La realidad y la aventura del hombre que reptaba: de Sherlock Holmes a las cebras sin úlcera

«¿Por qué las cebras no tienen úlcera? La guía del estrés», ensayo del prestigioso científico estadounidense Robert Sapolsky, nacido en 1957 (Alianza Editorial, 1995 (publicado en EEUU en 1994), págs, 47-49.

«¿Qué relación guarda el cerebro con todas esas glándulas que segregan hormonas? Se solía creer que ninguna, pues se suponía que todas las glándulas periféricas del organismo -el páncreas, las glándulas suprarrenales, los ovarios, los testículos, etc.,- «sabían» de forma misteriosa lo que debína hacer, tenían «mentes propias». «Decidían» cuándo segregar sus mensajetros sin recibir instrucciones de ningún otro órgano. Este concepto erróneo dio origen a una moda bastante estúpida en las primeras décadas de este siglo [siglo XX]. Los científicos observaron que el impulso sexual masculino disminuía con la edad y asumieron que se debía a que los testículos segregaban menos testosterona -una hormona sexual- al envejecer. (En realidad los niveles de testosterona no se reducen con la edad, sólo hay un declive moderado y muy variable en la población de hombres ancianos; e incluso una disminución de testosterona de un 5% con respecto al nivel normal no influye mucho en la conducta sexual.) Dando un paso más, los científicos equipararon el envejecimiento con la disminución del impulso sexual, con menos testosterona. (Debían haberse preguntado cómo se las arreglaban las mujeres, que no tienen testículos, para envejecer, pero en aquellos tiempos la mitad femenina de la población no contaba.) ¿Cómo se podía invertir el proceso de envejecimiento? Dando a lso hombres mayor testosterona. De ese modo se instauró la moda de que los caballeros con medios suficientes fueran a impecables clínicas suizas donde , diariamente, les inyectaban en el trasero extractos testiculares de perros, gallos o monos. En los años 20 lo hicieron magnates industriales, jefes de estado y líderes religiososo famosos, y todos confirmaron sus maravillosos resusltados. No porque la ciencia fuera exacta, sino porque cuando se paga una fortuna por unas dolorosas inyecciones diarias de extracto de tescículos de perro, se está suficientemente motivado como para decidir que uno se siente como un toro; no es más que un enorme efecto placebo.

Cuando los científicos se dieron cuenta de que los extractos no servían para nada, se instuauró otra moda, a saber, el trasplante de trozos de testículos de animales, lo cual también era una estupidez, pues si, al envejecer, los testículos segregan menos testosterona, no es porque fallen, sino porque otro órgano (¡atención!) deja de decirles que lo hagan. Unos nuevos y flamentes testículos también fallarán por falta de señales de estimulación. No obstante, teniendo en cuenta lo que es el efecto placebo, la técnica del trasplante también fue increíblemente popular durante un cierto tiempo.»

«El hombre que reptaba», cuento del escritor británico Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), protagonizado por su célebre detective Sherlock Holmes. Recuérdese que, además de escritor, Conan Doyle fue médico; ah, y por si hubiera falta recordarlo, Sherlock Holmes es un personaje ficticio. Lo digo porque por lo visto hacía falta recordárselo a ese 25% de los británicos, que, según una encuesta creían en 2008 que Churchill es un personaje de ficción y que Sherlock Holmes sí existió. Aunque, claro, con datos como los que contiene «El hombre que reptaba» [texto completo en castellano aquí], poniéndolo en relación con el ensayo de las cebras sin úlcera, quizá cualquiera se confundiría, ¿no?

