Dos carpe diem: coged de vuestra primavera el dulce fruto porque how far can you travel when you´re six feet underground

Desde el carpe diem original de Horacio, ya sabe, ese de la Oda que puede encontrar, por ejemplo, aquí, han sido muchos los carpe diem. Y voy a incluir dos ejemplos con varios siglos de diferencia y de contextos culturales y enfoque bien diversos:

  • el soneto XXIII del poeta español Garcilaso de la Vega (¿1501?-1536)
  • y una cancioncilla estadounidense de 1949 titulada “Enjoy yourself“, esncantadoramente contraria a la ética protestante, y de la que circulan versiones con variantes de texto, y que aquí pondré duplicada
    • en la versión deliciosamente cantada nada menos que por una encantadora y nada cursi Doris Day
    • y una escena de la maravillosa, inteligente y divertida película de Woody Allen “Everyone says I love you“, un musical, ahí es nada, con los muertos levantándose los ataúdes en el tanatorio para avisar a los vivos, cantando y bailando, de la importancia de disfrutar de esta vida que pasa en un parpadeo.

¿Es muy herético o muy poco intelectual declarar que me parece que la cancioncilla estadounidense trasmite mucha más alegría de vivir y ganas de pasarlo bien mientras se pueda? Teniendo en cuenta, además, un detallito nada menor: que algunos carpe diem, por ejemplo, de esos dirigidos a mujeres jóvenes y hermosas, podría decirse que tienen más bien poco de desinteresados y bastante de barrer para adentro en beneficio directo de quien anima a disfrutar de la vida, ahí el acto séptimo de La Celestina, y hasta quizá lo de Garcilaso y Horacio (¿o no?). Me convence más lo que dice quien anima a disfrutar de la vida sin le beneficie personalmente en nada que el oyente se anime a disfrutar de la vida…

Garcilaso de la Vega, SONETO XXIII, enlace aquí

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
el oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.

Enjoy Yourself (It’s later than you think)

You work and work for years and years, you’re always on the go
You never take a minute off, too busy making dough
Someday, you say, you’ll have your fun, when you’re a millionaire
Imagine all the fun you’ll have in your old rockin’ chair

Enjoy yourself, it’s later than you think
Enjoy yourself, while you’re still in the pink
The years go by, as quickly as a wink
Enjoy yourself, enjoy yourself, it’s later than you think

You’re gonna take that ocean trip, no matter, come what may
You’ve got your reservations made, but you just can’t get away
Next year for sure, you’ll see the world, you’ll really get around
But how far can you travel when you’re six feet underground?

You worry when the weather’s cold, you worry when it’s hot
you worry when you’re doing well
You worry when you’re not
It’s worry worry all the time
You don’t know how to laugh
They’ll thing of something funny when
They write your epitaph.

Enjoy yourself, it’s later than you think
Enjoy yourself, while you’re still in the pink
The years go by, as quickly as a wink
Enjoy yourself, enjoy yourself, it’s later than you think

 

Y es que esto son dos telediarios, y la mitad de los días están nublados. Carpe diem. Disfruta de la vida, que dura lo que dura un parpadeo. Enjoy yourself.

Cuestión muy distinta es qué entendemos por “disfrutar de la vida”. Porque que el disfrute sea del tipo más burdamente hedonista y/o egoísta, o de tipo epicúreo, o de tipo estoico, o de plantearse que hay que escoger los objetivos importantes sabiendo que la vida es corta y estar dispuesto a luchar por ellos y en efecto llevarlo a cabo, eso ya es otro tema y allá cada cual…

Verónica del Carpio Fiestas

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Multiplicado por espejos

En la película “La dama de Shangay”, de 1947, y que con toda propiedad se puede decir que es “de Orson Welles” porque fue director, productor, guionista y protagonista, lo mejor -y casi único que cualquiera recuerda, aparte de lo hermosísima que era y aparecía Rita Hayworth- es la escena final. Literalmente entre espejos que multiplican a los actores hombre y mujer que se hablan y matan repetidos en imágenes de pesadilla, como desde dentro de un mundo de espejos. Esta es la escena, clásica en la historia del cine, ambientada en una galería de espejos en un parque de atracciones abandonado:

¿Se le ocurrió a Orson Welles eso de los actores dentro de una habitación de espejos y que aparecen repetidos en cada uno de ellos en multiplicación genial y desasosegante? ¿Y además  en ambiente personal y arquitectónico decadente con una única mujer y varios hombres rivales? No lo sé, pero me pregunto si el estadounidense Orson Welles había leído al británico G. K. Chesterton, quien tres décadas antes escribió sobre espejos multiplicadores desasosegantes y en ambiente personal y arquitectónicamente decadente y con una mujer y varios hombres rivales y con muerte de una mujer y de su asesino. Voy a transcribir unos fragmentos del cuento “El hombre en el pasaje“, “The man in the passage“, de la serie del Padre Brown, perteneciente al libro de relatos “La sabiduría del Padre Brown“, de 1914. La escena tan onírica está ambientada en el lujoso camerino de una famosa actriz que está representando nada menos que la también onírica “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, y, al igual que “La dama de Shangay“, es un caso de rivalidades y asesinato.

La habitación estaba cubierta de espejos en todos los ángulos posibles de refracción, de modo que parecían las cien facetas de un diamante gigantesco, si es que uno pudiera introducirse dentro de un diamante. Los otros signos de lujo, unas cuantas flores, unos pocos almohadones de colores, unos trajes de teatro, se multiplicaban en todos los espejos con la locura de Las mil y una noches y danzaban y cambiaban perpetuamente de lugar cuando el sirviente, arrastrando los pies, acercaba un espejo o lo empujaba contra la pared.

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El sirviente dio la vuelta a la habitación, tirando de los espejos y volviendo a empujarlos de nuevo con su ajado traje negro que parecía aún mas lamentable dado que aún llevaba la adornada y fantástica lanza del rey Oberon. Cada vez que tiraba del marco aparecía una nueva figura negra del padre Brown, cabeza abajo en el aire como los ángeles, dando saltos mortales como los acróbatas, volviendo la espalda a todo el mundo como personas muy maleducadas“.

Brown 2

Enlace a “El hombre en el pasaje” en inglés aquí.

Verónica del Carpio Fiestas

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Historias de armaduras vacías que luchan

¿Qué se podría hacer artísticamente con una armadura vacía que se mueve y actúa como una persona y lucha sola?

Si el sugestivo tema lo escoge y desarrolla un escritor español romántico o, mejor dicho, post-romántico- en el siglo XIX español sale “La cruz del diablo“, el relato -o la leyenda- de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), enlace aquí, publicada en 1860-1871. En plan diabólico medieval y esas cosas, y se supone que tiene que dar miedo. Bécquer escribió cuentos mucho mejores; le dan cien vueltas, por ejemplo, “Maese Pérez el organista“, y, en otro estilo, “La venta de los gatos”. ¿Sería quizá  aventurado sostener que en realidad el principal valor de “La cruz del diablo” es que por primera vez una armadura vacía luchadora aparece en una obra literaria española? Ya supongo que sería aventurado, pero no me constan precedentes.

cruz del diablo

leyendas

Si ese mismo tema lo escoge y desarrolla el socarrón, inteligentísimo y muy intelectual escritor italiano del siglo XX Italo Calvino (1923-1985) le sale la ma-ra-vi-llo-sa novela fantástica, humorística, (falsamente) histórica y filosófica “El caballero inexistente” (“Il cavaliere inesistente“, 1959) de la trilogía “Nuestros antepasados” (“I nostre antenati“). Una curiosa coincidencia con Bécquer: también el propio título es paradójico, y paradójico  en el desarrollo que una cruz sea diabólica y que un caballero no exista.

Agilulfo, el caballero medieval perfecto, estricto y eficaz cumplidor de las reglas de la caballería, de la guerra, de la cortesía y hasta del amor (antológico cómo consigue llevar al paraíso de los sentidos a la dama Priscila, a base, por ejemplo, de peinarle y trenzarle el cabello), y que lucha en las cansadas huestes de Carlomagno en una guerra más que ritualizada, solo tiene un defecto: no existe.

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calvino 2
¿Y vos?

El rey había llegado ante un caballero de armadura toda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; aparte de eso era reluciente, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en todas las junturas, adornado el yelmo con un penacho de quién  sabe  qué  raza  oriental  de  gallo,  cambiante  con  todos  los  colores  del  iris.  En  el  escudo  había  dibujado  un  blasón  entre  dos  bordes  de  un  amplio  manto  drapeado,  y  dentro  del  blasón  se  abrían  otros  dos  bordes  de  manto  con  un  blasón  más  pequeño  en  medio,  que  contenía  otro  blasón  con  manto  todavía  más  pequeño. Con  un  dibujo  cada  vez más sutil se representaba una sucesión de mantos que se abrían uno dentro del otro, y en medio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, tan pequeño se volvía el dibujo.

