Cuentos sobre robar y crear cadáveres para investigación médica

Ahora que ni se plantea siquiera problema moral o legal para que docentes y estudiantes de Medicina o investigadores puedan obtener, manejar y diseccionar cadáveres en docencia e investigación, resulta difícil de entender que eso ha sido un problema serio durante mucho tiempo; y que saltarse la prohibición acarreaba graves sanciones. Pero no voy a hablar de esa prohibición generalizada y prolongada por motivos religiosos, sino de un problema concreto que al parecer existió en Gran Bretaña: cómo conseguir esos cadáveres en los centros docentes médicos, cuando no existía prohibición de usar los cadáveres, sino dificultad de conseguirlos, y especialmente si eran, ejem, frescos.

Resulta que en Gran Bretaña hubo una temporada en el siglo XIX en la que se pagaba a los “suministradores” de cadáveres para docencia en las facultades médicas, cerrando los ojos a la “fuente de suministro”. En una época en la que la comida del día siguiente no estaba garantizada ni mínimamente para muchos, eso propició que delincuentes aprovecharan esta posibilidad de ingresos -no queda claro si sustanciosos o no, porque no hay referencias comparativas de cuánto valía un cadáver en relación con otros, ejem, productos-, y se dedicaran a asaltar tumbas de personas recién enterradas. Solo conozco dos obras literarias que reflejen esa situación inicial, y la “solución” lógica al problema que surgía cuando no era fácil asaltar tumbas para conseguir cadáveres frescos susceptibles de ser vendidos a instituciones médicas, o cuando se prefería otro sistema más sencillo, o sea, matar. Y es que con la hipocresía más horripilante, o ceguera voluntaria criminal, las instituciones médicas que recibían los cadáveres y pagaban por ellos no podían razonablemente desconocer que procedían de actos inmorales e incluso de asesinatos, pero cerraban los ojos, al más puro estilo de esos familiares de los mafiosos, que propician delitos y se benefician, pero no quieren saber.

Ambas obras mencionan a dos personas reales, Burke y Hare, asesinos en serie para vender los cadáveres de los asesinados. Las dos obras figuran en todas las antologías y son, naturalmente, las siguientes:

  • Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, “On Murder Considered as one of the Fine Arts“, de Thomas De Quincey, enlace a texto en castellano aquí , de 1827, y
  •  “Los ladrones de cadáveres“, “The body-snatcher“, de Robert Louis Stevenson, enlace a texto en castellano aquí, de 1884.

Curiosa la diferencia de estilos. “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, gran literatura, es muchas cosas, incluyendo una sátira paródica de tipo académico del estilo de “Una modesta proposición“, el cuento de Jonathan Swift, texto aquí, que De Quincey menciona expresamente. Esa obra de Swift  ya la he citado, en un post jurídico paródico sobre indulto en otro blog; post en el que, por cierto, me ratifico, ya que la regulación legal no ha cambiado en esencia desde que lo escribí en 2013.

Todo lo que se diga de esta obra de De Quincey será poco. La obra impresiona, con el catálogo comparativo de asesinos y técnicas de asesinato, a vaces paródico, a veces desatado. Baste decir que Jorge Luis Borges fue intenso lector de De Quincey, y escribió sobre él; así poco más cabe añadir a lo dicho por Borges, salvo que me fastidia que el propio título de la obra sea usado tan frecuentemente por tantos de esos que, a todas luces, solo leen los títulos o solo saben de esas obras las frases geniales ya de circulación común. Y aquí ya frase genial ya sabe cuál es, ¿no? Esa de que se empieza cometiendo un asesinato y se acaba degradándose a la mala educación y tal, o sea, esta:

“Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento. Principiis obsta: tal es mi norma.» Esto fue lo que dije, ésta fue siempre mi manera de actuar y si esto no es ser virtuoso me gustaría saber lo que es.”

Pero mejor voy a escoger un párrafo:

“Hobbes no fue asesinado, nunca he logrado comprender porqué ni en virtud de qué principio. Esta es una omisión capital de los profesionales del siglo diecisiete, pues a todas luces se trata de un espléndido sujeto para el asesinato, salvo que era flaco y huesudo; por lo demás, puedo probar que tenía dinero y (lo cual es muy cómico) carecía de todo derecho a oponer la menor resistencia ya que, conforme a su propia tesis, el poder irresistible crea la más elevada especie de derecho, de modo que constituye rebelión, y de las más negras, el resistirse a ser asesinado cuando ante nosotros aparece una fuerza competente. No obstante, si bien no fue asesinado, me complace asegurarles que, según su propia cuenta, estuvo tres veces a punto de serlo, lo cual nos consuela.”

En cuanto a la obra de Stevenson, es una pena que este cuento de terror realista con tan extraordinaria descripción de caracteres y situaciones y tan magistral manejo del lenguaje se estropee en la última página mutando en cuento de terror fantástico en un desafortunado viraje final. Tras un siglo XX de espantosos campos de exterminio, sabemos que lo que de verdad da miedo no es lo sobrenatural inventado, sino el Mal humano y muy humano; y mucho más miedo habría dado el cuento, y habría estado más logrado literariamente, en mi modesta opinión, de haber mantenido el tono realista.

En cualquier caso, si decide leer una obra, o ambas, lo que le recomiendo, prepárese a una lectura de muy alto nivel literario, lo que no significa que sean obras difíciles de leer. Bueno, quizá sí un poco la obra de De Quincey, más, digamos, intelectual, con referencias literarias, históricas y filosóficas reales e inventadas, pero perfectamente comprensible. Prepárase también al escalofrío y, disculpe la expresión imprecisa y vulgar, al mal rollo; y es que tanto una obra como otra son, a veces, un tanto desagradables, como puedo serlo, y en efecto es, la “Lección de anatomía” de Rembrandt, y disculpe que no ponga la imagen del cuadro porque da mal rollo.

