Por qué España, según Albert Camus

Pocos escritores hay tan indiscutibles en su independencia personal y su lucha contra todo tipo de totalitarismos, de derechas, de izquierdas o mediopensionistas, como Albert Camus. Por tanto, lo que escribe sobre la guerra civil española y sobre la España de Franco tiene más interés y más valor que lo que puedan decir quienes solo dan importancia a aquello que les interesa. A continuación se transcribe un artículo de Albert Camus publicado en el periódico francés «Combat», «organo del movimiento de liberación francés» (originalmente periódico de la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial), con fecha 25 de noviembre de 1948. Se trata de la respuesta a una crítica a su obra de teatro «Estado de sitio», sobre la tiranía totalitaria, que ambientó en España (españoles, Cádiz, Guadalquivir, guardias civiles, personaje llamados Diego y Victoria, etc.). El texto original de la obra de teatro «L´État de siège» puede leerse en este enlace; el artículo en «Combal», en francés, está accesible en este enlace a la Biblioteca Nacional Francesa. El texto, no muy largo, consta de una primera parte de justificación de por qué contesta a una crítica del filósofo Gabriel Marcel a su obra de teatro —deja claro que no es a la crítica en sí misma a lo que contesta, porque la crítica es legítima, sino que a lo que responde es a la crítica de que una obra sobre la tiranía totalitaria se situase en España— y de un durísimo análisis del papel de Francia en relación con el totalitarismo franquista, descrito este totalitarismo con toda su crudeza, y la complicidad ante la represión de la posguerra, y no solo de la Francia de Vichy colaboracionista con Hitler; la Francia de la vergonzosa entrega a Franco de republicanos españoles, como Companys, y de los campos de concentración para los refugiados, como Antonio Machado.

La versión en español que transcribo figura en el libro «Ensayos» de Albert Camus, en la colección Biblioteca Premios Nobel de Aguilar, 4ª ed., 1981, páginas 340-345. traducción de Julio Lago Alonso; por error se menciona que el artículo original se publicó en diciembre de 1948. En internet figuran diversas traducciones (enlaces aquí y aquí).

«¿Por qué España? Contestación a Gabriel Marcel.

No contestaré aquí más que a dos pasajes del artículo que usted ha dedicado a El estado de sitio en las Nouvelles Littéraires. Pero en ningún caso quiero responder a las críticas que usted u otros han podido hacer a esta obra como pieza de teatro. Cuando uno se decide a presentar una obra de teatro, a publicar un libro, se pone en el caso de ser criticado y se acepta la censura de su tiempo, Por más que haya algo que decir, necesita callarse.

Sin embargo, usted ha rebasado sus privilegios de crítico al asombrarse de que una obra sobre la tiranía totalitaria fuese situada en España, mientras que a usted le hubiese parecido mejor situada en los países del este de Europa. Y me da usted definitivamente la palabra al decir que constituye una falta de valor y de honradez. Verdad es que es usted lo suficientemente buena persona para pensar que yo no soy el responsable de esta elección […]. Lo malo es que la obra transcurre en España porque he sido yo quien ha elegido y he elegido solo después de reflexionar, y allí he decidido que se desarrolle, Así, pues, soy yo quien tiene que encajar sus acusaciones de oportunismo y de falta de honradez. En estas condiciones, no le asombrará que me sienta forzado a contestarle.

Por otra parte, es probable que ni siquiera me defendiera contra estas acusaciones (¿y ante quién puede hoy justificarse uno?) si no hubiese tocado usted un tema tan grave como el de España. Pues verdaderamente no tengo necesidad alguna de decir que no he buscado el halago de nadie al escribir El estado de sitio. Yo he querido atacar de frente un tipo de sociedad política que se ha organizado, o que se organiza, a derecha y a izquierda, según el modo totalitario. Ningún espectador de buen fe puede dudar que esta obra toma partido por el individuo, por la carne en lo que de noble tiene, por el amor terrestre en fin, contra las abstracciones y los terrores del Estado totalitario, sea ruso, alemán o español. Graves doctores reflexionan todos los días sobre la decadencia de nuestra sociedad, buscando sus profundas razones. Sin duda que estas razones existen. Pero para los más sencillos de entre nosotros, el mal de la época se define por sus efectos, no por sus causas. Se llama el Estado policíaco o burocrático. Su proliferación en todos los países bajo los más diversos pretextos ideológicos, la insultante seguridad que le dan los medios mecánicos y psicológicos de la represión, forman un peligro mortal para lo que hay de mejor en cada uno de nosotros. Desde este punto de vista, la sociedad política contemporánea, cualquiera que sea su contenido, es despreciable. Nada distinto a esto he dicho, y por eso es por lo que El estado de sitio es un acto de ruptura que no quiere callar nada.

Dicho claramente lo anterior, ¿por qué España? Yo le confieso que, si fuese usted, me daría vergüenza hacer la pregunta. ¿Por qué Guernica, Gabriel Marcel? ¿Por qué esta cita en que, por primera vez ante la faz de un mundo todavía dormido en su confort y en su miserable moral, Hitler, Mussolini y Franco han demostrado a los niños lo que era la técnica totalitaria? Sí, ¿por qué esta cita que también nos concierne? Por primera vez los hombres de mi edad se encontraban con la injusticia triunfante en la historia. La sangre inocente corría entonces en medio de un charlataneo farisaico, el que precisamente dura todavía. ¿Por qué España? Pues porque todavía quedamos algunos que no nos lavaremos las manos ante la sangre. Cualesquiera que sean las razones de un anticomunismo, y yo las conozco buenas, no se hará aceptar por nosotros si se abandona a sí mismo hasta llegar a olvidar esta inusticia, que se perpetúa con la complicidad de nuestros gobernantes. Yo he dicho tan alto como me ha sido posible todo lo que pensaba de los campos rusos de concentración. Pero eso no me hará olvidar Dachau, Buchenwald y la agonía sin nombre de millones de seres, ni la horrible represión que ha diezmado la República española. Sí; a pesar de la conmiseración se nuestros políticos, es todo eso lo que hay que denunciar conjuntamente. Y no excusaré esta asquerosa peste al oeste de Europa porque esté ejercitando sus devastaciones también en el Este, en extensiones mayores. Escribe usted que para los que están bien informados no es de España de donde les vienen en este momento las noticias propias para desesperar a los que tienen el gusto de la dignidad humana. Está usted mal informado, Gabriel Marcel. Ayer mismo cinco políticos de la oposición han sido condenados allá a muerte. Pero usted, cultivando el olvido, se prepara para estar mal informado. Usted ha olvidado que las primeras armas de la guerra totalitaria han sido empapadas con sangre española. Ha olvidado usted que en 1936 un general rebelde ha levantado en nombre de Cristo un ejército de moros, para lanzarlo contra el Gobierno legal de la República española; que ha hecho triunfar una causa injusta después de matanzas que no tienen explicación posible, y que entonces ha empezado una represión atroz que ya dura diez años y que no ha terminado todavía. Si, verdaderamente, ¿por qué España? Porque usted, con otros muchos, ha perdido la memoria.

Y también porque con un pequeño número de franceses me sucede que no estoy contento todavía ni orgulloso de mi país. Que yo sepa, Francia no ha entregado a los oposicionistas soviéticos al Gobierno ruso. Aquí viven en libertad. Claro que sin duda también llegará eso; nuestras minorías están dispuestas a todo. Pero, por el contrario, para con España hemos hecho bien las cosas. En virtud de la cláusula más deshonrosa del armisticio, hemos entregado a Franco, por orden de Hitler, a republicanos españoles, y, entre ellos, al gran Luis Companys. Y Companys ha sido fusilado , en mediod e este horroroso tráfico. Era Vichy, por supuesto, no éramos nosotros. Nosotros únicamente habíamos metido en un campo de concentración al poeta Antonio Machado en 1938, de donde no salió más que para morir. Pero ese día en que el Estado francés se hacía el reclutador de los verdugos totalitarios, ¿quién levantó la voz? Nadie. Es, sin duda, Gabriel Marcel, que los que hubieran podido protestar encontraban, como usted, que todo eso era poca cosa junto a lo que se detestaba más el el régimen ruso. Aquí no ha pasado nada: ¡total un fusilado de más o de menos…! Pero un rostro de fusilado es una llaga muy fea, y acaba por introducirse allí la gangrena. Ha ganado la gangrena.

¿Dónde están, pues, los asesinos de Companys? ¿En Moscú o en nuestro país? Hay que contestar: en nuestro país. Es preciso decir que nosotros hemos fusilado a Companys, que nosotros somos responsables de lo que ha venido después. Hay que declarar que nos hemos denigrado por haberlo hecho y que nuestra única manera de reparar consiste en mantener el recuerdo de una España que ha sido libre y que nosotros hemos traicionado, como hemos podido, en nuestro pueblo y a nuestra manera, que eran pequeños.

Y es cierto que no hay una potencia que no la haya traicionado, salvo Alemania e Italia, que fusilaban a los españoles de cara. Pero esto no puede ser un consuelo, y la España libre continúa, con su silencio, pidiéndonos reparación. Yo he hecho lo que he podido, en cuanto respecta a mi débil parte, y es eso lo que le escandaliza a usted. La cobardía y el juego sucio hubiesen sido aquí el pactar. Pero me callaré con esto y no diré todos mis sentimientos, por consideración a usted. Todo lo más podría añadir que ningún hombre sensible se debería haber asombrado de que, teniendo que hacer hablar al pueblo de la carne y la nobleza para oponerlo a la vergüenza y a las sombras de la dictadura, haya escogido al pueblo español. A pesar de todo, yo no podía escoger el público internacional del Reader´s Digest o los lectores de Samedi-Soir y France Dimanche.

Pero quizá tiene usted prisa para que yo me explique sobre el papel que he dado a la Iglesia. En este punto seré breve. Usted encuentra odioso este papel, mientras que en mi novela no lo era. Pero en mi novela tenía que rendir justicia a aquellos de entre mis amigos cristianos que he encontrado durante la ocupación en un combate que era justo. Por el contrario, en mi obra de teatro yo tenía que decidir cuál ha sido el papel de la Iglesia de España. Y si lo he hecho odioso, es que, ante la faz del mundo, el papel de la Iglesia de España ha sido odioso. Por muy dura que sea esta verdad para usted, se consolará usted pensando que la escena que le molesta no dura más que un minuto, mientras que la que sigue ofendiendo a la conciencia europea dura desde hace diez años. Y la Iglesia entera se hubiese mezclado en este increíble escándalo de obispos españoles que bendecían los fusiles de la ejecución sumarísima si desde los primeros días dos grandes católicos, uno de ellos Bernanos, hoy ya muerto, y el otro José Bergamín, desterrado voluntario de su país, no hubiesen levantado la voz. Bernanos no hubiese escrito lo que usted ha leído sobre esto. Él sabía que la frase que concluye mi escena: “Cristianos españoles, estáis abandonados”, no insulta a vuestra fe. Sabía que si hubiese dicho otra cosa, o si me hubiese callado, a quien hubiera insultado yo habría sido a la verdad.

Si tuviese que rehacer El estado de sitio, lo volvería a situar en España: he ahí mi conclusión. Y a través de España, mañana como hoy, quedaría claro para todo el mundo que la condenación que se hace en la obra apunta a todas las sociedades totalitarias. Pero, por lo menos, eso no hubiese ocurrido sino al precio de una vergonzosa complicidad. Es así y no de otra forma, nunca de otra forma, como podremos conservar el derecho a protestar contra el terror. He ahí por qué yo no puedo estar de acuerdo con usted cuando dice que nuestro acuerdo es absoluto en cuanto al orden político. Porque usted acepta callarse sobre un terror para combatir otro mejor. Todavía quedamos algunos que no nos queremos callar sobre nada. Es nuestra sociedad política entera la que nos hace levantar el corazón. Y así no habrá salvación más que cuando todos los que valen todavía algo la hayan repudiado por completo, para buscar, en otro sitio que no sean las contradicciones insolubles, el camino de la renovación. De aquí a que eso llegue, hay que luchar. Pero sabiendo que la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios. Se edifica sobre las culpas de los liberales. Las palabras de Talleyrand son despreciables: una culpa no es peor que un crimen. Pero la culpa acaba por justificar el crimen y darle su coartada. Entonces desespera a las víctimas, y así es como es culpable. Eso es precisamente lo que yo no puedo perdonar a la sociedad contemporánea: que sea una máquina de desesperar hombres.

Encontrará usted sin duda que empleo demasiada pasión para un pretexto tan pequeño. Entonces déjeme que por una vez hable en mi nombre. El mundo en que vivo me repugna, pero me siento solidario de los hombres que sufren en él. Hay ambiciones que no son las mías, y yo no me sentiría a gusto si tuviese que caminar apoyándome en los pobres privilegios que se reservan para los que se las arreglan con este mundo. Pero me parece que hay otra ambición que debería ser la de todos los escritores: dar testimonio y gritar, cada vez que sea posible y en la medida de nuestro talento, por los que están sujetos a servidumbres como nosotros. Es esa ambición la que usted ha puesto en entredicho en su artículo, y yo no dejaré de negarle el derecho para ello en tanto que el asesinato de un hombre no parezca indignarle a usted más que en la medida en que este hombre comparta sus ideas.»

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

Los tres medios para comprender objetivamente la propia civilización, según Bertrand Russell

«No es en modo alguno fácil ver la propia civilización desde una perspectiva justa. Hay tres medios evidentes para alcanzar este fin: el viaje, la historia y la antropología […]; pero ninguno de los tres es ayuda tan grande para la objetividad como parecen ser. El viajero ve sólo lo que le interesa; por ejemplo, Marco Polo jamás reparó en los pequeños pies de las mujeres chinas. El historiador ordena los sucesos como arreglo a esquemas derivados de sus propias preocupaciones-. la decadencia de Roma ha sido atribuida, en ocasiones diversas, al imperialismo, al cristianismo, a la malaria, al divorcio y a la inmigración, siendo estas dos últimas causas las favoritas en Estados Unidos entre los clérigos y los políticos, respectivamente. El antropólogo selecciona e interpreta hechos de acuerdo con los prejuicios que prevalecen en su tiempo. ¿Qué sabemos de los salvajes, nosotros, que nos quedamos en casa? Los rousseaunianos dicen que son nobles, los imperialistas dicen que son crueles; los antropólogos de mentalidad eclesiástica dicen que son unos virtuosos padres de familia, mientras que los defensores de la ley del divorcio dicen que practican el amor libre; sir James Frazer dice que siempre están matando a su dios, mientras otros dicen que están ocupados en ritos de iniciación. En una palabra: el salvaje es el chico servicial que hace todo lo necesario para las teorías de los antropólogos. Pero, a pesar de estas desventajas, el viaje, la historia y la antropología son los mejores medios y debemos sacarles todo el partido posible.»

Se trata de un fragmento del libro «Elogio de la ociosidad y otros ensayos» (Colección «Los libros de Sísifo», Ed. Edhasa, 2004), en concreto del capítulo «Civilización occidental», del insigne filósofo y escritor británico Bertrand Russell (1872-1970), Premio Nobel de Literatura 1950. El libro contiene ensayos escritos entre los años 1928 y 1935.

Por cierto, en ese mismo libro hay otros ensayos interesantes, como el análisis de los orígenes del fascismo (los motivos suenan horriblemente actuales), en un capítulo que el libro se titula «La ascendencia del fascismo» y que puede encontrarse completo en inglés en este enlace, con el título en inglés «The Ancestry of Fascism».

Verónica del Carpio Fiestas

El curioso cambio semántico de la palabra «revolución», según Hannah Arendt

Quizá sea algo tan de común conocimiento que ni merezca la pena comentarlo, pero yo me entero ahora, leyendo a Hannah Arendt, de que «revolución» significaba originalmente restauración desde el punto de vista político. En un ensayo inédito del año 1961, inicialmente conferencia y publicado por primera vez en 2018, en un libro recopilatorio (Conferencia «Revolución y libertad», en Pensar sin asideros. Ensayos de comprensión. 1953-1975, Volumen II, Ed. Página Indómita), la filósofa alemana nacionalizada estadounidense Hanna Arendt (1906-1975) expone lo siguiente:

«En contraste con las guerras, que se remontan tan atrás como lo hace la memoria documentada de la humanidad, las revoluciones son un fenómeno relativamente nuevo. Antes de las grandes revoluciones de finales del siglo XVIII, el término revolución no asomaba en el vocabulario de la teoría política. Es más, y esto quizá tiene mayor relevancia, la palabra no recibió su moderno significado hasta que se produjeron las revoluciones americana y francesa; es decir, los hombres que llevaron a cabo esas primeras revoluciones carecían de una noción previa del nombre o la naturaleza de la empresa. En palabras de John Adams, se trató de empresas que fueron «invocadas sin expectativas e impuestas sin una disposición previa»; y lo mismo vale para Francia, donde, en palabras de Tocqueville, «uno podría pensar que el objetivo de la Revolución en camino no era el derrocamiento del Antiguo Régimen sino su restauración».

De hecho, la Restauración se ajustaría más el significado original del término revolución, si bien solemos considerar que aquella es la antítesis de esta. La revolución, un término astronómico, fue introducido en el lenguaje científico por Copérnico en De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes), y cuando la palabra descendió por primera vez de los cielos para describir metafóricamente lo acontecido en la tierra entre los mortales, trajo con ella la idea de que había un mecanismo eterno, irresistible y siempre recurrente en los movimientos azarosos, en las peripecias del destino humano, que desde tiempos inmemoriales habían sido comparadas con la salida y la puesta del sol, la luna y las estrellas. Cierto es que en el siglo XVII encontramos la palabra revolución como término político; pero por aquel entonces se usaba en su estricto sentido metafórico para describir un giro de vuelta a un punto preestablecido y, por tanto, para indicar un movimiento de regreso a algún orden predestinado. Así pues, la palabra no se usó por primera vez cuando lo que llamamos revolución estalló en Inglaterra y Cromwell estableció una especie de dictadura revolucionaria, sino, por el contrario, en 1660 […] cuando se restauró la monarquía. […]

El hecho de que la palabra revolución significara originalmente restauración es más que una rareza semántica. No podemos entender el significado de la revolución a menos que tengamos en cuenta que las primeras revoluciones estallaron cuando lo que se buscaba era la restauración. Tendemos a obviar este hecho paradójico porque nada en el curso de las dos grandes revoluciones del siglo XVIII es más llamativo y sorprendente que el énfasis depositado en la novedad, aspecto que recalcaron tanto los actores como los espectadores -quienes insistieron en que nunca antes había sucedido nada con tanto significado y tanta grandeza, y en que estaba a punto de desarrollarse un relato completamente nuevo-. Pero esta historia completamente nueva fue iniciada a ambos lados del Atlántico por hombres que estaban firmemente convencidos de que tan solo se disponían a restaurar un viejo orden de cosas que se había visto perturbado y violado por los poderes establecidos; tales hombres argumentaron con toda sinceridad que deseaban volver a los viejos tiempos, cuando las cosas eran como debían ser. Nada les habría parecido más extraño que el afán de novedades o que la convicción actual de que la novedad es en sí deseable. […]

Antes de que intentemos evaluar el significado de este extraño cambio semántico, y de que profundicemos en las causas que lo provocaron, debemos fijarnos brevemente en otro aspecto de la revolución que todavía se corresponde con su viejo significado astronómico y que aún no ha sido desechado por el uso moderno -presumiblemente porque las experiencias durante el curso real de las revoluciones no lo contradijeron-. Como ya he dicho, tanto el término astronómico como su significado metafórico original implicaban de modo contundente la noción de lo irresistible, a saber, que el movimiento giratorio de los cuerpos celestes sigue una trayectoria predeterminada, independiente de toda influencia del poder humano. Sabemos, o creemos saber, la fecha exacta en que, por primera vez, el término revolución fue empleado con un énfasis exclusivo en lo irresistible y sin connotar en modo alguno un movimiento giratorio de retorno; y este cambio de énfasis les ha parecido tan importante a los historiadores que se ha convertido en práctica común fechar el nuevo significado político del término astronómico a partir de este movimiento.

