Joseph Conrad, escritor sobre España

Que a Joseph Conrad, a quien convencionalmente se podría describir como autor polaco-británico (1857-1924) que escribía en inglés, se le ocurriera tomar como tema España no es algo que de primeras podría parecer muy probable. Aunque, bien mirado, un escritor tan viajero y que tanto recorrió los mares y que escribió sobre tantas y distantes tierras por qué no iba a poner su mirada también sobre esa exótica y agitada España de tanta costa y en la que británicos y polacos se dejaron la piel en la Guerra de la Independencia española (la «guerra peninsular» de los británicos) y cuando, además, según parece, él mismo estuvo en España y puede haber algún trasfondo autobiográfico. Es curioso que las dos únicas obras de Conrad situadas en España o de ambiente español (o las dos únicas que conozco) tengan contexto de guerra: «La Flecha de Oro» y «La posada de las dos brujas». La «La Flecha de oro»The Arrow of Gold», 1919) es una interesantísima, novela de aventuras sobre contrabando de armas en las guerras carlistas (y, por cierto, hay quien dice que el propio Conrad participó en contrabando de armas en favor de los carlistas) y «La posada de las dos brujas» («The inn of the two witches», 1915, dentro de la recopilación de cuentos «Within the Tides») un relato o cuento largo que podría inscribirse en el género de terror. Voy a centrarme en el cuento, en el que Conrad utilizó la añeja técnica del manuscrito encontrado (el autor lo llama “el Hallazgo“) y ambientada en 1813, en la guerra de la Independencia, en un lugarejo no precisado de Asturias; no en la costa vasca como dicen algunas reseñas que hay por internet, escritas por quienes no parecen haber leído bien la obra.

El texto en inglés del cuento puede encontrarse en Wikisource y en Gutemberg; en castellano, en varias colecciones de relatos. Y aunque se supone que es una obra de terror, para un lector español o hispanohablante que lea la obra, en especial si la lee en inglés, puede ser difícil que no se escape una sonrisa. No deja de tener su gracia que Conrad, al igual que en sus obras sobre los exóticos mares del Sur o en lo profundo del África misteriosa, también en «La posada de las dos brujas» intercale palabras o expresiones en el idioma aborigen que, en este caso, resulta ser el castellano, y sin rastro de bable, por cierto. Señor (“senor“, con ene, en algunas versiones en ingles), Misericordia, posada, guerrillero, quién sabe (sin tilde), político (también sin tilde), defunta (con e), caballero, novio, macho (en el sentido de mulo), ladrones e incluso ladrones en grande (sic) y Vaya usted con Dios y un maravilloso Buenos noches, senorita con ene, más una Erminia sin hache, una Lucilla con las dos eles y un Gonzales con ese y sin tilde.

Además de esos rústicos asturianos cuya descripción física acaso sea un poquito irritante por la repetición de fealdad y deformidad física (mujeres horribles y grotescas en su decrepitud, un personaje descrito como humúnculo, un tuerto), aparece esa figura al parecer estrictamente indispensable en todo relato ambientado en cualquier lugar de la pintoresca España en el siglo XIX: una joven gitana, que, por cierto, se viste con una falda corta. ¿Cómo sería una “falda corta” para la imaginación de uno que escribe en 1913 y ambientando su relato un siglo antes? La de la falda corta, claro, es figura tan demoníaca como las dos “brujas” viejas pero del otro estilo: hermosa, o cuanto menos joven, de obvio atractivo sexual y destructora; la misoginia del relato es de las más clásicas.

He dicho que es curioso que las dos obras de Conrad situadas en España están ambientadas en época de guerra; sería temerario extraer conclusiones sin certeza de que si en efecto son las dos únicas obras, pero, en realidad, tampoco es tan curioso. Cuando se habla de la Guerra Civil Española como si solo hubiera habido una en toda la Historia de España se olvida, soslaya o desconoce que ya solo en el siglo XIX, hubo una extensa lista de feroces guerras, y varias fueron civiles. No es sorprendente que quien quisiera escribir sobre España escogiera esos momentos; hubo muchos y, además, para un escritor del estilo de Conrad, tan inclinado a describir la tragedia del mundo, seguramente sería más interesante.

Verónica del Carpio Fiestas

El silencio y el canto de las sirenas

El canto de las sirenas es peligroso ya se sabe. Pero ¿y su silencio? De T.S. Elliot a Franz Kafka.

Empecemos por T. S. Elliot (1898-1965):

I have heard the mermaids singing, each to each.
I do not think that they will sing to me
.”

[“He oído cantar a las sirenas, pero no creo que canten para mí” (traducción libre)]

Son dos versos del impresionante poema de T.S. Elliot “The Love Song of J. Alfred Prufrock“, texto completo en el original inglés aquí y una traducción al castellano aquí.

Y vayamos a Kafka (1888-1924), al cuento póstumo “El silencio de las sirenas“, del que se transcribe a continuación un párrafo (texto completo en castellano del cuento, en este enlace):

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio“.

