Las nubes de Aristófanes

nubes

Son varios los autores griegos clásicos que en vez de dedicarse a la apabullante tragedia -con esos temas como el de acostarse con la madre tan literalmente, digamos, trágicos y aptos para psicoanalistas-, se dedican a la comedia. Aristófanes, por ejemplo. Escogiendo al azar una de las obras del autor, y afirmando bajo palabra que he leído otras, y, más aún, que otras que he leído son mejores sin ninguna duda, como “Las ranas” o, con gran diferencia, “La asamblea de las mujeres”, resulta que ha tocado en suerte “Las nubes”. Curioso azar para una jurista, porque resulta que va de temas jurídicos, y mala suerte, porque ni me gusta ni me interesa especialmente.

El teatro puede leerse o verse representado -no, no voy a entrar en esa polémica de si hay obras de teatro irrepresentables, ni tengo capacidad para ello, y por favor, no se me despiste-, y el teatro de Aristófanes no creo que hoy día pueda leerse, razonablemente, sin notas que lo expliquen, o quien lo lea se enterará de poco. Salvo, claro, que su nivel cultural o mejor dicho, su formación clásica, sean de tal nivel que le permita captar alusiones a detalles políticos y sociales de hace 2.500 años; no es ciertamente mi caso. Si no es posible ver la obra representada, algo que con Aristófanes es lo que insisto que creo que hay que hacer, mucho mejor en este caso que leer, una edición con notas parece indispensable; la de la imagen, por ejemplo, cuesta unos 10€, e incluye tres obras, no solo “Las nubes”, y está en las bibliotecas.

“Las nubes”, que tampoco es una de las obras más características de Aristófanes según explican quienes saben, y que acaba con una especie de moraleja sin ninguna gracia, ni, voy a decirlo, el menor interés, presenta momentos verdaderamente muy divertidos, tanto en lectura como, imagino desde mi absoluta ignorancia de la técnica teatral, en una representación, que exigiría una intensa adaptación; muy intensa adaptación. En el trasfondo de una sociedad en crisis de valores y en la que se plantea cuál ha de ser la educación óptima para la juventud (o sea, situaciones y temas que no ha vuelto a darse desde el año 426 A.C. en que por lo visto Aristófanes escribió la obra, ¿no?), un señor bastante zafio decide acudir a una academia de sofistas para aprender a ganar cualquier pleito de forma justa o injusta, con razón o sin ella, porque teme demandas inminentes como consecuencia del derroche de su familia. En tono de burla, en la academia está Sócrates, personaje aquí enfocado de forma muy alejada al Sócrates que tiene cualquiera en la memoria como ejemplo de dignidad personal e integridad intelectual.

Lea otras obras de Aristófanes, o muchísimo mejor, procure asistir a cualquier representación de cualquiera de ellas. No será tiempo perdido; sí lo será si las lee sin notas.

Verónica del Carpio Fiestas

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