El silencio del mar, de Vercors

“El silencio de mar” es una novela corta o un relato alegórico, de exquisita sensibilidad, ambientado en la primera fase de la ocupación alemana de la Segunda Guerra Mundial, cuando en Francia los ocupantes nazis aún aparentaban corrección formal. Vercors, su autor, no se llamaba así -Vercors, el seudónimo, es un macizo montañoso en los Alpes-, sino que es el francés Jean Bruller (1902-1991), y en el relato, escrito y publicado en 1942, plena Segunda Guerra Mundial, no aparece ningún mar, aunque sí muchos silencios. Suele entenderse que se trata de un manifiesto de la Resistencia Francesa, y, en efecto, no solo fue así considerado, o poco menos, sino que salta a la vista el sentido por la lectura del texto. El silencio no es el del mar, sino el de la familia francesa, tío y sobrina, que ha de albergar varios meses como huésped forzoso a un militar alemán de las fuerzas de ocupación -y no sé si decir militar nazi, porque de eso, de si es o no nazi o qué es ser nazi, precisamente, va la obra-, y que demuestra su resistencia -con minúscula- mediante el silencio permanente. Pero el militar de ocupación no es una caricatura sino una persona y los monólogos sin respuesta del francófilo, educado, cultivado, pacifista, sensible e inteligente militar, músico -compositor-, de profesión, frente a las silencios de la familia incluyendo los de la joven silenciosa y del inexpresado amor que acaban sintiendo el uno por el otro, no tan alejado del aprecio personal que acaba transparentándose también en el tío, un intelectual que escribe la historia en primera persona, acaban con una terrible parrafada, cuando el militar comprende de repente, oh sorpresa, que su amada Francia (“Siempre he amado Francia“) no la ha conquistado Alemania por amor a Francia y a la cultura francesa y para mejorarla, sino para para destruirla y con ella destruir toda la cultura y todo el espíritu, y que sus propios amigos nazis, tan educados, cultivados, sensibles e inteligentes como él, que acaban de ocupar París, son en realidad unos monstruos, y monstruoso es el nazismo. El huésped no es ese  nazi de las películas, el nazi sádico culto y amante de la música que disfruta de la ópera mientras tortura, sino una persona verdaderamente sensible, y ante ese desengaño solo le cabe el suicidio, la petición de ir a un duro frente de guerra, “hacia el infierno“. Transcribo unos fragmentos de esa escena, del final de la obra:

“-Tengo que decirles palabras muy serias.

Mi sobrina estaba frente a él, pero bajaba la cabeza. Enrollaba alrededor de sus dedos la lana de un ovillo mientras este se deshacía rodando por la alfombra; este absurdo trabajo era sin duda el único al que aún podía prestar su nula atención y ahorrarle una cierta vergüenza.

El oficial continuó, haciendo un esfuerzo tan visible que parecía costarle la vida.

-Todo lo que les he dicho en estos seis meses, todo lo que han oído las paredes de este cuarto…-respiró con un esfuerzo de asmático, mantuvo el pecho hinchado-, es necesario…-respiró-, es necesario olvidarlo.

La muchacha dejó caer lentamente sus manos en el regazo de su falda, donde quedaron ladeadas e inertes como barcas varadas en la arena, y levantó lentamente la cabeza y entonces, por primere vez -primera vez- ofreció al oficial la mirada de su ojos claros.

Él dijo -apenas lo oí: Oh welch’ein Licht [oh, qué luz], en un murmullo. Y como si, en efecto, sus ojos no hubieran podido soportar esa luz, los ocultó detrás de su mano. Dos segundos. Luego, dejó caer la mano: pero había bajado los párpados, y fue él quien desde entonces dirigió sus miradas al suelo…

Sus labios volvieron a hacer «Pp…» y dijo con voz sorda, sorda, sorda:

-He visto a esos hombres victoriosos.

Luego, después de unos segundos, con voz aún mas baja:

-He hablado con ellos.

Y al fin, en un murmullo, con amarga lentitud:

-Se han reído de mí.

Levantó sus ojos hacia mí y movió tres veces, gravemente, la cabeza, de forma imperceptible. Cerró los ojos, y prosiguió:

-Me han dicho: «¿No te has dado cuenta de que nos burlamos de ellos?». Eso me han dicho. Exactamente. Wir prellen sie [nosotros les engañamos]. Me dijeron: «¿No supondrás que vamos a permitir estúpidamente que Francia se rehaga ante nuestras fronteras? ¿No?» Se rieron con ganas. Me golpeaban alegremente la espalda, mirándome a la cara: «¡No somos músicos!».

Su voz revelaba, al pronunciar estas últimas palbras, un oscuro desprecio que no sé si reflejaba sus propios sentimientos o el tono mismo con que se habían dirigido a él.