A lo mejor lo de los cadáveres obtenidos al gusto del consumidor y en plan técnica just-in-time era una leyenda urbana. Pero qué quiere que le diga, parece que no. No solo en cualquier prólogo de cualquier edición de estas obras se menciona lo de Burke y Hare, sino que figura hasta en Wikipedia.

Verónica del Carpio Fiestas

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Historias de armaduras vacías que luchan

¿Qué se podría hacer artísticamente con una armadura vacía que se mueve y actúa como una persona y lucha sola?

Si el sugestivo tema lo escoge y desarrolla un escritor español romántico o, mejor dicho, post-romántico- en el siglo XIX español sale “La cruz del diablo“, el relato -o la leyenda- de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), enlace aquí, publicada en 1860-1871. En plan diabólico medieval y esas cosas, y se supone que tiene que dar miedo. Bécquer escribió cuentos mucho mejores; le dan cien vueltas, por ejemplo, “Maese Pérez el organista“, y, en otro estilo, “La venta de los gatos”. ¿Sería quizá  aventurado sostener que en realidad el principal valor de “La cruz del diablo” es que por primera vez una armadura vacía luchadora aparece en una obra literaria española? Ya supongo que sería aventurado, pero no me constan precedentes.

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Si ese mismo tema lo escoge y desarrolla el socarrón, inteligentísimo y muy intelectual escritor italiano del siglo XX Italo Calvino (1923-1985) le sale la ma-ra-vi-llo-sa novela fantástica, humorística, (falsamente) histórica y filosófica “El caballero inexistente” (“Il cavaliere inesistente“, 1959) de la trilogía “Nuestros antepasados” (“I nostre antenati“). Una curiosa coincidencia con Bécquer: también el propio título es paradójico, y paradójico  en el desarrollo que una cruz sea diabólica y que un caballero no exista.

Agilulfo, el caballero medieval perfecto, estricto y eficaz cumplidor de las reglas de la caballería, de la guerra, de la cortesía y hasta del amor (antológico cómo consigue llevar al paraíso de los sentidos a la dama Priscila, a base, por ejemplo, de peinarle y trenzarle el cabello), y que lucha en las cansadas huestes de Carlomagno en una guerra más que ritualizada, solo tiene un defecto: no existe.

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¿Y vos?

El rey había llegado ante un caballero de armadura toda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; aparte de eso era reluciente, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en todas las junturas, adornado el yelmo con un penacho de quién  sabe  qué  raza  oriental  de  gallo,  cambiante  con  todos  los  colores  del  iris.  En  el  escudo  había  dibujado  un  blasón  entre  dos  bordes  de  un  amplio  manto  drapeado,  y  dentro  del  blasón  se  abrían  otros  dos  bordes  de  manto  con  un  blasón  más  pequeño  en  medio,  que  contenía  otro  blasón  con  manto  todavía  más  pequeño. Con  un  dibujo  cada  vez más sutil se representaba una sucesión de mantos que se abrían uno dentro del otro, y en medio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, tan pequeño se volvía el dibujo.

—Y vos ahí, con ese aspecto tan pulcro… —dijo Carlomagno que, cuanto más duraba la guerra, menos respeto por la limpieza conseguía ver en los paladines.

—¡Yo soy —la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta sino la misma chapa de la armadura la que vibrara, y con un leve retumbo de eco— Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez!

—Aaah…  —dijo  Carlomagno,  y  del  labio  inferior,  que  sobresalía,  le  salió  incluso  un  pequeño  trompeteo,  como  diciendo:  «¡Si  tuviera  que  acordarme  del  nombre  de  todos,  estaría  fresco!»  Pero  en  seguida  frunció  el  ceño—.  ¿Y  por  qué  no  alzáis  la  celada  y  mostráis vuestro rostro?

El  caballero  no  hizo  ningún  ademán;  su  diestra  enguantada  con  una  férrea  y  bien  articulada  manopla  se  agarró  más  fuerte  al arzón,  mientras  que  el  otro  brazo,  que  sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío.

—¡Os  hablo  a  vos,  eh,  paladín!  —insistió  Carlomagno—.  ¿Cómo  es  que  no  mostráis  la  cara a vuestro rey?

La voz salió clara de la babera.

—Porque yo no existo, sire.

—¿Qué  es  eso?  —exclamó  el  emperador—. ¡Ahora  tenemos  entre  nosotros  incluso  un  caballero que no existe! Dejadme ver.

Agilulfo pareció vacilar todavía un momento, luego, con mano firme, pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.

—¡Pero…! ¡Lo que hay que ver! —dijo Carlomagno—. ¿Y cómo lo hacéis para prestar servicio, si no existís?

—¡Con fuerza de voluntad —dijo Agilulfo—, y fe en nuestra santa causa!

—Muy bien, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, ¡sois avispado!

Agilulfo  cerraba  la  fila.  El  emperador  había  ya  pasado  revista  a  todos;  dio  vuelta  al  caballo y se alejó hacia las tiendas reales. Era viejo, y procuraba alejar de su mente los asuntos complicados.”

[Inciso. Obsérvese cómo Calvino hace uso sabio del “mise en abyme” en el escudo del caballero inexistente. Quede ese concreto y fascinante tema del “mise en abyme” para otro post. Recuérdenme, por favor, que lo escriba citando sin falta “La vida. Instrucciones de uso” y “El gabinete de un aficionado”, de Georges Perec. Bueno, de todas maneras, por si al final no lo escribo, da igual, que en realidad ya tienen las pistas . Cierro el inciso.]

