Tempus fugit melancólico: Horacio y villancico de Nochebuena

«Diffugere nives, redeunt iam campis arboribusque comae;

mutat terra vices, et decrescencia ripas flumina praetereunt;

Gratia cum Nymphis geminisque sororibus audet ducere nuda choros.

immortalia ne speres, monet annus et almum quae rapit hora diem;

frigora mitescunt Zephyris, ver proterit aestas interitura simul

pomifer Autumnus fruges effuderit, et mox bruma recurrit iners.

damna tamen celeres reparant caelestia lunae;

nos ubi decidimus

quo pater Aeneas, quo Tullus dives et Ancus,

pulvis et umbea sumus.

quis scit an adiciant hodiernae crastina summae tempora di superi?»

Oda de Horacio (Venosia, Italia, 65 a.C.-Roma, Italia, 8 a.C.).

«Odas y Épodos», Horacio. Edición bilingüe de Manuel Fernández-Galiano y Vicente Cristóbal. Cátedra, Letras Universales, 1997,

«Se fueron las nieves, ya vuelve la yerba a los campos y al árbol su cabellera; cambia

de modos la tierra y los ríos decrecen corriendo de nuevo

por los cauces de siempre;

la Gracia y las Ninfas, hermanas gemelas, desnudas se atreven

a dirigir sus coros.

«No esperes nada inmortal» aconsejan el año y las horas que al nuevo día raptan.

Expulsan el frío los Zéfiros; la primavera al verano cede, que, por su parte,

morirá al traer su fruto el pomífero otoño; y al punto la inerte bruma vendrá. Pero ágil

repara la luna en el cielo sus menguas; nosotros, en cambio,

allí una vez caídos

donde Eneas el padre se encuentra con Tulo el dichoso, y con Anco,

polvo y sombra ya somos.

¿Quién sabe si van a agregar un mañana a la edad transcurrida

los dioses de allá arriba?»

«La Nochebuena del poeta», fragmento.

Del libro «Cosas que fueron: cuadros de costumbres», del escritor español Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833-Madrid 1891)

Texto completo aquí. Facsisimil aquí.

«»En un rincón hermoso
De Andalucía
hay un valle risueño…
¡Dios lo bendiga!
Que en ese valle
Tengo amigos, amores,
Hermanos, padres.»

(De El Látigo.)»

I

Hace muchos años (¡como que yo tenía siete!) que, al oscurecer de un día de invierno, y después de rezar las tres Ave-Marías al toque de Oraciones, me dijo mi padre con voz solemne:

— Pedro: esta noche no te acostarás a la misma hora que las gallinas: ya eres grande, y debes cenar con tus padres y con tus hermanos mayores. — Esta noche es Nochebuena.

Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales palabras.

¡Yo me acostaría tarde!

Dirigí una mirada de desprecio a aquellos de mis hermanos que eran más pequeños que yo, y me puse a discurrir el modo de contar en la escuela, después del día de Reyes, aquella primera aventura, aquella primera calaverada, aquella primera disipación de mi vida.

II

Eran ya las Ánimas, como se dice en mi pueblo.

¡En mi pueblo: a noventa leguas de Madrid: a mil leguas del mundo: en un pliegue de Sierra-Nevada!

¡Aún me parece veros, padres y hermanos! — Un enorme tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche se quedaban en nuestra casa a presidir la ceremonia de familia; en seguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre nosotros, los criados…

Porque en aquella fiesta todos representábamos la Casa, y a todos debía calentarnos un mismo fuego.

Recuerdo, sí, que los criados estaban de pie y las criadas acurrucadas o de rodillas. Su respetuosa humildad les vedaba ocupar asiento.

Los gatos dormían en el centro del círculo, con la rabadilla vuelta a la lumbre.

Algunos copos de nieve caían por el cañón de la chimenea, ¡por aquel camino de los duendes!

¡Y el viento silbaba a lo lejos, hablándonos de los ausentes, de los pobres, de los caminantes!

Mi padre y mi hermana mayor tocaban el arpa, y yo los acompañaba, a pesar suyo, con una gran zambomba que había fabricado aquella tarde con un cántaro roto.

¿Conocéis la canción de los Aguinaldos, la que se canta en los pueblos que caen al Oriente del Mulhacem?

Pues a esa música se redujo nuestro concierto.

Las criadas se encargaron de la parte vocal, y cantaron coplas como la siguiente:

Esta noche es Nochebuena,
y mañana Navidad;
saca la bota, María,
que me voy a emborrachar.

Y todo era bullicio; todo contento. Los roscos, los mantecados, el alajú, los dulces hechos por las monjas, el rosoli, el aguardiente de guindas circulaban de mano en mano… Y se hablaba de ir a la Misa del Gallo a las doce de la noche, y a los Pastores al romper el alba, y de hacer sorbete con la nieve que tapizaba el patio, y de ver el Nacimiento que habíamos puesto los muchachos en la torre…

De pronto, en medio de aquella alegría, llegó a mis oídos esta copla, cantada por mi abuela paterna:

La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.

