Mentir o no mentir por filantropía, según Kant y según Feijoo

Según Kant no existe derecho a mentir por filantropía, y bien a las claras se infiere del mismo título de su famoso opúsculo «Sobre un presunto derecho a mentir por filantropía», en su polémica con un tal Constant. Ya sé que esta obra y la opinión de Kant han hecho correr ríos de tinta, porque ahí es nada defender que la necesidad de ser siempre verídico alcanza incluso a responder la verdad sobre dónde está escondido un amigo al asesino que lo busca para matarlo, es decir, que ni siquieran ese caso de riesgo para la vida de otro por causa injusta, sostiene Kant, se debe mentir porque decir la verdad es un deber incondicional; con lo que todo ello significa en cuanto a injusticia, totalitarismo y tal. Aunque diría que cuesta un poco tomarse en serio una obra en la que Kant refuta al tal Constant que a su vez refutaba algo análogo previo de Kant, cuando el propio Kant, si es fiable la versión del opúsculo que manejo -y lo pongo en duda porque he manejado otras y no he visto ese inciso-, empieza diciendo en su segunda obra que lo que Constant dice que dijo en una previa obra en efecto lo dijo, pero que no recuerda dónde; de lo que es difícil no inferir, también, que antes de ser refutado y tener que responder a la refutación mucha reflexión quizá no le habría dedicado, o bien que tan poco le importaba el tema que no se molestó ni en comprobar su propio dato…

En fin, esta obra es de 1797.

¿Y es que antes de esa fecha, o de la fecha que el propio Kant quizá tampoco conoce de su previa publicación, nadie se había ocupado del tema? Pues sí, que tengo delante una obra del gallego Fray Benito Jerónimo de Feijoo que dice lo que transcribo más abajo, al analizar el caso de la mentira para salvar el secreto de confesión e incluso para evitar un daño grave e injusto. En su «Teatro crítico universal» aparece este texto, publicado en 1734, y que corresponde al Tomo Sexto, enlace aquí.

Salta a la vista que el tema distaba en la época de Kant de ser una novedad intelectual. Y el planteamiento de Feijoo, por cierto, no es precisamente el de alguien laxo en moral en general y en concreto sobre la mentira, pues dedica largos párrafos en este «discurso 11» del Tomo Sexto sobre la «impunidad de la mentira», y en otros, como en el dedicado, en el Tomo Tercero, discurso 9, a «Balanza de Astrea o  recta administración de la justicia«, enlace aquí, de 1729, a resaltar la importancia esencial de decir la verdad y a los terribles castigos de toda índole que, en su opinión, merecen los mendaces, incluyendo entre ellos a los abogados que tergiversan los hechos.

«Añado, que San Raimundo de Peñafort parece se puede agregar al [329] mismo sentir; porque (lib. 1, tit. de Mendacio) propone el caso fuera de la Confesión de este modo: Sabe un hombre, que otro está escondido en tal lugar, y un enemigo suyo, que le busca para matarle, le pregunta a aquel, si está escondido allí el que busca. ¿Qué resuelve el Santo? Que si no puede salvarle, ni usando de equívoco, ni divirtiendo la conversación, debe decir, y asegurar abiertamente, que no está allí: Debet negare, & assevere eum non esse sibi. Que esto se salve por medio de alguna restricción mental, que por las circunstancias se haga sensible, o profiriendo las palabras materialmente como no significativas, para lo substancial del intento todo es uno.

Verdaderamente a mí se me hace durísimo, que siendo muchos los casos en que injustamente se procuran indagar secretos importantísimos, no solo a un individuo, mas aun a toda la República, los cuales no se pueden salvar ni con el equívoco, ni con el silencio, no ha de haber algún recurso lícito para no violarlos. Por otra parte es para mí cierto, no solo que el consentimiento tácito de los hombres puede quitar a las palabras, o expresiones, en tales, o tales circunstancias, aquella significación, que en general tienen por su institución, sino que efectivamente lo ha hecho con algunas. Véase en estas expresiones cortesanas: Beso a V. md. la mano: V. md. me tiene a su obediencia para cuanto quiera ordenarme: Su más rendido servidor, y otras semejantes, las cuales, proferidas en una carta, o en una despedida, o en un encuentro en la calle, no significan aquello que suenan, y lo que de su primera institución están destinadas a significar. Y así, a nadie tendrán por mentiroso, porque diga: Beso a V. md. la mano a una persona, a quien ni se la besa, ni aun se la quiere besar.