¿Y si el mismo tema de la armadura vacía luchadora lo escoge la productora Walt Disney para una película infantil en los años 60 del siglo XX? Pues resulta que sale la deliciosa e inimitable película “La bruja novata” (“Bedknobs and Broomsticks“), dirigida por Robert Stevenson y protagonizada por Angela Lansbury; está inspirado en el libro infantil de la autora británica Mary Norton (1903-1992) Bed-Knob and Broomstick“. Da igual la edad que se tenga, siempre merece la pena ver o volver a ver esta encantadora película, llena de escenas antológicas; es en parte un musical y hay además algunas escenas con dibujos animados mezclados con actores reales. No está ambientada en un más o menos fantasioso Medievo, como “La cruz del diablo” y “El caballero inexistente“, sino en plena Segunda Guerra Mundial, en una idealizada pero realista Inglaterra en guerra, con niños refugiados evacuados de Londres por los bombardeos de la aviación nazi y con ancianos militarizados en guardia permanente porque se temía una inminente invasión del ejército nazi que en la realidad también se temía y no llegó a darse. No se equivoque, que esta película tiene bien poco que ver con esas dulzonas películas de Disney sobre princesas o cervatillos, aunque sea grata, divertida, amable y tierna.

bruja 1

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Incluyo en vídeo la escena del resultado del hechizo de la “locomoción sustitutiva” conseguido por la bastante torpe aprendiz de bruja, una excéntrica solterona de pueblo que se ha dedicado a aprender brujería por correspondencia para ayudar al esfuerzo de guerra; las viejas armaduras de un museo, incluyendo armaduras de caballos, se ponen en marcha para luchar contra los temidos invasores nazis alemanes que en la ficción acaban de llegar a la costa en un submarino. La escena es inevitable dado el tema del post; pero que quede claro que es precisamente de las menos antológicas de la película, así que, por favor, que no le disuada de ver la película que no le guste esta escena.

Y ahora disculpe que no siga hablando de armaduras, pero es que me he acordado de la divertidísima y antológica escena del partido de fútbol y se me ha ido el santo al cielo.

Así que acabo el post como empieza Bécquer su cuento:

Que lo crea o no, me importa bien poco.
Mi abuelo se lo narró a mi padre;
mi padre me lo ha referido a mí,
y yo te lo cuento ahora,
siquiera no sea más que por pasar el rato.

Porque si usted es persona adulta tiene que leer “El caballero inexistente“, literatura de la, digamos, segunda fila del siglo XX, sin sentido peyorativo, porque en la primera están, digamos, Proust, Joyce, Borges y Faulkner; y si además hay niños o niñas en su familia no puede privarles de ver “La bruja novata“. A lo mejor hasta le sirve para explicarles que los diablos pueden quizá dar miedo, pero que sin duda puede darlo una invasión nazi, y que si llega el caso, que ojalá no llegue nunca, hay que luchar contra ella hasta haciendo lo posible y lo imposible para que colaboren en la lucha hasta armaduras medievales vacías.

Verónica del Carpio Fiestas

El gran Wodehouse

Hacia 1930, dos estadounidenses se las arreglan con subterfugios para ser invitados a un castillo francés alquilado por un matrimonio de millonarios estadounidenses. Por motivos distintos, los dos “invitados”, sin haberse puesto de acuerdo, se hacen pasar por aristócratas franceses.  Uno, curtido estafador profesional, finge ser duque y su objetivo es robar joyas; el otro, joven millonario bobo e insensato, se hace pasar por un vizconde amigo suyo para intentar recuperar una carta. Ninguno de los dos sabe hablar francés ni esperaba encontrarse al otro allí, ni sabe que el otro no es ni francés ni aristócrata. Y allí se encuentran los dos “aristocratas franceses”, con un tercer personaje, la secretaria de la millonaria inquilina del castillo. Conversación en francés, por P. G. Wodehouse:

«—Y ¡qué agradable será para ustedes tener alguien con quien hablar en su propio idioma! Precisamente hace poco estaba diciendo al vizconde que, por más que uno hable bien el idioma extranjero, nunca es lo mismo.

Una pausa un tanto embarazosa siguió a esta perorata.

Acaso por espacio de un cuarto de minuto, los dos aristócratas franceses se miraron mutuamente con perplejidad. Si les hubieran visto, no habrían podido dejar de exclamar: “He aquí dos almas fuertes y silenciosas.”

Mister Carlisle fue el primero en recobrarse del susto.

Parfaitement —dijo.

Alors —dijo Packy.

Parbleu!

Nom d’une pipe!

Hubo otra pausa. Era como si un tema de profundo interés hubiese quedado agotado.

Packy señaló el cielo, acaso significando que allí había algo que mereciera llamar la atención del visitante.

—Le soleil!

Mais oui!

Beau!

—Parbleau! —djo mister Carlisle, regresando displicentemente a temas ya usados.

Hicieron otra pausa. Exceptuando un Oh là là que no sabía como insertar en la conversación, Packy había acabado su repertorio.

Pero mister Carlisle estaba formado de una pasta algo más resistente. Si bien hay mucho que decir, desde el punto de vista moral, contra la profesión de timador, es preciso aducir en su favor, considerándolo desde un punto de vista puramente utilitario, que indudablemente fomenta en sus iniciados una cierta envidiable sangre fría que les capacita para comportarse con graciosa facilidad en circunstancias que dejarían desarmado a un hombre vulgar. Mister Carlisle, después de soportar dos minutos que él hubiese confesado como de los peores de su vida, volvió a ser una vez más el hombre de inagotables recursos.

—Pero verdaderamente, mi querido amigo —dijo con liviana sonrisa—, todo esto es muy delicioso, pero no debe usted tentarme, ¡oh, no! Mi inglés no es bueno, y he prometido a mi instructeur que para mejorarlo lo hablaría de un modo exclusivo. ¿Comprende usted?

Aquel intervalo había dado tiempo a Packy para desenterrar de la memoria una estupenda sarta de vocablos franceses.