—Y vos ahí, con ese aspecto tan pulcro… —dijo Carlomagno que, cuanto más duraba la guerra, menos respeto por la limpieza conseguía ver en los paladines.

—¡Yo soy —la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta sino la misma chapa de la armadura la que vibrara, y con un leve retumbo de eco— Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez!

—Aaah…  —dijo  Carlomagno,  y  del  labio  inferior,  que  sobresalía,  le  salió  incluso  un  pequeño  trompeteo,  como  diciendo:  «¡Si  tuviera  que  acordarme  del  nombre  de  todos,  estaría  fresco!»  Pero  en  seguida  frunció  el  ceño—.  ¿Y  por  qué  no  alzáis  la  celada  y  mostráis vuestro rostro?

El  caballero  no  hizo  ningún  ademán;  su  diestra  enguantada  con  una  férrea  y  bien  articulada  manopla  se  agarró  más  fuerte  al arzón,  mientras  que  el  otro  brazo,  que  sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío.

—¡Os  hablo  a  vos,  eh,  paladín!  —insistió  Carlomagno—.  ¿Cómo  es  que  no  mostráis  la  cara a vuestro rey?

La voz salió clara de la babera.

—Porque yo no existo, sire.

—¿Qué  es  eso?  —exclamó  el  emperador—. ¡Ahora  tenemos  entre  nosotros  incluso  un  caballero que no existe! Dejadme ver.

Agilulfo pareció vacilar todavía un momento, luego, con mano firme, pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.

—¡Pero…! ¡Lo que hay que ver! —dijo Carlomagno—. ¿Y cómo lo hacéis para prestar servicio, si no existís?

—¡Con fuerza de voluntad —dijo Agilulfo—, y fe en nuestra santa causa!

—Muy bien, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, ¡sois avispado!

Agilulfo  cerraba  la  fila.  El  emperador  había  ya  pasado  revista  a  todos;  dio  vuelta  al  caballo y se alejó hacia las tiendas reales. Era viejo, y procuraba alejar de su mente los asuntos complicados.”

[Inciso. Obsérvese cómo Calvino hace uso sabio del “mise en abyme” en el escudo del caballero inexistente. Quede ese concreto y fascinante tema del “mise en abyme” para otro post. Recuérdenme, por favor, que lo escriba citando sin falta “La vida. Instrucciones de uso” y “El gabinete de un aficionado”, de Georges Perec. Bueno, de todas maneras, por si al final no lo escribo, da igual, que en realidad ya tienen las pistas . Cierro el inciso.]

¿Y si el mismo tema de la armadura vacía luchadora lo escoge la productora Walt Disney para una película infantil en los años 60 del siglo XX? Pues resulta que sale la deliciosa e inimitable película “La bruja novata” (“Bedknobs and Broomsticks“), dirigida por Robert Stevenson y protagonizada por Angela Lansbury; está inspirado en el libro infantil de la autora británica Mary Norton (1903-1992) Bed-Knob and Broomstick“. Da igual la edad que se tenga, siempre merece la pena ver o volver a ver esta encantadora película, llena de escenas antológicas; es en parte un musical y hay además algunas escenas con dibujos animados mezclados con actores reales. No está ambientada en un más o menos fantasioso Medievo, como “La cruz del diablo” y “El caballero inexistente“, sino en plena Segunda Guerra Mundial, en una idealizada pero realista Inglaterra en guerra, con niños refugiados evacuados de Londres por los bombardeos de la aviación nazi y con ancianos militarizados en guardia permanente porque se temía una inminente invasión del ejército nazi que en la realidad también se temía y no llegó a darse. No se equivoque, que esta película tiene bien poco que ver con esas dulzonas películas de Disney sobre princesas o cervatillos, aunque sea grata, divertida, amable y tierna.

bruja 1

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Incluyo en vídeo la escena del resultado del hechizo de la “locomoción sustitutiva” conseguido por la bastante torpe aprendiz de bruja, una excéntrica solterona de pueblo que se ha dedicado a aprender brujería por correspondencia para ayudar al esfuerzo de guerra; las viejas armaduras de un museo, incluyendo armaduras de caballos, se ponen en marcha para luchar contra los temidos invasores nazis alemanes que en la ficción acaban de llegar a la costa en un submarino. La escena es inevitable dado el tema del post; pero que quede claro que es precisamente de las menos antológicas de la película, así que, por favor, que no le disuada de ver la película que no le guste esta escena.