La fecha es el 14 de julio de 1789. Esa noche, en París, Luis XVI se enteró por el duque de Liancourt de la caída de la Bastilla, de la liberación de algunos prisioneros y de la deserción de las tropas reales ante la masa del pueblo. El famoso diálogo que tuvo lugar entre el rey y su mensajero es muy breve y muy revelador. Según se dice, al rey exclamó: «C’est una revolté»; y Liancourt le corrigió: «Non, sire, c’esto une révolution!«. Desde el punto de vista político aquí escuchamos por última vez el término en el sentido de la vieja metáfora que porta sus significado de los cielos a la Tierra; pero también aquí, por primera vez, el énfasis pasa de la legalidad de un movimiento cíclico, rotativo, a lo irresistible de dicho movimiento. Este todavía es contemplado a imagen del movimiento de los astros, pero lo que ahora se enfatiza es que su detención escapa al poder humano, puesto que dicho movimiento sigue sus propias leyes. Cuando el rey afirma que el asalto de la Bastilla es una rebelión, invoca su propio poder y los diversos medios de que dispone para lidiar con la conspiración y con el desafío a la autoridad; pero Liancourt responde que lo sucedido es irrevocable y escapaba al poder de los reyes. Se trata de algo irresistible.

La toma de la Bastilla, como sabemos, no fue más que le comienzo. La noción de un movimiento irresistible, que el siglo XIX pronto conceptualizaría como la idea de la necesidad histórica, resuena de principio a fin en las páginas de la Revolución francesa. De repente, una imagen completamente nueva comienza a adherirse a la vieja metáfora; y hoy, cuando pensamos en la revolución, lo hacemos casi de forma automática en las imágenes surgidas durante la Revolución francesa -en los días en que Desmoulins contempló el inmenso «torrente revolucionario» que arrastró a los actores hasta que los hizo perecer junto con sus enemigos, los agentes de la contrarrevolución; cuando Robespierre habló de la tempestad y de la poderosa corriente que, alimentada por un lado por los crímenes de la tiranía y de otro por el progreso de la libertad, crecía continuamente, se volvía cada vez más rápida y más violenta; cuando incluso los espectadores creían presenciar una «majestuosa corriente de lava que arrasa con todo y que nadie puede detener», un espectáculo desarrollado bajo el signo de Saturno, la revolución que «devora a sus propios hijos»

Es también curioso, aunque no tengo ni idea de qué conclusión sacar de ello, que en castellano la palabra «revolución» se usaba como equivalente a «rebelión» o «tumulto» mucho antes de la Revolución francesa, y no metafóricamente. Veamos algunas de las varias acepciones de la palabra «revolución» en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia, del año 1737, una de ellas metafórica, y no la de rebelión o tumulto):

Diccionario de Autoridades – Tomo V (1737)

«REVOLUCIÓN. Vale assimismo inquietúd, alboroto, sedición, alteración. Latín. Turbatio. Tumultus. CAST. Hist. de S. Dom. tom. 1. lib. 1. cap. 43. Por algunas revoluciones, que sucedieron entre los Franceses y Ricos hombres de Castilla, no gobernó pacificamente el Santo Rey D. Fernando.»

«REVOLUCIÓN. Metaphoricamente vale mudanza, o nueva forma en el estado o gobierno de las cosas. Latín. Mutatio. Vicissitudo. PINEL, Retrat. Introd. Hallándose en la História tanta variedad de exemplos de vicios y virtudes, tantas revoluciones y variedades de fortúna … siempre habrá muchos que aprovechar para nosotros mismos.»

Verónica del Carpio Fiestas

Sobre un libro no leído de Umberto Eco

O, mejor dicho, Sobre un libro no leído, de Umberto Eco, capítulo dentro de su libro póstumo De la estupidez humana a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera», Lumen, 2016. Por cierto, el título en castellano del libro no traduce fielmente el original italiano; se trata de una recopilación de artículos cuyo título original es Pape Satàn aleppe. Cronache di una società liquida. «Pape Satàn aleppe», expresión de la que no tenía hasta ahora ni idea, me explica San Internet que es un verso especialmente poco comprensible de la Divina Comedia de Dante.

«Recuerdo (pero, como veremos, también podría ser que no recuerde bien), un artículo buenísimo de Giorgio Manganelli en el que explicaba cómo el lector agudo puede saber que un libro no se debe leer incluso antes de abrirlo. No hablaba de esas virtud que se requiere del lector de profesión (o del aficionado con buen gusto) de poder decidir si un libro merece ser leído o no a partir de un incipit, de dos páginas abiertas al azar, del índice, a menudo de la bibliografía. Esto, diría, es solo oficio. No, Manganelli hablaba de una especie de iluminación, cuyo don se arrogaba evidente y paradójicamente.

Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard (psicoanalista y profesor universitario de literatura), no trata de cómo se puede saber si leer o no un libro, sino de cómo se puede hablar con toda tranquilidad de un libro que no se ha leído, también de profesor a estudiante, e incluso si se trata de un libro de extraordinaria importancia. Su cálculo es científico: las buenas bibliotecas recogen algunos millares de volúmenes, aun leyendo uno al día leeríamos tan solo 365 al año, 3.600 en diez años, y entre los diez y los ochenta años habríamos leído tan solo 25.200 libros. Una nimiedad. […].

El encuadramiento crítico es el punto crucial para Bayard. Este afirma sin avergonzarse que nunca ha leído el Ulises de Joyce, pero que puede hablar de él aludiendo al hecho de que retoma la Odisea (que, por lo demás, admite no haber leído nunca entera), que se basa en el monólogo interior, que se desarrolla en Dublín en una sola jornada, etcétera. De modo que escribe: «Durante mis clases me refiero con frecuencia a Joyce sin pestañear». Conocer la relación de un libro con los demás libros a menudo significa saber más del mismo que habiéndolo leído.

Bayard muestra cómo, cuando nos ponemos a leer determinados libros abandonados desde hace tiempo, nos damos cuenta perfectamente de su contenido, porque mientars tanto hemos leído otros libros que hablaban de ellos, los citaban o se movían en el mismo orden de ideas. Y (así como lleva a cabo unos análisis muy divertidos de algunos textos literarios de libros jamás leídos, de Musil a Graham Greene, de Valéry a Anatole France y a David Lodge) me hace el honor de dedicarle todo un capítulo a El nombre de la rosa, en el que Guillermo de Baskerville demuestra que conoce perfectamente el contenido del segundo libro de la Poética de Aristóteles, aun tomándolo entre sus manos pro primera vez justo en ese momento, sencillamente porque lo deduce de otras páginas aristotélicas. Veamos al final de esta columna que no cito este fragmento por mera vanidad.

La parte más intrigante de este libro, menos paradójico de lo que parece, es qu etambién olvidamos un porcentaje altísimo de los libros que hemos leído de verdad; es más, nos componemos de ellos una especie de imagen virtual hecha no tanto de lo que decían, sino de lo que nos hacían imaginar. Por lo tanto, si alguien que no ha leído cierto libro nos cita algunso fragmentos o situaciones inexistentes, estamos muy dispuestos a creer que aparecían en el libro.

Lo que pasa (y aquí se pone de manifiesto más el psicoanalista que el profesor) a Bayard no le interesa tanto que la lectura (o no lectura, o lectura imperfecta) debe tener una dimensión creativa, y que (con palabras más sencillas) en un libro el lector debe poner ante todo algo de su parte. Puesto que hablar de libros no leídos es una forma de conocerse a sí mismos, Bayard llega a desear una escuela donde lso estudiantes «inventen» los libros que no deberán leer.

Pues bien, para demostrar que cuando se habla de un libro no leído tampoco quienes lo han leído se dan cuenta de las citas equivocadas, hacia el final de su discurso Bayard confiesa haber introducido tres noticias falsas en el resumen de El nombre de la rosa, El tercer hombre de Greene e Intercambios de Lodge. Lo divertido es que yo, al leer, me di cuenta del error sobre Greene, tuve mis dudas con respecto a Lodge, pero no me di cuenta del error relativo a mi libro. Lo cual significa que probablemente leí mal el libro de Bayard ( y tanto él como mis lectores estarían autorizados a sospecharlo), que apenas lo hojeé. Claro que denunciando sus tres (deliberados) errores, asume de manera implícita que hay una lectura de los libros más correcta que otras para sostener su tesis de la no lectura. La contradicción es tan evidente que da pie a la duda de que Bayard no haya leído nunca el libro que ha escrito.»

Wikipedia me dice que el tal Pierre Bayard efectivamente existe y que efectivamente escribió un libro titulado «Cómo hablar de los libros que no se han leído» y no se trata de una broma de Umberto Eco. Casi diría que es una pena, porque entre quedarme con la idea de que Eco había escrito otro de sus brillantísimos ensayos falsos o quedarme con el comecome de si me merece la pena buscar el libro de Bayard, leerlo e intentar detectar las noticias falsas de El nombre de la rosa de Umberto Eco, El tercer hombre de Greene e Intercambios de Lodge, libros que sí he leído, casi prefiero la primera posibilidad, porque con la segunda seguro que Bayard me las da con queso. Bueno, quizá no con Intercambios, que releí hace poco o con El tercer hombre, que al fin y al cabo es difícil que no persista en la memoria de cualquiera que haya visto la maravillosa película dirigida por Carol Reed, con nada menos que con Orson Welles haciendo de malo.

Por cierto, y esto lo digo el voz baja, este libro póstumo de Eco no lo he leído entero; y, que quede entre nosotros, tampoco he leído la Poética de Aristóteles (ni ganas; entra en mi lista de libros que, como Manganelli, intuyo que no me compensa leer) ni nada de Valéry. No sé si me haré perdonar que tampoco he conseguido leer La Divina Comedia, aunque podría habalr de ella en el sentido que dice Bayard, si digo que he leído de Robert Musil el supertocho que no releería El hombre sin atributos y el mucho menos tocho Las tribulaciones del estudiante Törless (que sí he releído y que recuerdo cada vez que se habla del acoso en la escuela como reciente y propio de nuestra época), bastante de David Lodge (que me ha hecho reír mucho), varios de Graham Greene (autor no suele hacer reír precisamente, pero con Nuestro hombre en La Habana sí), y varios de Eco (maravillosos y divertidísimos sus Diarios mínimos) y hasta uno de Anatole France, que no me ha dejado poso alguno, y uno de Manganelli, del que algo recuerdo vagamente. Bien mirado, no está tan mal.

Verónica del Carpio Fiestas

La realidad y la aventura del hombre que reptaba: de Sherlock Holmes a las cebras sin úlcera

«¿Por qué las cebras no tienen úlcera? La guía del estrés», ensayo del prestigioso científico estadounidense Robert Sapolsky, nacido en 1957 (Alianza Editorial, 1995 (publicado en EEUU en 1994), págs, 47-49.

«¿Qué relación guarda el cerebro con todas esas glándulas que segregan hormonas? Se solía creer que ninguna, pues se suponía que todas las glándulas periféricas del organismo -el páncreas, las glándulas suprarrenales, los ovarios, los testículos, etc.,- «sabían» de forma misteriosa lo que debína hacer, tenían «mentes propias». «Decidían» cuándo segregar sus mensajetros sin recibir instrucciones de ningún otro órgano. Este concepto erróneo dio origen a una moda bastante estúpida en las primeras décadas de este siglo [siglo XX]. Los científicos observaron que el impulso sexual masculino disminuía con la edad y asumieron que se debía a que los testículos segregaban menos testosterona -una hormona sexual- al envejecer. (En realidad los niveles de testosterona no se reducen con la edad, sólo hay un declive moderado y muy variable en la población de hombres ancianos; e incluso una disminución de testosterona de un 5% con respecto al nivel normal no influye mucho en la conducta sexual.) Dando un paso más, los científicos equipararon el envejecimiento con la disminución del impulso sexual, con menos testosterona. (Debían haberse preguntado cómo se las arreglaban las mujeres, que no tienen testículos, para envejecer, pero en aquellos tiempos la mitad femenina de la población no contaba.) ¿Cómo se podía invertir el proceso de envejecimiento? Dando a lso hombres mayor testosterona. De ese modo se instauró la moda de que los caballeros con medios suficientes fueran a impecables clínicas suizas donde , diariamente, les inyectaban en el trasero extractos testiculares de perros, gallos o monos. En los años 20 lo hicieron magnates industriales, jefes de estado y líderes religiososo famosos, y todos confirmaron sus maravillosos resusltados. No porque la ciencia fuera exacta, sino porque cuando se paga una fortuna por unas dolorosas inyecciones diarias de extracto de tescículos de perro, se está suficientemente motivado como para decidir que uno se siente como un toro; no es más que un enorme efecto placebo.

Cuando los científicos se dieron cuenta de que los extractos no servían para nada, se instuauró otra moda, a saber, el trasplante de trozos de testículos de animales, lo cual también era una estupidez, pues si, al envejecer, los testículos segregan menos testosterona, no es porque fallen, sino porque otro órgano (¡atención!) deja de decirles que lo hagan. Unos nuevos y flamentes testículos también fallarán por falta de señales de estimulación. No obstante, teniendo en cuenta lo que es el efecto placebo, la técnica del trasplante también fue increíblemente popular durante un cierto tiempo.»

«El hombre que reptaba», cuento del escritor británico Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), protagonizado por su célebre detective Sherlock Holmes. Recuérdese que, además de escritor, Conan Doyle fue médico; ah, y por si hubiera falta recordarlo, Sherlock Holmes es un personaje ficticio. Lo digo porque por lo visto hacía falta recordárselo a ese 25% de los británicos, que, según una encuesta creían en 2008 que Churchill es un personaje de ficción y que Sherlock Holmes sí existió. Aunque, claro, con datos como los que contiene «El hombre que reptaba» [texto completo en castellano aquí], poniéndolo en relación con el ensayo de las cebras sin úlcera, quizá cualquiera se confundiría, ¿no?

«La puerta del vestíbulo se abrió lentamente y contra el fondo luminoso vimos la alta figura del profesor Presbury. Estaba vestido con su bata de noche. Mientras permanecía delineado en la entrada estaba erecto pero inclinándose hacia delante con los brazos colgados, como cuando lo vimos la última vez. Ahora se adelantó en el camino, y con un extraordinario cambio vino sobre nosotros. Se hundió en una posición agazapada y se movió a lo largo con sus manos y pies, saltando de vez en cuando como si estuviera desbordado de energía y vitalidad. Se movió a lo largo de la cara de la casa y luego giró en la esquina. Cuando desapareció Bennett se deslizó a través de la puerta del vestíbulo y lentamente lo siguió. —¡Venga, Watson, venga! —exclamó Holmes, y nos deslizamos a hurtadillas tan suavemente como podíamos a través de los arbustos hasta que obtuvimos una ubicación desde donde podíamos ver el otro lado de la casa, la cual estaba bañada bajo la luz de la media luna. El profesor estaba claramente visible arrastrándose con el pie en la pared cubierta de hiedra. Mientras lo observábamos repentinamente comenzó con increíble agilidad a ascender. Desde rama en rama saltó, seguro de pie y firme de dominio, trepando aparentemente en un mero divertimento de sus propios poderes, con ningún objetivo definido en vista. Con su bata de noche agitándose de cada lado, observó algo como un gigante ladrillo terciado pegado contra un lado de su propia casa, un gran cuadrado oscuro ajustado sobre la pared iluminada por la luna. En breve se cansó de este pasatiempo, y, dejándose caer de rama en rama, se agazapó dentro de la vieja postura y se movió de frente hacia los establos, arrastrándose a lo largo en la misma extraña forma que antes. El perro lobo estaba afuera en ese instante, ladrando furiosamente, y más excitado que nunca cuando en realidad capta al vuelo a su dueño. Estaba haciendo un gran esfuerzo con sus cadenas y vibrando con ansias y rabia. El profesor se agazapó muy deliberadamente fuera del alcance del sabueso y empezó a provocarlo de todas las formas posibles. Tomó un puñado de guijarros del camino y se los arrojó en la cara del can, lo pico con una varilla que había levantado, golpeó con sus manos aproximadamente a sólo unas pulgadas de la boca abierta, y empeñándose de todas formas en incrementar la furia del animal, la cual ya estaba fuera de todo control. En todas nuestras aventuras no conozco que hubiera visto un espectáculo más extraño que esta apática y aún dignificada figura arrastrándose como un sapo sobre la tierra e incitando a una salvaje exhibición de pasión del sabueso enloquecido, el cual se alborotaba y se enfurecía en frente de él, por todas clases de ingeniosa y calculada crueldad. ¡Y entonces en un instante sucedió! No era la cadena que se rompió, sino todo el collar se deslizó, porque había sido realizado para un Terranova de cuello ancho. Oímos el ruido de metal cayéndose, y el siguiente instante el can y el hombre estaban revolcándose juntos en la tierra, uno rugiendo de furia, el otro gritando en un extraño chillido falsete de terror. Era un hecho limitante para la vida del profesor. La salvaje criatura lo sostenía medianamente por la garganta, sus colmillos estaban hincados profundamente, y él ya estaba sin sentido antes de que pudiéramos alcanzarlos y jalarlos aparte a los dos. Pudo haber sido una peligrosa tarea para nosotros, pero la voz de Benett y su presencia trajo al gran perro lobo instantáneamente a la razón. El alboroto había traído al adormecido y asombrado cochero de su habitación encima de los establos. —No estoy sorprendido —dijo, sacudiendo su cabeza—. Lo he visto antes. Sabía que el can lo atraparía tarde o temprano. El sabueso estaba asegurado, y juntos llevamos al profesor a su habitación, donde Bennett, quien tenía un título médico, me ayudo a arropar su desgarrada garganta. Los afilados dientes habían pasado peligrosamente cerca de la arteria carótida, y la hemorragia era seria. En media hora el peligro había pasado, le había dado al paciente una inyección de morfina, y se habíasumergido en un profundo sueño. Entonces, y solamente entonces, estuvimos calificados de mirarnos uno al otro y tomar noción de la situación. —Pienso que un cirujano de primera clase debería verlo —dije. —¡Por amor de Dios, no! —exclamó Benett—. Actualmente el escándalo está confinado a nuestro propio grupo familiar. Está seguro con nosotros. Si va más allá de estas paredes nunca se detendrá. Considere su posición en la universidad, su reputación europea, los sentimientos de su hija. —Exactamente —dijo Holmes—, pienso que sería posible mantener el asunto, y también prevenir su recurrencia ahora que tenemos una mano libre. La llave de la malla del reloj, Sr. Bennett. Macphail custodiará al paciente y nos avisará si hay algún cambio. Veamos que podemos encontrar en la misteriosa caja del profesor. No había mucho, pero había suficiente… un frasco vacío, otro cercanamente lleno, una jeringa hipodérmica, varias cartas de una mano extranjera y malhumorada. Las marcas en los sobres mostraron que eran aquellas que habían estorbado la rutina del secretario, y cada una estaba fechada desde la ruta comercial y firmada ‘A. Dorak’. Había meras cuentas que decían que nuevas botellas están siendo enviadas al profesor Presbury, o acuse de recibo de dinero. Había otro sobre, sin embargo, en una mano más educada y portando la estampilla austríaca con el sello postal de Praga. —¡Aquí está nuestro objetivo! —exclamó Holmes cuando sacó el documento adjunto.

