Fouché, por Zweig: retrato del político reptiliano por antonomasia y del valor de la información

Usted puede pensar que el político por antonomasia que, como la salamandra mítica en el fuego, sobrevive a todos los cambios, por muy violenta que sea la llamarada, y  consigue perpetuarse sin merma de su poder mediante métodos no del todo éticos, queda retratado en “El príncipe“, de Maquiavelo. Es usted muy libre de pensar eso, naturalmente. Ahora bien, por mucho que “El príncipe” pueda estar inspirado en políticos reales, como Fernando el Católico o en los Borgia, o en quien sea, lo cierto es que, aparte de no ser la historia de una abyección, se trata de una abstracción, porque es ensayo, no retrato. Por mi parte, el mejor retrato de un político real, no en abstracto, en el sentido indicado de abyecta salamandra, lo he visto en la extraordinaria biografía de Joseph Fouché escrita por Stefan Zweig, publicada en 1929. En este enlace tiene el texto traducido al castellano. Son poco más de cien páginas; merece mucho la pena leerlas como biografía, como Historia y como Literatura; si no supiéramos que Fouché es un personaje real y Zweig un biógrafo serio, pensaríamos que se trata de una obra de ficción, por lo asombroso del personaje histórico biografiado y por la altura literaria, ajena a la aridez y al prosaísmo habitual de las biografías.

La verdad, no sé si decir algo sobre quiénes son Fouché y Zweig, porque habría que explicar mucho. No haber oído hablar del tenebroso y genial, genio del mal, Fouché significa haberse perdido mucho de la Revolución Francesa y de política francesa de las décadas posteriores a la Revolución, y sería largo explicarlo o incluso poner referencias. No saber quién es Zweig significa haberse perdido bastante de  Literatura, con mayúsculas, europea, y hasta de cine, porque “Carta de una desconocida” no es solo un libro de Zweig, sino también, por ejemplo, una película de Max Ophüls, basada en la novela. Quiza baste con remitir a Wikipedia. Y para quien prefiera otro enfoque, a la novela de BalzacUn asunto tenebroso“, enlace al texto aquí, donde -aunque no es precisamente una de sus mejores novelas, diría yo-, el policía inspirado en Fouché puede dar una idea de cómo quedó en el imaginario colectivo francés el siniestro y repugnante personaje real convertido en siniestro y repugnante personaje de ficción. Y, desde un tercer enfoque, “La carta robada“, de Edgar Allan Poe, una de los primeros cuentos de misterio, enlace al texto aquí; el inteligente cortesano ministro de Policía que ha robado al carta a una mujer de la familia real, y la guarda para chantaje, es personaje inspirado, evidentemente, en Fouché.

En cualquier caso, quien lea “Fouché, el genio tenebroso“, la biografía del reptiliano Fouché escrita por Zweig, puede comprender y disfrutar fácilmente el texto y entender el contexto aunque lo desconozca todo sobre política francesa desde la Revolución Francesa. Y es que en realidad de lo que trata, aparte de sobre Napoleón y Robespierre y muchos personajes históricos fascinantes, es sobre el Poder y cómo conseguir no solo sobrevivir a él, sino cómo seguir siempre mandando siempre sea cual sea el Poder, incluso el más terrible, y ser siempre temido, y siempre desde la sombra. Fouché consigue adaptarse a todos los sucesivos Poderes, desde la más feroz Revolución del Terror de guillotina cotidiana hasta la Monarquía más intransigente. Y en todos ellos conserva el Poder con unos métodos y una desfachatez que asombran, y traicionando a todos sin que las sucesivas traiciones -traiciones que significan hasta matar, la muerte fisica, no solo la traición moral- le pasaran factura y siempre siendo temido por todos. Verdaderamente hay que leerlo para creerlo; es inaudito. La amoralidad más absoluta en una persona que, por otra parte, y ello resulta aún más inquietante, era un cariñoso esposo y padre de familia.

Por intentar explicarlo con una comparación históricamente más próxima, imaginemos un político, asesino reconocido de tirios y troyanos, en la República de Weimar muy poderoso,  y que consigue sin merma de poder, haciéndose imprescindible y siempre con aumento de patrimonio personal, seguir mandando en la sombra -porque es lo que le interesa, el Poder en la sombra como verdadero Poder-, en el sucesivo régimen nazi, en el sucesivo régimen comunista y en la democracia tras la caída del régimen comunista, y así durante décadas, salvo pequeños paréntesis.

Dos son los puntos en los que sobresalía Fouché: en el lenguaje y en la información, y en el manejo de los tiempos para el manejo del lenguaje y de la información.

Verdaderamente son antológicos sus discursos y sus gestos, medidos al milímetro. Y también sus silencios. Qué capacidad de manipulación.

Y como ministro de Policía de sucesivos regímenes, quien hasta por Wikipedia es considerado fundador del espionaje moderno y de lo que hoy se llamaría Ministerio del Interior, era extraordinariamente consciente del valor de la información. La información era obtenida mediante redes de espías, que incluía, según parece, desde  hasta a la propia Josefina, esposa de Napoleón:

Magníficamente está montada esta máquina complicada, este aparato de vigilancia de todo un país. Mil noticias llegan todos los días a la casa del Quai Voltaire. Al cabo de un par de meses ha llenado el país de espías, agentes secretos y moscardones. Pero no hay que figurarse sus espías como detectives burgueses, corrientes y vulgares, que atisban el chismorreo del día, con los porteros, en las tabernas, en los burdeles y en las iglesias. Los agentes de Fouché llevan galones de oro, levita de diplomático y sutiles galones de encaje; charlan en los salones de Fauburg Saint-Germain y, por otra parte, se introducen, disfrazados de patriotas, en las sesiones secretas de los jacobinos. En la lista de sus mercenarios se encuentran marqueses y duquesas con los nombres más ilustres de Francia. Y hasta puede alardear (caso fantástico) de tener a su servicio a la mujer más preeminente del país, a Josefina Bonaparte, la futura Emperatriz. En el despacho de su señor y futuro Emperador está, vendido a Fouché, el secretario; en Hartwell ha sobornado al cocinero del rey Luis XVIII. No hay charla que no tenga referencia, no hay carta que no se abra.
En el Ejército, entre los comerciantes, entre los diputados en las tabernas y en las asambleas, a todas partes llega el oído vigilante del ministro de Policía, invisible, y todas esas noticias van diariamente a parar a su mesa de burócrata. Allí se examinan las denuncias, en parte auténticas y de trascendencia, en parte insignificantes, y se estudian y comparan hasta que surge, entre mil claves, la noticia clara.
La información lo es todo, en la guerra como en la paz, en la política como en la economía. El Poder no se funda en la Francia de 1799, en el terror, sino en la información. La información en torno de estos tristes termidoristas, para saber cuánto dinero acepta cada uno, por quién es sobornado, por cuánto se le compra. Así se le puede tener a raya, en una situación de dependencia respecto del superior; la información sobre conspiraciones, en parte para batirlas y en parte para acelerarlas, permite llevar la maniobra política del lado más favorable. El saber por adelantado las noticias del teatro de la guerra y de las negociaciones de la paz, permite operar en la Bolsa con financieros complacientes y, finalmente, hacerse un capital. Así, esta máquina de noticias en manos de Fouché produce constantemente dinero, y el dinero, a su vez, sirve de engrase para mantenerla rodando silenciosamente. De las casas de juego, de los burdeles, de las casas de banca, fluyen contribuciones discretas que ascienden a millones, que van a parar a su mano, para transformarse allí en soborno; el soborno, a su vez, trae nuevas informaciones… Así no se para ni falla jamás esta maquinaria enorme y refinada de la Policía, que un solo hombre creó de la nada en pocos meses, gracias a su inmensa energía y a su genio psicológico.
Pero lo más genial de esta maquinaria incomparable de Fouché es que solo funciona regida de su mano. En algún sitio tiene un tornillo secreto que si se saca hace detenerse súbitamente la rotación vertiginosa. Fouché lo previene todo desde el primer momento, por si algún día cayera en desgracia. Sabe que si le despiden basta una simple manipulación para paralizar enseguida la máquina por él construida. Pues no ha creado el servicio para el Estado ni para el Directorio, ni para Napoleón. Este déspota crea su óbra únicamente para su propia utilidad. No piensa dar cuenta, según es su deber, del resultado de todas las informaciones que sedimenta quimicamente en su retorta policíaca; solo comunica lo que quiere comunicar, con egoísmo, sin miramientos. ¿Para que hacer más listos a los imbéciles en el Directorio y dejarles ver sus cartas? Deja salir de su laboratorio lo que le es útil, lo que le es imprescindiblemene necesario para su propia ventaja; los dardos y los venenos eficaces los guarda cudadosamente en su arsenal particular, para sus asesinatos políticos.”

Así que esa esa información universal la utilizaba Fouché o no la utilizaba, según sus propios y exclusivos intereses personales, no los del Estado que le confería oficialmente ese Poder. Su poder procedía pues de esa información, pero no solo de ella; también de la capacidad para manejarla, o sea de difundirla como considerara oportuno, o de ocultarla, y de cómo y cuándo hacerlo. Así que se hizo imprescindible a regímenes sucesivos no solo muy distintos sino brutalmente enfrentados, no solo por cómo podía manejar la información contra los enemigos del momento sino por cómo podía manejarla contra sus propios amigos del momento, de quienes era también temido. Y así fue en sucesivos regímenes; incluso para la posterior Monarquía pese a que Fouché había votado la guillotina del anterior rey.

Desde este punto de vista resulta risible, por quedarse muy corto, el brutal sistema de policía secreta de Fernando VII, el rey bribón, sistema tan bien descrito por Pérez Galdós en la novela “La Fontana de Oro” y en varios Episodios Nacionales, y solo sería posible encontrar comparación quizá en la Stasi.

Pero tras leer la biografía de Fouché queda una profunda inquitud: la que eso no es una simple historia, agua pasada.

Es sencillamente imposible dejar de pensar en Internet.

Un político que consigue nadar entre dos aguas en tiempos de guillotina, que ejecutó nada menos que a cañonazos a opositores políticos, que participó en la orden de destruir como represalia y escarmiento una ciudad entera de su propio país, que había votado que se matara, no solo a su rey sino hasta a sus propios amigos y que había conseguido no solo sobrevivir a todo eso incluso en la posterior Monarquía, sino incluso medrar después de esas barbaridades y muchas otras, consigue todo ello, sobre todo, por el manejo de la información.

Y eso, doscientos años antes de Internet.

¿Qué no podría hacer, no ya el Estado, sino un genio del mal, o genio tenebroso, con Internet hoy?

O, por decirlo de otra forma, ¿qué estarán haciendo ahora mismo, en este mismo momento y desde hace quince años, y que harán en el futuro los genios tenebrosos con la información lícita o ilícitamente accesible por Internet, que es incomparablemente más que la que podía conseguir un Fouché a finales de siglo XVIII y en las primeros décadas del siglo XIX?

Uf.

Verónica del Carpio Fiestas

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