Custodia compartida en 1897

Si usted cree que lo de la custodia compartida es un invento de ayer, un dato: en 1897 el escritor estadounidense Henry James publicó una novela ambientada en la Inglaterra aristocrática contemporánea (contemporánea suya, claro) sobre una custodia compartida: “Lo que Maisie sabía”. En un época en la que un divorcio era el más repugnante pero simultáneamente sabroso escándalo social, como recogen muchos los autores contemporáneos (contemporáneos de Henry James, claro), un matrimonio joven, guapo, más o menos rico y desde luego con ganas de seguir siéndolo, snob, egoísta e irresponsable se divorcia entre el consabido escándalo. Tienen una niña de seis años. Y cuando finalmente llegan a un convenio, un convenio además posterior a la inicial atribución de la tutela a uno de ellos –adivine a cuál-, el convenio consiste en seis meses consecutivos cada uno, en sus respectivos domicilios, y sin régimen de visitas.

Y la aplicación del convenio se describe en dos palabras: un desastre. La niña es al principio una simple pelota de tenis del odio de los excónyuges y al final pasa a ser una pelota vieja que se desecha. Primero sirve para fastidiar al ex mediante el sistema de pelear por su custodia y manipularla para hacer daño al ex y luego para fastidiar al ex más aún insistiendo en que se la quede más allá del turno porque ninguno quiere tenerla. En ningún momento se la cuida emocionalmente -e incluso a veces, como no importa nada, hasta ni físicamente, que ahí la dejan con la institutriz en la casa sin comida-: ni se le proporciona la educación que sería de esperar en ese entorno social ni por supuesto se la trata con cariño más allá de aparatosas apariencias vacías cuando interesa. Incluso se la pone en situación de escoger entre uno y otro (con sus respectivos amantes hasta de pago) y se le hace responsable de la elección. Y la niña puede usarse hasta para, esporádicamente, quedar bien con terceros apareciendo como progenitor amantísimo, joven y atractivo -ya sabe, como esos que se dedican a pasear por el parque con niños propios o ajenos pensando que así podrán ligar más- y finalmente es abandonada del todo en manos de quien se quiera ocupar de ella porque ya hasta para ese paripé de progenitor amantísimo ha dejado de tener utilidad.

Y esto, en Inglaterra en 1897 y con un autor que no dice ni una palabra más alta que otra. ¿Qué le parece?

La novela puede considerarse desde muchos puntos de vista. Por ejemplo, como muestra de penetración psicólogica de personajes; a inventarse personajes que no existen y hacerles actuar de forma que aparezcan muchos detalles del inventado carácter se le llama habitualmente en Literatura “penetración psicólogica”.  O como ejemplo de depravación de las clases altas blablabla. O también como ejemplo paradigmático del éxito de esa vía literaria indirecta de representar las cosas a través de un personaje infantil  inocente que con los ojos de la inocencia infantil no es capaz de captar la realidad pero de forma que el lector sí la capte. O como representación del mundo de la infancia o de la pérdida de la inocencia. Incluso se puede hacer un análisis sobre la situación de la mujer en esa época y, en concreto, de la salida profesional como institutriz como prácticamente única posibilidad digna para la supervivencia, en la podríamos llamar muy impropiamente clase media, como alternativa al matrimonio; y digo clase media porque en la clase baja estaba el servicio doméstico a secas, del que el cargo de institutriz era una variante, algo más que criada pero no mucho más. Esto puede ponerse en relación con Thackeray y “La feria de las vanidades” o con tres o cuatro novelistas británicas como Jane Austen, las hermanas Brönte et altri. La institutriz guapa puede casarse y/o encontrarse en una situación en la que su moral peligra. La institutriz de mediana edad o fea es esencialmente ridícula; y que no tenga más que un traje porque que está en la más dura miseria es motivo de desprecio y cachondeo.

Más aún, incluso se podría hacer un análisis desde el interesante punto de vista que proporciona el propio título. Porque en realidad, ¿qué sabía la pobrecita Maisie? ¿Qué podría saber una niña de seis a ocho años en una Inglaterra en la que cualquier atisbo de educación sexual era impensable? ¿Qué podría entender esa niña no querida y en total abandono emocional, que veía los constantes cambios de pareja de su padre y su madre y luego hasta de su madrastra y su padrastro? La verdad, no puedo responder a esas preguntas.Y me gustaría, pero, claro, ya se sabe que Henry James, ese rey de la sutileza literaria y las miradas oblicuas, no es precisamente muy aficionado a dar una respuesta clara.

Pero mi sugerencia de análisis va por otro lado, que al fin y al cabo soy jurista. Vamos a plantear el análisis como un caso práctico de Derecho de Familia. Supongamos que fuera un caso real y que todos los datos que incluye la novela estuvieran acreditados y que hubiera que aplicar la normativa de hoy, incluyendo el principio del interés superior del menor.

¿A quién atribuiría usted la custodia de esa niña? ¿Qué alcance le daría usted a la custodia, compartida en su caso, en esas concretas circunstancias? ¿Revisaría la custodia inicial a la vista de la circunstancia concreta e indiscutible de que la niña no le importa un pimiento a sus padres biológicos, que no están nunca y que cuando están no le hacen ni caso, y de la circunstancia de que no es ya solo cuestión de que contraigan ambos segundas nupcias, y de que sean adúlteros también en esas segundas nupcias, sino de que ambos tienen relaciones adúlteras por dinero, es decir, que la madre y el padre, aficionados a la vida de lujo y muy atractivos ambos, se dedican ya incluso a la prostitución encubierta de vivir con, y de, sucesivas personas ricas? Porque a efectos de custodia de una niña pequeña además emocionalmente desatendida quizá no es exactamente lo mismo que su progenitor viva su libertad sexual como considere oportuno, incluso si ello produce escándalo social, que una vida de sexo de pago encubierto con viajes y ausencias constantes para conseguir sin trabajar un nivel de lujo del que, además, la niña no resulta beneficiada, ¿o sí? ¿Quizá habría que plantearse una custodia excepcional de un tercero in loco parentis, como se insinúa en abstracto en las primeras páginas de la novela y ciertamente constituye la esencia del desarrollo argumental?

Si yo impartiera docencia en la escuela judicial quizá plantearía esta novela de Henry James como un ejercicio de clase. Porque, la verdad, lo que en 1897 le pareció verosímil a Henry James, que aparte de sus cuentos de fantasmas era más bien un escritor realista en los temas, quizá lo sigue siendo hoy. Y quizá sea bueno que futuros jueces  y juezas de Familia empiecen  haciéndose una idea  de lo que vale un peine.

Verónica del Carpio Fiestas

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s