El reino de los beodos o insuficiencia de las leyes, según Campoamor

Del olvidado y en su día celebérrimo poeta Ramón de Campoamor (1817-1901) es la fábula que a continuación se transcribe. Está en consonancia, por cierto, con aquello de «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira», que es lo único, prácticamente, que se recuerda de él. Y hablando de recordar, esta fábula me recuerda a esas innumerables leyes que se aprueban sin presupuesto para llevarlas a efecto y esas otras leyes que establecen derechos y obligaciones pero no consecuencias de los incumplimientos, las flatus vocis normativas; porque si la ley es red con alguna malla descompuesta, hay leyes que se aprueban sabiendo el legislador que tienen todas las mallas descompuestas, simplemente para decir que hay una red.

“Insuficiencia de las leyes

El reino de los beodos

   Tuvo un reino una vez tantos beodos,
que se puede decir que lo eran todos,
en el cual por ley justa se previno:
      «- Ninguno, cate el vino.»-
      Con júbilo el más, loco
aplaudiose la ley, por costar poco:
acatarla después, ya es otro paso;
pero en fin, es el caso
que la dieron un sesgo muy distinto,
creyendo que vedaba sólo el tinto,
      y del modo más franco
se achisparon después con vino blanco.
Extrañando que el pueblo no la entienda,
el Senado a la ley pone una enmienda,
y a aquello de: «Ninguno cate el vino»,
añadió «blanco», al parecer, con tino.
Respetando la enmienda el populacho,
volvió con vino tinto a estar borracho,
creyendo por instinto ¡mas qué instinto!
que el privado en tal caso no era el tinto.
      Corrido ya el Senado,
en la segunda enmienda, de contado
      «- Ninguno cate el vino,
sea blanco, sea tinto
», -les previno;
y el pueblo, por salir del nuevo atranco,
con vino tinto entonces mezcló el blanco;
hallando otra evasión de esta manera,
pues ni blanco ni tinto entonces era.
   Tercera vez burlado,
«- No es eso, no señor», dijo el ‘Senado;
«o el pueblo es muy zoquete, o muy ladino:
se prohibe mezclar vino con vino».-
Mas ¡cuánto un pueblo rebelado fragua!
¿Creeréis que luego lo mezcló con agua?
Dejando entonces el Senado el puesto,
de este modo al cesar dio un manifiesto:
«La ley es red, en la que siempre se halla
      descompuesta una malla,
por donde el ruin que en su razón no fía,
se evade suspicaz…
»¡Qué bien decía!
      Y en lo demás colijo
que debiera decir, si no lo dijo:
     «Jamás la ley enfrena
al que a su infamia su malicia iguala:
si se ha de obedecer, la mala es buena;
mas si se ha de eludir, la buena es mala.
»”

Verónica del Carpio Fiestas

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Homo ludens: juego, Derecho y proceso judicial

Se va a transcribir un fragmento de una obra clásica escrita en 1938, “Homo ludens”, del ilustre historiador holandés Johan Huizinga (1872-1945). Más allá del “homo sapiens” y del “homo faber”, el hombre como animal que es capaz de pensar y de fabricar, Huizinga, que considera insuficientes esas descripciones convencionales, añade el “homo ludens”, el hombre que es capaz de jugar y que hace del juego la base de la cultura. Uno de los capítulos está dedicado al juego y el Derecho; a ese capítulo corresponde el fragmento. La traducción es de la edición de Alianza, 2004.

“A primera vista la esfera del derecho, de la ley y de la Administración de Justicia parece estar muy apartada de la esfera lúdica. Una santa seriedad y el interés vital del individuo y de la comunidad dominan todo lo que se refiere al derecho y a la justicia. La base etimológica de las palabras que expresan los conceptos de derecho, de lo justo y de la ley se halla sobre todo, en el dominio de establecer, constatar, indicar, reunir mantener, ordenar, acoger, escoger, repartir, ser igual, vincular, estar acostumbrado, estar firme. Conceptos todos bastante opuestos a la esfera semántica en que aparecen las palabras para designar el juego. Pero ya hemos observado, a menudo, que la santidad y la seriedad de una acción en modo alguno excluyen su cualidad lúdica.