-Entonces hablé durante mucho tiempo, con gran vehemencia. Ellos chistaban: ¡Tst! ¡Tst! Dijeron: «La política no es un sueño de poeta. ¿Por qué supones que hemos hecho la guerra?¿Por su viejo Mariscal?». Volvieron a reír. «No somos locos ni necios; tenemos la ocasión de destruir a Francia, y la destruiremos. No solamente su poder: también su alma. Su alma sobre todo. Su alma es el mayor peligro. Ese es nuestro trabajo en este momento: ¡no te equivoques, querido! […]

-No hay esperanza.

Y con una voz más sorda aún y más baja, y más lenta, como para torturarse a sí mismo  con esa intolerable confirmación:

-No hay esperanza. No hay esperanza.

Y de pronto, con una voz inopinadamente alta y fuerte y, para mi sorpresa, clara y timbrada como un toque de clarín, como un grito:

-¡No hay esperanza!

Y a continuación el silencio.

Creí oírle reír. Su frente atormentada y surcada por arrugas, se asemejaba a una cuerda de amarre. Sus labios temblaron: labios de enfermo, a la vez febriles y pálidos.

-Me han censurado con cierta irritación: «¡Ya lo ves! ¡Ya vez cuánto la amas! ¡Ese es el gran peligro! Pero nosotros curaremos a Europa de esa peste. ¡La limpiaremos de ese veneno!». Me lo han explicado todo, ¡oh!, no me han dejado que ignorase nada. Alaban a los escritores franceses, pero al mismo tiempo, en Bélgica, en Holanda, en todos los países que ocupan nuestras tropas, ha levantado una barrera. Ningún libro francés puede pasar…, salvo las publicaciones técnicas, manuales de dióptrica o formularios de cimentación… Pero las obras de cultura general, ninguna. ¡Nada!

Su mirada pasó por encima de mi cabeza, volando y tropezando en los rincones de la habitación como un pájaro nocturno extraviado. Por fin pareció encontrar refugio en los estantes más oscuros, aquellos donde se alinean Racine, Ronsard, Rousseau… Sus ojos quedaron fijos allí y su voz volvió a sonar con una violencia quejumbrosa:

-¡Nada, nada, nadie! -y como si aún no hubiéramos comprendido ni medido la enormidad de la amenaza-: ¡No solamente los modernos! ¡No solo los Péguy, los Proust, los Bergson…! ¡Sino todos los demás! ¡Todos esos! ¡Todos! ¡Todos! ¡Todos!

Su mirada barrió una vez más las encuadernaciones, que brillaban débilmente en la penumbra, como en una caricia desesperada.

-¡Apagarán la llama por completo! -exclamó-. ¡Y Europa no será iluminada por esta luz!”

Son muchas las cosas que sugiere este texto. Solo voy a decir unas cuantas.

La primera, que no hizo falta que ganaran los nazis para que estos autores no fueran leídos habitualmente fuera de las fronteras de Francia, o, mejor dicho, no voy a generalizar, para que al menos yo no los haya leído; Proust, Bergson y Rousseau son los únicos autores de los citados por Vercors de los que sí he leído obras,  y he de decir honradamente que a Racine y Ronsard los conozco solo de oídas y que de Péguy ni siquiera había oído hablar. Escalofríos da pensarlo.

La segunda, que la profundidad de este párrafo, y de todo el libro, solo se capta silenciocuando se dispone de un buen prólogo como estudio introductorio, y de nuevo no quiero generalizar, hablo solo de mi experiencia, y solo diré que cuando leí el texto por primera vez hace ya muchos años, en una edición sin prólogo, me pareció una novelita sobrevalorada, y releída años después, pero en otra edición ya con un prólogo serio, fui capaz de entender de qué va esto. La obra alcanzó, al parecer, 300.000 ejemplares de distribución clandestina, estando en plena guerra, y eso no es precisamente un juego literario. No suelo recomendar ediciones, pero esta vez voy a hacerlo: la de Cátedra, “El silencio del mar y otros relatos clandestinos”, edición de Santiago R. Santerbás.

La tercera, que la vida de Vercors, Jean Bruller, me parece aún más interesante que el texto. Colaboró durante la guerra con la editorial clandestina “Ediciones de Medianoche”, donde se publicó su obra, mientras ocultaba su clandestinidad literaria trabajando como carpintero. Y tan escritor clandestino fue que ni siquiera a su esposa le contó que él era Vercors, el autor del famoso libro que se había convertido en un símbolo de la Resistencia. Se ha insinuado, dice el prólogo, que Bruller y su esposa se divorciaron en 1948 por la humillación que sintió ella al enterarse tras la Liberación de Francia que Vercors era su marido. Si yo fuera escritora, escribiría una novela con un profundo análisis de la mentalidad, con los silencios -silencios del mar- y las razones, de un hombre que escribe para la Resistencia y no se lo cuenta a su mujer, y la de esa mujer que de repente descubre que el marido le ha ocultado la obra de su vida.