Verónica del Carpio Fiestas

Cigüeña en gallinero

¡Huy, cómo llovía en la calle! Hjalmar podía oír la lluvia en su sueño y cuando Ole Cierraojos abrió una ventana, el agua llegaba al alfeizar. Era un verdadero mar lo que había fuera, pero el barco más espléndido estaba junto a la casa.

-¿Te vienes al mar, pequeño Hjalmar? -dijo Ole Cierraojos-. Así podrás viajar esta noche por el extranjero y estar mañana de vuelta.

Y en un instante se encontró Hjalmar con su traje de domingo a bordo del magnífico barco, y al momento se apaciguó el tiempo y navegaron a través de las calles, bordearon la iglesia hasta que se encontraron en alta mar. Navegaron tanto tiempo que perdieron toda vista de tierra y vieron una bandada de cigüeñas, que e marchaban también del país en busca de tierras cálidas; volaban una detrás de otra y ya habían volado muchísimo. Una de ellas estaba tan cansada que sus alas casi no podían ya tenerla, era la última de la fila y pronto quedo muy atrás, hasta que al fin se fue hundiendo cada vez más con las alas extendidas, dio un par de aletazos, pero sin resultado, rozó con sus patas los aparejos de la nave, resbaló por una vela y ¡pum! cayó sobre la cubierta.

Entonces el grumete la cogió y la metió en el gallinero, entre gallinas, patos y pavos. La pobre cigüeña se encontró muy avergonzada entre ellos.

-¡Vaya tipo! -dijeron las gallinas.

Y el pavo se infló tanto como pudo y preguntó quién era, y los patos se echaron hacia atrás, empujándose unos a otros:

-¡Grazna, grazna!

Y la cigüeña habló de la cálida África, de las pirámides y del avestruz, que corre como un caballo salvaje por el desierto. Pero los patos no entendían lo que decía y se empujaban unos a otros:

-¿Estáis de acuerdo en que es tonta?

-¡Claro que es tonta! -dijo el pavo haciendo glu-glu.

La cigüeña se quedó callada, pensando en su África.

-¡Vaya preciosidad de patas delgadas que tiene usted! -dijo el pavo- ¿Cuánto cuesta el metro?

-¡Cuá, cuá, cuá -rieron todos los patos, pero la cigüeña hizo como si no lo hubiera oído.

-¡Ríase también -le dijo el pavo-, que ha tenido mucha gracia! O quizá le resulta demasiado vulgar, ¡ak, ak! ¡Qué poco sentido del humor! Tendremos que seguir diviertiéndonos nosotros solos -y las gallinas cloquearon y los patos graznaron, ¡cuá, cuá, cuá! Era terrible lo divertido que lo encontraban.

Pero Hjalmar fue al gallinero, abrió la puerta, llamó a la cigüeña, que saltó a la cubierta junto a él. Había ya descansado y parecía que se inclinaba ante Hjalmar para agradecérselo. Después abrió sus alas y voló hacia las tierras cálidas, pero las gallinas cloquearon, los patos graznaron y al pavo se le subió la sangre a la cabeza.

-Mañana haremos sopa contigo -dijo Hjalmar, que se despertó y se encontró en su camita. Había sido, sin embargo, una travesía maravillosa la que Ole Cierraojos le había proporcionado aquella noche.

Fragmento del cuento “Ole Cierraojos“, de Hans Christian Andersen.

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

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Que se dice en este cuento de Gogol que la mujer fea no inspira respeto al hombre salvo que sea veinte veces más inteligente que el hombre

El teniente Pirogov decidió no abandonar la partida, aunque la alemana le había opuesto resuelta resistencia. No concebía que pudiera rechazarlo ninguna mujer, ya que su amabilidad y su graduación lo hacían plenamente merecedor de toda clase de atenciones. También debemos hacer constar que la esposa de Schiller era tonta de capirote, a pesar de lo bonita que era. Aunque, por otra parte, la tontería le presta un encanto especial a una esposa bonita. En todo caso, yo he tratado a un buen número de maridos que están encantados con la bobería de sus esposas, viendo en ella una prueba de ingenuidad infantil. La belleza hace verdaderos milagros. En una mujer hermosa los defectos no nos repelen, sino que ejercen una extraordinaria atracción sobre nosotros. Incluso el vicio es un encanto en ellas. Pero que una mujer carezca de belleza y habrá de ser veinte veces más inteligente que el hombre para inspirarle al menos respeto, ya que no amor.

Fragmento del cuento “La avenida del Nevá“, del escritor ruso Nicolai V. Gogol (1809-1852).

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

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¿Qué es exactamente la Ambrosía Plus?

“Es una mera cuestión de honradez, señor presidente, el advertirle que gran parte de mi testimonio va a ser sumamente desagradable; implica aspectos de la naturaleza humana que muy rara vez han sido discutidos en público, y menos ante una comisión del Congreso. Pero me temo que no tienen más remedio que afrontarlo; hay momentos en que debemos rasgar el velo de la hipocresía, y este es uno de ellos.

