Amargo es el pan ajeno y duro es bajar por la escalera de otro

La literatura británica del siglo XIX refleja una larga lista de ejemplos de un tristísimo personaje femenino: la desgraciada mujer pobre que vive “protegida” o “acogida” por ricos parientes o amigos ricos de su familia, mangoneada y ninguneada, despreciada y maltratada, sometida a los caprichos despóticos de la familia que la ha acogido, ni criada ni señora, viviendo en las habitaciones pobres de la casa, desclasada, invisible, sin formación ni perspectivas ni futuro y sin más posibilidad que intentar no incurrir en el desagrado de la familia rica y dependiendo de su arbitraria amabilidad; porque la alternativa, en una época en las que las mujeres no contaban ni se les ofrecían vías propias de supervivencia, era morirse de hambre, risible y ridícula, si es vieja, y, si es joven y guapa, encontrar a algún hombre que estuviera dispuesto a casarse con una mujer sin dote, dinero ni posición social, y corriendo el riesgo, claro, de que el objetivo del hombre pudiera no ser el de casarse, sino el de una mera diversión, y de quedar, por tanto, definitivamente fuera de la sociedad.

Por citar solo dos ejemplos muy distintos, encontramos a la pariente pobre en la absolutamente extraordinaria “Mansfield Park“, de la grandísima Jane Austen (1814), donde el tema es central en la extensa novela, o, en otro ámbito literario muy distinto, en la también maravillosa “La piedra lunar“, de Wilkie Collins (1868), obra poco menos que fundacional de la literatura policial como novela extensa más allá de los cuentos precedentes, y donde el personaje es secundario, y con otra perspectiva muy distinta del personaje, satírica y misógina -el autor, por cierto, es varón-. Mejor no voy a citar los casos en los que encima el escritor correspondiente la hace aparecer como una intrigante y manipuladora, porque, sinceramente, tiene tela que quien es víctima social se represente encima como verdugo.

La pariente pobre maltratada no solo aparece en la literatura británica, porque no debió de ser exclusiva esa realidad del ámbito territorial británico. Curiosamente, la mejor descripción breve y explícita de esa situación la he encontrado en un relato del escritor ruso  Alexander Pushkin (1799-1837), ambientado en Rusia; el texto que transcribo procede de la traducción de Julián Juderías.

«En aquel momento entró la Condesa ya vestida.

-Di que enganchen el coche, Lisa, y vamos de paseo.

Lisa se puso a recoger su labor.

-Pero, hija, ¿estás tonta? -exclamó la condesa-. Di que enganchen inmediatamente.

-En seguida -respondió en voz baja la joven.

Y echó a correr hacia la antesala.

Entró un criado y puso en manos de la condesa los libros que enviaba el príncipe Pablo Alejandrovich.

-Lisa, Lisa, ¿adónde vas tan deprisa?

-Voy a vestirme.

-Tienes tiempo, hija. Siéntate aquí. Abre uno de esos libros, léeme en voz alta.

La joven abrió el libro y leyó unas cuantas líneas.

-Más alto -dijo la condesa-. ¿Qué te pasa? ¿No tienes voz? Mira, antes dame el taburete… Así.

Lisa leyó un par de hojas. La Condesa bostezó.

-Tira ese libro -dijo-. ¡Qué simpleza! Devuélveselo  al príncipe Pablo y di que le den las gracias. Pero… ¿y ese coche?

-El coche está enganchado -dijo Isabel Ivanowna mirando por la ventana.

-¿Y por qué no estás vestida ya? -preguntó la Condesa-. Siempre te haces esperar, lo cual es insoportable.

Lisa voló a su cuarto. Apenas habían transcurrido dos minutos cuando la Condesa empezó a llamar con toda su fuerza. Tres criadas acudieron por una puerta y un lacayo por otra.

-¿Qué pasa que no venís cuando se os llama? -exclamó la Condesa-. Id a decirle a Isabel Ivanowna que la estoy esperando.

Isabel Ivanowna entró en aquel instante en traje de calle.

-¿Ya has venido, hija mía? ¡Gracias a Dios! Pero ¿qué te has puesto? ¿A qué viene todo eso? ¿Piensas enamorar a alguien? ¿Qué tal día hace? Parece que hace viento…

-No, señora, no hace viento ninguno -contestó el lacayo.

-Siempre hablas a tontas y a locas. Abre una ventana. ¿Lo ves? Hace viento y viento frío. Que desenganchen el coche. Lisa, no salimos ya; no tenías para qué componerte tanto…

-¡Y decir que mi vida se reduce a esto! -pensó Lisa.

En efecto, Isabel Ivanowna era una criatura desgraciada. Amargo es el pan ajeno -dijo Dante- y duro es bajar por la escalera de otro.

¿Qué amargura de las que proceden de la dependencia de otro, ignoraría una pobre joven protegida por una anciana rica e ilustre? La Condesa no era mala, pero sí caprichosa como mujer, amiga de la sociedad, avara y sumida en el mayor egoísmo, como suele ocurrir con los viejos enamorados de su tiempo y extraños al presente. […] Isabel Ivanowna era un mártir doméstico.