C’est vrai —dijo, echando a miss Putman una ojeada que sugería que, en su opinión, lo que iba a decir la iba a callar un buen rato—. Mais c’est vrai, mon vieux. Oh là là, c’est vrai! Yo también estudio inglés y no quiero hablar en francés.»

1

2

Este es un fragmento, digno de las antologías de  literatura de humor, de “Hot water“, novela de P.G. Wodehouse, título que en España se tradujo como “Guapo, rico y distinguido” (¡!).

3

Pero con esta o cualquier novela o cuento de Wodehouse, y por muy extraño título que le hayan plantado en castellano, se va a reír, seguro.

Aunque me permito una recomendación: prescinda totalmente de sus primeras novelas y céntrese en las de la época intermedia y última, a partir de, digamos, 1930. Lea todas las de la serie Jeeves, las de la serie del Castillo de Blandings excepto las primeras y las del Club de los Zánganos, que no por casualidad son las más populares; y los cuentos y las novelas sobre el gran Hollywood que Wodehouse conocía personalmente porque, como tantos escritores, trabajó allí.

En libros o cuentos menos conocidos, o de los de los primeros años, o que no pertenecen a esas series, por supuesto que puede haber perlas, y en efecto las hay.

Como precisamente este texto que he transcrito, de 1932, que no es de ninguna serie.

También es antológico el delicioso cuento titulado “The nodder“, “El aprobador“, del que voy a transcribir un fragmento también antológico.

Mister Mulliner, el clásico pesado de pub, está contando la historia de su pariente Wilmot, que fue a Hollywood, y allí encontró trabajo de “aprobador” (“asentidor” según otra traducción) en uno de esos grandes estudios cinematográficos plagados de grandes estrellas y directivos megalómanos; en esta conversación los interlocutores son identificados, no por sus nombres, sino por sus bebidas.

«-[…] Era un aprobador.,

-¿Un qué?

Mister Mulliner sonrió.

-Es sumamente difícil explicar a los profanos las extremadamente intrincadas ramificaciones del personal de los estudios de Hollywood. Explicándolo lo más brevemente posible, el aprobador es una especie de siseñor, aun cuando por debajo de este en la escala social. El papel del siseñor [yes-man] es asistir a las reuniones y decir “sí”. Un aprobador [nodder], como su propio nombre indica, es un hombre que expresa su aprobación con un movimiento de cabeza. El director general manifiesta su opinión y mira expectante a su auditorio. Es la señal para que el siseñor diga “sí”. Este va seguido del segundo siseñor, o vicesiseñor como también se llama, y del siseñor junior. Solo cuando todos los siseñores han dicho sí, el aprobador entra en funciones. Asiente con la cabeza.

Una Pinta de Stout dijo que no le parecía un empleo apreciable.

-No mucho, admitió mister Mulliner-. Es una situación de la cual podríamos decir brevemente que está situada socialmente entre la máquina de hacer viento y el escritor del diálogo adicional. Hay también una casta de Intocables conocidos como ayudantes de aprobadores, pero este es un punto técnico sobre el cual pasaremos por alto

Imposible no acordarse de la política en España, tan llena a rebosar de siseñores, vicesiseñores y aprobadores y de las otras categorías que aparecen en el cuento, como los cuñados honorarios.

Podría haber escrito un post solo sobre esto, sí, ya lo sé, y no crea que no lo he pensado. Pero pasemos a otra cosa.

Al principio de su carrera literaria Wodehouse, pongamos quizá hasta 1930 aproximadamente, no solo no tenía personajes tan esquemáticos como más adelante sino que en sus tanteos iniciales, con un planteamiento moralista, se preocupaba incluso por la crítica social explícita y la lucha por la vida en términos realistas, y los sentimientos profundos o pseudoprofundos amorosos y de otro tipo, y sus personajes jóvenes irresponsables y disolutos aún tenían conciencia e incluso podían arrepentirse de serlo como en “Piccadilly Jim”, o encontramos ancianos sin vinculo familiar ni expectativa de herencia a los que cuidar cariñosamente por pura bondad, como en “The adventures of Sally. Incluso en los primeros textos de la serie del Castillo de Blandings aún aparecen niños pobres y que producen ternura, como en el antológico cuento Lord Emsworth and the Girl Friend“. Quien tenga la curiosidad de leer “El hombre de los dos pies  izquierdos”, atraído a ese libro de 1917 por el humor surrealista de tan fascinante y sugestivo tititulo,  quedará sorprendido y defraudado; encontrará en esa colección heterogénea de cuentos, aparte de un cuento con un Bertie Wooster aún sin Jeeves, un mundo con suicidios, perros a los que se mata porque aburren, parejas que deciden no casarse para no causar perjuicios a un anciano de la familia y de verdad sufren, un mundo que podría ser el de cualquier escritor sin  interés y donde el único humor irrepetible e inimitable está, como simple destello, en el propio título.

Y luego ya no, porque con el tiempo Wodehouse fue depurando y afinando su estilo y su mundo personal. Un mundo irrepetible e inimitable en fondo y forma.

No hay ternura ya más, ni ambientes sórdidos salvo en broma o como suave contrapunto; sí en cambio la Riviera francesa y los grandes casinos, el carísimo restaurante Savoy, el Nueva York de las mansiones, los hoteles y trasatlánticos de lujo, las fastuosas casas históricas de la aristocracia británica. Ni miedo ni dolor por la muerte; las obras de Wodehouse están plagadas de personas huérfanas y viudas, sin que ninguna resulte emocionalmente afectada por la pérdida. La pobreza ya no se describe ni importa aunque haya ricos y pobres, como tampoco los personajes irresponsables, divertidos, encantadores y disolutos son, tras las primeras novelas, otra cosa más que eso, jóvenes irresponsables, divertidos, encantadores y disolutos, sin profundidad de ningún tipo. Y el amor y el desamor ya son los de marionetas, incluso cuando alguno sufre. No hay ya ningún intento siquiera de profundidad en los caracteres. Hay reparto de papeles.

