Dos cuentos terribles de prostitutas viajeras

De los dos cuentos a los que voy a hacer referencia no sé cuál de los dos es más terrible.

  • “Los desterrados de Poker Flat”, de Francis Bret Harte (Estados Unidos, 1836-1902)
  • “Bola de sebo”, de Guy de Maupaussant (Francia,1850-1893)

En los dos cuentos hay víctimas de una moral hipócrita. En el primero la moral hipócrita es también asesina; los ciudadanos “virtuosos” que expulsan del pueblo a un grupo de personas “inmorales” en pleno invierno para “limpiar el pueblo” de personas “inmorales” porque toca “moralidad” no pueden desconocer que los destinan a la muerte probable, por mucho que hipócritamente decidan, respecto de uno, expulsarlo del pueblo en vez de ahorcarlo sin más ni más como han hecho con otros.

En cada uno de los dos cuentos aparece un grupo de personas. En el primero, un grupo con mayoría de personas “inmorales” -dos prostitutas, un jugador, un borracho-; en el segundo solo una persona “inmoral”. En los dos cuentos se sigue el sistema clásico de juntar personajes heterogéneos escogidos “al azar” y colocarlos  en ambiente cerrado y de viaje peligroso; ya sabe, ese mismo sistema de John Ford en “La diligencia”.

En cada uno de los dos cuentos el grupo heterogéneo y aleatorio en viaje peligroso se encuentra  aislado y en peligro por motivos diferentes. En el primer cuento, el grupo está físicamente aislado y sin posibilidad de ayuda en una cabaña rodeada de nieve y sin víveres ni combustible, en un viaje no voluntario -un destierro- en pleno Oeste estadounidense de 1850; el mismo Oeste de las películas de vaqueros, el mismo Oeste de “La diligencia”. En el segundo cuento el grupo se aloja en un albergue casual, en mitad de un viaje, en mitad de una guerra, la franco-prusiana de 1870, rodeado de soldados, indefenso y en peligro, si bien quizá sin verdadero riesgo para la vida.

En los dos cuentos hay un sacrificio y en los dos quien se sacrifica es una mujer, una prostituta. En el primer cuento una prostituta de cierta edad, o quizá alcahueta, descrita en un par de pinceladas como degradada, se deja morir de hambre, voluntariamente y a iniciativa propia e incluso sin que nadie dé cuenta, para, con la comida así ahorrada, intentar salvar la vida a una adolescente “inocente” que se unió al grupo “inmoral” por coincidencia y está corriendo la misma horrible suerte. En el segundo, una prostituta más o menos joven y hermosa, de cuando ser muy gruesa resultaba un atractivo, mantiene a su pesar una relación sexual con un militar que tiene en su mano decidir que ella y los demás viajeros -burgueses “decentes”- sigan adelante su viaje, y lo hace, digo, a su pesar, alentada, y poco menos que obligada, por los propios viajeros burgueses “decentes” que la ponen en el compromiso moral de sacrificarse en beneficio del resto; los mismos burgueses “decentes” que vuelven a despreciarla cuando gracias a ese sacrificio han conseguido lo que buscaban.

En el primer cuento mueren todos; en el segundo cuento nadie. En el primer cuento la moral hipócrita aparece al principio y al final y es la causa de la muerte; los “ciudadanos honrados” descubren los cadáveres e hipócritamente deciden enterrar juntas a la otra prostituta y a la adolescente “inocente”, que han muerto abrazadas. En el segundo, la moral hipócrita impregna el cuento entero y son los “virtuosos” quienes fuerzan a la mujer a una relación sexual indeseada, y quién sabe si violenta, que exige un militar que abusa de su posición de poder; y esos mismos “ciudadanos virtuosos” la desprecian después como la despreciaban antes de utilizarla para sus propios fines.

En el primer cuento el sacrificio heroico de la mujer es inútil, porque al final mueren todos. En el segundo cuento el sacrificio de la mujer es útil en el sentido de que gracias al sacrificio se consigue lo que se buscaba, reanudar el viaje, pero inútil e incluso perjudicial en el sentido de que no solo no “redime”socialmente a la mujer sacrificada sino que deja a los impulsores y beneficiarios de su sacrificio con la conciencia burguesa bien limpia de no deberle nada a la víctima, despreciable aún más por el propio sacrificio, y de ser ellos los buenos antes, durante y después del sacrificio.

Es interesante comprobar cómo han tratado un tema análogo dos escritores del siglo XIX de países tan distintos -entonces- y que además, aunque fueron aproximadamente contemporáneos, no tenían entre sí más en común personal y literariamente que la elástica etiqueta de “escritor realista”. Porque pese a su diferente enfoque y al tratamiento literario tan alejado sí coinciden estos dos cuentos en un punto: la enorme fuerza del resultado. Ninguno de los dos cuentos es posible leerlo con indiferencia, ni olvidarlo.

Verónica del Carpio Fiestas

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