¿Un juicio de Dios en la Inglaterra de finales del siglo XVIII?

La escena, hacia finales del siglo XVIII en una pequeña ciudad inglesa. A Silas, joven tejedor, se le acusa en falso de un robo en horribles circunstancias: el de un dinero de su iglesia, aprovechando además el momento de la muerte del diácono. Todo es un infame complot, con pruebas falsas, de William, amigo desleal, el cual quiere forzar la expulsión de aquel de la comunidad religiosa a la que ambos pertenecen -una estricta secta protestante-, y, por tanto, de todo su entorno social, como maquiavélica vía para acabar con el compromiso matrimonial del acusado y casarse con la novia de este; así lo comprende el acusado, anonadado ante tan grave e inesperada traición, y decide callar. La comunidad religiosa recurre al sistema del juicio de Dios: echar a suertes si es culpable o inocente. ¿Puede Dios dar testimonio contra un inocente?

“-He recibido un golpe muy duro; no puedo decir nada. Dios probará mi inocencia.

Al regresar todos a la sacristía prosiguieron las deliberaciones. Recurrir a medidas legales para descubrir al culpable era contrario a los principios de Lantern Yard, según los cuales las denuncias ante los tribunales estaban prohibidas a los cristianos, incluso aunque se tratara de casos menos escandalosos que aquel. Pero los hermanos tenían la obligación de tomar otras medidas para averiguar la verdad, y optaron por la oración y por echar a suertes. Tal decisión solo podría ser motivo de sorpresa para quienes no estén familiarizados con la oscura vida religiosa que ha florecido en las callejuelas de nuestros pueblos. Silas se arrodilló con sus hermanos de religión, convencido de que su inocencia quedaría confirmada por la inmediata intervención divina, aunque sentía que lo que le esperaba, incluso entonces, serían dolor y lamentaciones, y que su confianza en los seres humanos había quedado cruelmente maltrecha. El resultado de echar suertes fue que se declaró culpable a Silas Marner. Se le excluyó solemnemente de la iglesia y se le conmina para que devolviera el dinero robado: solo si confesaba, lo que se consideraría señal de arrepentimiento, se le podría aceptar una vez más en el seno de la comunidad. Marner escuchó en silencio. Finalmente, cuando todos se levantaron para marcharse, se acercó a William Dane y dijo, con voz temblorosa por la agitación:

-La última vez que utilicé la navaja fue cuando la saqué para cortarte una correa. No recuerdo que me la volviera a meter en el bolsillo. Tú robaste el dinero y has tejido un complot para acusarme de ese pecado. Pero, de todos modos, es muy probable que prosperes, porque no existe un Dios justo que gobierne la tierra con rectitud; solo existe un Dios de mentiras, que da testimonio contra el inocente.

Aquella blasfemia provocó un estremecimiento generalizado.

William replicó con gran mansedumbre:

-Dejo a nuestros hermanos la tarea de juzgar si lo que acabamos de oír es o no la voz de Satanás. No está en mi mano hacer otra cosa que rezar por ti, Silas.

El pobre Marner salió de allí con la desesperación en el alma: destruida la confianza en Dios y en los hombres.”

Este juicio de Dios cuyo resultado es la expulsión de la comunidad y una vida destrozada está ambientado, no en la Edad Media, sino a finales del siglo XVIII, y puede encontrarse en el capítulo I de la novela “Silas Marner” de la insigne escritora británica del siglo XIX Mary Ann Evans, conocida bajo el seudónimo  (masculino) de George Eliot, la misma autora de la maravillosa “Middlemarch”. Una autora que en modo alguno puede considerarse como escritora fantasiosa, sino más bien, por decir algo ligeramente  descriptivo, como realista. ¿O sea, que una escritora británica del siglo XIX consideraba posible y verosímil que en la misma época de la Revolución Francesa, y tras años de Ilustración, en Inglaterra aún se funcionara, siquiera en comunidades religiosas muy minoritarias, pero con miembros no analfabetos, con el mecanismo mental y social, aunque ya no jurídico, del juicio de Dios? Pues eso parece, nada menos.

Verónica del Carpio Fiestas

 

 

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