song of J. Alfred Prufrock“, texto completo en el original inglés aquí y una traducción al castellano aquí.

Y vayamos a Kafka (1888-1924), al cuento póstumo “El silencio de las sirenas“, del que se transcribe a continuación un párrafo (texto completo en castellano del cuento, en este enlace):

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio“.

Verónica del Carpio Fiestas

El reino de los beodos o insuficiencia de las leyes, según Campoamor

Del olvidado y en su día celebérrimo poeta Ramón de Campoamor (1817-1901) es la fábula que a continuación se transcribe. Está en consonancia, por cierto, con aquello de «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira», que es lo único, prácticamente, que se recuerda de él. Y hablando de recordar, esta fábula me recuerda a esas innumerables leyes que se aprueban sin presupuesto para llevarlas a efecto y esas otras leyes que establecen derechos y obligaciones pero no consecuencias de los incumplimientos, las flatus vocis normativas; porque si la ley es red con alguna malla descompuesta, hay leyes que se aprueban sabiendo el legislador que tienen todas las mallas descompuestas, simplemente para decir que hay una red.

“Insuficiencia de las leyes

El reino de los beodos

   Tuvo un reino una vez tantos beodos,
que se puede decir que lo eran todos,
en el cual por ley justa se previno:
      «- Ninguno, cate el vino.»-
      Con júbilo el más, loco
aplaudiose la ley, por costar poco:
acatarla después, ya es otro paso;
pero en fin, es el caso
que la dieron un sesgo muy distinto,
creyendo que vedaba sólo el tinto,
      y del modo más franco
se achisparon después con vino blanco.
Extrañando que el pueblo no la entienda,
el Senado a la ley pone una enmienda,
y a aquello de: «Ninguno cate el vino»,
añadió «blanco», al parecer, con tino.
Respetando la enmienda el populacho,
volvió con vino tinto a estar borracho,
creyendo por instinto ¡mas qué instinto!
que el privado en tal caso no era el tinto.
      Corrido ya el Senado,
en la segunda enmienda, de contado
      «- Ninguno cate el vino,
sea blanco, sea tinto
», -les previno;
y el pueblo, por salir del nuevo atranco,
con vino tinto entonces mezcló el blanco;
hallando otra evasión de esta manera,
pues ni blanco ni tinto entonces era.
   Tercera vez burlado,
«- No es eso, no señor», dijo el ‘Senado;
«o el pueblo es muy zoquete, o muy ladino:
se prohibe mezclar vino con vino».-
Mas ¡cuánto un pueblo rebelado fragua!
¿Creeréis que luego lo mezcló con agua?
Dejando entonces el Senado el puesto,
de este modo al cesar dio un manifiesto:
«La ley es red, en la que siempre se halla
      descompuesta una malla,
por donde el ruin que en su razón no fía,
se evade suspicaz…
»¡Qué bien decía!
      Y en lo demás colijo
que debiera decir, si no lo dijo:
     «Jamás la ley enfrena
al que a su infamia su malicia iguala:
si se ha de obedecer, la mala es buena;
mas si se ha de eludir, la buena es mala.
»”

Verónica del Carpio Fiestas

Homo ludens: juego, Derecho y proceso judicial

Se va a transcribir un fragmento de una obra clásica escrita en 1938, “Homo ludens”, del ilustre historiador holandés Johan Huizinga (1872-1945). Más allá del “homo sapiens” y del “homo faber”, el hombre como animal que es capaz de pensar y de fabricar, Huizinga, que considera insuficientes esas descripciones convencionales, añade el “homo ludens”, el hombre que es capaz de jugar y que hace del juego la base de la cultura. Uno de los capítulos está dedicado al juego y el Derecho; a ese capítulo corresponde el fragmento. La traducción es de la edición de Alianza, 2004.

“A primera vista la esfera del derecho, de la ley y de la Administración de Justicia parece estar muy apartada de la esfera lúdica. Una santa seriedad y el interés vital del individuo y de la comunidad dominan todo lo que se refiere al derecho y a la justicia. La base etimológica de las palabras que expresan los conceptos de derecho, de lo justo y de la ley se halla sobre todo, en el dominio de establecer, constatar, indicar, reunir mantener, ordenar, acoger, escoger, repartir, ser igual, vincular, estar acostumbrado, estar firme. Conceptos todos bastante opuestos a la esfera semántica en que aparecen las palabras para designar el juego. Pero ya hemos observado, a menudo, que la santidad y la seriedad de una acción en modo alguno excluyen su cualidad lúdica.

Pronto se nos manifiesta la posibilidad de una afinidad entre el derecho y el juego en cuanto observamos que el ejercicio efectivo del derecho, en otras palabras, el proceso jurídico, cualesquiera que sean las bases ideales del derecho, posee en alto grado el carácter de una porfía. La conexión entre competición y la formulación del derecho asomó ya en la descripción del potlatch que Davy trató desde el aspecto histórico-jurídico como el origen de un sistema primitivo de convenio y obligación. La contienda judicial vale entre los griegos como “agón”, como una pugna sometida reglas fijas y que se celebra con formas sagradas y en el cual las dos partes contendientes apelan a la decisión de un árbitro. Está concepción del proceso judicial como contienda no debe ser considerada como un desarrollo posterior, como una transposición conceptual, y mucho menos como una degeneración cual parece hacerlo Ehrenberg. Por el contrario, todo el desarrollo parte de la naturaleza agonal de la contienda jurídica, y este carácter de porfía lo conserva vivo hasta nuestros días.

Quién dice porfía dice también juego. Ya vimos antes que no existe motivo suficiente para sustraer a ninguna competición su carácter lúdico. Lo lúdico y lo agonal, ambos exaltados a la esfera de lo sagrado, que toda comunidad reclama para su administración de justicia, se trasluce todavía hoy en diversas formas de la vida jurídica. La administración de Justicia tiene lugar en una corte. Esa corte es todavía en el pleno sentido de la palabra […] “el círculo sagrado” en que vemos todavía sentados a los jueces en el escudo escudo de Aquiles. Todo lugar en que se pronuncia justicia es un auténtico “temenos”, un lugar sagrado, que ha sido recortado y destacado del mundo habitual. El lugar es cuidado y exorcizado. El tribunal es un auténtico círculo mágico un campo de juego en que se cancela temporalmente la diferencia de rango habitual entre los hombres. En él se es temporalmente inviolable. […] La Cámara de los Lores inglesa es todavía en el fondo una corte de justicia, lo que explica que el “saco de lana” dónde se sientan el lord canciller, que nada tiene que hacer allí, se considere como “technically outside the precints of the house”, “técnicamente fuera del recinto”.

Los jueces se salen de la vida habitual antes de pronunciar sentencia. Se revisten con la toga o se colocan una peluca. ¿Es que se ha estudiado la significación etnológica de todo este aparato de los jueces y los abogados ingleses? A mí me parece que su relación con la moda de pelucas de los siglos XVII y XVIII es secundaria. Propiamente es una supervivencia del viejo distintivo de los juristas inglés, el “coif”, que fue, al principio, un bonete blanco muy ceñido, representado todavía por un pequeño ribete blanco debajo de la peluca. Pero la peluca del juez es algo más que una supervivencia de un viejo uniforme. En su función hay que considerarla como bastante cercana a las danzas de máscaras de los pueblos primitivos. Convierte a quien lo lleva en “otro ser”. El pueblo inglés, en su veneración por la tradición, que le es tan característica, ha conservado en su vida jurídica otros rasgos muy antiguos. El elemento deportivo y de humor que lucen los procedimientos judiciales con tanta fuerza pertenece a los rasgos fundamentales de la vida jurídica en general. Es cierto que tampoco está ausente por completo este rasgo en la conciencia popular de otros países. “Be a good sport”, solía decir el contrabandista de alcohol en los días en que la prohibición norteamericana el funcionario de aduanas que quería levantar un acta del caso.

Un antiguo juez me escribía en una ocasión: “El estilo y el contenido de nuestros protocolos revelan con qué entusiasmo deportivo nuestros abogados se disparan recíprocamente con argumentos y réplicas y con mucha sofistería. Su estado de espíritu me ha hecho recordar, a veces, el portavoz de un proceso “Adat” javanés que, a cada nuevo argumento, hunde un palito en la tierra y procura ganar la contienda por el mayor número de palos.”

Aparte de lo interesante y valioso del fragmento, del capítulo y del libro, obra clásica como he dicho, se me ocurre una pregunta que quizá sería impensable en países donde la Administración de Justicia sea muy distinta a la de España. Me pregunto qué argumentación antropológica e histórica habría desarrollado Huizinga y a qué conclusiones habría llegado si hubiera tenido oportunidad de ver los juzgados españoles, de cutre concepción arquitectónica y en permanente estado de lamentable conservación, y en las que no es ya que el carácter escogido de las instalaciones brille por su ausencia, sino que lo que de verdad brilla es la crónica falta de atención y el desprecio por parte del Estado a una función que Huizinga considera lúdica y sagrada; no sé qué habría dicho Huizinga si hubiera visto juzgados en edificios del nivel de ínfima oficina municipal, con goteras y hasta en barracones, donde el elemento humorístico y deportivo solo existe si es en relación con saltar charcos de goteras en el suelo. Solo de pensarlo no sé ni reír si reír o llorar.

Verónica del Carpio Fiestas

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Motivos para vestir de negro según Camilo José Cela y según Johnny Cash

El ciudadano Iscariote Reclús“, novela corta del escritor español, premio Nobel, Camilo José Cela (1916-2002), publicada en 1965 en Ed. Alfaguara. El fragmento que se va a transcribir es un epígrafe del capítulo 12 [“Conducta higiénica (interior y exterior)”]. De la novela hay reedición de 2018 dentro del libro “Santa Balbina, 37, gas en cada piso y otras novelas cortas“. Iscariote Reclús, cuyo nombre “real” es Saturnino Cabezón y López-Monachil, de profesión cobrador de la luz primero y luego cultivador de melones, es barbudo, esperantista, espiritista, filatélico, anarquista, vegetariano, polígamo, aficionado a la gimnasia y procedentes de sucesivas transmigraciones, entre otras cosas.

El pie desnudo y la indumentaria enlutada.

El mayor Worm-Hole, el de las normas acromáticas, aconsejaba andar descalzo para que la inspiración del chorro de la vida nutriese directamente de los efluvios de la tierra, esto es, de las radiaciones recibidas por vía higiénica natural. El ciudadano Iscariote no lo ignoraba, aunque, claro, tampoco podía seguir el mandato al pie de la letra; en la compañía de la luz no le hubiesen permitido ir por las casa descalzo, apuntando contadores y cobrando facturas. El ciudadano Iscariote Reclús, para aunar los principios con la obligación, calzaba sandalias sin calcetines, que es punto menos que ir con el pie desnudo. Cada profesión tiene sus servidumbres y contra ella nada vale querer rebelarse; las cosas hay que tomarlas con paciencia y según vienen.

-¿Incluso entre ciudadanos?

-Sí, señor, incluso entre ciudadanos. Esto de ser ciudadanos es una voluntad cívica, en ningún caso un hecho diferencial.

-Usted perdone.

El ciudadano Iscariote Reclús vestía siempre de luto, en señal de protesta por los crímenes de los sojuzgadores de la humanidad; la higiene del karma, el saber mantenerlo libre de contaminación, no es menos necesaria que la higiene del cuerpo. Como en Europa y en la edad contemporánea, el luto se expresa tiñendo la indumentariade negro (lutos en ocho horas), el Iscariote, que habitaba en la península ibérica, andaba de viuda“.


Man in black“, canción de 1971 del cantante y compositor estadounidense Johnny Cash (1932-2003). Suele considerarse “canción protesta”.

Well, you wonder why I always dress in black,
Why you never see bright colors on my back,
And why does my appearance seem to have a somber tone.
Well, there’s a reason for the things that I have on.

I wear the black for the poor and the beaten down,
Livin’ in the hopeless, hungry side of town,
I wear it for the prisoner who has long paid for his crime,
But is there because he’s a victim of the times.

I wear the black for those who never read,
Or listened to the words that Jesus said,
About the road to happiness through love and charity,
Why, you’d think He’s talking straight to you and me.

Well, we’re doin’ mighty fine, I do suppose,
In our streak of lightnin’ cars and fancy clothes,
But just so we’re reminded of the ones who are held back,
Up front there ought ‘a be a Man In Black.

I wear it for the sick and lonely old,
For the reckless ones whose bad trip left them cold,
I wear the black in mournin’ for the lives that could have been,
Each week we lose a hundred fine young men.

And, I wear it for the thousands who have died,
Believen’ that the Lord was on their side,
I wear it for another hundred thousand who have died,
Believen’ that we all were on their side.

Well, there’s things that never will be right I know,
And things need changin’ everywhere you go,
But ‘til we start to make a move to make a few things right,
You’ll never see me wear a suit of white.

Ah, I’d love to wear a rainbow every day,
And tell the world that everything’s OK,
But I’ll try to carry off a little darkness on my back,
‘Till things are brighter, I’m the Man In Black.”

El hombre de negro“, por Loquillo con Andrés Calamaro, Enrique Bunbury y Jaime Urrutia.

Verónica del Carpio Fiestas

Borges y Tolkien: poesía en idiomas inventados

Dos autores tan alejados como J.R.R. Tolkien (1893-1973) y Jorge Luis Borges (1899-1986) coinciden en algunas cosas. No tiene sentido hacer comparaciones, pero las diferencias entre ambos son obvias; por ejemplo, que Borges es un gigante de la Literatura con mayúscula y tenía una cultura apabullante en muy diversas materias, especialmente Filosofía entendida en sentido muy amplio, que demostraba constantemente en su obra, y Tolkien era también un gigante intelectual, pero de estilo muy distinto, y, desde el punto de vista de fondo, forma y técnica las diferencias son tan abismales que no merece la pena ni mencionarlas. Pero hay algunas coincidencias, aparte de la evidente de ser casi coetáneos, escritores y poetas: ambos eran expertos en literatura anglosajona antigua. Y ambos inventaron idiomas de países inventados. A Tolkien todo ello le ocupó los tres volúmenes de “El Señor de los Anillos”, más los conexos “El hobbit”, “El Silmarillion” y demás, y Borges, además se inventó un país y un planeta con sus idiomas, “con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica”. Tolkien escribió poesía en sus idiomas inventados y Borges, con su técnica habitual indirecta, la de describir las cosas que inventa como si se tratara de pequeños ensayos sobre documentos o datos ajenos, no escribió poesía en sus idiomas inventados sino comentarios tipo ensayo sobre la poesía que se escribía en su planeta inventado en sus idiomas inventados. “El hobbit”, primer libro de este ciclo literario de Tolkien, es de 1937, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de 1940 y “El Señor de los Anillos” de 1954-1955. En las obras de Tolkien se percibe el rastro de idiomas germánicos antiguos, en esta de Borges no lo sé, quizá también. Sería interesante saber si ambos autores se leyeron mutuamente. En cualquier caso, bastante más creativo era Borges, y no solo por sus tigres transparentes y sus torres de sangre: no se limitó a traducir palabras, sino que inventó conceptos como idiomas sin sustantivos. Comparemos la poesía de ambos; directa la de uno, ensayística y filosófica la del otro; porque, aviso, “idealismo” se refiere aquí al sistema filosófico. Y las obras de ambos son maravillosas en ambos sentidos del término.

Namarië” (canción en quenya, idioma élfico, en “El Señor de los Anillos“, “La comunidad del anillo”, de J.R.R. Tolkien. Publicado en 1954-1955.

Ai! Laurië lantar lassi súrinen
yéni únótimë ve rámar aldaron!
yéni ve lintë yuldar avánier
mi oromardi lissë-miruvóreva
Andúnë pella, Vardo tellumar
nu luini yassen tintilar i eleni
ómaryo airetári-lírinen.
Sí man i yulma nin enquantuva?
An sí Tintallë Varda Oiolossëo
ve fanyar máryat Elentári ortanë
ar ilyë tier undulávë lumbulë
ar sindanóriello caita mornië
i falmalinnar imbë met,
ar hísië untúpa Calaciryo míri oialë.
Sí vanwa ná, Rómello vanwa, Valimar!
Namárië! Nai hiruvalyë Valimar!
Nai elyë hiruva! Namárië!

¡Ah, como el oro caen las hojas en el viento!
E innumerables como las alas de los árboles son los años.
Los años han pasado como sorbos rápidos
y dulces de hidromiel blanco en las salas
de más allá del Oeste,
bajo las bóvedas azules de Varda,
donde las estrellas tiemblan
cuando oyen el sonido de esa voz, bienaventurada y real.
¿Quién me llenará de nuevo la copa?
Pues ahora la Hechicera, Varda, la Reina de las Estrellas,
desde el Monte Siempre Blanco ha alzado las manos como nubes,
y todos los caminos se han ahogado en sombras
y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende
sobre las olas espumosas que nos separan,
y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.
Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar!
¡Adiós! Quizás encuentres a Valimar.
Quizá tú lo encuentres. ¡Adiós!

Traducción de “El Señor de los Anillos” de Editorial Minotauro, 1978. The Lord of the Rings, de J.R.R. Tolkien, fue publicado en 1954-1955.

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius“, de Jorge Luis Borges (fragmento). Publicado en 1940.

I

Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ookbar, Oukbahr… Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese he

Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XXVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las repetidas por él, aunque -tal vez- literariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan. Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría ver ese artículo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosas índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de Uqbar.

El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían al artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.

Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencias eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región. Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo trece, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección idioma y literatura era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön… La bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque el tercero -Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, 1874-figura en los catálogos de librería de Bernard Quaritch.1 El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercero volumen) y supe que era el de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.

Esa noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo-American Cyclopaedía… Entró e interrogó el volumen XXVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de Uqbar.

II

Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez, taciturnamente… Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas en la mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10). Ashe dijo que precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había sido encargado por un noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos y no había mencionado nunca su estadía en esa región… Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la etimología brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todavía pronuncian gaúcho) y nada más se dijo -Dios me perdone- de funciones duodecimales. En setiembre de 1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura de un aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y certificado. Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, donde -meses después- lo encontré. Me puse a hojearlo y sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y lo integraban 1001 páginas. En el amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía: A First Encyclopaedia of Tlön. vol. XI. Hlaer to Jangr. No había indicación de fecha ni de lugar. En la primera página y en una hoja de papel de seda que cubría una de las láminas en colores había estampado un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos años que yo había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia práctica una somera descripción de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo. Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico.

En el “onceno tomo” de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y precedentes. Néstor Ibarra, en un artículo ya clásico de la N. R. F., ha negado que existen esos aláteres; Ezequiel Martínez Estrada y Drieu La Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El hecho es que hasta ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes, harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre veras y burlas, que una generación de tlönistas puede bastar. Ese arriesgado cómputo nos retrae al problema fundamental: ¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de un solo inventor -de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en la modestia- ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras… dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme recordar que las contradicciones aparentes del Onceno Tomo son la piedra fundamental de la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el orden que se ha observado en él. Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso, la zoología y la topografía de Tlön; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos minutos para su concepto del universo.

Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la tierra; del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta son -congénitamente- idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje -la religión, las letras, la metafísica- presuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los idiomas “actuales” y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fluir luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfluyue lunó. Upward, behind the onstreaming it mooned.

Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal (de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el Onceno Tomo) la célula primordial no es el verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-de1 cielo o cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un objeto real; el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio (como en el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a veces, la mera simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter visual y otro auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro. Los hay de muchos: el sol y el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo que se ve con los ojos cerrados, la sensación de quien se deja llevar por un río y también por el sueño. Esos objetos de segundo grado pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas, es prácticamente infinito. Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra. Esta palabra integra un objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número. Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las lenguas indoeuropeas y otros muchos más.

Fragmento de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento de Jorge Luis Borges Enlace al cuento completo, cuya lectura recomiendo encarecidamente, aquí.