«La puerta del vestíbulo se abrió lentamente y contra el fondo luminoso vimos la alta figura del profesor Presbury. Estaba vestido con su bata de noche. Mientras permanecía delineado en la entrada estaba erecto pero inclinándose hacia delante con los brazos colgados, como cuando lo vimos la última vez. Ahora se adelantó en el camino, y con un extraordinario cambio vino sobre nosotros. Se hundió en una posición agazapada y se movió a lo largo con sus manos y pies, saltando de vez en cuando como si estuviera desbordado de energía y vitalidad. Se movió a lo largo de la cara de la casa y luego giró en la esquina. Cuando desapareció Bennett se deslizó a través de la puerta del vestíbulo y lentamente lo siguió. —¡Venga, Watson, venga! —exclamó Holmes, y nos deslizamos a hurtadillas tan suavemente como podíamos a través de los arbustos hasta que obtuvimos una ubicación desde donde podíamos ver el otro lado de la casa, la cual estaba bañada bajo la luz de la media luna. El profesor estaba claramente visible arrastrándose con el pie en la pared cubierta de hiedra. Mientras lo observábamos repentinamente comenzó con increíble agilidad a ascender. Desde rama en rama saltó, seguro de pie y firme de dominio, trepando aparentemente en un mero divertimento de sus propios poderes, con ningún objetivo definido en vista. Con su bata de noche agitándose de cada lado, observó algo como un gigante ladrillo terciado pegado contra un lado de su propia casa, un gran cuadrado oscuro ajustado sobre la pared iluminada por la luna. En breve se cansó de este pasatiempo, y, dejándose caer de rama en rama, se agazapó dentro de la vieja postura y se movió de frente hacia los establos, arrastrándose a lo largo en la misma extraña forma que antes. El perro lobo estaba afuera en ese instante, ladrando furiosamente, y más excitado que nunca cuando en realidad capta al vuelo a su dueño. Estaba haciendo un gran esfuerzo con sus cadenas y vibrando con ansias y rabia. El profesor se agazapó muy deliberadamente fuera del alcance del sabueso y empezó a provocarlo de todas las formas posibles. Tomó un puñado de guijarros del camino y se los arrojó en la cara del can, lo pico con una varilla que había levantado, golpeó con sus manos aproximadamente a sólo unas pulgadas de la boca abierta, y empeñándose de todas formas en incrementar la furia del animal, la cual ya estaba fuera de todo control. En todas nuestras aventuras no conozco que hubiera visto un espectáculo más extraño que esta apática y aún dignificada figura arrastrándose como un sapo sobre la tierra e incitando a una salvaje exhibición de pasión del sabueso enloquecido, el cual se alborotaba y se enfurecía en frente de él, por todas clases de ingeniosa y calculada crueldad. ¡Y entonces en un instante sucedió! No era la cadena que se rompió, sino todo el collar se deslizó, porque había sido realizado para un Terranova de cuello ancho. Oímos el ruido de metal cayéndose, y el siguiente instante el can y el hombre estaban revolcándose juntos en la tierra, uno rugiendo de furia, el otro gritando en un extraño chillido falsete de terror. Era un hecho limitante para la vida del profesor. La salvaje criatura lo sostenía medianamente por la garganta, sus colmillos estaban hincados profundamente, y él ya estaba sin sentido antes de que pudiéramos alcanzarlos y jalarlos aparte a los dos. Pudo haber sido una peligrosa tarea para nosotros, pero la voz de Benett y su presencia trajo al gran perro lobo instantáneamente a la razón. El alboroto había traído al adormecido y asombrado cochero de su habitación encima de los establos. —No estoy sorprendido —dijo, sacudiendo su cabeza—. Lo he visto antes. Sabía que el can lo atraparía tarde o temprano. El sabueso estaba asegurado, y juntos llevamos al profesor a su habitación, donde Bennett, quien tenía un título médico, me ayudo a arropar su desgarrada garganta. Los afilados dientes habían pasado peligrosamente cerca de la arteria carótida, y la hemorragia era seria. En media hora el peligro había pasado, le había dado al paciente una inyección de morfina, y se habíasumergido en un profundo sueño. Entonces, y solamente entonces, estuvimos calificados de mirarnos uno al otro y tomar noción de la situación. —Pienso que un cirujano de primera clase debería verlo —dije. —¡Por amor de Dios, no! —exclamó Benett—. Actualmente el escándalo está confinado a nuestro propio grupo familiar. Está seguro con nosotros. Si va más allá de estas paredes nunca se detendrá. Considere su posición en la universidad, su reputación europea, los sentimientos de su hija. —Exactamente —dijo Holmes—, pienso que sería posible mantener el asunto, y también prevenir su recurrencia ahora que tenemos una mano libre. La llave de la malla del reloj, Sr. Bennett. Macphail custodiará al paciente y nos avisará si hay algún cambio. Veamos que podemos encontrar en la misteriosa caja del profesor. No había mucho, pero había suficiente… un frasco vacío, otro cercanamente lleno, una jeringa hipodérmica, varias cartas de una mano extranjera y malhumorada. Las marcas en los sobres mostraron que eran aquellas que habían estorbado la rutina del secretario, y cada una estaba fechada desde la ruta comercial y firmada ‘A. Dorak’. Había meras cuentas que decían que nuevas botellas están siendo enviadas al profesor Presbury, o acuse de recibo de dinero. Había otro sobre, sin embargo, en una mano más educada y portando la estampilla austríaca con el sello postal de Praga. —¡Aquí está nuestro objetivo! —exclamó Holmes cuando sacó el documento adjunto.