Ustedes y yo, señores, descendemos de una larga estirpe de carnívoros. Veo por sus expresiones que muchos de ustedes desconocen el término. Bueno, no es de extrañar; pertenece a una lengua que cayó en desuso hace uno dos mil años. Tal vez sea mejor que nos dejemos de eufemismos y seamos brutalmente sinceros, aun cuando tenga que emplear expresiones que no se han oído jamás entre gente educada. Pido perdón de antemano a todo aquel a quien pueda ofender.

Hasta hace unos siglos, el alimento predilecto de casi todos los hombres había sido la carne: la carne de animales que se sacrificaban. No pretendo revolverles el estómago; es sencillamente la constatación de un hecho que pueden comprobar en cualquier manual de historia…

Pues claro que sí, señor presidente. Estoy totalmente dispuesto a esperar a que el senador Irving se sienta mejor. Nosotros los profesionales olvidamos a veces las reacciones que pueden experimentar los profanos ante declaraciones de esta naturaleza.

Al mismo tiempo debo advertir a la junta que lo que viene a continuación es mucho peor. Si alguno de los presentes es algo delicado, le sugiero que siga el ejemplo del senador, antes de que sea demasiado tarde…

Bueno, pues continúo. Hasta los tiempos modernos, todo el alimento estaba clasificado en dos categorías. La mayor parte se derivaba de las plantas: cereales, frutas, plancton, algas y otras formas de vegetación. Nos es difícil comprender que la inmensa mayoría de nuestros antepasados fueran granjeros y sacaran el alimento de la tierra o del mar mediante técnicas primitivas, a menudo muy penosas, pero esa es la pura verdad. El segundo tipo de alimento, si se me permite volver sobre tan desagradable tema, era la carne, obtenida de un número relativamente pequeño de animales. Puede que sus nombres les resulten familiares: vacas, cerdos, ovejas, ballenas. La mayoría de la gente -lamento insistir en esto, pero el hecho está fuera de toda discusión- prefería la carne a cualquier otra clase de alimento, pese a que sólo los más ricos podían satisfacer este apetito. Para la mayor parte de la humanidad, la carne era un bocado exquisito, casi desconocido, en una dieta compuesta en más de un noventa por ciento de verduras.

Si consideramos el hecho serenamente y de una manera desapasionada -como espero que el senador Irving está en disposición de hacer en este momento -, podemos ver que la carne se convirtió en algo raro y caro, pues su producción requiere un proceso extremadamente ineficaz. Para producir un kilo de carne, el animal en cuestión tenía que comer lo menos diez kilos de alimento vegetal… alimento que muy frecuentemente podía haber consumido el hombre directamente. Al margen completamente de cualquier consideración estética, este estado de cosas no podía tolerarse después de la explotación demográfica del siglo XX. Todo hombre que comía carne condenaba a diez o más de sus semejantes a la inanición…

Felizmente para todos nosotros, la bioquímica ha resuelto el problema: como deben saber ustedes, la respuesta la dio uno de los innumerables productos accesorios de la investigación espacial. Todo alimento -animal o vegetal- es extraído a partir de un número muy reducido de elementos corrientes. Carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, trazas de azufre y de fósforo… esta media docena de elementos, junto con algunos más, se combinan en una casi infinita variedad de maneras, componiendo todos los alimentos que el hombre ha utilizado y utilizará jamás. Al enfrentarse con el problema de la colonización de la Luna y los planetas, los bioquímicos del siglo XXI descubrieron el medio de obtener sintéticamente cualquier elemento deseado a partir de las materias primas fundamentales de agua, aire y roca. Fue quizá el logro más importante de la historia de la ciencia. Pero no debemos enorgullecernos demasiado de ello. El reino vegetal nos había superado ya en mil millones de años.

Los químicos podían ahora producir sintéticamente cualquier tipo de alimento imaginable, tuviera o no su correspondiente paralelo en la naturaleza. No hace falta decir que hubo errores… y hasta desastres. Se erigieron imperios industriales que luego se vinieron abajo; el cambio de la explotación agrícola y animal por gigantescas instalaciones de elaboración automática y los omniversores de hoy fue a menudo doloroso. Pero tenía que darse ese paso, y ahora estamos mejor por esa razón. Se ha eliminado para siempre el problema del hambre, y disfrutamos de una alimentación rica y variada como no se ha conocida en ninguna otra época.

Además, naturalmente, se ha logrado una ventaja moral. Ya no sacrificamos millones de seres vivos, y aquellas repugnantes instituciones que eran los mataderos y las carnicerías han desaparecido de la faz de la Tierra. Nos parece increíble que nuestros antepasados, por toscos y brutales que fuesen, pudieran tolerar semejantes obscenidades.

Y no obstante… es imposible romper totalmente con el pasado. Como he dicho ya, somos carnívoros; heredamos gustos y apetencias adquiridos a lo largo de un millón de años. Nos agrade o no, hace solo unos años, algunos de nuestros bisabuelos disfrutaban comiendo carne de cordero y de carnero y de cerdo… cuando podían. Y nosotros aún disfrutamos hoy de ese placer…

-Dios mío! Será mejor que el senador Irving espere fuera a partir de ahora. Creo que no he debido expresarme con tanta brusquedad. Lo que quería decir, naturalmente, es que muchos de los alimentos sintéticos que actualmente consumimos tienen la misma fórmula que los antiguos productos naturales; algunos de ellos, efectivamente, son réplicas tan exactas que ninguna prueba química o de otro tipo podría encontrar la diferencia. Esta situación es lógica e inevitable; los fabricantes nos hemos limitado a tomar como modelos los alimentos presintéticos más populares, y reproducir su gusto y textura.