A pesar de mis pocos años, esta copla me heló el corazón.

Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los horizontes melancólicos de la vida.

Fue aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fue milagroso presentimiento; fue un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fue mi primera inspiración… Ello es que vi con una lucidez maravillosa el fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna. ¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como todos los que vinieran después!…

La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va…

Tal es la implacable monotonía del tiempo, el péndulo que oscila en el espacio, la indiferente repetición de los hechos, contrastando con nuestros leves años de peregrinación por la tierra…

¡Y nosotros nos iremos
y no volveremos más!

¡Concepto horrible, sentencia cruel, cuya claridad terminante fue para mí como el primer aviso que me daba la muerte, como el primer gesto que me hacía desde la penumbra del porvenir!

Entonces desfilaron ante mis ojos mil Nochesbuenas pasadas, mil hogares apagados, mil familias que habían cenado juntas y que ya no existían; otros niños, otras alegrías, otros cantos perdidos para siempre; los amores de mis abuelas, sus trajes abolidos, su remota juventud, los recuerdos que les asaltarían en aquel momento; la infancia de mis padres, la primera Nochebuena de mi familia; todas aquellas dichas de mi casa anteriores a mis siete años…

Y luego adiviné, y desfilaron también ante mis ojos, mil Nochesbuenas más, que vendrían periódicamente, robándonos vida y esperanza, alegrías futuras en que no tendríamos parte todos los allí presentes, — mis hermanos, que se esparcirían por la tierra; nuestros padres, que naturalmente morirían antes que nosotros; nosotros solos en la vida; el siglo XIX sustituido por el siglo XX; aquellas brasas hechas ceniza; mi juventud evaporada, mi ancianidad, mi sepultura, mi memoria póstuma, el olvido de mí; la indiferencia, la ingratitud con que mis nietos vivirían de mi sangre, reirían y gozarían, cuando los gusanos profanaran en mi cabeza el lugar en que entonces concebía todos aquellos pensamientos. . .

Un río de lágrimas brotó de mis ojos. Se me preguntó por qué lloraba, y, como yo mismo no lo sabía, como no podía discernirlo claramente, como de manera alguna hubiera podido explicarlo, interpretóse que tenía sueño y se me mandó acostar…

Lloré, pues, de nuevo con este motivo, y corrieron juntas, por consiguiente, mis primeras lágrimas filosóficas y mis últimas lágrimas pueriles, pudiendo hoy asegurar que aquella noche de insomnio, en que oí desde la cama el gozoso ruido de una cena a que yo no asistía por ser demasiado niño (según se creyó entonces), o por ser ya demasiado hombre (según deduzco yo ahora), fue una de las más amargas de mi vida.

Debí al cabo de dormirme, pues no recuerdo si quedaron o no en conversación la Misa del Gallo, la de los Pastores y el sorbete proyectado

Verónica del Carpio Fiestas. Navidad 2020,

en la esperanza de que nuestra melancolía lógica como seres humanos sea solo por el inevitable tempus fugit y de que si la melancolía consistiera también en recordar con melancolía un tiempo pasado en el que «criados y criadas» no podían sentarse por «respetuosa humildad», esa no sería una melancolía que encajara muy razonablemente en el tempus fugit, porque una melancolía razonable nunca debería hacernos olvidar algo importante: que no todo tiempo pasado fue mejor.

Las almenaras de Gondor de «El Señor de los anillos» de Tolkien y las hogueras del «Agamenón» de Esquilo

Me pregunto si una escena de la trilogía «El Señor de los anillos» de J.R.R. Tolkien está basada nada menos que en una antiquísima obra de teatro: «Agamenón», de la «Orestiada» del dramaturgo griego Esquilo. La educación clásica de Tolkien es de sobra conocida y, además, poco menos que a cualquier alumno de Oxford, como lo fue Tolkien, se le presumía y exigía en aquella época un conocimiento profundo de latín y griego clásico, tanto como para ser lector habitual más o menos obligado de las grandes obras literarias latinas y griegas; nada tendría de extraño, pues, que, consciente o inconscientemente, Tolkien se hubiera inspirado en un modelo de tantos siglos antes, teniendo en cuenta además, la frecuencia con que, en efecto, se inspiraba en literatura clásica de todo tipo. La escena a la que me refiero es la de las almenaras de Gondor, en la parte III de «El señor de los anillos», «El retorno del rey»: se van encendiendo sucesivamente hogueras de aviso en los picos de una cadena de montañas, como un telégrafo de luces.

Cuando se trata del «El Señor de los anillos» («The Lord of the Rings») hay que tener en cuenta también la trilogía cinematográfica dirigida por Peter Jackson, así que empecemos por la película.

