Historias de armaduras vacías que luchan

¿Qué se podría hacer artísticamente con una armadura vacía que se mueve y actúa como una persona y lucha sola?

Si el sugestivo tema lo escoge y desarrolla un escritor español romántico o, mejor dicho, post-romántico- en el siglo XIX español sale “La cruz del diablo“, el relato -o la leyenda- de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), enlace aquí, publicada en 1860-1871. En plan diabólico medieval y esas cosas, y se supone que tiene que dar miedo. Bécquer escribió cuentos mucho mejores; le dan cien vueltas, por ejemplo, “Maese Pérez el organista“, y, en otro estilo, “La venta de los gatos”. ¿Sería quizá  aventurado sostener que en realidad el principal valor de “La cruz del diablo” es que por primera vez una armadura vacía luchadora aparece en una obra literaria española? Ya supongo que sería aventurado, pero no me constan precedentes.

cruz del diablo

leyendas

Si ese mismo tema lo escoge y desarrolla el socarrón, inteligentísimo y muy intelectual escritor italiano del siglo XX Italo Calvino (1923-1985) le sale la ma-ra-vi-llo-sa novela fantástica, humorística, (falsamente) histórica y filosófica “El caballero inexistente” (“Il cavaliere inesistente“, 1959) de la trilogía “Nuestros antepasados” (“I nostre antenati“). Una curiosa coincidencia con Bécquer: también el propio título es paradójico, y paradójico  en el desarrollo que una cruz sea diabólica y que un caballero no exista.

Agilulfo, el caballero medieval perfecto, estricto y eficaz cumplidor de las reglas de la caballería, de la guerra, de la cortesía y hasta del amor (antológico cómo consigue llevar al paraíso de los sentidos a la dama Priscila, a base, por ejemplo, de peinarle y trenzarle el cabello), y que lucha en las cansadas huestes de Carlomagno en una guerra más que ritualizada, solo tiene un defecto: no existe.

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¿Y vos?

El rey había llegado ante un caballero de armadura toda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; aparte de eso era reluciente, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en todas las junturas, adornado el yelmo con un penacho de quién  sabe  qué  raza  oriental  de  gallo,  cambiante  con  todos  los  colores  del  iris.  En  el  escudo  había  dibujado  un  blasón  entre  dos  bordes  de  un  amplio  manto  drapeado,  y  dentro  del  blasón  se  abrían  otros  dos  bordes  de  manto  con  un  blasón  más  pequeño  en  medio,  que  contenía  otro  blasón  con  manto  todavía  más  pequeño. Con  un  dibujo  cada  vez más sutil se representaba una sucesión de mantos que se abrían uno dentro del otro, y en medio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, tan pequeño se volvía el dibujo.

—Y vos ahí, con ese aspecto tan pulcro… —dijo Carlomagno que, cuanto más duraba la guerra, menos respeto por la limpieza conseguía ver en los paladines.

—¡Yo soy —la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta sino la misma chapa de la armadura la que vibrara, y con un leve retumbo de eco— Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez!

—Aaah…  —dijo  Carlomagno,  y  del  labio  inferior,  que  sobresalía,  le  salió  incluso  un  pequeño  trompeteo,  como  diciendo:  «¡Si  tuviera  que  acordarme  del  nombre  de  todos,  estaría  fresco!»  Pero  en  seguida  frunció  el  ceño—.  ¿Y  por  qué  no  alzáis  la  celada  y  mostráis vuestro rostro?

El  caballero  no  hizo  ningún  ademán;  su  diestra  enguantada  con  una  férrea  y  bien  articulada  manopla  se  agarró  más  fuerte  al arzón,  mientras  que  el  otro  brazo,  que  sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío.

—¡Os  hablo  a  vos,  eh,  paladín!  —insistió  Carlomagno—.  ¿Cómo  es  que  no  mostráis  la  cara a vuestro rey?

La voz salió clara de la babera.

—Porque yo no existo, sire.