HONORABLE COLEGA (decía): Dada su estimada visita he pensado mucho de su caso, y aunque sus circunstancias son muy especiales razón por el trato, no sería nada menos ordenar precaución, como mis resultados han mostrado que no son sin peligro de algún tipo. Es posible que el suero de antropoide haya sido mejor. He usado, como le expliqué, un langur negro porque el espécimen fue accesible. El langur es, por supuesto, un gateador y trepador, mientras que los antropoides caminan erectos y es allegado en todas formas. Le ruego que tome todas las precauciones posibles ya que no hay revelaciones prematuras del proceso. Tengo otro cliente en Inglaterra, y Dorak es mi agente para ambos. Pedidos semanales serán complacidos. Suyo con la más alta estima, H. LOWENSTEIN

¡Lowenstein! El nombre me trajo a la memoria algún recorte de periódico que hablaba de un oscuro científico que estaba esforzándose de una desconocida manera por el secreto del rejuvenecimiento y el elixir de la vida. ¡Lowenstein de Praga! Lowenstein con el admirable suero que da vitalidad, prohibido por la profesión porque rehusaba revelar su fuente. En pocas palabras dije lo que recordaba. Bennett tomó un manual de zoología de los estantes. —’Langur’ —leyó— el gran mono negro de las pendientes del Himalaya, el más grande y más humano de los monos trepadores. Muchos detalles son añadidos. Bien, gracias a usted, Sr. Holmes, es muy claro que hemos rastreado la maldad hasta su fuente. —La verdadera fuente —dijo Holmes— yace, por supuesto, en que la aventura amorosa a destiempo le dio al impetuoso profesor la idea de que solamente podría conseguir su deseo volviéndose un hombre joven. Cuando uno trata de elevarse sobre la naturaleza se predispone a caer bajo ella.»

Verónica del Carpio Fiestas

«Cincuenta caracteres», de Elias Canetti

El lamenombres, el caldealágrimas, la finorola, el calosaurio, la depurasílabas, la hiposcótina, la ovillapenas, la primaluna, el testigo oidor, la arqueócrata, el magalólogo, y así hasta cincuenta caracteres descritos por el escritor (¿cómo describirlo? ¿centroeuropeo, de origen sefardí, de nacionalidad británica?) en lengua alemana Elias Canetti (Bulgaria 1905-Suiza 1994, Premio Nobel de Literatura en 1981) en su libro «Cincuenta caracteres» (ed. Guadarrama, Punto Omega, 1981, traducción Juan José del Solar; título original «Der Ohrenzeuge: Fünfzig Charaktere», 1974). La traducción del alemán de esos extraños nombres «palabras compuestas y en gran parte inventadas», fue ardua, dice el traductor, y el resultado es desconcertante, agudo, poético, brillante y preciso, además de divertido y de inducir a la reflexión y al autoanálisis; y con hallazgos maravillosos, como eso de las ciudades «legibles o ilegibles». Y los caracteres son de muchos tipos; descritos de forma extremadamente sarcástica o puramente descriptiva, y todo a la vez, depende de cómo se mire. ¿Es «literatura», es un ensayo o qué es? No lo sé.

Veamos un par de caracteres:

«El Cazaperfidias escrudriña los rincones y no se deja engañar. Sabe qué hay oculto tras las máscaras inofensivas, adivina al instante lo que alguien quiere de él y, antes que la máscara caiga por sí sola, la arranca con gesto rápido y decidido. […]

Tiene un talento especial para los sistemas. Según él, todo en el mundo obedece a un sistema, nada es casual, cada infamia está ligada a los demás. En el fondo es siempre el mismo sinvergüenza que recurre a infinidad de disfraces para guardar las apriencias. Con su aguda perceptividad, el Cazaperfidias interviene, desenreda todo un lío y lo extrae del montón, lo mantiene en alto y compadece en secreto al creador, que, si bien tuvo mucha habilidad, careció d ela suficiente para engañarlo.»

Al cazaperfidias de 1974, ¿no se le llamaría hoy quizá «el conspiranoico»?

