¿La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento ni siquiera en un país de analfabetos ni aunque cause desigualdad?

En la GACETA JURÍDICA DE GUERRA Y MARINA, AÑO IX , Febrero de 1916, Núm. 145,  (texto completo en pdf gaceta-jurc3addica-de-guerra-y-marina.-1-2-1916-1) figura la siguiente estremecedora estadística oficial sobre la “Instrucción alfabética de los reclutas”:

El país que se describe en estas estadísticas es de masas ingentes de jóvenes varones analfabetos, y ello más de medio siglo después de la Ley de Instrucción Pública de 1857, la conocida como “Ley Moyano”, por el nombre su impulsor; esa ley, dictada en cumplimiento de la previa Ley de Bases, establecía artículo 7 que “La primera enseñanza elemental es obligatoria para todos los españoles“, y dentro de la “primera enseñanza elemental“, para edades entre 6 y 9 años, se incluían la lectura y la escritura, con diversos matices -muy profundos- respecto de la obligación del Estado de proporcionar esa instrucción primaria. En un país donde más de 150 años después muchas normas se aprueban sin simultánea dotación presupuestaria, no es de extrañar que 50 años después de esa ley de 1857 hubiera tantas zonas de España donde fuera analfabeta casi la mitad de la población masculina en edad de servicio militar obligatorio y solo hubiera cuatro provincias con porcentaje de reclutas analfabetos inferior al 10 por 100.

La cuestión es por qué esa realidad inocultable de analfabetismo masivo se soslayó sin más por el Estado y por los juristas al imponer en el Código Civil el principio tradicional de que la ignorancia de la Ley no excusa de su cumplimiento; ese principio de siempre tan espinoso  y discutido fundamento. Porque, sin remontarse ya el Derecho Romano, las Partidas contenían desde la Edad Media regla análoga en épocas de mayores tasas de analfabetismo que cuando se aprobó el Código Civil, y se mantuvo algo parecido siempre, como algo asumido, si bien lo cierto es que hasta 1857 no se dio por sentado que era obligación del Estado hacer lo posible por evitar la ignorancia masiva, no ya de las leyes, sino de su posibilidad siquiera teórica de conocimiento.

Pero la incómoda realidad es que a los juristas de finales del siglo XIX les daba igual que la mayoría de los destinatarios de la norma supiera o no leer y les resultaban indiferentes las consecuencias que ello podría tener a efectos de ahondar en la desigualdad entre ricos y pobres; ni siquiera con analfabetismo masivo constatado ni con intentos estatales de erradicarlo. De lo más que se preocupaban era de si por algún motivo el periódico oficial en el que se publicaban las normas no llegaba a todas las zonas del territorio a la vez, a los efectos de plantear la posibilidad de no vigencia simultánea de las normas en todo el territorio por imposibilidad de conocimiento simultáneo siquiera teórico; es decir, que sí preocupaba que la norma no pudiera ser conocida siquiera teóricamente, cuando, paradójicamente, lo cierto es que esa imposibilidad de conocimiento siquiera teórico se daba siempre respecto de un alto porcentaje de la población.

Por poner un ejemplo, un comentarista clásico del Código Civil como Manresa, texto en pdf  comentarios_al_codigo_civil_manresa_t01, si bien menciona la circunstancia del analfabetismo masivo en abstracto al analizar el artículo 2 de la redacción original del Código Civil (“2. La ignorancia de las Leyes no excusa de su cumplimiento del Código Civil“) -vigente hasta 1974 en que pasó a numerarse como artículo 6.1, hoy vigente (Artículo 6. 1. La ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento. El error de derecho producirá únicamente aquellos efectos que las leyes determinen.)-, no lo hace en relación con España, sino dando por sentado de que se trata de un problema general y sin aludir a la diferencia de conocimientos jurídicos -y de posibilidad de conocimientos jurídicos- entre ricos y pobres. Y García Goyena, en sus celebérrimos Comentarios al Proyecto de Código Civil de 1851 concordanciasDelCodigoCivilT1 ni siquiera menciona el analfabetismo. 

Y es grande el contraste con el jurista austríaco Anton Menger (1841-1906) en un libro  también clásico traducido por Adolfo Posada en 1898 con el expresivo título de “El Derecho Civil y los pobres“, texto completo aquí. En palabras de Adolfo Posada, en su introducción al libro “El Derecho Civil y los pobres”, entre la “hábil red de presunciones para mantener incólume una tradición de poder y de dominio: el poder y dominio de los ricos” y que “se dicen jurídicas” está la de que la ignorancia no excusa el cumplimiento del derecho. Me remito a las luminosas páginas 104 y siguientes del libro de Menger, que más de cien años después merecen una lectura reflexiva, que recomiendo encarecidamente.

Me pregunto si hubo algún Menger en España que planteara la llamada “cuestión social” desde una perspectiva jurídica análoga. Y me pregunto también si a Menger le hicieron algo de caso en este punto en su propio país.

En cualquier caso, un siglo después, el Derecho del Consumo ha atemperado en derecho Civil la regla del artículo 6 del Código Civil. Lo que sucede es que no se suele decir que se ha modificado tácitamente ese precepto y, además, ahora “los ricos” ya no se llaman “ricos”, salvo en terminología político-periodística; se llaman “empresas”.  