Pronto se nos manifiesta la posibilidad de una afinidad entre el derecho y el juego en cuanto observamos que el ejercicio efectivo del derecho, en otras palabras, el proceso jurídico, cualesquiera que sean las bases ideales del derecho, posee en alto grado el carácter de una porfía. La conexión entre competición y la formulación del derecho asomó ya en la descripción del potlatch que Davy trató desde el aspecto histórico-jurídico como el origen de un sistema primitivo de convenio y obligación. La contienda judicial vale entre los griegos como “agón”, como una pugna sometida reglas fijas y que se celebra con formas sagradas y en el cual las dos partes contendientes apelan a la decisión de un árbitro. Está concepción del proceso judicial como contienda no debe ser considerada como un desarrollo posterior, como una transposición conceptual, y mucho menos como una degeneración cual parece hacerlo Ehrenberg. Por el contrario, todo el desarrollo parte de la naturaleza agonal de la contienda jurídica, y este carácter de porfía lo conserva vivo hasta nuestros días.

Quién dice porfía dice también juego. Ya vimos antes que no existe motivo suficiente para sustraer a ninguna competición su carácter lúdico. Lo lúdico y lo agonal, ambos exaltados a la esfera de lo sagrado, que toda comunidad reclama para su administración de justicia, se trasluce todavía hoy en diversas formas de la vida jurídica. La administración de Justicia tiene lugar en una corte. Esa corte es todavía en el pleno sentido de la palabra […] “el círculo sagrado” en que vemos todavía sentados a los jueces en el escudo escudo de Aquiles. Todo lugar en que se pronuncia justicia es un auténtico “temenos”, un lugar sagrado, que ha sido recortado y destacado del mundo habitual. El lugar es cuidado y exorcizado. El tribunal es un auténtico círculo mágico un campo de juego en que se cancela temporalmente la diferencia de rango habitual entre los hombres. En él se es temporalmente inviolable. […] La Cámara de los Lores inglesa es todavía en el fondo una corte de justicia, lo que explica que el “saco de lana” dónde se sientan el lord canciller, que nada tiene que hacer allí, se considere como “technically outside the precints of the house”, “técnicamente fuera del recinto”.

Los jueces se salen de la vida habitual antes de pronunciar sentencia. Se revisten con la toga o se colocan una peluca. ¿Es que se ha estudiado la significación etnológica de todo este aparato de los jueces y los abogados ingleses? A mí me parece que su relación con la moda de pelucas de los siglos XVII y XVIII es secundaria. Propiamente es una supervivencia del viejo distintivo de los juristas inglés, el “coif”, que fue, al principio, un bonete blanco muy ceñido, representado todavía por un pequeño ribete blanco debajo de la peluca. Pero la peluca del juez es algo más que una supervivencia de un viejo uniforme. En su función hay que considerarla como bastante cercana a las danzas de máscaras de los pueblos primitivos. Convierte a quien lo lleva en “otro ser”. El pueblo inglés, en su veneración por la tradición, que le es tan característica, ha conservado en su vida jurídica otros rasgos muy antiguos. El elemento deportivo y de humor que lucen los procedimientos judiciales con tanta fuerza pertenece a los rasgos fundamentales de la vida jurídica en general. Es cierto que tampoco está ausente por completo este rasgo en la conciencia popular de otros países. “Be a good sport”, solía decir el contrabandista de alcohol en los días en que la prohibición norteamericana el funcionario de aduanas que quería levantar un acta del caso.

Un antiguo juez me escribía en una ocasión: “El estilo y el contenido de nuestros protocolos revelan con qué entusiasmo deportivo nuestros abogados se disparan recíprocamente con argumentos y réplicas y con mucha sofistería. Su estado de espíritu me ha hecho recordar, a veces, el portavoz de un proceso “Adat” javanés que, a cada nuevo argumento, hunde un palito en la tierra y procura ganar la contienda por el mayor número de palos.”