Y vayamos con «el Bibliófago»:

«El Bibliófago lee todos los libros sin distinción, siempre que sean difíciles. Los que se comentan no le dejan satisfecho, han de ser raros y olvidados, difíciles de encontrar. A vaces pasa un año buscando un libro porque nadie lo conoce. Cuando al final lo encuentra, lo lee, lo entiende, lo memoriza y puede citarlo siempre. A los 17 años tenía ya el mismo aspecto que ahora, a los 47. Cuando más lee, menos se transforma. Todo intento de sorprenderlo con un nombre fracasa, es igualmente versado en cualquier campo. Como siempre hay cosas que desconoce, no se aburre nunca. Procura, eso sí, no citar algo que desconozca, no vaya a ser que otro se le adelante en la lectura.

El Bibliófago es como un arcón que nuca se abre para que no se pierda nada. Teme hablar de sus siete doctorados y solo cita tres; muy fácil le resultaría sacar cada año uno nuevo. Es amable y le gusta hablar, y para poder hablar también cede a otros la palabra. Cuando dice «no lo sé», cabe esperar una conferencia detallada y erudita. Es rápido, porque siempre busca gente nueva que lo escuche. No olvida a nadie que lo haya escuchado, el mundo se compone, para él, de libros y de oyentes. Sabe apreciar debidamente el silencio ajeno, él mismo solo calla unos instantes antes de iniciar un discurso. En realidad, nadie quiere aprender nada de él, puesto que sabe mucho más. Propaga incertidumbres no tanto porque sea incapaz de repetirse, sino porque nunca se repite ante el mismo oyente. Sería entretenido si no cambiara de tema. Es justo con sus conocimientos, todo cuenta, cuánto no daríamos por descubrir algo que le importe más que el resto. Pide excusas por el tiempo que, como la gente normal, dedica al sueño.

Con gran expectación y deseando pillarle al fin una mentira, vuelve uno a verle después de varios años. Inútil esperanza; aunque aborde temas totalmente distintos, sigue siendo él mismo hasta la última sílaba […]. Nunca ha ido a una ciudad sin antes leer todo sobre ella. Las ciudades se adaptan a sus conocimientos, corroboran lo que ha leído, no parece haber ciudades ilegibles.[…]

¿Quizá hoy «el Bibliófago» tendría un blog pseudocultureta con un nombre raro y pretencioso, en el que, de vez en cuando, se reiría de sí mismo? Hmm.

Verónica del Carpio Fiestas

Freud, fundador de una religión en la cárcel del tiempo, según María Zambrano

«El freudismo, testimonio del hombre actual

Cada época tiene sus males y sus glorias. En algunas, especialmente complicadas, sucede que los males y las glorias, los esplendores y las miserias, vayan mezclados. Cada época es como un acto en el drama de la historia humana, que sólo alcanzará la plenitud de su sentido dentro del drama acabado. Sólo desde el final de los tiempos podríamos ver claramente el sentido de cada época y aun de cada vida individual. Pero como no hemos llegado a él, sucede que nos vemos forzados al ser al mismo tiempo juez y parte. Vivimos dentro de una época, prisioneros en ella.

Mas, todo lo que aprisiona, fuerza a la libertad. La vida humana está aprisionada en el tiempo. Y precisamente de este sentimiento del tiempo como cárcel, ha nacido en todas las épocas el afán de librarse de él. Lo más noble del hombre es, sin duda, la no resignación ante las cadenas de todas clases de que está rodeado.

En estas épocas de mezcla se hace más necesario y urgente el examinar sus tesoros llenos de confusión, sus abigarradas riquezas corroídas por la miseria.

Uno de estos bienes y males de nuestro momento es todavía la doctrina llamada «freudismo». La rapidez de su extensión, la profundidad de su alcance, la amplitud de sus consecuencias, la mezcla de sus caracteres positivos y negativos, hacen que tenga actualidad, que la siga teniendo después de la multitud de volúmenes que le han sido consagrado, en que se analiza la teoría, el cuerpo de doctrina de Freud, mas no la importancia del freudismo como signo de nuestros tiempos; no su carácter de se una de las religiones de nuestra época. [Nota al pie de la autora María Zambrano. «Este aspecto del freudismo como Religión está con insuperable claridad señalado pro mi compatriota José Ferrater Mora, en un excelente ensayo: Nota sobre Sigmund Freud, Habana, La Escuela Activa, Núm. 1, septiembre, 1939″].