Verónica del Carpio Fiestas

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Homo ludens: juego, Derecho y proceso judicial

Se va a transcribir un fragmento de una obra clásica escrita en 1938, “Homo ludens”, del ilustre historiador holandés Johan Huizinga (1872-1945). Más allá del “homo sapiens” y del “homo faber”, el hombre como animal que es capaz de pensar y de fabricar, Huizinga, que considera insuficientes esas descripciones convencionales, añade el “homo ludens”, el hombre que es capaz de jugar y que hace del juego la base de la cultura. Uno de los capítulos está dedicado al juego y el Derecho; a ese capítulo corresponde el fragmento. La traducción es de la edición de Alianza, 2004.

“A primera vista la esfera del derecho, de la ley y de la Administración de Justicia parece estar muy apartada de la esfera lúdica. Una santa seriedad y el interés vital del individuo y de la comunidad dominan todo lo que se refiere al derecho y a la justicia. La base etimológica de las palabras que expresan los conceptos de derecho, de lo justo y de la ley se halla sobre todo, en el dominio de establecer, constatar, indicar, reunir mantener, ordenar, acoger, escoger, repartir, ser igual, vincular, estar acostumbrado, estar firme. Conceptos todos bastante opuestos a la esfera semántica en que aparecen las palabras para designar el juego. Pero ya hemos observado, a menudo, que la santidad y la seriedad de una acción en modo alguno excluyen su cualidad lúdica.

Pronto se nos manifiesta la posibilidad de una afinidad entre el derecho y el juego en cuanto observamos que el ejercicio efectivo del derecho, en otras palabras, el proceso jurídico, cualesquiera que sean las bases ideales del derecho, posee en alto grado el carácter de una porfía. La conexión entre competición y la formulación del derecho asomó ya en la descripción del potlatch que Davy trató desde el aspecto histórico-jurídico como el origen de un sistema primitivo de convenio y obligación. La contienda judicial vale entre los griegos como “agón”, como una pugna sometida reglas fijas y que se celebra con formas sagradas y en el cual las dos partes contendientes apelan a la decisión de un árbitro. Está concepción del proceso judicial como contienda no debe ser considerada como un desarrollo posterior, como una transposición conceptual, y mucho menos como una degeneración cual parece hacerlo Ehrenberg. Por el contrario, todo el desarrollo parte de la naturaleza agonal de la contienda jurídica, y este carácter de porfía lo conserva vivo hasta nuestros días.

Quién dice porfía dice también juego. Ya vimos antes que no existe motivo suficiente para sustraer a ninguna competición su carácter lúdico. Lo lúdico y lo agonal, ambos exaltados a la esfera de lo sagrado, que toda comunidad reclama para su administración de justicia, se trasluce todavía hoy en diversas formas de la vida jurídica. La administración de Justicia tiene lugar en una corte. Esa corte es todavía en el pleno sentido de la palabra […] “el círculo sagrado” en que vemos todavía sentados a los jueces en el escudo escudo de Aquiles. Todo lugar en que se pronuncia justicia es un auténtico “temenos”, un lugar sagrado, que ha sido recortado y destacado del mundo habitual. El lugar es cuidado y exorcizado. El tribunal es un auténtico círculo mágico un campo de juego en que se cancela temporalmente la diferencia de rango habitual entre los hombres. En él se es temporalmente inviolable. […] La Cámara de los Lores inglesa es todavía en el fondo una corte de justicia, lo que explica que el “saco de lana” dónde se sientan el lord canciller, que nada tiene que hacer allí, se considere como “technically outside the precints of the house”, “técnicamente fuera del recinto”.

Los jueces se salen de la vida habitual antes de pronunciar sentencia. Se revisten con la toga o se colocan una peluca. ¿Es que se ha estudiado la significación etnológica de todo este aparato de los jueces y los abogados ingleses? A mí me parece que su relación con la moda de pelucas de los siglos XVII y XVIII es secundaria. Propiamente es una supervivencia del viejo distintivo de los juristas inglés, el “coif”, que fue, al principio, un bonete blanco muy ceñido, representado todavía por un pequeño ribete blanco debajo de la peluca. Pero la peluca del juez es algo más que una supervivencia de un viejo uniforme. En su función hay que considerarla como bastante cercana a las danzas de máscaras de los pueblos primitivos. Convierte a quien lo lleva en “otro ser”. El pueblo inglés, en su veneración por la tradición, que le es tan característica, ha conservado en su vida jurídica otros rasgos muy antiguos. El elemento deportivo y de humor que lucen los procedimientos judiciales con tanta fuerza pertenece a los rasgos fundamentales de la vida jurídica en general. Es cierto que tampoco está ausente por completo este rasgo en la conciencia popular de otros países. “Be a good sport”, solía decir el contrabandista de alcohol en los días en que la prohibición norteamericana el funcionario de aduanas que quería levantar un acta del caso.

Un antiguo juez me escribía en una ocasión: “El estilo y el contenido de nuestros protocolos revelan con qué entusiasmo deportivo nuestros abogados se disparan recíprocamente con argumentos y réplicas y con mucha sofistería. Su estado de espíritu me ha hecho recordar, a veces, el portavoz de un proceso “Adat” javanés que, a cada nuevo argumento, hunde un palito en la tierra y procura ganar la contienda por el mayor número de palos.”