La cuarta, y más importante, que ojalá jamás, jamás, jamás, veamos a esos “soldados vencedores“. Y voy a transcribir una frase del prólogo, en la que se describe la reacción de Bruller cuando, en 1938, asistió en Praga al congreso del Pen Club: “la intervención del novelista británico H.G. Wells sustentando la legítima posibilidad de defender el antisemitismo en virtud del principio de la libertad de expresión le produjo una terrible intranquilidad,  que aumentó a su regreso con la visión de Alemania cubierta de banderas nazis“. Una frase para la reflexión.

Verónica del Carpio Fiestas

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Los estantes vacíos de los libros que no escribieron las mujeres

Pero, para la mujer, pensé mirando los estantes vacíos, estas dificultades eran infinitamente más terribles. Para empezar, tener una habitación propia, ya  no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles. Ya que sus alfileres, que dependían de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaban para el vestir, estaba privada de pequeños alicientes al alcance hasta de hombres pobres como Keats, Tennyson o Carlyle: una gira a pie, un viajecito a Francia o un alojamiento independiente que, por miserable que fuera, les protegía de las exigencias y tiranías de su familia. Estas dificultades materiales eran enormes; peores aún eran las inmateriales. La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difícil de soportar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad. El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: «Escribe si quieres; a mí no me importa nada.» El mundo le decía con una risotada: «¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?»

Esto es un fragmento de “Una habitación propia“, Virginia Woolf, 1929, enlace aquí. A continuación transcribo un fragmento de “La regenta“, de Leopoldo Alas “Clarín”, novela de 1885-1885, enlace aquí; estamos en el capítulo 5, donde se describen los primeros años de la vida de Ana Ozores, huérfana, que se ha ido a vivir con las hermanas de su padre, en la no tan imaginaria ciudad de Vetusta.

Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se le había cortado de raíz.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un rewólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas solteronas. «¡Una Ozores literata!».

-«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su célebre carta».

El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la aristocracia y del cabildo.

El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido, declaró que los versos eran libres.

Doña Anuncia se volvía loca de ira.

-¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina…
-No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido por una poetisa traductora de folletines.

El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.

-Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan, aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría ella lo que era el mundo! En cuanto a la sobrinita, era indudable que había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y recordaba unas Aventuras de una cortesana, que había ella proyectado allá en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en Ana, aprovecharon este flaco para ponerla en berlina delante de los hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién -pero se creía que Obdulia- había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los jóvenes desairados Jorge Sandio.

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas. Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera descubierto.

-En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir -decía el baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

-¿Y quién se casa con una literata? -decía Vegallana sin mala intención-. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que yo.

La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!» -pensaba satisfecha de lo pasado.

-Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones -añadía el afeminado baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:
-Pues hijo mío, serán ustedes un matrimonio sans-culotte.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la opinión: la literata era un absurdo viviente.

-«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no escribiría más».

Las anasozores habrían escrito libros regulares o hasta malos; exactamente igual que los que escriben los juanozores, porque muy  pocos nacen cervantes o shakespeares y la morralla literaria es la regla.  Y entre la inabarcable morralla de los muchos libros regulares o malos que las innumerables anaozores habrían podido escribir de haber podido hacerlo en igualdad de condiciones con los juanozores, habrían surgido los libros de la Judith Shakespeare imaginada por Virginia Woolf, o de una María Cervantes, al igual que entre la morralla inabarcable de los muchos libros de los innumerables juanozores que sí escribieron tenemos los libros de un William Shakespeare.

Pero ahí estan los estantes vacíos de los libros que pudieron haber escrito unas geniales Judith Shakespeare y María Cervantes y no pudieron escribirlos.

Virginia Woolf

Verónica del Carpio Fiestas

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Escocia y los reinos de taifas, por Samuel Johnson

Tal parece ser la naturaleza humana, que lo distinto genera siempre rivalidad. Antes de surgir otros motivos de hostilidad, Inglaterra fue durante siglos importunada por el antagonismo entre los condados del norte y del sur; de modo que, durante largo tiempo, en Oxford solo pudo conservarse la necesaria paz para el estudio eligiendo anualmente a los dos prefectos de modo que fuera cada uno de una margen distinta del Trent. De manera natural, un territorio interrumpido por sucesivas cadenas montañosas separa a sus pobladores en reinos de taifas, que por mil motivos se hacen enemigos entre ellos. Todos y cada uno exaltarán a sus propios jefes, presumirán del valor de sus hombres o de la belleza de sus mujeres. Como cada vez que se reafirma la superioridad propia se provoca la rivalidad  a veces se cometerán agravios, que se defenderán con agravios mayores; se intentará la revancha y se exigirá lo debido con un interés demasiado alto“.