Pero lo que en otros escritores puede ser defecto, en Wodehouse resulta ser, sin embargo, virtud.

Y básicamente su estilo ya asentado consiste en prescindir lo más posible de la verosimilitud, y diría que hasta de la realidad, y olvidarse de que las personas somos complejas y vivimos en un mundo con preocupaciones reales; en una simplificación máxima hasta en diálogos incluso para explicar al lector y a los propios personajes las situaciones más irreales y disparatadas; en ir al grano al máximo y evitar referencias o descripciones salvo para introducir otra nota cómica más; y en tramas y subtramas enrevesadas, increíbles, alocadas y a ritmo acelerado, que a veces recuerdan a una screwball comedy, y con frecuentes giros de la situación -los personajes pasan una y otra vez de creer que han solucionado su problema a encontrarse con que ha surgido otro problema imprevisto o que la situación ha dado de nuevo la vuelta- y con desenlaces sorprendentes, incluso en la propia última página. Sí, a veces, puede haber capacidad de sacrificio en algunos personajes, como el propio Bertie Wooster de la serie Jeeves, que en una obra va a la cárcel por otro, o ese sentido del honor aristocrático de que las deudas de juego hay que pagarlas como sea -pero, contradictoriamente, a costa incluso de ilegalidades- y de que la palabra de matrimonio no puede romperse, incluso si procede de un equívoco, pero ya todo con total superficialidad moral. Y el dinero es problema permanente y para bastantes personajes, sí, pero en broma, porque da igual; no es la realidad de la supervivencia lo que está ya en juego sino, como mucho, un matrimonio que tendría que posponerse pero cuya celebración ni siquiera realmente está en riesgo.

Y ya desde muy pronto, una vez definido del todo el estilo, en los libros y cuentos de Wodehouse no sobra ni falta una palabra; como en los grandes escritores. Y es que hay que dejar muy claro que Wodehouse es un gran escritor.

Y creó Wodehouse un mundo feliz y maravilloso de personajes apenas delineados -salvo, en cierto sentido, el famoso Jeeves y hasta su amo Bertie Wooster- y casi siempre en un contexto de vidas de millonarios británicos, estadounidenses y franceses generalmente ociosos, con apoyo cómico y más o menos protagonismo de criados y servidores varios; con mayordomos varios mucho más inteligentes, astutos o cultos que sus amos, incluso aficionados a leer filosofía, y en todo caso a beber el mejor oporto de sus amos; con robos y secuestros por puro deporte o para evitar rupturas de promesas de matrimonio o para conseguir esas rupturas o por extraños fines varios; con señoras ricas y aristocráticas, autoritarias, altivas, majestuosas y displicentemente groseras con parientes y servidores y que tienen sojuzgados a maridos, hermanos o sobrinos, y con un aspecto que, retrospectivamente, podríamos imaginar como el de Margaret Dumond la de los Hermanos Marx, y que a veces al final reciben su merecido o quedan en ridículo o se les impone el sojuzgado varón de la familia que es quien, claro, debe imponer su voluntad; con esposas ricas, mandonas y ambiciosas que quieren progresar socialmente y para ello han de hacer todo lo posible para que progresen socialmente sus maridos, quieran o no estos, ya que el propio progreso personal de ellas es impensable siendo mujeres y han progresar por persona interpuesta; sin niños que pinten nada, o solo con niños insoportables; con millonarios y ladrones arruinados por el crack de 1929; con policías que quieren ser actores; con aristócratas que quieren ser policías; con la Ley Seca y con contrabandistas de alcohol; con criados tanto o más clasistas que sus amos, agudamente conscientes de las diferencias sociales incluso dentro de la propia extensa y jerarquizada servidumbre y en relación con la clase trabajadora del pueblecito próximo; con excéntricos ricos coleccionistas (de jarritas, amuletos egipcios o pisapapeles) o aficionados con todo tipo de aficiones grotescas, como criar cerdos, y dispuestos a todo por su colección o su afición; con pubs, posadas de pueblo y hoteles de lujo; con lenguado para desayunar en la cama si se es rico; con aristócratas empobrecidos encantados de deshacerse ilegalmente de patrimonio; con equívocos constantes y puertas que se cierran y se abren y parejas que se juntan y separan como en un vodevil y con persecuciones y peleas como en una pantomima; con boxeadores de orejas de coliflor; con parientes que impiden el inadecuado matrimonio de la gente joven de su rica familia, o, al contrario, se empeñan en imponerlo o en propiciarlo y, paradójicamente, con aristócratas que se quieren casar con sus cocineras e incluso compiten con mayordomos por la mano de la cocinera; con chicas de clase alta risibles por ser cultas e intelectuales en vez de ignorantes y por desear que sus novios lean algo más que novelitas de misterio; con padres aristócratas que no quieren a sus hijos, y encantados de perderlos de vista; con potentados que se dedican a insultar y agredir físicamente a sus ayudas de cámara y como algo normal, sin que pase nada; con mansiones enormes llenas de criados invisibles para quienes creen que los criados han de ser invisibles o máquinas automáticas de servir, pero que resulta que no son sordos; con hombres jóvenes ridículos porque son, o quieren ser, serios y responsables en vez de parásitos sociales o familiares; con divertidas agresiones a policías; con apuestas hasta sobre qué clérigo pronunciará el sermón más largo; con niñatos de clase alta que han de congraciarse como sea con familiares ricos para seguir viviendo del cuento; con suplantaciones de personalidad y disfraces; con potentados gordos y con puro como los de las caricaturas clásicas de plutócratas; con borrachos y borracheras; con mujeres feas y de aspecto masculino que, por causa de, o a consecuencia de, ser sufragistas, odian a los hombres y con mujeres atractivas antisufragistas; con delitos irrelevantes si los han cometido ricos, poderosos o aristócratas, cuya palabra no se pone en duda ni por la policía por ser ricos, poderosos o aristócratas; con secretarios indeseables por demasiado responsables y trabajadores; con muchos aristócratas de cerebro de mosquito; con jardineros escoceses tercos como mulas; con mujeres que rechazan casarse con hombres razonables pero finalmente sí se casan cuando se comprueba que pueden actuar de forma brutal como hombres de las cavernas o que son capaces de infringir la ley… Y cuentos sobre golf; imprescindibles para los aficionados a este deporte.