Aparte de lo interesante y valioso del fragmento, del capítulo y del libro, obra clásica como he dicho, se me ocurre una pregunta que quizá sería impensable en países donde la Administración de Justicia sea muy distinta a la de España. Me pregunto qué argumentación antropológica e histórica habría desarrollado Huizinga y a qué conclusiones habría llegado si hubiera tenido oportunidad de ver los juzgados españoles, de cutre concepción arquitectónica y en permanente estado de lamentable conservación, y en las que no es ya que el carácter escogido de las instalaciones brille por su ausencia, sino que lo que de verdad brilla es la crónica falta de atención y el desprecio por parte del Estado a una función que Huizinga considera lúdica y sagrada; no sé qué habría dicho Huizinga si hubiera visto juzgados en edificios del nivel de ínfima oficina municipal, con goteras y hasta en barracones, donde el elemento humorístico y deportivo solo existe si es en relación con saltar charcos de goteras en el suelo. Solo de pensarlo no sé ni reír si reír o llorar.

Verónica del Carpio Fiestas

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Impostores: el caso Martin Guerre y el caso del Tom Castro de Borges

“Se trata del caso de Martin Guerre, un episodio de la historia del campesinado del sur de Francia de mediados del siglo XVI. Cronológicamente este periodo supera los límites de la Edad Media, pero, en esencia, apenas si lo hace. En el mundo campesino las tradiciones cambiaban con particular lentitud. El argumento de Martin Guerre está «pensado» por la propia vida según el guion de un cuento o una novela y en más de una ocasión ha sido utilizado por los poetas, dramaturgos y guionistas de cine, ha sido investigado de manera magistral por Natalie Zemon Davis, quien sitúa este episodio en el contexto social real de la época. Me limitaré a recordar el cañamazo exterior de los acontecimientos.
El matrimonio del joven Martin con Bertrand, hija de un campesino acomodado del Languedoc, no fue afortunado. Al principio una larga impotencia del marido hizo estéril al matrimonio, después, aun cuando Bertrande le do un hijo, Martin desapareció, se marchó de casa y desapareció por muchos años. Cuando por fin regresó, resultó que su lugar estaba ocupado. Había ocurrido que, varios años antes, había hecho su aparición en la aldea un joven, por nombre Arnaud de Tilh, que se hizo pasar por Martin Guerre con tanta fortuna que todo el mundo aceptó su autenticidad, parientes, vecinos y, lo más importante, su propia esposa. Las sospechas surgieron únicamente cuando entre el tío y el sobrino impostor surgió una disputa por unas propiedades. La amenaza de perder la posesión de la tierra abrió los ojos al tío respecto al advenedizo, e inició un pleito. Los jueces que interrogaron a varias decenas de testigos no pudieron establecer la verdad ya que una parte de ellos negaba que el marido de Bertrand fuera el verdadero Martin, mientras que otros no tenían la menor duda de que este hombre, con el que ella había vivido felizmente varios años, y a quien había dado una hija, era su cónyuge legal. Por lo que se refiere al propio sospechoso, este refutaba tenazmente las acusaciones de engaño de una forma tan convincente que el parlamento de Toulouse, Tribunal Supremo de la provincia, estaba dispuesto a darle la razón. Sin embargo, cuando el juez se disponía a proclamar su veredicto, en el tribunal apareció ni más ni menos que el propio Martin Guerre en persona, con una pierna: pero ¡el verdadero sin la menor duda! Bertrande y los demás lo reconocieron inmediatamente. El embaucador fue desenmascarado, juzgado y colgado delante de la casa del hombre por el que durante tanto tiempo y con tanta fortuna se había hecho pasar.
En este episodio, la atención del historiador, ocupado en la búsqueda de la personalidad humana, se fija en diferentes aspectos. El interés de Natalie Zemon Davis se centra en Bertrande: ¿cómo «reconoció» la esposa a su marido en el impostor? ¿Se había engañado a sí misma de buena fe o, desilusionada en algún momento de esperar el regreso de Martin y sabiendo al mismo tiempo que no podía casarse de nuevo mientras no se demostrara la muerte del marido, quería construir una nueva vida familiar? (puesto que ella, aun después de que se acusara públicamente a Arnaud, continuó insistiendo obstinadamente en que era el verdadero Martin casi hasta el final del juicio). Que Bertrande sea el centro de la atención es muy comprensible0 pero no es menos importante Arnaud de Tilh, que se hace pasar por Martin Guerre. Davis hace notar de manera muy justa que no tenemos ante nosotros un caso de fraude habitual ni un intento de «hacerse pasar simplemente por otro hombre», sino una elaborada estratagema para «asumir una vida ajena)». En correspondencia, el regreso del verdadero Martin fue en este plano nada más que la realización de la intención de recobrar su personalidad, su persona.
Al parecer, Arnaud de Tilh se encontró en algún lugar con Martin Guerre durante el período de los viajes de este y, convencido de la similitud física (por otro lado no total), averiguó muchas cosas de su vida anterior sobre la gente con la que estaba relacionado. Hay que hacerle justicia, aprendió a fondo el papel que pretendía interpretar. No se comprende del todo cómo consiguió hacerlo, pero los hechos son los hechos: Arnaud conocía a la perfección a todas las gentes de la aldea por sus nombres y aspecto exterior, y después de su aparición allí «recordaban» juntos episodios y conversaciones del pasado, de manera que al principio nadie dudó en serio de que se tratara del verdadero Martin Guerre. Sobre las diferencias entre él y Martin se empezó a hablar, en particular, tan solo después que surgiera la querella entre el tío y el «sobrino». Natalie Zemon Davis señala que en esa época los campesinos no disponían de criterios claros para identificar una personalidad, puesto que no existían ni certificados ni modelos de caligrafía, ya que no era costumbre observar los rasgos de la cara, costumbre que se adquiere con e1 uso del espejo. Es posible que en estas condiciones no se desarrolle la observación fisionómica y las pequeñas diferencias entre gentes parecidas entre sf no atraen la atención. Recordemos la observación de Febvre sobre el «atraso visual» del hombre del siglo xvi, que está acostumbrado a confiar más en el oído que en la vista.
Lo dicho ayuda a contestar la pregunta de por qué los que rodeaban a Arnaud de Tilh, que se hacia pasar por Martin Guerre, creyeron que ante ellos estaba el verdadero Martin Guerre. ¿Nos podemos permitir hacernos otra pregunta? ¿Cómo lo vivía el propio embaucador? Naturalmente, no podemos obtener una respuesta precisa. Solo sabemos que Arnaud negó decididamente todas las acusaciones que se hacían contra su autenticidad en calidad de Martin Guerre (pero no le quedaba otro remedio, había ido demasiado lejos en su mistificación) y fue tan convincente y consecuente en su defensa propia, que en el juicio testificaron una decena de vecinos a su favor; es más, le creyó el experimentado e ilustrado juez de Toulouse de Coras, quien dejó una detallada descripción de este caso «sorprendente y memorable». Solo después de la condena de Arnaud, cuando se le exigió público arrepentimiento antes de morir, él, finalmente, preparándose p araaparecer ante el Juez Supremo, se reconoció embaucador e impostor.
Surge la hipótesis: el hombre que durante mucho tiempo recopiló concienzudamente todos los testimonios posibles sobre otra persona, incluso hasta los más nimios detalles de sus conversaciones con los vecinos y parientes, además de datos sobre todas estas personas (y el número de testigos, que fueron interrogados en el tribunal de primera instancia y, consiguientemente, hablaron con el pseudo-Martin hasta el inicio del proceso, alcanzó por lo menos la cifra de ciento cincuenta, además entre ellos había parientes y allegados de Martin Guerre), no pudo en definitiva instalarse en el papel. Pretendía pasar toda su vida bajo la máscara de Martin Guerre, y lo consiguió durante algunos años a la perfección. La máscara debía «pegarse» al rostro, germinar en el interior de Arnaud. ¿No es normal que se sintiera Martin? Con esta transformación psicológica, ¿no se explica la seguridad con la cual se afianzaba en su nueva identidad, y la convicción, que ejerció una influencia tan grande en el trubunal
Naturalmente, no se dice ni una palabra de que el recién aparecido Martin Guerre hubiera olvidado completamente quién era ese Arnaud de Tilh. Actuaba y fingía. Sin embargo, se sabe qué precio pagan los eternos simuladores. […] El impostor, cuando vivía con Bertrande y se relacionaba con los vecinos, sus parientes y los de Martin, era al mismo tiempo Martin Guerre y Arnaud de Tilh.”