Aparte de lo interesante y valioso del fragmento, del capítulo y del libro, obra clásica como he dicho, se me ocurre una pregunta que quizá sería impensable en países donde la Administración de Justicia sea muy distinta a la de España. Me pregunto qué argumentación antropológica e histórica habría desarrollado Huizinga y a qué conclusiones habría llegado si hubiera tenido oportunidad de ver los juzgados españoles, de cutre concepción arquitectónica y en permanente estado de lamentable conservación, y en las que no es ya que el carácter escogido de las instalaciones brille por su ausencia, sino que lo que de verdad brilla es la crónica falta de atención y el desprecio por parte del Estado a una función que Huizinga considera lúdica y sagrada; no sé qué habría dicho Huizinga si hubiera visto juzgados en edificios del nivel de ínfima oficina municipal, con goteras y hasta en barracones, donde el elemento humorístico y deportivo solo existe si es en relación con saltar charcos de goteras en el suelo. Solo de pensarlo no sé ni reír si reír o llorar.

Verónica del Carpio Fiestas

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Los estantes vacíos de los libros que no escribieron las mujeres

Pero, para la mujer, pensé mirando los estantes vacíos, estas dificultades eran infinitamente más terribles. Para empezar, tener una habitación propia, ya  no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles. Ya que sus alfileres, que dependían de la buena voluntad de su padre, solo le alcanzaban para el vestir, estaba privada de pequeños alicientes al alcance hasta de hombres pobres como Keats, Tennyson o Carlyle: una gira a pie, un viajecito a Francia o un alojamiento independiente que, por miserable que fuera, les protegía de las exigencias y tiranías de su familia. Estas dificultades materiales eran enormes; peores aún eran las inmateriales. La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difícil de soportar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad. El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: «Escribe si quieres; a mí no me importa nada.» El mundo le decía con una risotada: «¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?»

Esto es un fragmento de “Una habitación propia“, Virginia Woolf, 1929, enlace aquí. A continuación transcribo un fragmento de “La regenta“, de Leopoldo Alas “Clarín”, novela de 1885-1885, enlace aquí; estamos en el capítulo 5, donde se describen los primeros años de la vida de Ana Ozores, huérfana, que se ha ido a vivir con las hermanas de su padre, en la no tan imaginaria ciudad de Vetusta.

Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se le había cortado de raíz.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un rewólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas solteronas. «¡Una Ozores literata!».

-«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su célebre carta».

El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la aristocracia y del cabildo.

El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido, declaró que los versos eran libres.

Doña Anuncia se volvía loca de ira.

-¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina…
-No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido por una poetisa traductora de folletines.

El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.

-Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan, aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría ella lo que era el mundo! En cuanto a la sobrinita, era indudable que había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y recordaba unas Aventuras de una cortesana, que había ella proyectado allá en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en Ana, aprovecharon este flaco para ponerla en berlina delante de los hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién -pero se creía que Obdulia- había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los jóvenes desairados Jorge Sandio.

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas. Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera descubierto.

-En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir -decía el baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

-¿Y quién se casa con una literata? -decía Vegallana sin mala intención-. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que yo.

La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!» -pensaba satisfecha de lo pasado.

-Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones -añadía el afeminado baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:
-Pues hijo mío, serán ustedes un matrimonio sans-culotte.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la opinión: la literata era un absurdo viviente.

-«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no escribiría más».

Las anasozores habrían escrito libros regulares o hasta malos; exactamente igual que los que escriben los juanozores, porque muy  pocos nacen cervantes o shakespeares y la morralla literaria es la regla.  Y entre la inabarcable morralla de los muchos libros regulares o malos que las innumerables anaozores habrían podido escribir de haber podido hacerlo en igualdad de condiciones con los juanozores, habrían surgido los libros de la Judith Shakespeare imaginada por Virginia Woolf, o de una María Cervantes, al igual que entre la morralla inabarcable de los muchos libros de los innumerables juanozores que sí escribieron tenemos los libros de un William Shakespeare.

Pero ahí estan los estantes vacíos de los libros que pudieron haber escrito unas geniales Judith Shakespeare y María Cervantes y no pudieron escribirlos.