—¿Qué  es  eso?  —exclamó  el  emperador—. ¡Ahora  tenemos  entre  nosotros  incluso  un  caballero que no existe! Dejadme ver.

Agilulfo pareció vacilar todavía un momento, luego, con mano firme, pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.

—¡Pero…! ¡Lo que hay que ver! —dijo Carlomagno—. ¿Y cómo lo hacéis para prestar servicio, si no existís?

—¡Con fuerza de voluntad —dijo Agilulfo—, y fe en nuestra santa causa!

—Muy bien, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, ¡sois avispado!

Agilulfo  cerraba  la  fila.  El  emperador  había  ya  pasado  revista  a  todos;  dio  vuelta  al  caballo y se alejó hacia las tiendas reales. Era viejo, y procuraba alejar de su mente los asuntos complicados.”

[Inciso. Obsérvese cómo Calvino hace uso sabio del “mise en abyme” en el escudo del caballero inexistente. Quede ese concreto y fascinante tema del “mise en abyme” para otro post. Recuérdenme, por favor, que lo escriba citando sin falta “La vida. Instrucciones de uso” y “El gabinete de un aficionado”, de Georges Perec. Bueno, de todas maneras, por si al final no lo escribo, da igual, que en realidad ya tienen las pistas . Cierro el inciso.]

¿Y si el mismo tema de la armadura vacía luchadora lo escoge la productora Walt Disney para una película infantil en los años 60 del siglo XX? Pues resulta que sale la deliciosa e inimitable película “La bruja novata” (“Bedknobs and Broomsticks“), dirigida por Robert Stevenson y protagonizada por Angela Lansbury; está inspirado en el libro infantil de la autora británica Mary Norton (1903-1992) Bed-Knob and Broomstick“. Da igual la edad que se tenga, siempre merece la pena ver o volver a ver esta encantadora película, llena de escenas antológicas; es en parte un musical y hay además algunas escenas con dibujos animados mezclados con actores reales. No está ambientada en un más o menos fantasioso Medievo, como “La cruz del diablo” y “El caballero inexistente“, sino en plena Segunda Guerra Mundial, en una idealizada pero realista Inglaterra en guerra, con niños refugiados evacuados de Londres por los bombardeos de la aviación nazi y con ancianos militarizados en guardia permanente porque se temía una inminente invasión del ejército nazi que en la realidad también se temía y no llegó a darse. No se equivoque, que esta película tiene bien poco que ver con esas dulzonas películas de Disney sobre princesas o cervatillos, aunque sea grata, divertida, amable y tierna.

bruja 1

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Incluyo en vídeo la escena del resultado del hechizo de la “locomoción sustitutiva” conseguido por la bastante torpe aprendiz de bruja, una excéntrica solterona de pueblo que se ha dedicado a aprender brujería por correspondencia para ayudar al esfuerzo de guerra; las viejas armaduras de un museo, incluyendo armaduras de caballos, se ponen en marcha para luchar contra los temidos invasores nazis alemanes que en la ficción acaban de llegar a la costa en un submarino. La escena es inevitable dado el tema del post; pero que quede claro que es precisamente de las menos antológicas de la película, así que, por favor, que no le disuada de ver la película que no le guste esta escena.

Y ahora disculpe que no siga hablando de armaduras, pero es que me he acordado de la divertidísima y antológica escena del partido de fútbol y se me ha ido el santo al cielo.

Así que acabo el post como empieza Bécquer su cuento:

Que lo crea o no, me importa bien poco.
Mi abuelo se lo narró a mi padre;
mi padre me lo ha referido a mí,
y yo te lo cuento ahora,
siquiera no sea más que por pasar el rato.

Porque si usted es persona adulta tiene que leer “El caballero inexistente“, literatura de la, digamos, segunda fila del siglo XX, sin sentido peyorativo, porque en la primera están, digamos, Proust, Joyce, Borges y Faulkner; y si además hay niños o niñas en su familia no puede privarles de ver “La bruja novata“. A lo mejor hasta le sirve para explicarles que los diablos pueden quizá dar miedo, pero que sin duda puede darlo una invasión nazi, y que si llega el caso, que ojalá no llegue nunca, hay que luchar contra ella hasta haciendo lo posible y lo imposible para que colaboren en la lucha hasta armaduras medievales vacías.