Naturalmente, hemos creado también nombres nuevos que no sugieren origen anatómico o zoológico alguno, evitando así desagradables asociaciones. Cuando vamos a un restaurante, la mayoría de los nombres que encontramos en la carta han sido inventados a partir de principios del siglo XXI, o son adaptaciones de los nombres originales franceses, por lo que muy pocas personas podrían reconocerlos. Si alguna vez quieren ustedes averiguar cuáles son sus respectivos umbrales de tolerancia, pueden hacer un interesante, pero sumamente desagradable, experimento. La sección clasificada de la Biblioteca del Congreso posee un amplio repertorio de menús de restaurantes famosos -sí, y de los banquetes de la Casa Blanca-, registrados desde hace quinientos años hasta la fecha. Son de una franqueza cruda, disecadora, que los hace casi ilegibles.

Creo que no hay nada que revele más vívidamente el abismo que se abre entre nosotros y nuestros antepasados de hace solo unas cuantas generaciones…

Sí, señor presidente… estoy llegando a la cuestión; todo esto está íntimamente relacionado con el motivo de mi alegato, por desagradable que parezca. No es mi intención estropearles el apetito; me limito a exponer el fundamento para el cargo que quiero presentar contra mis competidores, la Corporación Triplanetaria de Alimentación.

De no entender este fundamento, podrían pensar que no es más que una queja trivial motivada por las graves pérdidas que ha soportado mi compañía desde que apareció en el mercado la Ambrosía Plus. Todas las semanas, señores, se inventan nuevos alimentos.

Aparecen y desaparecen como las modas femeninas, y sólo uno de cada mil viene a sumarse permanentemente al menú. Es extremadamente difícil acertar en el gusto del público de buenas a primeras, y reconozco sinceramente que la serie de platos Ambrosía Plus han obtenido el más grande éxito en toda la historia de la industria alimenticia. Todos ustedes conocen la situación: los demás platos han desaparecido del mercado.

Como es natural, nos hemos visto obligados a aceptar el desafío. Los bioquímicos de mi organización son tan buenos como los de cualquier otra compañía del sistema solar; así que se pusieron a trabajar inmediatamente en la Ambrosía Plus. No les revelo ningún secreto industrial si les digo que tenemos análisis de casi todos los alimentos, naturales o sintéticos, que ha utilizado la humanidad, incluso de platos exóticos de los que ustedes no han oído hablar jamás, como calamares fritos, langostas con miel, lenguas de pavo real, polipodios venusianos… Nuestra vasta biblioteca de sabores y texturas es nuestra base fundamental, así como la de todas las sociedades del ramo. De ella podemos seleccionar y mezclar elementos para cualquier combinación imaginable; y normalmente podemos obtener un duplicado, sin grandes dificultades, de cualquier producto que saquen nuestros competidores.

Pero la Ambrosía Plus nos ha tenido desorientados durante bastante tiempo. Su precipitado de proteína grasa la clasificaba decididamente como una carne sin demasiadas complicaciones… y, sin embargo, no lográbamos reproducirla exactamente. Esa ha sido la primera vez que han fracasado mis químicos; ninguno de ellos podía explicar qué era lo que confería a la sustancia su extraordinario atractivo, el cual, como todos sabemos, hace que, en comparación, nos parezca insípido cualquier otro alimento.

Y con razón… pero vayamos por partes.

En pocas palabras, señor presidente: el director de la Corporación Triplanetaria comparecerá ante usted… más bien de mala gana, estoy seguro. Le dirá que la Ambrosía Plus se compone de aire, agua, calcio, azufre y demás. Eso es completamente cierto, pero es lo menos importante de toda esta historia. Pues nosotros acabamos de descubrir su secreto… que, como la mayoría, es bien simple una vez conocido.

Desde luego, debo felicitar a mi competidor. Por fin ha hecho aprovechables cantidades ilimitadas de lo que es, por la naturaleza de las cosas, el alimento ideal de la humanidad.

Hasta ahora lo ha habido en proporciones extremadamente reducidas, y, por tanto, lo venían paladeando los pocos entendidos que podían obtenerlo. Todos ellos, sin excepción, han jurado que no existe nada que se le pueda comparar ni remotamente.

Sí; los químicos de la Triplanetaria han hecho un trabajo magnífico. Ahora, a ustedes les toca resolver las repercusiones morales y filosóficas. Al empezar mi alegato he utilizado el viejo término de carnívoros. Ahora debo darles a conocer otro que, dado que lo empleo por vez primera, convendrá que lo deletree: C-A-N-I-B-A-L-E-S…”

alimento dioses

Cuento “El alimento de los dioses“, del escritor y científico británico Arthur C .Clarke (1917-2008), publicado en 1964. La traducción al castellano ha sido obtenida de este enlace.