Virginia Woolf

Verónica del Carpio Fiestas

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Cosas por las que merece la pena vivir

‘Death is a great price to pay for a red rose,’ cried the Nightingale, ‘and Life is very dear to all. It is pleasant to sit in the green wood, and to watch the Sun in his chariot of gold, and the Moon in her chariot of pearl. Sweet is the scent of the hawthorn, and sweet are the bluebells that hide in the valley, and the heather that blows on the hill. Yet Love is better than Life, and what is the heart of a bird compared to the heart of a man?

La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor- y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Dulce es el olor de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

“El ruiseñor y la rosa”, cuento de Oscar Wilde, de 1888; enlace a texto completo de cuento en inglés aquí y a una traducción al castellano aquí. Esto lo dice el ruiseñor cuando decide voluntaria y calladamente sacrificar su vida por lo más importante del mundo, el amor, para conseguir con el precio de su música y de la sangre de su corazón que de un rosal pueda crecer  una rosa roja que sirva para que un estudiante enamorado pueda bailar con su caprichosa amada en el baile, porque la amada ha puesto como condición para aceptar bailar con el estudiante que le entregue una rosa roja. El ruiseñor muere y la rosa roja nace y es muy hermosa y el estudiante no sabe nada del sacrificio del ruiseñor. Y la amada se niega a bailar con el estudiante, pese a ofrecerle la rosa, porque el vestido que va a llevar no pega con el color y porque, además, el sobrino del chambelán le ha regalado joyas de verdad y todo el mundo sabe que las joyas cuestan mucho más que las flores. El estudiante, enrabietado y desilusionado del amor, vuelve a su libro de Metafísica y tira la rosa a la calle y la destroza un carro que pasa por encima.

Bastante distinto es el monólogo de por qué merece la pena vivir, de Woody Allen, en “Manhattan”, película de 1979. En enumeración: Groucho Marx, un jugador de béisbol llamado Willie Mays (jugador de tenis, Jimmy Connors, en la versión doblada española), el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter de Mozart, una grabación concreta del trompetista Louis Armstrong -o sea, jazz, probablemente de los años 20 del siglo XX-, películas suecas (es de suponer que se refiere a Bergman, tan admirado por Woody Allen), “La educación sentimental” de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, las peras y manzanas de Cézanne, las gambas de tal restaurante con nombre de señor y el rostro de Tracy, la chica de 17 años de la que se ha enamorado el personaje cuarentón que interpreta Woody Allen.

Incluyo enlace a esta monólogo la versión en inglés y a la doblada en castellano.

Comparo ambos párrafos de contenido tan filosófico y pienso que muchos podríamos compartir el planteamiento del ruiseñor de Oscar Wilde y quizá también, al menos en parte, el de Woody Allen, aunque no a todos nos guste el béisbol, el jazz o Marlon Brando.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar que prefiero lo que dice el ruiseñor que se sacrifica inútilmente por un amor ilusorio y que habla de que lo merece la pena en la vida son los bosques verdeantes y los colores del sol y de la luna y el  aroma de hierbas y la  belleza de flores ocultas y humildes, más que  lo que describe Woody Allen; ese mundo urbano sin naturaleza y en el que solo existen las creaciones humanas, sean artísticas, deportivas o gastronómicas y donde solo se mira lo que se tiene delante a la altura de de los ojos y nunca se mira ni hacia arriba donde están la luna y el sol ni hacia abajo donde están las flores. Un mundo, además, solo y exclusivamente de varones que son grandes deportistas, componen inmortales sinfonías, tocan la trompeta magistralmente, dirigen películas de primer nivel, son grandes actores, escriben obras maestras sobre el amor, cantan canciones de amor a las mujeres, pintan pintura impresionista y hasta aparecen en el nombre de un restaurante, un mundo, en definitiva, donde no existen mujeres artistas, actrices ni cocineras ni nada y donde solo hay mujeres, y solo desde un punto de vista amoroso, siendo cuarentones, en la cara de una chica de diecisiete años.

Incluir en un post fotos de maravillosos bosques verdeantes y soles y lunas y flores es inútil, hay tantos en internet, y además es difícil que ninguna foto pueda transmitir en su plenitud la belleza de la naturaleza y además internet aún no permite que captemos el delicado aroma de las flores y las hierbas ni la sensación de la brisa en el campo en la cara. Sí puedo poner unas modestas fotos mías de flores y hojas, no por cómo son, sino por lo que puedan recordar, y algo muchísimo mejor, unos soles, unas lunas y unas estrellas de unos manuscritos antiguos.