Verónica del Carpio Fiestas

Impostores: el caso Martin Guerre y el caso del Tom Castro de Borges

“Se trata del caso de Martin Guerre, un episodio de la historia del campesinado del sur de Francia de mediados del siglo XVI. Cronológicamente este periodo supera los límites de la Edad Media, pero, en esencia, apenas si lo hace. En el mundo campesino las tradiciones cambiaban con particular lentitud. El argumento de Martin Guerre está «pensado» por la propia vida según el guion de un cuento o una novela y en más de una ocasión ha sido utilizado por los poetas, dramaturgos y guionistas de cine, ha sido investigado de manera magistral por Natalie Zemon Davis, quien sitúa este episodio en el contexto social real de la época. Me limitaré a recordar el cañamazo exterior de los acontecimientos.
El matrimonio del joven Martin con Bertrand, hija de un campesino acomodado del Languedoc, no fue afortunado. Al principio una larga impotencia del marido hizo estéril al matrimonio, después, aun cuando Bertrande le do un hijo, Martin desapareció, se marchó de casa y desapareció por muchos años. Cuando por fin regresó, resultó que su lugar estaba ocupado. Había ocurrido que, varios años antes, había hecho su aparición en la aldea un joven, por nombre Arnaud de Tilh, que se hizo pasar por Martin Guerre con tanta fortuna que todo el mundo aceptó su autenticidad, parientes, vecinos y, lo más importante, su propia esposa. Las sospechas surgieron únicamente cuando entre el tío y el sobrino impostor surgió una disputa por unas propiedades. La amenaza de perder la posesión de la tierra abrió los ojos al tío respecto al advenedizo, e inició un pleito. Los jueces que interrogaron a varias decenas de testigos no pudieron establecer la verdad ya que una parte de ellos negaba que el marido de Bertrand fuera el verdadero Martin, mientras que otros no tenían la menor duda de que este hombre, con el que ella había vivido felizmente varios años, y a quien había dado una hija, era su cónyuge legal. Por lo que se refiere al propio sospechoso, este refutaba tenazmente las acusaciones de engaño de una forma tan convincente que el parlamento de Toulouse, Tribunal Supremo de la provincia, estaba dispuesto a darle la razón. Sin embargo, cuando el juez se disponía a proclamar su veredicto, en el tribunal apareció ni más ni menos que el propio Martin Guerre en persona, con una pierna: pero ¡el verdadero sin la menor duda! Bertrande y los demás lo reconocieron inmediatamente. El embaucador fue desenmascarado, juzgado y colgado delante de la casa del hombre por el que durante tanto tiempo y con tanta fortuna se había hecho pasar.
En este episodio, la atención del historiador, ocupado en la búsqueda de la personalidad humana, se fija en diferentes aspectos. El interés de Natalie Zemon Davis se centra en Bertrande: ¿cómo «reconoció» la esposa a su marido en el impostor? ¿Se había engañado a sí misma de buena fe o, desilusionada en algún momento de esperar el regreso de Martin y sabiendo al mismo tiempo que no podía casarse de nuevo mientras no se demostrara la muerte del marido, quería construir una nueva vida familiar? (puesto que ella, aun después de que se acusara públicamente a Arnaud, continuó insistiendo obstinadamente en que era el verdadero Martin casi hasta el final del juicio). Que Bertrande sea el centro de la atención es muy comprensible0 pero no es menos importante Arnaud de Tilh, que se hace pasar por Martin Guerre. Davis hace notar de manera muy justa que no tenemos ante nosotros un caso de fraude habitual ni un intento de «hacerse pasar simplemente por otro hombre», sino una elaborada estratagema para «asumir una vida ajena)». En correspondencia, el regreso del verdadero Martin fue en este plano nada más que la realización de la intención de recobrar su personalidad, su persona.
Al parecer, Arnaud de Tilh se encontró en algún lugar con Martin Guerre durante el período de los viajes de este y, convencido de la similitud física (por otro lado no total), averiguó muchas cosas de su vida anterior sobre la gente con la que estaba relacionado. Hay que hacerle justicia, aprendió a fondo el papel que pretendía interpretar. No se comprende del todo cómo consiguió hacerlo, pero los hechos son los hechos: Arnaud conocía a la perfección a todas las gentes de la aldea por sus nombres y aspecto exterior, y después de su aparición allí «recordaban» juntos episodios y conversaciones del pasado, de manera que al principio nadie dudó en serio de que se tratara del verdadero Martin Guerre. Sobre las diferencias entre él y Martin se empezó a hablar, en particular, tan solo después que surgiera la querella entre el tío y el «sobrino». Natalie Zemon Davis señala que en esa época los campesinos no disponían de criterios claros para identificar una personalidad, puesto que no existían ni certificados ni modelos de caligrafía, ya que no era costumbre observar los rasgos de la cara, costumbre que se adquiere con e1 uso del espejo. Es posible que en estas condiciones no se desarrolle la observación fisionómica y las pequeñas diferencias entre gentes parecidas entre sf no atraen la atención. Recordemos la observación de Febvre sobre el «atraso visual» del hombre del siglo xvi, que está acostumbrado a confiar más en el oído que en la vista.
Lo dicho ayuda a contestar la pregunta de por qué los que rodeaban a Arnaud de Tilh, que se hacia pasar por Martin Guerre, creyeron que ante ellos estaba el verdadero Martin Guerre. ¿Nos podemos permitir hacernos otra pregunta? ¿Cómo lo vivía el propio embaucador? Naturalmente, no podemos obtener una respuesta precisa. Solo sabemos que Arnaud negó decididamente todas las acusaciones que se hacían contra su autenticidad en calidad de Martin Guerre (pero no le quedaba otro remedio, había ido demasiado lejos en su mistificación) y fue tan convincente y consecuente en su defensa propia, que en el juicio testificaron una decena de vecinos a su favor; es más, le creyó el experimentado e ilustrado juez de Toulouse de Coras, quien dejó una detallada descripción de este caso «sorprendente y memorable». Solo después de la condena de Arnaud, cuando se le exigió público arrepentimiento antes de morir, él, finalmente, preparándose p araaparecer ante el Juez Supremo, se reconoció embaucador e impostor.
Surge la hipótesis: el hombre que durante mucho tiempo recopiló concienzudamente todos los testimonios posibles sobre otra persona, incluso hasta los más nimios detalles de sus conversaciones con los vecinos y parientes, además de datos sobre todas estas personas (y el número de testigos, que fueron interrogados en el tribunal de primera instancia y, consiguientemente, hablaron con el pseudo-Martin hasta el inicio del proceso, alcanzó por lo menos la cifra de ciento cincuenta, además entre ellos había parientes y allegados de Martin Guerre), no pudo en definitiva instalarse en el papel. Pretendía pasar toda su vida bajo la máscara de Martin Guerre, y lo consiguió durante algunos años a la perfección. La máscara debía «pegarse» al rostro, germinar en el interior de Arnaud. ¿No es normal que se sintiera Martin? Con esta transformación psicológica, ¿no se explica la seguridad con la cual se afianzaba en su nueva identidad, y la convicción, que ejerció una influencia tan grande en el trubunal
Naturalmente, no se dice ni una palabra de que el recién aparecido Martin Guerre hubiera olvidado completamente quién era ese Arnaud de Tilh. Actuaba y fingía. Sin embargo, se sabe qué precio pagan los eternos simuladores. […] El impostor, cuando vivía con Bertrande y se relacionaba con los vecinos, sus parientes y los de Martin, era al mismo tiempo Martin Guerre y Arnaud de Tilh.”

Del libro “Los orígenes del individualismo europeo”, de Aaron Gurevich, Crítica, 1997

” El impostor inverosímil Tom Castro

Ese nombre le doy porque bajo ese nombre lo conocieron por calles y por casas de Talcahuano, de Santiago de Chile y de Valparaíso, hacia 1850, y es justo que lo asuma otra vez, ahora que retorna a estas tierras -siquiera en calidad de mero fantasma y de pasatiempo del sábado (1). El registro de nacimiento de Wapping lo llama Arthur Orton y lo inscribe en la fecha 7 de junio de 1834. Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia conoció la miseria insípida de los barrios bajos de Londres y que sintió el llamado del mar. El hecho no es insólito. Run away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de los padres, la iniciación heroica. La geografía la recomienda y aun la Escritura (Salmos, 107): Los que bajan en barcas a la mar, los que comercian en las grandes aguas; ésos ven las obras de Dios y sus maravillas en el abismo. Orton huyó de su deplorable suburbio color rosa tiznado y bajó en un barco a la mar y contempló con el habitual desengaño la Cruz del Sur, y desertó en el puerto de Valparaíso. Era persona de una sosegada idiotez. Lógicamente, hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le conciliaron el favor de cierta familia de Castro, cuyo nombre adoptó. De ese episodio sudamericano no quedan huellas, pero su gratitud no decayó, puesto que en 1861 reaparece en Australia, siempre con ese nombre: Tom Castro. En Sydney conoció a un tal Bogle, un negro sirviente. Bogle, sin ser hermoso, tenía ese aire reposado y monumental, esa solidez como de obra de ingeniería que tiene el hombre negro entrado en años, en carnes y en autoridad. Tenía una segunda condición, que determinados manuales de etnografía han negado a su raza: la ocurrencia genial. Ya veremos luego la prueba. Era un varón morigerado y decente, con los antiguos apetitos africanos muy corregidos por el uso y abuso del calvinismo. Fuera de las visitas del dios (que describiremos después) era absolutamente normal, sin otra irregularidad que un pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento vehículo que daría fin a sus días.
Orton lo vio un atardecer en una desmantelada esquina de Sydney, creándosedecisión para sortear la imaginaria muerte. Al rato largo de mirarlo le ofreció el brazo y atravesaron asombrados los dos la calle inofensiva. Desde ese instante de un atardecer ya difunto, un protectorado se estableció: el del negro inseguro y monumental sobre el obeso tarambana de Wapping. En setiembre de 1865, ambos leyeron en un diario local un desolado aviso.

EL IDOLATRADO HOMBRE MUERTO

En las postrimerías de abril de 1854 (mientras Orton provocaba las efusiones de la hospitalidad chilena, amplia como sus patios) naufragó en aguas del Atlántico el vapor Mermaid, procedente de Río de Janeiro, con rumbo a Liverpool. Entre los que perecieron estaba Roger Charles Tichborne, militar inglés criado en Francia, mayorazgo de una de las principales familias católicas de Inglaterra. Parece inverosímil, pero la muerte de ese joven afrancesado, que hablaba inglés con el más fino acento de París y despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia, la gracia y la pedantería francesas, fue un acontecimiento trascendental en el destino de Orton, que jamás lo había visto. Lady Tichborne, horrorizada madre de Roger, rehusó creer en su muerte y publicó desconsolados avisos en los periódicos de más amplia circulación. Uno de esos avisos cayó en las blandas manos funerarias del negro Bogle, que concibió un proyecto genial.

LAS VIRTUDES DE LA DISPARIDAD

Tichborne era un esbelto caballero de aire envainado, con los rasgos agudos, la tez morena, el pelo negro y lacio, los ojos vivos y la palabra de una precisión ya molesta; Orton era un palurdo desbordante, de vasto abdomen, rasgos de una infinita vaguedad, cutis que tiraba a pecoso, pelo ensortijado castaño, ojos dormilones y conversación ausente o borrosa. Bogle inventó que el deber de Orton era embarcarse en el primer vapor para Europa y satisfacer la esperanza de Lady Tichborne, declarando ser su hijo. El proyecto era de una insensata ingeniosidad. Busco un fácil ejemplo. Si un impostor en 1914 hubiera pretendido hacerse pasar por el Emperador de Alemania, lo primero que habría falsificado serían los bigotes ascendentes, el brazo muerto, el entrecejo autoritario, la capa gris, el ilustre pecho condecorado y el alto yelmo. Bogle era más sutil: hubiera presentado un kaiser lampiño, ajeno de atributos militares y de águilas honrosas y con el brazo izquierdo en un estado de indudable salud. No precisamos la metáfora; nos consta que presentó un Tichborne fofo, con sonrisa amable de imbécil, pelo castaño y una inmejorable ignorancia del idioma francés. Bogle sabía que un facsímil perfecto del anhelado Roger Charles Tichborne era de imposible obtención. Sabía también que todas las similitudes logradas no harían otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables. Renunció, pues, a todo arecido. Intuyó que la enorme ineptitud de la pretensión sería una convincente prueba de que no se trataba de un fraude, que nunca hubiera descubierto de ese modo flagrante los rasgos más sencillos de convicción. No hay que olvidar tampoco la colaboración todopoderosa del tiempo: catorce años de hemisferio austral y de azar pueden cambiar a un hombre.
Otra razón fundamental: Los repetidos e insensatos avisos de Lady Tichborne demostraban su plena seguridad de que Roger Charles no había muerto, su voluntad de reconocerlo.

EL ENCUENTRO

Tom Castro, siempre servicial, escribió a Lady Tichborne. Para fundar su identidad invocó la prueba fehaciente de dos lunares ubicados en la tetilla izquierda y de aquel episodio de su niñez, tan afligente pero por lo mismo tan memorable, en que lo acometió un enjambre de abejas. La comunicación era breve y a semejanza de Tom Castro y de Bogle, prescindía de escrúpulos ortográficos. En la imponente soledad de un hotel de París, la dama la leyó y la releyó con lágrimas felices y en pocos días encontró los recuerdos que le pedía su hijo.
El 16 de enero de 1867, Roger Charles Tichborne se anunció en ese hotel. Lo precedió su respetuoso sirviente, Ebenezer Bogle. El día de invierno era de muchísimo sol; los ojos fatigados de Lady Tichborne estaban velados de llanto. El negro abrió de par en par las ventanas. La luz hizo de máscara: la madre reconoció al hijo pródigo y le franqueó su abrazo. Ahora que de veras lo tenía, podía prescindir del diario y las cartas que él le mandó desde el Brasil: meros reflejos adorados que habían alimentado su soledad de catorce años lóbregos. Se las devolvía con orgullo: ni una faltaba.
Bogle sonrió con toda discreción: ya tenía dónde documentarse el plácido fantasma de Roger Charles.

AD MAJOREM DEI GLORIAM

Ese reconocimiento dichoso -que parece cumplir una tradición de las tragedias clásicas- debió coronar esta historia, dejando tres felicidades aseguradas o a lo menos probables: la de la madre verdadera, la del hijo apócrifo y tolerante, la del conspirador recompensado por la apoteosis providencial de su industria. El Destino (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas) no lo resolvió así. Lady Tichborne murió en 1870 y los parientes entablaron querella contra Arthur Orton por usurpación de estado civil. Desprovistos de lágrimas y de soledad, pero no de codicia, jamáscreyeron en el obeso y casi analfabeto hijo pródigo que resurgió tan intempestivamente de Australia. Orton contaba con el apoyo de los innumerables acreedores que habían determinado que él era Tichborne, para que pudiera pagarles.
Asimismo contaba con la amistad del abogado de la familia, Edward Hopkins, y con la del anticuario Francis J. Baigent. Ello no bastaba, con todo. Bogle pensó que para ganar la partida era imprescindible el favor de una fuerte corriente popular. Requirió el sombrero de copa y el decente paraguas y fue a buscar inspiración por las decorosas calles de Londres. Era el atardecer; Bogle vagó hasta que una luna del color de la miel se duplicó en el agua rectangular de las fuentes públicas. El dios lo visitó. Bogle chistó a un carruaje y se hizo conducir al departamento del anticuario Baigent. Éste mandó una larga carta al Times, que aseguraba que el supuesto Tichborne era un descarado impostor. La firmaba el padre Goudron, de la Sociedad de Jesús. Otras denuncias igualmente papistas la sucedieron. Su efecto fue inmediato: las buenas gentes no dejaron de adivinar que Sir Roger Charles era blanco de un complot abominable de los jesuitas.

EL CARRUAJE

Ciento noventa días duró el proceso. Alrededor de cien testigos prestaron fe de que el acusado era Tichborne -entre ellos, cuatro compañeros de armas del regimiento seis de dragones. Sus partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo. Además, Lady Tichborne lo había reconocido y es evidente que una madre no se equivoca. Todo iba bien, o más o menos bien, hasta que una antigua querida de Orton compareció ante el tribunal para declarar. Bogle no se inmutó con esa pérfida maniobra de los “parientes”; requirió galera y paraguas y fue a implorar una tercera iluminación por las decorosas calles de Londres. No sabremos nunca si la encontró. Poco antes de llegar a Primrose Hill lo alcanzó el terrible vehículo que desde el fondo de los años lo perseguía. Bogle lo vio venir, lanzó un grito, pero no atinó con la salvación. Fue proyectado con violencia contra las piedras. Los marcadores cascos del jamelgo le partieron el cráneo.

EL ESPECTRO

Tom Castro era el fantasma de Tichborne, pero un pobre fantasma habitado por el genio de Bogle. Cuando le dijeron que éste había muerto se aniquiló. Siguió mintiendo, pero con escaso entusiasmo y con disparatadas contradicciones. Era fácil prever el fin.
El 27 de febrero de 1874, Arthur Orton (alias) Tom Castro fue condenado a catorce años de trabajos forzados. En la cárcel se hizo querer; era su oficio. Su comportamiento ejemplar le valió una rebaja de cuatro años. Cuando esa hospitalidad final lo dejó -la de la prisión- recorrió las aldeas y los entros del Reino Unido, pronunciando pequeñas conferencias en las que declaraba su inocencia o afirmaba su culpa. Su modestia y su anhelo de agradar eran tan duraderos que muchas noches comenzó por defensa y acabó por confesión,siempre al servicio de las inclinaciones del público.

El 2 de abril de 1898 murió.

(1) Esta metáfora me sirve para recordar al lector que estas biografías infames aparecieron en el suplemento sabático de un diario de la tarde.”

Del libro “Historia universal de la infamia”, cuento “El impostor inverosímil Tom Castro”, Jorge Luis Borges.

Por la seleción de dos historias no igualmente fantásticas, pero casi, y una de ellas literaria (y la otra no, pero también),

Verónica del Carpio Fiestas


El poder del grupo y el experimento de Asch

El poder del grupo

Mucho mejor resultado que nuestro intento tuvieron los famosos experimentos del psicólogo Asch, en los que se mostraba a grupos de 7 a 9 estudiantes una serie de tablas, en juegos de dos en dos. En cada par, la tabla número 1 tenía siempre una sola línea vertical, mientras que en la tabla número 2 figuraban 3 líneas, también verticales, pero de distinta longitud (véase figura 5). Asch explicaba a los sujetos de la prueba que se trataba de un experimento de percepción visual y que su tarea consistía en identificar sobre la tabla número 2 la línea cuya longitud coincidía con la de la tabla número 1. He aquí el curso típico del experimento, según la descripción de Asch:

El experimento discurre en sus primeros pasos de una forma absolutamente normal. Los sujetos sometidos a la prueba van dando sus respuestas por orden, según el puesto que se les ha asignado. En la primera ronda todos señalan la misma línea. Se les presenta un segundo par de tablas y también esta vez las respuestas son unánimes. Los participantes parecen haberse hecho a la idea de enfrentarse con buen ánimo a una serie de aburridos experimentos. Pero en la tercera prueba surge un incidente molesto e inesperado. Uno de los estudiantes señala una línea que no coincide con la de sus compañeros. Parece sorprendido y casi no acierta a creer que se dé tal diferencia de opinión. En la siguiente ronda, vuelve a señalar una línea en desacuerdo con los restantes, que se mantienen unánimes en su elección. El disidente se muestra cada vez más preocupado e inseguro, porque la divergencia de opiniones prosigue también en las siguientes pruebas: vacila antes de dar su respuesta, habla en voz baja o esboza una forzada sonrisa.

Lo que no sabe es que, antes del experimento; Asch ha instruido cuidadosamente a los demás estudiantes para que, a partir de un momento determinado, todos ellos den una unánime y falsa respuesta. En realidad, la única persona sometida al experimento es el disidente, que se encuentra así inserto en una situación sumamente insólita y perturbadora. O bien debe contradecir la opinión despreocupada y unánime de los otros y aparecer, por consiguiente, ante ellos como defensor de una concepción de la realidad curiosamente distorsionada, o bien debe desconfiar del testimonio de sus propios sentido. Por increíble que parezca, un 36,8 % de los sujetos de la prueba eligieron esta segunda alternativa y se sometieron a la opinión del grupo, pese a que la consideraban patentemente falsa.

Asch introdujo después algunas modificaciones en el curso de la prueba y pudo comprobar que la magnitud de la oposición, es decir, el número de personas cuyas respuestas contradecían a las del sujeto del experimento, tiene una importancia determinante. Si sólo había un contradictor en el grupo, su efecto era casi nulo y los sujetos de la prueba apenas tenían dificultades en mantener su independencia de juicio. Cuando la oposición aumentaba a dos personas, la sumisión de los sujetos alcanzaba, bajo la presión de las respuestas falsas, al 13,6 %. Con tres oponentes, la curva de respuestas falsas aumentaba hasta el 31,8 %, luego se aplanaba y finalmente alcanzaba la antes citada cota máxima del 36,8 %.

A la inversa, la presencia de un compañero que defendía la mi ma (acertada) opinión, demostró ser una eficaz ayuda contra la presión de la opinión del grupo y a favor del mantenimiento de la propia capacidad de juicio. En estas condiciones, las respuestas erróneas de los sujetos del experimento descendieron a una cuarta parte de los valores antes mencionados.

[…] Acaso la conclusión más intranquilizadora que debe extraerse del citado experimento es la necesidad, a todas luces profundamete enraizada, de estar en armonía con el grupo, casi en el mismo sentido en que el inquisidor general describe este anhelo. La disposición a someterse, a renunciar a la libertad de opinión individual y la responsabilidad inherente a la misma, por el plato de lentejas de una colectividad que libera de conflictos, ésta es la debilidad humana que lleva al poder a los demagogos y dictadores”.

Se trata de un fragmento del libro “¿Es real la realidad? Confusión, desinformación, comunicación“, publicado en 1976, el que es autor el psicólogo Paul Watzlawick (1921-2007); la edición manejada es de Editorial Herder, 1994. De este autor ya se ha comentado en este blog otro libro, este en tono aparentemente más ligero que no menos profundo, “El arte de amargarse la vida”, en post “La historia del martillo”. El prólogo de “¿Es real la realidad?” empieza con la siguiente lapidaria frase: “Este libro analiza el hecho de que lo que llamamos realidad es resultado de la comunicación“.

Una pinceladas respecto del fragmento sobre el poder del grupo que he transcrito:

  • Evidentemente, la lectura o relectura de “1984” de George Orwell. Es un libro indispensable siempre para entender los tiempos que vivimos, y que aquí viene especialmente a cuento por los mecanismos dictatoriales de manipulación de la realidad.
  • Una reflexión que yo no voy a hacer, y que dejo a quienes saben más que yo, sobre las redes sociales, y en concreto las que, como Twitter, permiten comportamientos de gran presión colectiva sobre los integrantes de la propia red y/o de agresividad verbal masiva contra el disidente que tiene razón, y cuál es el comportamiento del disidente después de eso.
  • Me parece importante esta esperanzadora idea y la solución que plantea: “la presencia de un compañero que defendía la misma (acertada) opinión, demostró ser una eficaz ayuda contra la presión de la opinión del grupo y a favor del mantenimiento de la propia capacidad de juicio. En estas condiciones, las respuestas erróneas de los sujetos del experimento descendieron a una cuarta parte de los valores antes mencionados.” La soledad no es buena para transmitir y defender, no ya una opinión, sino la realidad en sí misma, ni siquiera desde el punto de vista de la previa capacidad de mantener las propias convicciones.