Suele caracterizarse a nuestra época como irreligiosa. Más acertado sería descubrir las religiones qu ela pueblan clandestinamente. Clandestinamente, porque tiene por carácter estas solapadas religiones que sus fieles no las aceptan como tales; sus creyentes no quieren del todo creer en ellas y las sirven, a pesar suyo, sin voluntad, sin conciencia, sin responsabilidad. Pasamos por un momento de Dioses extraños, que en vez de mostrar su rostro como han hecho o permitido siempre los Dioses, lo ocultan y lo desfiguran. Obscuras religiones y dioses, que no osan mostrarse, que necesitan toda la debilidad de la conciencia actual para vivir. Dioses a los que el hombre despierdo se avergüenza de servir. De ahí que la mayor parte de las energías de los hombres se vayan en simular, en preparar los argumentos encubridores de la falsedad en que viven. Pues viven en mentira, no solamente por adorar falsos dioses, sino por no tener valor suficiente para confesarlo.

Uno de estos cultos o religiones es el freudismo, sin duda

Fragmento del ensayo «El freudismo, testimonio del hombre actual», incluido dentro del libro «»Hacia un saber sobre el alma», Alianza Tres, 1987; es reeedición de un recopilatorio de ensayos publicados entre 1933 y 1944, y no especifica la fecha de publicación de ese concreto ensayo. La filósofa española María Zambrano (1904-1991) escribió este, pues, en algún momento entre la Segunda República y la primera parte del largo y duro exilio que hubo de sufrir desde 1939, como tantos; en 1940, según un autor.

Por la selección y transcripción,

Verónica del Carpio Fiestas

¿Pero por qué estamos en este año? Nueva datación desde 1384

«Como el Rey Don Juan mandó tirar la Era de Cesar, é poner el año de Nascimiento de Nuestro Señor Jesu-Cristo. El Rey Don Juan, estando en estas Cortes, ordenó é mandó que en las escripturas de aqui adelante se ficiesen se pusiese el año del Nascimiento de Nuestro Señor Jesu-Christo, que comenzó este año dende la Navidad en adelante, é fué año del Señor de mil é trecientos é ochenta é tres; é no se pusiese la Era de Cesar, que fasta entonce se usara en Castilla é en Leon. E fué muy bien fecho, é plogo á todos dello.» Crónicas de los reyes de Castilla, desde Don Alfonso el Sabio hasta los católicos Don Fernando y Doña Isabel / colección ordenada por Cayetano Rosell. Tomo II, Biblioteca de Autores Españoles, Tomo LXVIII, Rivadeneyra, 1877, p. 83. digitalizado en Biblioteca Digital de Castilla y León.

«El rey de Castilla declara abolida la costumbre de datar los documentos reales siguiendo el cómputo de la Era Española. Desde la Navidad de 1384 se utilizarán sólo las fechas correspondientes a la Era Cristiana.