HONORABLE COLEGA (decía): Dada su estimada visita he pensado mucho de su caso, y aunque sus circunstancias son muy especiales razón por el trato, no sería nada menos ordenar precaución, como mis resultados han mostrado que no son sin peligro de algún tipo. Es posible que el suero de antropoide haya sido mejor. He usado, como le expliqué, un langur negro porque el espécimen fue accesible. El langur es, por supuesto, un gateador y trepador, mientras que los antropoides caminan erectos y es allegado en todas formas. Le ruego que tome todas las precauciones posibles ya que no hay revelaciones prematuras del proceso. Tengo otro cliente en Inglaterra, y Dorak es mi agente para ambos. Pedidos semanales serán complacidos. Suyo con la más alta estima, H. LOWENSTEIN

¡Lowenstein! El nombre me trajo a la memoria algún recorte de periódico que hablaba de un oscuro científico que estaba esforzándose de una desconocida manera por el secreto del rejuvenecimiento y el elixir de la vida. ¡Lowenstein de Praga! Lowenstein con el admirable suero que da vitalidad, prohibido por la profesión porque rehusaba revelar su fuente. En pocas palabras dije lo que recordaba. Bennett tomó un manual de zoología de los estantes. —’Langur’ —leyó— el gran mono negro de las pendientes del Himalaya, el más grande y más humano de los monos trepadores. Muchos detalles son añadidos. Bien, gracias a usted, Sr. Holmes, es muy claro que hemos rastreado la maldad hasta su fuente. —La verdadera fuente —dijo Holmes— yace, por supuesto, en que la aventura amorosa a destiempo le dio al impetuoso profesor la idea de que solamente podría conseguir su deseo volviéndose un hombre joven. Cuando uno trata de elevarse sobre la naturaleza se predispone a caer bajo ella.»

Verónica del Carpio Fiestas

«Cincuenta caracteres», de Elias Canetti

El lamenombres, el caldealágrimas, la finorola, el calosaurio, la depurasílabas, la hiposcótina, la ovillapenas, la primaluna, el testigo oidor, la arqueócrata, el magalólogo, y así hasta cincuenta caracteres descritos por el escritor (¿cómo describirlo? ¿centroeuropeo, de origen sefardí, de nacionalidad británica?) en lengua alemana Elias Canetti (Bulgaria 1905-Suiza 1994, Premio Nobel de Literatura en 1981) en su libro «Cincuenta caracteres» (ed. Guadarrama, Punto Omega, 1981, traducción Juan José del Solar; título original «Der Ohrenzeuge: Fünfzig Charaktere», 1974). La traducción del alemán de esos extraños nombres «palabras compuestas y en gran parte inventadas», fue ardua, dice el traductor, y el resultado es desconcertante, agudo, poético, brillante y preciso, además de divertido y de inducir a la reflexión y al autoanálisis; y con hallazgos maravillosos, como eso de las ciudades «legibles o ilegibles». Y los caracteres son de muchos tipos; descritos de forma extremadamente sarcástica o puramente descriptiva, y todo a la vez, depende de cómo se mire. ¿Es «literatura», es un ensayo o qué es? No lo sé.

Veamos un par de caracteres:

«El Cazaperfidias escrudriña los rincones y no se deja engañar. Sabe qué hay oculto tras las máscaras inofensivas, adivina al instante lo que alguien quiere de él y, antes que la máscara caiga por sí sola, la arranca con gesto rápido y decidido. […]

Tiene un talento especial para los sistemas. Según él, todo en el mundo obedece a un sistema, nada es casual, cada infamia está ligada a los demás. En el fondo es siempre el mismo sinvergüenza que recurre a infinidad de disfraces para guardar las apriencias. Con su aguda perceptividad, el Cazaperfidias interviene, desenreda todo un lío y lo extrae del montón, lo mantiene en alto y compadece en secreto al creador, que, si bien tuvo mucha habilidad, careció d ela suficiente para engañarlo.»

Al cazaperfidias de 1974, ¿no se le llamaría hoy quizá «el conspiranoico»?

Y vayamos con «el Bibliófago»:

«El Bibliófago lee todos los libros sin distinción, siempre que sean difíciles. Los que se comentan no le dejan satisfecho, han de ser raros y olvidados, difíciles de encontrar. A vaces pasa un año buscando un libro porque nadie lo conoce. Cuando al final lo encuentra, lo lee, lo entiende, lo memoriza y puede citarlo siempre. A los 17 años tenía ya el mismo aspecto que ahora, a los 47. Cuando más lee, menos se transforma. Todo intento de sorprenderlo con un nombre fracasa, es igualmente versado en cualquier campo. Como siempre hay cosas que desconoce, no se aburre nunca. Procura, eso sí, no citar algo que desconozca, no vaya a ser que otro se le adelante en la lectura.

El Bibliófago es como un arcón que nuca se abre para que no se pierda nada. Teme hablar de sus siete doctorados y solo cita tres; muy fácil le resultaría sacar cada año uno nuevo. Es amable y le gusta hablar, y para poder hablar también cede a otros la palabra. Cuando dice «no lo sé», cabe esperar una conferencia detallada y erudita. Es rápido, porque siempre busca gente nueva que lo escuche. No olvida a nadie que lo haya escuchado, el mundo se compone, para él, de libros y de oyentes. Sabe apreciar debidamente el silencio ajeno, él mismo solo calla unos instantes antes de iniciar un discurso. En realidad, nadie quiere aprender nada de él, puesto que sabe mucho más. Propaga incertidumbres no tanto porque sea incapaz de repetirse, sino porque nunca se repite ante el mismo oyente. Sería entretenido si no cambiara de tema. Es justo con sus conocimientos, todo cuenta, cuánto no daríamos por descubrir algo que le importe más que el resto. Pide excusas por el tiempo que, como la gente normal, dedica al sueño.

Con gran expectación y deseando pillarle al fin una mentira, vuelve uno a verle después de varios años. Inútil esperanza; aunque aborde temas totalmente distintos, sigue siendo él mismo hasta la última sílaba […]. Nunca ha ido a una ciudad sin antes leer todo sobre ella. Las ciudades se adaptan a sus conocimientos, corroboran lo que ha leído, no parece haber ciudades ilegibles.[…]

¿Quizá hoy «el Bibliófago» tendría un blog pseudocultureta con un nombre raro y pretencioso, en el que, de vez en cuando, se reiría de sí mismo? Hmm.

Verónica del Carpio Fiestas

Freud, fundador de una religión en la cárcel del tiempo, según María Zambrano

«El freudismo, testimonio del hombre actual

Cada época tiene sus males y sus glorias. En algunas, especialmente complicadas, sucede que los males y las glorias, los esplendores y las miserias, vayan mezclados. Cada época es como un acto en el drama de la historia humana, que sólo alcanzará la plenitud de su sentido dentro del drama acabado. Sólo desde el final de los tiempos podríamos ver claramente el sentido de cada época y aun de cada vida individual. Pero como no hemos llegado a él, sucede que nos vemos forzados al ser al mismo tiempo juez y parte. Vivimos dentro de una época, prisioneros en ella.

Mas, todo lo que aprisiona, fuerza a la libertad. La vida humana está aprisionada en el tiempo. Y precisamente de este sentimiento del tiempo como cárcel, ha nacido en todas las épocas el afán de librarse de él. Lo más noble del hombre es, sin duda, la no resignación ante las cadenas de todas clases de que está rodeado.

En estas épocas de mezcla se hace más necesario y urgente el examinar sus tesoros llenos de confusión, sus abigarradas riquezas corroídas por la miseria.

Uno de estos bienes y males de nuestro momento es todavía la doctrina llamada «freudismo». La rapidez de su extensión, la profundidad de su alcance, la amplitud de sus consecuencias, la mezcla de sus caracteres positivos y negativos, hacen que tenga actualidad, que la siga teniendo después de la multitud de volúmenes que le han sido consagrado, en que se analiza la teoría, el cuerpo de doctrina de Freud, mas no la importancia del freudismo como signo de nuestros tiempos; no su carácter de se una de las religiones de nuestra época. [Nota al pie de la autora María Zambrano. «Este aspecto del freudismo como Religión está con insuperable claridad señalado pro mi compatriota José Ferrater Mora, en un excelente ensayo: Nota sobre Sigmund Freud, Habana, La Escuela Activa, Núm. 1, septiembre, 1939″].

Suele caracterizarse a nuestra época como irreligiosa. Más acertado sería descubrir las religiones qu ela pueblan clandestinamente. Clandestinamente, porque tiene por carácter estas solapadas religiones que sus fieles no las aceptan como tales; sus creyentes no quieren del todo creer en ellas y las sirven, a pesar suyo, sin voluntad, sin conciencia, sin responsabilidad. Pasamos por un momento de Dioses extraños, que en vez de mostrar su rostro como han hecho o permitido siempre los Dioses, lo ocultan y lo desfiguran. Obscuras religiones y dioses, que no osan mostrarse, que necesitan toda la debilidad de la conciencia actual para vivir. Dioses a los que el hombre despierdo se avergüenza de servir. De ahí que la mayor parte de las energías de los hombres se vayan en simular, en preparar los argumentos encubridores de la falsedad en que viven. Pues viven en mentira, no solamente por adorar falsos dioses, sino por no tener valor suficiente para confesarlo.

Uno de estos cultos o religiones es el freudismo, sin duda

Fragmento del ensayo «El freudismo, testimonio del hombre actual», incluido dentro del libro «»Hacia un saber sobre el alma», Alianza Tres, 1987; es reeedición de un recopilatorio de ensayos publicados entre 1933 y 1944, y no especifica la fecha de publicación de ese concreto ensayo. La filósofa española María Zambrano (1904-1991) escribió este, pues, en algún momento entre la Segunda República y la primera parte del largo y duro exilio que hubo de sufrir desde 1939, como tantos; en 1940, según un autor.

Por la selección y transcripción,

Verónica del Carpio Fiestas

El perro de flores de Jeff Koons y el dios de hierba de la tumba de Tutankamón

«Tal vez uno de los objetos más curiosos de todo el ajuar funerario sea el que apareció en una caja oblonga en la esquina sudoeste de la habitación, debajo de algunos de los cofres en forma de capilla. Este objeto, al que comúnmente llamamos la figura germinada de Osiris o el lecho de Osiris, se compone de un armazón de madera moldeado como la figura de dicho dios, vaciado forrado con un paño, lleno de barro procedente del lecho del Nilo y con grano plantado en él. Se lo humedecía, el grano germinaba y aquella forma inanimada se convertía en verde y llena de vida, simbolizando así la resurrección de Osiris y del muerto. Esta figura era de tamaño natural e iba completamente envuelta en mortajas y vendada a manera de una momia. No es más que otro ejemplo de cómo en aquel antiguo culto funerario se identificaba al muerto justificado con Osiris en todos los aspectos posibles.»

[Fragmento de un libro clásico: «El descubrimiento de la tumba de Tutankhamón«, publicado en 1927 por el famosísimo arqueólogo Howard Carter (1874-1939), para describir con todo detalle el descubrimiento por él, en 1922, de la tumba del faraón Tutankhamón, en el Valle de los Reyes, Egipto. En este enlace, texto completo en castellano de este apasionante libro, cuya lectura animaría a cualquiera a dejar su profesión y dedicarse a la arqueología.]

Puppy, Guggenheim, Bilbao. By Xosema – Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7458810

«Puppy (en español Cachorro) es una escultura realizada por el artista estadounidense Jeff Koons en 1992. Representa un cachorro canino de la raza West Highland White Terrier y se compone de una estructura de acero recubierta con plantas naturales, que se reemplazan a medida que dejan de florecer. Se encuentra emplazada frente al Museo Guggenheim de la ciudad de Bilbao, España. Sus dimensiones son 12,4 x 9,1 x 8,5 m. Existe una copia exacta en una finca de Peter M. Brant en Connecticut.«

[Transcripción de la entrada «Puppy (escultura)», en Wikipedia]

Verónica del Carpio Fiestas

Un pensamiento conocidísimo de Pascal sobre Ley y Justicia

«[…] nada hay justo o injusto que no cambie de cualidad cambiando de clima. Tres grados de elevación hacia el polo echan por tierra toda la jurisprudencia; un meridiano decide de la verdad; a los pocos años de ser poseídas, las leyes fundamentales se cambian; el derecho tiene sus épocas; la entrada de Saturno en Leo nos indica el origen de tal crimen. ¡Valiente justicia la que está limitada por un río! Verdad aquende el Pirineo, error allende.«

Blas Pascal, «Pensamientos«, sección IV, 294 (Colección Austral, Espasa Calpe, traducción de X. Zubiri, 1940.)

Aunque, claro, quizá Pascal habría escogido otro ejemplo que el de unos Pirineos separadores de Francia de España de haber vivido en la época de la Unión Europea, del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y de las directivas comunitarias en vez de en el siglo XVII…

 

Verónica del Carpio Fiestas

Homo ludens: juego, Derecho y proceso judicial

Se va a transcribir un fragmento de una obra clásica escrita en 1938, «Homo ludens», del ilustre historiador holandés Johan Huizinga (1872-1945). Más allá del «homo sapiens» y del «homo faber», el hombre como animal que es capaz de pensar y de fabricar, Huizinga, que considera insuficientes esas descripciones convencionales, añade el «homo ludens», el hombre que es capaz de jugar y que hace del juego la base de la cultura. Uno de los capítulos está dedicado al juego y el Derecho; a ese capítulo corresponde el fragmento. La traducción es de la edición de Alianza, 2004.

«A primera vista la esfera del derecho, de la ley y de la Administración de Justicia parece estar muy apartada de la esfera lúdica. Una santa seriedad y el interés vital del individuo y de la comunidad dominan todo lo que se refiere al derecho y a la justicia. La base etimológica de las palabras que expresan los conceptos de derecho, de lo justo y de la ley se halla sobre todo, en el dominio de establecer, constatar, indicar, reunir mantener, ordenar, acoger, escoger, repartir, ser igual, vincular, estar acostumbrado, estar firme. Conceptos todos bastante opuestos a la esfera semántica en que aparecen las palabras para designar el juego. Pero ya hemos observado, a menudo, que la santidad y la seriedad de una acción en modo alguno excluyen su cualidad lúdica.

Pronto se nos manifiesta la posibilidad de una afinidad entre el derecho y el juego en cuanto observamos que el ejercicio efectivo del derecho, en otras palabras, el proceso jurídico, cualesquiera que sean las bases ideales del derecho, posee en alto grado el carácter de una porfía. La conexión entre competición y la formulación del derecho asomó ya en la descripción del potlatch que Davy trató desde el aspecto histórico-jurídico como el origen de un sistema primitivo de convenio y obligación. La contienda judicial vale entre los griegos como «agón», como una pugna sometida reglas fijas y que se celebra con formas sagradas y en el cual las dos partes contendientes apelan a la decisión de un árbitro. Está concepción del proceso judicial como contienda no debe ser considerada como un desarrollo posterior, como una transposición conceptual, y mucho menos como una degeneración cual parece hacerlo Ehrenberg. Por el contrario, todo el desarrollo parte de la naturaleza agonal de la contienda jurídica, y este carácter de porfía lo conserva vivo hasta nuestros días.

Quién dice porfía dice también juego. Ya vimos antes que no existe motivo suficiente para sustraer a ninguna competición su carácter lúdico. Lo lúdico y lo agonal, ambos exaltados a la esfera de lo sagrado, que toda comunidad reclama para su administración de justicia, se trasluce todavía hoy en diversas formas de la vida jurídica. La administración de Justicia tiene lugar en una corte. Esa corte es todavía en el pleno sentido de la palabra […] «el círculo sagrado» en que vemos todavía sentados a los jueces en el escudo escudo de Aquiles. Todo lugar en que se pronuncia justicia es un auténtico «temenos», un lugar sagrado, que ha sido recortado y destacado del mundo habitual. El lugar es cuidado y exorcizado. El tribunal es un auténtico círculo mágico un campo de juego en que se cancela temporalmente la diferencia de rango habitual entre los hombres. En él se es temporalmente inviolable. […] La Cámara de los Lores inglesa es todavía en el fondo una corte de justicia, lo que explica que el «saco de lana» dónde se sientan el lord canciller, que nada tiene que hacer allí, se considere como «technically outside the precints of the house», «técnicamente fuera del recinto».

Los jueces se salen de la vida habitual antes de pronunciar sentencia. Se revisten con la toga o se colocan una peluca. ¿Es que se ha estudiado la significación etnológica de todo este aparato de los jueces y los abogados ingleses? A mí me parece que su relación con la moda de pelucas de los siglos XVII y XVIII es secundaria. Propiamente es una supervivencia del viejo distintivo de los juristas inglés, el «coif», que fue, al principio, un bonete blanco muy ceñido, representado todavía por un pequeño ribete blanco debajo de la peluca. Pero la peluca del juez es algo más que una supervivencia de un viejo uniforme. En su función hay que considerarla como bastante cercana a las danzas de máscaras de los pueblos primitivos. Convierte a quien lo lleva en «otro ser». El pueblo inglés, en su veneración por la tradición, que le es tan característica, ha conservado en su vida jurídica otros rasgos muy antiguos. El elemento deportivo y de humor que lucen los procedimientos judiciales con tanta fuerza pertenece a los rasgos fundamentales de la vida jurídica en general. Es cierto que tampoco está ausente por completo este rasgo en la conciencia popular de otros países. «Be a good sport», solía decir el contrabandista de alcohol en los días en que la prohibición norteamericana el funcionario de aduanas que quería levantar un acta del caso.

Un antiguo juez me escribía en una ocasión: «El estilo y el contenido de nuestros protocolos revelan con qué entusiasmo deportivo nuestros abogados se disparan recíprocamente con argumentos y réplicas y con mucha sofistería. Su estado de espíritu me ha hecho recordar, a veces, el portavoz de un proceso «Adat» javanés que, a cada nuevo argumento, hunde un palito en la tierra y procura ganar la contienda por el mayor número de palos.»

Aparte de lo interesante y valioso del fragmento, del capítulo y del libro, obra clásica como he dicho, se me ocurre una pregunta que quizá sería impensable en países donde la Administración de Justicia sea muy distinta a la de España. Me pregunto qué argumentación antropológica e histórica habría desarrollado Huizinga y a qué conclusiones habría llegado si hubiera tenido oportunidad de ver los juzgados españoles, de cutre concepción arquitectónica y en permanente estado de lamentable conservación, y en las que no es ya que el carácter escogido de las instalaciones brille por su ausencia, sino que lo que de verdad brilla es la crónica falta de atención y el desprecio por parte del Estado a una función que Huizinga considera lúdica y sagrada; no sé qué habría dicho Huizinga si hubiera visto juzgados en edificios del nivel de ínfima oficina municipal, con goteras y hasta en barracones, donde el elemento humorístico y deportivo solo existe si es en relación con saltar charcos de goteras en el suelo. Solo de pensarlo no sé ni reír si reír o llorar.

Verónica del Carpio Fiestas

.