Verónica del Carpio Fiestas

 

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La cubertería de plata en Occidente y en Japón, según Tanizaki

De manera más general, la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo. No hay casa donde no se haya regañado a alguna sirvienta despistada por haber bruñido los utensilios de plata, recubiertos de una valiosa pátina.

Es un fragmento del breve, muy interesante, muy conocido y, en cierto modo, desconcertante, ensayo del escritor japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) “El elogio de la sombra”, publicado en 1933; sombra no como la proyección oscura que arrojan los objetos  en el sentido opuesto de la luz, sino en el de penumbra, semioscuridad, media luz. Resumiendo mucho, la idea es que Occidente se caracteriza por haber considerado la belleza como luz, blancura y brillo, mientras que en Japón lo es más bien lo oscuro, la penumbra, la luz indirecta y difusa tanto en sí misma como al ser reflejada por objetos, y el aspecto antiguo y oscuro de la pátina del tiempo. Hasta el teléfono, si no queda más remedio que instalarlo, se coloca donde esté menos a la vista, las lámparas eléctricas se camuflan como lámparas antiguas y en las propias letrinas parece aconsejable limitar un poco las ventajas de la máxima higiene que se derivan de sanitarios y azulejos de porcelana blanca brillante en aras de otras ventajas derivadas de una penumbra de madera.

Desconozco absolutamente la cultura japonesa pero me da la impresión de que quizá tampoco sabía mucho Tanizaki de la cultura occidental, y me pregunto qué pensaríamos si un escritor occidental se permitiera escribir con generalidades comparativas así  sobre Oriente. Para empezar, ¿a qué cultura occidental exactamente se refiere Tanuzaki, y de cuándo, y a qué occidentales concretamente cuando describe su aspecto físico de piel y cabello como si solo hubiera uno posible y único, muy clara la piel y el pelo rubio? Porque meter en el mismo saco Finlandia, Grecia y Suiza, por referirnos solo a Europa, no sé yo, y sin mencionar ya siquiera Estados Unidos, que no sé hasta qué punto Arkansas tiene que mucho que ver cultural y estéticamente con, digamos, Úbeda; y poner como ejemplo de arte occidental la altura de las catedrales góticas, catedrales que, por cierto, no hay en Estados Unidos, es olvidar o ignorar que las catedrales románicas no se caracterizaban precisamente por el uso de la luz, sino de la sombra, ni tampoco de la altura, y que a los barrocos les gustaba mucho la sombra y que en realidad tampoco el gótico era una luz cruda a secas. Y de Caravaggio y Valdés Leal o las pinturas negras de Goya ya ni hablamos.  Y, la verdad, basta con dedicar tres minutos a ver fotos de las paupérrimas casas tradicionales españolas de un amplio sector del mundo  rural, y no digamos ya de las urbanas, agujeros todos sin ventilación ni luz, para comprobar que la belleza del brillo y de la luz no está precisamente entre las prioridades; y quizá no fuera solo un simple problema de miseria porque no parece que demasiadas casas ricas o palacios españoles tradicionales, incluyendo monasterios, se caracterizaran tampoco precisamente, por ser una masa de ventanas y una fuente de brillo y luz ni en construcción ni en enseres, que solo hay que ver esos siniestros muebles antiguos castellanos de oscura madera negra con encerado mate para hacerse un poco una idea de que el brillo y lo reluciente difícilmente estaba entre lo que se buscaba.

En cuanto al teléfono, en casas de las primeras décadas del siglo XX tampoco era infrecuente esconder los aparatos de teléfono, que tampoco pegaban con la decoración, y también aquí lámparas eléctricas se camuflaban como quinqués y candelabros. La integración estética de las tecnologías tampoco aquí fue exactamente cosa de dos días.

Desde luego, lo de la cubertería que he transcrito sí describe muy bien esa posible o real, eso ya lo dirán los expertos, diferencia esencial de planteamiento estético y mentalidad. No sé cuántas novelas occidentales habré leído en las que el brillo de la cubertería y los candelabros de plata es muestra de lujo y riqueza, objeto de orgullo para sus propietarios y fuente de regañinas para los criados que no son lo suficientemente cuidadosos sacando brillo. Y, por cierto, me pregunto por qué se les ocurriría a sirvientas japonesas en todas las casas, a iniciativa propia, dedicarse a sacar brillo a objetos de plata, cuando es labor pesada y nada grata y cuando no parece probable que nadie  asuma trabajos así por el mero gusto de hacer ejercicio. No hace falta explicar por qué un trabajador descuida una labor ingrata que le han ordenado hacer, entre las muchas que tiene a su cargo, o no llega a cumplirlas bien por agobio o pereza. Pero sí requiere una explicación por qué un trabajador tiene la iniciativa de hacer sin necesidad ni orden de sus jefes un trabajo ingrato que podría evitarse, por qué sirvientas japoneses sacaban brillo a los objetos de plata  en todas las casas donde había sirvientas y sin que a ninguna se lo ordenara nadie. Tanizaki no lo explica. ¿Sería quizás porque las sirvientas pensaban que brillante quedaba más bonito y que era un grave descuido ese estado patinado de los objetos? ¿Sería quizá porque ellas habían visto o tenían objetos brillantes en su propia casa y sabían por tanto que existía otra posibilidad y creían que era mejor? ¿Sería pues, quizás, que no todos los japoneses consideraban lo opaco, oscuro, envejecido y con pátina como lo más valioso cultural y estéticamente y lo único posible como acomodado a su cultura? ¿Hacía falta quizás un cierto nivel cultural, económico y estético para apreciar la belleza de la sombra? ¿Había quizás, pues, dos Japones, y uno sí consideraba normal, apreciaba y buscaba los objetos brillantes, hasta el punto de asumir voluntariamente un esfuerzo en casa ajena para conseguirlos? Me gustaría saberlo y no lo sé tras leer a Tanizaki.

“La vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar”. Me pregunto qué pensaría el Tanizaki que escribió eso en 1933 de esas imágenes callejeras del Tokio actual que con frecuencia difunden los medios de comunicación, tan llenas de inmensos anuncios de neón y de enormes pantallas con imágenes relucientes, tan parecido todo a Blade Runner, neones que ya menciona Takizaki, y qué pensaría del teléfono móvil de pantalla brillante y no ya como aparato integrado en la estética visible una casa, sino como prolongación del brazo y de la mente.

Verónica del Carpio Fiestas

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Con quiénes aconseja no debatir Schopenhauer, porque se perderá seguro la discusión

SOBRE LA CONTROVERSIA
(Parergia y Paralipomena, II, cap. II, §26)

“La controversia, la discusión sobre un asunto teórico, puede ser, sin lugar a dudas, algo muy fructifero para las dos partes implicadas en ella, ya que sirve para rectificar  o confirmar los pensamientos de ambas y también motiva el que surjan otros nuevos. Es un roce o colisión de dos cabezas que frecuentemente produce chispas, pero también se asemeja al choque de dos cuerpos en el que el más débil lleva la peor parte mientras que el mas fuerte sale ileso y lo anuncia con sones de victoria. Teniendo esto en cuenta, es necesario que ambos contrincantes, por lo menos en cierta medida, se aproximen tanto en conocimientos como en ingenio y habilidad, para que de este modo se hallen en igualdad de condiciones. Si a uno de los dos le faltan los primeros, no estará au niveau (a la debida altura), con lo que no podrá comprender los argumentos del otro: es como si en el combate estuviera fuera de la palestra. Si le falta lo segundo, la indignación que esto le provocará, le llevará paso a paso a servirse de toda clase de engaños, enredos e intrigas en la discusión y, si se lo demuestran, terminará por ponerse grosero. Por eso, en  principio, un docto debe abstenerse de discutir con quienes no lo sean, pues no puede utilizar contra ellos sus mejores argumentos, que carecerán de validez ante la falta de conocimientos de sus oponentes, ya que estos ni pueden comprenderlos ni ponderarlos.
Si, a pesar de todo, y no teniendo más remedio, intenta que los comprendan, casi siempre fracasará. Es más: con un contraargumento malo y ordinario acabarán por ser ellos quienes a los ojos del auditorio, compuesto a su vez por ignorantes, tengan razón.

Por eso dice Goethe:
“Nunca, incauto, te dejes arrastrar a discusiones:
que el sabio que discute con ignaros
expónese a perder también su norte”

Pero aún se tiene peor suerte si al adversario le faltan ingenio e inteligencia, a no ser que sustituya este defecto por un anhelo sincero de verdad e instrucción. No siendo
así, se sentirá enseguida herido en su parte más sensible y, quien dispute con él, notará enseguida que ya no lo hace contra su intelecto, sino contra Io radical del ser humano, es decir, que tiene que vérselas con la voluntad del adversario, que lo único que busca es quedarse con la victoria sea por fas o por nefas. De ahí que su mente ya no se ocupe entonces de otra cosa más que de astucias, ardides y toda clase de engaños hasta que, agotados éstos, recurra para terminar a la grosería, con el único fin de compensar de una o de otra manera sus sentimientos de inferioridad y, según el rango y las relaciones de los contrincantes, convertir la pugna de los espíritus en una lucha cuerpo a cuerpo, en
donde espera tener más posibilidades de éxito. Así, pues, la segunda regla es que no se  debe discutir con personas de inteligencia limitada. Como puede verse, pocos serán aquellos con los que se pueda entablar una controversia: en realidad, sólo debe hacerse con quienes constituyen una excepción. En cambio, la gente que constituye la regla, se  toma a mal ya el hecho mismo de que no se comparta su opinión: mas para eso tendrían que disponerla de tal manera que pudiera ser compartida. Aun sin que lleguen a recurrir a esa ultima ratio stultorum a la que más arriba nos referíamos, en controversia con ellos casi siempre se tendrá algún disgusto, porque no sólo habrá que vérselas con su incapacidad intelectual sino además con su maldad moral (…)”.

Sobre trampas y ardides en controversias, complétese con “Manual para ganar discusiones sin tener razón en Twitter, tertulias televisivas y debates parlamentarios, escrito por Schopenhauer en el siglo XIX”, enlace aquí , post de otro de mis blogs.

Teniendo en cuenta que es habitual es redes sociales opinar de todo aunque no se tenga ni idea del tema y también discutir por deporte con cualquiera, a lo mejor hay que hacer caso de Schopenhauer…

Verónica del Carpio Fiestas

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Catulo o la obscenidad poética

Que en el siglo XXI haya dudado sobre si escribo o no un post sobre Catulo dice mucho, pero no sobre mí ni tampoco sobre Catulo, autor romano del siglo I AC, sino sobre el siglo XXI. La obscenidad poética todavía rechina en el siglo XXI a muchos oídos de bien pensantes, tanto de los bien pensantes de la mojigatería, digamos, tradicional, como de los bien pensantes de esa otra mojigatería moderna, todos ellos tan aficionados a ofenderse y a la censura aunque alegando motivos distintos, y es muy cansado tener que estar planteándose si alguien se va ofender por lo que un poeta clásico romano escribió en latín hace 2.100 años cantando a la alegría de vivir. A unos quizá les molestará el sexo explícito de todo tipo -la poesía de Catulo contiene sexo oral, masturbación, homosexualidad- y  a otros les molestará la poesía de escarnio, con insultos como llamar puta a una mujer en variadas formas hasta expresiones de esas que hoy se censuran como homófobas, o lo de achacar comportamientos incestuosos. No todo Catulo es poesía amorosa, erótica, sexual, pornográfica e incluso francamente escatológica y grosera, casi todo en tono bienhumorado y humorístico. pero tambien de duro escarnio; además tiene muy delicados poemas a un amigo muerto o a la traición de una amistad o poesía amorosa de la más apta para almas sensibles, esas del amor no sexual o solo relativamente erótico, del amor feliz y del amor desaparecido. Me voy a centrar en el estilo, digamos, más llamativo. Voy a citar textos de “Catulo. Poesía completa” en versión castellana de Juan Manuel Rodríguez Tobal, editorial Hiperión, 1991, edición bilingüe. Empiezo por lo suave con este precioso poema:

Vivamos, Lesbia mía, y amemos;
los rumores severos de los viejos
que no valgan ni un duro todos juntos.
se pone y sale el sol, más a nosotros,
apenas se nos pone la luz breve,
sola noche sin fin dormir nos toca.
Pero dame mil besos, luego ciento,
después mil otra vez, de nuevo ciento,
luego otros mil aún, y luego ciento…
Después, cuando sumemos muchos miles
confundamos la cuenta hasta perderla,
que hechizarnos no pueda el envidioso
al saber el total de nuestros besos“.

Y ahora empiezo con lo que no creo que pueda calificarse como “preciosos poemas” y que no todo el mundo consideraría apto para todos los públicos, y qué mejor para presentarlos que con otro poema de Catulo:

Si por casualidad mis tonterías
leéis y no sentís pavor alguno
de acercar vuestras manos hacia mí,
dejad el celo en casa, que ahora vienen
algunos versos más desvergonzados“.

No puede dejarse de citar este poema famosísimo:

Mentula moechatur. Moechatur mentula? Certe.
Hoc est quod dicunt: ipsa olera legit.

y, como no voy a dejarlo púdicamente en latín, transcribo la traducción:

Dicen que jode Lapolla. ¿Que jode la polla? ¡Pues claro!
es lo que dice el refrán: «haz lo que sepas hacer»

Otro más:

Te lo ruego, dulce Ipsitila mía,
encantos y delicias de mi vida,
invítame a tu casa por la siesta
y hazme este otro favor, si es que me invitas:
que nadie eche el cerrojo de la puerta
y ten tú la bondad de no salir.
Mejor quédate en casa preparada
para echar nueve polvos sin parar.
Aunque invítame ya, si vas a hecerlo,
que acabo de comer y, panza arriba,
atravieso la túnica y el manto“.

Bueno, sigamos leyendo:

Os daré por el culo y por la boca,
mamón de Aurelio y Furio maricón,
que decís que no tengo yo vergüenza
porque algo afeminados son mis versos.
Sabed que ha de ser íntegro el poeta
en su vida, más no en su poesía,
pues esta, al cabo tiene ingenio y gracia
por ser afeminada y descarada,
y capaz de poner algo calientes
no digo a niños sino a los peludos
que no pueden mover sus duros lomos.
Vosotros que leisteis tantos miles
de besos ¿poco hombre me creéis?
Os daré por el culo y por la boca.

Y desde luego puedo no dejar de transcribir este poema sobre uno que, además de ser un imbécil, se blanquea los dientes con orina y que resulta que era de Celtiberia porque allí, según Catulo, se blanqueaban los dientes así. Tuve la curiosidad de averiguar, mirando aquí y allá por internet, si se trataba una de tantos insultos calumniosos escatológicos de los poemas de Catulo, pero, por lo visto, la orina de y en Hispania sí se usaba como dentífrico…

Egnacio, porque tiene dientes muy blancos,
se ríe siempre. Si acude a ver a un reo,
mientras el orador excita al llanto,
aquel se ríe. Si se llora a un buen hijo
único ante la pira junto a su madre,
aquel se ríe. Donde esté, como sea,
haga lo que haga ríe. Tiene este mal
que no es es -pienso- correcto ni de buen gusto.
He de darte un consejo, mi buen Egnacio:
si urbano fueras, o sabino, de Tíbur,
o un obeso de Etruria, o un umbro parco,
o un lanuvino bruno, de buenos dientes,
o -por mentar los míos- un traspadano,
o uno que limpiamente sus dientes lave,
ni así quisiera verte reír por todo:
no hay nada más tonto que una risa tonta.
Pero eres celtíbero. Allá en Celtiberia
con lo que uno mea suele, de mañana,
restregar sus dientes y rojas encías.
Cuanta más limpieza haya en vuestros dientes,
más orín proclama que os habéis bebido“.

Verónica del Carpio Fiestas

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El silencio del mar, de Vercors

“El silencio de mar” es una novela corta o un relato alegórico, de exquisita sensibilidad, ambientado en la primera fase de la ocupación alemana de la Segunda Guerra Mundial, cuando en Francia los ocupantes nazis aún aparentaban corrección formal. Vercors, su autor, no se llamaba así -Vercors, el seudónimo, es un macizo montañoso en los Alpes-, sino que es el francés Jean Bruller (1902-1991), y en el relato, escrito y publicado en 1942, plena Segunda Guerra Mundial, no aparece ningún mar, aunque sí muchos silencios. Suele entenderse que se trata de un manifiesto de la Resistencia Francesa, y, en efecto, no solo fue así considerado, o poco menos, sino que salta a la vista el sentido por la lectura del texto. El silencio no es el del mar, sino el de la familia francesa, tío y sobrina, que ha de albergar varios meses como huésped forzoso a un militar alemán de las fuerzas de ocupación -y no sé si decir militar nazi, porque de eso, de si es o no nazi o qué es ser nazi, precisamente, va la obra-, y que demuestra su resistencia -con minúscula- mediante el silencio permanente. Pero el militar de ocupación no es una caricatura sino una persona y los monólogos sin respuesta del francófilo, educado, cultivado, pacifista, sensible e inteligente militar, músico -compositor-, de profesión, frente a las silencios de la familia incluyendo los de la joven silenciosa y del inexpresado amor que acaban sintiendo el uno por el otro, no tan alejado del aprecio personal que acaba transparentándose también en el tío, un intelectual que escribe la historia en primera persona, acaban con una terrible parrafada, cuando el militar comprende de repente, oh sorpresa, que su amada Francia (“Siempre he amado Francia“) no la ha conquistado Alemania por amor a Francia y a la cultura francesa y para mejorarla, sino para para destruirla y con ella destruir toda la cultura y todo el espíritu, y que sus propios amigos nazis, tan educados, cultivados, sensibles e inteligentes como él, que acaban de ocupar París, son en realidad unos monstruos, y monstruoso es el nazismo. El huésped no es ese  nazi de las películas, el nazi sádico culto y amante de la música que disfruta de la ópera mientras tortura, sino una persona verdaderamente sensible, y ante ese desengaño solo le cabe el suicidio, la petición de ir a un duro frente de guerra, “hacia el infierno“. Transcribo unos fragmentos de esa escena, del final de la obra:

“-Tengo que decirles palabras muy serias.

Mi sobrina estaba frente a él, pero bajaba la cabeza. Enrollaba alrededor de sus dedos la lana de un ovillo mientras este se deshacía rodando por la alfombra; este absurdo trabajo era sin duda el único al que aún podía prestar su nula atención y ahorrarle una cierta vergüenza.

El oficial continuó, haciendo un esfuerzo tan visible que parecía costarle la vida.

-Todo lo que les he dicho en estos seis meses, todo lo que han oído las paredes de este cuarto…-respiró con un esfuerzo de asmático, mantuvo el pecho hinchado-, es necesario…-respiró-, es necesario olvidarlo.

La muchacha dejó caer lentamente sus manos en el regazo de su falda, donde quedaron ladeadas e inertes como barcas varadas en la arena, y levantó lentamente la cabeza y entonces, por primere vez -primera vez- ofreció al oficial la mirada de su ojos claros.

Él dijo -apenas lo oí: Oh welch’ein Licht [oh, qué luz], en un murmullo. Y como si, en efecto, sus ojos no hubieran podido soportar esa luz, los ocultó detrás de su mano. Dos segundos. Luego, dejó caer la mano: pero había bajado los párpados, y fue él quien desde entonces dirigió sus miradas al suelo…

Sus labios volvieron a hacer «Pp…» y dijo con voz sorda, sorda, sorda:

-He visto a esos hombres victoriosos.

Luego, después de unos segundos, con voz aún mas baja:

-He hablado con ellos.

Y al fin, en un murmullo, con amarga lentitud:

-Se han reído de mí.

Levantó sus ojos hacia mí y movió tres veces, gravemente, la cabeza, de forma imperceptible. Cerró los ojos, y prosiguió:

-Me han dicho: «¿No te has dado cuenta de que nos burlamos de ellos?». Eso me han dicho. Exactamente. Wir prellen sie [nosotros les engañamos]. Me dijeron: «¿No supondrás que vamos a permitir estúpidamente que Francia se rehaga ante nuestras fronteras? ¿No?» Se rieron con ganas. Me golpeaban alegremente la espalda, mirándome a la cara: «¡No somos músicos!».

Su voz revelaba, al pronunciar estas últimas palbras, un oscuro desprecio que no sé si reflejaba sus propios sentimientos o el tono mismo con que se habían dirigido a él.

-Entonces hablé durante mucho tiempo, con gran vehemencia. Ellos chistaban: ¡Tst! ¡Tst! Dijeron: «La política no es un sueño de poeta. ¿Por qué supones que hemos hecho la guerra?¿Por su viejo Mariscal?». Volvieron a reír. «No somos locos ni necios; tenemos la ocasión de destruir a Francia, y la destruiremos. No solamente su poder: también su alma. Su alma sobre todo. Su alma es el mayor peligro. Ese es nuestro trabajo en este momento: ¡no te equivoques, querido! […]

-No hay esperanza.

Y con una voz más sorda aún y más baja, y más lenta, como para torturarse a sí mismo  con esa intolerable confirmación:

-No hay esperanza. No hay esperanza.

Y de pronto, con una voz inopinadamente alta y fuerte y, para mi sorpresa, clara y timbrada como un toque de clarín, como un grito:

-¡No hay esperanza!

Y a continuación el silencio.

Creí oírle reír. Su frente atormentada y surcada por arrugas, se asemejaba a una cuerda de amarre. Sus labios temblaron: labios de enfermo, a la vez febriles y pálidos.