Estamos en la tercera y última película de la saga, «El retorno del rey» («The Lord of the Rings: The Return of the King», 2003). Gandalf ordena a Pippin que encienda la hoguera de la almenara de Minas Tirith, a fin de avisar a los aliados de que hay guerra y pedirles ayuda. La escena es visualmente grandiosa; Pippin consigue sortear la vigilancia y prende la primera hoguera y los espectadores vemos como se van encendiendo sucesivamente hogueras en los picos de unas montañas nevadas, altas, rodeadas de nubes, unas veces a la luz del día, otras en la noche, hasta llegar el aviso a su destino, y bien aderezada la ya apabullante belleza y emoción de las imágenes, tomadas desde arriba y de frente, con el sonido de la música heroica de la banda sonora.

Pero esta escena no existe en el libro de Tolkien; Peter Jackson se tomó una licencia poética. En el libro los vigías encienden hogueras de aviso en las cimas de las montañas, sí, pero en la hoguera inicial nada tienen que ver Pippin y Gandalf, quienes aparecen aquí como simples espectadores de las hogueras.

Vayamos, pues, al libro «El Señor de los anillos III. El retorno del rey», Libro Quinto, I, «Minas Tirith» (edición de Ediciones Minotauro, 1980). Gandalf y Pippin, cabalgando a lomos ambos de Sombragris, se dirigen a toda velocidad, en plena noche, a Gondor; Pippin está asustado.

«-¿Dónde estamos, Gandalf? -preguntó.

-En el reino de Gondor -respondió el mago-. Todavía no hemos dejado atrás las tierras de Anórien.

Hubo un nuevo momento de silencio. Luego: -¿Qué es eso? -exclamó Pippin de improviso aferrándose a la capa de Gandalf-. ¡Mira! ¡Fuego, fuego rojo! ¿Hay dragones en esta región? ¡Mira, allí hay otro!

En respuesta, Gandalf acicateó al caballo con voz vibrante.

-¡Corre, Sombragris! ¡Llevamos prisa! El tiempo apremia. ¡Mira! Gondor ha encendido las almenaras pidiendo ayuda. La guerra ha comenzado. Mira, hay fuego sobre las crestas del Amon Dîn y llamas en el Eilenach; y avanzan veloces hacia el oeste: hacia el Nardol, el Erelas, Min-Rimmon, Calenhad y el Halifirien en los confines de Rohan.«

Obsérvese la sucesión de topónimos para describir el avance visual de las sucesivas hogueras; hasta en la traducción al castellano se percibe la deliberada elección de vocablos sonoros. Y ahora vayamos al «Agamenón» de Esquilo.

En el «Agamenón» también vemos avanzar las hogueras desde lejos como espectadores, en las palabras del personaje que las describe sin verlas, el personaje y nosotros, más que con los ojos de la imaginación, y también se van sucediendo los topónimos sonoros, no solo de montes.

Y aquí también hay guerra, aunque desde muy distinta perspectiva. Las hogueras no anuncian aquí el peligro en que se encuentra una ciudad que pide ayuda y será asediada en una dura guerra sino todo lo contrario: la caída de una ciudad, Troya, y el final de la guerra. Si para Gandalf y Pippin las hogueras son mensajeras de la desgracia, y para quienes las encienden y ven también, en «Agamenón» anuncian lo que para el personaje, la reina Clintemnestra (o Clitemestra), y su ciudad, es noticia jubilosa.

Veamos el texto de «Agamenón», extraído de la edición de Editorial Gredos enlace aquí. La obra empieza poco antes de la escena que nos interesa con el monólogo del vigía encargado por la reina de estar pendiente de las luces y que de repente ve la luz en lontananza que anuncia la victoria. La reina habla con un incrédulo y despreciativo corifeo -despreciativo porque ella es mujer- y le explica que ha llegado la noticia de que Troya acaba de caer:

«CORIFEO. – ¿Y en qué momento ha quedado arrasada esa ciudad?
CLITEMESTRA. – Te contesto: la noche pasada, la que ha dado lugar a este día.
CORIFEO. – ¿Y quién podría llegar a anunciarlo tan pronto?
CLITEMESTRA. – Hefesto [dios del fuego, metonimia aquí del fuego], enviando un brillante fulgor desde el Ida. Desde el fuego que fue el primero en dar la noticia, cada hoguera fue enviando otra hoguera hasta aquí: el Ida al Hermeo, monte de Lemnos. En tercer lugar, recibió de esta isla una gran hoguera la altura de Atos consagrada a Zeus, y se elevó por aquellas alturas, como para venir por encima del mar para nuestro gozo, el vigor de la antorcha viajera, y la ardiente resina del pino dio aviso a los vigías del monte Macisto con la brillantez de un dorado fulgor semejante al del sol. No se anduvo en demoras el monte, ni vencido del sueño de modo insensato pasó por alto la parte que a él le tocaba en el mensaje, antes, al contrario, llegó allá lejos la luz de su hoguera, hasta las corrientes del Euripo dio la señal a los centinelas de Mesapio. Estos encendieron, a su vez, otra hoguera, para que la señal siguiera adelante, prendiéndole fuego a un montón de brezo ya seco. La vigorosa llama, sin apagarse siquiera un momento, franqueó de un salto las tierras bajas del río Asopo, como luna resplandeciente, hasta la roca del Citerón y provocó un nuevo relevo del fuego encargado de traer la noticia. El puesto de guardia no descuidó el encender una luz que llegara a lo lejos, más intensa aún de lo que se le había ordenado. Y la luz cruzó por encima del lago Gorgopis y alcanzó hasta el monte Egiplanto, donde incitó a no omitir la orden que había de encender un fuego. Lo encendieron con ardor diligente y enviaron una enorme barba de fuego como para sobrepasar, iluminándolo, el promontorio desde cuya cumbre se divisa el golfo Sarónicot. Luego saltó y al punto llegó al monte Aracneo, puesto de observación ya vecino a nuestra ciudad, y a continuación alcanzó esta morada de los Atridas esa luz que no deja de ser descendiente del fuego prendido en el Ida. Tales eran mis instrucciones a los portadores de las antorchas: cada uno releve al otro, y vence el primero y el último en esta carrera. Y tal garantía y señal te digo de que desde Troya mi esposo me dio la noticia.«

Hagamos abstracción de las diferencias. Tolkien, en 1954, describe gráficamente cómo se van encendiendo hogueras en los montes para anunciar noticias de guerra, mediante el sistema de ir nombrando los lugares donde las hogueras se van encendiendo sucesivamente; Esquilo en los siglos V-VI a.C., también. En ninguna de las dos obras literarias tenemos imagen y música como en la película, pero tenemos en las dos obras la poderosa imagen y la poderosa música de las palabras.

Verónica del Carpio Fiestas

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Llanto fúnebre por dos hermanos fratricidas, por Esquilo

El dramaturgo griego Esquilo (ss. VI-V a.C.) escribió en su tragedia «Los siete contra Tebas» un conmovedor planto: el de dos hermanas a sus dos hermanos que se han matado entre sí. Antígona e Ismene lloran a la muerte de Eteocles y Polinices, muertos ambos en el asalto a Tebas, víctimas de la maldición de Edipo, padre incestuoso de los cuatro. Si triste es que mueran en una guerra dos hermanos, estremecedor es que esos dos hermanos hayan muerto en una guerra matándose entre sí. Y estremecedor es el texto.

Oigamos a Antígona y a Ismene, en la sonora, poderosa y poética traducción de Fernando Segundo Brieva («Esquilo, tragedias completas«, Edaf, 1982), que tiene más de cien años; y uso deliberadamente «oigamos» y no «leamos» porque pocos textos como este parece que piden ser leídos en voz alta y a dos voces.

«Antígona

(Dirigiéndose al cuerpo de Polinice.) Tú diste y recibiste la muerte.

Ismene

(Dirigiéndose al de Eteocles.) Tú has muerto matando.

Antígona

A hierro mataste.

Ismene

A hierro moriste.

Antígona

¡Qué miserias has procurado!

Ismene

¡Qué miserias has padecido!

Antígona

¡Salid, gemidos!

Ismene

¡Salid, lágrimas!

Antígona

Mataste, y ahora yaces tendido delante de mis ojos.

Ismene

Caíste envuelto en sangre, y así te ofreces a mí, sangriento y sin vida.

Antígona

¡Ay!

Ismene

¡Ay!

Antígona

El dolor enajena mi mente.

Ismene

Dentro del pecho angústiase el corazón.

Antígona

¡Ah, ah, merecedor de ser llorado para siempre!

Ismene

¡Y tú también, desdichado entre los desdichados!

Antígona

De mano amiga recibiste la muerte.

Ismene

Tú diste muerte al amigo.

Antígona

Doble desastre que referir.

Ismene

Doble desastre que considerar.

Antígona

Doble aflicción, que está aquí, ¡a mí lado!

Ismene

Desgracias de hermanos, desgracias hermanas también, que me hacen vecindad desdichada.

Antígona

¡Horrendo de decir!

Ismene

¡Horrendo de mirar!

Coro

¡Oh Parca, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra de Edipo, negra Erinia, y cuán formidable eres!

Antígona

¡Ay!

Ismene

¡Ay!

Antígona

¡Qué de horrendos males!…

Ismene

Le ofreció a este su hermano de vuelta del destierro.

Antígona

¡Y después que le mató, no entró en Tebas!

Ismene

Y cuando parecía haberse salvado, perdió la vida.

Antígona

¡Sí, la perdió!

Ismene

¡Y quitó a este la suya!

Antígona

¡Mísera raza!

Ismene

¡Calamidad miserable!

Antígona

Desgracias gemelas dignas de lastimosísimo duelo.

Ismene

Torrente irresistible de males que saltan los unos sobre los otros.