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estrellas

Beato de Liébana

SOL Y LUNA ARUNDEL

BL Arundel MS 501

sol naples

Manchester, John Rylands University Library, Latin MS 53, fol. 58v

Pero lo que sí puedo poner es a un Groucho Marx desatado y absolutamente maravilloso cantando “I´m against it”, que se opone a todo y que está contra todo, sea lo que sea, da igual.  Imposible ver este vídeo y no pensar que Woody Allen, al menos en esto, sí tenía toda la razón.

Verónica del Carpio Fiestas

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Imposible e improbable

«Una vieja máxima mía dice que cuando has eliminado lo imposible lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad.»

«It is an old maxim of mine that when you have excluded the impossible, whatever remains, however improbable, must be the truth.»

Palabras de Sherlock Holmes en el cuento «La diadema de berilos», de Sir Arthur Conan Doyle.

Verónica del Carpio Fiestas

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La juventud de hoy en día se comunica de forma muy extraña, viste muy raro y no tiene valores

La que escribe el párrafo que voy a transcribir es un personaje de la novela “No se lo digas a Alfred”, una mujer de cuarenta y cinco años, británica, casada con un catedrático y diplomático, y con hijos adolescentes y veinteañeros. Basil es uno de sus hijos.

Había quedado con Basil unos días antes, por teléfono; como todos los chicos, Basil era incapaz de leer o escribir una carta. Estaba más preocupada por él que de costumbre. La última vez que había venido a Oxford, su atuendo era del estilo de los teddies, los roqueros de los años cincuenta, y el pelo, que llevaba peinado (o más bien estirado) por encima d ela frente y con una melena corta en la parte de atrás, le daba un aspecto especialmente horrible. Sin duda seguía la moda y eso no era en sí mismo un motivo de alarma. Pero, cuando se quedó a solas conmigo, me habló de su futuro, me dijo que la perspectiva del Ministerio de Asuntos Exteriores le aburría y que pensaba que podía sacar más provecho de su talento para las lenguas dedicándose a alguna otra carrera. La siniestra frase «hacer dinero rápido» fue pronunciada“.

Y “No se lo digas a Alfred” es una novela de la aristocrática y brillantísima escritora británica Nancy Mitfod. La novela se publicó en 1960, está ambientada en los años anteriores y pertenece a su ciclo novelístico compuesto en cuatro novelas chispeantes, inteligentes, divertidas, de aparente, y quizá real, superficialidad, “Amor en clima frío”, “A la caza de amor”, “La bendición” y “No se lo digas a Alfred”, que abarcan la descripción de una época y una sociedad desde aproximadamente 1930 a 1960. No dude en leerlas. Es difícil encontrar lectura más grata que refleje la alta sociedad inglesa más excéntrica, conocida desde dentro, y en tiempos que abarcan varias décadas de paz y guerra en el siglo XX; podemos, claro, pensar también en el grandísimo Wodehouse, que consigue lo mismo que Nancy Mitford, hacer humanos y divertidos, y hasta simpáticos y tiernos, con su punto de ridiculez, a los estirados miembros de la ociosa clase alta británica, aunque es otro estilo Wodehouse, mucho más “humorístico” y divertido hasta la carcajada, incomparablemente más superficial, muchísimo menos realista y desde luego menos “literatura” y, además, temporalmente sería la generación anterior. Y no hay tristeza ni dolor ni muerte ni Historia ni emociones profundas en Wodehouse; sí los hay en Nancy Mitford. Desde mi modesto punto de vista, Wodehouse es mucho mejor, incomparable en su estilo, pero si se anima a leer a Mitford, empiece por “Amor en clima frío”.

A todo esto, y releyendo el párrafo transcrito, imposible no acordarse de Mafalda.

mafalda

E imposible no acordarse de quienes casi sesenta años después de que Nancy Mitford publicara esto se escandalizan porque los jóvenes de ahora se comunican de forma muy rara, no tienen valores y se visten de forma muy rara.