Ella servía el té y escuchaba reprimendas de consumo exagerado de azúcar; ella leía novelas en voz alta y tenía la culpa de cuantos errores había cometido el autor; ella acompañaba a la princesa cuando salía de paseo y era responsable del tiempo y del estado de las calles. Tenía señalada una retribución pecuniaria, pero nunca se la pagaban, sin embargo le exigían que se vistiera como todas, es decir, como pocas. En sociedad desempeñaba el mismo papel. Todos la conocían y ninguno le hacía caso; en los bailes no la sacaban a bailar sino cuando faltaba un vis a vis, y las señoras se cogían de su brazo cuantas veces necesitaban ir al tocador para arreglar algún detalle del vestido. Como tenía amor propio, sentía lo triste de su situación y miraba alrededor suyo esperando con impaciencia que se presentase un libertador; pero los jóvenes, calculadores a pesar de su vanidad juvenil, no le hacían ningún caso, por más que fuera Isabel Ivanowna cien veces más bonita y más agradable que las impertinentes  y desagradables jóvenes en torno de las cuales se movían. ¡Cuántas veces, abandonando la sala aburrida y pomposa, habíase retirado a su pobre alcoba, donde lloraba silenciosamente al lado de los viejos biombos y de antiguas tapicerías, mirando con tristeza la cómoda, el espejo y la cama que constituían su mobiliario a la luz escasa que proyectaba una vela de sebo puesta sobre un candelero de metal!».

“Amargo es el pan ajeno -dijo Dante- y duro es bajar por la escalera de otro”.

Verónica del Carpio Fiestas

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Historias de armaduras vacías que luchan

¿Qué se podría hacer artísticamente con una armadura vacía que se mueve y actúa como una persona y lucha sola?

Si el sugestivo tema lo escoge y desarrolla un escritor español romántico o, mejor dicho, post-romántico- en el siglo XIX español sale “La cruz del diablo“, el relato -o la leyenda- de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), enlace aquí, publicada en 1860-1871. En plan diabólico medieval y esas cosas, y se supone que tiene que dar miedo. Bécquer escribió cuentos mucho mejores; le dan cien vueltas, por ejemplo, “Maese Pérez el organista“, y, en otro estilo, “La venta de los gatos”. ¿Sería quizá  aventurado sostener que en realidad el principal valor de “La cruz del diablo” es que por primera vez una armadura vacía luchadora aparece en una obra literaria española? Ya supongo que sería aventurado, pero no me constan precedentes.

cruz del diablo

leyendas

Si ese mismo tema lo escoge y desarrolla el socarrón, inteligentísimo y muy intelectual escritor italiano del siglo XX Italo Calvino (1923-1985) le sale la ma-ra-vi-llo-sa novela fantástica, humorística, (falsamente) histórica y filosófica “El caballero inexistente” (“Il cavaliere inesistente“, 1959) de la trilogía “Nuestros antepasados” (“I nostre antenati“). Una curiosa coincidencia con Bécquer: también el propio título es paradójico, y paradójico  en el desarrollo que una cruz sea diabólica y que un caballero no exista.

Agilulfo, el caballero medieval perfecto, estricto y eficaz cumplidor de las reglas de la caballería, de la guerra, de la cortesía y hasta del amor (antológico cómo consigue llevar al paraíso de los sentidos a la dama Priscila, a base, por ejemplo, de peinarle y trenzarle el cabello), y que lucha en las cansadas huestes de Carlomagno en una guerra más que ritualizada, solo tiene un defecto: no existe.

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¿Y vos?

El rey había llegado ante un caballero de armadura toda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; aparte de eso era reluciente, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en todas las junturas, adornado el yelmo con un penacho de quién  sabe  qué  raza  oriental  de  gallo,  cambiante  con  todos  los  colores  del  iris.  En  el  escudo  había  dibujado  un  blasón  entre  dos  bordes  de  un  amplio  manto  drapeado,  y  dentro  del  blasón  se  abrían  otros  dos  bordes  de  manto  con  un  blasón  más  pequeño  en  medio,  que  contenía  otro  blasón  con  manto  todavía  más  pequeño. Con  un  dibujo  cada  vez más sutil se representaba una sucesión de mantos que se abrían uno dentro del otro, y en medio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, tan pequeño se volvía el dibujo.

—Y vos ahí, con ese aspecto tan pulcro… —dijo Carlomagno que, cuanto más duraba la guerra, menos respeto por la limpieza conseguía ver en los paladines.

—¡Yo soy —la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta sino la misma chapa de la armadura la que vibrara, y con un leve retumbo de eco— Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez!

—Aaah…  —dijo  Carlomagno,  y  del  labio  inferior,  que  sobresalía,  le  salió  incluso  un  pequeño  trompeteo,  como  diciendo:  «¡Si  tuviera  que  acordarme  del  nombre  de  todos,  estaría  fresco!»  Pero  en  seguida  frunció  el  ceño—.  ¿Y  por  qué  no  alzáis  la  celada  y  mostráis vuestro rostro?

El  caballero  no  hizo  ningún  ademán;  su  diestra  enguantada  con  una  férrea  y  bien  articulada  manopla  se  agarró  más  fuerte  al arzón,  mientras  que  el  otro  brazo,  que  sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío.

—¡Os  hablo  a  vos,  eh,  paladín!  —insistió  Carlomagno—.  ¿Cómo  es  que  no  mostráis  la  cara a vuestro rey?

La voz salió clara de la babera.

—Porque yo no existo, sire.

—¿Qué  es  eso?  —exclamó  el  emperador—. ¡Ahora  tenemos  entre  nosotros  incluso  un  caballero que no existe! Dejadme ver.

Agilulfo pareció vacilar todavía un momento, luego, con mano firme, pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.