Antígona

¡Horrendo de decir!

Ismene

¡Horrendo de mirar!»

No sería fácil encontrar un texto más conmovedor sobre la muerte entre hermanos, sobre los conflictos fratricidas, la tragedia de quienes mueren y de quienes sobreviven y los lloran.

O sea, sobre la tragedia de las guerras civiles.

Uf.

Verónica del Carpio Fiestas

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Catulo o la obscenidad poética

Que en el siglo XXI haya dudado sobre si escribo o no un post sobre Catulo dice mucho, pero no sobre mí ni tampoco sobre Catulo, autor romano del siglo I AC, sino sobre el siglo XXI. La obscenidad poética todavía rechina en el siglo XXI a muchos oídos de bien pensantes, tanto de los bien pensantes de la mojigatería, digamos, tradicional, como de los bien pensantes de esa otra mojigatería moderna, todos ellos tan aficionados a ofenderse y a la censura aunque alegando motivos distintos, y es muy cansado tener que estar planteándose si alguien se va ofender por lo que un poeta clásico romano escribió en latín hace 2.100 años cantando a la alegría de vivir. A unos quizá les molestará el sexo explícito de todo tipo -la poesía de Catulo contiene sexo oral, masturbación, homosexualidad- y  a otros les molestará la poesía de escarnio, con insultos como llamar puta a una mujer en variadas formas hasta expresiones de esas que hoy se censuran como homófobas, o lo de achacar comportamientos incestuosos. No todo Catulo es poesía amorosa, erótica, sexual, pornográfica e incluso francamente escatológica y grosera, casi todo en tono bienhumorado y humorístico. pero tambien de duro escarnio; además tiene muy delicados poemas a un amigo muerto o a la traición de una amistad o poesía amorosa de la más apta para almas sensibles, esas del amor no sexual o solo relativamente erótico, del amor feliz y del amor desaparecido. Me voy a centrar en el estilo, digamos, más llamativo. Voy a citar textos de «Catulo. Poesía completa» en versión castellana de Juan Manuel Rodríguez Tobal, editorial Hiperión, 1991, edición bilingüe. Empiezo por lo suave con este precioso poema:

«Vivamos, Lesbia mía, y amemos;
los rumores severos de los viejos
que no valgan ni un duro todos juntos.
se pone y sale el sol, más a nosotros,
apenas se nos pone la luz breve,
sola noche sin fin dormir nos toca.
Pero dame mil besos, luego ciento,
después mil otra vez, de nuevo ciento,
luego otros mil aún, y luego ciento…
Después, cuando sumemos muchos miles
confundamos la cuenta hasta perderla,
que hechizarnos no pueda el envidioso
al saber el total de nuestros besos«.

Y ahora empiezo con lo que no creo que pueda calificarse como «preciosos poemas» y que no todo el mundo consideraría apto para todos los públicos, y qué mejor para presentarlos que con otro poema de Catulo:

«Si por casualidad mis tonterías
leéis y no sentís pavor alguno
de acercar vuestras manos hacia mí,
dejad el celo en casa, que ahora vienen
algunos versos más desvergonzados«.

No puede dejarse de citar este poema famosísimo:

«Mentula moechatur. Moechatur mentula? Certe.
Hoc est quod dicunt: ipsa olera legit.»

y, como no voy a dejarlo púdicamente en latín, transcribo la traducción:

«Dicen que jode Lapolla. ¿Que jode la polla? ¡Pues claro!
es lo que dice el refrán: «haz lo que sepas hacer»«

Otro más:

«Te lo ruego, dulce Ipsitila mía,
encantos y delicias de mi vida,
invítame a tu casa por la siesta
y hazme este otro favor, si es que me invitas:
que nadie eche el cerrojo de la puerta
y ten tú la bondad de no salir.
Mejor quédate en casa preparada
para echar nueve polvos sin parar.
Aunque invítame ya, si vas a hecerlo,
que acabo de comer y, panza arriba,
atravieso la túnica y el manto«.

Bueno, sigamos leyendo:

«Os daré por el culo y por la boca,
mamón de Aurelio y Furio maricón,
que decís que no tengo yo vergüenza
porque algo afeminados son mis versos.
Sabed que ha de ser íntegro el poeta
en su vida, más no en su poesía,
pues esta, al cabo tiene ingenio y gracia
por ser afeminada y descarada,
y capaz de poner algo calientes
no digo a niños sino a los peludos
que no pueden mover sus duros lomos.
Vosotros que leisteis tantos miles
de besos ¿poco hombre me creéis?
Os daré por el culo y por la boca.«

Y desde luego puedo no dejar de transcribir este poema sobre uno que, además de ser un imbécil, se blanquea los dientes con orina y que resulta que era de Celtiberia porque allí, según Catulo, se blanqueaban los dientes así. Tuve la curiosidad de averiguar, mirando aquí y allá por internet, si se trataba una de tantos insultos calumniosos escatológicos de los poemas de Catulo, pero, por lo visto, la orina de y en Hispania sí se usaba como dentífrico…

