El súcubo canoro de Eduardo Mendoza

aceitunasSi no ha oído hablar de la pentalogía sobre un detective sin nombre, formada, en orden cronológico, por “El misterio de la cripta embrujada”, “El laberinto de las aceitunas”, “La aventura del tocador de señoras”´, “El enredo de la bolsa y la vida” y “El secreto de la modelo extraviada”, se ha perdido algo bueno. De estos seis libros de Eduardo Mendoza, en la galería general de los libros de humor indispensables están, en mi opinión, los dos primeros, extraordinarios.

Para describir estos libros, y me refiero al ciclo, no basta con decir que son novelas de misterio humorísticas, ambientadas a lo largo de décadas y que reflejan la evolución personal de los personajes y la social y política en general, incluyendo corrupción y especulación urbanística, con un evidente trasfondo crítico. Que tienen como protagonista a un pobre detective no profesional, físicamente insignificante, antiguo delincuente de poca monta y soplón de la Policía, redicho hasta más no poder pese a carecer de la minima formación e inteligentísimo, que no obtiene rendimientos de ningún tipo por su investigación en la que se ve metido forzadamente, tan desgraciado que por ejemplo no puede lavarse en toda una novela pese a que llueven sobre él inmundicias, maltratado por la vida desde siempre y que cuenta unas historias terribles de su infancia mísera y que se refiere a la pepsicola como “exquisito néctar” del que por su pobreza poco puede disfrutar, acostumbrado a recibir palizas y al que le parece normal recibirlas, y que se dirige a todos en un lenguaje ceremonioso del que el tuteo está casi excluido, pero que es tuteado como muestra de maltrato y subordinación. Que además hay otros personajes antológicos, más o menos como fijos secundarios -un policía torturador reconvertido, el médico director del sanatorio psiquiátrico donde internaron y mantuvieron al detective no se sabe si con motivos fundados o arbitrariamente, y, por supuesto, Cándida, la hermana -prostituta en las primeras novelas, retirada luego-, y que como personajes fíjos, al igual que en otras novelas de Mendoza, aparecen siempre el paisaje y el paisanaje en general de Barcelona, y a veces de otras ciudades.

Hay mucho más, y los mecanismos de la risa son inescrutables. Porque si se lee el resumen del párrafo anterior, no parece que pueda dar risa. Pero resulta que da, y mucha.

Y si son inescrutables, no hay por qué escrutarlos, pero ahí están esos impagables larguísimos soliloquios de varios personajes que describen sus vidas o las justifican, ante el aburrimiento y hasta sopor de los oyentes o las curiosas relaciones del detective con diversas mujeres atractivas -partiendo de que al final casi nunca consigue comerse una rosca-, y la carcajada surge solo con recordar, por ejemplo, esa inolvidable escena de “El laberinto de las aceitunas” cuando el detective sin nombre se encuentra en un monasterio con un monje ingenuo, muy preocupado por un súcubo canoro -así se titula el capítulo- que lo atormenta con una canción en cuanto se tumba a dormir:

Volvió a flagelarse y hube de retirarme para que no me alcazara un latigazo.

-Y esa voz, ¿qué decía?-le pregunté.

-Algo horrible -dijo el monje, interrumpiendo la azotaina-. No lo puedo repetir.

-En tal caso, no insisto.

-Insista -me rogó el monje.

Insistí y volvió a pegar los labios a mi oreja.

-Échale guindas al pavo -cuchicheó.

-¡Qué notable! -dije.

-Si quiere, le presto el cinturón.

-¿Era una voz de mujer? -pregunté.

-¡Y de tronío!

-¿Me permite que me acueste en su catre? Es solo para hacer una prueba.

-Sírvase usted mismo -dijo el monje-.  A mí, pecado más, pecado menos…

-Me tendí en el catre, formado por tablas de madera de pino, cubiertas por un jergón, y recosté la cebeza en una almohada de arpillera rellena de garbanzos crudos.

-No oigo nada -dije.

-Espere un poco -dijo el endemoniado.

Esperé unos minutos hasta que, de pronto, percibí claramente la voz inconfundible de Lola Flores.”

Ya solo esto de:

“En tal caso, no insisto.

-Insista -me rogó”

sea o no original, y estamos hablando de una obra de 1982, merece estar cualquier antología.

Sí, he dicho pentalogía, obra que compone un ciclo con cinco partes u obras, y he mencionado que tiene seis libros. Es error deliberado. Además está “Sin noticias de Gurb“, y de alguna manera, aunque técnicamente incorrecta, quería dejar constancia de que, si bien no comparten personajes, estilo ni tema, sí el humor y el nivel, este en especial con los dos primeros libros citados, que son los mejores del ciclo narrativo del detective sin nombre con mucha diferencia, y resulta difícil no relacionarlos todos mentalmente, y que forman para mí parte indisociable del mismo planteamiento de la lectura como placer y motivo de alegría, y que conjuntamente se lo agradezco a Eduardo Mendoza. Leer una vez estas obras, y me refiero en concreto a esas dos primeras mencionadas en este post, brillantísimas, no agota el placer de la lectura, ni evita reírse la segunda vez que se lean, ni la tercera; hará usted bien en gastarse un dinero en comprarlas.

Verónica del Carpio Fieste

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