-Me han censurado con cierta irritación: «¡Ya lo ves! ¡Ya vez cuánto la amas! ¡Ese es el gran peligro! Pero nosotros curaremos a Europa de esa peste. ¡La limpiaremos de ese veneno!». Me lo han explicado todo, ¡oh!, no me han dejado que ignorase nada. Alaban a los escritores franceses, pero al mismo tiempo, en Bélgica, en Holanda, en todos los países que ocupan nuestras tropas, ha levantado una barrera. Ningún libro francés puede pasar…, salvo las publicaciones técnicas, manuales de dióptrica o formularios de cimentación… Pero las obras de cultura general, ninguna. ¡Nada!

Su mirada pasó por encima de mi cabeza, volando y tropezando en los rincones de la habitación como un pájaro nocturno extraviado. Por fin pareció encontrar refugio en los estantes más oscuros, aquellos donde se alinean Racine, Ronsard, Rousseau… Sus ojos quedaron fijos allí y su voz volvió a sonar con una violencia quejumbrosa:

-¡Nada, nada, nadie! -y como si aún no hubiéramos comprendido ni medido la enormidad de la amenaza-: ¡No solamente los modernos! ¡No solo los Péguy, los Proust, los Bergson…! ¡Sino todos los demás! ¡Todos esos! ¡Todos! ¡Todos! ¡Todos!

Su mirada barrió una vez más las encuadernaciones, que brillaban débilmente en la penumbra, como en una caricia desesperada.

-¡Apagarán la llama por completo! -exclamó-. ¡Y Europa no será iluminada por esta luz!”

Son muchas las cosas que sugiere este texto. Solo voy a decir unas cuantas.

La primera, que no hizo falta que ganaran los nazis para que estos autores no fueran leídos habitualmente fuera de las fronteras de Francia, o, mejor dicho, no voy a generalizar, para que al menos yo no los haya leído; Proust, Bergson y Rousseau son los únicos autores de los citados por Vercors de los que sí he leído obras,  y he de decir honradamente que a Racine y Ronsard los conozco solo de oídas y que de Péguy ni siquiera había oído hablar. Escalofríos da pensarlo.

La segunda, que la profundidad de este párrafo, y de todo el libro, solo se capta silenciocuando se dispone de un buen prólogo como estudio introductorio, y de nuevo no quiero generalizar, hablo solo de mi experiencia, y solo diré que cuando leí el texto por primera vez hace ya muchos años, en una edición sin prólogo, me pareció una novelita sobrevalorada, y releída años después, pero en otra edición ya con un prólogo serio, fui capaz de entender de qué va esto. La obra alcanzó, al parecer, 300.000 ejemplares de distribución clandestina, estando en plena guerra, y eso no es precisamente un juego literario. No suelo recomendar ediciones, pero esta vez voy a hacerlo: la de Cátedra, “El silencio del mar y otros relatos clandestinos”, edición de Santiago R. Santerbás.

La tercera, que la vida de Vercors, Jean Bruller, me parece aún más interesante que el texto. Colaboró durante la guerra con la editorial clandestina “Ediciones de Medianoche”, donde se publicó su obra, mientras ocultaba su clandestinidad literaria trabajando como carpintero. Y tan escritor clandestino fue que ni siquiera a su esposa le contó que él era Vercors, el autor del famoso libro que se había convertido en un símbolo de la Resistencia. Se ha insinuado, dice el prólogo, que Bruller y su esposa se divorciaron en 1948 por la humillación que sintió ella al enterarse tras la Liberación de Francia que Vercors era su marido. Si yo fuera escritora, escribiría una novela con un profundo análisis de la mentalidad, con los silencios -silencios del mar- y las razones, de un hombre que escribe para la Resistencia y no se lo cuenta a su mujer, y la de esa mujer que de repente descubre que el marido le ha ocultado la obra de su vida.

La cuarta, y más importante, que ojalá jamás, jamás, jamás, veamos a esos “soldados vencedores“. Y voy a transcribir una frase del prólogo, en la que se describe la reacción de Bruller cuando, en 1938, asistió en Praga al congreso del Pen Club: “la intervención del novelista británico H.G. Wells sustentando la legítima posibilidad de defender el antisemitismo en virtud del principio de la libertad de expresión le produjo una terrible intranquilidad,  que aumentó a su regreso con la visión de Alemania cubierta de banderas nazis“. Una frase para la reflexión.

Verónica del Carpio Fiestas

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Los estantes vacíos de los libros que no escribieron las mujeres

Pero, para la mujer, pensé mirando los estantes vacíos, estas dificultades eran infinitamente más terribles. Para empezar, tener una habitación propia, ya  no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles. Ya que sus alfileres, que dependían de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaban para el vestir, estaba privada de pequeños alicientes al alcance hasta de hombres pobres como Keats, Tennyson o Carlyle: una gira a pie, un viajecito a Francia o un alojamiento independiente que, por miserable que fuera, les protegía de las exigencias y tiranías de su familia. Estas dificultades materiales eran enormes; peores aún eran las inmateriales. La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difícil de soportar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad. El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: «Escribe si quieres; a mí no me importa nada.» El mundo le decía con una risotada: «¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?»

Esto es un fragmento de “Una habitación propia“, Virginia Woolf, 1929, enlace aquí. A continuación transcribo un fragmento de “La regenta“, de Leopoldo Alas “Clarín”, novela de 1885-1885, enlace aquí; estamos en el capítulo 5, donde se describen los primeros años de la vida de Ana Ozores, huérfana, que se ha ido a vivir con las hermanas de su padre, en la no tan imaginaria ciudad de Vetusta.

Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se le había cortado de raíz.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un rewólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas solteronas. «¡Una Ozores literata!».

-«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su célebre carta».

El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la aristocracia y del cabildo.

El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido, declaró que los versos eran libres.

Doña Anuncia se volvía loca de ira.

-¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina…
-No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido por una poetisa traductora de folletines.

El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.

-Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan, aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría ella lo que era el mundo! En cuanto a la sobrinita, era indudable que había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y recordaba unas Aventuras de una cortesana, que había ella proyectado allá en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en Ana, aprovecharon este flaco para ponerla en berlina delante de los hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién -pero se creía que Obdulia- había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los jóvenes desairados Jorge Sandio.

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas. Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera descubierto.

-En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir -decía el baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

-¿Y quién se casa con una literata? -decía Vegallana sin mala intención-. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que yo.

La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!» -pensaba satisfecha de lo pasado.

-Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones -añadía el afeminado baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:
-Pues hijo mío, serán ustedes un matrimonio sans-culotte.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la opinión: la literata era un absurdo viviente.

-«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no escribiría más».

Las anasozores habrían escrito libros regulares o hasta malos; exactamente igual que los que escriben los juanozores, porque muy  pocos nacen cervantes o shakespeares y la morralla literaria es la regla.  Y entre la inabarcable morralla de los muchos libros regulares o malos que las innumerables anaozores habrían podido escribir de haber podido hacerlo en igualdad de condiciones con los juanozores, habrían surgido los libros de la Judith Shakespeare imaginada por Virginia Woolf, o de una María Cervantes, al igual que entre la morralla inabarcable de los muchos libros de los innumerables juanozores que sí escribieron tenemos los libros de un William Shakespeare.

Pero ahí estan los estantes vacíos de los libros que pudieron haber escrito unas geniales Judith Shakespeare y María Cervantes y no pudieron escribirlos.

Virginia Woolf

Verónica del Carpio Fiestas

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Único testigo o cómo ya Sócrates no creía en lo de “unus testis, nullus testis”

SÓCRATES.- Eres admirable pretendiendo refutarme con argumentos de retórica como los que creen hacer lo mismo ante los tribunales.
Allí, en efecto, se imagina un abogado haber refutado a otro cuando ha presentado un gran número de testigos distinguidos que responden de la veracidad de lo que dice mientras su adversario sólo puede presentar uno o ninguno. Pero esta clase de refutación no sirve de nada para descubrir la verdad, porque algunas veces puede ser condenado un acusado en falso por la declaración de un gran número de testigos que parecen ser de algún peso.

Fragmento de “Gorgias o de la retórica”, diálogo de Platón.  Biblioteca Virtual Universal, traducción de Luis Roig de Lluis.

APRECIACIÓN DE LA PRUEBA
9. La prueba por testigos puede decantar la suerte de los pleitos, especialmente ante el déficit de la documental. Los testigos son los ojos y oídos de la justicia. Además, está superado el axioma de la tradición judeo-cristiana (Dt. 19,15; Mt. 18,16 y Jn. 8,17-8); postclásica «en manera ninguna se oiga la respuesta de un  solo testigo» (Cod. Iust. 4.20.9.1)  o «el testimonio de uno solo no debe ser creído» (Dig. 48.18.20) y canónica (testis unus testis nullus o testimonium unius non valere DAMASUS, Burchardíca, r. 43). EI sistema de libertad de valoración de la prueba rechaza el viejo aforismo de testis unus testis nullus» (…«el testimonio de un testigo susceptible de ser tachado»). La regla clásica de invalidez del testimonio único« no rige en nuestro proceso» (STS 1 207/2013,8.4).

Sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid, Sección 11, de 06/06/2018, Id Cendoj 28079370112018100211, que he escogido, entre innumerables análogas sobre el problema probatorio del testigo único.

Y he escogido esta sentencia, no solo porque es reciente y porque me ha gustado su bonita cita clásica sino porque tiene su encanto encontrarse en una sentencia con que al parecer Sócrates no encajaría mucho en la tradición judeocristiana…

Verónica del Carpio Fiestasanfisbena5 para firma

 

 

 

 

 

Escocia y los reinos de taifas, por Samuel Johnson

Tal parece ser la naturaleza humana, que lo distinto genera siempre rivalidad. Antes de surgir otros motivos de hostilidad, Inglaterra fue durante siglos importunada por el antagonismo entre los condados del norte y del sur; de modo que, durante largo tiempo, en Oxford solo pudo conservarse la necesaria paz para el estudio eligiendo anualmente a los dos prefectos de modo que fuera cada uno de una margen distinta del Trent. De manera natural, un territorio interrumpido por sucesivas cadenas montañosas separa a sus pobladores en reinos de taifas, que por mil motivos se hacen enemigos entre ellos. Todos y cada uno exaltarán a sus propios jefes, presumirán del valor de sus hombres o de la belleza de sus mujeres. Como cada vez que se reafirma la superioridad propia se provoca la rivalidad  a veces se cometerán agravios, que se defenderán con agravios mayores; se intentará la revancha y se exigirá lo debido con un interés demasiado alto“.

“A Journey to the Western Islands of Scotland”,  “Viaje a las Islas Occidentales de Escocia”, por Samuel Johnson (1709-1784). Publicado en 1775 en Londres. Edición y raducción de Agustión Coletes Blanco, KRK Ediciones, 2006. Enlace a primera edición en inglés aquí.

Samuel Johnson

Y luego decimos que qué curioso de lo que pasó en España en la I Republica, cuando los cantones, allá por 1873, cuando Jumilla declaró la guerra a Murcia y Jaén y Granada se declararon la guerra…

Verónica del Carpio Fiestas

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Mejor una tía buena tonta que no una culta fea, dónde va a parar, dice Quevedo

Muy discretas y muy feas,
mala cara y buen lenguaje,
pidan cátedra y no coche,
tengan oyente y no amante.

No las den sino atención,
por más que pidan y parlen,
y las joyas y el dinero,
para las tontas se guarde.

Al que sabia y fea busca,
el Señor se la depare:
a malos conceptos muera,
malos equívocos pase.

Aunque a su lado la tenga,
y aunque más favor alcance,
un catedrático goza,
y a Pitágoras en carnes.

Muy docta lujuria tiene,
muy sabios pecados hace,
gran cosa será de ver
cuando a Platón requebrare.

En vez de una cara hermosa,
una noche, y una tarde,
¿qué gustos darán a un hombre
dos cláusulas elegantes?

¿Qué gracia puede tener
mujer con fondos de fraile,
que de sermones y chismes,
sus razonamientos hace?

Quien deja lindas por necias,
y busca feas que hablen,
por sabias, como las zorras,
por simples deje las aves.

Filósofos amarillos
con barbas de colegiales,
o duende dama pretenda,
que se escuche, no se halle.

Échese luego a dormir
entre Bártulos y abades,
y amanecerá abrazado
de Zenón y de Cleantes.

Que yo para mi traer,
en tanto que argumentaren
los cultos con sus arpías,
algo buscaré que palpe.

quevedo 1

quevedo 2

quevedo 3

Burla de los eruditos de embeleco, que enamoran a feas cultas“, por Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645).

Verónica del Carpio Fiestas

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La primavera cursi de Gloria Fuertes

Cientos (¿miles?) de años se han pasado los poetas cantando muy solemnemente a la primavera. ¡Un tema tan serio, tan lírico, tan sensual, tan mitológico, tan primordial,  tan, pero que taaaan antropológico, telúrico y esdrújulo! Por suerte llega el siglo XX y, por fin, un planteamiento distinto: la risa. Gloria Fuertes (1917-1998) se ríe de la primavera y su risa inteligente y chispeante nos describe una primavera deliciosa y encantadora de puro cursi. Y sin una sola rosa ni una sola palabra esdrújula.

Eres tan cursi hija

que no hay por dónde cogerte.foto flores agosto 2018

Hasta en febrero cuando estás desnuda eres cursi,

adornada de odas y vergeles no digamos.

Primavera,

más que cantarte te han hecho la viñeta ciertos poetas sin agua;

pero a pesar de todo te defiendo,

porque haces retoñar ese geranio,

que se me seca siempre en el invierno.

 

Gloria Fuertes (1917-1998). Poema extraído de la antología de VV.AA. “Ahora que calienta el corazón: Poemas a las estaciones del año“, Ed. Verbum, 2017; no consta en qué libro y fecha publicó originalmente la autora el poema.

La ilustración kitsch es mía (foto y sin photosop)

Verónica del Carpio Fiestas

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Cosas por las que merece la pena vivir

‘Death is a great price to pay for a red rose,’ cried the Nightingale, ‘and Life is very dear to all. It is pleasant to sit in the green wood, and to watch the Sun in his chariot of gold, and the Moon in her chariot of pearl. Sweet is the scent of the hawthorn, and sweet are the bluebells that hide in the valley, and the heather that blows on the hill. Yet Love is better than Life, and what is the heart of a bird compared to the heart of a man?

La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor- y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Dulce es el olor de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

“El ruiseñor y la rosa”, cuento de Oscar Wilde, de 1888; enlace a texto completo de cuento en inglés aquí y a una traducción al castellano aquí. Esto lo dice el ruiseñor cuando decide voluntaria y calladamente sacrificar su vida por lo más importante del mundo, el amor, para conseguir con el precio de su música y de la sangre de su corazón que de un rosal pueda crecer  una rosa roja que sirva para que un estudiante enamorado pueda bailar con su caprichosa amada en el baile, porque la amada ha puesto como condición para aceptar bailar con el estudiante que le entregue una rosa roja. El ruiseñor muere y la rosa roja nace y es muy hermosa y el estudiante no sabe nada del sacrificio del ruiseñor. Y la amada se niega a bailar con el estudiante, pese a ofrecerle la rosa, porque el vestido que va a llevar no pega con el color y porque, además, el sobrino del chambelán le ha regalado joyas de verdad y todo el mundo sabe que las joyas cuestan mucho más que las flores. El estudiante, enrabietado y desilusionado del amor, vuelve a su libro de Metafísica y tira la rosa a la calle y la destroza un carro que pasa por encima.

Bastante distinto es el monólogo de por qué merece la pena vivir, de Woody Allen, en “Manhattan”, película de 1979. En enumeración: Groucho Marx, un jugador de béisbol llamado Willie Mays (jugador de tenis, Jimmy Connors, en la versión doblada española), el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter de Mozart, una grabación concreta del trompetista Louis Armstrong -o sea, jazz, probablemente de los años 20 del siglo XX-, películas suecas (es de suponer que se refiere a Bergman, tan admirado por Woody Allen), “La educación sentimental” de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, las peras y manzanas de Cézanne, las gambas de tal restaurante con nombre de señor y el rostro de Tracy, la chica de 17 años de la que se ha enamorado el personaje cuarentón que interpreta Woody Allen.

Incluyo enlace a esta monólogo la versión en inglés y a la doblada en castellano.

Comparo ambos párrafos de contenido tan filosófico y pienso que muchos podríamos compartir el planteamiento del ruiseñor de Oscar Wilde y quizá también, al menos en parte, el de Woody Allen, aunque no a todos nos guste el béisbol, el jazz o Marlon Brando.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar que prefiero lo que dice el ruiseñor que se sacrifica inútilmente por un amor ilusorio y que habla de que lo merece la pena en la vida son los bosques verdeantes y los colores del sol y de la luna y el  aroma de hierbas y la  belleza de flores ocultas y humildes, más que  lo que describe Woody Allen; ese mundo urbano sin naturaleza y en el que solo existen las creaciones humanas, sean artísticas, deportivas o gastronómicas y donde solo se mira lo que se tiene delante a la altura de de los ojos y nunca se mira ni hacia arriba donde están la luna y el sol ni hacia abajo donde están las flores. Un mundo, además, solo y exclusivamente de varones que son grandes deportistas, componen inmortales sinfonías, tocan la trompeta magistralmente, dirigen películas de primer nivel, son grandes actores, escriben obras maestras sobre el amor, cantan canciones de amor a las mujeres, pintan pintura impresionista y hasta aparecen en el nombre de un restaurante, un mundo, en definitiva, donde no existen mujeres artistas, actrices ni cocineras ni nada y donde solo hay mujeres, y solo desde un punto de vista amoroso, siendo cuarentones, en la cara de una chica de diecisiete años.

Incluir en un post fotos de maravillosos bosques verdeantes y soles y lunas y flores es inútil, hay tantos en internet, y además es difícil que ninguna foto pueda transmitir en su plenitud la belleza de la naturaleza y además internet aún no permite que captemos el delicado aroma de las flores y las hierbas ni la sensación de la brisa en el campo en la cara. Sí puedo poner unas modestas fotos mías de flores y hojas, no por cómo son, sino por lo que puedan recordar, y algo muchísimo mejor, unos soles, unas lunas y unas estrellas de unos manuscritos antiguos.

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estrellas

Beato de Liébana

SOL Y LUNA ARUNDEL

BL Arundel MS 501

sol naples

Manchester, John Rylands University Library, Latin MS 53, fol. 58v

Pero lo que sí puedo poner es a un Groucho Marx desatado y absolutamente maravilloso cantando “I´m against it”, que se opone a todo y que está contra todo, sea lo que sea, da igual.  Imposible ver este vídeo y no pensar que Woody Allen, al menos en esto, sí tenía toda la razón.

Verónica del Carpio Fiestas

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Párvulos muertos

El Registro Civil se implantó con carácter general en España por una ley de 1870; antes había libros parroquiales. En esta fotografía, tomada por mí,

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de un libro parroquial de un pueblo de Palencia, Frómista, Iglesia de San Martín de Tours, constan las inscripciones de defunción, o, más bien, de entierro, de un mes y veinte días, febrero y marzo del año 1790. Constan cinco muertos,”párvulos”, o sea, niños y niñas de corta edad. Cinco niños de corta edad muertos en mes y veinte días en un solo pueblo, con sus nombres (Paula, Santiago, Vicente, Catalina).

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Según Wikipedia, Frómista tenía, cuarenta años antes de 1790, 227 vecinos, y cuarenta años después de 1790, 44 hogares y 1.482 vecinos; si los datos son fidedignos, no parece probable que en 1790 hubiera más habitantes que los de esas cifras. Imaginemos la espantosa mortalidad infantil de un país en el que con ese número de habitantes en un pueblo mueren cinco niños en un mes y veinte días, y cómo sería la vida de quienes tenían hijos sabiendo que morirían en esos porcentajes. Solo de pensarlo se ponen los de pelos de punta.

En esta otras imágenes de los mismo libros parroquiales y diversas fechas, al azar, también hay párvulos, o “parbulos”, muertos. Y en la inscripción referente a algunos, ni siquiera consta el nombre.

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Parecido, por cierto, a como siguió siendo en España hasta el año 2011, como residuo sorprendentemente prolongado en el tiempo de unas épocas nada lejanas, en medida historica, de unas terriblemente altas tasas de mortalidad infantil que en el siglo XIX persistían. El artículo 30 del Código Civil, aprobado en 1889 y vigente hasta la Ley 20/2011 del Registro Civil, de 21 de julio, decía lo siguiente: “Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno”. Prescindo de lo de “figura humana”, que nos llevaría muy lejos recorriendo los caminos de la superstición y la misoginia; el inciso “viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno” significa, por ejemplo, y entre otras consecuencias, tales como que no computara a efectos de herencias, que a un bebé daba igual que los padres le pusiera nombre al nacer, porque si moría antes de las veinticuatro horas ni siquiera se le inscribía donde las personas, sino en el llamado “legajo de abortos”.

Uf.

Verónica del Carpio Fiestas

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¿Son felices las piedras?

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

Esto lo dijo Rubén Darío; es su poema “Lo fatal”. Y ahora lo que dijo Séneca en su obra “Sobre la felicidad”:

Aunque las piedras y los animales carecen de temor y de tristeza, nadie los llamó dichosos, faltándoles el conocimiento de la dicha“.

Bueno, pues, a lo mejor nadie había llamado dichosas a las piedras hasta la época de Séneca, pero unos cuantos siglos después un poeta sí las llamó dichosas…

Verónica del Carpio Fiestas

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Ríos de tinta y manzanas

Ríos de tinta, y de dinero, se han vertido en relación con las manzanas que pintó el pintor impresionista francés Paul Cézanne (1839-1906). Pinto unas cuantas manzanas. Y es que “Avec une pomme, je veux étonner Paris!“, dijo Cézanne, según esta cita del Musée de l´Órangerie…

Por ejemplo estas carísimas “Las manzanas“, 1889-1890:

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O estas otras.

