Cuatro novelas sobre morir de cáncer

La muerte, personaje de tantas novelas, alguna vez se describe en los progresos concretos de la enfermedad y en cómo se muere. La tuberculosis, por ejemplo, es muy “literaria” desde el Romanticismo, pero no me voy a referir a ella.  Voy a citar cuatro novelas donde personajes mueren de cáncer: dos hombre y dos mujeres. Dos autores de fama universal, primeros espadas de la Literatura con mayúsculas, ambos de finales del siglo XIX y principios del XX, y un escritor sueco contemporáneo.

Del alemán Thomas Mann, “Los Buddenbrock” y “La engañada”. En ambas novelas muere de cáncer una mujer. En el primer caso, en una muerte entre dolores que médicos despiadados se niegan a mitigar por motivos éticos o religiosos (¿?); en el segundo, una muerte rápida que habría podido quizá evitarse de no haberse dado una confusión de la propia mujer menopaúsica entre síntomas ginecológicos evidentes y lo que erróneamente cree rejuvenecimiento físico y emocional por un amor tardío. La descripción de la muerte en “Los Buddenbrock” es difícil leerla sin espanto; de los dos extensos volúmenes de la impresionante obra, dedicados a la historia de una familia en varias generaciones, apenas ocupa una pequeña parte, pero inolvidable. En la otra novela, unos de los poquísimos casos en los que la menopausia es el tema principal, y, retratrada además por un gran escritor, reconforta el respeto con que se aborda lo que en tantos otros se ridiculiza o se trata con desprecio y sarcasmo como pérdida de la condición de mujer; el diagnóstico, el trato con los médicos y la muerte ocupa unas pocas páginas finales de una novela breve que, para ser de un escritor que está en cualquier lista de los diez grandes escritores del siglo XX resulta bastante desconocida. En estas dos obras maestras las enfermas son queridas y ciudadas, y la compasión familiar de otros personajes, parte del planteamiento.

Del ruso Tolstoi, “La muerte de Ivan Illich”, aquí con un diagnóstico no explícito pero con síntomas y muerte que poca duda ofrecen al más lego en Medicina, y más sabiendo que, según algunos, está inspirado en un caso real. Esta novela corta es sencillamente una obra maestra. Los primeros síntomas, el desconcierto inicial, la incomprensión de la familia, la degradación física, la percepción personal de su situación por el enfermo, la autodefensa moral de amigos y parientes que se cierran ante el misterio del sufrimiento y la muerte. Y la muerte.

Del sueco Lars Gustafsson, “Muerte de un apicultor”, con la decisión personal de muerte solitaria y sin tratamiento, pudiendo tenerlo, en un país occidental donde sí es posible recibir tratamiento. Aquí, como en la obra de Tolstoi, el enfermo está solo, física o psicológicamente, aunque por motivos muy distintos.

Ya comprendo que estos no son temas para un blog; los blogs parecen propicios a temas ligeros. Pero creo que es bueno ser consciente de que la Literatura refleja una realidad: la de cómo al menos en Occidente se ha avanzado enormemente, y si hay quien no se da cuenta es porque no conoce el pasado. Ahora, al menos en Occidente, las cosas pueden ser, y en efecto, son totalmente distintas, incomparablemente mejores. Desde todos los puntos de vista. Y es enormemente consolador.

Y ya comprendo también que se eche en falta alguna obra de literatura española. La hay, igual que habrá más casos en la Literatura Universal. Podría citar uno de los “Episodios Nacionales” de Pérez Galdós, que describe el suicidio de un militar, personaje secundario, que se pega un tiro, en época de guerra, en el siglo XIX, atenazado por el dolor; en ese contexto psicológico, religioso y social donde el suicidio se considera inadmisible resulta precisamente muy expresivo que la reacción sea el suicidio. Qué Episodio es, lamento no poder decir cuál. No es mi prioridad releer de nuevo uno por uno los Episodios Nacionales hasta dar con ello. Por una vez, hago un post fiada en la memoria en datos.

Verónica del Carpio Fiestas

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