Y en este mundo en paralelo de Wodehouse de ociosos ridículos o extravagantes y servidores en contrapunto, un mundo de arriba y abajo, las historias, anécdotas o  esquemas abstractos se reiteran y entremezclan en diversas versiones, hábilmente modificados unas veces o repetidos sin más.

Distintos aristócratas se quieren casar con distintas cocineras en distintas historias; varios ricos están delicados del estómago; en varias obras hay competencia entre ricos para quedarse con valiosos servidores -mayordomos o cocineras- empleados por otros;  muchos objetos de todo tipo los intentan robar muchos personajes en todo tipo de contextos, más de una vez joyas, más de una vez memorias o diarios, más de una vez objetos de colección; en varias obras personajes en teoría sin formación, como mayordomos y detectives, leen filosofía y alta literatura (Schopenhauer, Spinoza, Bernard Shaw) mientras que aristócratas leen nada o los deportes en el periódico o novelas de misterio, y si son mujeres y leen algo más que novelitas, resultan ridículas; diversos personajes -varones- que siempre mantienen un comportamiento muy morigerado se van de juerga esporádica y explosiva en diversas obras; más de una vez se dice que los hombres el día en que se casan tienen cara de tontos; más de una vez hay equívocos sobre quién está prometido con quién;  varios varones ricos se prometen con camareras; en varias obras juega un papel importante soltar un discurso en un colegio; varios personajes se alegran de que las circunstancias hayan llevado a que su boda no se celebre; en más de una obra el dueño de la casa es confundido con un miembro de la servidumbre; en varias obras un personaje va a buscar comida por la noche a la cocina, con sorprendentes resultados; varias chicas están guapísimas en su ropa de dormir cuando se han de levantar por la noche como consecuencia de extrañas peripecias nocturnas por robos o por lo que sea, y varios mayordomos sorprenden por el curioso color de su pijama, en análogas circunstancias; diversos magnates se irritan si se les coge tabaco sin permiso; en diversas obras hay en perspectiva negocios de gran rendimiento económico pero es indispensable disponer de un poco dinero para poder entrar en esos negocios y hay, pues, que conseguir ese primer dinero como sea con métidos legales o ilegales; los parientes de quien no se ha comportado bien se horrorizan con lo que publica la prensa en más de una obra; varios personajes se disfrazan o se hacen pasar por otros; en varias obras hay personajes que insisten en que otros personajes se pongan de una vez a trabajar seriamente; los cuellos duros de las camisas se ablandan con el calor en más de una obra; de varias personas se cree que han robado algo o han cometido algún hecho que permite poner en duda su salud mental, como consecuencia de la falsa apariencia creada por una desafortunada concatenación de circunstancias; varios sujetos resacosos o que acaban de pasar un disgusto son descritos como piltrafas humanas o como muy parecidos a una porquería que un gato hubiera sacado de la basura; varios personajes gritan de modo descrito de forma análoga cuando llegan por fin, o no llegan, las deseadas bebidas alcohólicas; varios personajes ricos o aristocráticos pretenden conseguir de otros subordinados que hagan las cosas más extrañas o ilegales, apelando a la lealtad feudal propia de la servidumbre, lealtad feudal de vasallo y señor extensible incluso a camareros de trasatlántico de forma expresa; más de un personaje se llama de nombre Lancelot -nombre al parecer anticuado o extravagante-, pero prefiere que no se sepa; bandejas con comida o bebida tiemblan en manos de diversas personas sorprendidas o asustadas; las cejas de más de un mayordomo hiératico se mueven o casi se mueven para expresar extrañeza, en diversas obras; numerosas tías ricas y déspotas intentan impedir o imponer el matrimonio de diversos sobrinos en bastantes obras y en todo tipo de contextos, y, cuando es sobrina, más de una vez para imponer que se case con un rico o aristócrata o persona socialmente aceptable que resulta no ser rico o aristócrata o persona socialmente aceptable; diversos tíos -varones-, por el contrario,  tienen poco o nada que objetar a matrimonios que las tías consideran inadecuados; criados de distintos amos son clasistas y esnobs; más de un personaje afirma que el matrimonio no debe fundarse en enamoramiento sino en planteamiento racional, pero cae enamorado de un flechazo; más de un ladrón en más de una obra desvía la atención de su víctima con un inexistente robo inminente planeado  por otra persona; más de un personaje -varón, porque las mujeres ni se emborrachan ni se van de juerga- de más de una obra no recuerda qué pasó durante una borrachera y se le obliga a hacer algo engañándosele con lo ocurrido; en las borracheras se pasa por la fase alegre, la agresiva y la de sopor; escritores y artistas tipo Bloomsbury aparecen, y son risibles, en más de una obra; las observaciones críticas sobre cómo sienta un sombrero crean conflictos entre parejas ricas de diversas obras; hay más de un ladrón reformado y mas de una caja fuerte que abrir; más de una ambiciosa mujer en más de una obra intenta que su marido sea nombrado para algún tipo de cargo, con la viva oposición del marido; de diversos personajes de diversas obras cuando de forma súbita reciben una impresión o se asombran se dice que se les descuelga la mandíbula inferior o que se tambalean como si hubieran recibido un golpe inesperado, o que canturreaban alegremente y callan de repente, y en esas mismas circunstancias bastantes ojos parecen salirse de las órbitas de bastantes personajes; diversas actrices o exactrices son temibles en diversas obras; hay muchas peticiones de dinero y sablazos pensados, fallidos o conseguidos; diversos objetos escondidos aparecen encima de armarios; en diversas obras diversos hombres persiguen corriendo para agredir brutalmente a quienes, con razón o sin ella, creen rivales en el amor de una u otra chica, sin que a nadie se le ocurra llamar a la policía y hay celos incluso retroactivos; de personajes que quieren hablar y no les dejan se dice en más de una obra que bailotean o ejecutan pasos de baile, para referirse gráficamente a cómo están de nerviosos; varios varones dicen en varias obras “las mujeres no entendéis de esas cosas”; en diversas obras hay matrimonios en segundas nupcias y con hijos problemáticos del primer matrimonio; en varias obras se compara de forma cómicamente desproporcionada el peligro o el daño de un malentendido con el de batallas históricas o inventadas; las relaciones sexuales no existen, salvo como remotísima referencia; la expresión “hombre fuerte y silencioso”, de dudoso origen, aparece una y otra vez; más de una mujer inteligente insiste en que su novio tarambana procure convertirse en una persona más culta; más de una mujer cree erróneamente que un hombre se ha enamorado de ella y quiere casarse… Y esto son simples ejemplos.