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Cuestión de gustos.

Porque hubo otros que tambien pintaron unas cuantas manzanas, y bastante antes. Por ejemplo, el pintor español Juan Sánchez Cotán (1560-1627), del para los españoles nada exótico pueblo de Orgaz. Y entre las manzanas que pintó estaban, por ejemplo, estas:

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Que son un fragmento de aquí:

sánchez cotán

Para un análisis de “Bodegón de caza, hortalizas y frutas”, obra de 1602 que está en el Museo del Prado, enlace a la web del museo aquí.

¿Con cuáles manzanas se quedaría usted? ¿Le asombran las manzanas de Cézanne, como quería Cézanne que sucediera con París, o las de Sánchez Cotán? ¿O las dos? Porque por bastante menos dinero que preciso para comprar un Cézanne se habría podido comprar hace unos años un bodegón de Sánchez Cotán, con cardo aunque sin manzanas…

Verónica del Carpio Fiestas

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Cigüeña en gallinero

¡Huy, cómo llovía en la calle! Hjalmar podía oír la lluvia en su sueño y cuando Ole Cierraojos abrió una ventana, el agua llegaba al alfeizar. Era un verdadero mar lo que había fuera, pero el barco más espléndido estaba junto a la casa.

-¿Te vienes al mar, pequeño Hjalmar? -dijo Ole Cierraojos-. Así podrás viajar esta noche por el extranjero y estar mañana de vuelta.

Y en un instante se encontró Hjalmar con su traje de domingo a bordo del magnífico barco, y al momento se apaciguó el tiempo y navegaron a través de las calles, bordearon la iglesia hasta que se encontraron en alta mar. Navegaron tanto tiempo que perdieron toda vista de tierra y vieron una bandada de cigüeñas, que e marchaban también del país en busca de tierras cálidas; volaban una detrás de otra y ya habían volado muchísimo. Una de ellas estaba tan cansada que sus alas casi no podían ya tenerla, era la última de la fila y pronto quedo muy atrás, hasta que al fin se fue hundiendo cada vez más con las alas extendidas, dio un par de aletazos, pero sin resultado, rozó con sus patas los aparejos de la nave, resbaló por una vela y ¡pum! cayó sobre la cubierta.

Entonces el grumete la cogió y la metió en el gallinero, entre gallinas, patos y pavos. La pobre cigüeña se encontró muy avergonzada entre ellos.

-¡Vaya tipo! -dijeron las gallinas.

Y el pavo se infló tanto como pudo y preguntó quién era, y los patos se echaron hacia atrás, empujándose unos a otros:

-¡Grazna, grazna!

Y la cigüeña habló de la cálida África, de las pirámides y del avestruz, que corre como un caballo salvaje por el desierto. Pero los patos no entendían lo que decía y se empujaban unos a otros:

-¿Estáis de acuerdo en que es tonta?

-¡Claro que es tonta! -dijo el pavo haciendo glu-glu.

La cigüeña se quedó callada, pensando en su África.

-¡Vaya preciosidad de patas delgadas que tiene usted! -dijo el pavo- ¿Cuánto cuesta el metro?

-¡Cuá, cuá, cuá -rieron todos los patos, pero la cigüeña hizo como si no lo hubiera oído.

-¡Ríase también -le dijo el pavo-, que ha tenido mucha gracia! O quizá le resulta demasiado vulgar, ¡ak, ak! ¡Qué poco sentido del humor! Tendremos que seguir diviertiéndonos nosotros solos -y las gallinas cloquearon y los patos graznaron, ¡cuá, cuá, cuá! Era terrible lo divertido que lo encontraban.

Pero Hjalmar fue al gallinero, abrió la puerta, llamó a la cigüeña, que saltó a la cubierta junto a él. Había ya descansado y parecía que se inclinaba ante Hjalmar para agradecérselo. Después abrió sus alas y voló hacia las tierras cálidas, pero las gallinas cloquearon, los patos graznaron y al pavo se le subió la sangre a la cabeza.

-Mañana haremos sopa contigo -dijo Hjalmar, que se despertó y se encontró en su camita. Había sido, sin embargo, una travesía maravillosa la que Ole Cierraojos le había proporcionado aquella noche.

Fragmento del cuento “Ole Cierraojos“, de Hans Christian Andersen.

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

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Que se dice en este cuento de Gogol que la mujer fea no inspira respeto al hombre salvo que sea veinte veces más inteligente que el hombre

El teniente Pirogov decidió no abandonar la partida, aunque la alemana le había opuesto resuelta resistencia. No concebía que pudiera rechazarlo ninguna mujer, ya que su amabilidad y su graduación lo hacían plenamente merecedor de toda clase de atenciones. También debemos hacer constar que la esposa de Schiller era tonta de capirote, a pesar de lo bonita que era. Aunque, por otra parte, la tontería le presta un encanto especial a una esposa bonita. En todo caso, yo he tratado a un buen número de maridos que están encantados con la bobería de sus esposas, viendo en ella una prueba de ingenuidad infantil. La belleza hace verdaderos milagros. En una mujer hermosa los defectos no nos repelen, sino que ejercen una extraordinaria atracción sobre nosotros. Incluso el vicio es un encanto en ellas. Pero que una mujer carezca de belleza y habrá de ser veinte veces más inteligente que el hombre para inspirarle al menos respeto, ya que no amor.

Fragmento del cuento “La avenida del Nevá“, del escritor ruso Nicolai V. Gogol (1809-1852).

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

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Figuras siniestras en el balcón

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Según parece, esta obra del pintor español Francisco de Goya (1746-1828), “Majas en el balcón”, 1810-12, representa a dos prostitutas con sus chulos. Si quienes saben dan eso como opinión mayoritaria, habrá que darlo por bueno.

Y según parece, el impresionista frances Eduard Manet (1832-1883) se inspiró en esta obra de Goya, a raíz de un viaje a Madrid, para su obra “El balcón” (1868-69), y las personas representadas pertenecen al propio entorno familiar del pintor,  parientes o amigos.

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Y, según parece también, el pintor surrealista sui generis, o lo que sea, René Magritte, belga, 1894-1967, se inspiró en esta obra de Manet para la suya “El balcón”, de 1950.

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De un balcón de prostitutas y proxenetas en 1810-12 a un balcón de ataúdes de pie y sentados en 1950, y pasando por tres países.

El balcón es siniestro, sí. ¿Pero cuál? ¿El de Magritte, solo? ¿Seguro?

¿No es siniestro un balcón con mujeres expuestas a la venta y con los hombres que las “protegen”? ¿Sabía Magritte que Manet se inspiró en la obra de Goya y que la obra de Goya representaba a prostitutas y proxenetas? ¿Sabía Manet que la obra de Goya tenía ese tema? Y si Manet lo sabía, ¿por qué representó así a parientes y amigos? ¿Y los amigos y parientes de Manet sabían que estaban posando para un cuadro que se inspiraba en otro sobre prostitutas y chulos? ¿O Manet, caso de que lo supiera, se lo ocultó?

¿Qué es más siniestro, un balcón con ataúdes, no sabemos si llenos o vacíos, o un balcón de exposición de mujeres en situación de exclusión social y con sus explotadores o un balcón con grupo de personas más o menos burguesas que, inconscientemente o no, están en la pose que, en una obra anterior y que ha servido de inspiración, tenían prostitutas y proxenetas, y que además en este segundo cuadro se relacionan tan poco entre sí como entre sí se relacionan los ataúdes en la obra de Magritte?

Un ataúd sentado o de pie es siniestro, estamos de acuerdo. Pero ¿no es también siniestro que Manet pintara a una joven amiga violinista con una sombrilla en vez de con un violín y además en la pose de una joven prostituta de cincuenta años antes y además bastante más hermosa?

Y, yendo a más en plan siniestro, ¿cuál podría la siguiente obra siniestra de cuatro figuras en un balcón?

Así, puestos a pensar, se me ocurre otro balcón con otras cuatro figuras, y  ya con eso pasamos por cuatro países: las  cuatro figuras que aparecen mirando desde un balcón interior del Grant Museum of Zoology, en Londres. Eso sí que sería un paso más hacia lo siniestro… Tanto, que estoy por solo poner enlaces, y no incluir aquí la imagen, de las muchas de ese balcón que se ven  por internet y que usted, si quiere, puede buscar, para verlo más de cerca…

Al fin y al cabo, no hay tanta diferencia. Tanto los pintores como los pintados de los cuadros que he incluido en este post están todos muertos…

Verónica del Carpio Fiestas

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¿Qué es exactamente la Ambrosía Plus?

“Es una mera cuestión de honradez, señor presidente, el advertirle que gran parte de mi testimonio va a ser sumamente desagradable; implica aspectos de la naturaleza humana que muy rara vez han sido discutidos en público, y menos ante una comisión del Congreso. Pero me temo que no tienen más remedio que afrontarlo; hay momentos en que debemos rasgar el velo de la hipocresía, y este es uno de ellos.

Ustedes y yo, señores, descendemos de una larga estirpe de carnívoros. Veo por sus expresiones que muchos de ustedes desconocen el término. Bueno, no es de extrañar; pertenece a una lengua que cayó en desuso hace uno dos mil años. Tal vez sea mejor que nos dejemos de eufemismos y seamos brutalmente sinceros, aun cuando tenga que emplear expresiones que no se han oído jamás entre gente educada. Pido perdón de antemano a todo aquel a quien pueda ofender.

Hasta hace unos siglos, el alimento predilecto de casi todos los hombres había sido la carne: la carne de animales que se sacrificaban. No pretendo revolverles el estómago; es sencillamente la constatación de un hecho que pueden comprobar en cualquier manual de historia…

Pues claro que sí, señor presidente. Estoy totalmente dispuesto a esperar a que el senador Irving se sienta mejor. Nosotros los profesionales olvidamos a veces las reacciones que pueden experimentar los profanos ante declaraciones de esta naturaleza.

Al mismo tiempo debo advertir a la junta que lo que viene a continuación es mucho peor. Si alguno de los presentes es algo delicado, le sugiero que siga el ejemplo del senador, antes de que sea demasiado tarde…

Bueno, pues continúo. Hasta los tiempos modernos, todo el alimento estaba clasificado en dos categorías. La mayor parte se derivaba de las plantas: cereales, frutas, plancton, algas y otras formas de vegetación. Nos es difícil comprender que la inmensa mayoría de nuestros antepasados fueran granjeros y sacaran el alimento de la tierra o del mar mediante técnicas primitivas, a menudo muy penosas, pero esa es la pura verdad. El segundo tipo de alimento, si se me permite volver sobre tan desagradable tema, era la carne, obtenida de un número relativamente pequeño de animales. Puede que sus nombres les resulten familiares: vacas, cerdos, ovejas, ballenas. La mayoría de la gente -lamento insistir en esto, pero el hecho está fuera de toda discusión- prefería la carne a cualquier otra clase de alimento, pese a que sólo los más ricos podían satisfacer este apetito. Para la mayor parte de la humanidad, la carne era un bocado exquisito, casi desconocido, en una dieta compuesta en más de un noventa por ciento de verduras.

Si consideramos el hecho serenamente y de una manera desapasionada -como espero que el senador Irving está en disposición de hacer en este momento -, podemos ver que la carne se convirtió en algo raro y caro, pues su producción requiere un proceso extremadamente ineficaz. Para producir un kilo de carne, el animal en cuestión tenía que comer lo menos diez kilos de alimento vegetal… alimento que muy frecuentemente podía haber consumido el hombre directamente. Al margen completamente de cualquier consideración estética, este estado de cosas no podía tolerarse después de la explotación demográfica del siglo XX. Todo hombre que comía carne condenaba a diez o más de sus semejantes a la inanición…

Felizmente para todos nosotros, la bioquímica ha resuelto el problema: como deben saber ustedes, la respuesta la dio uno de los innumerables productos accesorios de la investigación espacial. Todo alimento -animal o vegetal- es extraído a partir de un número muy reducido de elementos corrientes. Carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, trazas de azufre y de fósforo… esta media docena de elementos, junto con algunos más, se combinan en una casi infinita variedad de maneras, componiendo todos los alimentos que el hombre ha utilizado y utilizará jamás. Al enfrentarse con el problema de la colonización de la Luna y los planetas, los bioquímicos del siglo XXI descubrieron el medio de obtener sintéticamente cualquier elemento deseado a partir de las materias primas fundamentales de agua, aire y roca. Fue quizá el logro más importante de la historia de la ciencia. Pero no debemos enorgullecernos demasiado de ello. El reino vegetal nos había superado ya en mil millones de años.

Los químicos podían ahora producir sintéticamente cualquier tipo de alimento imaginable, tuviera o no su correspondiente paralelo en la naturaleza. No hace falta decir que hubo errores… y hasta desastres. Se erigieron imperios industriales que luego se vinieron abajo; el cambio de la explotación agrícola y animal por gigantescas instalaciones de elaboración automática y los omniversores de hoy fue a menudo doloroso. Pero tenía que darse ese paso, y ahora estamos mejor por esa razón. Se ha eliminado para siempre el problema del hambre, y disfrutamos de una alimentación rica y variada como no se ha conocida en ninguna otra época.

Además, naturalmente, se ha logrado una ventaja moral. Ya no sacrificamos millones de seres vivos, y aquellas repugnantes instituciones que eran los mataderos y las carnicerías han desaparecido de la faz de la Tierra. Nos parece increíble que nuestros antepasados, por toscos y brutales que fuesen, pudieran tolerar semejantes obscenidades.

Y no obstante… es imposible romper totalmente con el pasado. Como he dicho ya, somos carnívoros; heredamos gustos y apetencias adquiridos a lo largo de un millón de años. Nos agrade o no, hace solo unos años, algunos de nuestros bisabuelos disfrutaban comiendo carne de cordero y de carnero y de cerdo… cuando podían. Y nosotros aún disfrutamos hoy de ese placer…

-Dios mío! Será mejor que el senador Irving espere fuera a partir de ahora. Creo que no he debido expresarme con tanta brusquedad. Lo que quería decir, naturalmente, es que muchos de los alimentos sintéticos que actualmente consumimos tienen la misma fórmula que los antiguos productos naturales; algunos de ellos, efectivamente, son réplicas tan exactas que ninguna prueba química o de otro tipo podría encontrar la diferencia. Esta situación es lógica e inevitable; los fabricantes nos hemos limitado a tomar como modelos los alimentos presintéticos más populares, y reproducir su gusto y textura.

Naturalmente, hemos creado también nombres nuevos que no sugieren origen anatómico o zoológico alguno, evitando así desagradables asociaciones. Cuando vamos a un restaurante, la mayoría de los nombres que encontramos en la carta han sido inventados a partir de principios del siglo XXI, o son adaptaciones de los nombres originales franceses, por lo que muy pocas personas podrían reconocerlos. Si alguna vez quieren ustedes averiguar cuáles son sus respectivos umbrales de tolerancia, pueden hacer un interesante, pero sumamente desagradable, experimento. La sección clasificada de la Biblioteca del Congreso posee un amplio repertorio de menús de restaurantes famosos -sí, y de los banquetes de la Casa Blanca-, registrados desde hace quinientos años hasta la fecha. Son de una franqueza cruda, disecadora, que los hace casi ilegibles.

Creo que no hay nada que revele más vívidamente el abismo que se abre entre nosotros y nuestros antepasados de hace solo unas cuantas generaciones…

Sí, señor presidente… estoy llegando a la cuestión; todo esto está íntimamente relacionado con el motivo de mi alegato, por desagradable que parezca. No es mi intención estropearles el apetito; me limito a exponer el fundamento para el cargo que quiero presentar contra mis competidores, la Corporación Triplanetaria de Alimentación.

De no entender este fundamento, podrían pensar que no es más que una queja trivial motivada por las graves pérdidas que ha soportado mi compañía desde que apareció en el mercado la Ambrosía Plus. Todas las semanas, señores, se inventan nuevos alimentos.

Aparecen y desaparecen como las modas femeninas, y sólo uno de cada mil viene a sumarse permanentemente al menú. Es extremadamente difícil acertar en el gusto del público de buenas a primeras, y reconozco sinceramente que la serie de platos Ambrosía Plus han obtenido el más grande éxito en toda la historia de la industria alimenticia. Todos ustedes conocen la situación: los demás platos han desaparecido del mercado.

Como es natural, nos hemos visto obligados a aceptar el desafío. Los bioquímicos de mi organización son tan buenos como los de cualquier otra compañía del sistema solar; así que se pusieron a trabajar inmediatamente en la Ambrosía Plus. No les revelo ningún secreto industrial si les digo que tenemos análisis de casi todos los alimentos, naturales o sintéticos, que ha utilizado la humanidad, incluso de platos exóticos de los que ustedes no han oído hablar jamás, como calamares fritos, langostas con miel, lenguas de pavo real, polipodios venusianos… Nuestra vasta biblioteca de sabores y texturas es nuestra base fundamental, así como la de todas las sociedades del ramo. De ella podemos seleccionar y mezclar elementos para cualquier combinación imaginable; y normalmente podemos obtener un duplicado, sin grandes dificultades, de cualquier producto que saquen nuestros competidores.

Pero la Ambrosía Plus nos ha tenido desorientados durante bastante tiempo. Su precipitado de proteína grasa la clasificaba decididamente como una carne sin demasiadas complicaciones… y, sin embargo, no lográbamos reproducirla exactamente. Esa ha sido la primera vez que han fracasado mis químicos; ninguno de ellos podía explicar qué era lo que confería a la sustancia su extraordinario atractivo, el cual, como todos sabemos, hace que, en comparación, nos parezca insípido cualquier otro alimento.

Y con razón… pero vayamos por partes.

En pocas palabras, señor presidente: el director de la Corporación Triplanetaria comparecerá ante usted… más bien de mala gana, estoy seguro. Le dirá que la Ambrosía Plus se compone de aire, agua, calcio, azufre y demás. Eso es completamente cierto, pero es lo menos importante de toda esta historia. Pues nosotros acabamos de descubrir su secreto… que, como la mayoría, es bien simple una vez conocido.

Desde luego, debo felicitar a mi competidor. Por fin ha hecho aprovechables cantidades ilimitadas de lo que es, por la naturaleza de las cosas, el alimento ideal de la humanidad.

Hasta ahora lo ha habido en proporciones extremadamente reducidas, y, por tanto, lo venían paladeando los pocos entendidos que podían obtenerlo. Todos ellos, sin excepción, han jurado que no existe nada que se le pueda comparar ni remotamente.

Sí; los químicos de la Triplanetaria han hecho un trabajo magnífico. Ahora, a ustedes les toca resolver las repercusiones morales y filosóficas. Al empezar mi alegato he utilizado el viejo término de carnívoros. Ahora debo darles a conocer otro que, dado que lo empleo por vez primera, convendrá que lo deletree: C-A-N-I-B-A-L-E-S…”

alimento dioses

Cuento “El alimento de los dioses“, del escritor y científico británico Arthur C .Clarke (1917-2008), publicado en 1964. La traducción al castellano ha sido obtenida de este enlace.

Verónica del Carpio Fiestas

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Violar a una niña de trece años y casarse con ella, en España, 1844

Voy a transcribir literalmente una noticia publicada en la Gaceta de Madrid, antecedente del Boletín Oficial del Estado, de 8 de octubre de 1844. En aquella época la Gaceta era aun  una mezcla de periódico oficial para publicación de normas y partes oficiales, de periódico privado con noticias nacionales e internacionales, anuncios y reseñas y de revista variada, incluyendo sueltos de corresponsales.

Noticias nacionales

Arenys del Mar 28 de Setiembre-
El dia 22 se cometió en Calella un acto escandaloso. Un jo­ven de 18 años estupró á una niña de 13; fue preso inmediata­mente que se supo la perpetración de tan feo delito.
Empezábanse ya las primeras diligencias, cuando por inter­vención de personas bondadosas pudo componerse el negocio, ofreciéndose, el estuprador á casarse con su víctima, la cual se avino gustosa con este acomodamiento.
Solo falta que los novios reúnan el dinero necesario para cos­tear las gastos de la ceremonia, con lo cual el cura los casará desde luego, aunque atendido el caso hubiese sido mejor que se les hubiese casado sin mas retardo.
Aqui y en toda la costa no hay novedad. Todo sigue tran­quilo, y la gente tan contenta con las ganancias que les propor­ciona el gran número de barceloneses que tenemos por aqui, que han venido, según costumbre de todos los años, á tomar los ba­ños termales de Caldetas, y á respirar los puros y saludables aires de este delicioso pais.
(Corresp. de la Verdad.)
Enlace a la página completa de la Gaceta de Madrid de ese día, y que incluye la noticia, en la web oficial del Boletín Oficial del Estado, aquí.
estupro
estupro 2
Cuando en adelante lea por ahí que hay países con matrimonio infantil o donde se obliga a mujeres a casarse con sus violadores, y le parezca terrible, porque lo es, quizá recuerde esta noticia de España en 1844, es decir, de anteayer en términos históricos. Y que era todo ello tan “normal”, tan “lógico” y tan “deseable” que “personas bondadosas” presionan al violador para que se case, la pobre niña “acepta gustosa ese acomodamiento” y se considera que cualquier demora en casarse en perjudicial, y que acto seguido de contar esto, sin solución de continuidad, el corresponsal habla de cómo hacen sus agosto los comerciantes con los veraneantes y lo agradable y tranquila que es la costa.
Verónica del Carpio Fiestas
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Manuscritos medievales y Klee

Klee

Este cuadro es “Temple Gardens”, del pintor Paul Klee (1879–1940), pintado en 1920 e inspirado en lo visto en un viaje a Túnez.