Impostores: el caso Martin Guerre y el caso del Tom Castro de Borges

“Se trata del caso de Martin Guerre, un episodio de la historia del campesinado del sur de Francia de mediados del siglo XVI. Cronológicamente este periodo supera los límites de la Edad Media, pero, en esencia, apenas si lo hace. En el mundo campesino las tradiciones cambiaban con particular lentitud. El argumento de Martin Guerre está «pensado» por la propia vida según el guion de un cuento o una novela y en más de una ocasión ha sido utilizado por los poetas, dramaturgos y guionistas de cine, ha sido investigado de manera magistral por Natalie Zemon Davis, quien sitúa este episodio en el contexto social real de la época. Me limitaré a recordar el cañamazo exterior de los acontecimientos.
El matrimonio del joven Martin con Bertrand, hija de un campesino acomodado del Languedoc, no fue afortunado. Al principio una larga impotencia del marido hizo estéril al matrimonio, después, aun cuando Bertrande le do un hijo, Martin desapareció, se marchó de casa y desapareció por muchos años. Cuando por fin regresó, resultó que su lugar estaba ocupado. Había ocurrido que, varios años antes, había hecho su aparición en la aldea un joven, por nombre Arnaud de Tilh, que se hizo pasar por Martin Guerre con tanta fortuna que todo el mundo aceptó su autenticidad, parientes, vecinos y, lo más importante, su propia esposa. Las sospechas surgieron únicamente cuando entre el tío y el sobrino impostor surgió una disputa por unas propiedades. La amenaza de perder la posesión de la tierra abrió los ojos al tío respecto al advenedizo, e inició un pleito. Los jueces que interrogaron a varias decenas de testigos no pudieron establecer la verdad ya que una parte de ellos negaba que el marido de Bertrand fuera el verdadero Martin, mientras que otros no tenían la menor duda de que este hombre, con el que ella había vivido felizmente varios años, y a quien había dado una hija, era su cónyuge legal. Por lo que se refiere al propio sospechoso, este refutaba tenazmente las acusaciones de engaño de una forma tan convincente que el parlamento de Toulouse, Tribunal Supremo de la provincia, estaba dispuesto a darle la razón. Sin embargo, cuando el juez se disponía a proclamar su veredicto, en el tribunal apareció ni más ni menos que el propio Martin Guerre en persona, con una pierna: pero ¡el verdadero sin la menor duda! Bertrande y los demás lo reconocieron inmediatamente. El embaucador fue desenmascarado, juzgado y colgado delante de la casa del hombre por el que durante tanto tiempo y con tanta fortuna se había hecho pasar.
En este episodio, la atención del historiador, ocupado en la búsqueda de la personalidad humana, se fija en diferentes aspectos. El interés de Natalie Zemon Davis se centra en Bertrande: ¿cómo «reconoció» la esposa a su marido en el impostor? ¿Se había engañado a sí misma de buena fe o, desilusionada en algún momento de esperar el regreso de Martin y sabiendo al mismo tiempo que no podía casarse de nuevo mientras no se demostrara la muerte del marido, quería construir una nueva vida familiar? (puesto que ella, aun después de que se acusara públicamente a Arnaud, continuó insistiendo obstinadamente en que era el verdadero Martin casi hasta el final del juicio). Que Bertrande sea el centro de la atención es muy comprensible0 pero no es menos importante Arnaud de Tilh, que se hace pasar por Martin Guerre. Davis hace notar de manera muy justa que no tenemos ante nosotros un caso de fraude habitual ni un intento de «hacerse pasar simplemente por otro hombre», sino una elaborada estratagema para «asumir una vida ajena)». En correspondencia, el regreso del verdadero Martin fue en este plano nada más que la realización de la intención de recobrar su personalidad, su persona.
Al parecer, Arnaud de Tilh se encontró en algún lugar con Martin Guerre durante el período de los viajes de este y, convencido de la similitud física (por otro lado no total), averiguó muchas cosas de su vida anterior sobre la gente con la que estaba relacionado. Hay que hacerle justicia, aprendió a fondo el papel que pretendía interpretar. No se comprende del todo cómo consiguió hacerlo, pero los hechos son los hechos: Arnaud conocía a la perfección a todas las gentes de la aldea por sus nombres y aspecto exterior, y después de su aparición allí «recordaban» juntos episodios y conversaciones del pasado, de manera que al principio nadie dudó en serio de que se tratara del verdadero Martin Guerre. Sobre las diferencias entre él y Martin se empezó a hablar, en particular, tan solo después que surgiera la querella entre el tío y el «sobrino». Natalie Zemon Davis señala que en esa época los campesinos no disponían de criterios claros para identificar una personalidad, puesto que no existían ni certificados ni modelos de caligrafía, ya que no era costumbre observar los rasgos de la cara, costumbre que se adquiere con e1 uso del espejo. Es posible que en estas condiciones no se desarrolle la observación fisionómica y las pequeñas diferencias entre gentes parecidas entre sf no atraen la atención. Recordemos la observación de Febvre sobre el «atraso visual» del hombre del siglo xvi, que está acostumbrado a confiar más en el oído que en la vista.
Lo dicho ayuda a contestar la pregunta de por qué los que rodeaban a Arnaud de Tilh, que se hacia pasar por Martin Guerre, creyeron que ante ellos estaba el verdadero Martin Guerre. ¿Nos podemos permitir hacernos otra pregunta? ¿Cómo lo vivía el propio embaucador? Naturalmente, no podemos obtener una respuesta precisa. Solo sabemos que Arnaud negó decididamente todas las acusaciones que se hacían contra su autenticidad en calidad de Martin Guerre (pero no le quedaba otro remedio, había ido demasiado lejos en su mistificación) y fue tan convincente y consecuente en su defensa propia, que en el juicio testificaron una decena de vecinos a su favor; es más, le creyó el experimentado e ilustrado juez de Toulouse de Coras, quien dejó una detallada descripción de este caso «sorprendente y memorable». Solo después de la condena de Arnaud, cuando se le exigió público arrepentimiento antes de morir, él, finalmente, preparándose p araaparecer ante el Juez Supremo, se reconoció embaucador e impostor.
Surge la hipótesis: el hombre que durante mucho tiempo recopiló concienzudamente todos los testimonios posibles sobre otra persona, incluso hasta los más nimios detalles de sus conversaciones con los vecinos y parientes, además de datos sobre todas estas personas (y el número de testigos, que fueron interrogados en el tribunal de primera instancia y, consiguientemente, hablaron con el pseudo-Martin hasta el inicio del proceso, alcanzó por lo menos la cifra de ciento cincuenta, además entre ellos había parientes y allegados de Martin Guerre), no pudo en definitiva instalarse en el papel. Pretendía pasar toda su vida bajo la máscara de Martin Guerre, y lo consiguió durante algunos años a la perfección. La máscara debía «pegarse» al rostro, germinar en el interior de Arnaud. ¿No es normal que se sintiera Martin? Con esta transformación psicológica, ¿no se explica la seguridad con la cual se afianzaba en su nueva identidad, y la convicción, que ejerció una influencia tan grande en el trubunal
Naturalmente, no se dice ni una palabra de que el recién aparecido Martin Guerre hubiera olvidado completamente quién era ese Arnaud de Tilh. Actuaba y fingía. Sin embargo, se sabe qué precio pagan los eternos simuladores. […] El impostor, cuando vivía con Bertrande y se relacionaba con los vecinos, sus parientes y los de Martin, era al mismo tiempo Martin Guerre y Arnaud de Tilh.”

Del libro «Los orígenes del individualismo europeo», de Aaron Gurevich, Crítica, 1997

» El impostor inverosímil Tom Castro

Ese nombre le doy porque bajo ese nombre lo conocieron por calles y por casas de Talcahuano, de Santiago de Chile y de Valparaíso, hacia 1850, y es justo que lo asuma otra vez, ahora que retorna a estas tierras -siquiera en calidad de mero fantasma y de pasatiempo del sábado (1). El registro de nacimiento de Wapping lo llama Arthur Orton y lo inscribe en la fecha 7 de junio de 1834. Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia conoció la miseria insípida de los barrios bajos de Londres y que sintió el llamado del mar. El hecho no es insólito. Run away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de los padres, la iniciación heroica. La geografía la recomienda y aun la Escritura (Salmos, 107): Los que bajan en barcas a la mar, los que comercian en las grandes aguas; ésos ven las obras de Dios y sus maravillas en el abismo. Orton huyó de su deplorable suburbio color rosa tiznado y bajó en un barco a la mar y contempló con el habitual desengaño la Cruz del Sur, y desertó en el puerto de Valparaíso. Era persona de una sosegada idiotez. Lógicamente, hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le conciliaron el favor de cierta familia de Castro, cuyo nombre adoptó. De ese episodio sudamericano no quedan huellas, pero su gratitud no decayó, puesto que en 1861 reaparece en Australia, siempre con ese nombre: Tom Castro. En Sydney conoció a un tal Bogle, un negro sirviente. Bogle, sin ser hermoso, tenía ese aire reposado y monumental, esa solidez como de obra de ingeniería que tiene el hombre negro entrado en años, en carnes y en autoridad. Tenía una segunda condición, que determinados manuales de etnografía han negado a su raza: la ocurrencia genial. Ya veremos luego la prueba. Era un varón morigerado y decente, con los antiguos apetitos africanos muy corregidos por el uso y abuso del calvinismo. Fuera de las visitas del dios (que describiremos después) era absolutamente normal, sin otra irregularidad que un pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento vehículo que daría fin a sus días.
Orton lo vio un atardecer en una desmantelada esquina de Sydney, creándosedecisión para sortear la imaginaria muerte. Al rato largo de mirarlo le ofreció el brazo y atravesaron asombrados los dos la calle inofensiva. Desde ese instante de un atardecer ya difunto, un protectorado se estableció: el del negro inseguro y monumental sobre el obeso tarambana de Wapping. En setiembre de 1865, ambos leyeron en un diario local un desolado aviso.

EL IDOLATRADO HOMBRE MUERTO

En las postrimerías de abril de 1854 (mientras Orton provocaba las efusiones de la hospitalidad chilena, amplia como sus patios) naufragó en aguas del Atlántico el vapor Mermaid, procedente de Río de Janeiro, con rumbo a Liverpool. Entre los que perecieron estaba Roger Charles Tichborne, militar inglés criado en Francia, mayorazgo de una de las principales familias católicas de Inglaterra. Parece inverosímil, pero la muerte de ese joven afrancesado, que hablaba inglés con el más fino acento de París y despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia, la gracia y la pedantería francesas, fue un acontecimiento trascendental en el destino de Orton, que jamás lo había visto. Lady Tichborne, horrorizada madre de Roger, rehusó creer en su muerte y publicó desconsolados avisos en los periódicos de más amplia circulación. Uno de esos avisos cayó en las blandas manos funerarias del negro Bogle, que concibió un proyecto genial.

LAS VIRTUDES DE LA DISPARIDAD

Tichborne era un esbelto caballero de aire envainado, con los rasgos agudos, la tez morena, el pelo negro y lacio, los ojos vivos y la palabra de una precisión ya molesta; Orton era un palurdo desbordante, de vasto abdomen, rasgos de una infinita vaguedad, cutis que tiraba a pecoso, pelo ensortijado castaño, ojos dormilones y conversación ausente o borrosa. Bogle inventó que el deber de Orton era embarcarse en el primer vapor para Europa y satisfacer la esperanza de Lady Tichborne, declarando ser su hijo. El proyecto era de una insensata ingeniosidad. Busco un fácil ejemplo. Si un impostor en 1914 hubiera pretendido hacerse pasar por el Emperador de Alemania, lo primero que habría falsificado serían los bigotes ascendentes, el brazo muerto, el entrecejo autoritario, la capa gris, el ilustre pecho condecorado y el alto yelmo. Bogle era más sutil: hubiera presentado un kaiser lampiño, ajeno de atributos militares y de águilas honrosas y con el brazo izquierdo en un estado de indudable salud. No precisamos la metáfora; nos consta que presentó un Tichborne fofo, con sonrisa amable de imbécil, pelo castaño y una inmejorable ignorancia del idioma francés. Bogle sabía que un facsímil perfecto del anhelado Roger Charles Tichborne era de imposible obtención. Sabía también que todas las similitudes logradas no harían otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables. Renunció, pues, a todo arecido. Intuyó que la enorme ineptitud de la pretensión sería una convincente prueba de que no se trataba de un fraude, que nunca hubiera descubierto de ese modo flagrante los rasgos más sencillos de convicción. No hay que olvidar tampoco la colaboración todopoderosa del tiempo: catorce años de hemisferio austral y de azar pueden cambiar a un hombre.
Otra razón fundamental: Los repetidos e insensatos avisos de Lady Tichborne demostraban su plena seguridad de que Roger Charles no había muerto, su voluntad de reconocerlo.

EL ENCUENTRO

Tom Castro, siempre servicial, escribió a Lady Tichborne. Para fundar su identidad invocó la prueba fehaciente de dos lunares ubicados en la tetilla izquierda y de aquel episodio de su niñez, tan afligente pero por lo mismo tan memorable, en que lo acometió un enjambre de abejas. La comunicación era breve y a semejanza de Tom Castro y de Bogle, prescindía de escrúpulos ortográficos. En la imponente soledad de un hotel de París, la dama la leyó y la releyó con lágrimas felices y en pocos días encontró los recuerdos que le pedía su hijo.
El 16 de enero de 1867, Roger Charles Tichborne se anunció en ese hotel. Lo precedió su respetuoso sirviente, Ebenezer Bogle. El día de invierno era de muchísimo sol; los ojos fatigados de Lady Tichborne estaban velados de llanto. El negro abrió de par en par las ventanas. La luz hizo de máscara: la madre reconoció al hijo pródigo y le franqueó su abrazo. Ahora que de veras lo tenía, podía prescindir del diario y las cartas que él le mandó desde el Brasil: meros reflejos adorados que habían alimentado su soledad de catorce años lóbregos. Se las devolvía con orgullo: ni una faltaba.
Bogle sonrió con toda discreción: ya tenía dónde documentarse el plácido fantasma de Roger Charles.

AD MAJOREM DEI GLORIAM

Ese reconocimiento dichoso -que parece cumplir una tradición de las tragedias clásicas- debió coronar esta historia, dejando tres felicidades aseguradas o a lo menos probables: la de la madre verdadera, la del hijo apócrifo y tolerante, la del conspirador recompensado por la apoteosis providencial de su industria. El Destino (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas) no lo resolvió así. Lady Tichborne murió en 1870 y los parientes entablaron querella contra Arthur Orton por usurpación de estado civil. Desprovistos de lágrimas y de soledad, pero no de codicia, jamáscreyeron en el obeso y casi analfabeto hijo pródigo que resurgió tan intempestivamente de Australia. Orton contaba con el apoyo de los innumerables acreedores que habían determinado que él era Tichborne, para que pudiera pagarles.
Asimismo contaba con la amistad del abogado de la familia, Edward Hopkins, y con la del anticuario Francis J. Baigent. Ello no bastaba, con todo. Bogle pensó que para ganar la partida era imprescindible el favor de una fuerte corriente popular. Requirió el sombrero de copa y el decente paraguas y fue a buscar inspiración por las decorosas calles de Londres. Era el atardecer; Bogle vagó hasta que una luna del color de la miel se duplicó en el agua rectangular de las fuentes públicas. El dios lo visitó. Bogle chistó a un carruaje y se hizo conducir al departamento del anticuario Baigent. Éste mandó una larga carta al Times, que aseguraba que el supuesto Tichborne era un descarado impostor. La firmaba el padre Goudron, de la Sociedad de Jesús. Otras denuncias igualmente papistas la sucedieron. Su efecto fue inmediato: las buenas gentes no dejaron de adivinar que Sir Roger Charles era blanco de un complot abominable de los jesuitas.

EL CARRUAJE

Ciento noventa días duró el proceso. Alrededor de cien testigos prestaron fe de que el acusado era Tichborne -entre ellos, cuatro compañeros de armas del regimiento seis de dragones. Sus partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo. Además, Lady Tichborne lo había reconocido y es evidente que una madre no se equivoca. Todo iba bien, o más o menos bien, hasta que una antigua querida de Orton compareció ante el tribunal para declarar. Bogle no se inmutó con esa pérfida maniobra de los «parientes»; requirió galera y paraguas y fue a implorar una tercera iluminación por las decorosas calles de Londres. No sabremos nunca si la encontró. Poco antes de llegar a Primrose Hill lo alcanzó el terrible vehículo que desde el fondo de los años lo perseguía. Bogle lo vio venir, lanzó un grito, pero no atinó con la salvación. Fue proyectado con violencia contra las piedras. Los marcadores cascos del jamelgo le partieron el cráneo.

EL ESPECTRO

Tom Castro era el fantasma de Tichborne, pero un pobre fantasma habitado por el genio de Bogle. Cuando le dijeron que éste había muerto se aniquiló. Siguió mintiendo, pero con escaso entusiasmo y con disparatadas contradicciones. Era fácil prever el fin.
El 27 de febrero de 1874, Arthur Orton (alias) Tom Castro fue condenado a catorce años de trabajos forzados. En la cárcel se hizo querer; era su oficio. Su comportamiento ejemplar le valió una rebaja de cuatro años. Cuando esa hospitalidad final lo dejó -la de la prisión- recorrió las aldeas y los entros del Reino Unido, pronunciando pequeñas conferencias en las que declaraba su inocencia o afirmaba su culpa. Su modestia y su anhelo de agradar eran tan duraderos que muchas noches comenzó por defensa y acabó por confesión,siempre al servicio de las inclinaciones del público.

El 2 de abril de 1898 murió.

(1) Esta metáfora me sirve para recordar al lector que estas biografías infames aparecieron en el suplemento sabático de un diario de la tarde.»

Del libro «Historia universal de la infamia», cuento «El impostor inverosímil Tom Castro», Jorge Luis Borges.

Por la seleción de dos historias no igualmente fantásticas, pero casi, y una de ellas literaria (y la otra no, pero también),

Verónica del Carpio Fiestas


La cubertería de plata en Occidente y en Japón, según Tanizaki

«De manera más general, la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo. No hay casa donde no se haya regañado a alguna sirvienta despistada por haber bruñido los utensilios de plata, recubiertos de una valiosa pátina.«

Es un fragmento del breve, muy interesante, muy conocido y, en cierto modo, desconcertante, ensayo del escritor japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) «El elogio de la sombra», publicado en 1933; sombra no como la proyección oscura que arrojan los objetos  en el sentido opuesto de la luz, sino en el de penumbra, semioscuridad, media luz. Resumiendo mucho, la idea es que Occidente se caracteriza por haber considerado la belleza como luz, blancura y brillo, mientras que en Japón lo es más bien lo oscuro, la penumbra, la luz indirecta y difusa tanto en sí misma como al ser reflejada por objetos, y el aspecto antiguo y oscuro de la pátina del tiempo. Hasta el teléfono, si no queda más remedio que instalarlo, se coloca donde esté menos a la vista, las lámparas eléctricas se camuflan como lámparas antiguas y en las propias letrinas parece aconsejable limitar un poco las ventajas de la máxima higiene que se derivan de sanitarios y azulejos de porcelana blanca brillante en aras de otras ventajas derivadas de una penumbra de madera.

Desconozco absolutamente la cultura japonesa pero me da la impresión de que quizá tampoco sabía mucho Tanizaki de la cultura occidental, y me pregunto qué pensaríamos si un escritor occidental se permitiera escribir con generalidades comparativas así  sobre Oriente. Para empezar, ¿a qué cultura occidental exactamente se refiere Tanuzaki, y de cuándo, y a qué occidentales concretamente cuando describe su aspecto físico de piel y cabello como si solo hubiera uno posible y único, muy clara la piel y el pelo rubio? Porque meter en el mismo saco Finlandia, Grecia y Suiza, por referirnos solo a Europa, no sé yo, y sin mencionar ya siquiera Estados Unidos, que no sé hasta qué punto Arkansas tiene que mucho que ver cultural y estéticamente con, digamos, Úbeda; y poner como ejemplo de arte occidental la altura de las catedrales góticas, catedrales que, por cierto, no hay en Estados Unidos, es olvidar o ignorar que las catedrales románicas no se caracterizaban precisamente por el uso de la luz, sino de la sombra, ni tampoco de la altura, y que a los barrocos les gustaba mucho la sombra y que en realidad tampoco el gótico era una luz cruda a secas. Y de Caravaggio y Valdés Leal o las pinturas negras de Goya ya ni hablamos.  Y, la verdad, basta con dedicar tres minutos a ver fotos de las paupérrimas casas tradicionales españolas de un amplio sector del mundo  rural, y no digamos ya de las urbanas, agujeros todos sin ventilación ni luz, para comprobar que la belleza del brillo y de la luz no está precisamente entre las prioridades; y quizá no fuera solo un simple problema de miseria porque no parece que demasiadas casas ricas o palacios españoles tradicionales, incluyendo monasterios, se caracterizaran tampoco precisamente, por ser una masa de ventanas y una fuente de brillo y luz ni en construcción ni en enseres, que solo hay que ver esos siniestros muebles antiguos castellanos de oscura madera negra con encerado mate para hacerse un poco una idea de que el brillo y lo reluciente difícilmente estaba entre lo que se buscaba.