Verónica del Carpio Fiestas

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Amargo es el pan ajeno y duro es bajar por la escalera de otro

La literatura británica del siglo XIX refleja una larga lista de ejemplos de un tristísimo personaje femenino: la desgraciada mujer pobre que vive “protegida” o “acogida” por ricos parientes o amigos ricos de su familia, mangoneada y ninguneada, despreciada y maltratada, sometida a los caprichos despóticos de la familia que la ha acogido, ni criada ni señora, viviendo en las habitaciones pobres de la casa, desclasada, invisible, sin formación ni perspectivas ni futuro y sin más posibilidad que intentar no incurrir en el desagrado de la familia rica y dependiendo de su arbitraria amabilidad; porque la alternativa, en una época en las que las mujeres no contaban ni se les ofrecían vías propias de supervivencia, era morirse de hambre, risible y ridícula, si es vieja, y, si es joven y guapa, encontrar a algún hombre que estuviera dispuesto a casarse con una mujer sin dote, dinero ni posición social, y corriendo el riesgo, claro, de que el objetivo del hombre pudiera no ser el de casarse, sino el de una mera diversión, y de quedar, por tanto, definitivamente fuera de la sociedad.

Por citar solo dos ejemplos muy distintos, encontramos a la pariente pobre en la absolutamente extraordinaria “Mansfield Park“, de la grandísima Jane Austen (1814), donde el tema es central en la extensa novela, o, en otro ámbito literario muy distinto, en la también maravillosa “La piedra lunar“, de Wilkie Collins (1868), obra poco menos que fundacional de la literatura policial como novela extensa más allá de los cuentos precedentes, y donde el personaje es secundario, y con otra perspectiva muy distinta del personaje, satírica y misógina -el autor, por cierto, es varón-. Mejor no voy a citar los casos en los que encima el escritor correspondiente la hace aparecer como una intrigante y manipuladora, porque, sinceramente, tiene tela que quien es víctima social se represente encima como verdugo.

La pariente pobre maltratada no solo aparece en la literatura británica, porque no debió de ser exclusiva esa realidad del ámbito territorial británico. Curiosamente, la mejor descripción breve y explícita de esa situación la he encontrado en un relato del escritor ruso  Alexander Pushkin (1799-1837), ambientado en Rusia; el texto que transcribo procede de la traducción de Julián Juderías.

«En aquel momento entró la Condesa ya vestida.

-Di que enganchen el coche, Lisa, y vamos de paseo.

Lisa se puso a recoger su labor.

-Pero, hija, ¿estás tonta? -exclamó la condesa-. Di que enganchen inmediatamente.

-En seguida -respondió en voz baja la joven.

Y echó a correr hacia la antesala.

Entró un criado y puso en manos de la condesa los libros que enviaba el príncipe Pablo Alejandrovich.

-Lisa, Lisa, ¿adónde vas tan deprisa?

-Voy a vestirme.

-Tienes tiempo, hija. Siéntate aquí. Abre uno de esos libros, léeme en voz alta.

La joven abrió el libro y leyó unas cuantas líneas.

-Más alto -dijo la condesa-. ¿Qué te pasa? ¿No tienes voz? Mira, antes dame el taburete… Así.

Lisa leyó un par de hojas. La Condesa bostezó.

-Tira ese libro -dijo-. ¡Qué simpleza! Devuélveselo  al príncipe Pablo y di que le den las gracias. Pero… ¿y ese coche?

-El coche está enganchado -dijo Isabel Ivanowna mirando por la ventana.

-¿Y por qué no estás vestida ya? -preguntó la Condesa-. Siempre te haces esperar, lo cual es insoportable.

Lisa voló a su cuarto. Apenas habían transcurrido dos minutos cuando la Condesa empezó a llamar con toda su fuerza. Tres criadas acudieron por una puerta y un lacayo por otra.

-¿Qué pasa que no venís cuando se os llama? -exclamó la Condesa-. Id a decirle a Isabel Ivanowna que la estoy esperando.

Isabel Ivanowna entró en aquel instante en traje de calle.

-¿Ya has venido, hija mía? ¡Gracias a Dios! Pero ¿qué te has puesto? ¿A qué viene todo eso? ¿Piensas enamorar a alguien? ¿Qué tal día hace? Parece que hace viento…

-No, señora, no hace viento ninguno -contestó el lacayo.

-Siempre hablas a tontas y a locas. Abre una ventana. ¿Lo ves? Hace viento y viento frío. Que desenganchen el coche. Lisa, no salimos ya; no tenías para qué componerte tanto…

-¡Y decir que mi vida se reduce a esto! -pensó Lisa.

En efecto, Isabel Ivanowna era una criatura desgraciada. Amargo es el pan ajeno -dijo Dante- y duro es bajar por la escalera de otro.

¿Qué amargura de las que proceden de la dependencia de otro, ignoraría una pobre joven protegida por una anciana rica e ilustre? La Condesa no era mala, pero sí caprichosa como mujer, amiga de la sociedad, avara y sumida en el mayor egoísmo, como suele ocurrir con los viejos enamorados de su tiempo y extraños al presente. […] Isabel Ivanowna era un mártir doméstico.

