Una ciudad de la España cristiana hace mil años

ciudad

El insigne historiador Claudio Sánchez-Albornoz publicó esta obra extraordinaria, también titulada Estampas de la vida en León hace mil años, en 1926. La ciudad cuya vida diaria describe es León, claro, mil años antes. Dado el tiempo transcurrido desde que se escribió, quizá podríamos considerar como título más descriptivo “Una ciudad de la España cristiana hace ahora unos 1100 años, más o menos”.

Si usted cree que no es posible describir con absoluta exactitud y vívidamente la vida de esa época, con ropas, comidas, actitudes, enseres, detalles del mercado, viviendas, datos normativos, lenguaje, vida familiar, social y política, en unas 200 páginas, y que si se hace, será un rollo insufrible, tiene usted que leer esta obra, para desengañarse. No se va a negar que requiere cierto esfuerzo leerlo, pero tampoco es para tanto.

Podemos ver todo un mundo para nuestros ojos pintoresco, detalladamente reflejado, con  guerra semipermanente, obligación de concurrir a ella como soldado, siervos sin libertad, tortura física como castigo y muchos detalles, aparte de la escasa expectativa de vida, el sistema político general y la esencial desigualdad de la mujer, mediante el sistema de describir escenas cotidianas, con personajes más o menos reales o verosímiles.

De entre los detalles que la memoria recuerda está el caso de Ilderedo, el clérigo redicho. El prologuista del libro, el no menos insigne historiador y filólogo Menéndez Pidal, es capaz hasta de detectar incluso cuándo un hablante de esa época utiliza una lenguaje de falso cultismo, y afirma con gracia que no resulta tan distinto en ciertos detalles de algunos falsos cultismos actuales (de la actualidad de cuando se escribió el prólogo):

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Y de la actualidad actual, se puede añadir, porque personalmente he conocido personas que alargan así sílabas y palabras, y bien mirado/oído no es tan distinto el habla de algunos locutores deportivos.

Tampoco es posible olvidar a Leticia, la panadera en graves dificultades económicas, azotada como castigo legal por el sayón -alguien con funciones públicas por el estilo de verdugo público y agente judicial- por haber estafado en el peso del pan como medio para intentar sacar adelante a su familia en época de crisis, y luego multada por reiterar esa conducta. Inolvidable también la observación histórica de Sánchez-Albornoz de que eso de que se impusiera una tortura física por los primeros fraudes y luego se multara al ser reincidente, tan llamativo para ojos de nuestra época, porque consideramos más grave lo primero que lo segundo, se debía a sentimientos humanitarios, paradójicamente. Según el razonamiento del siglo X que explica el historiador, el azote resultaba pena mucho más leve porque solo tenía como consecuencias el dolor físico y la vergüenza, mientras que la multa era gigantesca para un patrimonio tan mísero, ruinosa, de forma que solo le quedaría a la mujer entregar todos sus pobres bienes -o sea, el hambre para ella y su familia- o entrar en servidumbre como deudora insolvente -más o menos venderse a sí misma-. Queda en la memoria la escena en la que el sayón para cobrar la deuda de la reincidente embarga el curioso bien consistente en la puerta exterior de la casa porque los bienes situados dentro de la casa no podía cogerlos ya que “la paz de la casa” era inviolable.

Verónica del Carpio Fiestas

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