Y lo que a continuación incluyo son imágenes de manuscritos medievales y otro tipo de documentos, hasta el siglo XV.

imago 1

imago 2

imago 3

notitia

Tábara

rainbow

 

Por la selección de imágenes y tuits, y la intención al seleccionarlos,

Verónica del Carpio Fiestas

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Viajeros por el mar que dan con la isla ballena: San Brandán y Simbad

Voy a transcribir la misma historia de viajeros por el mar que van a parar a una isla que resulta ser una ballena, tal y como es contada de forma muy distinta por dos obras literarias de muy distinto planteamiento, ámbito temporal y territorial e idioma:

  • El viaje de San Brandán“, del arzobispo Benedeit. Se trata de una alegoría religiosa de la literatura anglo-normanda del siglo XII, que recoge la vida más o menos legendaria del monje San Brandán (también conocido como Borondón, Brandano y más variantes), monje irlandés del siglo VI, la cual que venía circulando en leyendas desde bastante tiempo atrás. El episodio de la ballena consta en el capítulo XIII, titulado “Fiesta en el pez-isla“. La ilustración ha sido obtenida de este enlace y el texto puede encontrarse en Ediciones Siruela. Figura “pez”, aunque la tradición suele decir que era una ballena.
  • Las mil y una noches“, recopilación medieval anónima en árabe quizá del siglo IX o anterior, aunque la refundición fuera posterior, y que recoge historias tradicionales de Oriente Medio, y que se tradujo por primera vez a idioma europeo a Europa en el siglo XVIII. El episodio pertenece al ciclo de Simbad el marino. De los viajes de Simbad es inútil incluir una ilustración, porque cada cual ya puede imaginar la suya, sea de película tipo Hollywood, de libro infantil o de lo que sea. Del texto circulan muchas traducciones, por no hablar ya de versiones; la aquí manejada es la de este enlace.

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“El viaje de San Brandán

XIII

FIESTA EN EL PEZ-ISLA

Sin pasar apuro ni tropezar con ningún escollo arriban a tierra y desembarcan todos los hermanos, salvo el abad, que se quedaría a bordo.

Por la noche y por la mañana estuvieron celebrando un hermoso oficio, lleno de fervor, y después de servir el oficio en la nave, como si de una iglesia se tratara, cogieron, para guisarla, la carne que habían guardado en el barco, y luego fueron a buscar unas leñas con que asarla a tierra.

Cuando estuvo aderezada la comida, les avisó el veedor:

«Ahora, sentaos».

Entonces, de pronto, todos se pusieron a dar gritos:

«¡Ah, señor abad! ¡Venga a salvarnos!»

Y es que la tierra toda temblaba y se iba alejando mucho de la nave.

El abad les habla:

«No temáis, sino pedidle auxilio al Señor. Coged todas nuestras provisiones y subid al barco a mi lado».

Él les tira una pértiga y cuerdas muy largas, pero aún así se les moja la ropa.

Todos los viajeros ya han embarcado, pero aprisa va su isla desapareciendo, aunque a diez leguas pueden divisar con toda nitidez el fuego que habían encendido en ella. Fue cuando Brandán les dijo:

«¿Sabéis, hermanos, por qué habéis pasado tanto miedo? Es que hemos celebrado nuestra fiesta no encima de tierra firme, sino en el lomo de una bestia, un pez de mar, y de los más grandes. No os extrañe esto, señores: Dios os quiere llevar de tal modo que os enseñe todo lo habido y por haber, y cuantas más maravillas suyas veáis, más fe tendréis luego, más firmemente creeréis y temeréis y mejor seguiréis sus mandamientos.

»Esta bestia fue creada por el rey divino, en primer lugar, antes que los demás peces del mar»

“Las mil y una noches”,

«PERO CUANDO LLEGO LA 292ª NOCHE

[…] Un día en que navegábamos sin ver tierra desde hacía varios días, vimos surgir del mar una isla que por su vegetación nos pareció algún jardín maravilloso entre los jardines del Edén. Al advertirla, el capitán del navío quiso tomar allí tierra, dejándonos desembarcar una vez que anclamos.

Descendimos todos los comerciantes, llevando con nosotros cuantos víveres y utensilios de cocina nos eran necesarios. Encargáronse algunos de encender lumbre, y preparar la comida, y lavar la ropa, en tanto que otros se contentaron con pasearse, divertirse y descansar de las fatigas marítimas. Yo fui de los que prefirieron pasearse y gozar las bellezas de la vegetación que cubría aquellas costas, sin olvidarme de comer y beber.

Mientras de tal manera reposábamos, sentimos de repente que temblaba la isla toda con tan ruda sacudida que fuimos despedidos a algunos pies de altura sobre el suelo.

Y en aquel momento vimos aparecer en la proa del navío al capitán, que nos gritaba con una voz terrible y gestos alarmantes: “¡Salvaos pronto!, ¡oh pasajeros! ¡Subid enseguida a bordo! ¡Dejadlo todo! ¡Abandonad en tierra vuestros efectos y salvad vuestras almas! ¡Huid del abismo que os espera! ¡Porque la isla donde os encontráis no es una isla, sino una ballena gigantesca que eligió en medio de este mar su domicilio desde antiguos tiempos, y merced a la arena marina crecieron árboles en su lomo! ¡La despertasteis ahora de su sueño, turbasteis su reposo, excitasteis sus sensaciones encendiendo lumbre sobre su lomo, y hela aquí que se despereza! ¡Salvaos, o si no, nos sumergirá en el mar, que ha de tragaros sin remedio! ¡Salvaos! ¡Dejadlo todo, que he de partir!”

Al oír estas palabras del capitán, los pasajeros, aterrados, dejaron todos sus efectos, vestidos, utensilios y hornillas, y echaron a correr hacia el navío, que a la sazón levaba ancla. Pudieron alcanzarlo a tiempo algunos; otros no pudieron. Porque la ballena se había ya puesto en movimiento, y tras unos cuantos saltos espantosos se sumergía en el mar con cuanto tenía encima del lomo, y las olas, que chocaban y se entrechocaban, cerráronse para siempre sobre ella y sobre ellos.

¡Yo fui de los que se quedaron abandonados encima de la ballena y habían de ahogarse!

Pero Alah el Altísimo veló por mí y me libró de ahogarme, poniéndome al alcance de la mano una especie de cubeta grande de madera, llevada allí por los pasajeros para lavar su ropa.

Me aferré primero a aquel objeto, y luego pude ponerme a horcajadas sobre él, gracias a los esfuerzos extraordinarios de que me hacían capaz el peligro y el cariño que tenía yo a mi alma, que me era preciosísima. Entonces me puse a batir el agua con mis pies a manera de remos, mientras las olas jugueteaban conmigo haciéndome zozobrar a derecha y a izquierda.

En cuanto al capitán, se dio prisa a alejarse a toda vela con los que se pudieron salvar, sin ocuparse de los que sobrenadaban todavía. No tardaron en perecer estos, mientras yo ponía a contribución todas mis fuerzas para servirme de mis pies a fin de alcanzar al navío, al cual hube de seguir con los ojos hasta que desapareció de mi vista, y la noche cayó sobre el mar, dándome la certeza de mi perdición y mi abandono.

Durante una noche y un día enteros estuve en lucha contra el abismo. El viento y las corrientes me arrastraron a las orillas de una isla escarpada, cubierta de plantas trepadoras que descendían a lo largo de los acantilados hundiéndose en el mar. Me así a estos ramajes, y ayudándome con pies y manos conseguí trepar hasta lo alto del acantilado. Habiéndome escapado de tal modo de una perdición segura, pensé entonces en examinar mi cuerpo, y vi que estaba lleno de contusiones y tenía los pies hinchados y con huellas de mordeduras de peces, que habíanse llenado el vientre a costa de mis extremidades. Sin embargo, no sentía dolor ninguno, de tan insensibilizado como estaba por la fatiga y el peligro que corrí. Me eché de bruces, como un cadáver, en el suelo de la isla, y me desvanecí, sumergido en un aniquilamiento total.»

Curiosas las semejanzas y las diferencias, ¿verdad? En una historia todos acaban incólumes; en la otra no. En una historia se ayudan unos a otros; en la otra no.  En las dos se enciende fuego y se prepara comida.

¿Cuál será la fuente de cuál? No tengo ni idea. A lo mejor ya lo saben los expertos.

Verónica del Carpio Fiestas

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Conjuro de bruja en Macbeth y en La Celestina

¿Eran parecidos los conjuros de las brujas en Escocia en el siglo XI y en España en el siglo XV? O, por decirlo más claramente, ¿Shakespeare en la tragedia Macbeth en 1606 en Inglaterra, y ambientando una obra en Escocia en fecha casi seiscientos años anterior, y Fernando de Rojas en La Celestina en 1499 ambientando su tragicomedia en su España contemporánea, imaginaron de forma parecida los conjuros?

Muchos especialistas analizan en La Celestina la hechicería o brujería, que no es lo mismo; por ejemplo, si es Celestina, además de alcahueta y tener muchos otros oficios,  bruja o hechicera y si su brujería o hechicería influye de verdad o no en los personajes, o si es esencial o accesoria para la trama y el ambiente y cómo es el laboratorio mágico de Celestina y qué elementos usa y por qué y la coincidencia con las prácticas y artes de las brujas “reales” tal y como eran recogidas en procesos de la Inquisición. La bibliografía supongo que también será ingente sobre las brujas de Macbeth. Como simple lectora, me voy a limitar a transcribir dos escenas de conjuros, la del acto IV, escena I de Macbeth, y la del acto III de La Celestina.

No olvido que en Macbeth y en La Celestina, aparte de en las respectivas escenas de conjuro trascritas, hay mas escenas y expresiones en las que la brujería o hechicería quedan reflejadas o puedan hacer referencia a otros ingredientes mágicos, y  no olvido tampoco que la finalidad del conjuro no es la misma en una obra y en otra.

Pero creo puede ser interesante el cotejo y ver si hay coincidencias. Y diría que las hay.

Para La Celestina he recurrido al texto de este enlace y para Macbeth a la traducción de Luis Astrana Marín

Primero La Celestina, que para eso es más antigua.

CELESTINA.- Pues sube presto al sobrado alto de la solana y baja acá el bote del aceite serpentino que hallarás colgado del pedazo de la soga que traje del campo la otra noche, cuando llovía y hacía oscuro. Y abre el arca de los lizos, y hacia la mano derecha hallarás un papel escrito con sangre de murciélago, debajo de aquel ala de drago a que sacamos ayer las uñas. Mira no derrames el agua de mayo que me trajeron a confeccionar.

ELICIA.- Madre, no está donde dices; jamás te acuerdas a cosa que guardas.

CELESTINA.- No me castigues, por Dios, a mi vejez. No me maltrates, Elicia. No enfinjas porque está aquí Sempronio ni te ensoberbezcas, que más me quiere a mí por consejera que a ti por amiga, aunque tú le ames mucho. Entra en la cámara de los ungüentos, y en la pelleja del gato negro, donde te mandé meter los ojos de la loba, le hallarás, y baja la sangre del cabrón y unas poquitas de las barbas que tú le cortaste.

ELICIA.- Toma, madre, veslo aquí; yo me subo, y Sempronio, arriba.

CELESTINA.- Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la Corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos, que los hirvientes étnicos montes manan, gobernador y veedor de los tormentos y atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres Furias, Tesífone, Megera y Aleto, administrador de todas las cosas negras del reino de Estigia y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales, y litigioso Caos, mantenedor de las volantes harpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras. Yo, Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerza de estas bermejas letras; por la sangre de aquella nocturna ave con que están escritas; por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen; por la áspera ponzoña de las víboras de que este aceite fue hecho, con el cual unto este hilado. Vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad y en ello te envuelvas y con ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea, con aparejada oportunidad que haya, lo compre, y con ello de tal manera quede enredada que, cuanto más lo mirare, tanto más su corazón se ablande a conceder mi petición. Y se le abras, y lastimes del crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que, despedida toda honestidad, se descubra a mí y me galardone mis pasos y mensaje. Y esto hecho, pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no lo haces con presto movimiento, tendrasme por capital enemiga; heriré con luz tus cárceles tristes y oscuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre. Y otra y otra vez te conjuro. Así confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya envuelto.

Y ahora Macbeth:

BRUJA 1.ª

Giremos en torno de la ancha caldera,
y cuaje los filtros de la roja lumbrera.
Oculto alacrán que en las peñas sombrías
sudaste veneno por treinta y un días,
sé tú quien se cueza de todos primero
al fuego del bodrio que dora el caldero.

TODAS

¡No cese, no cese el trabajo, aunque pese!
¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese!

BRUJA 2.ª

Echemos el lomo de astuta culebra;
su unión con el caldo el infierno celebra;
garguero de buitre y de vil renacuajo;
alas de murciélago, pies de escarabajo,
ojos de lagarto, lengua de mastín,
plumas de lechuza y piel de puercoespín.
Así nuestro hechizo, y al hado le pese,
desgracias y horrores igual contrapese.

TODAS

¡No cese, no cese el trabajo, aunque pese!
¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese!

BRUJA 3.ª

Colmillos de lobo, fauces de dragón,
humores de momia, hiel de tiburón,
sacrílegas manos de infame judío,
infectas entrañas de macho cabrío,
raíz de cicuta de noche cogida
que en la extraña mezcla será bien venida-;
abeto tronchado con luna eclipsada;
de tártaro, labios; de turco, quijada;
los dedos de un niño ahogado al nacer
y echado en un pozo por mala mujer.
Con todo esto el caldo comience a cocer.
Y para pujanza del filtro hechicero,
añádanse tripas de tigre al caldero.

TODAS

¡No cese, no cese el trabajo, aunque pese!
¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese!

BRUJA 2.ª

Con sangre de mono enfriará el caldo impuro;
lanzadla en el bodrio y acabó el conjuro.

Murciélago (¿ave, dice Celestina?), macho cabrío (o sea, un símbolo diabólico, ¿no?) y serpiente en Escocia en el siglo XI (o en la Inglaterra del siglo XVII) y en la España de finales del siglo XV, para conjuros.

Y Celestina  no parece que use caldero…

Eso sí, bastante más completa, no sé si decir, fantasiosa, resulta la descripción de Macbeth en cuanto a los ingredientes. En época de infanticidios quizá nada infrecuentes podría ser quizá relativamente fácil encontrar un dedo de niño ahogado al nacer por su madre, pero ya parece un poco más difícil localizar una quijada de turco (nariz he visto en otras traducciones) o unos labios de tártaro -serían importados probablemente-, pero de dónde sacaría una bruja del siglo XI en Escocia una tripa de tigre, sí que sería interesante saberlo.

Y, la verdad, diría que da bastante más miedo el conjuro de Celestina, precisamente porque está hecho con ingredientes más a mano. ¿O a usted le da más miedo el de Macbeth?

Aunque, no sé, me estoy acordando de un chiste que leí por alguna parte. Hiel de tiburón, escabarajos, culebras, tantos ingredientes y a fuego lento, qué pesado de cocinar; casi mejor lo dejamos y pedimos una pizza por el móvil.

Verónica del Carpio Fiestas

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Las dos historias de Polifemo: Ulises y Simbad

¿Conoce la historia esa en la que unos viajeros van a parar a una isla donde habita un gigante caníbal que los coge prisioneros y se los va comiendo, y de cómo los sobrevivientes, a la desesperada, intentan y consiguen escapar mediante el sistema de calentar al rojo un palo y cegar con él al gigante, y al final se lanzan al mar en una barca que es apedreada con enormes rocas por el gigante ya ciego? ¿Le suena que la historia es de la “Odisea” y que el gigante Polifemo y el protagonista Ulises, en su accidentado viaje de vuelta de vuelta a casa tras la guerra de Troya? Pues ha acertado. ¿O cree usted quizá que la historia es de “Las mil y una noches” y el protagonista es Simbad, en uno de sus viajes en busca de fortuna y aventuras? Pues ha acertado también.

Ulises, el viajero forzoso, y Simbad, el viajero voluntario, van a dar con el mismo monstruo ggante y caníbal y salvan la vida de la misma forma, cegándolo. Dos grandes obras de la literatura universal, en la primera línea literaria ambas, y ambas anónimas, contienen este mismo episodio, y con una coincidencia de detalles llamativa. Curioso.

Respecto de la historia de la isla-ballena, tratada en otro post de este blog, y que aparece en términos muy parecidos en las leyendas de San Brandán y en “Las mil y una noches”, podrán discutir los especialistas sobre cuál es la fuente de cuál, si la leyenda de San Brandán o “Las mil y una noches”, y los especialistas, que yo no, sabrán cuál es la solución correcta. Sobre el gigante caníbal que vive en una isla y es cegado por unos viajeros a los que quería comerse, me pregunto si puede existir mucha duda. “La Odisea”, atribuida a Homero o a literatura oral colectiva griega, es del siglo VII o del VIII antes de Cristo, o de cuando sea, pero de bastantes siglos antes del nacimiento de Cristo. “Las mil y una noches” es una recopilación medieval anónima de leyendas árabes anteriores, de fecha incierta. ¿Cuál es la fuente de cuál? ¿Estarían los recopiladores árabes influidos por el mito griego del Polifemo de la “Odisea”, que quizá conocían por otras vías, como personas cultas? ¿O recogieron la leyenda tal cual circulaba en versión popular por Oriente Medio y se había perdido la pista y la conciencia del origen griego, si es que es griego el origen? Fascinante cuestión, a la que no puedo responder.

Lo que sí puedo hacer es incluir dos textos, para que se puedan comparar. El texto de la “Odisea” está extraído de la obra completa en este enlace  y el de “Las mil y una noches”, obra que, recuérdese, tiene varias versiones en idiomas europeos desde la traducción de Galland, de este enlace. Como los fragmentos que se refieren al mito ocupan varias páginas cada uno en cada obra, el de Ulises unas dieciséis páginas y el de Simbad unas cuatro, el post sería demasiado extenso con la transcripción de ambos; así que he elaborado dos documentos ad hoc, uno con el fragmento concreto de la “Odisea” y otro con el de “Las mil y una noches”, para que quien quiera vaya a leerlos a tiro hecho.

El episodio en las “Mil y una noches” parece una versión simplificada del mito, tanto psicológicamente como en cuanto a detalles. En la “Odisea” se hace hincapié en la astucia del protagonista, quien además dialoga con el monstruo; en “Las mil y una noches”, en el horror de la situación y de la forma de la muerte. De lo de confundir al gigante diciendo Ulises que se llama “Nadie”, y de un cierto sentido del humor, no hay rastro en la historia de Simbad. En la “Odisea” figuran otros cíclopes y el episodio incluye la huida de los viajeros enredados y confundidos en la lana de unos carneros, puesto que está cerrada la gruta y hay que esperar a que el gigante la abra; en las “Mil y una noches” solo hay un gigante y no hay ninguna puerta que abrir.

Eso sí, en una cosa es sí más simple la historia de Ulises: su gigante tiene un solo ojo, y el de Simbad tiene dos.

polyphemos

 

Verónica del Carpio Fiestas

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Ilustración del episodio de la Odisea obtenida de este enlace; en este otro enlace se dice que se trata de una crátera griega del siglo VII a.C. No puedo asegurar la certeza del dato de procedencia y datación, ni siquiera que en efecto se trate una imagen griega antigua; lo que sí puedo asegurar es que me ha encantado.

 

 

 

Cuerpos de muelle y nudo

¿Usted sabe por qué Keith Haring dibujó esto?

 

Fuente, Keith Haring Foundation, aquí.

Quizá los expertos sean capaces de explicar por qué el artista pop (¿?) estadounidense Keith Haring (1958-1990) consideró idóneo pintar unas estilizadas figuras humanas enrolladas y en espiral, que casi, casi, se convierten en un nudo, en unos carteles para un festival de jazz en 1983. El jazz difícilmente puede decirse que obligue a oyentes o ejecutantes a moverse de forma elástica o que lo sugiera a quien lo vea, como el breakdance. ¿Por qué pintó Keith Haring las figuras así? ¿Hemos perdido las referencias culturales? ¿O es que sencillamente Keith Haring pintó lo que le sugería a él o lo que le gustó  o lo que le apeteció, sin más?

Quizá los expertos lo sepan, pero quienes no lo somos solo vemos lo que se ve: unas curiosas, inexplicables y decorativas figuras humanas enrolladas en sí mismas y en espiral, a punto de convertirse en un nudo.

Y otro tanto sucede con unas figuras animales o semihumanas de un Libro de Horas inglés de hacia el año 1300, en concreto de un Libro de Horas que se conserva en Baltimore, EEUU, en el Walters Art Museum; enlace a la web del museo con el libro íntegramente digitalizado y accesible completo y gratis, aquí. libro datos

Quienes no somos expertos podemos saber qué es un libro de horas, e incluso también es posible que sepamos que en libros de muchas épocas, medievales incluidos, hay ilustraciones, adornos y hasta anotaciones marginales, marginalia, que a veces son deliberadas y previstas y otras muy variadas, incluso, por lo que explican los expertos, hasta fruto del puro aburrimiento. Pero por qué en un mismo libro de horas, y entre profusa y asombrosa decoración con adornos y figuras extrañas, hay nada menos que cuatro extrañas y decorativas figuras con el cuerpo enrollado sobre sí mismo hasta el punto de hacerse un nudo el cuello, llevando al extremo la técnica de siete siglos después de Keith Haring, eso no lo podemos saber los no expertos, y quizá lo sepan los expertos.