Así que aparte de que hay ciclos narrativos y personajes que también aparecen y reaparecen en esos ciclos, siempre cada cual en su propio ciclo -aunque Psmith aparece por el Castillo de Blandings-, quien lea intensamente al autor constatará que se repiten tramas, situaciones, expresiones y bromas, aunque por una parte esa repetición no se percibe en caso de lectura esporádica y por otra da igual que se perciba porque los hallazgos humorísticos siguen haciendo efecto. La lógica disparatada del mundo propio de Wodehouse funciona sola.

Y en este mundo propio de Wodehouse encontramos algo que puede sorprender: una impagable parodia del fundador del partido fascista inglés, y que figura en varias novelas de la serie Jeeves.

Porque, no lo olvidemos, detrás de este mundo feliz y ficticio de peripecias insignificantes, pasaban cosas. Prescindiendo de antecedentes sin interés, la obra de Wodehouse empieza en realidad en época de entreguerras, y coincide con la Gran Depresión de 1929,  el auge de los totalitarismos y la Segunda Guerra Mundial.

Y Wodehouse, en su mundo propio, de todo eso terrible de fuera, y que queda fuera, solo incluye un detalle, pero muy significativo: el ridículo, agresivo e inaguantable personaje de sir Roderick Spode, fundador del grupo  fascista “pantalones cortos negros” y dictador aficionado. Este personaje, sin un punto favorable pues hasta la joven de la que se enamora es una boba, es una sátira de los mussolinis varios y de un individuo que de verdad existió, Sir Oswald Ernald Mosley, fundador del British Union of Fascists, “camisas negras”. Porque, no se nos olvide, también hubo fascistas en Gran Bretaña en los años 30 del siglo XX, y también los recibían en las mansiones aristocráticas británicas.

Voy acabando. En definitiva, Wodehouse crea un mundo propio que refleja unas terribles diferencias sociales, y simultáneamente subversivo (pegar al policía o robar y quedar sin castigo, y no siempre siendo rico o poderoso; reírse de la gente que se toma la vida en serio o no quiere infringir la ley) y muy conservador (no olvidemos que se traducía y vendía en España en plenos años 40 del siglo XX), y además, con frecuencia, lamento decirlo, suavamente misógino.

Y se puede ser muy feliz leyéndolo.  Y es que Wodehouse es un genio, y no solo ha creado un mundo personal ficticio y abstracto en el que perderse, pero que a la vez está basado en la realidad (¿es que la aristocracia británica no era altanera y había un difícilmente salvable arriba y abajo?) sino que lo ha hecho con un delicioso estilo propio, y ya no me refiero solo a esquemas, tramas y personajes. Y bastante más complejo de lo que parece.

En el estilo peculiar de Wodehouse se funden armoniosamente el ir al grano más directo con el intercalado de frecuentes citas de escritores de la antigüedad clásica, de la Biblia, de Shakespeare y de otros escritores y filósofos varios como Marco Aurelio, y como recurso para eficacia cómica; hay también habituales alusiones a personajes y situaciones de la Historia, como el asesinato de Julio César o la facilidad para conciliar el sueño de Napoleón, y todo ello siempre en sorprendentes contextos. Muchas de las citas literarias o históricas no son explícitas ni aparecen en boca de personajes cultos o educados, y resultan difícilmente detectables en una primera lectura y en sucesivas, al menos a 80 años de distancia y sin proceder quien lea de una cultura anglosajona y de una educación de tipo clásico. A mí personalmente me han pasado muchas desapercibidas, y he tardado en detectarlas,  e intuyo que se me escapan muchas otras. Es posible que un lector medio pudiera captar al vuelo en 1930 una referencia a Shakespeare o a otros escritores, como un lector castellanoparlante medio no necesita que le digan que “se hace camino al andar” es cita de Antonio Machado y “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir” es cita de Jorge Manrique, puesto que hasta son ya poco menos que frase hechas. Pero,  hoy día,  por no referirme siquiera a citas de poetas semidesconocidos en España como Shelley o Robert Browning, ¿es fácil captar sin previo aviso que eso de las “flechas de la injusta fortuna” es cita de “Hamlet”, y no digamos ya si estamos en un contexto humorístico? ¿Y si además, como efecto cómico, es el propio narrador el que dice no recordar la procedencia de la cita o su texto exacto? En la obra de Wodehouse prevalece como técnica la de un narrador innominado, omnisciente y ajeno a los personajes, excepto en la serie Jeeves en la que las historias se cuentan desde la primera persona de Bertie Wooster y, excepcionalmente, del propio Jeeves, y algún otro caso, como en la serie Ukridge; y alguna veces ese narrador omnisciente dice dudar sobre una cita, y Bertie Wooster duda de la exactitud de las citas cada dos por tres, y a veces lo soluciona de forma cómica: preguntando a su mayordomo.