En cuanto al teléfono, en casas de las primeras décadas del siglo XX tampoco era infrecuente esconder los aparatos de teléfono, que tampoco pegaban con la decoración, y también aquí lámparas eléctricas se camuflaban como quinqués y candelabros. La integración estética de las tecnologías tampoco aquí fue exactamente cosa de dos días.

Desde luego, lo de la cubertería que he transcrito sí describe muy bien esa posible o real, eso ya lo dirán los expertos, diferencia esencial de planteamiento estético y mentalidad. No sé cuántas novelas occidentales habré leído en las que el brillo de la cubertería y los candelabros de plata es muestra de lujo y riqueza, objeto de orgullo para sus propietarios y fuente de regañinas para los criados que no son lo suficientemente cuidadosos sacando brillo. Y, por cierto, me pregunto por qué se les ocurriría a sirvientas japonesas en todas las casas, a iniciativa propia, dedicarse a sacar brillo a objetos de plata, cuando es labor pesada y nada grata y cuando no parece probable que nadie  asuma trabajos así por el mero gusto de hacer ejercicio. No hace falta explicar por qué un trabajador descuida una labor ingrata que le han ordenado hacer, entre las muchas que tiene a su cargo, o no llega a cumplirlas bien por agobio o pereza. Pero sí requiere una explicación por qué un trabajador tiene la iniciativa de hacer sin necesidad ni orden de sus jefes un trabajo ingrato que podría evitarse, por qué sirvientas japoneses sacaban brillo a los objetos de plata  en todas las casas donde había sirvientas y sin que a ninguna se lo ordenara nadie. Tanizaki no lo explica. ¿Sería quizás porque las sirvientas pensaban que brillante quedaba más bonito y que era un grave descuido ese estado patinado de los objetos? ¿Sería quizá porque ellas habían visto o tenían objetos brillantes en su propia casa y sabían por tanto que existía otra posibilidad y creían que era mejor? ¿Sería pues, quizás, que no todos los japoneses consideraban lo opaco, oscuro, envejecido y con pátina como lo más valioso cultural y estéticamente y lo único posible como acomodado a su cultura? ¿Hacía falta quizás un cierto nivel cultural, económico y estético para apreciar la belleza de la sombra? ¿Había quizás, pues, dos Japones, y uno sí consideraba normal, apreciaba y buscaba los objetos brillantes, hasta el punto de asumir voluntariamente un esfuerzo en casa ajena para conseguirlos? Me gustaría saberlo y no lo sé tras leer a Tanizaki.

«La vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar». Me pregunto qué pensaría el Tanizaki que escribió eso en 1933 de esas imágenes callejeras del Tokio actual que con frecuencia difunden los medios de comunicación, tan llenas de inmensos anuncios de neón y de enormes pantallas con imágenes relucientes, tan parecido todo a Blade Runner, neones que ya menciona Takizaki, y qué pensaría del teléfono móvil de pantalla brillante y no ya como aparato integrado en la estética visible una casa, sino como prolongación del brazo y de la mente.

Verónica del Carpio Fiestas

anfisbena5 para firma

Los estantes vacíos de los libros que no escribieron las mujeres

«Pero, para la mujer, pensé mirando los estantes vacíos, estas dificultades eran infinitamente más terribles. Para empezar, tener una habitación propia, ya  no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles. Ya que sus alfileres, que dependían de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaban para el vestir, estaba privada de pequeños alicientes al alcance hasta de hombres pobres como Keats, Tennyson o Carlyle: una gira a pie, un viajecito a Francia o un alojamiento independiente que, por miserable que fuera, les protegía de las exigencias y tiranías de su familia. Estas dificultades materiales eran enormes; peores aún eran las inmateriales. La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difícil de soportar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad. El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: «Escribe si quieres; a mí no me importa nada.» El mundo le decía con una risotada: «¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?»«

Esto es un fragmento de «Una habitación propia«, Virginia Woolf, 1929, enlace aquí. A continuación transcribo un fragmento de «La regenta«, de Leopoldo Alas «Clarín», novela de 1885-1885, enlace aquí; estamos en el capítulo 5, donde se describen los primeros años de la vida de Ana Ozores, huérfana, que se ha ido a vivir con las hermanas de su padre, en la no tan imaginaria ciudad de Vetusta.

«Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se le había cortado de raíz.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un rewólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas solteronas. «¡Una Ozores literata!».

-«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su célebre carta».

El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la aristocracia y del cabildo.

El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido, declaró que los versos eran libres.

Doña Anuncia se volvía loca de ira.

-¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina…
-No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido por una poetisa traductora de folletines.

El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.

-Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan, aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría ella lo que era el mundo! En cuanto a la sobrinita, era indudable que había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y recordaba unas Aventuras de una cortesana, que había ella proyectado allá en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en Ana, aprovecharon este flaco para ponerla en berlina delante de los hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién -pero se creía que Obdulia- había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los jóvenes desairados Jorge Sandio.

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas. Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera descubierto.

-En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir -decía el baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

-¿Y quién se casa con una literata? -decía Vegallana sin mala intención-. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que yo.

La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!» -pensaba satisfecha de lo pasado.

-Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones -añadía el afeminado baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:
-Pues hijo mío, serán ustedes un matrimonio sans-culotte.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la opinión: la literata era un absurdo viviente.

-«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no escribiría más».«

Las anasozores habrían escrito libros regulares o hasta malos; exactamente igual que los que escriben los juanozores, porque muy  pocos nacen cervantes o shakespeares y la morralla literaria es la regla.  Y entre la inabarcable morralla de los muchos libros regulares o malos que las innumerables anaozores habrían podido escribir de haber podido hacerlo en igualdad de condiciones con los juanozores, habrían surgido los libros de la Judith Shakespeare imaginada por Virginia Woolf, o de una María Cervantes, al igual que entre la morralla inabarcable de los muchos libros de los innumerables juanozores que sí escribieron tenemos los libros de un William Shakespeare.

Pero ahí estan los estantes vacíos de los libros que pudieron haber escrito unas geniales Judith Shakespeare y María Cervantes y no pudieron escribirlos.

Virginia Woolf

Verónica del Carpio Fiestas

anfisbena5 para firma

 

 

 

Escocia y los reinos de taifas, por Samuel Johnson

«Tal parece ser la naturaleza humana, que lo distinto genera siempre rivalidad. Antes de surgir otros motivos de hostilidad, Inglaterra fue durante siglos importunada por el antagonismo entre los condados del norte y del sur; de modo que, durante largo tiempo, en Oxford solo pudo conservarse la necesaria paz para el estudio eligiendo anualmente a los dos prefectos de modo que fuera cada uno de una margen distinta del Trent. De manera natural, un territorio interrumpido por sucesivas cadenas montañosas separa a sus pobladores en reinos de taifas, que por mil motivos se hacen enemigos entre ellos. Todos y cada uno exaltarán a sus propios jefes, presumirán del valor de sus hombres o de la belleza de sus mujeres. Como cada vez que se reafirma la superioridad propia se provoca la rivalidad  a veces se cometerán agravios, que se defenderán con agravios mayores; se intentará la revancha y se exigirá lo debido con un interés demasiado alto«.

«A Journey to the Western Islands of Scotland»,  «Viaje a las Islas Occidentales de Escocia», por Samuel Johnson (1709-1784). Publicado en 1775 en Londres. Edición y raducción de Agustión Coletes Blanco, KRK Ediciones, 2006. Enlace a primera edición en inglés aquí.

Samuel Johnson

Y luego decimos que qué curioso de lo que pasó en España en la I Republica, cuando los cantones, allá por 1873, cuando Jumilla declaró la guerra a Murcia y Jaén y Granada se declararon la guerra…

Verónica del Carpio Fiestas

anfisbena5 para firma

 

El Lope de Aguirre de Unamuno y Eróstrato

A Lope de Aguirre, el traidor, figura histórica, le ponemos la cara alucinada de Klaus Kinski en la película Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog.

Lope

La terrible figura histórica del loco, tirano, traidor, asesino, criminal, Lope de Aguirre como figura exótica, con y desde unos ojos extranjeros.

¿Y cómo verían unos ojos españoles de una persona cultísima hace cien años la entonces casi olvidada figura de Lope de Aguirre? ¿Y cómo sería un análisis de la figura de Lope de Aguirre por Miguel de Unamuno?

Pues sería como en este enlace de la Universidad de Salamanca, que recoge completo un artículo de Miguel de Unamuno titulado «Lope de Aguirre, el traidor«, publicado en «Asturias Gráfica» en 1920, en pdf completo Lope de Aguirre,

lope revista 1

lope revista 2

lope revista 3

y que figura también publicado en el recopilatorio «De esto y de aquello» en Austral, Espasa Calpe.

lope 2

Un ángel caído y demoníaco, que intentó dejar renombre perpetuo como fuera, a base de maldad terrible, con una locura tipo Eróstrato, el que en el siglo IV a.C. incendió el templo de Artemisa de Éfeso simplemente para dejar fama de sí mismo. Pero con resultado fallido en el caso de Lope de Aguirre, dice Unamuno en 1920, porque Lope de Aguirre, dice Unamuno, está olvidado.

Eso decía Unamuno en 1920, mezclándolo, claro, con esa desesperación religiosa que Unamuno ve por todas partes.

«Lope de Aguirre, en efecto, no fue un criminal vulgar, instintivo, una pura bestia humana; fue más bien un ángel caído y demoníaco, un demonio, pero angélico. Angélico, como Luzbel. No era la carne bruta, era el espíritu torturado el que le llevaba a sus atroces crímenes, era la desesperación.

«Era de agudo y vivo ingenio para ser hombre sin letras» dice de él, de Lope de Aguirre, el autor de susomentada (sic) Relación [Unamuno cita indirectamente un manuscrito de lope revista 4lope revista 5

la Biblioteca Nacional] quien se harta de llamarle perverso, tirano, diablo, traidor, etc. Al narrar su muerte agrega: «Y ansi fué su ánima a los infiernos para siempre, y dél quedará entre los hombres la fama del malvado Judas para blasfemar y escupir de su nombre, como del más malo y perverso hombre que habíaa nascido en el mundo»

Pero no; ni ha quedado esta fama de él, sino que su nombre es casi olvidado hoy. Y con ello ha querido acaso Dios castigarle, ya que Lope, demoníaco espíritu del Renacimiento, encendido en torturador anhelo de dejar renombre de sí, fuera el que fuese, solía decir «que a lo menos la fama de las cosas y crueldades que hubiese hecho quedaría en la memoria de los hombres para siempre, y que su cabeza sería puesta en un rollo [la picota] para que su memoria no peresciese, y que con eso se contentaba.» 

Unamuno, tan preocupado siempre por las diversas formas de inmortalidad, ¿habría escrito lo que escribió sobre el erostratismo y el castigo de Dios que es el olvido, de haber sabido que Lope de Aguirre, cien años después de su artículo, tiene entrada en Wikipedia, es decir, que se considera suficientemente importante como para que cualquiera de cualquier parte del mundo tarde un segundo en buscar y encontrar datos sobre él,  ni más ni menos que como con cualquier miniactor de televisión con su entradita en Wikipedia, y que sobre él, además, hay literatura y cine, es decir, que al final sí dejó fama, si por fama entendemos permanencia en la memoria y posibilidad de localizar la información?

¿Y que habría dicho Unamuno, y que habría hecho Lope de Aguirre, de haber sabido que cualquier mindundi -un concejal de un pueblo, un actor de tres al cuarto, una diputada que no ha hecho nada especial, una modelo-, tiene entrada en Wikipedia, y con la misma extensión que Lope de Aguirre, confundiéndose y mezclándose el Who is who con la Historia?

Sí, Eróstrato consiguió su fama, porque un pastor insignificante del siglo IV a.C. de la Grecia Clásica ni en broma habría dejado memoria de su existencia como no fuera haciendo algo muy desconcertante, y él lo consiguió de un modo novedoso: destruyendo de forma sacrílega un templo expresamente para conseguir esa fama. Su sistema fue eficaz.

Pero ahora cualquier idiota consigue fácilmente sus quince minutos de fama instantánea y mundial y con rastro permanente en internet, sin hacer nada de interés, ni siquiera algo memorable por lo brutal.

Y ello lleva a plantear algo inquietante. ¿Cómo serán de brutales los Eróstratos y los Lopes de Aguirre de hoy, sabiendo como saben que la fama mundial es instantánea y efímera, aunque paradójicamente deja rastro perpetuo en internet, pero que además para que deje rastro de verdad grande en internet las burradas han de ser tan enormes como las de un Hitler? Da escalofríos pensarlo.

¿Será verdad que, como en «Eróstrato: incendiario«, el cuento de Marcel Schwob, «Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, entregar el nombre de Heróstratos a las edades futuras»? Porque si en efecto fue así, fracasó ese intento, y por tanto no basta con prohibir ni bajo pena de muerte que un nombre se transmita al futuro para evitar que llegue al futuro el nombre de quien hace una barbaridad precisamente para que la fama de su nombre llegue al futuro; es decir, que no hay solución para evitar Eróstratos y Lopes de Aguirre.

Y eso que en tiempos de Eróstrato no había internet.

Verónica del Carpio Fiestas

anfisbena5 para firma

«The Necessity of Atheism»

«Truth has always been found to promote the best interests of mankind«.

shelley-1

«La verdad siempre ha demostrado promover los mejores intereses de la Humanidad», me atrevo a traducir.

Esta frase figura en «The Necessity Of Atheism«, «La necesidad del ateísmo», opúsculo del poeta romántico Percy Bysshe Shelley (1792-1822).

the_necessity_of_atheism_shelley_title_page

El opúsculo lo publicó en 1811, con dieciocho años, cuando era estudiante de Oxford, al parecer escrito junto con un compañero de estudios. Posteriormente un texto revisado y ampliado fue incorporado como nota al poema «Queen Mab«, de 1813.

Enlaces a información general aquí, al texto completo en inglés aquí y aquí. Enlace al texto completo de «Queen Mab» aquí y a sus notas aquí.

Transcribo el texto, obtenido de este enlace:

THE  NECESSITY OF ATHEISM.

A CLOSE examination of the validity of the proofs adduced to support any proposition, has ever been allowed to be the only sure way of attaining truth, upon the advantages of which it is unnecessary to descant; our knowledge of the existence of a Deity is a subject of such importance, that it cannot be too minutely investigated; in consequence of this conviction, we proceed briefly and impartially to examine the proofs which have been adduced. It is necessary first to consider the nature of Belief.

When a proposition is offered to the mind, it perceives the agreement or disagreement of the ideas of which it is composed. A perception of their agreement is termed belief, many obstacles frequently prevent this perception from being immediate, these the mind attempts to remove in order that the perception may be distinct. The mind is active in the investigation, in order to perfect the state of perception which is passive; the investigation being confused with the perception has induced many falsely to imagine that the mind is active in belief, that belief is an act of volition, in consequence of which it may be regulated by the mind; pursuing, continuing this mistake they have attached a degree of criminality to disbelief of which in its nature it is incapable; it is equally so of merit.

The strength of belief like that of every other passion is in proportion to the degrees of excitement.

The degrees of excitement are three.

The senses are the sources of all knowledge to the mind, consequently their evidence claims the strongest assent.

The decision of the mind founded upon our own experience derived from these sources, claims the next degree.

The experience of others which addresses itself to the former one, occupies the lowest degree,–

Consequently no testimony can be admitted which is contrary to reason, reason is founded on the evidence of our senses.

Every proof may be referred to one of these three divisions; we are naturally led to consider what arguments we receive from each of them to convince us of the existence of a Deity.

1st. The evidence of the senses.–If the Deity should appear to us, if he should convince our senses of his existence; this revelation would necessarily command belief;–Those to whom the Deity has thus appeared, have the strongest possible conviction of his existence.

Reason claims the 2nd. place, it is urged that man knows that whatever is, must either have had a beginning or existed from all eternity, he also knows that whatever is not eternal must have had a cause.–Where this is applied to the existence of the universe, it is necessary to prove that it was created, until that is clearly demonstrated, we may reasonably suppose that it has endured from all eternity.–In a case where two propositions are diametrically opposite, the mind believes that which is less incomprehensible, it is easier to suppose that the Universe has existed from all eternity, than to conceive a being capable of creating it; if the mind sinks beneath the weight of one, is it an alleviation to increase the intolerability of the burden?–The other argument which is founded upon a man’s knowledge of his own existence stands thus.—A man knows not only he now is, but that there was a time when he did not exist, consequently there must have been a cause.–But what does this prove? we can only infer from effects causes exactly adequate to those effects;—But there certainly is a generative power which is effected by particular instruments; we cannot prove that it is inherent in these instruments, nor is the contrary hypothesis capable of demonstration; we admit that the generative power is incomprehensible, but to suppose that the same effect is produced by an eternal, omniscient Almighty Being, leaves the cause in the same obscurity, but renders it more incomprehensible.

The 3rd. and last degree of assent is claimed by Testimony—it is required that it should not be contrary to reason.—The testimony that the Deity convinces the senses of men of his existence can only be admitted by us, if our mind considers it less probable that these men should have been deceived, then that the Deity should have appeared to them—our reason can never admit the testimony of men, who not only declare that they were eye- witnesses of miracles but that the Deity was irrational, for he commanded that he should be believed, he proposed the highest rewards for faith, eternal punishments for disbelief—we can only command voluntary actions, belief is not an act of volition, the mind is even passive, from this it is evident that we have not sufficient testimony, or rather that testimony is insufficient to prove the being of a God, we have before shewn that it cannot be deduced from reason,—they who have been convinced by the evidence of the senses, they only can believe it.

From this it is evident that having no proofs from any of the three sources of conviction: the mind cannot believe the existence of a God, it is also evident that as belief is a passion of the mind, no degree of criminality can be attached to disbelief, they only are reprehensible who willingly neglect to remove the false medium thro’ which their mind views the subject.

It is almost unnecessary to observe, that the general knowledge of the deficiency of such proof, cannot be prejudicial to society: Truth has always been found to promote the best interests of mankind.—Every reflecting mind must allow that there is no proof of the existence of a Deity. Q.E.D.

La versión ampliada puede encontrarse en este enlace.

shelley-2

Verónica del Carpio Fiestas

¿Jeremy Bentham y los españoles?

El filósofo Jeremy Bentham (1748-1832) dirigió varias cartas a los españoles, entendiendo por tales no siempre solo al español destinatario directo de cada carta concreta, sino el pueblo español. Adjunto dos documentos complementarios.