—¡Pero…! ¡Lo que hay que ver! —dijo Carlomagno—. ¿Y cómo lo hacéis para prestar servicio, si no existís?

—¡Con fuerza de voluntad —dijo Agilulfo—, y fe en nuestra santa causa!

—Muy bien, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, ¡sois avispado!

Agilulfo  cerraba  la  fila.  El  emperador  había  ya  pasado  revista  a  todos;  dio  vuelta  al  caballo y se alejó hacia las tiendas reales. Era viejo, y procuraba alejar de su mente los asuntos complicados.”

[Inciso. Obsérvese cómo Calvino hace uso sabio del “mise en abyme” en el escudo del caballero inexistente. Quede ese concreto y fascinante tema del “mise en abyme” para otro post. Recuérdenme, por favor, que lo escriba citando sin falta “La vida. Instrucciones de uso” y “El gabinete de un aficionado”, de Georges Perec. Bueno, de todas maneras, por si al final no lo escribo, da igual, que en realidad ya tienen las pistas . Cierro el inciso.]

¿Y si el mismo tema de la armadura vacía luchadora lo escoge la productora Walt Disney para una película infantil en los años 60 del siglo XX? Pues resulta que sale la deliciosa e inimitable película “La bruja novata” (“Bedknobs and Broomsticks“), dirigida por Robert Stevenson y protagonizada por Angela Lansbury; está inspirado en el libro infantil de la autora británica Mary Norton (1903-1992) Bed-Knob and Broomstick“. Da igual la edad que se tenga, siempre merece la pena ver o volver a ver esta encantadora película, llena de escenas antológicas; es en parte un musical y hay además algunas escenas con dibujos animados mezclados con actores reales. No está ambientada en un más o menos fantasioso Medievo, como “La cruz del diablo” y “El caballero inexistente“, sino en plena Segunda Guerra Mundial, en una idealizada pero realista Inglaterra en guerra, con niños refugiados evacuados de Londres por los bombardeos de la aviación nazi y con ancianos militarizados en guardia permanente porque se temía una inminente invasión del ejército nazi que en la realidad también se temía y no llegó a darse. No se equivoque, que esta película tiene bien poco que ver con esas dulzonas películas de Disney sobre princesas o cervatillos, aunque sea grata, divertida, amable y tierna.

bruja 1

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Incluyo en vídeo la escena del resultado del hechizo de la “locomoción sustitutiva” conseguido por la bastante torpe aprendiz de bruja, una excéntrica solterona de pueblo que se ha dedicado a aprender brujería por correspondencia para ayudar al esfuerzo de guerra; las viejas armaduras de un museo, incluyendo armaduras de caballos, se ponen en marcha para luchar contra los temidos invasores nazis alemanes que en la ficción acaban de llegar a la costa en un submarino. La escena es inevitable dado el tema del post; pero que quede claro que es precisamente de las menos antológicas de la película, así que, por favor, que no le disuada de ver la película que no le guste esta escena.

Y ahora disculpe que no siga hablando de armaduras, pero es que me he acordado de la divertidísima y antológica escena del partido de fútbol y se me ha ido el santo al cielo.

Así que acabo el post como empieza Bécquer su cuento:

Que lo crea o no, me importa bien poco.
Mi abuelo se lo narró a mi padre;
mi padre me lo ha referido a mí,
y yo te lo cuento ahora,
siquiera no sea más que por pasar el rato.

Porque si usted es persona adulta tiene que leer “El caballero inexistente“, literatura de la, digamos, segunda fila del siglo XX, sin sentido peyorativo, porque en la primera están, digamos, Proust, Joyce, Borges y Faulkner; y si además hay niños o niñas en su familia no puede privarles de ver “La bruja novata“. A lo mejor hasta le sirve para explicarles que los diablos pueden quizá dar miedo, pero que sin duda puede darlo una invasión nazi, y que si llega el caso, que ojalá no llegue nunca, hay que luchar contra ella hasta haciendo lo posible y lo imposible para que colaboren en la lucha hasta armaduras medievales vacías.

Verónica del Carpio Fiestas

Tres obras sobre epidemias mortales

Tres obras voy a citar muy distintas en las que se describe cómo transcurre, se vive y se sufre una horrible epidemia mortal. Dos obras son autobiográficas y reflejan epidemias reales, una de ellas simultánea a la epidemia y la otra un recuerdo retrospectivo; la tercera obra es de ficción y, como tantas veces sucede, casi diría que es la más impresiona, pese a a ser ficción. Vayamos por orden cronológico.

La primera obra es el “Diario” de Samuel Pepys (1633-1703), funcionario  británico, enlace aquí. Día a día, y a lo largo de largos meses, y entremezclando con otros muchos acontecimientos públicos y de su vida cotidiana, Samuel Pepys vive y describe la evolucion de la llamada “Gran Peste” de 1665 en Londres, y la consiguiente enfermedad y muerte de muchos, muchísimos, según parece la quinta parte de la población de Londres en año y medio, incluyendo conocidos y parientes no muy próximos. Y pese a ello, y a saber que la muerte era poco menos que segura si se contraía la enfermedad, el autor declara que en esa época fue feliz, y no solo porque considere una suerte que él y su familia próxima hayan sobrevivido. Es impresionante la capacidad humana para ser feliz incluso en circunstancias tan adversas. Y hay que tener en cuenta que se trata de un diario, que el autor no podía saber de cierto cuando escribió eso que luego sería publicado, y que por tanto parece razonable que refleje su verdaderos sentimientos.