«Egnacio, porque tiene dientes muy blancos,
se ríe siempre. Si acude a ver a un reo,
mientras el orador excita al llanto,
aquel se ríe. Si se llora a un buen hijo
único ante la pira junto a su madre,
aquel se ríe. Donde esté, como sea,
haga lo que haga ríe. Tiene este mal
que no es es -pienso- correcto ni de buen gusto.
He de darte un consejo, mi buen Egnacio:
si urbano fueras, o sabino, de Tíbur,
o un obeso de Etruria, o un umbro parco,
o un lanuvino bruno, de buenos dientes,
o -por mentar los míos- un traspadano,
o uno que limpiamente sus dientes lave,
ni así quisiera verte reír por todo:
no hay nada más tonto que una risa tonta.
Pero eres celtíbero. Allá en Celtiberia
con lo que uno mea suele, de mañana,
restregar sus dientes y rojas encías.
Cuanta más limpieza haya en vuestros dientes,
más orín proclama que os habéis bebido«.

Verónica del Carpio Fiestas

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Único testigo o cómo ya Sócrates no creía en lo de «unus testis, nullus testis»

«SÓCRATES.- Eres admirable pretendiendo refutarme con argumentos de retórica como los que creen hacer lo mismo ante los tribunales.
Allí, en efecto, se imagina un abogado haber refutado a otro cuando ha presentado un gran número de testigos distinguidos que responden de la veracidad de lo que dice mientras su adversario sólo puede presentar uno o ninguno. Pero esta clase de refutación no sirve de nada para descubrir la verdad, porque algunas veces puede ser condenado un acusado en falso por la declaración de un gran número de testigos que parecen ser de algún peso.«

Fragmento de «Gorgias o de la retórica», diálogo de Platón.  Biblioteca Virtual Universal, traducción de Luis Roig de Lluis.

«APRECIACIÓN DE LA PRUEBA
9. La prueba por testigos puede decantar la suerte de los pleitos, especialmente ante el déficit de la documental. Los testigos son los ojos y oídos de la justicia. Además, está superado el axioma de la tradición judeo-cristiana (Dt. 19,15; Mt. 18,16 y Jn. 8,17-8); postclásica «en manera ninguna se oiga la respuesta de un  solo testigo» (Cod. Iust. 4.20.9.1)  o «el testimonio de uno solo no debe ser creído» (Dig. 48.18.20) y canónica (testis unus testis nullus o testimonium unius non valere DAMASUS, Burchardíca, r. 43). EI sistema de libertad de valoración de la prueba rechaza el viejo aforismo de testis unus testis nullus» (…«el testimonio de un testigo susceptible de ser tachado»). La regla clásica de invalidez del testimonio único« no rige en nuestro proceso» (STS 1 207/2013,8.4).«

Sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid, Sección 11, de 06/06/2018, Id Cendoj 28079370112018100211, que he escogido, entre innumerables análogas sobre el problema probatorio del testigo único.

Y he escogido esta sentencia, no solo porque es reciente y porque me ha gustado su bonita cita clásica sino porque tiene su encanto encontrarse en una sentencia con que al parecer Sócrates no encajaría mucho en la tradición judeocristiana…

Verónica del Carpio Fiestasanfisbena5 para firma

 

 

 

 

 

¿Son felices las piedras?

«Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…»

Esto lo dijo Rubén Darío; es su poema «Lo fatal». Y ahora lo que dijo Séneca en su obra «Sobre la felicidad»:

«Aunque las piedras y los animales carecen de temor y de tristeza, nadie los llamó dichosos, faltándoles el conocimiento de la dicha«.

Bueno, pues, a lo mejor nadie había llamado dichosas a las piedras hasta la época de Séneca, pero unos cuantos siglos después un poeta sí las llamó dichosas…

Verónica del Carpio Fiestas

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Las dos historias de Polifemo: Ulises y Simbad

¿Conoce la historia esa en la que unos viajeros van a parar a una isla donde habita un gigante caníbal que los coge prisioneros y se los va comiendo, y de cómo los sobrevivientes, a la desesperada, intentan y consiguen escapar mediante el sistema de calentar al rojo un palo y cegar con él al gigante, y al final se lanzan al mar en una barca que es apedreada con enormes rocas por el gigante ya ciego? ¿Le suena que la historia es de la «Odisea» y que el gigante Polifemo y el protagonista Ulises, en su accidentado viaje de vuelta de vuelta a casa tras la guerra de Troya? Pues ha acertado. ¿O cree usted quizá que la historia es de «Las mil y una noches» y el protagonista es Simbad, en uno de sus viajes en busca de fortuna y aventuras? Pues ha acertado también.