La misericordia del Padre eterno e inmortal, queriendo reparar el daño provocado por la desobediencia del primer hombre, por la cual el género humano había caído y estaba sujeto al poder del diablo, con piadosa y justa providencia envió del trono de su majestad a la tierra a su glorioso Hijo Nuestro Señor Jesucristo en forma humana dentro del muy santo y bendito cuerpo de Santa María la Virgen; y tal Encarnación y maravillosa Natividad fue el comienzo de nuestra redención y salvación, según la verdad revelada en la Sagrada Escritura y en la doctrina de la Santa Madre Iglesia que mantiene y sostiene la fe católica. Por lo tanto, me parece justo que tanto yo como todos los demás verdaderos y fieles Príncipes de la Fe Católica, de la Religión y la Unidad, tanto más recordemos y conmemoremos aquella santa Natividad por cuanto hemos recibido por ella la mayor gracia y beneficio, no siguiendo la antigua costumbre, pues en los escritos originales de los reyes de los que desciendo se toma como referencia a los hombres gentiles. Y es deseo de mi autoridad real abolir y cambiar esta costumbre, en cuanto no existe nada superior en la tierra, excepto en lo espiritual, a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Jesucristo, en cuyo loor y gracia establezco, apruebo y ordeno por esta ley mía que desde el próximo día de Navidad, que comenzará el veinticinco de diciembre del año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1384 y de ahí en adelante para siempre, todas las cartas, documentos de recaudaciones, testamentos, declaraciones y cualquier otro escrito del tipo que sea que se redacten en mi reino, tanto por los naturales de aquí como por cualquier otro, lleven indicación del año y la fecha tomando como referencia el año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo desde el año 1384, y que ello aparezca en los documentos de la siguiente manera: hecha o escrita en el año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1384. Y después de acabado este año, se proceda a fechar los escritos desde ahí en adelanmte tomando como referencia al año de nacimiento del Señor, aumentando de año en año según establece la santa Iglesia. Y ordeno que los escritos que se hagan a partir de la próxima navidad y no indiquen la fecha con referencia al año del nacimiento del Señorno tengan valor ni sirvan para dar fe de la fecha, igual que si no figurara en ella ninguna referencia temporal. Sin embargo, tengo a bien que las cartas y escritos anteriores a esete año del nacimiento del Señor de 1384 en que se haga referencia a la era de césar o a la era de la creación del mundo o a otras eras o tiempos con que era costumbre datar los escritos hasta ese momento, todas las que se presentaron o se presenten dede ahí en adelante tanto en el terreno legal como no legal servían antes de establecer como nueva referencia el año 1384 del nacimiento del Señor. Yo Bartolomé Tallante, escribano del Rey y notario público de su Corte y en todos sus reinos, fui quien escribí, copié y di forma a este documento a partir del cuaderno donde está escrita esta ley, y la entregué a Martín Ibáñez Navarro del reino de León, que fue a quien se encomendó hacer llegar las copias de dicha ley a las ciudades, pueblos y lugares de nuestro Rey y Señor. Y como prueba de su autenticidad estampé en este lugar mi firma habitual.» (Documento incluido en el libro de Fernando Díaz-Plaja «Historia de España en sus documentos. Siglo XIV», Ed. Cátedra, 1992. p.218).

Estos deliciosos textos plantean a quien, como yo, sea absolutamente lega en datación histórica, todo tipo de dudas: ¿O sea que no siempre se dató en España conforme al mismo calendario? ¿Qué otros calendarios se usaban? ¿Y qué sucedía en el resto de los reinos cristianos de lo que hoy es territorio español? ¿Se cumplió esta ley o pasó como tantas, que quedó en papel mojado? Una somera búsqueda por internet ofrece respuestas, por ejemplo aquí, o hasta en Wikipedia.

Y ya, con planteamiento de jurista, otras dudas más: ¿De verdad se pasó a considerar como sin fechar aquel documento posterior en el que no se cumpliera la norma del nuevo calendario? ¿Y con qué consecuencias procesales? ¿Dio lugar a pleitos?

Y más con planteamiento de jurista: hay que ver qué bonita disposición transitoria contiene este texto.

Y , last but not least acabando con el planteamiento de jurista, me surge una inesperada y grave perplejidad jurídica de fondo, con múltiples preguntas a las que no tengo respuesta: ¿Pero en qué norma del ordenamiento jurídico español vigente se incluye cómo ha de ser el sistema de calendario que rige en España? ¿Es que eso tiene que venir en una norma? ¿Por qué el año 1877 en que se publicó el libro de al Biblioteca de Autores Españoles se consideraba oficialmente el año 1877? ¿Que el año 1992, en que se publicó el libro de Díaz-Plaja, era oficialmente el año 1992? ¿Por qué estamos oficialmente en el año 2021?

Verónica del Carpio Fiestas

«La plaza del Diamante» de Mercè Rodoreda y el arca de novia

«Y salimos al salón. En seguida vi un baúl dorado de arriba abajo, dorado y azul, con escudos de colores todo alrededor de la parte baja y, en la tapa que estaba levantada, una Santa Eulalia ladeada, con un lirio de San Antonio en la mano y un dragón cerca, con la cola enroscada en una montaña sin árboles y la boca abierta de par en par, con tres lenguas de fuego como tres llamaradas. Un baúl de novia, dijo la señora, gótico«.

Se trata de un fragmento de «La plaza del Diamante«, novela de la escritora catalana Mercè Rodoreda (Barcelona 1908-Girona 1983), escrita en catalán («La plaça del Diamant«, 1962). La edición que manejo es de de la edición de Edhasa, 2007, traductor Enrique Sordo.