La segunda obra, “Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid“, publicada en 1880 por el escritor español Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), enlace aquí. En una grave epidemia de cólera morbo en Madrid, en 1834-1835, él mismo cayó enfermo y su propia madre falleció. Aquí el autor dista de recordar aquella época como feliz. Voy a transcribir el capítulo X, enlace aquí, que refleja una época terrible porque, resulta que además, a la vez, había guerra civil, una de tantas del convulso siglo XIX español:

Capítulo X
Cambio de decoración
1834-1835
El Cólera morbo

«Al regresar a Madrid de mi largo viaje por el extranjero, en los primeros días de Mayo de 1834, todo había cambiado de aspecto en el orden político y administrativo del país. Al Gobierno absoluto del último monarca había sucedido el ilustrado y liberal de la REINA GOBERNADORA: esta augusta señora había otorgado, con la fecha de 16 de Abril, el famoso ESTATUTO REAL, disponiendo la convocación de las Cortes del Reino en sus dos estamentos de Próceres y de Procuradores; importantísimo documento, que, firmado por los ministros Martínez de la Rosa, Burgos, Garelli, Zarco del Valle, Aranalde y Vázquez Figueroa, iniciaba una nueva época en la marcha histórica y política del reino. Consecuencia de él eran las radicales reformas emprendidas en la Administración pública, la nueva división del territorio, la creación de los jefes políticos (subdelegados de Fomento), la diversa organización de los tribunales y centros gubernativos, descartados de todos ellos los elementos y formas absolutistas, y la mayor latitud, en fin, dada a las manifestaciones de las ideas por medio de la imprenta y de la disensión.

No hay necesidad de repetir que por mi parte, y dentro de la esfera de mi insignificancia política, veía con placer el giro que tomaban las cosas, y que, deseoso de contribuir con mis débiles fuerzas al desarrollo de la cultura patria -aunque siempre contenido dentro de los límites que me trazaban la prudencia y el amor puramente platónico y desinteresado hacia las reformas útiles- me dispuse a poner desde luego al servicio de mi pueblo natal los estudios y observaciones que había podido hacer en mis viajes a los países extranjeros, sobre las mejoras materiales y la administración de las capitales que había visitado.

Al efecto, y haciendo absoluta abstracción de las circunstancias del momento, dediqueme a ordenar mis apuntes y documentos y a trazar un cuadro comparativo de aquellas extranjeras poblaciones con la nuestra, tan atrasada a la sazón, y que continuaba, poco más o menos, ofreciendo el aspecto con que ya la describí en anteriores artículos de estas MEMORIAS, y muy particularmente en la primera edición, en 1831, de mi Manual; de esta obrilla, en la que (al decir de Larra en uno de sus artículos) «había acertado a sacar la mascarilla del Madrid moribundo y próximo a desaparecer de nuestra vista».

Terminado tenía ya mi concienzudo trabajo, y me disponía a darlo a la estampa en los primeros días del mes de julio de dicho año, cuando un acontecimiento funesto vino, no solamente a impedirlo, sino también a turbar la existencia misma del pueblo madrileño, y muy particularmente la mía propia; y aunque con inmensa repugnancia a ocuparme de aquella terrible catástrofe, especialmente en cuanto dice relación con mi persona, no me es posible prescindir de consagrarla algunas líneas de estas Memorias  retrospectivas, por la íntima relación que guardó entro ambos aspectos, público y privado.

En la noche del 9 ó del 10 de Julio, después de asistir a la tertulia o soirée, que en ciertos días de la semana reunía en su casa, calle de Relatores, el ilustrado jurisconsulto, estadista y consejero Real, D. Vicente González Arnao (el amigo y heredero de los manuscritos de Moratín), salí de ella acompañado de mis amigos Larra, Salas y Quiroga y Bustamante; y siendo la noche en extremo calurosa, y no muy avanzada la hora, entramos a refrescar en el café de San Sebastián, sin tener para nada en cuenta los vagos rumores que ya empezaban a circular de haberse observado algunos casos de cólera morbo asiático; casos que eran desmentidos, y por lo menos desdeñados del público y de los facultativos, fiándose en la notoria salubridad de nuestro clima, que en todos tiempos había resistido a la invasión de las epidemias. -Mas por lo que a mí toca, no sé si por efecto del inoportuno refresco o de la preocupación aprensiva de que me hallaba dominado, es lo cierto que desde aquel mismo momento me sentí indispuesto, y así continué en los días sucesivos, aunque sin darle gran importancia; pero en el día 15, mi médico, que hasta aquí había negado resueltamente la existencia de la enfermedad, vino azorado diciendo que esta se había desarrollado en tan terribles términos, que en aquel mismo día se calculaban hasta el número de mil y quinientos los atacados, con lo cual era general la consternación. -Esta imprudente noticia, disparada que me fue, como suele decirse, a boca de jarro, por el indiscreto facultativo, produjo en mí, como era natural, un recrudecimiento en el progreso del mal; y este subió de todo punto, cuando el funesto día 17 llegué a entender que, desbordada la muchedumbre del pueblo bajo, y no sabiendo a  quién atribuir o achacar la repentina y horrible calamidad que se le echaba encima dio oídos al absurdo rumor, propalado tal vez con aviesa intención, de hallarse envenenadas las fuentes públicas (rumor, sin embargo, que no por lo absurdo dejaba de tener precedentes en Manila y en otros pueblos a la primera aparición de la terrible enfermedad); y en vez de declararse en hostilidad, como en París y San Petersburgo, contra los médicos o los panaderos, hicieron aquí blanco de sus iras a los inocentes religiosos de las órdenes monásticas, y asaltando las turbas feroces los conventos de los jesuitas (San Isidro), de San Francisco, de la Merced y de Santo Tomás, inmolaron sacrílegamente a un centenar casi de aquellas víctimas inocentes.