Y ahora disculpe que no siga hablando de armaduras, pero es que me he acordado de la divertidísima y antológica escena del partido de fútbol y se me ha ido el santo al cielo.

Así que acabo el post como empieza Bécquer su cuento:

Que lo crea o no, me importa bien poco.
Mi abuelo se lo narró a mi padre;
mi padre me lo ha referido a mí,
y yo te lo cuento ahora,
siquiera no sea más que por pasar el rato.

Porque si usted es persona adulta tiene que leer “El caballero inexistente“, literatura de la, digamos, segunda fila del siglo XX, sin sentido peyorativo, porque en la primera están, digamos, Proust, Joyce, Borges y Faulkner; y si además hay niños o niñas en su familia no puede privarles de ver “La bruja novata“. A lo mejor hasta le sirve para explicarles que los diablos pueden quizá dar miedo, pero que sin duda puede darlo una invasión nazi, y que si llega el caso, que ojalá no llegue nunca, hay que luchar contra ella hasta haciendo lo posible y lo imposible para que colaboren en la lucha hasta armaduras medievales vacías.

Verónica del Carpio Fiestas

Españoladas de las malas y de las buenas

Diccionario de la Real Academia Española:

españolado, da.

2. f. Acción, espectáculo u obra literaria que exagera el carácter español.

La definición de la Academia merecía quizá una revisión, o añadir alguna acepción más. Una españolada podría ser, más bien, aquella obra artística o literaria en la que el carácter español y sus costumbres son descritos con los ojos de persona extranjera generalmente ilustrada que no comprende lo que ve, pero que se cree que lo comprende, y además lo expresa en serio, creyéndolo fiel reflejo de la realidad. Porque no es que exagere, sino que piensa que lo pintoresco, turbulento y “romántico” que describe no solo es fidedigno y cotidiano, sino que capta la esencia. Escritores españoles del siglo XIX se reían ya de ello, de cómo quienes llevaban quince días en España se permitían describir el país, sus costumbres y sus cuidadanos, campanudamente; y no me refiero al caso de mi apreciadísimo George Borrow. Yo, en el XXI, también me río. Cuando no me río es cuando pienso que ello ha dado lugar no solo a interpretaciones desde fuera que han condicionado, y quizá aún condicionan, actitudes incluso políticas y prejuicios de largo recorrido, sino a lo mismo desde dentro, como si correspondieran a la realidad, y a sesudos análisis sobre si corresponden o no.

Lástima que cuando los aristócratas británicos (varones, claro) realizaban el llamado “Grand Tour”, España rara vez estuviera incluida en el itinerario habitual, prueba de que lo poco que importaba España en esa época desde el punto de vista de patrimonio cultural -desde el punto de vista político, como no fuera para invadir, más bien entre cero y nada-; la notoria dificultad de los caminos y la inestabilidad política permanente no podían ser la causa pues también las había en otros sitios. Muy distinto para la percepción de un país desde fuera de él es que viajen a ese país unos pocos viajeros intrépidos y excéntricos a que vayan a él sistemáticamente los hijos de familias nobles del país entonces hegemónico. Aunque quién sabe; de haber sido otro el caso, quizá los estereotipos sobre España serían los mismos o peores.

De Washington Irving, autor de los deliciosos -sí, deliciosos, por qué no- “Cuentos de la Alhambra”, españolada clásica, no se va a hablar, más que nada porque ya he hablado de este autor en otro post. Vayamos con otros autores. Unos, con españolada “realista”; otros, puramente metafórica.

  • Stendhal. El admirado y admirable Stendhal de La Cartuja de Parma, ya tratada en este blog con toda la reverencia que merece, acierta poco en dos cuentos “españoles”, por llamarlos de alguna manera, porque cuentos son, en la mala acepción, y españoles, regular: “El arca y el aparecido” y “El filtro” puede que sean cuentos románticos, en el sentido literario del término; a mí, aparte de eso, me parecen cuentos ridículos, involuntariamente. Sean suyos o adaptación de temas anteriores, me provocan impaciencia y vergüenza ajena, por el cúmulo de errores de todos los tipos, y de otra cosa que rima con “tipos”: estereotipos. Y lo digo con o sin permiso de los stendhalianos de estricta observancia, porque soy stendhaliana por gusto, no por obligación y con orejeras y esto es un blog personalísimo, no uno de crítica literaria.
  • Merimée y “Carmen”, y “Carmen” y Bizet. Perpleja me quedo cada vez que leo que Carmen es el arquetipo de la mujer española o, puestos a escoger, y esto ya me deja estupefacta, de la mujer libre, como he leído que declaraba, al parecer con toda seriedad, alguna cantante de ópera que interpretaba el papel. El mito de Carmen.Carmen portada