De «La plaza del Diamante» se suele resaltar que se trata del retrato de una vida cotidiana de mujer en preguerra, guerra y posguerra en Barcelona; de una mujer de clase muy modesta, Natalia, «Colometa» por sobrenombre puesto, o impuesto, por un marido egoísta y aparentemente cariñoso empeñado en tener un palomar que es ella la que ha de cuidar mientras él regala alegremente las palomas que tanto esfuerzo cuesta cuidar; una mujer que trabaja limpiando casa ajenas y vive una vida dura, hasta el punto de, en su desesperación, planear el asesinato de sus muy queridos hijos ya huerfanos de padre muerto en la guerra, y suicidarse, nada menos que por ingestión de aguafuerte con un embudo, para evitarles las penalidades y el horror del hambre en la posguerra; una mujer que, en realidad, nunca ha tenido la oportunidad de vivir una vida propia. Podría transcribir varias durísimas escenas, como esa, la más dura del libro, de cuando, en la más absoluta miseria de la posguerra de la Guerra Civil, sin poder dar a su hijo y su hija algo de comer y sin esperanza de mejorar, decide matar a sus hijos y sucidarse y no tiene ni siquiera dinero para comprar el aguafuerte. Podría también escoger frase como «la historia valía más leerla en los libros que escribirla a cañonazos«.

O podría ser optimista. Podría, por ejemplo, aprovechar para aprender sobre Arte.

¿Cómo sería ese baúl de novia, «un baúl dorado de arriba abajo, dorado y azul, con escudos de colores todo alrededor de la parte baja y, en la tapa que estaba levantada, una Santa Eulalia ladeada, con un lirio de San Antonio en la mano y un dragón cerca, con la cola enroscada en una montaña sin árboles y la boca abierta de par en par, con tres lenguas de fuego como tres llamaradas«, el de la casa de gente pudiente (y moralmente miserable) donde trabaja como asistenta Natalia «Columeta»? Pues a lo mejor hay forma de saberlo.

Transcribo en parte una interesante entrada del blog del Museu Nacional d’Art de Catalunya, post de 15 de octubre de 2020 por Daniel Vilarrúbias, titulado «Un arca nupcial de lujo del siglo XVI en el Museu Nacional«:

«El arca -en Catalunya se usaba siempre el término caixa (caja)- fue quizás el mueble contenedor por excelencia en la Catalunya de la Edad Moderna, ya que la tipología aparece a mediados del siglo XV en coexistencia con los cofres con herrajes o de aspecto más pesado y desaparece a mediados siglo XVIII, cuando se generaliza el armario y hace irrupción un mueble de tocador como la cómoda, más apto para guardar el ropaje.

De las cajas se puede reseguir la evolución formal y decorativa a lo largo de todo el periodo que hemos comentado anteriormente, y, como ha apuntado la experta Eva Pascual, quizás es uno de los pocos ámbitos donde esto ocurre con tanta continuidad y dentro de un lapso temporal tan extenso. Tanto los inventarios post-mortem de los bienes existentes en un domicilio como algunos interiores plasmados en pinturas revelan que las casas tenían cofres y muebles contenedores en una proporción muy superior a mesas y otros tipos de mobiliario, desde al menos finales de siglo XV.

Cabe destacar que hubo dos tipos principales de cajas, las de dos paneles separados por montantes moldurados –medio cofre-, y las de tres paneles o cofre mayor; creemos que las dimensiones del interior para estas últimas rondaban la cana, medida que en Barcelona equivalía a 156 cm.

El arca nupcial con la Anunciación del Museu Nacional

En la exposición permanente del Museu Nacional encontramos un espléndido ejemplo de caja nupcial de nogal -quizás de álamo-. Como medio cofre presenta un frontal de dos paneles separados entre ellos por el montante o monje decorado con taladrados o tracería calada, y toda la caja se encuentra elevada por una alta socolada moldurada y calada de gran potencia y aparatosidad, que le hace alcanzar una longitud máxima de 140 cm. […] «.

Y aquí enlace a la foto que figura en este post, del arca de Museu Nacional d’Art de Catalunya. No es igual a ese «baúl dorado de arriba abajo, dorado y azul, con escudos de colores todo alrededor de la parte baja y, en la tapa que estaba levantada, una Santa Eulalia ladeada, con un lirio de San Antonio en la mano y un dragón cerca, con la cola enroscada en una montaña sin árboles y la boca abierta de par en par, con tres lenguas de fuego como tres llamaradas«, pero nos hacemos una idea, ¿no?

Arca nupcial con la Anunciación del Museu Nacional d’ Art de Catalunya

Verónica del Carpio Fiestas