La noticia de tan horrible catástrofe, difundida por todos los ámbitos de la capital, ayudó tan poderosamente a la plaga desoladora, que, tomando un vuelo indecible, añadió algunos miles a la cifra de la mortandad. -Aunque quisiera, no podría reseñar aquí el espantoso estado de la población en tan críticos momentos, porque aletargado y casi exánime, sólo era sensible a los tiernos cuidados que me dispensaba mi amantísima madre, la cual llevó su abnegación a tal extremo, que al verme materialmente expirar en la noche del 19, hubieron de arrancarla violentamente de mi lado; pero ¿de qué modo? Cuando un ataque fulminante de la terrible enfermedad la hirió súbitamente y acabó en breves horas con su existir. ¡Testimonio sublime de abnegación y de amor maternal, que no puedo menos de consignar aquí, y a cuyo recuerdo (aun a tan larga distancia) siento agolparse a mis ojos lágrimas de ternura!

Pero apartando la vista de tan lastimoso episodio, que empañó los anales de Madrid, sólo diré que, vuelto algún tanto del paroxismo, e ignorando aún la terrible pérdida que acababa de sufrir, pude escuchar con cierto interés, de boca de mi dependiente o administrador D. Jacinto Monje (que volvía de la formación, armado de punta en blanco, con su uniforme de miliciano), la relación de la apertura de las Cortes por la Reina Gobernadora, el día 24, en que, despreciando el inminente peligro, se había trasladado a Madrid desde el Sitio del Pardo para cumplir aquella histórica solemnidad.

Entrado, en fin, en la penosa convalecencia, hube de enterarme de toda la profundidad de mi desgracia, que me había privado de la más tierna de las madres, de muchos amigos, y hasta de casi todos los vecinos de mi casa. Pude, en fin, enterarme de la coincidencia de la horrible plaga, con la recrudescencia de la guerra civil iniciada a la muerte de Fernando; la presencia en Navarra del pretendiente D. Carlos; el encarnizamiento de los partidos políticos, y el descenso considerable de los fondos públicos, en que a mí también me alcanzaba una buena parte de mi fortuna particular.»

La tercera obra es “La peste”, del escritor francés Albert Camus (1913-1960), publicada en 1947, enlace aquí. La fuerza de la Literatura es tan grande que resulta con diferencia, mucho más acongojante que las otras obras, pese a que las otras son de testigos presenciales de epidemias reales y con muertos reales.

Y especial hincapié hace Camus en algo que Pepys y Mesonero Romanos tambien recogen: la reacción del miedo. En la ciudad y época de Pepys, cordones sanitarios y cruces en las puertas para marcar las casas de los apestados; en la ciudad y la época de Mesonero Romanos, el pueblo ignorante busca culpables, y asesina a unos inocentes a quienes, en su ignorancia y en su miedo, considera culpables.

Y en el Orán más o menos ficticio de Albert Camus, con su evidente componente simbólico o alegórico más allá de lo descriptivo, la reacción es la insolidaridad, que va evolucionando a peor, entre la solidaridad heroica de algunos. No es una obra agradable de leer. Y la peste empieza así:

«La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera. En el primer momento no hizo más que apartar hacia un lado el animal y bajar sin preocuparse».
Y también acaba con alegría, como en Samuel Pepys, aunque Camus deje caer que la peste simbólica ahí está, agazapada, y que puede volver en cualquier momento:
«Cuando Rieux llegó a casa de su viejo enfermo, la noche había ya devorado todo el cielo.
Desde la habitación se podía oír el rumor lejano de la libertad y el viejo seguía siempre, con el mismo humor, trasvasando sus garbanzos.
-Hacen bien en divertirse -decía-, se necesita de todo para hacer un mundo. ¿Y su colega, doctor, qué es de él?
El ruido de unas detonaciones llegó hasta ellos, pero éstas eran pacíficas: algunos niños echaban petardos.
-Ha muerto -dijo el doctor, auscultando el pecho cavernoso.
-¡Ah! -dijo el viejo, un poco intimidado.
-De la peste -añadió Rieux.
-Sí -asintió el viejo después de un momento-, los mejores se van. Así es la vida. Pero era un hombre que no sabía lo que quería.
-¿Por qué lo dice usted? -dijo el doctor, guardando el estetoscopio.
-Por nada. No hablaba nunca si no era para decir algo. En fin, a mí me gustaba. Pero la cosa es así. Los otros dicen: “Es la peste, ha habido peste.” Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más.
-Haga usted las inhalaciones regularmente.
-¡Oh!, no tenga usted cuidado. Yo tengo para mucho tiempo, yo los veré morir a todos. Yo soy de los que saben vivir.
Lejanos gritos de alegría le respondieron a lo lejos.
El doctor se detuvo en medio de la habitación.
-¿Le importa a usted que suba un poco a la terraza?
-Nada de eso. ¿Quiere usted verlos desde allá arriba, eh? Haga lo que quiera. Pero son siempre los mismos.
Rieux se dirigió hacia la escalera.
-Dígame, doctor, ¿es cierto que van a levantar un monumento a los muertos de la peste?
-Así dice el periódico. Una estela o una placa.
-Estaba seguro. Habrá discursos.
El viejo reía con una risa ahogada.
-Me parece estar oyéndolos: “Nuestros muertos…”, y después atracarse.
Rieux subió la escalera. El ancho cielo frío centelleaba sobre las casas y junto a las colinas las estrellas destacaban su dureza pedernal. Esta noche no era muy diferente de aquella en que Tarrou y él habían subido a la terraza para olvidar la peste. Pero hoy el mar era más ruidoso al pie de los acantilados. El aire estaba inmóvil y era ligero, descargado del hálito salado que traía el viento tibio del otoño. El rumor de la ciudad llegaba al pie de las terrazas con un ruido de ola. Pero esta noche era la noche de la liberación y no de la rebelión. A lo lejos, una franja rojiza indicaba el sitio de los bulevares y de las plazas iluminadas. En la noche ahora liberada, el deseo bramaba sin frenos y era un rugido lo que llegaba hasta Rieux.
Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard, Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos, muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos. En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.
Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.
Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.»
Verónica del Carpio Fiestas