Del libro “Los orígenes del individualismo europeo”, de Aaron Gurevich, Crítica, 1997

” El impostor inverosímil Tom Castro

Ese nombre le doy porque bajo ese nombre lo conocieron por calles y por casas de Talcahuano, de Santiago de Chile y de Valparaíso, hacia 1850, y es justo que lo asuma otra vez, ahora que retorna a estas tierras -siquiera en calidad de mero fantasma y de pasatiempo del sábado (1). El registro de nacimiento de Wapping lo llama Arthur Orton y lo inscribe en la fecha 7 de junio de 1834. Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia conoció la miseria insípida de los barrios bajos de Londres y que sintió el llamado del mar. El hecho no es insólito. Run away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de los padres, la iniciación heroica. La geografía la recomienda y aun la Escritura (Salmos, 107): Los que bajan en barcas a la mar, los que comercian en las grandes aguas; ésos ven las obras de Dios y sus maravillas en el abismo. Orton huyó de su deplorable suburbio color rosa tiznado y bajó en un barco a la mar y contempló con el habitual desengaño la Cruz del Sur, y desertó en el puerto de Valparaíso. Era persona de una sosegada idiotez. Lógicamente, hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le conciliaron el favor de cierta familia de Castro, cuyo nombre adoptó. De ese episodio sudamericano no quedan huellas, pero su gratitud no decayó, puesto que en 1861 reaparece en Australia, siempre con ese nombre: Tom Castro. En Sydney conoció a un tal Bogle, un negro sirviente. Bogle, sin ser hermoso, tenía ese aire reposado y monumental, esa solidez como de obra de ingeniería que tiene el hombre negro entrado en años, en carnes y en autoridad. Tenía una segunda condición, que determinados manuales de etnografía han negado a su raza: la ocurrencia genial. Ya veremos luego la prueba. Era un varón morigerado y decente, con los antiguos apetitos africanos muy corregidos por el uso y abuso del calvinismo. Fuera de las visitas del dios (que describiremos después) era absolutamente normal, sin otra irregularidad que un pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento vehículo que daría fin a sus días.
Orton lo vio un atardecer en una desmantelada esquina de Sydney, creándosedecisión para sortear la imaginaria muerte. Al rato largo de mirarlo le ofreció el brazo y atravesaron asombrados los dos la calle inofensiva. Desde ese instante de un atardecer ya difunto, un protectorado se estableció: el del negro inseguro y monumental sobre el obeso tarambana de Wapping. En setiembre de 1865, ambos leyeron en un diario local un desolado aviso.