En primer lugar, una de esas cartas, traducida al castellano en 1820, con el prólogo de su entusiasta traductor.  El título con el que se tradujo no tiene desperdicio: nada menos que «Consejos que dirige a las Cortes y al pueblo español Jeremías Bentham«.

bentham-1

La obrita -no llega a 20 páginas- presenta redacción y enfoques un poco deslavazados,  y por otra parte no resulta nada claro que Bentham conociera exactamente la situación fáctica y jurídica en España sobre la cual opina -sobre la posibilidad de una segunda cámara legislativa que no fuera de elección-, y en realidad sobre lo que más opina, pese al título, es sobre su propio país, que presenta con los tintes más negros. Pero con todo y con eso creo que merece la pena leerlo, porque algunas cosas que dice son muy agudas y perfectamente aplicables a cualquier lugar y situación donde élites no electivas ostenten un poder y se reservan puestos clave:

«¡Españoles! reflexionad en la oposicón decidida e inextinguible que debe reinar entre la reunión de los pocos que mandan y en bien estar de los mucho que obedecen. ¿Qué reforma, qué mejora, puede haber a que no se opongan con buen éxito, y por su propio interés, un cuerpo de hombres elevados en dignidad, y en cuyo nombramiento no tienen parte alguna los que les son inferiors?

Si tiene poderes, se servirán de ellos en aquel sentido; porque ¿para qué se tienen sino para ponerlos en ejercicio? ¿para qué se pide un veto sino para usarlo? Y ved aquí como lo usarán. Irán contra vosotros hasta el punto en que a su modo de entender se unas sus intereses con los vuestros pero, atendida la inmudable naturaleza del hombre, ¿podéis fundar la menor esperanza podéis tener el menor motivo de creer que darán un paso más allá?»

bentham-2

bentham-3

Enlace al texto aquí, texto en pdf bentham-consejos-al-pueblo-espanol-1820

A mí me ha impresionado. Pero ¿impresionó también a los coetáneos?

La respuesta, quizá, en el segundo documento, de 1894. El jurista Luis Silvela suelta sapos y culebras y tira con bala al analizar la figura y la obra de Bentham y, en concreto, también, sus cartas a los españoles, en el discurso titulado «Bentham: sus trabajos sobre asuntos españoles; expositor de su sistema en España«. Aparte de decir que no influyeron o influyeron poco, describe a Bentham como un metomentodo universal que reparte consejos indeseados, de atrevida ignorancia y ególatra, de mucho estudio y poco fruto, con muchas obras incabadas y otras que son de sus discípulos más que suyas, y todo ello expresado en el educado lenguaje que es de esperar en un discurso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Es tanta animosidad contra el pobre Bentham, fallecido por cierto mucho antes, y tal contraste con el entusiasta traductor de 1820, que hasta surge la duda de si en efecto Bentham, como dice Silvela, influyó tan poco. Ni se le ocurra, por cierto, leer ese anticuado tocho jurídico; basta con que quede aquí por si alguien tiene la curiosidad de echar un vistazo, con sentido crítico. Enlace aquí , pdf discurso-luis-silvela-1894

bentham-4

bentham-5

bentham-6

Bentham me suscita simpatía. Es especialmente conocido, y criticado, por su «panóptico» pero, ¿no es en realidad Bentham un visionario y un precursor? ¿Internet no viene a ser una mezcla del panóptico de Bentham y el aleph y las bibliotecas infinitas de Jorge Luis Borges?

¿Y cómo no tener simpatía por quien escribió «Una protesta contra las tasas judiciales» y contra quien detectó que el maremágnum legislativo, como el que por cierto tenemos ahora, beneficia al poderoso, y luchó intensamente para evitarlo?

Verónica del Carpio Fiestas

Mentir o no mentir por filantropía, según Kant y según Feijoo

Según Kant no existe derecho a mentir por filantropía, y bien a las claras se infiere del mismo título de su famoso opúsculo «Sobre un presunto derecho a mentir por filantropía», en su polémica con un tal Constant. Ya sé que esta obra y la opinión de Kant han hecho correr ríos de tinta, porque ahí es nada defender que la necesidad de ser siempre verídico alcanza incluso a responder la verdad sobre dónde está escondido un amigo al asesino que lo busca para matarlo, es decir, que ni siquieran ese caso de riesgo para la vida de otro por causa injusta, sostiene Kant, se debe mentir porque decir la verdad es un deber incondicional; con lo que todo ello significa en cuanto a injusticia, totalitarismo y tal. Aunque diría que cuesta un poco tomarse en serio una obra en la que Kant refuta al tal Constant que a su vez refutaba algo análogo previo de Kant, cuando el propio Kant, si es fiable la versión del opúsculo que manejo -y lo pongo en duda porque he manejado otras y no he visto ese inciso-, empieza diciendo en su segunda obra que lo que Constant dice que dijo en una previa obra en efecto lo dijo, pero que no recuerda dónde; de lo que es difícil no inferir, también, que antes de ser refutado y tener que responder a la refutación mucha reflexión quizá no le habría dedicado, o bien que tan poco le importaba el tema que no se molestó ni en comprobar su propio dato…

En fin, esta obra es de 1797.

¿Y es que antes de esa fecha, o de la fecha que el propio Kant quizá tampoco conoce de su previa publicación, nadie se había ocupado del tema? Pues sí, que tengo delante una obra del gallego Fray Benito Jerónimo de Feijoo que dice lo que transcribo más abajo, al analizar el caso de la mentira para salvar el secreto de confesión e incluso para evitar un daño grave e injusto. En su «Teatro crítico universal» aparece este texto, publicado en 1734, y que corresponde al Tomo Sexto, enlace aquí.

Salta a la vista que el tema distaba en la época de Kant de ser una novedad intelectual. Y el planteamiento de Feijoo, por cierto, no es precisamente el de alguien laxo en moral en general y en concreto sobre la mentira, pues dedica largos párrafos en este «discurso 11» del Tomo Sexto sobre la «impunidad de la mentira», y en otros, como en el dedicado, en el Tomo Tercero, discurso 9, a «Balanza de Astrea o  recta administración de la justicia«, enlace aquí, de 1729, a resaltar la importancia esencial de decir la verdad y a los terribles castigos de toda índole que, en su opinión, merecen los mendaces, incluyendo entre ellos a los abogados que tergiversan los hechos.

«Añado, que San Raimundo de Peñafort parece se puede agregar al [329] mismo sentir; porque (lib. 1, tit. de Mendacio) propone el caso fuera de la Confesión de este modo: Sabe un hombre, que otro está escondido en tal lugar, y un enemigo suyo, que le busca para matarle, le pregunta a aquel, si está escondido allí el que busca. ¿Qué resuelve el Santo? Que si no puede salvarle, ni usando de equívoco, ni divirtiendo la conversación, debe decir, y asegurar abiertamente, que no está allí: Debet negare, & assevere eum non esse sibi. Que esto se salve por medio de alguna restricción mental, que por las circunstancias se haga sensible, o profiriendo las palabras materialmente como no significativas, para lo substancial del intento todo es uno.

Verdaderamente a mí se me hace durísimo, que siendo muchos los casos en que injustamente se procuran indagar secretos importantísimos, no solo a un individuo, mas aun a toda la República, los cuales no se pueden salvar ni con el equívoco, ni con el silencio, no ha de haber algún recurso lícito para no violarlos. Por otra parte es para mí cierto, no solo que el consentimiento tácito de los hombres puede quitar a las palabras, o expresiones, en tales, o tales circunstancias, aquella significación, que en general tienen por su institución, sino que efectivamente lo ha hecho con algunas. Véase en estas expresiones cortesanas: Beso a V. md. la mano: V. md. me tiene a su obediencia para cuanto quiera ordenarme: Su más rendido servidor, y otras semejantes, las cuales, proferidas en una carta, o en una despedida, o en un encuentro en la calle, no significan aquello que suenan, y lo que de su primera institución están destinadas a significar. Y así, a nadie tendrán por mentiroso, porque diga: Beso a V. md. la mano a una persona, a quien ni se la besa, ni aun se la quiere besar.

24. Pero no quiero tomar partido en esta cuestión, la cual pide más espacio, que el que yo tengo, para tratarse dignamente. Así, abstrayendo de ella, y volviendo al propósito de este Discurso, digo, que permitido que en los casos de solicitarse por una injusta pregunta la averiguación de algún secreto, no pueda reservarse éste sino [330] mintiendo, tales mentiras deben ser toleradas por las leyes humanas, dejando únicamente a Dios el castigo de ellas, porque a la República, o sociedad humana no son incómodas; antes se siguieran a cada paso gravísimos daños, si a la malicia, o viciosa curiosidad de los hombres no se impidiese de algún modo la averiguación de los secretos ajenos. Y el que en estas indagaciones sale engañado, no al otro que le miente, sino a sí propio debe echar la culpa, que es el invasor.«

Por si alguien no lo sabe, ese Raimundo de Peñafort citado que está a favor de mentir en estos casos es el santo patrono de los juristas, oh sorpresa…

Verónica del Carpio Fiestas

Schopenhauer y misoginia

Schopenhauer escribe sobre las mujeres y no tiene desperdicio: nos llama pueriles e idiotas, niñas toda la vida, incapaces de razonar, carentes de toda disposición para las artes, mentirosas hasta el punto de que hay que plantearse si merece la pena tomarnos juramento en un juicio, inferiores al hombre en honradez, carentes de todo sentido de la justicia, dice que no hemos dado al mundo nunca ninguna obra valiosa, que no hay más que vernos para darse cuenta de que no somos capaces de trabajo físico e intelectual, que si se nos dan iguales derechos deberían darnos la misma capacidad de razonar que los hombres, que nuestro lugar natural es la subordinación al varón, que nuestro amor por nuestros hijos es menos sincero que el amor del varón por sus hijos, que no deberíamos heredar bienes en igualdad con los hombres, que somos incapaces de administrar, que necesitamos y debemos tener siempre un tutor y un amo, que a mayor influencia de las mujeres más corrupción social y no sé cuántas lindezas más. Aparte, claro, de decir que nuestra única finalidad es la propagación de la especie y ahí acaba nuestra función y que nuestro campo son los cuidados, que para eso estamos preparadas por la naturaleza y para nada más.
Hay que leerlo para creerlo. Aquí enlace al texto de Schopenhauer, en inglés, ya que no lo he encontrado en castellano y alemán no sé.
Schopenhauer, para quien no lo sepa, es uno de los más grandes filósofos del siglo XIX, y de toda la historia; un genio. ¿Qué hemos de pensar de un filósofo que piensa así? ¿Y de una sociedad que piensa que quien era y pensaba así es un gran filósofo? ¿Es anecdótico e irrelevante y no afecta al resto de su extenso pensamiento, ni lo descalifica ni lo condiciona? ¿Da igual que diga que solo el varón es hombre en el sentido estricto, que las mujeres no lo somos? ¿Qué pensaríamos de un autor que escribiera así en un texto si donde pone «mujeres y hombres» dijera «negros y blancos»? «Era un misógino», «era un machista», se dice, y pasemos a otra cosa; como si fuera menos grave que decir «era racista».
Pues piense además que este concepto de la mujer y de su esfera «natural» de los cuidados se ha mantenido como cosa aceptada y consabida durante muchísimos años.
¿Y qué pensaríamos de quienes siguieran considerando, o descubren ahora dándoselas de modernos, que la esfera de la mujer es la misma que decía Schopenhauer, la propagación de la especie y los cuidados, y que esa es su función y su esencia, como si hubiera una esencia femenina y otra masculina? Pues déle una vuelta al tema cuando lea a ciertos políticos de un lado y del otro del arco ideológico, que resulta que piensan lo mismo; los extremos se tocan. Y, eso, sí, ninguno nos llama idiotas; aún careciendo como carecemos las mujeres, por lo visto, de todo sentido de la justicia, eso no tendremos más remedio que reconocerlo y agradecérselo.
Verónica del Carpio Fiestas

Voltaire y la conciencia y más cosas

Le recomiendo que lea cualquier cosa de Voltaire. Voltaire es absolutamente revolucionario, aún hoy, y aún hoy escandalizará a muchos, y de lo inteligente e irónico que es, bien poco puede decirse que no se haya dicho ya. No es de extrañar que levantara tantos odios, que en tantos libros del siglo XIX, y sobre el siglo XIX, lo mencionen tantísimos personajes reales o inventados como el diablo poco menos, lo  peor de lo peor. Las doctrinas ridículas, los personajes ridículos, las leyes ridículas, aguantan bien la calumnia, el insulto, y hasta resultan a veces reforzados, pero aguantan mal la risa inteligente de quien decide pensar por su cuenta, estudia, aprende, reflexiona, llega a sus propias conclusiones y sabe de lo que habla y lo expone bien, y encima, con frecuencia, no siempre, provoca la sonrisa. «Micromegas» y «Cándido» y por supuesto el «Tratado sobre la tolerancia» -este más que nunca- son absolutamente aconsejables, y los cuentos. Y el «Diccionario filosófico», que como casi todo lo clásico también anda gratis por la web, contiene entradas extraordinarias. Lea esto que, como todo lo que a continuación se cita, se ha extraído la la edición en abierto que figura en filosofía.org,  y no olvide que fue escrito en la época de la Ilustración, antes de la Revolución Francesa:

«Conciencia
III. De la conciencia falaz

Lo mejor que se ha escrito sobre esta cuestión importante se encuentra en el libro cómico titulado Tristan Shandy, que escribió el célebre cura inglés Sterne, cuyo libro se parece a las pequeñas sátiras antiguas que contenían esencias preciosas.

Dos veteranos capitanes que están a media paga, reunidos con el doctor Slop, discutían las cuestiones más ridículas. Una de ellas versaba sobre un memorial que un cirujano presentó a la Sorbona, pidiendo permiso para bautizar a los niños en el vientre de sus madres por medio de una jeringuilla que introduciría en el útero, sin herir a la madre ni al niño. En otra sesión hacen que un cabo de escuadra les lea un sermón sobre la conciencia que compuso Sterne. En dicho sermón, entre muchas pinturas superiores a las de Rembrandt, retrata a un hombre de mundo que pasa los días entregado a los placeres de la mesa, [77] del juego y de la crápula, no haciendo nada criminal, y por consecuencia no teniendo nada que reprocharse. Su conciencia y su honor le acompañan a los espectáculos, al juego y a la casa de la querida, que paga espléndidamente. Vive alegremente y muere sin el menor remordimiento. El doctor Slop interrumpe al lector para decir que es imposible que eso suceda en la Iglesia anglicana, pues esto no puede suceder más que entre papistas. El cura Sterne cita el ejemplo de David, que tiene, según él dice, unas veces la conciencia delicada e ilustrada y otras dura y tenebrosa. Pudiendo matar a su rey en una caverna, se satisface con cortarle un pedazo de su vestidura: he aquí una conciencia delicada. Pasa un año entero sin que le remuerda la conciencia por vivir adúlteramente con Bethabée, ni por el asesinato de Urias. He aquí la conciencia endurecida y poco ilustrada. Así son, dice Sterne, la mayor parte de los hombres.

Reconocemos que la mayoría de los poderosos del mundo se encuentran frecuentemente en ese caso. El torrente de los placeres y de los negocios los arrastra, y les falta tiempo para tener conciencia. Esta queda para el pueblo, y aun de éste no se puede decir que la tiene cuando se trata de ganar dinero.»

O esto:

«Superstición
I

Oigo decir muchas veces: Estamos curados ya de supersticiones, la reforma del siglo XVI nos hizo más despreocupados y los protestantes nos han enseñado a vivir.

¿Qué es más que una superstición creer que la sangre de San Javier se derrite todos los años cuando la acercáis a su cabeza? ¿No sería preferible obligar a que se ganaran la vida diez mil holgazanes napolitanos, ocupándoles en trabajos útiles, que hacer hervir la sangre de un santo para divertirlos? Valía más que hicierais hervir su marmita.

¿Por qué bendecís aún en Roma los caballos y los mulos en Santa María la Mayor? ¿Por qué salen esas procesiones de flagelantes en Italia y en España, que van cantando y dándose disciplinazos a la vista del publico? ¿Creen acaso que el paraíso se conquista a latigazos?

¿Esos pedazos de la verdadera cruz de Jesucristo, que si se juntaran bastarían para construir un buque de cien cañones, tantas reliquias que indudablemente son falsas, tantos falsos milagros, constituyen acaso monumentos de una devoción ilustrada?

Francia se vanagloria de ser menos supersticiosa que Santiago de Compostela y que Nuestra Señora de Loreto, y sin embargo os enseñan aún en muchas sacristías pedazos de la túnica de la Virgen, copas que contienen su leche, retazos de sus cabellos, y en la iglesia de Pui-en-Velai conservan cuidadosamente el prepucio de su hijo.

Todos los franceses conocen la abominable farsa que se representa desde principio del siglo XIV en la capilla de San Luis del palacio de París, en la noche del jueves al viernes santo. Todos los poseídos del reino se reúnen en dicha iglesia, y las convulsiones de San Medardo son insignificantes, comparadas con los horribles gestos, con los aullidos espantosos que lanzan esos desgraciados. Les dan a besar un pedazo de la verdadera cruz, montado en un trípode de oro y orlado de piedras preciosas, y entonces los poseídos redoblan los gritos y las contorsiones. Apaciguan al diablo dando algunas monedas a los energúmenos; pero para contenerlos mejor, hay en la iglesia cincuenta guardias que tienen calada la bayoneta en el fusil. La misma comedia execrable se representa en San Mauro, y pudiera presentaron otros veinte ejemplos semejantes; ruborizaos y corregíos. [138]

Hay sabios que sostienen que se debe dejar que el pueblo tenga supersticiones, como a los niños les dejan los andadores, porque en todos los tiempos es aficionado a los prodigios, a los que dicen la buenaventura, a las peregrinaciones y a los charlatanes; que desde la más remota antigüedad se celebró la fiesta de Baco, salvado de las aguas, llevando cuervos, haciendo saltar con un golpe de su vara un manantial de vino de un peñasco, pasando el mar Rojo a pie seco, con todo su pueblo, parando el sol y la luna, &c., &c.; que en Lacedemonia se conservaban los dos huevos que parió Leda, que tenían suspendidos de la bóveda de un templo; que en algunas ciudades de Grecia los sacerdotes enseñaban el cuchillo con el que inmolaron a Iphigenia, &c., &c. Hay otros sabios que dicen que ninguna de esas supersticiones produjo un bien a la humanidad, que muchas de ellas causaron grandes perjuicios, y que, por lo tanto, se deben abolir.»

O esto:

» Conciencia
II. Si un juez debe juzgar según su conciencia o según las pruebas

Tomás de Aquino; sois un gran santo y un gran teólogo; ningún dominico os venerará tanto como yo; pero decidís en [76] vuestra Suma que el juez debe proceder según las alegaciones y según las supuestas pruebas contra un acusado, cuya inocencia reconoce. Pretendéis que las declaraciones de los testigos, que precisamente han de ser falsas; que las pruebas que resulten del proceso, que precisamente han de ser impertinentes, deben prevalecer sobre el testimonio de los ojos del juez, que vieron que otro cometió el crimen, y en vuestra opinión, debe condenar al acusado cuando su conciencia le dice que es inocente. En vuestra opinión, pongo por caso, si el juez mismo hubiera cometido el crimen de que se trata, debía condenar al hombre a quien se lo imputan.

Pero yo, siguiendo los impulsos de mi conciencia, creo ilustre santo, que os habéis equivocado del modo más absurdo y más horrible. Es muy extraño que, poseyendo el derecho canónico, desconozcáis el derecho natural. El primer deber del magistrado consiste en ser justo, antes que en ser buen legista. Si fundándome en pruebas que no pueden pasar de ser probabilidades, sentencio a un acusado cuya inocencia me consta, me consideraría un necio y un asesino.