¿Trágico? ¿Correspondencia con la realidad? Ríos de tinta corren sobre ello, y muchos son ríos de tinta seria. ¿De verdad han leído el libro de Merimée todos los que hablan de esto? Pero tendré que pensar que estoy equivocada cuando tanta coincidencia hay en lo contrario. Será, sí, problema mío. Intentaré enmendarme. Disculpe.diablo mujer 2diablo mujer 1

  • En “El diablo es mujer”, la cosa es un poco distinta y mejor. “The devil is a woman”, “La femme et le pantin”,  película de 1935 dirigida por Josef von Sternberg -prescindo del libro del que al parecer es adaptación, que no he leído- y protagonizada por Marlene Dietrich.  Es una españolada manifiesta, flagrante, apoteósica, ambientada, se deduce, a finales del siglo XIX. No tiene precio ver a la inequívocamente germánica Dietrich de cigarrera -sí, como Carmen, y no acaban ahí las semejanzas, que también coinciden, por ejemplo, en que la protagonista es una mujer mala y una mala mujer, y en que aparecen un militar y, naturalmente, un torero- y con flores en el pelo y cantando y bailando “a la solana carnavalespañola” y repartiendo mohínes seductores. Pero al menos esta película no oculta y disfraza su misoginia de manual -el paradigma de la pérfida mujer fatal que con su perverso poder sexual arrastra a la perdición a los pobres varones indefensos, uno tras otro-, como en las otras obras de Bizet y Merimée, y sin duda presenta una gran belleza formal especialmente en fotografía. Vea este enlace con fragmentos y comentarios; al parecer se prohibió por autoridades españolas por ofrecer una visión distorsionada de España -y vaya vaya vaya si la ofrece-, e incluso se pidió la destrucción de negativos a la productora. Algunas escenas de carnaval, próximas al expresionismo, o cayendo de lleno en él, presentan una curiosa semejanza con las pinturas del pintor español José Gutiérrez Solana, que quizá sería interesante saber si fue conocido por Sternberg. En la película de Sternberg se va directamente, sin complejos, al esterotipo de caracteres y costumbres, cliché tras cliché, sin molestarse en más. Mucho mejor que pensar que se describe la realidad y tomarse esto en serio.
  • Y mi favorito: Manuscrito encontrado de Zaragoza, larga novela escrita en francés por el escritor polaco Jan Potocki, fallecido en 1815. No me atrevo a describirla, y casi diría que es indescriptible. Piense en las Mil y una noches, estructura multiforme de cuentos dentro de cuentos, de todos los tipos, enfoques y temas, en un marco general de argumento de aventura, ambientada básicamente en el siglo XVIII, época de Felipe V, y lo que imagine estará muy alejado de la realidad, y a la vez muy próximo. Sí, son 500 páginas, y da gusto leerlas. Gran literatura fantástica o surrealista o novela gótica o novela prerromántica de un ilustrado o delirios, o lo que sea, bajo disfraz de novela de aventuras, con el artificio clásico del manuscrito encontrado, facil de leer, y variada, muy variada; un no parar. Vamos, que incluye no solo desafíos, bandoleros, moriscos, el mito del judío errante y tesoros escondidos, sino hasta sugerencias incestuosas y magia y aparecidos. Como si fuera un best seller -aunque estamos hablando de una de las grandes novelas de la literatura europea, pese a ser muy desconocida- y de españolada, porque parte de la novela transcurre en España, incluyendo nada menos que en Sierra Morena. Olvídese de Carmen de Merimée y de españoladas de Stendhal, y mejor lea este libro, como no hay dos. ¿Que es españolada? Da lo mismo porque es eso pero también mucho más; de todo. No se aburrirá, seguro. Hay varias versiones, pues su publicacion fue de tanta aventura como el argumento, y yo solo puedo opinar por la que he leído:potocki

Y a diferencia de la mayoría de las obras citadas -salvo destellos en El diablo era mujer-, hay dos cosas que Manuscrito encontrado en Zaragoza sí tiene, pese  ser serio en estructura y planteamiento: ironía y sentido del humor.