“A Journey to the Western Islands of Scotland”,  “Viaje a las Islas Occidentales de Escocia”, por Samuel Johnson (1709-1784). Publicado en 1775 en Londres. Edición y raducción de Agustión Coletes Blanco, KRK Ediciones, 2006. Enlace a primera edición en inglés aquí.

Samuel Johnson

Y luego decimos que qué curioso de lo que pasó en España en la I Republica, cuando los cantones, allá por 1873, cuando Jumilla declaró la guerra a Murcia y Jaén y Granada se declararon la guerra…

Verónica del Carpio Fiestas

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Cigüeña en gallinero

¡Huy, cómo llovía en la calle! Hjalmar podía oír la lluvia en su sueño y cuando Ole Cierraojos abrió una ventana, el agua llegaba al alfeizar. Era un verdadero mar lo que había fuera, pero el barco más espléndido estaba junto a la casa.

-¿Te vienes al mar, pequeño Hjalmar? -dijo Ole Cierraojos-. Así podrás viajar esta noche por el extranjero y estar mañana de vuelta.

Y en un instante se encontró Hjalmar con su traje de domingo a bordo del magnífico barco, y al momento se apaciguó el tiempo y navegaron a través de las calles, bordearon la iglesia hasta que se encontraron en alta mar. Navegaron tanto tiempo que perdieron toda vista de tierra y vieron una bandada de cigüeñas, que e marchaban también del país en busca de tierras cálidas; volaban una detrás de otra y ya habían volado muchísimo. Una de ellas estaba tan cansada que sus alas casi no podían ya tenerla, era la última de la fila y pronto quedo muy atrás, hasta que al fin se fue hundiendo cada vez más con las alas extendidas, dio un par de aletazos, pero sin resultado, rozó con sus patas los aparejos de la nave, resbaló por una vela y ¡pum! cayó sobre la cubierta.

Entonces el grumete la cogió y la metió en el gallinero, entre gallinas, patos y pavos. La pobre cigüeña se encontró muy avergonzada entre ellos.

-¡Vaya tipo! -dijeron las gallinas.

Y el pavo se infló tanto como pudo y preguntó quién era, y los patos se echaron hacia atrás, empujándose unos a otros:

-¡Grazna, grazna!

Y la cigüeña habló de la cálida África, de las pirámides y del avestruz, que corre como un caballo salvaje por el desierto. Pero los patos no entendían lo que decía y se empujaban unos a otros:

-¿Estáis de acuerdo en que es tonta?

-¡Claro que es tonta! -dijo el pavo haciendo glu-glu.

La cigüeña se quedó callada, pensando en su África.

-¡Vaya preciosidad de patas delgadas que tiene usted! -dijo el pavo- ¿Cuánto cuesta el metro?

-¡Cuá, cuá, cuá -rieron todos los patos, pero la cigüeña hizo como si no lo hubiera oído.

-¡Ríase también -le dijo el pavo-, que ha tenido mucha gracia! O quizá le resulta demasiado vulgar, ¡ak, ak! ¡Qué poco sentido del humor! Tendremos que seguir diviertiéndonos nosotros solos -y las gallinas cloquearon y los patos graznaron, ¡cuá, cuá, cuá! Era terrible lo divertido que lo encontraban.

Pero Hjalmar fue al gallinero, abrió la puerta, llamó a la cigüeña, que saltó a la cubierta junto a él. Había ya descansado y parecía que se inclinaba ante Hjalmar para agradecérselo. Después abrió sus alas y voló hacia las tierras cálidas, pero las gallinas cloquearon, los patos graznaron y al pavo se le subió la sangre a la cabeza.

-Mañana haremos sopa contigo -dijo Hjalmar, que se despertó y se encontró en su camita. Había sido, sin embargo, una travesía maravillosa la que Ole Cierraojos le había proporcionado aquella noche.

Fragmento del cuento “Ole Cierraojos“, de Hans Christian Andersen.

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

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Que se dice en este cuento de Gogol que la mujer fea no inspira respeto al hombre salvo que sea veinte veces más inteligente que el hombre

El teniente Pirogov decidió no abandonar la partida, aunque la alemana le había opuesto resuelta resistencia. No concebía que pudiera rechazarlo ninguna mujer, ya que su amabilidad y su graduación lo hacían plenamente merecedor de toda clase de atenciones. También debemos hacer constar que la esposa de Schiller era tonta de capirote, a pesar de lo bonita que era. Aunque, por otra parte, la tontería le presta un encanto especial a una esposa bonita. En todo caso, yo he tratado a un buen número de maridos que están encantados con la bobería de sus esposas, viendo en ella una prueba de ingenuidad infantil. La belleza hace verdaderos milagros. En una mujer hermosa los defectos no nos repelen, sino que ejercen una extraordinaria atracción sobre nosotros. Incluso el vicio es un encanto en ellas. Pero que una mujer carezca de belleza y habrá de ser veinte veces más inteligente que el hombre para inspirarle al menos respeto, ya que no amor.