Verónica del Carpio Fiestas

Humpty Dumpty, lenguaje y Poder

Ya ves. ¡Te has cubierto de gloria!
–No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» –observó
Alicia.
Humpty Dumpty sonrió despectivamente.
–Pues claro que no…, y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere
decir que «ahí te he dado con un argumento que te ha dejado bien
aplastada».
–Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado»
–objetó Alicia.
Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono
de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que
diga…, ni más ni menos.
–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras
signifiquen tantas cosas diferentes.
–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que
manda…, eso es todo.

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De “Alicia a través del espejo”,  “Through the Looking Glass”, de Lewis Carroll

Verónica del Carpio Fiestas

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Huckelberry Finn como literatura juvenil, o algo

Con Huckleberry Finn sería posible un análisis de diversas instituciones jurídicas. Sería interesante proponer un trabajo de esos de subir nota, o de mero goce jurídico, sobre los puntos jurídicos de Derecho Civil que contiene la novela, y que son muchos, incluyendo por ejemplo, la venta de bienes de menores o la tutela. Aunque, claro, el verdadero punto jurídico que plantea el libro es nada menos que uno referente a venta de esclavos; pero no porque el autor, Mark Twain, ponga en duda la legitimidad de la propiedad sobre seres humanos y su posibilidad de enajenación, sino porque el objeto de controversia es quién sería exactamente el propietario en tales y cuales circunstancias de una venta de esclavos por quien no es propietario, una venta cuya licitud se discute. Pff.

Partiendo de que da exactamente igual que haya o no literatura juvenil, y que literatura juvenil es el Quijote o la Eneida o Chesterton, ¿cómo ha podido crearse el malentendido de que “Las aventuras de Huckleberry Finn”, de Mark Twain, es literatura juvenil en el sentido que a esta expresión suele darse, algo digerible, aventuras? Sería interesante saberlo y seguramente ya hay quien lo sepa. No hace falta haber leído el  “Psicoanálisis de los cuentos de hadas ” de Bruno Bettelheim (¿o quizá sí?) para detectar la violencia implícita en los cuentos de hadas, en los cuentos infantiles clásicos. Pero la violencia de “Las aventuras de Huckleberry Finn” es de otro estilo.

Es, para empezar, una violencia que se podría llamar estructural, social. La novela del río, se dice; la novela de la amistad entre un adolescente desvalido y maltratado y un esclavo, entre la infancia sin infancia y el adulto a quien se quiere privar de su condición humana, entre dos personas de la humanidad doliente que se apoyan recíprocamente, en un mundo hostil. Sí, claro, hay “aventuras”, y hay río y hay amistad. Pero es precisamente el mundo hostil y espantosamente violento el que difícilmente puede considerarse lo más idóneo para lo que de forma convencional se considera literatura infantil o juvenil. Vemos el catálogo no exhaustivo de barbaridades:

  • Un chaval analfabeto, Huck, de ¿once, doce, trece años de edad?, sin madre, con un padre que es un repugnante borracho, desecho humano, que lo maltrata, huye de la familia de acogida. Hasta aquí, podría ser hasta un cuento de hadas clásico, o tipo dickensiano, en plan políticamente incorrecto.
  • La huida sin destino claro en compañía de otro paria, Jim, esclavo fugitivo, y encontrándose con diversos monstruos. También hasta aquí otro cuento de hadas clásico.
  • Pero los monstruos con los que se encuentran son la sociedad de la época y las personas normales. Las personas NORMALES.
  • Sí, se unen a unos  delincuentes (inevitable mencionar aquí la novela picaresca,  incluso el Lazarillo), que lo mismo venden crecepelo que quieren robar a unas huérfanas y que traicionan a sus propios compañeros desvalidos. Pero esos delincuentes son los MENOS violentos de los numerosos personajes que salen en la novela. Los más violentos, los más monstruosos, son las personas normales y respetables. Veamos unos ejemplos, en enumeración no exhaustiva:
    • Una respetable y religiosa señora de mediana edad no solo tiene esclavos como lo más normal del mundo sino que se propone vender a uno en zona alejada, y así separarlo para siempre de su familia.
    • Dos grupos familiares -con sus esclavos, claro- están enfrentados en una guerra a muerte, literalmente a muerte, por motivos ya olvidados y que dan igual, y en esa guerra estúpida en la que ni se plantea que intervenga una autoridad, porque si hay no aparece, hasta niños matan y mueren.
    • La pobreza es terrible. Hambre, literalmente. Y da igual.
    • A los esclavos, porque los hay, como lo más normal del mundo, se les tortura y se les carga de cadenas.
    • A los delincuentes no se les juzga; o se le lincha o se le empluma, o sea, se les tortura, porque emplumar, eso que suena tan divertido, es torturar, y por la web se encuentran análisis de cuántos podían morir o sufrir lesiones permanentes por ello.
    • Cuando se menciona un accidente en un barco  como consecuencia del cual fallece, se dice, un hombre, comenta una respetable señora -hay muuuuchas señoras respetables  en el libro- que menos mal, que solo es un negro, que a ver si tienen más cuidado porque si hay más accidentes cualquier día puede morir una persona -naturalmente los negros no son personas-.

Pero todo eso podría ser simplemente dickensiano, forzando mucho el término, muchísimo, si no fuera que hay más. Dos ejemplos:

  • Un niño -el famoso Tom Sawyer, amigo de Huck- organiza la aparatosa fuga de un negro esclavo, y lo hace por una única razón: porque sabe que ya está liberado, que no es ya esclavo, y por tanto él, el chaval, se puede permitir jugar a la liberación de esclavos, porque sería impensable que ayudara DE VERDAD a robar la propiedad de nadie, porque eso y no otra cosa es liberar un esclavo: robar. Y no solo juega a liberarlo, cuando puede ponerlo en libertad solo con contar la verdad que solo él conoce de que ya está liberado, y mientras sigue prisionero el pobre señor, sino que además lía una estrategia para COMPLICAR la fuga, para que no sea fácil. Es decir, que hace sufrir doblemente al cautivo, primero porque pudiendo conseguir la libertad inmediata prefiere jugar a liberarlo, y segundo porque además deliberadamente complica una fuga innecesaria no solo posponiéndola sino haciéndola arriesgada y física y psicológicamente dolorosa. Y en esas circunstancias, cuando el que ya no era esclavo se entera de que todo ha sido un juego, no solo no le reprocha que deliberadamente le haya ocultado que ya era libre y lo haya mantenido en esclavitud, una esclavitud con cadenas y separado de su familia, cuando sabía que ya no era esclavo, y que le haya obligado a sufrir una dura fuga innecesaria y que la haya prolongado como un juego y con riesgo de muerte, no solo no se enfada con el chaval, sino que LE AGRADECE la propineja que le da por haber participado en el juego.

Y Tom Sawyer, ese niño malvado o estúpido, o monstruoso, o todo ello a la vez, que hace sufrir por diversión a una persona desvalida, es presentado como un héroe, como un travieso, como un divertido, ingenioso y valiente preadolescente, y así parece haber quedado en la memoria colectiva. Hay que fastidiarse.