EL IDOLATRADO HOMBRE MUERTO

En las postrimerías de abril de 1854 (mientras Orton provocaba las efusiones de la hospitalidad chilena, amplia como sus patios) naufragó en aguas del Atlántico el vapor Mermaid, procedente de Río de Janeiro, con rumbo a Liverpool. Entre los que perecieron estaba Roger Charles Tichborne, militar inglés criado en Francia, mayorazgo de una de las principales familias católicas de Inglaterra. Parece inverosímil, pero la muerte de ese joven afrancesado, que hablaba inglés con el más fino acento de París y despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia, la gracia y la pedantería francesas, fue un acontecimiento trascendental en el destino de Orton, que jamás lo había visto. Lady Tichborne, horrorizada madre de Roger, rehusó creer en su muerte y publicó desconsolados avisos en los periódicos de más amplia circulación. Uno de esos avisos cayó en las blandas manos funerarias del negro Bogle, que concibió un proyecto genial.

LAS VIRTUDES DE LA DISPARIDAD

Tichborne era un esbelto caballero de aire envainado, con los rasgos agudos, la tez morena, el pelo negro y lacio, los ojos vivos y la palabra de una precisión ya molesta; Orton era un palurdo desbordante, de vasto abdomen, rasgos de una infinita vaguedad, cutis que tiraba a pecoso, pelo ensortijado castaño, ojos dormilones y conversación ausente o borrosa. Bogle inventó que el deber de Orton era embarcarse en el primer vapor para Europa y satisfacer la esperanza de Lady Tichborne, declarando ser su hijo. El proyecto era de una insensata ingeniosidad. Busco un fácil ejemplo. Si un impostor en 1914 hubiera pretendido hacerse pasar por el Emperador de Alemania, lo primero que habría falsificado serían los bigotes ascendentes, el brazo muerto, el entrecejo autoritario, la capa gris, el ilustre pecho condecorado y el alto yelmo. Bogle era más sutil: hubiera presentado un kaiser lampiño, ajeno de atributos militares y de águilas honrosas y con el brazo izquierdo en un estado de indudable salud. No precisamos la metáfora; nos consta que presentó un Tichborne fofo, con sonrisa amable de imbécil, pelo castaño y una inmejorable ignorancia del idioma francés. Bogle sabía que un facsímil perfecto del anhelado Roger Charles Tichborne era de imposible obtención. Sabía también que todas las similitudes logradas no harían otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables. Renunció, pues, a todo arecido. Intuyó que la enorme ineptitud de la pretensión sería una convincente prueba de que no se trataba de un fraude, que nunca hubiera descubierto de ese modo flagrante los rasgos más sencillos de convicción. No hay que olvidar tampoco la colaboración todopoderosa del tiempo: catorce años de hemisferio austral y de azar pueden cambiar a un hombre.
Otra razón fundamental: Los repetidos e insensatos avisos de Lady Tichborne demostraban su plena seguridad de que Roger Charles no había muerto, su voluntad de reconocerlo.

EL ENCUENTRO

Tom Castro, siempre servicial, escribió a Lady Tichborne. Para fundar su identidad invocó la prueba fehaciente de dos lunares ubicados en la tetilla izquierda y de aquel episodio de su niñez, tan afligente pero por lo mismo tan memorable, en que lo acometió un enjambre de abejas. La comunicación era breve y a semejanza de Tom Castro y de Bogle, prescindía de escrúpulos ortográficos. En la imponente soledad de un hotel de París, la dama la leyó y la releyó con lágrimas felices y en pocos días encontró los recuerdos que le pedía su hijo.
El 16 de enero de 1867, Roger Charles Tichborne se anunció en ese hotel. Lo precedió su respetuoso sirviente, Ebenezer Bogle. El día de invierno era de muchísimo sol; los ojos fatigados de Lady Tichborne estaban velados de llanto. El negro abrió de par en par las ventanas. La luz hizo de máscara: la madre reconoció al hijo pródigo y le franqueó su abrazo. Ahora que de veras lo tenía, podía prescindir del diario y las cartas que él le mandó desde el Brasil: meros reflejos adorados que habían alimentado su soledad de catorce años lóbregos. Se las devolvía con orgullo: ni una faltaba.
Bogle sonrió con toda discreción: ya tenía dónde documentarse el plácido fantasma de Roger Charles.