24. Pero no quiero tomar partido en esta cuestión, la cual pide más espacio, que el que yo tengo, para tratarse dignamente. Así, abstrayendo de ella, y volviendo al propósito de este Discurso, digo, que permitido que en los casos de solicitarse por una injusta pregunta la averiguación de algún secreto, no pueda reservarse éste sino [330] mintiendo, tales mentiras deben ser toleradas por las leyes humanas, dejando únicamente a Dios el castigo de ellas, porque a la República, o sociedad humana no son incómodas; antes se siguieran a cada paso gravísimos daños, si a la malicia, o viciosa curiosidad de los hombres no se impidiese de algún modo la averiguación de los secretos ajenos. Y el que en estas indagaciones sale engañado, no al otro que le miente, sino a sí propio debe echar la culpa, que es el invasor.«

Por si alguien no lo sabe, ese Raimundo de Peñafort citado que está a favor de mentir en estos casos es el santo patrono de los juristas, oh sorpresa…

Verónica del Carpio Fiestas

Sobre la decadencia del arte de mentir, de Mark Twain

Mark Twain, uno de esos escritores clásicos que a mi modesto entender merecen ser menos leídos.

[-Más leídos, querrá decir.

-No, menos leídos. Por más que leo a Twain no le encuentro el punto ni como literatura ni como humor o ironía a secas, salvo excepciones. En este post trato de una excepción parcial.]

Mark Twain, decía, tiene un ¿cuento? ¿ensayo breve? escrito en 1880  con el título brillante «Sobre la decadencia del arte de mentir». «On the Decay of the Art of Lying» en el original, es un cuento corto, o ensayo, o algo, cuyo texto original está disponible en Galaxia Gutemberg en este enlace. Imposible no recordar por asociación de ideas el maravilloso, de título y contenido,«El asesinato considerado como una de las bellas artes«, de Thomas De Quincey, 1827, libro, que, por cierto, SÍ merece la pena leer y releer, y si quien esto lea no lo ha leído, de verdad que se ha perdido mucho. El contenido del cuento/ensayo de Twain  lamentablemente no esta la altura del título. No obstante, si «Un bel morir tutta la vita onora», que dicen que decía Petrarca, «Un buen titulo salva incluso hasta un texto infumable», y eso no sé quién lo dice, porque me parece que se me acaba de ocurrir.

Pese a no estar a la altura del título, como digo, el texto de «Sobre la decadencia del arte de mentir» contiene cosas interesantes, cuya lectura sería recomendable a los politicos de la vida politica en España, donde las mentiras como regla, descarada, con desfachatez, incluso en las Cortes, sin consecuencias y amplificadas por los medios de comunicación sin resaltar que son mentiras, se han establecido firmemente. Pero hay mentiras y mentiras, y la mentira como arte no es lo mismo que la mentira a secas.

Veamos al principio:

«Observe, I do not mean to suggest that the custom of lying has suffered any decay or interruption—no, for the Lie, as a Virtue, A Principle, is eternal; the Lie, as a recreation, a solace, a refuge in time of need, the fourth Grace, the tenth Muse, man’s best and surest friend, is immortal, and cannot perish from the earth while this club remains. My complaint simply concerns the decay of the art of lying.»

Sigamos en castellano:

«La mentira es universal.., todos mentimos; todos tenemos que hacerlo. Por tanto, lo sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de manera juiciosa y considerada; a fin de mentir con un buen propósito y no con uno pérfido; a fin de mentir para ventaja de los demás y no para la nuestra; a fin de que nuestras mentiras sean aliviadoras, caritativas y humanitarias, y no crueles, letales o maliciosas; a fin de mentir de manera agradable y graciosa, no torpe y tonta; a fin de mentir con firmeza, franqueza y desfachatez, con la cabeza en alto, sin vacilaciones ni torturas, sin actitudes pusilánimes, como si nos avergonzara el gran deber que tenemos de hacerlo. Sólo así nos desharemos de la verdad hedionda y pestilente que está corroyendo la tierra; sólo así seremos valiosos, buenos y bellos, moradores meritorios de un mundo en el que incluso la naturaleza benigna suele mentir, excepto cuando promete mal tiempo.»
Pues eso.
Verónica del Carpio Fiestas