Y hay, finalmente, hallazgos lingüísticos geniales de creación propia, que no menciono porque son innumerables y para animar a quien esto lea a que los encuentre por su cuenta.

Bueno, voy a mencionar uno, de tantos: en una novela se plantea la comparación entre una puesta de sol y un rosbif.

Verónica del Carpio Fiestas

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Humpty Dumpty, lenguaje y Poder

Ya ves. ¡Te has cubierto de gloria!
–No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» –observó
Alicia.
Humpty Dumpty sonrió despectivamente.
–Pues claro que no…, y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere
decir que «ahí te he dado con un argumento que te ha dejado bien
aplastada».
–Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado»
–objetó Alicia.
Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono
de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que
diga…, ni más ni menos.
–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras
signifiquen tantas cosas diferentes.
–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que
manda…, eso es todo.

800px-Humpty_Dumpty_Tenniel

1

 

De “Alicia a través del espejo”,  “Through the Looking Glass”, de Lewis Carroll

Verónica del Carpio Fiestas

anfisbena5 para firma

 

Jitanjáfora del lenguaje político

—La farandolina en la lejantaña de la montonía
El horimento bajo el firmazonte…
Vicente Huidobro

—¡Democrad! ¡Libertacia! ¡Puebla el vivo!
¡No dictaremos más admitidores!
Pro lometemos, samas y deñores,
nuestro satierno va a a gobisfacerles.

Firmaremos la gaz, no habrá más perra,
zaperán juntos el queón y el lordero,
y quiero promerer y lo promero,
vamos a felicirles muy hacerles.

(Y el horimento bajo el firmazonte,
o el firmazonte bajo el horimento
—ye ca no sé—, brillaba, groma y aro).

—Que me se raiga un cayo si les miento;
fuimos soertes, y, mo lás pimtortante,
¡blasamos hiempre claro!

Poema de Carmen Jodrá Davó, en Las moras agraces, 1999.

Por la traslección y secripción, y por el tost del pítulo,

Verónicel da Cartas Fiespio
digo
Verónica del Carpio Fiestas

La Prehistoria: una novela telemática e interactiva en 1984

«Un periodista y una grafista son los autores de un invento electro-literario realizado en París, la ‘novela telemática e interactiva’. Telemática por ser transmitida por línea telefónica a una pantalla Minitel, interactiva porque el lector interviene en la historia.

El truco es el siguiente: tras llamar al número del editor, el lector telemático recibe en la pantalla de su ordenador la primera página: ‘Emile Croulebois parecía el más indiferente de los hombres…’. Para pasar a la ‘página’ siguiente hay que pulsar una tecla del ordenador. Pero, antes de la página siguiente, en la pantalla aparece una pregunta: por ejemplo,  ‘¿Quiere usted saber ms detalles sobre la vida de Emile, o bien precisiones sobre su hija Pauline?’

De tecleo en tecleo, la intriga va desarrollándose -motivo central: ¿Quién mató a Emile Croulebois?- con nuevas bifurcaciones. El lector telemático puede ir escogiendo entre saber o no el contenido del bolso de Pauline, los detalles de una conversación con el comisario que lleva la investigación, y otras minucias. Sean cuales sean las variaciones interactivas que se escojan, todos los itinerarios conducen la novela al mismo desenlace.

De hecho, la ‘interactividad’ tiene poco de nuevo. Los autores de folletines por entregas del pasado tenían en cuenta la abundante correspondencia de los lectores que recibían entre entrega y entrega, y a menudo introducían cambios en el relato conforme a las sugerencias de los lectores. Lo que se ha ganado con las maravillas del progreso electrónico, se pierde por otro lado, ya que un folletín se puede leer cómodamente en la cama, mientras que, por ahora, una pantalla de ordenador resulta algo más engorrosa para esos menesteres.»

De la revista Quimera, revista mensual número 38, mayo de 1984, Barcelona.

Por la selección y transcripción,

Verónica del Carpio Fiestas

Promesas electorales (solo un cuento de García Márquez)

-Estamos aquí para derrotar a la naturaleza -empezó, contra todas sus convicciones-. Ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos de Dios en el reino de la sed y la intemperie, los exiliados en nuestra propia tierra. Seremos otros, señoras y señores, seremos grandes y felices.

Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba sus ayudantes echaban al aire puñados de pajaritas de papel, y los falsos animales cobraban vida, revoloteaban sobre la tribuna de tablas, y se iban por el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones unos árboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de la multitud en el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón con casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de vidrio, y taparon con ella los ranchos miserables de la vida real.

El senador prolongó su discurso, con dos citas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió las máquinas de llover, los criaderos portátiles de animales de mesa, los aceites de la felicidad de harían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en las ventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con el dedo.

-Así seremos, señoras y señores -gritó-. Miren. Así seremos.

El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de la casas y era más alto que las casas más altas de la ciudad del artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para el otro, también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey.”.

Eso es un fragmento de “Muerte constante más allá del amor“, enlace  al texto completo del cuento aquí, de Gabriel García Márquez.

Porque, claro, este circo con promesas electorales de máquinas de llover y de criaderos portátiles de animales de mesa y de aceites de la felicidad, vendido todo ello con una escenografía muy elaborada que solo el político, que habla contra sus convicciones, percibe que ya está carcomida, solo es un cuento de García Márquez.

Seguramente.

Verónica del Carpio Fiestas