Ulises, el viajero forzoso, y Simbad, el viajero voluntario, van a dar con el mismo monstruo ggante y caníbal y salvan la vida de la misma forma, cegándolo. Dos grandes obras de la literatura universal, en la primera línea literaria ambas, y ambas anónimas, contienen este mismo episodio, y con una coincidencia de detalles llamativa. Curioso.

Respecto de la historia de la isla-ballena, tratada en otro post de este blog, y que aparece en términos muy parecidos en las leyendas de San Brandán y en «Las mil y una noches», podrán discutir los especialistas sobre cuál es la fuente de cuál, si la leyenda de San Brandán o «Las mil y una noches», y los especialistas, que yo no, sabrán cuál es la solución correcta. Sobre el gigante caníbal que vive en una isla y es cegado por unos viajeros a los que quería comerse, me pregunto si puede existir mucha duda. «La Odisea», atribuida a Homero o a literatura oral colectiva griega, es del siglo VII o del VIII antes de Cristo, o de cuando sea, pero de bastantes siglos antes del nacimiento de Cristo. «Las mil y una noches» es una recopilación medieval anónima de leyendas árabes anteriores, de fecha incierta. ¿Cuál es la fuente de cuál? ¿Estarían los recopiladores árabes influidos por el mito griego del Polifemo de la «Odisea», que quizá conocían por otras vías, como personas cultas? ¿O recogieron la leyenda tal cual circulaba en versión popular por Oriente Medio y se había perdido la pista y la conciencia del origen griego, si es que es griego el origen? Fascinante cuestión, a la que no puedo responder.

Lo que sí puedo hacer es incluir dos textos, para que se puedan comparar. El texto de la «Odisea» está extraído de la obra completa en este enlace  y el de «Las mil y una noches», obra que, recuérdese, tiene varias versiones en idiomas europeos desde la traducción de Galland, de este enlace. Como los fragmentos que se refieren al mito ocupan varias páginas cada uno en cada obra, el de Ulises unas dieciséis páginas y el de Simbad unas cuatro, el post sería demasiado extenso con la transcripción de ambos; así que he elaborado dos documentos ad hoc, uno con el fragmento concreto de la «Odisea» y otro con el de «Las mil y una noches», para que quien quiera vaya a leerlos a tiro hecho.

El episodio en las «Mil y una noches» parece una versión simplificada del mito, tanto psicológicamente como en cuanto a detalles. En la «Odisea» se hace hincapié en la astucia del protagonista, quien además dialoga con el monstruo; en «Las mil y una noches», en el horror de la situación y de la forma de la muerte. De lo de confundir al gigante diciendo Ulises que se llama «Nadie», y de un cierto sentido del humor, no hay rastro en la historia de Simbad. En la «Odisea» figuran otros cíclopes y el episodio incluye la huida de los viajeros enredados y confundidos en la lana de unos carneros, puesto que está cerrada la gruta y hay que esperar a que el gigante la abra; en las «Mil y una noches» solo hay un gigante y no hay ninguna puerta que abrir.

Eso sí, en una cosa es sí más simple la historia de Ulises: su gigante tiene un solo ojo, y el de Simbad tiene dos.

polyphemos

 

Verónica del Carpio Fiestas

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Ilustración del episodio de la Odisea obtenida de este enlace; en este otro enlace se dice que se trata de una crátera griega del siglo VII a.C. No puedo asegurar la certeza del dato de procedencia y datación, ni siquiera que en efecto se trate una imagen griega antigua; lo que sí puedo asegurar es que me ha encantado.

 

 

 

Un banquete romano como los de las películas: el banquete de Trimalción

Esos romanos antiguos borrachos, que en banquetes desenfrenados comen manjares para ellos exquisitos y para nosotros extraños y hasta repugnantes (las ubres de cerda no son bocado delicioso hoy ni el vino suele tomarse con miel y no es ahora habitual que un jabalí guisado contenga tordos vivos que salgan volando al cortarlo en canal) que son servidos por esclavos mientras se toca música;

esos romanos de la disipación y la decadencia;

esos romanos en los que ya se atisba que el fin del Imperio no puede estar muy lejos;

esos romanos de los festines asombrosos e interminables en los que se bebe hasta la borrachera y se come hasta náusea, de la brutalidad y el exhibicionismo desaforado de riqueza en comilonas de derroche;

esos romanos del refinamiento máximo mezclado con la más repugnante grosería y la violencia normalizada;

esos romanos que en tantas películas han aparecido, de un mundo donde la esclavitud es parte normal del sistema social y la tortura y asesinatos de esclavos parte de la realidad y de las bromas,

¿dónde puede usted encontrarlos fácilmente, en una descripción literaria?

En el «Satiricón» de Petronio.