Fragmento del cuento “La avenida del Nevá“, del escritor ruso Nicolai V. Gogol (1809-1852).

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

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¿Qué es exactamente la Ambrosía Plus?

“Es una mera cuestión de honradez, señor presidente, el advertirle que gran parte de mi testimonio va a ser sumamente desagradable; implica aspectos de la naturaleza humana que muy rara vez han sido discutidos en público, y menos ante una comisión del Congreso. Pero me temo que no tienen más remedio que afrontarlo; hay momentos en que debemos rasgar el velo de la hipocresía, y este es uno de ellos.

Ustedes y yo, señores, descendemos de una larga estirpe de carnívoros. Veo por sus expresiones que muchos de ustedes desconocen el término. Bueno, no es de extrañar; pertenece a una lengua que cayó en desuso hace uno dos mil años. Tal vez sea mejor que nos dejemos de eufemismos y seamos brutalmente sinceros, aun cuando tenga que emplear expresiones que no se han oído jamás entre gente educada. Pido perdón de antemano a todo aquel a quien pueda ofender.

Hasta hace unos siglos, el alimento predilecto de casi todos los hombres había sido la carne: la carne de animales que se sacrificaban. No pretendo revolverles el estómago; es sencillamente la constatación de un hecho que pueden comprobar en cualquier manual de historia…

Pues claro que sí, señor presidente. Estoy totalmente dispuesto a esperar a que el senador Irving se sienta mejor. Nosotros los profesionales olvidamos a veces las reacciones que pueden experimentar los profanos ante declaraciones de esta naturaleza.

Al mismo tiempo debo advertir a la junta que lo que viene a continuación es mucho peor. Si alguno de los presentes es algo delicado, le sugiero que siga el ejemplo del senador, antes de que sea demasiado tarde…

Bueno, pues continúo. Hasta los tiempos modernos, todo el alimento estaba clasificado en dos categorías. La mayor parte se derivaba de las plantas: cereales, frutas, plancton, algas y otras formas de vegetación. Nos es difícil comprender que la inmensa mayoría de nuestros antepasados fueran granjeros y sacaran el alimento de la tierra o del mar mediante técnicas primitivas, a menudo muy penosas, pero esa es la pura verdad. El segundo tipo de alimento, si se me permite volver sobre tan desagradable tema, era la carne, obtenida de un número relativamente pequeño de animales. Puede que sus nombres les resulten familiares: vacas, cerdos, ovejas, ballenas. La mayoría de la gente -lamento insistir en esto, pero el hecho está fuera de toda discusión- prefería la carne a cualquier otra clase de alimento, pese a que sólo los más ricos podían satisfacer este apetito. Para la mayor parte de la humanidad, la carne era un bocado exquisito, casi desconocido, en una dieta compuesta en más de un noventa por ciento de verduras.

Si consideramos el hecho serenamente y de una manera desapasionada -como espero que el senador Irving está en disposición de hacer en este momento -, podemos ver que la carne se convirtió en algo raro y caro, pues su producción requiere un proceso extremadamente ineficaz. Para producir un kilo de carne, el animal en cuestión tenía que comer lo menos diez kilos de alimento vegetal… alimento que muy frecuentemente podía haber consumido el hombre directamente. Al margen completamente de cualquier consideración estética, este estado de cosas no podía tolerarse después de la explotación demográfica del siglo XX. Todo hombre que comía carne condenaba a diez o más de sus semejantes a la inanición…

Felizmente para todos nosotros, la bioquímica ha resuelto el problema: como deben saber ustedes, la respuesta la dio uno de los innumerables productos accesorios de la investigación espacial. Todo alimento -animal o vegetal- es extraído a partir de un número muy reducido de elementos corrientes. Carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, trazas de azufre y de fósforo… esta media docena de elementos, junto con algunos más, se combinan en una casi infinita variedad de maneras, componiendo todos los alimentos que el hombre ha utilizado y utilizará jamás. Al enfrentarse con el problema de la colonización de la Luna y los planetas, los bioquímicos del siglo XXI descubrieron el medio de obtener sintéticamente cualquier elemento deseado a partir de las materias primas fundamentales de agua, aire y roca. Fue quizá el logro más importante de la historia de la ciencia. Pero no debemos enorgullecernos demasiado de ello. El reino vegetal nos había superado ya en mil millones de años.

Los químicos podían ahora producir sintéticamente cualquier tipo de alimento imaginable, tuviera o no su correspondiente paralelo en la naturaleza. No hace falta decir que hubo errores… y hasta desastres. Se erigieron imperios industriales que luego se vinieron abajo; el cambio de la explotación agrícola y animal por gigantescas instalaciones de elaboración automática y los omniversores de hoy fue a menudo doloroso. Pero tenía que darse ese paso, y ahora estamos mejor por esa razón. Se ha eliminado para siempre el problema del hambre, y disfrutamos de una alimentación rica y variada como no se ha conocida en ninguna otra época.