Ella servía el té y escuchaba reprimendas de consumo exagerado de azúcar; ella leía novelas en voz alta y tenía la culpa de cuantos errores había cometido el autor; ella acompañaba a la princesa cuando salía de paseo y era responsable del tiempo y del estado de las calles. Tenía señalada una retribución pecuniaria, pero nunca se la pagaban, sin embargo le exigían que se vistiera como todas, es decir, como pocas. En sociedad desempeñaba el mismo papel. Todos la conocían y ninguno le hacía caso; en los bailes no la sacaban a bailar sino cuando faltaba un vis a vis, y las señoras se cogían de su brazo cuantas veces necesitaban ir al tocador para arreglar algún detalle del vestido. Como tenía amor propio, sentía lo triste de su situación y miraba alrededor suyo esperando con impaciencia que se presentase un libertador; pero los jóvenes, calculadores a pesar de su vanidad juvenil, no le hacían ningún caso, por más que fuera Isabel Ivanowna cien veces más bonita y más agradable que las impertinentes  y desagradables jóvenes en torno de las cuales se movían. ¡Cuántas veces, abandonando la sala aburrida y pomposa, habíase retirado a su pobre alcoba, donde lloraba silenciosamente al lado de los viejos biombos y de antiguas tapicerías, mirando con tristeza la cómoda, el espejo y la cama que constituían su mobiliario a la luz escasa que proyectaba una vela de sebo puesta sobre un candelero de metal!».

“Amargo es el pan ajeno -dijo Dante- y duro es bajar por la escalera de otro”.

Verónica del Carpio Fiestas

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Cuentos sobre robar y crear cadáveres para investigación médica

Ahora que ni se plantea siquiera problema moral o legal para que docentes y estudiantes de Medicina o investigadores puedan obtener, manejar y diseccionar cadáveres en docencia e investigación, resulta difícil de entender que eso ha sido un problema serio durante mucho tiempo; y que saltarse la prohibición acarreaba graves sanciones. Pero no voy a hablar de esa prohibición generalizada y prolongada por motivos religiosos, sino de un problema concreto que al parecer existió en Gran Bretaña: cómo conseguir esos cadáveres en los centros docentes médicos, cuando no existía prohibición de usar los cadáveres, sino dificultad de conseguirlos, y especialmente si eran, ejem, frescos.

Resulta que en Gran Bretaña hubo una temporada en el siglo XIX en la que se pagaba a los “suministradores” de cadáveres para docencia en las facultades médicas, cerrando los ojos a la “fuente de suministro”. En una época en la que la comida del día siguiente no estaba garantizada ni mínimamente para muchos, eso propició que delincuentes aprovecharan esta posibilidad de ingresos -no queda claro si sustanciosos o no, porque no hay referencias comparativas de cuánto valía un cadáver en relación con otros, ejem, productos-, y se dedicaran a asaltar tumbas de personas recién enterradas. Solo conozco dos obras literarias que reflejen esa situación inicial, y la “solución” lógica al problema que surgía cuando no era fácil asaltar tumbas para conseguir cadáveres frescos susceptibles de ser vendidos a instituciones médicas, o cuando se prefería otro sistema más sencillo, o sea, matar. Y es que con la hipocresía más horripilante, o ceguera voluntaria criminal, las instituciones médicas que recibían los cadáveres y pagaban por ellos no podían razonablemente desconocer que procedían de actos inmorales e incluso de asesinatos, pero cerraban los ojos, al más puro estilo de esos familiares de los mafiosos, que propician delitos y se benefician, pero no quieren saber.

Ambas obras mencionan a dos personas reales, Burke y Hare, asesinos en serie para vender los cadáveres de los asesinados. Las dos obras figuran en todas las antologías y son, naturalmente, las siguientes:

  • Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, “On Murder Considered as one of the Fine Arts“, de Thomas De Quincey, enlace a texto en castellano aquí , de 1827, y
  •  “Los ladrones de cadáveres“, “The body-snatcher“, de Robert Louis Stevenson, enlace a texto en castellano aquí, de 1884.

Curiosa la diferencia de estilos. “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, gran literatura, es muchas cosas, incluyendo una sátira paródica de tipo académico del estilo de “Una modesta proposición“, el cuento de Jonathan Swift, texto aquí, que De Quincey menciona expresamente. Esa obra de Swift  ya la he citado, en un post jurídico paródico sobre indulto en otro blog; post en el que, por cierto, me ratifico, ya que la regulación legal no ha cambiado en esencia desde que lo escribí en 2013.

Todo lo que se diga de esta obra de De Quincey será poco. La obra impresiona, con el catálogo comparativo de asesinos y técnicas de asesinato, a veces paródico, a veces desatado. Baste decir que Jorge Luis Borges fue intenso lector de De Quincey, y escribió sobre él; así poco más cabe añadir a lo dicho por Borges, salvo que me fastidia que el propio título de la obra sea usado tan frecuentemente por tantos de esos que, a todas luces, solo leen los títulos o solo saben de esas obras las frases geniales ya de circulación común. Y aquí ya frase genial ya sabe cuál es, ¿no? Esa de que se empieza cometiendo un asesinato y se acaba degradándose a la mala educación y tal, o sea, esta:

“Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento. Principiis obsta: tal es mi norma.» Esto fue lo que dije, ésta fue siempre mi manera de actuar y si esto no es ser virtuoso me gustaría saber lo que es.”