En el Satiricón, ¿novela? mezcla de fragmentos en los que

se describe hasta la violación de una niña de once años por un adolescente como espectáculo y diversión,

y donde la gente se queja de que no son suficientemente feroces los gladiadores a quienes obligan a luchar y matarse entre ellos en el circo, ese matadero de hombres,

[«Una vez nos presentó gladiadores que no valían un sestercio, todos decrépitos. Si los soplabas, se caían. Yo he visto bestiarios mejores. Envió a la muerte a jinetes de candil. ¡Unos verdaderos gallos de gallina! Uno parecía un borrico cargado.. Otro parecía tener piernas de cuero. Un terciario, que parecía sin cojones, tan muerto como el muerto que reemplazaba. El único que tuvo un poco de agallasfue un tracio, a pesar de que se limitó a pelear según como le soplaban. Al final, todos fueron azotados, tanto reclamaba la numerosa concurrencia gritando: «¡Al castigo!». (…)
Fíjate, ahora vamos a tener una fiesta de tres días con magníficos combates de gladiadores. y no con profesionales, sino con libertos en su mayoría. Nuestro amigo Tito ve las cosas en grande y tiene su cabeza que bulle. Sea cual fuere, el espectáculo será un éxito. Yo, que soy de su casa, sé que no hablo de una veleta. Se conseguirán las mejores espadas, se luchará sin cuartel, y el matadero estará en el centro, a la vista de todo el anfiteatro.»]

y donde una prostituta dice que no recuerda haber sido nunca virgen

[¿Acaso tiene menos años de los que tuve yo cuando aguanté a mi primer varón? Que recaiga sobre mí la ira de Juno si me acuerdo haber sido virgen alguna vez.]

y donde un adolescente homosexual es objeto de deseo  y ataques de todo tipo por adultos

y donde un niño es el «favorito» de un adulto y ese mismo adulto recuerda que fue a su vez él el «favorito» de su antiguo amo,

en esa obra literaria clásica hay unos capítulos con una descripción interesantísima de lo que en el imaginario colectivo actual sería un banquete romano, estillo felliniano. Aquí tiene un enlace al texto en castellano, por si quiere leerlo. El banquete de Trimalción.

Trimalción, por cierto, es el nuevo rico riquísimo, antiguo esclavo, que organiza el banquete.

Verónica del Carpio Fiestas

Las nubes de Aristófanes

nubes

Son varios los autores griegos clásicos que en vez de dedicarse a la apabullante tragedia -con esos temas como el de acostarse con la madre tan literalmente, digamos, trágicos y aptos para psicoanalistas-, se dedican a la comedia. Aristófanes, por ejemplo. Escogiendo al azar una de las obras del autor, y afirmando bajo palabra que he leído otras, y, más aún, que otras que he leído son mejores sin ninguna duda, como «Las ranas» o, con gran diferencia, «La asamblea de las mujeres», resulta que ha tocado en suerte «Las nubes». Curioso azar para una jurista, porque resulta que va de temas jurídicos, y mala suerte, porque ni me gusta ni me interesa especialmente.

El teatro puede leerse o verse representado -no, no voy a entrar en esa polémica de si hay obras de teatro irrepresentables, ni tengo capacidad para ello, y por favor, no se me despiste-, y el teatro de Aristófanes no creo que hoy día pueda leerse, razonablemente, sin notas que lo expliquen, o quien lo lea se enterará de poco. Salvo, claro, que su nivel cultural o mejor dicho, su formación clásica, sean de tal nivel que le permita captar alusiones a detalles políticos y sociales de hace 2.500 años; no es ciertamente mi caso. Si no es posible ver la obra representada, algo que con Aristófanes es lo que insisto que creo que hay que hacer, mucho mejor en este caso que leer, una edición con notas parece indispensable; la de la imagen, por ejemplo, cuesta unos 10€, e incluye tres obras, no solo «Las nubes», y está en las bibliotecas.

«Las nubes», que tampoco es una de las obras más características de Aristófanes según explican quienes saben, y que acaba con una especie de moraleja sin ninguna gracia, ni, voy a decirlo, el menor interés, presenta momentos verdaderamente muy divertidos, tanto en lectura como, imagino desde mi absoluta ignorancia de la técnica teatral, en una representación, que exigiría una intensa adaptación; muy intensa adaptación. En el trasfondo de una sociedad en crisis de valores y en la que se plantea cuál ha de ser la educación óptima para la juventud (o sea, situaciones y temas que no ha vuelto a darse desde el año 426 A.C. en que por lo visto Aristófanes escribió la obra, ¿no?), un señor bastante zafio decide acudir a una academia de sofistas para aprender a ganar cualquier pleito de forma justa o injusta, con razón o sin ella, porque teme demandas inminentes como consecuencia del derroche de su familia. En tono de burla, en la academia está Sócrates, personaje aquí enfocado de forma muy alejada al Sócrates que tiene cualquiera en la memoria como ejemplo de dignidad personal e integridad intelectual.

Lea otras obras de Aristófanes, o muchísimo mejor, procure asistir a cualquier representación de cualquiera de ellas. No será tiempo perdido; sí lo será si las lee sin notas.

Verónica del Carpio Fiestas