O quizá no lo sepan tampoco los expertos, como quizá tampoco sepan por qué Keith Haring, de quien resultaría bastante sorprendente que hubiera tenido ocasión de acceder a un Libro de Horas del siglo XIII para inspirarse, hizo casi lo mismo siete siglos después.

Y es que a lo mejor no es que los no expertos hayamos perdido las referencias culturales de hace siete siglos; es que a lo mejor la referencia cultural es sencillamente que a veces se pinta lo que apetece, y punto. Y eso es muy humano.

A continuación incluyo las cuatro figuras de cuello enrollado en un nudo que he encontrado en ese Libro de Horas inglés de finales del siglo XIII. Solo voy a poner el enlace concreto a una de las imágenes, la que figura en la primera página del manuscrito propiamente dicho, aquí. Y no voy a incluir enlace concreto a las otras páginas de las otras tres figuras porque quiero ofrecer a quien esto lea la posibilidad de que busque por sí mismo las otras tres figuras y que al buscarlas se quede con la boca abierta cuando hojee el libro digitalizado, eche mano de la lupa de ampliación cuando sea necesario y vea una y otra vez muchas otras figuras asombrosas. Muchas y mucho más asombrosas que estos cuatro extraños animales con el cuello enrollado y hecho un nudo.

cuello enrollado 3 páginacuello enrollado 4cuello enrollado otro 2cuello enrollado

Verónica del Carpio Fiestas

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Estatua dentro de la piedra

Suele contarse, y se non è vero è ben trovato, que Miguel Ángel, preguntado sobre cómo había conseguido esculpir la maravillosa estatua del David y en un bloque único de mármol, contestó “David estaba dentro del bloque, yo tan solo quité lo que sobraba”.

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¿Está la estatua dentro de la piedra? ¿Y qué sucede cuando la estatua no consigue salir del todo? No, no me estoy refiriendo a las estatuas inacabadas tipo los esclavos de Miguel Ángel, que quizá están saliendo de la piedra pero el escultor no les ha dejado salir o quizá estaban medio dormidos aún y se desperezaban…

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Y no, tampoco estoy pensando en el mito de Pigmalión.

Estoy pensando más bien en cuando la estatua decide no salir, duda, se asoma, y mira tímidamente, y el escultor le permite que no salga. Y la figura no sale de la piedra, se queda dentro, y mira hacia afuera.

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Imagen obtenida de este enlace.

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Imagen obtenida de este enlace.

Y hay más ahí parecidas, catorce en total, en la Iglesia abacial de Sainte-Foy, en Conques, en el sur de Francia. Una iglesia románica, claro. Esas estatuas están en la arquivolta exterior de una portada en cuyo tímpano se representa el Juicio Final; puede encontrarse un análisis aquí y aquí una visita virtual. Las figuras, al parecer, son ángeles curiosos que miran el Juicio Final. No lo dudo, si así lo dicen los expertos.

Por mi parte, prefiero pensar que, muy tímidos, decidieron no salir de la piedra, y el escultor se lo permitió.

Y con gusto escribiría un cuento sobre esto si supiera cómo escribirlo, pero es que solo me ha salido este post.

Verónica del Carpio Fiestas

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Dos carpe diem: coged de vuestra primavera el dulce fruto porque how far can you travel when you´re six feet underground

Desde el carpe diem original de Horacio, ya sabe, ese de la Oda que puede encontrar, por ejemplo, aquí, han sido muchos los carpe diem. Y voy a incluir dos ejemplos con varios siglos de diferencia y de contextos culturales y enfoque bien diversos:

  • el soneto XXIII del poeta español Garcilaso de la Vega (¿1501?-1536)
  • y una cancioncilla estadounidense de 1949 titulada “Enjoy yourself“, esncantadoramente contraria a la ética protestante, y de la que circulan versiones con variantes de texto, y que aquí pondré duplicada
    • en la versión deliciosamente cantada nada menos que por una encantadora y nada cursi Doris Day
    • y una escena de la maravillosa, inteligente y divertida película de Woody Allen “Everyone says I love you“, un musical, ahí es nada, con los muertos levantándose los ataúdes en el tanatorio para avisar a los vivos, cantando y bailando, de la importancia de disfrutar de esta vida que pasa en un parpadeo.

¿Es muy herético o muy poco intelectual declarar que me parece que la cancioncilla estadounidense trasmite mucha más alegría de vivir y ganas de pasarlo bien mientras se pueda? Teniendo en cuenta, además, un detallito nada menor: que algunos carpe diem, por ejemplo, de esos dirigidos a mujeres jóvenes y hermosas, podría decirse que tienen más bien poco de desinteresados y bastante de barrer para adentro en beneficio directo de quien anima a disfrutar de la vida, ahí el acto séptimo de La Celestina, y hasta quizá lo de Garcilaso y Horacio (¿o no?). Me convence más lo que dice quien anima a disfrutar de la vida sin le beneficie personalmente en nada que el oyente se anime a disfrutar de la vida…

Garcilaso de la Vega, SONETO XXIII, enlace aquí

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
el oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.

Enjoy Yourself (It’s later than you think)

You work and work for years and years, you’re always on the go
You never take a minute off, too busy making dough
Someday, you say, you’ll have your fun, when you’re a millionaire
Imagine all the fun you’ll have in your old rockin’ chair

Enjoy yourself, it’s later than you think
Enjoy yourself, while you’re still in the pink
The years go by, as quickly as a wink
Enjoy yourself, enjoy yourself, it’s later than you think

You’re gonna take that ocean trip, no matter, come what may
You’ve got your reservations made, but you just can’t get away
Next year for sure, you’ll see the world, you’ll really get around
But how far can you travel when you’re six feet underground?

You worry when the weather’s cold, you worry when it’s hot
you worry when you’re doing well
You worry when you’re not
It’s worry worry all the time
You don’t know how to laugh
They’ll thing of something funny when
They write your epitaph.

Enjoy yourself, it’s later than you think
Enjoy yourself, while you’re still in the pink
The years go by, as quickly as a wink
Enjoy yourself, enjoy yourself, it’s later than you think

 

Y es que esto son dos telediarios, y la mitad de los días están nublados. Carpe diem. Disfruta de la vida, que dura lo que dura un parpadeo. Enjoy yourself.

Cuestión muy distinta es qué entendemos por “disfrutar de la vida”. Porque que el disfrute sea del tipo más burdamente hedonista y/o egoísta, o de tipo epicúreo, o de tipo estoico, o de plantearse que hay que escoger los objetivos importantes sabiendo que la vida es corta y estar dispuesto a luchar por ellos y en efecto llevarlo a cabo, eso ya es otro tema y allá cada cual…

Verónica del Carpio Fiestas

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Un post sobre representación gráfica de amor en un matrimonio de muchos años

Pululan en la Historia del Arte las representaciones del amor adolescente, del amor joven, del amor adúltero, del amor que se enfrenta a dificultades, del amor puramente sexual, del amor fracasado, del amor en bodas, del triunfo del amor, del amor que no es tal porque mata o conduce a la violencia. De todos esos amores, y de muchos otros, hay muchas representaciones explícitas, tanto heterosexuales como homosexuales en la Historia del Arte occidental; incluyendo muy, muy, explícitas. Pero del amor entre parejas heterosexuales casadas que llevan muchos años juntas y que están juntas porque se quieren, y que se demuestran ese amor en gestos gráficos en lo que transparente una vida apacible de amor conyugal, y no en términos satíricos, ni como representacion de Poder de una pareja casada poderosa de un tipo u otro, de eso hay bastante menos. Los cabellos grises y las arrugas y el amor profundo entre parejas casadas que ya no son jóvenes y que se demuestran amor venden hoy y han vendido siempre mucho menos que la esplendorosa juventud o que la adolescencia casi infantil de los romeos y las julietas y los píramos y las tisbes y las afroditas y los adonis de todas las épocas y todas las mitologías, o que el morbo de lo que se consideraba pecado o asocial y que permitía, so pretexto de Historia, Historia Sagrada o Mitología, o hasta de buena fe para de verdad reprobar vicios y ensalzar virtudes, enseñar carnes atractivas y cuerpos gloriosos incluso ligeros de ropa, conforme al gusto de cada época, y especialmente carnes femeninas, que no se veían por la calle todos los días.

Pero el amor matrimonial de muchos años y con gestos también lo recoge la Historia del Arte. Con pudor, porque el amor de quienes no son jóvenes no se considera hermoso. Usted verá besos de jóvenes por la calle todos los días, pero no todos los días verá besos de cincuentones, y si ve alguno, quizá piense que es un amor de segundo intento, o uno adúltero, o hasta le moleste y lo crea inapropiado o ridículo.

Si hablamos de representaciones artísticas del matrimonio, a usted quizá inmediatamente le viene a la cabeza el cuadro “El matrimonio Arnolfini”.

Matrimonio Arnolfini

Se trata de una de esas obras de la primera fila de la Historia del Arte. Su simbología complejísima está más que estudiada, y ha sido hasta objeto de parodias, versiones y homenajes; hasta del pintor colombiano Fernando Botero. El espejo del fondo, el hecho de que vayan descalzos y estén las zapatillas en el suelo, la mano en el vientre,  los ropajes, el cristal, cada gesto, el hieratismo, todo tiene su aquél. Lo explican incluso en libros de Historia de Arte para niños y sería absurdo que una profana pretendiera explicar lo que explican perfectamente quienes sí saben. Pero el cuadro de Jan Van Eyck, no solo no oculta que no hay amor, sino que representa y refleja que no lo hay, porque eso no era lo relevante; ni es un matrimonio por amor ni era lo habitual en una época de matrimonios concertados. Pero supongamos, que ya es suponer, que había amor. Si lo había, era el de un matrimonio joven que en ese momento se estaba celebrando, unos contrayentes; y si bien la simultaneidad simbólica de escenas de diversas épocas que presenta un cuadro de tan compleja composición permite avanzar quizá unos años más allá, solo permite avanzar unos años. No tenemos aquí un matrimonio antiguo.

¿Son jóvenes el marido y la mujer del famoso sarcófago etrusco del siglo VI a.C., Sarcofago degli Sposi, enlace tambièn aquí, que está en el Villa Giulia, Museo Nazionale Etrusco y cuyo afecto y respeto recíprocos son tan evidentes? No son adolescentes ni quizá muy jóvenes quienes están representados en esta obra maestra, pero sus caras y manos son tersas y el pelo abundante.

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Así que despues de mucho buscar, y de prescindir por supuesto de las representaciones de la Sagrada Familia que representan muchas cosas, pero no ciertamente una familia de pareja casada con vida de verdad común en el doble sentido del término, he encontrado una obra que sí representa el amor tierno gráficamente expresado de personas largamente casadas. No se trata de una obra maestra que pueda compararse ni de lejos al cuadro del matrimonio Arnolfini ni al grupo escultórico funerario del matrimonio etrusco, pero creo que es absolutamente maravillosa en su modestia.  Y además, están vivos, no comiendo sobre su propia urna funeraria -qué mal rollo- o hieráticos en un cuadro, y en la calle, no bajo techo en la intimidad de un interior.

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Voy a poner el detalle:

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Son San Joaquín y Santa Ana. Lo que yo veo ahí es un abrazo tierno entre un marido canoso y una mujer postmenopáusica, quienes se miran a los ojos con cariño y comprension recíproca, a la puerta de su casa. Figura en un “libro de las horas” holandés de 1410-1420, de la Biblioteca Británica; todos los datos en este enlace. Y debo haber encontrado esta joya a Twitter, donde no todo son insultos y comentarios sobre insignificantes programas de televisión.

Verónica del Carpio Fiestas

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Caligramas medievales 1000 años antes de que los inventara el surrealista Apollinaire

Si usted no sabe qué es un caligrama y qué tiene que ver con ellos Guillaume de Apollinaire (1880-1918), por favor, consulte Wikipedia. Y ahora voy a contraponer unos caligramas de Apollinaire con otros dibujos, o lo que sean.

 

 

 

 

calligrammespo00apol_0073

Estos dibujos los encuentra usted por doquier en internet. Por ejemplo, aquí.

Y ahora los otros dibujos, o lo que sea, que no es tan fácil encontrar en internet:

Calligraphic falconer, Torah, Germany ca. 1250-1299 (BL, Add 21160, fol. 181v)

Esa imagen ha sido obtenida de una cuenta de Twitter de difusión de imágenes medievales, en concreto de este tuit:

Y esta otra imagen, de este otro tuit:

Eagle constellation, Cicero_s Aratea with Hyginus_s Astronomica, Reims 820-850 (BL, Harley 647, f. 7)

Y esta otra imagen, de este otro tuit:

monster

Y esta otra imagen, de este otro tuit:

aries

Y esta otra imagen, de este otro tuit:

hybrid

3 tails

Y esta otra imagen, de este otro tuit:

dragón

Y esta otra imagen, de este otro tuit:

gallo

 

Y esta otra imagen, de este otro tuit:

 

La reflexión la dejo para que se la haga quien esto lea, y/o a los especialistas. Bastante es haber detectado lo que a ojos de total profana tanto  se parece a caligramas, con pájaros y caballos y personas hechos de letras, y que según parece datan hasta de 800 y 1.000 años antes de que Apollinaire inventara el caligrama, y sin que, como profana total en poesía visual y esas cosas, vea por ahí que nadie cite precedentes anteriores al siglo XIX… Pero ya imagino que los especialistas sí se remontarán en precedentes a la época de cuando reinaba Carolo  o incluso antes, allá cuando la batalla de las Termópilas, y todo esto de precedentes medievales es bien sabido, aunque no lo mencione Wikipedia, ¿no?

Verónica del Carpio Fiestas

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Por qué no conviene mirar por internet información sobre enfermedades, explicado en un libro del año 1889

«Recuerdo que un día fui al Museo Británico para leer algo sobre el tratamiento de un ligero achaque que me afectaba… creo que era fiebre del heno. Bajé el libro y leí cuanto tenía que leer; y después, irreflexivamente, lo hojeé descuidado y empecé a estudiar con indolencia las enfermedades en general. No recuerdo cuál fue la primera dolencia donde me sumergí -sin duda algún temible y devastador azote- pero, antes de haber llegado a la mitad de la lista de “síntomas premonitorios”, supe sin lugar a dudas que la había contraído.

Me quedé unos instantes paralizado de horror. Después, con la indiferencia propia de la desesperación, seguí pasando páginas. Llegué a la fiebre tifoidea, leí los síntomas, descubrí que tenía fiebre tifoidea, que debía tenerla desde hacía meses sin saberlo. Me pregunté qué más tendría. Llegué al baile de San Vito; descubrí, como ya esperaba, que también lo tenía. Empecé a interesarme por mi caso y, decidido a investigarlo a fondo, inicié un estudio por orden alfabético. Observé que estaba contrayendo la malaria, cuyo estado crítico sobrevendría en un par de semanas. Constaté aliviado que padecía la enfermedad de Bright solo en forma benévola y que, en lo que a ello tocaba, me quedaban muchos años de vida. Tenía el cólera, con complicaciones graves, y parece que había nacido con difteria. Recorrí concienzudamente las veintiséis letras para llegar a la conclusión de que la única enfermedad que no padecía era la rodilla de fregona. Esto me irritó en un primer momento. Parecía, en cierto modo, una especie de menosprecio. ¿Por qué no tenía rodilla de fregona? ¿Por qué tan odiosa salvedad? Al rato, sin embargo, se impusieron sentimientos menos egoístas. Recordé que tenía todas las demás enfermedades conocidas por la farmacología, mi egoísmo cedió y decidí arreglármelas sin rodilla de fregona. Parecía que la gota, en su estadio más maligno, se había apoderado de mí sin que yo me diera cuenta, y era evidente que sufría zimosis desde la más temprana infancia. Después de zimosis no había más enfermedades, por lo que concluí que ya no me ocurría nada más.

Ponderé el asunto. Pensé que debía ser un caso bien interesante desde el punto de vista médico. ¡Menuda adquisición para una clase! Si contaran conmigo, los estudiantes no necesitarían ya hacer práctica hospitalaria. Yo era un hospital en mí mismo. Todo lo que tenían que hacer era dar una vuelta a mi alrededor y después recoger el diploma.

Entonces me pregunté cuánto tiempo me quedaría de vida. Traté de examinarme. Me tomé el pulso. Al principio no sentí ningún pulso. Después, de pronto, me pareció que echaba a andar. Saqué el reloj y lo medí. Ciento cuarenta y siete pulsaciones por minuto. Traté de sentirme el corazón. No sentí el corazón. Había dejado de latir. Con el paso del tiempo he sido inducido a la opinión de que tenía que estar ahí y de que tenía que estar latiendo, pero no puedo asegurarlo. Me palpé todo el frente, desde lo que llamo la cintura hasta la cabeza, un poquito por cada lado y un poquito por la espalda. Pero no oí ni sentí nada. Traté de mirarme la lengua. La saqué todo lo que pude, cerré un ojo y traté de examinarla con el otro. Solo alcancé a ver la punta, y lo único que saqué en limpio fue convencerme con mayor seguridad que antes de que tenía escarlatina.

Había entrado en aquella sala de lectura caminando como un hombre sano y optimista. Salí arrastrándome, convertido en una ruina decrépita.

Acudí a mi médico. Es un viejo amigo, que me toma el pulso, me mira la lengua y habla del tiempo, sin cobrarme nada, cuando se me mete en la cabeza que estoy enfermo, así que pensé que le haría un favor presentándome en esas condiciones. Lo que necesita un médico, pensé, es práctica. Puede contar conmigo. Conmigo podrá practicar más que con mil setecientos de sus enfermos comunes y corrientes, que no tienen cada uno más de una o dos enfermedades. Así que fui directamente a verle, y me dijo:

-Bueno, ¿qué te pasa?

Yo dije:

-No pretendo malgastar tu tiempo, camarada, contándote lo que me ocurre. La vida es breve, y podrías morir antes de que yo terminase. Pero sí te diré lo que no me pasa. No tengo rodilla de fregona. No puedo decirte por qué no tengo rodilla de fregona, pero el caso es que así es. Tengo, sin embargo, todo lo demás.

Y le conté cómo lo había descubierto.

Me hizo desvestirme y me examinó, me cogió por la muñeca y después me golpeó en el pecho cuando menos lo esperaba -una acción cobarde, en mi opinión- e inmediatamente después me embistió con un lado de la cabeza. Terminado esto, se sentó, escribió una receta la plegó y me la entregó. Me la metí en el bolsillo y me fui.

No la abrí. La llevé a la botica más cercana y la entregué. El boticario la leyó y me la devolvió.

Me dijo que no podía atenderme.

Yo dije:

-¿No es usted farmacéutico?

El dijo:

-Soy farmacéutico. Si fuera una combinación de almacén de cooperativa y hotel de familia quizás podría ayudarle. El ser solo farmacéutico me lo impide.

Leí la receta. Decía lo siguiente:

1 libra de bistec, con 

1 pinta de cerveza amarga cada seis horas 

1 paseo de diez millas todas las mañanas.

1 cama a las once en punto de la noche.

Y no te llenes la cabeza de cosas que no entiendes.»

libro

libro 2

Fragmento del capítulo 1 de la novela corta, o relato largo, “Tres hombres en una barca“, “Three man in a boat (no say nothing of the dog)” publicada en 1889, del escritor británico Jerome K. Jerome (1859-1927). La obra es un clásico de la literatura de humor. Enlace a texto en inglés aquí y en castellano aquí y audiolibro en inglés, aquí.

libro 3

Verónica del Carpio Fiestas

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Imposible e improbable

«Una vieja máxima mía dice que cuando has eliminado lo imposible lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad.»

«It is an old maxim of mine that when you have excluded the impossible, whatever remains, however improbable, must be the truth.»

Palabras de Sherlock Holmes en el cuento «La diadema de berilos», de Sir Arthur Conan Doyle.

Verónica del Carpio Fiestas

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Pero ¿por qué estaba polvorienta el arpa del poema de Bécquer?

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!

La Rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer ya sé que es una metáfora de la inspiración, de la musa y de todas esas cosas, pero voy a hacer un comentario de este poema con otra perspectiva, muy literal. Y muy, pero que muy, prosaica.

El arpa era instrumento clásico de la época del Romanticismo español. Veamos la descripción de un arpa romántica, de hacia 1840, del Museo del Romanticismo de Madrid:

arpa-erard

Dimensiones Altura = 178 cm; Anchura = 45 cm; Profundidad = 91 cm
Clavijero: Longitud = 102 cm
Descripción Arpa de estilo neogótico con tabla armónica compuesta por una lámina de madera colocada en sentido horizontal, 46 cuerdas y 7 pedales de doble movimiento. La encordadura está sujeta directamente en la pestaña del cuerpo sonoro. Columna decorada con panes de oro y capitel con capillas que albergan ángeles con filacterias, uno con una corneta y otro con un arpa de brazo. Pies en forma de garra en la parte delantera, y en la posterior con forma de tigre.
Este arpa de la casa parisina Erard es, tanto organológica como estilísticamente, un instrumento plenamente romántico. Su decoración es característica de los modelos que la manufactura realizó a mediados de siglo.
La casa Erard, fundada por Sebastián Erard, se especializó en la manufactura de pianos y arpas. Como figura en el clavijero de este ejemplar, era proveedor de la Casa Real francesa. En España se conservan varias arpas de esta manufactura.
Junto con el piano, el arpa será uno de los instrumentos más característicos del Romanticismo. En este momento se produce un redescubrimiento del mismo y será muy común escucharlo en las reuniones sociales de la época.
Datación 1840[ca]

Aparte de que el arpa se considerara instrumento femenino (¿o ha leído usted muchas novelas del siglo XIX español en las que un varón toque el arpa, salvo músicos profesionales italianos como por ejemplo en “El amigo Manso” o “Tristana” de Pérez Galdós?), en el ámbito doméstico requería espacio para ubicarla, dinero para comprarla y posibilidad de ocio y de formación para mujeres, y nada de eso concurría en la inmensa mayoría de la población. El arpa en la época de Romanticismo -o en el postromanticismo de la época de Bécquer- era básicamente instrumento femenino, urbano, burgués acomodado o aristocrático, tocado por señoritas de buena familia de quienes se suponía que, como educación -esa limitadísima y triste educación que entonces se impartía a las mujeres en teoría privilegiadas para ser además inmediatamente olvidada tras casarse y no digamos ya tras empezar a tener hijos- tenían que aprender a cantar, a tocar un instrumento y a dibujar, y exhibirse socialmente con esas habilidades en las reuniones sociales como vía para demostrar que eran aptas para la vida social, es decir, para encontrar marido.