Además, naturalmente, se ha logrado una ventaja moral. Ya no sacrificamos millones de seres vivos, y aquellas repugnantes instituciones que eran los mataderos y las carnicerías han desaparecido de la faz de la Tierra. Nos parece increíble que nuestros antepasados, por toscos y brutales que fuesen, pudieran tolerar semejantes obscenidades.

Y no obstante… es imposible romper totalmente con el pasado. Como he dicho ya, somos carnívoros; heredamos gustos y apetencias adquiridos a lo largo de un millón de años. Nos agrade o no, hace solo unos años, algunos de nuestros bisabuelos disfrutaban comiendo carne de cordero y de carnero y de cerdo… cuando podían. Y nosotros aún disfrutamos hoy de ese placer…

-Dios mío! Será mejor que el senador Irving espere fuera a partir de ahora. Creo que no he debido expresarme con tanta brusquedad. Lo que quería decir, naturalmente, es que muchos de los alimentos sintéticos que actualmente consumimos tienen la misma fórmula que los antiguos productos naturales; algunos de ellos, efectivamente, son réplicas tan exactas que ninguna prueba química o de otro tipo podría encontrar la diferencia. Esta situación es lógica e inevitable; los fabricantes nos hemos limitado a tomar como modelos los alimentos presintéticos más populares, y reproducir su gusto y textura.

Naturalmente, hemos creado también nombres nuevos que no sugieren origen anatómico o zoológico alguno, evitando así desagradables asociaciones. Cuando vamos a un restaurante, la mayoría de los nombres que encontramos en la carta han sido inventados a partir de principios del siglo XXI, o son adaptaciones de los nombres originales franceses, por lo que muy pocas personas podrían reconocerlos. Si alguna vez quieren ustedes averiguar cuáles son sus respectivos umbrales de tolerancia, pueden hacer un interesante, pero sumamente desagradable, experimento. La sección clasificada de la Biblioteca del Congreso posee un amplio repertorio de menús de restaurantes famosos -sí, y de los banquetes de la Casa Blanca-, registrados desde hace quinientos años hasta la fecha. Son de una franqueza cruda, disecadora, que los hace casi ilegibles.

Creo que no hay nada que revele más vívidamente el abismo que se abre entre nosotros y nuestros antepasados de hace solo unas cuantas generaciones…

Sí, señor presidente… estoy llegando a la cuestión; todo esto está íntimamente relacionado con el motivo de mi alegato, por desagradable que parezca. No es mi intención estropearles el apetito; me limito a exponer el fundamento para el cargo que quiero presentar contra mis competidores, la Corporación Triplanetaria de Alimentación.

De no entender este fundamento, podrían pensar que no es más que una queja trivial motivada por las graves pérdidas que ha soportado mi compañía desde que apareció en el mercado la Ambrosía Plus. Todas las semanas, señores, se inventan nuevos alimentos.

Aparecen y desaparecen como las modas femeninas, y sólo uno de cada mil viene a sumarse permanentemente al menú. Es extremadamente difícil acertar en el gusto del público de buenas a primeras, y reconozco sinceramente que la serie de platos Ambrosía Plus han obtenido el más grande éxito en toda la historia de la industria alimenticia. Todos ustedes conocen la situación: los demás platos han desaparecido del mercado.

Como es natural, nos hemos visto obligados a aceptar el desafío. Los bioquímicos de mi organización son tan buenos como los de cualquier otra compañía del sistema solar; así que se pusieron a trabajar inmediatamente en la Ambrosía Plus. No les revelo ningún secreto industrial si les digo que tenemos análisis de casi todos los alimentos, naturales o sintéticos, que ha utilizado la humanidad, incluso de platos exóticos de los que ustedes no han oído hablar jamás, como calamares fritos, langostas con miel, lenguas de pavo real, polipodios venusianos… Nuestra vasta biblioteca de sabores y texturas es nuestra base fundamental, así como la de todas las sociedades del ramo. De ella podemos seleccionar y mezclar elementos para cualquier combinación imaginable; y normalmente podemos obtener un duplicado, sin grandes dificultades, de cualquier producto que saquen nuestros competidores.

Pero la Ambrosía Plus nos ha tenido desorientados durante bastante tiempo. Su precipitado de proteína grasa la clasificaba decididamente como una carne sin demasiadas complicaciones… y, sin embargo, no lográbamos reproducirla exactamente. Esa ha sido la primera vez que han fracasado mis químicos; ninguno de ellos podía explicar qué era lo que confería a la sustancia su extraordinario atractivo, el cual, como todos sabemos, hace que, en comparación, nos parezca insípido cualquier otro alimento.