El buen verano de la lucha colectiva contra los incendios

Cósimo lo puso a hacer cálculos y dibujos y mientras tanto despertó el interés de los propietarios de los bosques privados, los arrendatarios de los bosques comunales, los leñadores, los carboneros. Todos juntos, bajo la dirección del caballero abogado  (o sea, el caballero abogado bajo todos ellos, obligado a dirigirlos y a no distraerse) y con Cósimo que inspeccionaba los trabajos desde lo alto, construyeron reservas de agua de manera que en cualquier lugar donde hubiera estallado un incendio se supiese adónde dirigirse con las bombas.

Pero no bastaba, era menester organizar una guardia de apagadores, unas cuadrillas que en caso de alarma en seguida supiesen disponerse en cadena para pasarse de mano en mano cubos de agua y frenar el incendio antes de que se propagase. Se organizó, pues, una especie de milicia que hacía turnos de guardia e inspecciones nocturnas. Los hombres eran reclutados por Cósimo entre los campesinos y los artesanos de Ombrosa. En seguida, como sucede en toda asociación, nació un espíritu de cuerpo, una competencia entre cuadrillas, y se sentían dispuestos a hacer grandes cosas. También Cósimo sintió una nueva fuerza y contentamiento: había descubierto una aptitud suya para asociar a la gente y ponerse a su cabeza; aptitud de la que, por suerte para él, nunca tuvo tentación de abusar, y que puso en práctica muy pocas veces en su vida, siempre con vistas a conseguir importantes resultados, y siempre reportando éxitos.

Comprendió esto: que las asociaciones hacen al hombre más fuerte y ponen de relieve las mejores dotes de cada persona, y dan una satisfacción que raramente se consigue permaneciendo por cuenta propia: ver cuánta gente honesta y esforzada y capaz hay, por la que vale la pena querer cosas buenas (mientras que viviendo por cuenta propia sucede más bien lo contrario: se ve la otra cara de la gente, aquella por la que es necesario tener siempre la mano en la espalda).

O sea que este de los incendios fue un buen verano: había un problema común que a todos les interesaba resolver, y cada cual lo anteponía a sus otros intereses personales, y le compensaba de todo la satisfacción de hallarse en avenencia y estimación con muchas otras óptimas personas.

Más adelante, Cósimo entendería que cuando ese problema común ya no existe, las asociaciones ya no son tan buenas como antes, y que es mejor ser un hombre solo que no un jefe. Pero entretanto, como era un jefe, se pasaba las noches solo en el bosque, de centinela, sobre un árbol como siempre había vivido.

De “El barón rampante“, “Il barone rampante“, novela de Italo Calvino, publicada en 1957, del ciclo novelístico “Nuestros antepasados”. Edición española por Bruguera, 1982.

Por la selección y transcripción,

Verónica del Carpio Fiestas

No hay por qué convertir las violetas en ponzoña

“A mí me parece que son todos los hombres como yo, flacos, fáciles, con pasiones naturales y aun estrañas. Que con mal sería, si todos los costales fuesen tales. Mas como soy malo, nada juzgo por bueno: tal es mi desventura y de semejantes. Convierto las violetas en ponzoña, pongo en la nieve manchas, maltrato y sobajo con el pensamiento la fresca rosa.

Leo este párrafo de la novela picaresca “Guzmán de Alfarache”, 2ª parte, de Mateo Alemán, enlace aquí, y releo la exquisita frase

“Convierto las violetas en ponzoña, pongo en la nieve manchas, maltrato y sobajo con el pensamiento la fresca rosa.

