Levas

Desde el final de la guerra con las colonias norteamericanas, la armada no había tenido excesivas necesidades de tripulantes; y los fondos que el gobierno destinaba a ese propósito disminuían con cada año de paz. En 1793 esos fondos llegaron a su mínimo en muchos años. En 1793, los sucesos ocurridos en Francia habían puesto a Europa en pie de guerra, y los ingleses vivían un frenético sentimiento antifrancés, que la Corona y sus ministros procuraban, por todos los medios, convertir en algo más eficaz que palabras. Teníamos barcos, pero ¿dónde estaban nuestros hombres? El Almirantazgo, no obstante, tenía un fácil remedio a su disposición, cuyo uso contaba con abundante precedentes y una ley consuetudinaria (si no escrita) que sancionaba su aplicación. Publicaban ‘órdenes de reclutamiento’ en las que apelaban a los poderes civiles de todo el país para que apoyaran a sus oficiales en el cumplimiento de su deber. La costa se dividía en distritos, cada uno bajo la responsabilidad de un capitán de navío, que, a su vez delegaba subdistritos a sus tenientes; y de este modo se vigilaba y aguardaba la llegada de todos los barcos que regresaban a casa, y todos los puertos estaban sometidos a inspección; y en un día, si hacía falta, una enorme cantidas de hombres pasaba a formar parte de las fuerzas navales de Su Majestad. Pero si el Almirantazgo apremiaba en sus exigencias, también estaban dispuestos a dejar de lado todo escrúpulo. Los hombres de tierra, si el físico les acompaña, no tardan en convertirse en buenos marineros con el adiestramiento adecuado; y una vez en la bodega de la gabarra, que siempre aguardaba el éxito de las operaciones de la patrulla de leva, a esos prisioneros les resultaba difícil demostrar cuál había sido su ocupación anterior, sobre todo cuando nadie tenía tiempo para escuchar sus razones, ni estaba dispuesto a creerlas si las escuchaba, ni haría nada para librerar al cautivo en caso de que las escuchara y las creyera. Los hombres eran secuestrados, literalmente desaparecían, y jamás volvía a saberse de ellos. Las calles de una concurrida ciudad no estaban a salvo de la actuación de esas patrullas, como podría haber relatado Lord Thurlow, después de un paseo que dio en esas fechas por Tower Hill, cuando él, el fiscal general de Inglaterra, sufrió en sus propias carnes la peculiar manera que tenía el Almirantazgo de librarse de todas esas fastidiosas personas que hacían ruegos y peticiones. Tampoco los habitantes de tierra adentro vivían más seguros; muchos habitantes de los pueblos se iban a la contrata de peones y jamás volvían a casa a contar cómo les había ido; muchos campesinos robustos y jóvenes desaparecían del hogar paterno, y ni madre ni enamorada volvían a saber de ellos; tan grande era la necesidad de hombres que sirvieran en la armada durante los primeros años de la guerra con Francia, y después de cada gran victoria naval en esa guerra.

Los funcionarios del Almirantazgo iban a acecho de buques mercantes; hay muchos ejemplos de navíos que volvían a casa tras una larga ausencia, con una rica carga, y que fueron abordados a un día de distancia de tierra, y se llevaron a tantos hombres que el barco, con su cargamento, quedó ingobernable a causa de la pérdida de la tripulación, y fue a la deriva por el ancho y bravío océano, o quedó al mando incompetente de dos marineros enfermos e ignorantes; otras veces dichas naves simplemente desaparecían para siempre. Los hombres así reclutados eran arrancados de la proximidad de sus parientes o esposas, y a menudo privados de las arduas ganancias de años, que quedaban en poder de los capitanes de los buques mercantes en los que habían servido, al azar de la honestidad o la deshonestidad, la vida o la muerte. Ahora bien, toda esta tiranía (pues no puedo usar otra palabra) nos resulta inconcebible; no podemos imaginar cómo es posible que una nación se sometiera a ella durante tanto tiempo, ni siquiera bajo el entusiasmo bélico, o el pánico de una invasión, o cualquier leal sumisión a los poderes regentes. Cuando leemos que los militares solicitaban ayuda a los poderes civiles para que respaldaran a las patrullas de leva, que había pelotones de soldados vigilando las calles, y centinelas con bayonetas caladas en todas las puertas mientras las patrullas de leva entraban y registraban todos los agujeros y rincones de una casa; cuando nos cuentan que las tropas rodeaban las iglesias durante el servicio, mientras las patrullas se quedaban en la puerta para apresar a los hombres que salían del tempo, y los tomamos como ejemplos de lo que ocurría constantemente bajo distintas formas, no hemos de extrañarnos de que los alcaldes, y otras autoridades cívicas de las grandes ciudades, se quejaran de que había que poner fin a todo ello a causa del peligro que corrían los comerciantes y sus criados cada vez que se adentraban en las calles, infestadas de patrullas de leva.

Este texto es de la escritora británica Elizabeth Gaskell, una de las grandes novelistas británicas del siglo XIX, realista, y pertenece a la novela “Los amores de Sylvia”, publicada en 1863. Siendo una novelista realista, es de suponer que la descripción de la leva será fidedigna.

A la vista de este texto, me pregunto sobre la batalla de Trafalgar en 1805.

Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber“,  la frase mítica de Lord Nelson, ¿se dirigió quizá a hombres secuestrados de sus casas, a marineros que lo eran a la fuerza y arrancados de sus pueblos a las puertas de las iglesias al salir del servicio religioso y que se habían visto forzados a dejar a su familia en la miseria a su pesar, con lo que los propios ingleses consideraban una tiranía inaceptable? Y, si es así, que sería interesante saberlo, ¿esos hombres aun así cumplían con su deber, incluso con heroísmo, y ganaban batallas?

¿Y es posible releer “Trafalgar“, de Benito Pérez Galdós, con los mismos ojos tras leer este texto? Pues releamos, porque ahí también hay levas:

– Glorioso, sí- contestó Malespina Pero ¿quién asegura que sea afortunado? Los marinos se forjan ilusiones, y, quizá por estar demasiado cerca, no conocen la inferioridad de nuestro armamento frente al de los ingleses. Éstos, además de una soberbia artillería, tienen todo lo necesario para reponer prontamente sus averías. No digamos nada en cuanto al personal: el de nuestros enemigos es inmejorable, compuesto todo de viejos y muy expertos marinos, mientras que muchos de los navíos españoles están tripulados en gran parte por gente de leva, siempre holgazana y que apenas sabe el oficio; el Cuerpo de infantería tampoco es un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de tierra, muy valerosa, sin duda, pero que se marea.

Vaya.

Verónica del Carpio Fiestas

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