Insectos desde lo alto de la catedral

Si preguntamos en qué obra literaria un personaje principal mira el mundo desde lo alto de una catedral, la respuesta sale sola para cualquiera que conozca mínimamente la literatura española: en “La regenta”, de Leopoldo Alas, “Clarín” (1884-1905), y quien mira desde lo alto es un cura. La respuesta para un lector británico sería, seguramente, el cuento “El martillo de Dios” (“The Hammer of God“), de G.K. Chesterton, perteneciente al libro “El candor del Padre Brown” (1911), y quien mira desde lo alto es un clérigo anglicano.

Es tan obvio el simbolismo en ambos casos que hasta da no sé qué ponerlo de relieve. En ambos casos la mirada desde la altura es símbolo de poder, de Poder, de voluntad de dominar, de despersonalización, y causa también, a la vez que efecto, de la pérdida de la empatía en quien mira desde arriba, tanto que incluso es motivo y ocasión de asesinato en el segundo caso. La lejanía hace perder individualidad y la condición de persona a quien es mirado cuando se mira desde arriba, desde lejos, desde lo alto. Las personas miradas ya no son personas sino meros puntos en la lejanía, son cosas insignificantes; o son insectos, que se pueden destruir sin compasión ni remordimientos, como se mata de un zapatazo a una cucaracha. Precedente ilustre de este planteamiento se puede encontrar nada menos que en el Evangelio, en las llamadas “tentaciones de Cristo” por el diablo, quien desde una zona físicamente encumbrada muestra el mundo, pero no las personas, porque las personas no se ven desde lo alto, y ya se cuida el diablo de que no se vean; se ven reinos, se ven riquezas, pero no personas, para que no importen.

¿Qué altura tendría exactamente la catedral de Vetusta? ¿Y la de Bohum Beacon? Ya cuando escribieron esas obras Clarín y Chesterton existían los rascacielos.

¿Y en cuántas veces multiplicaría la altura de cualquiera de esas dos catedrales literarias cualquiera de los rascacielos reales que se construyen sencillamente para que sean los más altos, para figurar en el record, como muestra de poder, de Poder? ¿Los de Dubai, por ejemplo? ¿Y cuánto, paralelamente, disminuye la importancia de las personas que ya ni se verán, ni como puntitos, desde arriba?

Ya otro día con más tiempo hablamos de los rascacielos en la iconografía y en la simbología de las películas de Hollywood, desde las de los años 30-40 hasta, por ejemplo, la de los Hermanos Coen, “El gran salto” (“The Hudsucker Proxy”), de 1994. Hoy, la verdad, ando con un poco de prisa. Pero no quiero dejar de mencionar que Orson Welles, en “El tercer hombre”, en un personaje que representa el mal absoluto, dice lo mismo que digo aquí, las personas como puntitos que se pueden destruir sin problemas, desde lo alto de una noria.

Verónica del Carpio Fiestas

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