Por fortuna, todos los tribunales del universo piensan de otro modo que Santo Tomás, Ignoro si Farinacius y Grillandus son de esa opinión; pero si encontráis en el otro mundo alguna vez a Cicerón, a Ulpiano, a Triboniano, al canciller de L’Hospital y al canciller de Agnesseau, pedidles que os perdonen el error en que incurristeis.»

O esto:

» Cuaresma
II

¿Los primeros que tomaron la resolución de ayunar se sujetaron a ese régimen por mandato del médico después de sufrir indigestiones? ¿La carencia de apetito que sentimos cuando nos vemos sumidos en la tristeza, fue el primitivo origen de los días de ayuno prescritos por las religiones tristes? ¿Los judíos copiaron la costumbre de ayunar de los egipcios, de los que tomaron multitud de ritos y ceremonias? [98]

¿Por qué Jesús estuvo ayunando cuarenta días en el desierto a donde le transportó el diablo? San Mateo nota que cuando salió de la Cuaresma tuvo hambre. ¿No tendría hambre también durante la Cuaresma? ¿Por qué la Iglesia romana considera como un crimen comer en los días de abstinencia animales terrestres, y como obra meritoria saborear lenguados y salmones? El papista rico que tenga en su mesa pescados que le cuesten quinientos francos se salvará, y el pobre que se muera de hambre y coma veinte céntimos de tocino salado, se condenará.

¿Por qué se necesita pedir permiso al obispo para comer huevos? ¿El rey que mandara a sus vasallos que no comieran huevos, no sería considerado como el más ridículo de los tiranos? ¿Por qué los obispos tendrán aversión a las tortillas?

¿Parece creíble que en algunas naciones católicas hayan existido tribunales bastante imbéciles, cobardes y bárbaros, para condenar a muerte a infelices ciudadanos que no cometieron más crimen que haber comido carne de caballo durante la Cuaresma? El hecho, sin embargo, es cierto, y yo tengo en las manos un decreto de esa clase. Lo extraño de esos hechos es que los jueces que se atrevieron a dictar semejantes sentencias se creen más ilustrados que los iroqueses.

Sacerdotes idiotas y crueles, ¿a quienes mandáis que observen la Cuaresma? ¿A los ricos? ellos se guardan bien de observarla. ¿A los pobres? para ellos todo el año es Cuaresma. Los infelices labradores casi nunca prueban la carne y no tienen dinero para comprar pescado. ¿Cuándo se abolirán leyes tan absurdas?»

O esta frase absolutamente extraordinaria, en la entrada «Vampiros»:

«Después de la maledicencia nada se comunica tan rápidamente como la superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos.»

Poco más hay que añadir, salvo recomendar también que se lea el «Tristram Shandy» que cita Voltaire. Que no le suene esa obra demuestra las insuficiencias del sistema educativo,  pues no solo se trata de una de las grandes obras de la Literatura universal sino que para los castellanoparlantes es especialmente interesante, un ejemplo literalmente de libro de cómo Cervantes y el Quijote influyeron en la literatura británica. Y, además, muy divertido e inteligente; no es de extrañar que Voltaire, inteligente y divertido, lo cite.

Verónica del Carpio Fiestas

La historia del martillo

Si usted no conoce el divertidísimo y maravilloso libro clásico «El arte de amargarse la vida», publicado en 1983 por Paul Watzlawick, figura eminente de la Psicología, solo puedo decirle que se lo recomiendo muchísimo y que lo lea cuando antes; se sigue reeditando y hasta se puede encontrar en pdf en la web. Olvídese de los libros de autoayuda y rechace imitaciones: esto es de lo mejor que haya usted leído en su vida, y si lo lee me agradecerá las carcajadas mientras lo lee y el poso que le quedará después. El libro escoge temas cotidianos de comunicación y de cómo conseguimos los humanos convertir problemas insignificantes en fuente de infelicidad, y los estudia por capítulos de forma amena, alegre, inteligente, ingeniosa y perfectamente comprensible, partiendo de una historieta o un chiste. El libro lo tiene todo bueno: no solo está extraordinariamente bien escrito y por alguien que sabe de lo que habla, sino que además es breve, algo más de 100 páginas, y cada capítulo es una joya en sí misma y permite lectura separada; con apenas cuatro frases impresionantes explica todo lo que quiere explicar, y lo explica perfectamente. «Llevar una vida amargada lo puede hacer cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende». Eso dice, y ese es el tono.

1

Y puede animarle a que compruebe lo importante y serio (y fácil de leer, de verdad) que es este libro, y lo útil que puede ser para enfrentarse a la vida y reírse de uno mismo leer este conocido y desternillante fragmento, el de «La historia del martillo».

«Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo. Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir: «buenos días», nuestro hombre le grita furioso: «¡Quédese usted con su martillo, so penco!».»

Y para que se constate el absurdo de este comportamiento analizado por tan ilustre psicólogo, esa tendencia a amargarnos que tenemos los humanos, qué mejor que cotejar ese fragmento con otro, casi desconocido, de otros clásicos: los Hermanos Marx. Cincuenta años antes del libro de Paul Watzlawick.

Los Hermanos Marx participaron en 1932-33 en un programa de radio, una temporada, nada menos que Groucho y Chico Marx como un abogado y su ayudante. Las grabaciones se han perdido; por suerte alguien se molestó en guardar las transcripciones y están publicadas.

1

Y veamos esta, correspondiente al día 23 de enero de 1933, cincuenta años antes de que Paul Watzlawick publicara su libro. Habla Groucho, abogado sin un dólar, sobre una carta que quería que su secretaria echara al correo sin sello:

«-Pensándolo mejor, olvídese de la carta. Es solo una notita a mi amigo Sam Jones, pidiéndole un préstamo de dos dólares. Pero el pobre Sam seguramente tiene sus propios problemas. No creo que pueda prestármelos. E incluso si los tuviera, creo que que sería reacio a dejarme la pasta. Es un poco agarrado en estos asuntos. Además, no creo que me los prestara aunque me viera con hambre. La verdad es que ese muchacho no me daría un centavo aunque estuviera muriéndome de hambre. Y se llama amigo mío… ese cerdo fanfarrón de pacotilla. Ya le enseñaré yo cómo escurrir el bulto. Escriba una carta a ese gusano y dígale que no tocaría sus dos dólares por nada del mundo. Y si vuelve a acercarse por la oficina, le romperé los huesos.»

Paul Watzlawick, los Hermanos Marx: regalos que nos da la vida.

Verónica del Carpio Fiestas

Huckelberry Finn como literatura juvenil, o algo

Con Huckleberry Finn sería posible un análisis de diversas instituciones jurídicas. Sería interesante proponer un trabajo de esos de subir nota, o de mero goce jurídico, sobre los puntos jurídicos de Derecho Civil que contiene la novela, y que son muchos, incluyendo por ejemplo, la venta de bienes de menores o la tutela. Aunque, claro, el verdadero punto jurídico que plantea el libro es nada menos que uno referente a venta de esclavos; pero no porque el autor, Mark Twain, ponga en duda la legitimidad de la propiedad sobre seres humanos y su posibilidad de enajenación, sino porque el objeto de controversia es quién sería exactamente el propietario en tales y cuales circunstancias de una venta de esclavos por quien no es propietario, una venta cuya licitud se discute. Pff.

Partiendo de que da exactamente igual que haya o no literatura juvenil, y que literatura juvenil es el Quijote o la Eneida o Chesterton, ¿cómo ha podido crearse el malentendido de que «Las aventuras de Huckleberry Finn», de Mark Twain, es literatura juvenil en el sentido que a esta expresión suele darse, algo digerible, aventuras? Sería interesante saberlo y seguramente ya hay quien lo sepa. No hace falta haber leído el  «Psicoanálisis de los cuentos de hadas » de Bruno Bettelheim (¿o quizá sí?) para detectar la violencia implícita en los cuentos de hadas, en los cuentos infantiles clásicos. Pero la violencia de «Las aventuras de Huckleberry Finn» es de otro estilo.

Es, para empezar, una violencia que se podría llamar estructural, social. La novela del río, se dice; la novela de la amistad entre un adolescente desvalido y maltratado y un esclavo, entre la infancia sin infancia y el adulto a quien se quiere privar de su condición humana, entre dos personas de la humanidad doliente que se apoyan recíprocamente, en un mundo hostil. Sí, claro, hay «aventuras», y hay río y hay amistad. Pero es precisamente el mundo hostil y espantosamente violento el que difícilmente puede considerarse lo más idóneo para lo que de forma convencional se considera literatura infantil o juvenil. Vemos el catálogo no exhaustivo de barbaridades:

  • Un chaval analfabeto, Huck, de ¿once, doce, trece años de edad?, sin madre, con un padre que es un repugnante borracho, desecho humano, que lo maltrata, huye de la familia de acogida. Hasta aquí, podría ser hasta un cuento de hadas clásico, o tipo dickensiano, en plan políticamente incorrecto.
  • La huida sin destino claro en compañía de otro paria, Jim, esclavo fugitivo, y encontrándose con diversos monstruos. También hasta aquí otro cuento de hadas clásico.
  • Pero los monstruos con los que se encuentran son la sociedad de la época y las personas normales. Las personas NORMALES.
  • Sí, se unen a unos  delincuentes (inevitable mencionar aquí la novela picaresca,  incluso el Lazarillo), que lo mismo venden crecepelo que quieren robar a unas huérfanas y que traicionan a sus propios compañeros desvalidos. Pero esos delincuentes son los MENOS violentos de los numerosos personajes que salen en la novela. Los más violentos, los más monstruosos, son las personas normales y respetables. Veamos unos ejemplos, en enumeración no exhaustiva:
    • Una respetable y religiosa señora de mediana edad no solo tiene esclavos como lo más normal del mundo sino que se propone vender a uno en zona alejada, y así separarlo para siempre de su familia.
    • Dos grupos familiares -con sus esclavos, claro- están enfrentados en una guerra a muerte, literalmente a muerte, por motivos ya olvidados y que dan igual, y en esa guerra estúpida en la que ni se plantea que intervenga una autoridad, porque si hay no aparece, hasta niños matan y mueren.
    • La pobreza es terrible. Hambre, literalmente. Y da igual.
    • A los esclavos, porque los hay, como lo más normal del mundo, se les tortura y se les carga de cadenas.
    • A los delincuentes no se les juzga; o se le lincha o se le empluma, o sea, se les tortura, porque emplumar, eso que suena tan divertido, es torturar, y por la web se encuentran análisis de cuántos podían morir o sufrir lesiones permanentes por ello.
    • Cuando se menciona un accidente en un barco  como consecuencia del cual fallece, se dice, un hombre, comenta una respetable señora -hay muuuuchas señoras respetables  en el libro- que menos mal, que solo es un negro, que a ver si tienen más cuidado porque si hay más accidentes cualquier día puede morir una persona -naturalmente los negros no son personas-.

Pero todo eso podría ser simplemente dickensiano, forzando mucho el término, muchísimo, si no fuera que hay más. Dos ejemplos:

  • Un niño -el famoso Tom Sawyer, amigo de Huck- organiza la aparatosa fuga de un negro esclavo, y lo hace por una única razón: porque sabe que ya está liberado, que no es ya esclavo, y por tanto él, el chaval, se puede permitir jugar a la liberación de esclavos, porque sería impensable que ayudara DE VERDAD a robar la propiedad de nadie, porque eso y no otra cosa es liberar un esclavo: robar. Y no solo juega a liberarlo, cuando puede ponerlo en libertad solo con contar la verdad que solo él conoce de que ya está liberado, y mientras sigue prisionero el pobre señor, sino que además lía una estrategia para COMPLICAR la fuga, para que no sea fácil. Es decir, que hace sufrir doblemente al cautivo, primero porque pudiendo conseguir la libertad inmediata prefiere jugar a liberarlo, y segundo porque además deliberadamente complica una fuga innecesaria no solo posponiéndola sino haciéndola arriesgada y física y psicológicamente dolorosa. Y en esas circunstancias, cuando el que ya no era esclavo se entera de que todo ha sido un juego, no solo no le reprocha que deliberadamente le haya ocultado que ya era libre y lo haya mantenido en esclavitud, una esclavitud con cadenas y separado de su familia, cuando sabía que ya no era esclavo, y que le haya obligado a sufrir una dura fuga innecesaria y que la haya prolongado como un juego y con riesgo de muerte, no solo no se enfada con el chaval, sino que LE AGRADECE la propineja que le da por haber participado en el juego.

Y Tom Sawyer, ese niño malvado o estúpido, o monstruoso, o todo ello a la vez, que hace sufrir por diversión a una persona desvalida, es presentado como un héroe, como un travieso, como un divertido, ingenioso y valiente preadolescente, y así parece haber quedado en la memoria colectiva. Hay que fastidiarse.

  • Y quizá se lleva la palma, en dura pugna con el ejemplo anterior, este impresionante discurso, todo dignidad, de alguien contra el cual va la turba, alguien a quien una turba malvada, estúpida y manipulable quiere linchar:

«–¡Mira que venir vosotros a linchar a nadie! Me da risa. ¡Mira que pensar vosotros que teníais el coraje de linchar a un hombre! Como sois tan valientes que os atrevéis a ponerles alquitrán y plumas a las pobres mujeres abandonadas y sin amigos que llegan aquí, os habéis creído que teníais redaños para poner las manos encima a un hombre. ¡Pero si un hombre está perfectamente a salvo en manos de diez mil de vuestra clase…! Siempre que sea de día y que no estéis detrás de él. ¿Que si os conozco? Os conozco perfectamente. He nacido y me he criado en el Sur, y he vivido en el Norte; así que sé perfectamente cómo sois todos. Por término medio, unos cobardes. En el Norte dejáis que os pisotee el que quiera, pero luego volvéis a casa, a buscar un espíritu humilde que lo aguante. En el Sur un hombre, él solito, ha parado a una diligencia llena de hombres a la luz del día y les ha robado a todos.

Vuestros periódicos os dicen que sois muy valientes, y de tanto oírlo creéis que sois más valientes que todos los demás… cuando sois igual de valientes y nada más. ¿Por qué vuestros jurados no mandan ahorcar a los asesinos? Porque tienen miedo de que los amigos del acusado les peguen un tiro por la espalda en la oscuridad… que es exactamente lo que harían. Así que siempre absuelven, y después un hombre va de noche con cien cobardes enmascarados a sus espaldas y lincha al sinvergüenza. Os equivocáis en no haber traído con vosotros a un hombre; ése es vuestro error, y el otro es que no habéis venido de noche y con caretas puestas. Os habéis traído a parte de un hombre: ese Buck Harkness, y si no hubierais contado con él para empezar, se os habría ido la fuerza por la boca. No queríais venir. A los tipejos como vosotros no os gustan los problemas ni los peligros. A vosotros no os gustan los problemas ni los peligros. Pero basta con que medio hombre, como ahí, Buck Harkness, grite ¡A lincharlo, a lincharlo! y os da miedo echaros hacia atrás, os da miedo que se vea lo que sois: unos cobardes, y por eso os ponéis a gritar y os colgáis de los faldones de ese medio hombre y venís aquí gritando, jurando las enormidades que vais a hacer. Lo más lamentable que hay en el mundo es una turba de gente; eso es lo que es un ejército: una turba de gente; no combate con valor propio, sino con el valor que les da el pertenecer a una turba y que le dan sus oficiales. Pero una turba sin un hombre a la cabeza da menos que lástima. Ahora lo que tenéis que hacer es meter el rabo entre las piernas e iros a casa a meteros en un agujero. Si de verdad vais a linchar a alguien lo haréis de noche, al estilo del Sur, y cuando vengáis, lo haréis con las caretas y os traeréis a un hombre. Ahora, largo y llevaos a vuestro medio hombre.

Al decir esto último se echó la escopeta al brazo izquierdo y la amartilló.

El grupo retrocedió de golpe y después se separó, y cada uno se fue a toda prisa por su cuenta«.

Gran discurso, gran dignidad, de quien hace frente, solo, a la turba, ¿no? Un verdadero valiente, una gran persona, la personificación de la dignidad, ¿no?

Pues no. Quien suelta ese dignísimo discurso es un respetable coronel -qué de gente respetable, ¿verdad?- que acaba de asesinar en público, a sangre fría, de un disparo, a un pobre viejo borracho indefenso que le molestaba ligeramente, como molestaba a tantos, y lo ha hecho además delante de la propia hija del asesinado.

El paradigma de la dignidad, el precedente literario del abogado de «Matar a un ruiseñor», que se defiende de la turba  y se enfrenta a ella, y que reprocha a la turba su cobardía y a la Justicia su inaplicación, resulta que aparte de, por supuesto, estar a favor de la pena de muerte, es un repugnante asesino a sangre fría.

Vaya. Y el humor lo reserva Twain para otros casos «divertidos», como las complicaciones del juego del «valiente y divertido» Tom Sawyer para «liberar» al esclavo. Qué divertido cuando no consiguen hacer un túnel para la fuga usando instrumentos tipo cucharillas.

Un clásico de la literatura infantil. Mirada dickensiana. Ajá. Ya. Ni con Bettlelheim en la mano.

Verónica del Carpio Fiestas

Libertad

¡Oh qué fortuna el ser libre, y libre de veras, y poseedor de la más noble libertad, que es la libertad del pensamiento! No arrastrar la cadena de partido alguno; vivir independiente del poder; no haber de defender las faltas del uno ni las demasías de los otros; no ser responsable de las acciones ajenas; obrar en nombre propio; admirar sin creerse adulador; intentar ser justo sin querer ser enemigo; escuchar con oído imparcial; disfrutar de todas las buenas ideas, o criticar las malas, sea quien sea de quien procedan; y aplaudir todas las grandes acciones, bajo cualquier bandera que fuesen hechas. ¡Oh qué fortuna no contar con padrinos poderosos ni haber de serlo de nadie; no hallarse obligado a ninguna defensa, a ninguna acusación! ¡Ser libre, en fin! Pero no libre con la libertad intolerante; sino como aquella otra que nos deja usar de nuestro albedrío.
Vosotros, quienes sabéis apreciar el valor de esta libertad; los que buscáis la voz de la verdad desnuda de pasiones y partidos, de encarecimientos y de encono; los que alcanzáis a ver en el hombre y su sociedad una mezcla armoniosa de errores y de ridiculez, de grandeza y de bondad; vosotros podéis escuchar la voz de quien por sistema y por carácter intenta rendir sólo tributo a la verdad. Pero, por favor, esta confianza que os demando ha de ser voluntaria y espontánea, y no ha de ceder en mengua de la libertad de vuestro propio pensamiento. Si este simpatiza con el mío, si acierto yo a explicar las sensaciones de vuestras almas, entonces quiero que penséis como yo. Pero si no fuera así, y para ello hubierais de sacrificar alguna parte de vuestro albedrío, entonces prefiero quedarme a yo a solas, que es prioritario vuestro derecho a ser libres y además es mía la posibilidad de equivocarme.
Ramón de Mesonero Romanos,  Escenas Matritenses II, 1836
Y por la transcripción con algunos pequeños cambios, Verónica del Carpio Fiestas

Regla nº 47 de «El arte de ser feliz» de Schopenhauer

Schopenhauer

«Regla nº 47

Entre lo que uno tiene están principalmente los amigos. Mas esta posesión tiene la particularidad de que el poseedor tiene que ser en la misma medida propiedad del otro. En un libro de huéspedes del siglo XVIII, que pertenecía a los reyes de Sajonia y se encuentra en el castillo de caza Moritzburg, apuntado por algún noble de entonces:

Amour véritable

Amitié durable

Et tout le reste au diable«.