Por cierto, la juventud de hoy en día ha vuelto de nuevo a la comunicación escrita, que era lo que usaba la madre de Basil, y lo prefiere a la voz por el teléfono, que era lo moderno en 1960…

Modernos, los antiguos, que decía también Mafalda.

Y como los antiguos son también modernos, voy a transcribir un párrafo de “A la caza del amor”, novela de 1945:

A principios de 1939, la población de Cataluña atravesó los Pirineos e inundó el Rosellón, una provincia de Francia pobre y poco conocida que se encontró de improviso, en cuestión de días, habitada por más españoles que franceses. Igual que los lemmings se arrojan de repente por las costas de Noruega en un suicidio en masa, sin saber de dónde vienen y adónde van, tan grande es el impulso que los empuja hacia el Atlántico, medio millón de hombres, mujeres y niños huyeron de repente, adentrándose en las montañas y arrojándose a las inclemencias del tiempo, sin pararse siquiera a pensar. Fue el mayor desplazamiento de población en un tiempo tan corto que se había visto hasta la fecha. Sin embargo, al atravesar las montañas no encontraron la tierra prometida: el gobierno francés, con sus directrices vacilantes, no los obligó a volver sobre sus pasos apuntándolos  con metralletas en la frontera, pero tampoco los recibió como compañeros de armas contra el fascismo. Los llevó como una camada de animales hasta las inhóspitas marismas de la costa, los encerró tras una cerca de alambre de espino y se olvidó de ellos“.

Verónica del Carpio Fiestas

Levas

Desde el final de la guerra con las colonias norteamericanas, la armada no había tenido excesivas necesidades de tripulantes; y los fondos que el gobierno destinaba a ese propósito disminuían con cada año de paz. En 1793 esos fondos llegaron a su mínimo en muchos años. En 1793, los sucesos ocurridos en Francia habían puesto a Europa en pie de guerra, y los ingleses vivían un frenético sentimiento antifrancés, que la Corona y sus ministros procuraban, por todos los medios, convertir en algo más eficaz que palabras. Teníamos barcos, pero ¿dónde estaban nuestros hombres? El Almirantazgo, no obstante, tenía un fácil remedio a su disposición, cuyo uso contaba con abundante precedentes y una ley consuetudinaria (si no escrita) que sancionaba su aplicación. Publicaban ‘órdenes de reclutamiento’ en las que apelaban a los poderes civiles de todo el país para que apoyaran a sus oficiales en el cumplimiento de su deber. La costa se dividía en distritos, cada uno bajo la responsabilidad de un capitán de navío, que, a su vez delegaba subdistritos a sus tenientes; y de este modo se vigilaba y aguardaba la llegada de todos los barcos que regresaban a casa, y todos los puertos estaban sometidos a inspección; y en un día, si hacía falta, una enorme cantidas de hombres pasaba a formar parte de las fuerzas navales de Su Majestad. Pero si el Almirantazgo apremiaba en sus exigencias, también estaban dispuestos a dejar de lado todo escrúpulo. Los hombres de tierra, si el físico les acompaña, no tardan en convertirse en buenos marineros con el adiestramiento adecuado; y una vez en la bodega de la gabarra, que siempre aguardaba el éxito de las operaciones de la patrulla de leva, a esos prisioneros les resultaba difícil demostrar cuál había sido su ocupación anterior, sobre todo cuando nadie tenía tiempo para escuchar sus razones, ni estaba dispuesto a creerlas si las escuchaba, ni haría nada para librerar al cautivo en caso de que las escuchara y las creyera. Los hombres eran secuestrados, literalmente desaparecían, y jamás volvía a saberse de ellos. Las calles de una concurrida ciudad no estaban a salvo de la actuación de esas patrullas, como podría haber relatado Lord Thurlow, después de un paseo que dio en esas fechas por Tower Hill, cuando él, el fiscal general de Inglaterra, sufrió en sus propias carnes la peculiar manera que tenía el Almirantazgo de librarse de todas esas fastidiosas personas que hacían ruegos y peticiones. Tampoco los habitantes de tierra adentro vivían más seguros; muchos habitantes de los pueblos se iban a la contrata de peones y jamás volvían a casa a contar cómo les había ido; muchos campesinos robustos y jóvenes desaparecían del hogar paterno, y ni madre ni enamorada volvían a saber de ellos; tan grande era la necesidad de hombres que sirvieran en la armada durante los primeros años de la guerra con Francia, y después de cada gran victoria naval en esa guerra.

