Narración desde el punto de vista de un narrador que no se entera de nada

Pensemos en una obra en la que un narrador describiera lo que sucede y el lector pudiera percibir que ese narrador que se cree de buena fe que está describiendo fielmente lo sucedido resulta que no se entera de nada. 

No me estoy refiriendo a que el personaje principal, sea o no narrador, vaya descubriendo paulatinamente una versión de los hechos distinta a la que creía al inicio del libro, como es el caso de “El buen soldado” del novelista inglés Ford Madox Ford, publicada en 1915. Tampoco me refiero a otros casos de narradores no fiables simplemente por ser niños o por padecer problemas mentales. Un ejemplo de un niño, “El Pequeño Nicolás” del francés René Goscinny, quien escribió los cuentos de esa serie en los años 50 del siglo XX; en estos cuentos los hechos son fiables pero la interpretación no. Un ejemplo de narrador con problemas mentales -el “idiota” del Macbeth de Shakespeare-, el Benji de “El ruido y la furia” del estadounidense William Faulkner (1929); ahí ni los hechos son fiables. Ni tampoco a un narrador con voluntad de engañar; un ejemplo clásico, “El asesinato de Roger Acroyd”, de Agatha Christie, novela de misterio “escrita por el asesino” (siento destriparle el final), en la que un asesino-narrador describe con toda fidelidad lo sucedido y para desvirtuar la realidad se limita a omitir los cinco minutos del asesinato y poco más. De las técnicas de Henry James ya hablamos otro día. Y de ejemplos de alucinaciones y sueños no pongo ninguno; para qué, si hay tantos. 

Así que no. Me refiero a otra técnica diferente, o si se quiere, a una variante concreta o un matiz de la técnica del narrador no fiable: que un narrador o un personaje adulto y en su sano juicio cuenta o describe o comenta lo que sea en serio y sin intentar engañar, y quienes leemos esa obra captamos que la realidad es muy otra pero sin que el narrador o el personaje sea consciente de su error.

Como mera aficionada a la lectura solo puedo citar tres casos, todos muy distintos, interesantísimos, y de primeros espadas de la Literatura; supongo que los expertos podrán citar muchísimos más. Por orden cronológico va mi lista, que no es una selección personal, sino los tres únicos casos que recuerdo.

  • “El conde de Abraños”, de Jose Maria Eça de Queiroz, escritor portugués fallecido en 1900; la novela se publicó póstumamente en 1925. El secretario de un político fallecido escribe unos apuntes biográficos de sobre la vida y obras de su jefe, desde la admiración más rendida. Los datos y las interpretaciones de datos que el biógrafo cree calumnias son a todas luces ciertos y cada detalle de comportamiento presentado como admirable revela al biografiado como un miserable mezquino, hipócrita, trepa y repugnante, tanto que ha dejado morir en la miseria a su propio padre y ha traicionado no solo a su propio partido sino también a sus amigos. La sátira política es dura, pero da mucha risa. Ah, no es descartable que el narrador NO fuera un rendido admirador de su jefe; puede tratarse de un falso ingenuo.
  • “Pálido fuego”, de Vladimir Nabokov, escritor ruso que escribió esta novela, o lo que sea, en inglés; se publicó la obra en 1962. La forma, simplificando: un poema con notas y comentarios de un “editor”. Y o bien el editor no se entera de nada del poema, puesto que los comentarios no tienen nada que ver con el texto comentado, o bien el editor aprovecha para escribir sobre lo que le interesa. En esta compleja obra de compleja interpretación nada resulta seguro; ni siquiera la locura del “editor”. Por cierto, esta obra también, puede ser humorística a ratos.
  • Y, naturalmente, “Las noches de Goliadkin” y todos los demás cuentos de H. Bustos Domecq, o sea de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en los que aparece Gervasio Montenegro, ese actor imbécil y ególatra que se cree irresistible para las mujeres, gran jugador de cartas y profundo intelectual, cuando es un botarate. Aquí el lector comprende parte de la realidad a través de la historia que cuenta Montenegro, pero no toda, pues es el detective quien, al final de cada cuento explica la realidad completa; es decir, que cada cuento presenta tres planos de “realidad”, el que Montenegro percibe y cuenta y otros dos complementarios, el que el lector ve a través de las palabras de Montenegro y el de la realidad del misterio explicada por el detective. Si no ha leído a H. Bustos Domecq, estos concretos divertidos e inteligentísimos cuentos policiales (“Seis problemas para don Isidro Parodi”, de 1942, y las demás obras del bifronte Bustos Domecq, no sabe lo que se ha perdido.

Se me ocurre un cuarto ejemplo: los “Diarios mínimos” de Umberto Eco, en dos o tres de sus apuntes o capítulos. Por ejemplo, ese ensayo breve ficticio de tipo académico en el que un concienzudo filólogo-arqueólogo del futuro intenta reconstruir la Literatura italiana con las pocas obras conservadas tras una catástrofe y, naturalmente, no da una; muy divertido, dentro de que es muuuuy pedante. Pero no se trata exactamente del mismo caso de los tres ejemplos anteriores, de ceguera voluntaria o por carácter, sino de desconocimiento por el narrador de datos básicos que sí conoce el lector.

Releyendo el post, veo que los cuatro ejemplos elegidos podrían clasificarse como “divertidos”. No ha sido deliberado, pero me parece estupendo.

    Verónica del Carpio Fiestas

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