AD MAJOREM DEI GLORIAM

Ese reconocimiento dichoso -que parece cumplir una tradición de las tragedias clásicas- debió coronar esta historia, dejando tres felicidades aseguradas o a lo menos probables: la de la madre verdadera, la del hijo apócrifo y tolerante, la del conspirador recompensado por la apoteosis providencial de su industria. El Destino (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas) no lo resolvió así. Lady Tichborne murió en 1870 y los parientes entablaron querella contra Arthur Orton por usurpación de estado civil. Desprovistos de lágrimas y de soledad, pero no de codicia, jamáscreyeron en el obeso y casi analfabeto hijo pródigo que resurgió tan intempestivamente de Australia. Orton contaba con el apoyo de los innumerables acreedores que habían determinado que él era Tichborne, para que pudiera pagarles.
Asimismo contaba con la amistad del abogado de la familia, Edward Hopkins, y con la del anticuario Francis J. Baigent. Ello no bastaba, con todo. Bogle pensó que para ganar la partida era imprescindible el favor de una fuerte corriente popular. Requirió el sombrero de copa y el decente paraguas y fue a buscar inspiración por las decorosas calles de Londres. Era el atardecer; Bogle vagó hasta que una luna del color de la miel se duplicó en el agua rectangular de las fuentes públicas. El dios lo visitó. Bogle chistó a un carruaje y se hizo conducir al departamento del anticuario Baigent. Éste mandó una larga carta al Times, que aseguraba que el supuesto Tichborne era un descarado impostor. La firmaba el padre Goudron, de la Sociedad de Jesús. Otras denuncias igualmente papistas la sucedieron. Su efecto fue inmediato: las buenas gentes no dejaron de adivinar que Sir Roger Charles era blanco de un complot abominable de los jesuitas.

EL CARRUAJE

Ciento noventa días duró el proceso. Alrededor de cien testigos prestaron fe de que el acusado era Tichborne -entre ellos, cuatro compañeros de armas del regimiento seis de dragones. Sus partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo. Además, Lady Tichborne lo había reconocido y es evidente que una madre no se equivoca. Todo iba bien, o más o menos bien, hasta que una antigua querida de Orton compareció ante el tribunal para declarar. Bogle no se inmutó con esa pérfida maniobra de los “parientes”; requirió galera y paraguas y fue a implorar una tercera iluminación por las decorosas calles de Londres. No sabremos nunca si la encontró. Poco antes de llegar a Primrose Hill lo alcanzó el terrible vehículo que desde el fondo de los años lo perseguía. Bogle lo vio venir, lanzó un grito, pero no atinó con la salvación. Fue proyectado con violencia contra las piedras. Los marcadores cascos del jamelgo le partieron el cráneo.

EL ESPECTRO

Tom Castro era el fantasma de Tichborne, pero un pobre fantasma habitado por el genio de Bogle. Cuando le dijeron que éste había muerto se aniquiló. Siguió mintiendo, pero con escaso entusiasmo y con disparatadas contradicciones. Era fácil prever el fin.
El 27 de febrero de 1874, Arthur Orton (alias) Tom Castro fue condenado a catorce años de trabajos forzados. En la cárcel se hizo querer; era su oficio. Su comportamiento ejemplar le valió una rebaja de cuatro años. Cuando esa hospitalidad final lo dejó -la de la prisión- recorrió las aldeas y los entros del Reino Unido, pronunciando pequeñas conferencias en las que declaraba su inocencia o afirmaba su culpa. Su modestia y su anhelo de agradar eran tan duraderos que muchas noches comenzó por defensa y acabó por confesión,siempre al servicio de las inclinaciones del público.

El 2 de abril de 1898 murió.

(1) Esta metáfora me sirve para recordar al lector que estas biografías infames aparecieron en el suplemento sabático de un diario de la tarde.”

Del libro “Historia universal de la infamia”, cuento “El impostor inverosímil Tom Castro”, Jorge Luis Borges.

Por la seleción de dos historias no igualmente fantásticas, pero casi, y una de ellas literaria (y la otra no, pero también),

Verónica del Carpio Fiestas


Violar a una niña de trece años y casarse con ella, en España, 1844

Voy a transcribir literalmente una noticia publicada en la Gaceta de Madrid, antecedente del Boletín Oficial del Estado, de 8 de octubre de 1844. En aquella época la Gaceta era aun  una mezcla de periódico oficial para publicación de normas y partes oficiales, de periódico privado con noticias nacionales e internacionales, anuncios y reseñas y de revista variada, incluyendo sueltos de corresponsales.

Noticias nacionales

Arenys del Mar 28 de Setiembre-
El dia 22 se cometió en Calella un acto escandaloso. Un jo­ven de 18 años estupró á una niña de 13; fue preso inmediata­mente que se supo la perpetración de tan feo delito.
Empezábanse ya las primeras diligencias, cuando por inter­vención de personas bondadosas pudo componerse el negocio, ofreciéndose, el estuprador á casarse con su víctima, la cual se avino gustosa con este acomodamiento.
Solo falta que los novios reúnan el dinero necesario para cos­tear las gastos de la ceremonia, con lo cual el cura los casará desde luego, aunque atendido el caso hubiese sido mejor que se les hubiese casado sin mas retardo.
Aqui y en toda la costa no hay novedad. Todo sigue tran­quilo, y la gente tan contenta con las ganancias que les propor­ciona el gran número de barceloneses que tenemos por aqui, que han venido, según costumbre de todos los años, á tomar los ba­ños termales de Caldetas, y á respirar los puros y saludables aires de este delicioso pais.
(Corresp. de la Verdad.)
Enlace a la página completa de la Gaceta de Madrid de ese día, y que incluye la noticia, en la web oficial del Boletín Oficial del Estado, aquí.
estupro
estupro 2
Cuando en adelante lea por ahí que hay países con matrimonio infantil o donde se obliga a mujeres a casarse con sus violadores, y le parezca terrible, porque lo es, quizá recuerde esta noticia de España en 1844, es decir, de anteayer en términos históricos. Y que era todo ello tan “normal”, tan “lógico” y tan “deseable” que “personas bondadosas” presionan al violador para que se case, la pobre niña “acepta gustosa ese acomodamiento” y se considera que cualquier demora en casarse en perjudicial, y que acto seguido de contar esto, sin solución de continuidad, el corresponsal habla de cómo hacen sus agosto los comerciantes con los veraneantes y lo agradable y tranquila que es la costa.
Verónica del Carpio Fiestas
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Infancia en paz y en guerra