¡Ay!, dijo, ¡por qué no habré hecho caso a Fray Jerónimo de la Trinidad, monje predicador, confesor y oráculo de nuestra familia! Es cuñado del yerno de la cuñada del suegro de mi suegra, y como es el pariente más cercano que tenemos, en casa no se hace nada sin su consejo. No he querido seguirlo y por eso me veo justamente castigado. Y mira que me había dicho que los oficiales de las Guardias valonas eran gente herética, cosa que se reconoce fácilmente por sus cabellos rubios, sus ojos azules y sus mejillas rubicundas“.

Verónica del Carpio Fiestas

Dos bailes: Lampedusa y Washington Irving

Los antropólogos tienen muy estudiado el carácter de rito del baile. Como no soy antropóloga simplemente voy a poner en relación dos obras literarias muy distintas, que solo coinciden en un detalle: que contienen ambas una escena de baile y banquete. Se trata de “El gatopardo”, del escritor italiano Giuseppe Tomassi de Lampedusa, Il-gattopardoy de “La leyenda de Sleepy Hollow”, del escritor estadounidense Washington Irving,

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el mismo de “Los cuentos de la Alhambra” que por cierto, le  recomiendo que lea.

En “El gatopardo” la fiesta está ambientada en 1862, en plena efervescencia de la unificación italiana, con una sociedad que nace y otra que muere, pero que sin embargo también sigue. La escena, que abarca el baile con sus preliminares y su salida, todo el capítulo sexto del libro, es resumen de la decadencia de una sociedad. Y que lo es, no lo digo yo; lo dice, por ejemplo, Jordi Balló, en su libro “Imágenes del silencio. Los motivos visuales en el cine“:

Balló

“El baile se convierte en pieza metonómica de muchas películas basadas en el argumento de ‘lo viejo y lo nuevo’: la conciencia de un final delante de la inminencia irresistible de una nueva sociedad emergente. Una de las mayores osadias de Visconti fue comprimir en el baile final de El gatopardo todo el sentido crepuscular de la novela de Lampedusa, expresando en la continuidad musical orquestada por Nino Rota la melancolía del final de una época“.

Quien haya leído “El gatopardo” no tiene necesidad de que se le explique, porque no solo lo aprecia un director de cine cuando decide insistir en un escena; se detecta de inmediato. Suficientemente expresiva es la descripción de las jóvenes asistentes a la fiesta como físicamente parecidas a monas, como fruto desgraciado de repetidos matrimonios endogámicos de la aristocracia, en significativo contraste con la belleza radiante de una joven procedente de una clase social emergente. No pensará quien esto lee que la fascinante y compleja “El gatopardo” es solo la cita manida de si cambiar para mantener y tal, que por cierto, son dos citas, y un leitmotiv general, y ahí van las citas:

Capítulo 1. Ambientado en mayo de 1860. Contexto: el poderoso e inteligente príncipe de Salina, que ostenta un poder cuasifeudal, o feudal a secas, conversa con su también aristocrático e inteligente joven sobrino Tancredi, que va a unirse  a los rebeldes que buscan destronar al rey de las Dos Sicilias y en definitiva sustituirlo por otro rey para unificar Italia:

-Estás loco, hijo mío. ¡Ir a mezclarte con esa gente! Son todos unos hampones y unos tramposos. Un Falconeri debe estar a nuestro lado por el rey.

Los ojos volvieron a sonreír.

-Por el rey, es verdad, pero ¿por qué rey?

El muchacho tuvo uno de sus accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido.

-Si allí no estamos también nosotros -añadió-, estos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?

Y, en efecto, perfectamente lo comprende el príncipe, en la página siguiente:

Su paso vigoroso hacía tintinear los cristales de los salones que atravesaba. La casa estaba serena, luminosa y adornada; sobre todo era suya. Bajando las escaleras, comprendió:

‘Si queremos que todo siga como está…

Tancredi era un gran hombre. Siempre había estado seguro de eso.

Cuando leo por ahí que se califica “La leyenda de Sleepy Hollow” de Irving como un “cuento de terror” no puedo por menos que pensar que o bien el concepto de cuento de terror es muy elástico y abarca los cuentos cómicos, y bueno es saberlo, o que quienes hacen esa calificación quizás no han leído el cuento o que las cosas tienen muchas interpretaciones. En mi modesta opinión “La leyenda de Sleepy Hollow” es tan, o tan poco, cuento de terror como el imprescindible y encantador cuento de Oscar WildeEl fantasma de Canterville“, y que cada cual saque sus conclusiones.

Y “La leyenda de Sleepy Hollow” contiene una escena deliciosa, previa a la de “terror”, en la que el protagonista, un maestro de escuela mísero y ridículo, con un sospechoso parecido fisico con el Don Quijote de iconografía clásica, enamorado de la hermosa hija de los ricos de la zona, asiste a un baile con banquete en la casa de esa familia.