Verónica del Carpio Fiestas

por la transcripción de un texto de Schopenhauer

Dos «El rey se divierte»: el de Víctor Hugo y el de Deleito

Victor_Hugo_-_Le_Roi_s'amuse_1832-1882

La ópera «Rigoletto» de Verdi está basada en una obra de teatro: «El rey se divierte«, de Víctor Hugo, y en el acto cuarto y algún otro momento de la obra de Hugo figura aquello de

REY. (Cantando.)
«La mujer es mudable
cual pluma al viento;
¡ay del que en ella fija
su pensamiento!…»

El melodramático argumento es bien conocido: un poderoso -el rey de Francia en la obra de Hugo– es ayudado y animado -corrompido, dicen, como si la culpa fuera de un bufón y no de un todopoderoso rey- en su búsqueda de placeres -o sea, de mujeres- por un subordinado -aquí, un bufón jorobado-, y el poderoso seduce a la propia hija del subordinado.

La obra de teatro es, en mi personal opinión, insoportable; de gustibus non est disputandum. No sé si no me gusta por la confusión, clásica por otra parte, entre violación y relación sexual consentida. En ese mundo la mujer no tiene voluntad propia, igual que no vive para sí sino para el hombre de su entorno que mande, sea padre, marido o hermano; si mantene relaciones sexuales cuando no debe hacerlo, es irrelevante que lo haga o no forzada. La deshonra es la propia relación sexual, y que sea o no consentida ni se toma en cuenta. Y, por tanto, da lugar a la venganza. En ese mundo medio calderoniano en el que la mujer sencillamente no cuenta, o es usada, y donde virginidad de la mujer y honor -del hombre- es lo mismo, los libertinos lo son tanto si violan y abusan como si enamoran a secas. Quizá sea eso lo que me irrita, y no la obra de Hugo. Aquí hay un totum revolutum, Sale desde la joven que consiente por odiosa coacción moral, porque es el precio que pone un rey arbitrario y despótico para salvar la vida del padre condenado a muerte

«el tablado horrible que levantó el verdugo aquella mañana, tenía que servir de patíbulo al padre o de lecho a la hija«

y luego se queda con él por voluntad propia (¿?) y es rechazada por el padre deshonrado

«No vengo a pediros a mi hija; el que no tiene honor no tiene ya familia. Que os ame o no con amor insensato, nada me importa ya; después de que le habéis hecho perder la vergüenza, retenedla en vuestro poder»

y la secuestrada para violarla, una vez que ha dicho que ama, y que en el fondo parece estar encantada, mientras quien el  ofendido es el padre, que ha perdido lo que es suyo, su hija -las mujeres son seres de otros -y su propio honor

«BLANCA. – […] Ese hombre sólo me ha causado daño, y sin embargo, le quiero sin saber por qué. Y llega a tal punto mi locura, que a pesar de ser vos tan tierno para mí y él tan cruel, lo mismo moriría por él que por vos.
TRIBOULET. -Eres muy niña y te perdono.
BLANCA. – Pero él también me ama.
TRIBOULET. -No lo creas, hija mía.
BLANCA. -Me lo dijo y me lo juró. Además, sus palabras convencen y avasallan el corazón, ¡porque
es tan hermoso, tan gallardo!…
TRIBOULET. – Es un infame y no se jactará de robarme impunemente mi tesoro.»

hasta la aristócrata que se acuesta con el rey por voluntad propia (¿o animada o quién sabe si obligada por parientes varones que la usan para medrar?), hasta una discursión sobre si la mujer que ama al rey lo ama verdaderamente o está deslumbrada y no lo ama por sí mismo. Las mujeres somos tontas o débiles, además de ser de otros.

Un melodrama o un drama romántico, o sea, dramón: el padre ofendido, al vengarse, contrata a un asesino a sueldo- el personaje más divertido- que lo engaña matando a la propia hija de quien encargó el asesinato..

Hay quien dice que Hugo ataca en esta obra a la monarquía de forma muy dura. Así debió de ser entendido en su día, porque la obra la prohibieron en su estreno; a Hugo no se lo parecía,y  así se deduce del prefacio, o fingía pensarlo para defenderse.

La obra de Hugo contiene frases extraordinarias, pero no en el texto: en el prefacio, A eso voy.

Contexto: el Gobierno de la monarquía de la época -la del rey Luis Felipe de Orleans si no me equivoco-, prohibió la representación de la obra al estrenarse. Y el prefacio contiene una de las más vibrantes defensas de la libertad, con frases de antología sobre la libertad y la lucha por conseguirla.

Que en el fondo se trataba de que el escritor se veía ofendido su amor propio, en su libertad de pensamiento y expresión y en su patrimonio, da igual. No es desdoro que uno defienda su derecho y lo defienda como algo general solo porque le perjudique que se lo quiten. Cuando el despotismo quita un derecho a uno arbitrariamente, la defensa es de todos, porque son todos los atacados porque el atacado es el Estado de Derecho, o lo que sea equivalente en la Francia de 1832.

Vamos a ello.

«La aparición de este drama en el teatro dio motivo a un acto ministerial inaudito. Al día siguiente de su estreno remitió al autor, Jouslin de la Salle, director de escena del Teatro Francés, el siguiente oficio, cuyo original conserva: «En este momento, que son las diez y media,acabo de recibir la orden de suspender las representaciones de EL REY SE DIVIERTE, que me comunica H.Taillor en nombre del ministro. »Hoy 23 de noviembre.»
Lo primero que le ocurrió al autor fue dudar de lo que estaba leyendo, porque el acto era arbitrario hasta lo increíble.
En efecto, la Constitución, llamada La Carta, dice: «Los franceses tienen derecho de publicar…» El texto no sólo concede el derecho de imprimir, sino el derecho de publicar. El teatro, pues, no es más que un medio de publicación como la prensa, como el grabado y como la litografía. La libertad del teatro está implícitamente consignada en la Constitución como las demás libertades del pensamiento. La ley  fundamental añade: «La censura no podrá restablecerse nunca.» No dice el texto la censura de los periódicos, la censura de los libros; habla de la censura en general, de la del teatro como de la de los escritos. Las obras dramáticas no pueden ser, pues, legalmente censuradas. En otra parte la Constitución dice: «Queda abolida la confiscación.» Pues la supresión de una obra, después de haberse representado, no sólo es un acto de censura y de arbitrariedad, sino que es además una verdadera confiscación, porque usurpa violentamente al autor y al teatro su legítima propiedad. En una palabra, para que todo sea claro, para que los cuatro o cinco grandes principios sociales que la Revolución francesa grabó en bronce queden intactos en sus pedestales de granito, la Constitución deja abolido expresamente en su último artículo todo lo que sea contrario a su letra y a su espíritu en nuestras leyes anteriores.
Esto es lo formal. El decreto ministerial que prohíbe la representación de un drama, por medio de la censura atenta a la libertad y por medio de laconfiscación a la propiedad. Todo nuestro derecho público se subleva contra semejante hecho de fuerza.»
Qué interesante. La censura no estaba prohibida expresamente en caso de obras de teatro, pero representar una obra es publicar por otro medio, luego no es admisible la censura. Que se aplique en cuento los partidarios de la censura por internet. Y no poder representar es quitarle el patrimonio al autor de la obra, además de quitarle su libertad de pensamiento y de expresión; como la confiscación está prohibida, está prohibida la prohibición. Interesante planteamiento, también, ese, en los actuales momentos de debate sobre el copyright, relacionar ambos derechos.
Sigamos.
¿Y qué hace Hugo? Exactamente lo mismo que hemos hecho muchos en España ante abusos de Gobiernos democráticos: recurrir a los tribunales y simultáneamente a la opinión pública.
Pero antes, veamos qué hacía el propio  teatro donde la obra se iba a representar, porque merece muchísimo la pena leerlo:
«La Comedia Francesa, estupefacta y consternada, quiso dar algunos pasos cerca del ministro para obtener la revocación de tan extraña orden, pero fueron inútiles. El Consejo de ministros se había reunido aquel día, y la orden del ministro del día 23 pasó a ser el día 24 una orden de todo el Ministerio. El 23 suspendieron la representación del drama, el 24 lo prohibieron, conminando a la empresa a que borrara de los carteles el pavoroso título EL REY SE DIVIERTE. Intimaron además al Teatro Francés a que se abstuviera de quejarse. Acaso hubiera sido conveniente resistir este despotismo asiático, pero a eso no se atreven los teatros, pues el temor de que les retiren las subvenciones los convierte en siervos y en vasallos, en eunucos y en mudos.»
Las subvenciones.
Cómo resulta familiar eso en el siglo XXI para el control de los medios de comunicación, que se convierten en siervos, vasallos, eunucos y mudos.
Y lo que hace Hugo, en impresionantes palabras que merecen grabarse en letras de oro:
«Los ruegos y las solicitudes que acaso le aconsejaban su interés, le prohibía entablarlas su deber de escritor libre. Pedir favor al poder era reconocerlo: la libertad y la propiedad no deben pedirse en las antesalas, y un derecho no debe solícitarse como un favor; para conseguir el favor se acude al ministro, para lograr un derecho se le pide al país. Al país, pues, se dirige el autor. Existen dos caminos para obtener la justicia: el de la opinión pública y el de los tribunales. El autor recurre a ambos.«.
Después de esto, poco queda decir.
Pero sí se va a decir una cosa: que no deje usted de leer un ensayo:  «El rey se divierte», de José Deleito y Piñuela,
deleito
un ensayo histórico clásico, de 1935, y digamos, neutro, sobre la corte del poderoso rey de España Felipe IV, con detalles exhaustivos de ambiente y vida cotidiana que abarcan cacerías, etiqueta palatina, comidas. No solo por la coincidencia de título, y de un Felipe como rey. También coincide con el otro «El rey se divierte» en una cosa: en que, y aquí suavemente, sin decirlo con las apasionadas y gradilocuente palabras y formas de los autores románticos como Hugo, desde la frialdad de un ensayo, en el fondo también describe el despotismo.
Y acabo citando otros párrafos del prefacio, que merecen la pena:
«Acaso sea útil a nuestra causa dar a nuestros adversarios ejemplo de cortesía y de moderación, y que los particulares den al gobierno lecciones de dignidad y de prudencia y el perseguido al que le persigue.»
«Es curioso el momento de transición política en que nos encontramos; es uno de esos instantes de fatiga general, en los que los actos más despóticos son posibles en esta sociedad, tan penetrada de ideas de emancipación y de libertad. Francia corrió mucho y de prisa en 1830, haciendo tres buenas jornadas, tres grandes etapas en el camino de la civilización y del progreso. Ahora hay ya muchos fatigados y que, faltos de aliento, piden que se haga alto, pretendiendo detener a los espíritus generosos que no se cansan y que se empenan en seguir adelante. Quieren esperar a los rezagados que se quedaron atrás y darles tiempo para que les alcancen. De esto nace un temor tan singular a todo lo que anda, a todo lo que se menea, a todo lo que habla, a todo lo que piensa. Es situación extraña, fácil de comprender, pero difícil de definir. En nuestra opinión, el gobierno abusa de la predisposición al reposo y del miedo a nuevas revoluciones; nos tiraniza en pequeña escala, y se equivoca para él y para nosotros. Si cree que ahora son indiferentes para los espíritus las ideas de libertad, se engaña; lo que tienen es cansancio, y llegará un día en que se le pida estrecha cuenta de los actos ilegales que acumula contra nosotros de algún tiempo a esta parte.»
Hmm.
En este punto veo que aún no he acabado, y, lo que es peor, que veo que no me queda otra que  acabar con una autocita, y encima múltiple. Enlace dos posts de uno de mis dos blogs jurídicos, «Rayas en el agua», donde trato de la inconstitucional Ley de Seguridad Ciudadana y el papel de la prensa, aquí y aqui. Solo puedo decir en mi defensa que al pensar en escribir el post este fin de post no lo tenía previsto.
Verónica del Carpio Fiestas

Kafka y otros

De las tres obras de que trata este post, casi estoy por decir que no lea usted ninguna, en primer lugar porque no son agradables, y en segundo lugar porque si las dos primeras son breves y se leen sin dificultad, la tercera requiere cierto esfuerzo de lectura. De las tres obras, la primera es prácticamente desconocida, la segunda bastante conocida y la última, conocidísima.

«El albarán» es el título de un cuento del escritor español José Jiménez Lozano, publicado en 1988 dentro del libro de cuentos «El grano de maíz rojo». Está ambientado en 1323, en Carcasona, Francia, y en un par de páginas desarrolla el siguiente argumento: un proveedor de la Inquisición presenta al inquisidor secretario su cuenta detallada por maderos, sarmientos y otros materiales para quemar a herejes en hogueras de la Inquisición, y como cualquier contratista de cualquier época, encarece sus propios méritos por prestar el mejor servicio y se queja de que no le resulta rentable, y pide más dinero. Por ejemplo, explica el contratista, son grandes sus esfuerzos para aportar los materiales óptimos que permitan que la hoguera suelte el humo exacto que permita ver las contorsiones del reo sin que se ahogue éste demasiado pronto por el humo y el castigo no sea suficientemente ejemplar. Hace incluso pruebas previas con embutidos para conseguir la carbonización óptima.

La segunda obra es el cuento largo de Franz Kafka «En la colonia penitenciaria», escrito en 1914 y ambientado no se sabe dónde. No es una de sus obras más populares; mucha gente conoce, siquiera de oídas, «El proceso», «El castillo»o «La metamorfosis», o incluso «América», y sin embargo de este cuento se oye hablar poco, curiosamente, pese a que es difícil encontrar una obra de Kakfa más kafkiana en el sentido actual del término. En el caso de esta obra sucede algo parecido en esencia a lo del cuento de Jiménez Lozano, y como lectora me ha resultado imposible no poner en relación ambas obras, algo que desconozco si ya ha efectuado alguien. En resumen: una persona que pertenece a estamentos oficiales considera un instrumento de tortura y ejecución, una máquina de matar legalmente, y de matar con dolor, como algo puramente burocrático, neutro. «El oficial» explica a un tercero ajeno a su entorno el funcionamiento de la máquina, cómo se perfeccionó, su añoranza por los tiempos en los que se utilizaba más, mejor y ante más público, y, como encargado del mantenimiento, se queja, por ejemplo, de problemas para conseguir piezas de repuesto y teme que se pierda la tradición de utilizarla. La máquina es fundamental en el sistema judicial y el condenado del caso concreto que se usa por el ¿protagonista? para explicar al visitante cómo funciona la máquina ni tuvo oportunidad de defenderse por el ¿delito? del que se le acusa de haberse dormido -es un criado-, y hasta da incluso vergüenza que se pueda pensar que hubiera tenido esa oportunidad que habría sido simple oportunidad de mentir; más kafkiano, imposible. No se preocupe; no le voy a describir en qué consiste el sistema de ejecución, más que nada porque incluso al releerlo para comentarlo aún me da espanto.

Y me resulta imposible no relacionar también ambas obras con una tercera, esta vez de no ficción, y quizá una de las obras cumbres de la Filosofía Política del siglo XX: la compleja «Eichmann en Jerusalén», de Hanna Arendt, publicada en 1963, y subtitulada «Un informe sobre la banalidad del mal». Analizar con la profundidad que se merece el famoso concepto, tan malentendido, de la «banalidad del mal», excede en mucho de la capacidad de una simple jurista de a pie. No obstante, hay algo que sí quizá es posible percibir, incluso desde la lectura no especializada: cómo se veía Eichmann a sí mismo. Eichmann, el repugnante nazi colaborador directo en asesinatos masivos de judíos, era, a su propio entender, un simple probo funcionario, que se limitaba a cumplir con un trabajo. Él se veía a sí mismo así, y por tanto no se consideraba responsable.

Igual que el contratista de la Inquisición que se esfuerza por cumplir bien con su contrata. Igual que el oficial que necesita repuestos para su máquina de matar y los pide por el conducto reglamentario. Personas normales, que hacen un trabajo. Cosas administrativas, puramente.

Si ha llegado hasta aquí, recuerde que las dos primeras son obras de ficción, relativamente, y la tercera, no. Relativamente, la primera y la segunda, porque cada vez que alguien tortura y mata, alguien ha fabricado esas armas de tortura y muerte, y lo hace desentendiéndose del resultado, cumpliendo incluso un contrato. Y, quién sabe, quizá en efecto hubo contratistas oficiales de materiales para hogueras durante siglos; eso lo sabrán los historiadores. Pero ciertamente hubo hogueras y cámaras de gas, y necesitaron colaboradores y fabricantes, y siguen fabricándose armas para matar al diferente, al que piensa distinto o sencillamente porque sí, por gente que no se considera responsable.  Uf.

Verónica del Carpio Fiestas

Una ciudad de la España cristiana hace mil años

ciudad

El insigne historiador Claudio Sánchez-Albornoz publicó esta obra extraordinaria, también titulada Estampas de la vida en León hace mil años, en 1926. La ciudad cuya vida diaria describe es León, claro, mil años antes. Dado el tiempo transcurrido desde que se escribió, quizá podríamos considerar como título más descriptivo «Una ciudad de la España cristiana hace ahora unos 1100 años, más o menos».

Si usted cree que no es posible describir con absoluta exactitud y vívidamente la vida de esa época, con ropas, comidas, actitudes, enseres, detalles del mercado, viviendas, datos normativos, lenguaje, vida familiar, social y política, en unas 200 páginas, y que si se hace, será un rollo insufrible, tiene usted que leer esta obra, para desengañarse. No se va a negar que requiere cierto esfuerzo leerlo, pero tampoco es para tanto.

Podemos ver todo un mundo para nuestros ojos pintoresco, detalladamente reflejado, con  guerra semipermanente, obligación de concurrir a ella como soldado, siervos sin libertad, tortura física como castigo y muchos detalles, aparte de la escasa expectativa de vida, el sistema político general y la esencial desigualdad de la mujer, mediante el sistema de describir escenas cotidianas, con personajes más o menos reales o verosímiles.

De entre los detalles que la memoria recuerda está el caso de Ilderedo, el clérigo redicho. El prologuista del libro, el no menos insigne historiador y filólogo Menéndez Pidal, es capaz hasta de detectar incluso cuándo un hablante de esa época utiliza una lenguaje de falso cultismo, y afirma con gracia que no resulta tan distinto en ciertos detalles de algunos falsos cultismos actuales (de la actualidad de cuando se escribió el prólogo):

1

Y de la actualidad actual, se puede añadir, porque personalmente he conocido personas que alargan así sílabas y palabras, y bien mirado/oído no es tan distinto el habla de algunos locutores deportivos.

Tampoco es posible olvidar a Leticia, la panadera en graves dificultades económicas, azotada como castigo legal por el sayón -alguien con funciones públicas por el estilo de verdugo público y agente judicial- por haber estafado en el peso del pan como medio para intentar sacar adelante a su familia en época de crisis, y luego multada por reiterar esa conducta. Inolvidable también la observación histórica de Sánchez-Albornoz de que eso de que se impusiera una tortura física por los primeros fraudes y luego se multara al ser reincidente, tan llamativo para ojos de nuestra época, porque consideramos más grave lo primero que lo segundo, se debía a sentimientos humanitarios, paradójicamente. Según el razonamiento del siglo X que explica el historiador, el azote resultaba pena mucho más leve porque solo tenía como consecuencias el dolor físico y la vergüenza, mientras que la multa era gigantesca para un patrimonio tan mísero, ruinosa, de forma que solo le quedaría a la mujer entregar todos sus pobres bienes -o sea, el hambre para ella y su familia- o entrar en servidumbre como deudora insolvente -más o menos venderse a sí misma-. Queda en la memoria la escena en la que el sayón para cobrar la deuda de la reincidente embarga el curioso bien consistente en la puerta exterior de la casa porque los bienes situados dentro de la casa no podía cogerlos ya que «la paz de la casa» era inviolable.

Verónica del Carpio Fiestas