Y con razón… pero vayamos por partes.

En pocas palabras, señor presidente: el director de la Corporación Triplanetaria comparecerá ante usted… más bien de mala gana, estoy seguro. Le dirá que la Ambrosía Plus se compone de aire, agua, calcio, azufre y demás. Eso es completamente cierto, pero es lo menos importante de toda esta historia. Pues nosotros acabamos de descubrir su secreto… que, como la mayoría, es bien simple una vez conocido.

Desde luego, debo felicitar a mi competidor. Por fin ha hecho aprovechables cantidades ilimitadas de lo que es, por la naturaleza de las cosas, el alimento ideal de la humanidad.

Hasta ahora lo ha habido en proporciones extremadamente reducidas, y, por tanto, lo venían paladeando los pocos entendidos que podían obtenerlo. Todos ellos, sin excepción, han jurado que no existe nada que se le pueda comparar ni remotamente.

Sí; los químicos de la Triplanetaria han hecho un trabajo magnífico. Ahora, a ustedes les toca resolver las repercusiones morales y filosóficas. Al empezar mi alegato he utilizado el viejo término de carnívoros. Ahora debo darles a conocer otro que, dado que lo empleo por vez primera, convendrá que lo deletree: C-A-N-I-B-A-L-E-S…”

alimento dioses

Cuento “El alimento de los dioses“, del escritor y científico británico Arthur C .Clarke (1917-2008), publicado en 1964. La traducción al castellano ha sido obtenida de este enlace.

Verónica del Carpio Fiestas

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Viajeros por el mar que dan con la isla ballena: San Brandán y Simbad

Voy a transcribir la misma historia de viajeros por el mar que van a parar a una isla que resulta ser una ballena, tal y como es contada de forma muy distinta por dos obras literarias de muy distinto planteamiento, ámbito temporal y territorial e idioma:

  • El viaje de San Brandán“, del arzobispo Benedeit. Se trata de una alegoría religiosa de la literatura anglo-normanda del siglo XII, que recoge la vida más o menos legendaria del monje San Brandán (también conocido como Borondón, Brandano y más variantes), monje irlandés del siglo VI, la cual que venía circulando en leyendas desde bastante tiempo atrás. El episodio de la ballena consta en el capítulo XIII, titulado “Fiesta en el pez-isla“. La ilustración ha sido obtenida de este enlace y el texto puede encontrarse en Ediciones Siruela. Figura “pez”, aunque la tradición suele decir que era una ballena.
  • Las mil y una noches“, recopilación medieval anónima en árabe quizá del siglo IX o anterior, aunque la refundición fuera posterior, y que recoge historias tradicionales de Oriente Medio, y que se tradujo por primera vez a idioma europeo a Europa en el siglo XVIII. El episodio pertenece al ciclo de Simbad el marino. De los viajes de Simbad es inútil incluir una ilustración, porque cada cual ya puede imaginar la suya, sea de película tipo Hollywood, de libro infantil o de lo que sea. Del texto circulan muchas traducciones, por no hablar ya de versiones; la aquí manejada es la de este enlace.

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“El viaje de San Brandán

XIII

FIESTA EN EL PEZ-ISLA

Sin pasar apuro ni tropezar con ningún escollo arriban a tierra y desembarcan todos los hermanos, salvo el abad, que se quedaría a bordo.

Por la noche y por la mañana estuvieron celebrando un hermoso oficio, lleno de fervor, y después de servir el oficio en la nave, como si de una iglesia se tratara, cogieron, para guisarla, la carne que habían guardado en el barco, y luego fueron a buscar unas leñas con que asarla a tierra.

Cuando estuvo aderezada la comida, les avisó el veedor:

«Ahora, sentaos».

Entonces, de pronto, todos se pusieron a dar gritos:

«¡Ah, señor abad! ¡Venga a salvarnos!»

Y es que la tierra toda temblaba y se iba alejando mucho de la nave.

El abad les habla:

«No temáis, sino pedidle auxilio al Señor. Coged todas nuestras provisiones y subid al barco a mi lado».

Él les tira una pértiga y cuerdas muy largas, pero aún así se les moja la ropa.

Todos los viajeros ya han embarcado, pero aprisa va su isla desapareciendo, aunque a diez leguas pueden divisar con toda nitidez el fuego que habían encendido en ella. Fue cuando Brandán les dijo:

«¿Sabéis, hermanos, por qué habéis pasado tanto miedo? Es que hemos celebrado nuestra fiesta no encima de tierra firme, sino en el lomo de una bestia, un pez de mar, y de los más grandes. No os extrañe esto, señores: Dios os quiere llevar de tal modo que os enseñe todo lo habido y por haber, y cuantas más maravillas suyas veáis, más fe tendréis luego, más firmemente creeréis y temeréis y mejor seguiréis sus mandamientos.