Los funcionarios del Almirantazgo iban a acecho de buques mercantes; hay muchos ejemplos de navíos que volvían a casa tras una larga ausencia, con una rica carga, y que fueron abordados a un día de distancia de tierra, y se llevaron a tantos hombres que el barco, con su cargamento, quedó ingobernable a causa de la pérdida de la tripulación, y fue a la deriva por el ancho y bravío océano, o quedó al mando incompetente de dos marineros enfermos e ignorantes; otras veces dichas naves simplemente desaparecían para siempre. Los hombres así reclutados eran arrancados de la proximidad de sus parientes o esposas, y a menudo privados de las arduas ganancias de años, que quedaban en poder de los capitanes de los buques mercantes en los que habían servido, al azar de la honestidad o la deshonestidad, la vida o la muerte. Ahora bien, toda esta tiranía (pues no puedo usar otra palabra) nos resulta inconcebible; no podemos imaginar cómo es posible que una nación se sometiera a ella durante tanto tiempo, ni siquiera bajo el entusiasmo bélico, o el pánico de una invasión, o cualquier leal sumisión a los poderes regentes. Cuando leemos que los militares solicitaban ayuda a los poderes civiles para que respaldaran a las patrullas de leva, que había pelotones de soldados vigilando las calles, y centinelas con bayonetas caladas en todas las puertas mientras las patrullas de leva entraban y registraban todos los agujeros y rincones de una casa; cuando nos cuentan que las tropas rodeaban las iglesias durante el servicio, mientras las patrullas se quedaban en la puerta para apresar a los hombres que salían del tempo, y los tomamos como ejemplos de lo que ocurría constantemente bajo distintas formas, no hemos de extrañarnos de que los alcaldes, y otras autoridades cívicas de las grandes ciudades, se quejaran de que había que poner fin a todo ello a causa del peligro que corrían los comerciantes y sus criados cada vez que se adentraban en las calles, infestadas de patrullas de leva.

Este texto es de la escritora británica Elizabeth Gaskell, una de las grandes novelistas británicas del siglo XIX, realista, y pertenece a la novela “Los amores de Sylvia”, publicada en 1863. Siendo una novelista realista, es de suponer que la descripción de la leva será fidedigna.

A la vista de este texto, me pregunto sobre la batalla de Trafalgar en 1805.

Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber“,  la frase mítica de Lord Nelson, ¿se dirigió quizá a hombres secuestrados de sus casas, a marineros que lo eran a la fuerza y arrancados de sus pueblos a las puertas de las iglesias al salir del servicio religioso y que se habían visto forzados a dejar a su familia en la miseria a su pesar, con lo que los propios ingleses consideraban una tiranía inaceptable? Y, si es así, que sería interesante saberlo, ¿esos hombres aun así cumplían con su deber, incluso con heroísmo, y ganaban batallas?

¿Y es posible releer “Trafalgar“, de Benito Pérez Galdós, con los mismos ojos tras leer este texto? Pues releamos, porque ahí también hay levas:

– Glorioso, sí- contestó Malespina Pero ¿quién asegura que sea afortunado? Los marinos se forjan ilusiones, y, quizá por estar demasiado cerca, no conocen la inferioridad de nuestro armamento frente al de los ingleses. Éstos, además de una soberbia artillería, tienen todo lo necesario para reponer prontamente sus averías. No digamos nada en cuanto al personal: el de nuestros enemigos es inmejorable, compuesto todo de viejos y muy expertos marinos, mientras que muchos de los navíos españoles están tripulados en gran parte por gente de leva, siempre holgazana y que apenas sabe el oficio; el Cuerpo de infantería tampoco es un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de tierra, muy valerosa, sin duda, pero que se marea.

Vaya.

Verónica del Carpio Fiestas