Pero mejor voy a escoger un párrafo:

“Hobbes no fue asesinado, nunca he logrado comprender porqué ni en virtud de qué principio. Esta es una omisión capital de los profesionales del siglo diecisiete, pues a todas luces se trata de un espléndido sujeto para el asesinato, salvo que era flaco y huesudo; por lo demás, puedo probar que tenía dinero y (lo cual es muy cómico) carecía de todo derecho a oponer la menor resistencia ya que, conforme a su propia tesis, el poder irresistible crea la más elevada especie de derecho, de modo que constituye rebelión, y de las más negras, el resistirse a ser asesinado cuando ante nosotros aparece una fuerza competente. No obstante, si bien no fue asesinado, me complace asegurarles que, según su propia cuenta, estuvo tres veces a punto de serlo, lo cual nos consuela.”

En cuanto a la obra de Stevenson, es una pena que este cuento de terror realista con tan extraordinaria descripción de caracteres y situaciones y tan magistral manejo del lenguaje se estropee en la última página mutando en cuento de terror fantástico en un desafortunado viraje final. Tras un siglo XX de espantosos campos de exterminio, sabemos que lo que de verdad da miedo no es lo sobrenatural inventado, sino el Mal humano y muy humano; y mucho más miedo habría dado el cuento, y habría estado más logrado literariamente, en mi modesta opinión, de haber mantenido el tono realista.

En cualquier caso, si decide leer una obra, o ambas, lo que le recomiendo, prepárese a una lectura de muy alto nivel literario, lo que no significa que sean obras difíciles de leer. Bueno, quizá sí un poco la obra de De Quincey, más, digamos, intelectual, con referencias literarias, históricas y filosóficas reales e inventadas, pero perfectamente comprensible. Prepárase también al escalofrío y, disculpe la expresión imprecisa y vulgar, al mal rollo; y es que tanto una obra como otra son, a veces, un tanto desagradables, como puedo serlo, y en efecto es, la “Lección de anatomía” de Rembrandt, y disculpe que no ponga la imagen del cuadr, porque da mal rollo.

A lo mejor lo de los cadáveres obtenidos al gusto del consumidor y en plan técnica just-in-time era una leyenda urbana. Pero qué quiere que le diga, parece que no. No solo en cualquier prólogo de cualquier edición de estas obras se menciona lo de Burke y Hare, sino que figura hasta en Wikipedia.

Verónica del Carpio Fiestas

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Historias de armaduras vacías que luchan

¿Qué se podría hacer artísticamente con una armadura vacía que se mueve y actúa como una persona y lucha sola?

Si el sugestivo tema lo escoge y desarrolla un escritor español romántico o, mejor dicho, post-romántico- en el siglo XIX español sale “La cruz del diablo“, el relato -o la leyenda- de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), enlace aquí, publicada en 1860-1871. En plan diabólico medieval y esas cosas, y se supone que tiene que dar miedo. Bécquer escribió cuentos mucho mejores; le dan cien vueltas, por ejemplo, “Maese Pérez el organista“, y, en otro estilo, “La venta de los gatos”. ¿Sería quizá  aventurado sostener que en realidad el principal valor de “La cruz del diablo” es que por primera vez una armadura vacía luchadora aparece en una obra literaria española? Ya supongo que sería aventurado, pero no me constan precedentes.

cruz del diablo

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Si ese mismo tema lo escoge y desarrolla el socarrón, inteligentísimo y muy intelectual escritor italiano del siglo XX Italo Calvino (1923-1985) le sale la ma-ra-vi-llo-sa novela fantástica, humorística, (falsamente) histórica y filosófica “El caballero inexistente” (“Il cavaliere inesistente“, 1959) de la trilogía “Nuestros antepasados” (“I nostre antenati“). Una curiosa coincidencia con Bécquer: también el propio título es paradójico, y paradójico  en el desarrollo que una cruz sea diabólica y que un caballero no exista.

Agilulfo, el caballero medieval perfecto, estricto y eficaz cumplidor de las reglas de la caballería, de la guerra, de la cortesía y hasta del amor (antológico cómo consigue llevar al paraíso de los sentidos a la dama Priscila, a base, por ejemplo, de peinarle y trenzarle el cabello), y que lucha en las cansadas huestes de Carlomagno en una guerra más que ritualizada, solo tiene un defecto: no existe.

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¿Y vos?

El rey había llegado ante un caballero de armadura toda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; aparte de eso era reluciente, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en todas las junturas, adornado el yelmo con un penacho de quién  sabe  qué  raza  oriental  de  gallo,  cambiante  con  todos  los  colores  del  iris.  En  el  escudo  había  dibujado  un  blasón  entre  dos  bordes  de  un  amplio  manto  drapeado,  y  dentro  del  blasón  se  abrían  otros  dos  bordes  de  manto  con  un  blasón  más  pequeño  en  medio,  que  contenía  otro  blasón  con  manto  todavía  más  pequeño. Con  un  dibujo  cada  vez más sutil se representaba una sucesión de mantos que se abrían uno dentro del otro, y en medio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, tan pequeño se volvía el dibujo.