Cómo me recuerda eso a las redes sociales y a tanta grosería generalizada que para tantos parece inseparable de la fácil irresponsabilidad del fácil anonimato y de la fácil difusión instantánea, por impulso y no meditada de lo que en cada momento pase por la ¿cabeza?forges-y-el-rebuzno

Contra el rebuzno tuitero deliberado o de impulso y con el deseo ferviente de un imposible, un Internet que solo contenga violetas no venenosas, nieve blanca y rosas frescas, y donde las violetas ponzoñosas, la nieve mancillada y las rosas destrozadas solo se encuentren en las novelas picarescas clásicas disponibles gratis en Internet, firma este post,

Verónica del Carpio Fiestas

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Dos carroñas francesas

Compárese el famoso poema de Baudelaire “Una carroña“, de “Las flores del mal“, enlace aquí a una de tantas traducciones, con este fragmento de Flaubert, de la novela “Bouvard y Pécuchet” (traducción de la edición de Tusquets):

Quisieron dar como antes un paseo por el campo; se alejaron mucho, se perdieron. Unas nubecitas se encrespaban en el cielo; el viento mecía las campanillas del avenal; a lo largo de un prado murmuraba un arroyo. De pronto los detuvo un olor infecto y vieron sobre unas piedras, entre las zarzas, la carroña de un perro. Los cuatro miembros estaban resecos. El rictus del hocico descubría, bajo los morros azulados, unos colmillos de marfil; en lugar del vientre, parecía palpitar una masa de color terroso bullente de gusanos. Herida por el sol se agitaba bajo el zumbido de las moscas, en aquel olor intolerable, un olor horrible, como voraz.
Bouvard arrugó la frente y las lágrimas humedecieron sus ojos.
Pécuchet dijo estoicamente:
-¡Un día seremos esto!
Los había sobrecogido la idea de la muerte. A la vuelta hablaron de ella.
Al fin y al cabo, no existe. Uno desaparece en el rocío, en la brisa, en las estrellas. El hombre se convierte en algo de la savia de los árboles, y del brillo de las piedras preciosas, del plumaje de los pájaros. Devuelve a la naturaleza lo prestado y la Nada que nos aguarda no es más espantosa que la que dejamos atrás.
Trataban de imaginarla bajo la forma de una noche cerrada, de un agujero sin fondo, de un desmayo continuo; cualquier cosa era preferible a esta existencia monótona, absurda y sin esperanza“.

¿Qué, le ha impresionado? Pues espere a leer “Una carroña” de Baudelaire.

Y ahora, para desengrasar, que se habrá quedado usted tiritando, dos datos:

1) El fragmento transcrito es una parodia. Los protagonistas son dos idiotas que van agotando sucesivamente todos los campos del saber y soltando tópicos, durante casi 300 páginas. ¿No se habrá tomado usted esto en serio?

2) Baudelaire es el paradigma de poeta maldito y un genio de los de épater al burgués. O sea, alguien con el que convivir debía de ser verdaderamente  muy difícil, y al que le encanta lo oscuro, lo repugnante, lo lúbrico, lo demoníaco y lo escandaloso, que todo eso lo convierte en poesía, por supuesto con bien de alcohol, bohemia y enfermedades de transmisión sexual. No se lo tome a la tremenda tampoco; no haga como los bienpensantes de esa época. Curioso, además ese escándalo, cuando en realidad es de la tradición cristiana eso de imaginar a una mujer muerta para no sentir deseo sexual por ella, minusvalorarla y esas cosillas; es un clásico.

Aquí tiene un fragmento del poema, de una de tantas traducciones:
Recuerda aquel objeto que miramos, alma mía,
Esa mañana estival.
Al doblar un sendero una carroña infame
Sobre un lecho de guijarros,
Despatarrada, como mujer impúdica,
Sudando veneno, ardida,
Abría, de una manera inconmovible y cínica,
Su vientre harto de hediondez.
El sol daba sus rayos sobre esa podredumbre

etcétera, que incluye, como el fragmento de Flaubert, el calor, el olor, los insectos, el seremos eso, que en el caso de Flaubert es “serás” eso, dicho a la amada. Y es que cada cual liga como puede, oiga. Aunque realmente parece que también era un texto irónico; vaya.

Bueno. ¿La carroña de Flaubert es la de un perro? ¿ Y la de Baudelaire? ¿Usted qué opina? Un perro no, porque en el poema sale una perra que ha comido la carroña; vamos, digo yo. Si no fuera infrecuente, supongo, ir dejando vacas muertas por el campo paseable, a mitad del siglo XIX, diría que es una vaca. Será, imagino, reminiscencia de las películas del Oeste.

Y, por terminar. Flaubert publicó “Bouvard y Pécuchet” en 1881, póstumamente; es de suponer que lo escribiría antes de morirse en 1880. “Las flores del mal” se publicó en 1857-68. Vaya, vaya con Flaubert. A ver si nos ha salido plagiario en este memento mori, vanitas y tal.

Verónica del Carpio Fiestas

Una bañera para caso de enfermedad: Bouvard y Pécuchet, de Flaubert

Según algunos, es la historia de dos tontos, que van agotando sucesivamente los campos de la estupidez humana. Ciertamente hay motivos para pensar que es así. Y más aún, para pensar que muchos también somos tontos. Porque quién no se ve reflejado personalmente en esos sucesivos intereses o aficiones, tan reales como la vida misma, aunque, claro, sin el punto de exageración literaria, o sascasmo, o humorismo, disfrazado todo ello encima de realismo, que es aquí el recurso de Gustave Flaubert; y también en los comentarios y razonamientos tontos, banales y tópicos de unos y otros -no solo de los dos protagonistas- que son análogos a los que haríamos cualquiera, incluyéndome, y en este sentido sí que es una obra muy, pero que muy, realista.