  • Y quizá se lleva la palma, en dura pugna con el ejemplo anterior, este impresionante discurso, todo dignidad, de alguien contra el cual va la turba, alguien a quien una turba malvada, estúpida y manipulable quiere linchar:

–¡Mira que venir vosotros a linchar a nadie! Me da risa. ¡Mira que pensar vosotros que teníais el coraje de linchar a un hombre! Como sois tan valientes que os atrevéis a ponerles alquitrán y plumas a las pobres mujeres abandonadas y sin amigos que llegan aquí, os habéis creído que teníais redaños para poner las manos encima a un hombre. ¡Pero si un hombre está perfectamente a salvo en manos de diez mil de vuestra clase…! Siempre que sea de día y que no estéis detrás de él. ¿Que si os conozco? Os conozco perfectamente. He nacido y me he criado en el Sur, y he vivido en el Norte; así que sé perfectamente cómo sois todos. Por término medio, unos cobardes. En el Norte dejáis que os pisotee el que quiera, pero luego volvéis a casa, a buscar un espíritu humilde que lo aguante. En el Sur un hombre, él solito, ha parado a una diligencia llena de hombres a la luz del día y les ha robado a todos.

Vuestros periódicos os dicen que sois muy valientes, y de tanto oírlo creéis que sois más valientes que todos los demás… cuando sois igual de valientes y nada más. ¿Por qué vuestros jurados no mandan ahorcar a los asesinos? Porque tienen miedo de que los amigos del acusado les peguen un tiro por la espalda en la oscuridad… que es exactamente lo que harían. Así que siempre absuelven, y después un hombre va de noche con cien cobardes enmascarados a sus espaldas y lincha al sinvergüenza. Os equivocáis en no haber traído con vosotros a un hombre; ése es vuestro error, y el otro es que no habéis venido de noche y con caretas puestas. Os habéis traído a parte de un hombre: ese Buck Harkness, y si no hubierais contado con él para empezar, se os habría ido la fuerza por la boca. No queríais venir. A los tipejos como vosotros no os gustan los problemas ni los peligros. A vosotros no os gustan los problemas ni los peligros. Pero basta con que medio hombre, como ahí, Buck Harkness, grite ¡A lincharlo, a lincharlo! y os da miedo echaros hacia atrás, os da miedo que se vea lo que sois: unos cobardes, y por eso os ponéis a gritar y os colgáis de los faldones de ese medio hombre y venís aquí gritando, jurando las enormidades que vais a hacer. Lo más lamentable que hay en el mundo es una turba de gente; eso es lo que es un ejército: una turba de gente; no combate con valor propio, sino con el valor que les da el pertenecer a una turba y que le dan sus oficiales. Pero una turba sin un hombre a la cabeza da menos que lástima. Ahora lo que tenéis que hacer es meter el rabo entre las piernas e iros a casa a meteros en un agujero. Si de verdad vais a linchar a alguien lo haréis de noche, al estilo del Sur, y cuando vengáis, lo haréis con las caretas y os traeréis a un hombre. Ahora, largo y llevaos a vuestro medio hombre.

Al decir esto último se echó la escopeta al brazo izquierdo y la amartilló.

El grupo retrocedió de golpe y después se separó, y cada uno se fue a toda prisa por su cuenta“.

Gran discurso, gran dignidad, de quien hace frente, solo, a la turba, ¿no? Un verdadero valiente, una gran persona, la personificación de la dignidad, ¿no?

Pues no. Quien suelta ese dignísimo discurso es un respetable coronel -qué de gente respetable, ¿verdad?- que acaba de asesinar en público, a sangre fría, de un disparo, a un pobre viejo borracho indefenso que le molestaba ligeramente, como molestaba a tantos, y lo ha hecho además delante de la propia hija del asesinado.

El paradigma de la dignidad, el precedente literario del abogado de “Matar a un ruiseñor”, que se defiende de la turba  y se enfrenta a ella, y que reprocha a la turba su cobardía y a la Justicia su inaplicación, resulta que aparte de, por supuesto, estar a favor de la pena de muerte, es un repugnante asesino a sangre fría.

Vaya. Y el humor lo reserva Twain para otros casos “divertidos”, como las complicaciones del juego del “valiente y divertido” Tom Sawyer para “liberar” al esclavo. Qué divertido cuando no consiguen hacer un túnel para la fuga usando instrumentos tipo cucharillas.

Un clásico de la literatura infantil. Mirada dickensiana. Ajá. Ya. Ni con Bettlelheim en la mano.

Verónica del Carpio Fiestas