Serious reader 1930s Arissa

Antoni Arissa (Barcelona 1900-1980). Retrato de su hija leyendo. 1932.

Centelles 1937 niños jugando a fusilar

Agustí Centelles (Valencia 1909-Barcelona 1985). Niños jugando a fusilar durante la Guerra Civil Española. 1937.

 

En la infantil esperanza de un mundo donde con cualquiera con una cámara pueda fotografiar a muchos niños y niñas leyendo y donde nadie con una cámara tenga que fotografiar juegos de niños y niñas jugando a matar porque imitan lo que ven, y donde no olvidemos lo que fuimos y por lo que sufrimos y no pasemos de largo como si no fuera con nosotros la situación de quienes sufren ahora por lo mismo que hemos tenido que sufrir nosotros muchas veces a lo largo de la Historia, firma este ingenuo post en la ingenua creencia de que todos los días deberían ser el #DíaMundialDeLosRefugiados y que no solo habría que acordarse de ellos para usar el hashtag en un tuit ese día,

Verónica del Carpio Fiestas

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El Lope de Aguirre de Unamuno y Eróstrato

A Lope de Aguirre, el traidor, figura histórica, le ponemos la cara alucinada de Klaus Kinski en la película Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog.

Lope

La terrible figura histórica del loco, tirano, traidor, asesino, criminal, Lope de Aguirre como figura exótica, con y desde unos ojos extranjeros.

¿Y cómo verían unos ojos españoles de una persona cultísima hace cien años la entonces casi olvidada figura de Lope de Aguirre? ¿Y cómo sería un análisis de la figura de Lope de Aguirre por Miguel de Unamuno?

Pues sería como en este enlace de la Universidad de Salamanca, que recoge completo un artículo de Miguel de Unamuno titulado “Lope de Aguirre, el traidor“, publicado en “Asturias Gráfica” en 1920, en pdf completo Lope de Aguirre,

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y que figura también publicado en el recopilatorio “De esto y de aquello” en Austral, Espasa Calpe.

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Un ángel caído y demoníaco, que intentó dejar renombre perpetuo como fuera, a base de maldad terrible, con una locura tipo Eróstrato, el que en el siglo IV a.C. incendió el templo de Artemisa de Éfeso simplemente para dejar fama de sí mismo. Pero con resultado fallido en el caso de Lope de Aguirre, dice Unamuno en 1920, porque Lope de Aguirre, dice Unamuno, está olvidado.

Eso decía Unamuno en 1920, mezclándolo, claro, con esa desesperación religiosa que Unamuno ve por todas partes.

Lope de Aguirre, en efecto, no fue un criminal vulgar, instintivo, una pura bestia humana; fue más bien un ángel caído y demoníaco, un demonio, pero angélico. Angélico, como Luzbel. No era la carne bruta, era el espíritu torturado el que le llevaba a sus atroces crímenes, era la desesperación.

«Era de agudo y vivo ingenio para ser hombre sin letras» dice de él, de Lope de Aguirre, el autor de susomentada (sic) Relación [Unamuno cita indirectamente un manuscrito de lope revista 4lope revista 5

la Biblioteca Nacional] quien se harta de llamarle perverso, tirano, diablo, traidor, etc. Al narrar su muerte agrega: «Y ansi fué su ánima a los infiernos para siempre, y dél quedará entre los hombres la fama del malvado Judas para blasfemar y escupir de su nombre, como del más malo y perverso hombre que habíaa nascido en el mundo»

Pero no; ni ha quedado esta fama de él, sino que su nombre es casi olvidado hoy. Y con ello ha querido acaso Dios castigarle, ya que Lope, demoníaco espíritu del Renacimiento, encendido en torturador anhelo de dejar renombre de sí, fuera el que fuese, solía decir «que a lo menos la fama de las cosas y crueldades que hubiese hecho quedaría en la memoria de los hombres para siempre, y que su cabeza sería puesta en un rollo [la picota] para que su memoria no peresciese, y que con eso se contentaba.» 

Unamuno, tan preocupado siempre por las diversas formas de inmortalidad, ¿habría escrito lo que escribió sobre el erostratismo y el castigo de Dios que es el olvido, de haber sabido que Lope de Aguirre, cien años después de su artículo, tiene entrada en Wikipedia, es decir, que se considera suficientemente importante como para que cualquiera de cualquier parte del mundo tarde un segundo en buscar y encontrar datos sobre él,  ni más ni menos que como con cualquier miniactor de televisión con su entradita en Wikipedia, y que sobre él, además, hay literatura y cine, es decir, que al final sí dejó fama, si por fama entendemos permanencia en la memoria y posibilidad de localizar la información?