»Esta bestia fue creada por el rey divino, en primer lugar, antes que los demás peces del mar»

“Las mil y una noches”,

«PERO CUANDO LLEGO LA 292ª NOCHE

[…] Un día en que navegábamos sin ver tierra desde hacía varios días, vimos surgir del mar una isla que por su vegetación nos pareció algún jardín maravilloso entre los jardines del Edén. Al advertirla, el capitán del navío quiso tomar allí tierra, dejándonos desembarcar una vez que anclamos.

Descendimos todos los comerciantes, llevando con nosotros cuantos víveres y utensilios de cocina nos eran necesarios. Encargáronse algunos de encender lumbre, y preparar la comida, y lavar la ropa, en tanto que otros se contentaron con pasearse, divertirse y descansar de las fatigas marítimas. Yo fui de los que prefirieron pasearse y gozar las bellezas de la vegetación que cubría aquellas costas, sin olvidarme de comer y beber.

Mientras de tal manera reposábamos, sentimos de repente que temblaba la isla toda con tan ruda sacudida que fuimos despedidos a algunos pies de altura sobre el suelo.

Y en aquel momento vimos aparecer en la proa del navío al capitán, que nos gritaba con una voz terrible y gestos alarmantes: “¡Salvaos pronto!, ¡oh pasajeros! ¡Subid enseguida a bordo! ¡Dejadlo todo! ¡Abandonad en tierra vuestros efectos y salvad vuestras almas! ¡Huid del abismo que os espera! ¡Porque la isla donde os encontráis no es una isla, sino una ballena gigantesca que eligió en medio de este mar su domicilio desde antiguos tiempos, y merced a la arena marina crecieron árboles en su lomo! ¡La despertasteis ahora de su sueño, turbasteis su reposo, excitasteis sus sensaciones encendiendo lumbre sobre su lomo, y hela aquí que se despereza! ¡Salvaos, o si no, nos sumergirá en el mar, que ha de tragaros sin remedio! ¡Salvaos! ¡Dejadlo todo, que he de partir!”

Al oír estas palabras del capitán, los pasajeros, aterrados, dejaron todos sus efectos, vestidos, utensilios y hornillas, y echaron a correr hacia el navío, que a la sazón levaba ancla. Pudieron alcanzarlo a tiempo algunos; otros no pudieron. Porque la ballena se había ya puesto en movimiento, y tras unos cuantos saltos espantosos se sumergía en el mar con cuanto tenía encima del lomo, y las olas, que chocaban y se entrechocaban, cerráronse para siempre sobre ella y sobre ellos.

¡Yo fui de los que se quedaron abandonados encima de la ballena y habían de ahogarse!

Pero Alah el Altísimo veló por mí y me libró de ahogarme, poniéndome al alcance de la mano una especie de cubeta grande de madera, llevada allí por los pasajeros para lavar su ropa.

Me aferré primero a aquel objeto, y luego pude ponerme a horcajadas sobre él, gracias a los esfuerzos extraordinarios de que me hacían capaz el peligro y el cariño que tenía yo a mi alma, que me era preciosísima. Entonces me puse a batir el agua con mis pies a manera de remos, mientras las olas jugueteaban conmigo haciéndome zozobrar a derecha y a izquierda.

En cuanto al capitán, se dio prisa a alejarse a toda vela con los que se pudieron salvar, sin ocuparse de los que sobrenadaban todavía. No tardaron en perecer estos, mientras yo ponía a contribución todas mis fuerzas para servirme de mis pies a fin de alcanzar al navío, al cual hube de seguir con los ojos hasta que desapareció de mi vista, y la noche cayó sobre el mar, dándome la certeza de mi perdición y mi abandono.

Durante una noche y un día enteros estuve en lucha contra el abismo. El viento y las corrientes me arrastraron a las orillas de una isla escarpada, cubierta de plantas trepadoras que descendían a lo largo de los acantilados hundiéndose en el mar. Me así a estos ramajes, y ayudándome con pies y manos conseguí trepar hasta lo alto del acantilado. Habiéndome escapado de tal modo de una perdición segura, pensé entonces en examinar mi cuerpo, y vi que estaba lleno de contusiones y tenía los pies hinchados y con huellas de mordeduras de peces, que habíanse llenado el vientre a costa de mis extremidades. Sin embargo, no sentía dolor ninguno, de tan insensibilizado como estaba por la fatiga y el peligro que corrí. Me eché de bruces, como un cadáver, en el suelo de la isla, y me desvanecí, sumergido en un aniquilamiento total.»

Curiosas las semejanzas y las diferencias, ¿verdad? En una historia todos acaban incólumes; en la otra no. En una historia se ayudan unos a otros; en la otra no.  En las dos se enciende fuego y se prepara comida.

¿Cuál será la fuente de cuál? No tengo ni idea. A lo mejor ya lo saben los expertos.

Verónica del Carpio Fiestas

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