Según otros, es una crítica feroz blablablá sobre la insuficiencia de la Ciencia con mayúscula y de la ciencia casera con minúscula, como por ejemplo la ciencia casera (¿o es arte?) de hacer conservas. Pues nada, pues estupendo. Desde luego que Flaubert también debió pegarse una paliza para recopilar, en estilo habitual de realismo hasta en el menor detalle, puesto que contiene un catálogo exhaustivo de cómo estaban la Ciencia y la ciencia en esa época en muy diversas ramas, desde la Geología a la arboricultura, reflejando en cada caso las contradicciones entre autores, con un aspecto de realidad en la recopilación que si no es real, è ben trovato.Ya imagino que quienes saben habrán analizado si Flaubert, en contra de su costumbre de realismo total, se divirtió aquí por una vez intercalando falsos autores y falsas teorías en los largos elencos de autores y teorías serios, ya que se trata de una obra sarcástica.

Y según otros, y eso es interpretación posiblemente más reciente, se trata de una historia  de un amor que no se atreve a decir su nombre; la de una pareja homosexual oculta, incluso quizá para sí misma. Y ello, en una época en la que era impensable expresar públicamente que se era homosexual o que un escritor describiera una relación homosexual, o incluso reconoce que se era homosexual. Así de memoria, la primera relación homosexual que recuerdo descrita como tal quizá sea la de “En busca del tiempo perdido” de Proust, donde en realidad no hay una, sino, al menos, dos, una de homosexualidad masculina y otra de homosexaulidad femenina. Y “Bouvard y Pécuchet” es la vida en común de dos amigos del mismo sexo -uno soltero y el otro viudo- y ya talluditos, que se conocen por casualidad, sienten un deslumbramiento recíproco tan  curiosamente parecido al enamoramiento que es indistinguible del enamoramiento, que se admira recíprocamente y congenian hasta tal punto de que cambia la vida de ambos, que se van a vivir juntos en adelante y juntos invierten en un patrimonio común, lo sacan juntos adelante (o mejor dicho, lo hunden), juntos viajan, juntos se dedican a un ocio activo ruinoso en las más diveras actividades técnicas, culurales y científicas, cada cual se preocupa de la salud del otro y hasta duermen en habitaciones contiguas y unidas. Puede ser sencillamente una historia de amistad, por qué no, por supuesto, y si uno de los amigos declara ser virgen, estando ya en la cincuentena, el otro es viudo y a todas luces les gustan las mujeres y él mismo gusta alguna mujer; aunque también, incluso con esos datos, puede ser otra cosa que entonces no era posible decir como se diría hoy, o que ni siquiera los propios personajes, uno o ambos, se atreven a confesarse a sí mismos. Ni siquiera en esa escena en la que para efectuar uno de tantos experimento científicos fallidos que va describiendo la novela, uno de ellos pesa al otro, estando ese otro completamente desnudo, en una escena en la que interviene la bañera y que en la historia dura horas, cuando la completa desnudez es infrecuente en novelas realistas de la época y no se menciona que el pudor que habría sido de esperar en ese caso.

En cualquier caso, este libro de Flaubert, a veces irritante, nunca aburrido, y que además es posible leer por capítulos, sin que pierda mucha esencia, y que de todas formas está inacabado, puede describirse como la historia de una bañera para caso de enfermedad.

Porque, sí, sale una bañera, aunque no juega un gran papel. Bueno, en realidad, apenas se la menciona más que de pasada. Pero de la existencia de una bañera que ha de trasladarse desde París hasta un pueblecito y que se prevé como única en la casa, y que se prevé para caso de enfermedad, puede deducirse todo un contexto social: cuando la sociedad era otra. Cuando no había agua corriente; cuando la higiene entendida como limpieza personal era para caso de emergencia. Cuando en las ciudades había unas cosas que en los pueblos eran inencontrables.

Y todo un contexto personal: cuando dos personas, además de casa y patrimonio, y actividades de trabajo y de ocio, prevén que van a compartir bañera. Y además la usan en un experimento científico en el que uno está desnudo y no siente pudor por estarlo, en esa época.

Y prefiero mencionar eso, una bañera, que no a esa niña harapienta que trabaja en una granja, que nadie sabe de dónde ha salido y que a nadie importa; y que solo suscita al poderoso del lugar un comentario, encogiéndose de hombros, sobre la inmoralidad de los campesinos;  es decir, sobre las relaciones sexuales extramatrimoniales de los pobres y los hijos ilegítimos abandonados, con lo que ello significa de pobreza general, desprotección de los pobres, terrible situación social de la mujer que se queda embarazada sin estar casada, falta de responsabilidad de quien deja embarazada a una mujer, prohibición en la época de investigar la paternidad, infancia desvalida y doble moral, y de indiferencia ante todo ello. Por cierto, de nada de esto trata el libro; es solo lo que está implícito.

Con esto ya supongo que no estoy animando a nadie a leer este libro. ¿Quizá animaría decir que es un libro que en general es bastante divertido y que además da igual dejarlo en cualquier momento, porque consiste en las sucesivas iniciativas fallidas de experimentos económicos y científicos en sucesivas aficiones culturales, científicas y técnicas de dos personas legas en todos esos temas y que van, sucesivamente, haciendo el tonto, en sucesivos episodios donde de cada vez los personajes se entusiasman con un tema, se estudian todo lo estudiable sobre ese tema, intentan la práctica, discuten con expertos, y fallan, haciendo una y otra vez el ridículo ante sí mismos y ante los demás personajes, y ante los lectores, hasta que pasan a la siguiente afición en la que sucede lo mismo, de cada vez perdiendo dinero?

¿Y que Flaubert está en cualquier lista de “los diez grandes novelistas”? ¿Tampoco?

Verónica del Carpio Fiestas