¿Y que habría dicho Unamuno, y que habría hecho Lope de Aguirre, de haber sabido que cualquier mindundi -un concejal de un pueblo, un actor de tres al cuarto, una diputada que no ha hecho nada especial, una modelo-, tiene entrada en Wikipedia, y con la misma extensión que Lope de Aguirre, confundiéndose y mezclándose el Who is who con la Historia?

Sí, Eróstrato consiguió su fama, porque un pastor insignificante del siglo IV a.C. de la Grecia Clásica ni en broma habría dejado memoria de su existencia como no fuera haciendo algo muy desconcertante, y él lo consiguió de un modo novedoso: destruyendo de forma sacrílega un templo expresamente para conseguir esa fama. Su sistema fue eficaz.

Pero ahora cualquier idiota consigue fácilmente sus quince minutos de fama instantánea y mundial y con rastro permanente en internet, sin hacer nada de interés, ni siquiera algo memorable por lo brutal.

Y ello lleva a plantear algo inquietante. ¿Cómo serán de brutales los Eróstratos y los Lopes de Aguirre de hoy, sabiendo como saben que la fama mundial es instantánea y efímera, aunque paradójicamente deja rastro perpetuo en internet, pero que además para que deje rastro de verdad grande en internet las burradas han de ser tan enormes como las de un Hitler? Da escalofríos pensarlo.

¿Será verdad que, como en “Eróstrato: incendiario“, el cuento de Marcel Schwob, “Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, entregar el nombre de Heróstratos a las edades futuras”? Porque si en efecto fue así, fracasó ese intento, y por tanto no basta con prohibir ni bajo pena de muerte que un nombre se transmita al futuro para evitar que llegue al futuro el nombre de quien hace una barbaridad precisamente para que la fama de su nombre llegue al futuro; es decir, que no hay solución para evitar Eróstratos y Lopes de Aguirre.

Y eso que en tiempos de Eróstrato no había internet.

Verónica del Carpio Fiestas

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Jonathan Swift: una mirada muy distinta sobre la Guerra de Sucesión española

La dinastía de Austria fue sustituida en España por la dinastía de Borbón, a la muerte de Carlos II, en una guerra que duró años y que aún tiene consecuencias, y no solo la pérdida de Gibraltar. Esa guerra la ganó Felipe V, si es que una guerra civil la gana alguien. Y la mirada retrospectiva que sobre esa guerra hemos echado muchos es la que nos han enseñado: la mirada desde dentro.

Pero hay otra mirada: la mirada desde fuera.

Y es que en esa guerra no solo pelearon españoles entre sí. Como en tantas otras guerras civiles en España, de las bastantes que hemos tenido, incluyendo la de 1936-39 más de 200 años después, fuimos también teatro y marioneta de intereses de otros. Fue una guerra con intervención de potencias extranjeras, porque se jugaba no solo quién iba a mandar en España sino el equilibro de poderes en Europa, aparte de los intereses económicos de otros países, incluyendo, por ejemplo, el mercado de esclavos.

Y desde esa perspectiva es interesante lo que al respecto escribió nada menos que Jonathan Swift, el autor satírico británico conocido principalmente por “Los viajes de Gulliver” -que está muy lejos de ser ese cuento para niños que algunos quieren hacer creer que es- y también por la “Historia de una barrica” y por “Una modesta proposición” -esta, si no la ha leído, no se la pierda- .

Y lo que escribio Swift sobre la guerra de Sucesión española fue un panfleto contra el Gobierno inglés de su tiempo, acusándolo de haber prolongado esa guerra por intereses económicos espurios de poderosos.

Aparte de presentar curiosamente a Inglaterra como una víctima que ha puesto mucho esfuerzo para recibir poco y de ostentar el carácter de literatura panfletaria quizá de encargo, y no exactamente pacifista, es interesante comprobar cómo se ven las cosas desde fuera por quienes, precisamente, se injerían en las cosas nuestras de dentro. Este panfleto por lo visto fue muy difundido en Inglaterra y al parecer en efecto tuvo consecuencias para provocar un cambio de rumbo en el gobierno en Inglaterra, e influyó en que se firmara el Tratado de Utrecht; ese tratado en el que España perdió Gibraltar.

Y aun siendo conscientes de la posibilidad de ese carácter panfletario y exagerado, y hasta manipulador o poco fiable, e incluso teniendo en cuenta la enorme cantidad de referencias históricas que resultan imposibles de entender salvo para especialistas, es difícil para una persona interesada en la Historia de España y en la Historia actual de España ver esa guerra con los mismos ojos tras leer o siquiera hojear ese panfleto.

Y es que no es una guerra española lo que vemos con la mirada de Swift, sino algo totalmente distinto: una guerra en España.

Aquí el texto en inglés “The conduct of the Allies”, de Jonathan Swift, obra de 1711,

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y la traducción al español que puede encontrarse en las Obras Selectas de Jonathan Swit, editadas por Swan, volumen que contiene una introducción sobre este panfleto muy ilustrativa.

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 Verónica del Carpio Fiestas