Qué pena no poder trascribir en columnas paralelas la descripción de los dos bailes tan distintos, tan claros en sus contrastes entre una sociedad decadente y corrompida en un país convulso y hasta viejo en el mal sentido de la palabra y sin perspectivas frente a una sociedad aún rural y con sus comidas simples pero sabrosas y abundantes y sus mujeres hermosas. El baile del cuento de Washington Irving está ambientado pocos años después de la guerra de la Independencia estadounidense, en zona probablemente cercana a la actual ciudad de Nueva York, bucólica a la sazón, y refleja un país sano, con evidentes buenas perspectivas.

Lástima grande que esa salud tuviera una pega: los “negros”, a todas luces esclavos, que se mencionan. En el país de los libres, como dice su himno, resulta que había esclavos, y los siguió habiendo mucho tiempo. Y, por cierto, las mujeres no tenían voto. Vaya.

Claro que también Lampedusa refleja mujeres sin derechos, y población oprimida aunque no fuera legalmente esclava. Impresionante, en el capítulo quinto, sobre un mundo duramente rural, que no bucólico, cómo un joven, aconsejado por su padre, se las arregla para dejar embarazada a una prima suya fea, fingiendo un ¿amor? inexistente, para forzar un matrimonio de honor con ánimo de hacerse con un insignificante, pero para él valioso, patrimonio inmobiliario y conseguir una sierva. Aquí la escena en la que las dos familias conciertan el matrimonio:

Los dos novios, sentados en dos sillas contiguas, prorrumpían de vez en cuando en fragorosas risas, sin decir palabra, uno frente a otro. Estaban contentos de verdad, ella de ‘establecerse’ y de tener a su disposición aquel hermoso macho, él de haber seguido los consejos paternos y tener ahora una sierva y medio almendral.

Vaya, vaya.

Verónica del Carpio Fiestas

La mujer decidida a ser feliz de “Sentido y Sensibilidad”

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Son muchos los personajes memorables de la novela de Jane Austen “Sentido y sensibilidad”, de 1811. Hay uno de ellos, secundario, especialmente enigmático e interesante, e infrecuente. Se trata de Charlotte Palmer, la mujer decidida a ser feliz. La mujer que solo deja de sonreír para reír.

Joven casada con un marido tan displicente que llega hasta el punto de no responder a sus observaciones, ella, en serio y creyéndoselo, o convenciéndose para creerlo, repite que lo encuentra encantador.

“Era de corta estatura y regordeta, con un rostro muy bonito y la mayor expresión de buen humor que pueda imaginarse. Sus modales no eran en absoluto tan elegantes como los de su hermana, pero sí mucho más agradables. Entró con una sonrisa, sonrió durante todo el tiempo que duró su visita, excepto cuando reía, y seguía sonriendo al irse. Su esposo era un joven de aire serio, de veinticinco o veintiséis años, con aire más juicioso que su esposa, pero menos deseoso de complacer o dejarse complacer. Entró a la habitación con aire de sentirse muy importante, hizo una leve inclinación ante las damas sin pronunciar palabra y, tras una breve inspección a ellas y a sus aposentos, tomó un periódico de la mesa y permaneció leyéndolo durante toda la visita.
La señora Palmer, por el contrario, a quien la naturaleza había dotado con la disposición a ser invariablemente cortés y feliz, apenas había tomado asiento cuando prorrumpió en exclamaciones de admiración por la sala y todo lo que había en ella.
-¡Miren! ¡Qué cuarto tan delicioso es éste! ¡Nunca había visto algo tan encantador! ¡Tan sólo piense, mamá, cuánto ha mejorado desde la última vez que estuve aquí! ¡Siempre me pareció un sitio tan exquisito, señora -dijo volviéndose a la señora Dashwood-, pero usted le ha dado tanto encanto! ¡Tan sólo observa, hermana, que delicia es todo! Cómo me gustaría tener una casa así. ¿Y a usted, señor Palmer?
El señor Palmer no le respondió, y ni siquiera levantó la vista del periódico.
-El señor Palmer no me escucha -dijo ella riendo-. A veces nunca lo hace. ¡Es tan cómico!

Esta es la espectacular presentación de los personajes.