O sea, las mismas jóvenes socialmente minoritarias con “manos de nieve”, o sea, manos blancas y cuidadas, porque no trabajaban en las durísimas labores domésticas de esa época sin lavadoras ni aspiradoras ni guantes de fregar y en la que el moreno por el sol era notorio signo de pertenencia a clase trabajadora cuando prácticamente el único trabajo posible para la mujer era el manual.

Y el arpa se encontraba en viviendas burgueses acomodadas o aristocráticas, con sitio para un instrumento tan voluminoso. Es decir, casas con espacios de reunión y recepción, los salones, donde se repetía el rito social de las visitas y las reuniones sociales y la señorita de la casa se lucía tocando el arpa para poner así de manifiesto ante posibles candidatos a su blanca mano su aptitud como futura esposa.

Y en esas casas, y en todas las casas mínimamente acomodadas, había criadas, con frecuencia numerosas porque eran baratas. Unas criadas entre cuyas sus funciones se encontraba limpiar el polvo, la mínima limpieza, como aparece en novelas del XIX, incluyendo los Episodios Nacionales y otras obras de Pérez Galdós. Busque en Google “Pérez Galdós” y “limpiar el polvo” y lo verá: en “Tormento“, en “Misericordia“, en varios “Episodios nacionales“.

¿Y nos dice Bécquer que en una casa burguesa o aristocrática, con criadas, una enorme, llamativa y cara arpa romántica iba a estar llena de polvo, y nada menos que en el salón,  justo en zona de recepción pública, a la vista de frecuentes visitas criticonas que cotorrearían la desidia de las mujeres de esa casa en la siguiente casa que visitaran, y simplemente porque “tal vez” ya se haya aburrido de tocar el arpa la joven casadera cuyas aptitudes como buena ama de casa precisamente habrían de ser valoradas por los posibles candidatos a su mano?

Venga ya. Que nos lo expliquen.

Si supiera escribir cuentos escribiría uno apasionante sobre cómo y por qué en una casa burguesa o aristocrática de la España romántica sus habitantes se hallaban en tal situación de degradación moral o de tristeza que les resultaba indiferente dejar un arpa polvorienta a la vista de cualquiera y sabiendo además que la hija de la casa estaba pendiente de encontrar marido. Pero como no sé escribir cuentos solo he sido capaz de escribir este aburrido y extraño post. Qué se le va a hacer.

Verónica del Carpio Fiestas

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Amargo es el pan ajeno y duro es bajar por la escalera de otro

La literatura británica del siglo XIX refleja una larga lista de ejemplos de un tristísimo personaje femenino: la desgraciada mujer pobre que vive “protegida” o “acogida” por ricos parientes o amigos ricos de su familia, mangoneada y ninguneada, despreciada y maltratada, sometida a los caprichos despóticos de la familia que la ha acogido, ni criada ni señora, viviendo en las habitaciones pobres de la casa, desclasada, invisible, sin formación ni perspectivas ni futuro y sin más posibilidad que intentar no incurrir en el desagrado de la familia rica y dependiendo de su arbitraria amabilidad; porque la alternativa, en una época en las que las mujeres no contaban ni se les ofrecían vías propias de supervivencia, era morirse de hambre, risible y ridícula, si es vieja, y, si es joven y guapa, encontrar a algún hombre que estuviera dispuesto a casarse con una mujer sin dote, dinero ni posición social, y corriendo el riesgo, claro, de que el objetivo del hombre pudiera no ser el de casarse, sino el de una mera diversión, y de quedar, por tanto, definitivamente fuera de la sociedad.

Por citar solo dos ejemplos muy distintos, encontramos a la pariente pobre en la absolutamente extraordinaria “Mansfield Park“, de la grandísima Jane Austen (1814), donde el tema es central en la extensa novela, o, en otro ámbito literario muy distinto, en la también maravillosa “La piedra lunar“, de Wilkie Collins (1868), obra poco menos que fundacional de la literatura policial como novela extensa más allá de los cuentos precedentes, y donde el personaje es secundario, y con otra perspectiva muy distinta del personaje, satírica y misógina -el autor, por cierto, es varón-. Mejor no voy a citar los casos en los que encima el escritor correspondiente la hace aparecer como una intrigante y manipuladora, porque, sinceramente, tiene tela que quien es víctima social se represente encima como verdugo.

La pariente pobre maltratada no solo aparece en la literatura británica, porque no debió de ser exclusiva esa realidad del ámbito territorial británico. Curiosamente, la mejor descripción breve y explícita de esa situación la he encontrado en un relato del escritor ruso  Alexander Pushkin (1799-1837), ambientado en Rusia; el texto que transcribo procede de la traducción de Julián Juderías.

«En aquel momento entró la Condesa ya vestida.

-Di que enganchen el coche, Lisa, y vamos de paseo.

Lisa se puso a recoger su labor.

-Pero, hija, ¿estás tonta? -exclamó la condesa-. Di que enganchen inmediatamente.

-En seguida -respondió en voz baja la joven.

Y echó a correr hacia la antesala.

Entró un criado y puso en manos de la condesa los libros que enviaba el príncipe Pablo Alejandrovich.

-Lisa, Lisa, ¿adónde vas tan deprisa?

-Voy a vestirme.

-Tienes tiempo, hija. Siéntate aquí. Abre uno de esos libros, léeme en voz alta.

La joven abrió el libro y leyó unas cuantas líneas.

-Más alto -dijo la condesa-. ¿Qué te pasa? ¿No tienes voz? Mira, antes dame el taburete… Así.

Lisa leyó un par de hojas. La Condesa bostezó.

-Tira ese libro -dijo-. ¡Qué simpleza! Devuélveselo  al príncipe Pablo y di que le den las gracias. Pero… ¿y ese coche?

-El coche está enganchado -dijo Isabel Ivanowna mirando por la ventana.

-¿Y por qué no estás vestida ya? -preguntó la Condesa-. Siempre te haces esperar, lo cual es insoportable.

Lisa voló a su cuarto. Apenas habían transcurrido dos minutos cuando la Condesa empezó a llamar con toda su fuerza. Tres criadas acudieron por una puerta y un lacayo por otra.

-¿Qué pasa que no venís cuando se os llama? -exclamó la Condesa-. Id a decirle a Isabel Ivanowna que la estoy esperando.

Isabel Ivanowna entró en aquel instante en traje de calle.

-¿Ya has venido, hija mía? ¡Gracias a Dios! Pero ¿qué te has puesto? ¿A qué viene todo eso? ¿Piensas enamorar a alguien? ¿Qué tal día hace? Parece que hace viento…

-No, señora, no hace viento ninguno -contestó el lacayo.

-Siempre hablas a tontas y a locas. Abre una ventana. ¿Lo ves? Hace viento y viento frío. Que desenganchen el coche. Lisa, no salimos ya; no tenías para qué componerte tanto…

-¡Y decir que mi vida se reduce a esto! -pensó Lisa.

En efecto, Isabel Ivanowna era una criatura desgraciada. Amargo es el pan ajeno -dijo Dante- y duro es bajar por la escalera de otro.

¿Qué amargura de las que proceden de la dependencia de otro, ignoraría una pobre joven protegida por una anciana rica e ilustre? La Condesa no era mala, pero sí caprichosa como mujer, amiga de la sociedad, avara y sumida en el mayor egoísmo, como suele ocurrir con los viejos enamorados de su tiempo y extraños al presente. […] Isabel Ivanowna era un mártir doméstico.

Ella servía el té y escuchaba reprimendas de consumo exagerado de azúcar; ella leía novelas en voz alta y tenía la culpa de cuantos errores había cometido el autor; ella acompañaba a la princesa cuando salía de paseo y era responsable del tiempo y del estado de las calles. Tenía señalada una retribución pecuniaria, pero nunca se la pagaban, sin embargo le exigían que se vistiera como todas, es decir, como pocas. En sociedad desempeñaba el mismo papel. Todos la conocían y ninguno le hacía caso; en los bailes no la sacaban a bailar sino cuando faltaba un vis a vis, y las señoras se cogían de su brazo cuantas veces necesitaban ir al tocador para arreglar algún detalle del vestido. Como tenía amor propio, sentía lo triste de su situación y miraba alrededor suyo esperando con impaciencia que se presentase un libertador; pero los jóvenes, calculadores a pesar de su vanidad juvenil, no le hacían ningún caso, por más que fuera Isabel Ivanowna cien veces más bonita y más agradable que las impertinentes  y desagradables jóvenes en torno de las cuales se movían. ¡Cuántas veces, abandonando la sala aburrida y pomposa, habíase retirado a su pobre alcoba, donde lloraba silenciosamente al lado de los viejos biombos y de antiguas tapicerías, mirando con tristeza la cómoda, el espejo y la cama que constituían su mobiliario a la luz escasa que proyectaba una vela de sebo puesta sobre un candelero de metal!».

“Amargo es el pan ajeno -dijo Dante- y duro es bajar por la escalera de otro”.

Verónica del Carpio Fiestas

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Multiplicado por espejos

En la película “La dama de Shangay”, de 1947, y que con toda propiedad se puede decir que es “de Orson Welles” porque fue director, productor, guionista y protagonista, lo mejor -y casi único que cualquiera recuerda, aparte de lo hermosísima que era y aparecía Rita Hayworth- es la escena final. Literalmente entre espejos que multiplican a los actores hombre y mujer que se hablan y matan repetidos en imágenes de pesadilla, como desde dentro de un mundo de espejos. Esta es la escena, clásica en la historia del cine, ambientada en una galería de espejos en un parque de atracciones abandonado:

¿Se le ocurrió a Orson Welles eso de los actores dentro de una habitación de espejos y que aparecen repetidos en cada uno de ellos en multiplicación genial y desasosegante? ¿Y además  en ambiente personal y arquitectónico decadente con una única mujer y varios hombres rivales? No lo sé, pero me pregunto si el estadounidense Orson Welles había leído al británico G. K. Chesterton, quien tres décadas antes escribió sobre espejos multiplicadores desasosegantes y en ambiente personal y arquitectónicamente decadente y con una mujer y varios hombres rivales y con muerte de una mujer y de su asesino. Voy a transcribir unos fragmentos del cuento “El hombre en el pasaje“, “The man in the passage“, de la serie del Padre Brown, perteneciente al libro de relatos “La sabiduría del Padre Brown“, de 1914. La escena tan onírica está ambientada en el lujoso camerino de una famosa actriz que está representando nada menos que la también onírica “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, y, al igual que “La dama de Shangay“, es un caso de rivalidades y asesinato.

La habitación estaba cubierta de espejos en todos los ángulos posibles de refracción, de modo que parecían las cien facetas de un diamante gigantesco, si es que uno pudiera introducirse dentro de un diamante. Los otros signos de lujo, unas cuantas flores, unos pocos almohadones de colores, unos trajes de teatro, se multiplicaban en todos los espejos con la locura de Las mil y una noches y danzaban y cambiaban perpetuamente de lugar cuando el sirviente, arrastrando los pies, acercaba un espejo o lo empujaba contra la pared.

Brown 1

El sirviente dio la vuelta a la habitación, tirando de los espejos y volviendo a empujarlos de nuevo con su ajado traje negro que parecía aún mas lamentable dado que aún llevaba la adornada y fantástica lanza del rey Oberon. Cada vez que tiraba del marco aparecía una nueva figura negra del padre Brown, cabeza abajo en el aire como los ángeles, dando saltos mortales como los acróbatas, volviendo la espalda a todo el mundo como personas muy maleducadas“.

Brown 2

Enlace a “El hombre en el pasaje” en inglés aquí.

Verónica del Carpio Fiestas

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Hablar por no callar (post de autocrítica)

«Los sabios han dicho: “Calla, que es más seguro; evita hablar en balde o te arrepentirás”. Se cuenta que cuatro sabios fueron convocados al consejo del rey y que este les dijo:
-Diga cada uno de vosotros una sentencia que encierre un principio para la instrucción.
Y el primero dijo:
-La mayor virtud del sabio es callar.
Y el segundo dijo:
-Lo que más aprovecha a la criatura racional es saber si su rango procede de su entendimiento.
Y el tercero dijo:
-Lo que más conviene al hombre es no hablar de lo que no le incumbe.
Y el cuarto dijo:
-Lo que más sosiega al hombre es aceptar el destino.
Y que una vez se reunieron los reyes del mundo, el de China, el de India, el de Persia, el de Roma y dijeron:
-Cada uno de nosotros debe decir una frase que perpetúe su nombre.
El rey de China dijo:
-Yo digo que no diré nada… Así nadie será más grande que yo refutando mi dicho.
El rey de India dijo:
-Me maravillo de que alguien hable, porque si es por él nada le vale y si es contra él puede destruirle.
El rey de Persia dijo:
-Si hablo la palabra es mi dueña pero si callo yo soy su dueño.
El rey de Roma dijo
-Nunca te arrepentirás de lo que no has dicho; siempre puedes arrepentirte de lo que has dicho.
Para los reyes el silencio es mucho mejor que la logorrea. De esta nada provechoso puede venirles. El ser humano suele perderse por la lengua.».

Calila y Dimna

Fragmento de “Calila y Dimna“, recopilación tradicional oriental. Traducción y edición de Marcelino Villegas de la versión de Abdalá Benalmocaffa (ca.720-ca 759), en Alianza Editorial.

 

«El buen sentido recomienda que no se hable en público más que cuando se tiene algo útil y nuevo que decir. Pero ¿y si no tenemos nada que decir? preguntan los charlatanes. Entonces guardad silencio, aconseja la razón

Voltaire cuarenta escudosEl hombre de los cuarenta escudos“, cuento de Voltaire, 1768.

Opinión de mierda” canción del grupo español “Los Punsetes“, 2014.

Verónica del Carpio Fiestas

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Infancia en paz y en guerra

Serious reader 1930s Arissa

Antoni Arissa (Barcelona 1900-1980). Retrato de su hija leyendo. 1932.

Centelles 1937 niños jugando a fusilar

Agustí Centelles (Valencia 1909-Barcelona 1985). Niños jugando a fusilar durante la Guerra Civil Española. 1937.

 

En la infantil esperanza de un mundo donde con cualquiera con una cámara pueda fotografiar a muchos niños y niñas leyendo y donde nadie con una cámara tenga que fotografiar juegos de niños y niñas jugando a matar porque imitan lo que ven, y donde no olvidemos lo que fuimos y por lo que sufrimos y no pasemos de largo como si no fuera con nosotros la situación de quienes sufren ahora por lo mismo que hemos tenido que sufrir nosotros muchas veces a lo largo de la Historia, firma este ingenuo post en la ingenua creencia de que todos los días deberían ser el #DíaMundialDeLosRefugiados y que no solo habría que acordarse de ellos para usar el hashtag en un tuit ese día,

Verónica del Carpio Fiestas

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Cuentos sobre robar y crear cadáveres para investigación médica

Ahora que ni se plantea siquiera problema moral o legal para que docentes y estudiantes de Medicina o investigadores puedan obtener, manejar y diseccionar cadáveres en docencia e investigación, resulta difícil de entender que eso ha sido un problema serio durante mucho tiempo; y que saltarse la prohibición acarreaba graves sanciones. Pero no voy a hablar de esa prohibición generalizada y prolongada por motivos religiosos, sino de un problema concreto que al parecer existió en Gran Bretaña: cómo conseguir esos cadáveres en los centros docentes médicos, cuando no existía prohibición de usar los cadáveres, sino dificultad de conseguirlos, y especialmente si eran, ejem, frescos.

Resulta que en Gran Bretaña hubo una temporada en el siglo XIX en la que se pagaba a los “suministradores” de cadáveres para docencia en las facultades médicas, cerrando los ojos a la “fuente de suministro”. En una época en la que la comida del día siguiente no estaba garantizada ni mínimamente para muchos, eso propició que delincuentes aprovecharan esta posibilidad de ingresos -no queda claro si sustanciosos o no, porque no hay referencias comparativas de cuánto valía un cadáver en relación con otros, ejem, productos-, y se dedicaran a asaltar tumbas de personas recién enterradas. Solo conozco dos obras literarias que reflejen esa situación inicial, y la “solución” lógica al problema que surgía cuando no era fácil asaltar tumbas para conseguir cadáveres frescos susceptibles de ser vendidos a instituciones médicas, o cuando se prefería otro sistema más sencillo, o sea, matar. Y es que con la hipocresía más horripilante, o ceguera voluntaria criminal, las instituciones médicas que recibían los cadáveres y pagaban por ellos no podían razonablemente desconocer que procedían de actos inmorales e incluso de asesinatos, pero cerraban los ojos, al más puro estilo de esos familiares de los mafiosos, que propician delitos y se benefician, pero no quieren saber.

Ambas obras mencionan a dos personas reales, Burke y Hare, asesinos en serie para vender los cadáveres de los asesinados. Las dos obras figuran en todas las antologías y son, naturalmente, las siguientes:

  • Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, “On Murder Considered as one of the Fine Arts“, de Thomas De Quincey, enlace a texto en castellano aquí , de 1827, y
  •  “Los ladrones de cadáveres“, “The body-snatcher“, de Robert Louis Stevenson, enlace a texto en castellano aquí, de 1884.

Curiosa la diferencia de estilos. “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, gran literatura, es muchas cosas, incluyendo una sátira paródica de tipo académico del estilo de “Una modesta proposición“, el cuento de Jonathan Swift, texto aquí, que De Quincey menciona expresamente. Esa obra de Swift  ya la he citado, en un post jurídico paródico sobre indulto en otro blog; post en el que, por cierto, me ratifico, ya que la regulación legal no ha cambiado en esencia desde que lo escribí en 2013.

Todo lo que se diga de esta obra de De Quincey será poco. La obra impresiona, con el catálogo comparativo de asesinos y técnicas de asesinato, a veces paródico, a veces desatado. Baste decir que Jorge Luis Borges fue intenso lector de De Quincey, y escribió sobre él; así poco más cabe añadir a lo dicho por Borges, salvo que me fastidia que el propio título de la obra sea usado tan frecuentemente por tantos de esos que, a todas luces, solo leen los títulos o solo saben de esas obras las frases geniales ya de circulación común. Y aquí ya frase genial ya sabe cuál es, ¿no? Esa de que se empieza cometiendo un asesinato y se acaba degradándose a la mala educación y tal, o sea, esta:

“Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento. Principiis obsta: tal es mi norma.» Esto fue lo que dije, ésta fue siempre mi manera de actuar y si esto no es ser virtuoso me gustaría saber lo que es.”

Pero mejor voy a escoger un párrafo:

“Hobbes no fue asesinado, nunca he logrado comprender porqué ni en virtud de qué principio. Esta es una omisión capital de los profesionales del siglo diecisiete, pues a todas luces se trata de un espléndido sujeto para el asesinato, salvo que era flaco y huesudo; por lo demás, puedo probar que tenía dinero y (lo cual es muy cómico) carecía de todo derecho a oponer la menor resistencia ya que, conforme a su propia tesis, el poder irresistible crea la más elevada especie de derecho, de modo que constituye rebelión, y de las más negras, el resistirse a ser asesinado cuando ante nosotros aparece una fuerza competente. No obstante, si bien no fue asesinado, me complace asegurarles que, según su propia cuenta, estuvo tres veces a punto de serlo, lo cual nos consuela.”

En cuanto a la obra de Stevenson, es una pena que este cuento de terror realista con tan extraordinaria descripción de caracteres y situaciones y tan magistral manejo del lenguaje se estropee en la última página mutando en cuento de terror fantástico en un desafortunado viraje final. Tras un siglo XX de espantosos campos de exterminio, sabemos que lo que de verdad da miedo no es lo sobrenatural inventado, sino el Mal humano y muy humano; y mucho más miedo habría dado el cuento, y habría estado más logrado literariamente, en mi modesta opinión, de haber mantenido el tono realista.

En cualquier caso, si decide leer una obra, o ambas, lo que le recomiendo, prepárese a una lectura de muy alto nivel literario, lo que no significa que sean obras difíciles de leer. Bueno, quizá sí un poco la obra de De Quincey, más, digamos, intelectual, con referencias literarias, históricas y filosóficas reales e inventadas, pero perfectamente comprensible. Prepárase también al escalofrío y, disculpe la expresión imprecisa y vulgar, al mal rollo; y es que tanto una obra como otra son, a veces, un tanto desagradables, como puedo serlo, y en efecto es, la “Lección de anatomía” de Rembrandt, y disculpe que no ponga la imagen del cuadr, porque da mal rollo.

A lo mejor lo de los cadáveres obtenidos al gusto del consumidor y en plan técnica just-in-time era una leyenda urbana. Pero qué quiere que le diga, parece que no. No solo en cualquier prólogo de cualquier edición de estas obras se menciona lo de Burke y Hare, sino que figura hasta en Wikipedia.

Verónica del Carpio Fiestas

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