Y situaciones de ese tipo se repiten a lo largo de la novela, con una mujer amable y cordial, que se desvive por ayudar, más bien escasa de seso y hasta ridícula y permanente e incomprensiblemente feliz, que en permanente felicidad esta primero embarazada, pasa por el parto y finalmente es amantísima madre de su niño recién nacido, en una época donde las mujeres no podía enfrentarse a un parto y un sobreparto sin el temor de una muerte posible suya o de su hijo.

-¡Estoy feliz de verlas! -dijo, sentándose entre Elinor y Marianne- porque el día está tan feo que temía que no vinieran, lo que habría sido terrible, ya que mañana nos vamos de aquí. Tenemos que irnos, ya saben, porque los Weston llegan a nuestra casa la próxima semana. Nuestra venida acá fue algo muy repentino y yo no tenía idea de que lo haríamos hasta que el carruaje iba llegando a la puerta, y entonces el señor Palmer me preguntó si iría con él a Barton. ¡Es tan gracioso! ¡Jamás me dice nada! Siento tanto que no podamos permanecer más tiempo; pero espero que muy pronto nos encontraremos de nuevo en la ciudad.”

O sea, que su marido el Sr. Palmer se permite no informar a la Sra. Palmer de adónde van ni siquiera de viaje, incluyendo a la propia casa de la respectiva suegra y madre, y la Sra Palmer no solo no se enfada, sino que se ríe.

Y constantemente él la desmiente en público:

“-[…] Sabe usted, no vivimos a mucha distancia de él en el campo; me atrevería a decir que a no más de diez millas.
-Mucho más, cerca de treinta -dijo su esposo.
-¡Ah, bueno! No hay mucha diferencia. Nunca he estado en la casa de él, pero dicen que es un lugar delicioso, muy lindo.
-Uno de los lugares más detestables que he visto en mi vida -dijo el señor Palmer.”
La lectura repetida de aquellos fragmentos en los que aparece la pareja no aclara por qué ella es así -¿es solo que es tonta?- o por qué él es así -¿a santo de qué esa aspereza en general con todo el mundo y siempre con su mujer y su suegra?-:
“Cuando lady Middleton se levantó para marcharse, el señor Palmer también lo hizo, dejó el periódico, se estiró y los miró a todos alrededor.
-Amor mío, ¿has estado durmiendo? -dijo su esposa, riendo.
El no le respondió y se limitó a observar, tras examinar de nuevo la habitación, que era de techo muy bajo y que el cielo raso estaba combado. Tras lo cual hizo una inclinación de cabeza, y se marchó con el resto.”
Curioso el fragmento en el que la Sra. Palmer también se ríe cuando el Sr. Palmer sin venir a cuento llama públicamente maleducada a la Sra. Jennings, madre de la Sra. Palmer:

“-Usted y yo, sir John -dijo la señora Jennings- no nos andaríamos con tantas ceremonias.

-Entonces sería muy mal educada -exclamó el señor Palmer.
-Mi amor, contradices a todo el mundo -dijo su esposa, con su risa habitual. -¿Sabes que eres bastante grosero?
-No sabía que estuviera contradiciendo a nadie al llamar a tu madre mal educada.
-Ya, ya, puede tratarme todo lo mal que quiera -exclamó con su habitual buen humor la señora Jennings-. Me ha sacado a Charlotte de encima, y no puede devolverla. Así es que ahora se desquita conmigo.
Charlotte se rió con gran entusiasmo al pensar que su esposo no podía librarse de ella, y alegremente dijo que no le importaba cuán irascible fuera él hacia ella, igual debían vivir juntos. Nadie podía tener tan absoluto buen carácter o estar tan decidido a ser feliz como la señora Palmer. La estudiada indiferencia, insolencia y contrariedad de su esposo no la alteraban; y cuando él se enfadaba con ella o la trataba mal, parecía enormemente divertida.-¡El señor Palmer es tan chistoso! -le susurró a Elinor-. Siempre está de mal humor.”

 Imposible saber cómo consigue ser feliz y cómo no se las arregla para no ver lo que tiene delante:

“El señor Palmer es exactamente la clase de hombre que me gusta”.

Qué actriz interpretó en la película a la deliberadamente feliz Sra. Palmer, pocos lo recuerdan. Es la magnífica actriz británica Imelda Staunton, y aquí está la foto:

Imelda Staunton
Se trata de un fotograma de la película mucho más difícil de encontrar que los de Hugh Laurie, retrospectivamente famoso en su papel de esposo grosero y displicente tras interpretar diez años después el papel de médico grosero y displicente en una serie de televisión.
Vaya usted a saber por qué, interpretar a buena gente no da tanto caché.
Verónica del Carpio Fiestas