—Y vos ahí, con ese aspecto tan pulcro… —dijo Carlomagno que, cuanto más duraba la guerra, menos respeto por la limpieza conseguía ver en los paladines.

—¡Yo soy —la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta sino la misma chapa de la armadura la que vibrara, y con un leve retumbo de eco— Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez!

—Aaah…  —dijo  Carlomagno,  y  del  labio  inferior,  que  sobresalía,  le  salió  incluso  un  pequeño  trompeteo,  como  diciendo:  «¡Si  tuviera  que  acordarme  del  nombre  de  todos,  estaría  fresco!»  Pero  en  seguida  frunció  el  ceño—.  ¿Y  por  qué  no  alzáis  la  celada  y  mostráis vuestro rostro?

El  caballero  no  hizo  ningún  ademán;  su  diestra  enguantada  con  una  férrea  y  bien  articulada  manopla  se  agarró  más  fuerte  al arzón,  mientras  que  el  otro  brazo,  que  sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío.

—¡Os  hablo  a  vos,  eh,  paladín!  —insistió  Carlomagno—.  ¿Cómo  es  que  no  mostráis  la  cara a vuestro rey?

La voz salió clara de la babera.

—Porque yo no existo, sire.

—¿Qué  es  eso?  —exclamó  el  emperador—. ¡Ahora  tenemos  entre  nosotros  incluso  un  caballero que no existe! Dejadme ver.

Agilulfo pareció vacilar todavía un momento, luego, con mano firme, pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.

—¡Pero…! ¡Lo que hay que ver! —dijo Carlomagno—. ¿Y cómo lo hacéis para prestar servicio, si no existís?

—¡Con fuerza de voluntad —dijo Agilulfo—, y fe en nuestra santa causa!

—Muy bien, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, ¡sois avispado!

Agilulfo  cerraba  la  fila.  El  emperador  había  ya  pasado  revista  a  todos;  dio  vuelta  al  caballo y se alejó hacia las tiendas reales. Era viejo, y procuraba alejar de su mente los asuntos complicados.”

[Inciso. Obsérvese cómo Calvino hace uso sabio del “mise en abyme” en el escudo del caballero inexistente. Quede ese concreto y fascinante tema del “mise en abyme” para otro post. Recuérdenme, por favor, que lo escriba citando sin falta “La vida. Instrucciones de uso” y “El gabinete de un aficionado”, de Georges Perec. Bueno, de todas maneras, por si al final no lo escribo, da igual, que en realidad ya tienen las pistas . Cierro el inciso.]

¿Y si el mismo tema de la armadura vacía luchadora lo escoge la productora Walt Disney para una película infantil en los años 60 del siglo XX? Pues resulta que sale la deliciosa e inimitable película “La bruja novata” (“Bedknobs and Broomsticks“), dirigida por Robert Stevenson y protagonizada por Angela Lansbury; está inspirado en el libro infantil de la autora británica Mary Norton (1903-1992) Bed-Knob and Broomstick“. Da igual la edad que se tenga, siempre merece la pena ver o volver a ver esta encantadora película, llena de escenas antológicas; es en parte un musical y hay además algunas escenas con dibujos animados mezclados con actores reales. No está ambientada en un más o menos fantasioso Medievo, como “La cruz del diablo” y “El caballero inexistente“, sino en plena Segunda Guerra Mundial, en una idealizada pero realista Inglaterra en guerra, con niños refugiados evacuados de Londres por los bombardeos de la aviación nazi y con ancianos militarizados en guardia permanente porque se temía una inminente invasión del ejército nazi que en la realidad también se temía y no llegó a darse. No se equivoque, que esta película tiene bien poco que ver con esas dulzonas películas de Disney sobre princesas o cervatillos, aunque sea grata, divertida, amable y tierna.

bruja 1

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Incluyo en vídeo la escena del resultado del hechizo de la “locomoción sustitutiva” conseguido por la bastante torpe aprendiz de bruja, una excéntrica solterona de pueblo que se ha dedicado a aprender brujería por correspondencia para ayudar al esfuerzo de guerra; las viejas armaduras de un museo, incluyendo armaduras de caballos, se ponen en marcha para luchar contra los temidos invasores nazis alemanes que en la ficción acaban de llegar a la costa en un submarino. La escena es inevitable dado el tema del post; pero que quede claro que es precisamente de las menos antológicas de la película, así que, por favor, que no le disuada de ver la película que no le guste esta escena.

Y ahora disculpe que no siga hablando de armaduras, pero es que me he acordado de la divertidísima y antológica escena del partido de fútbol y se me ha ido el santo al cielo.

Así que acabo el post como empieza Bécquer su cuento:

Que lo crea o no, me importa bien poco.
Mi abuelo se lo narró a mi padre;
mi padre me lo ha referido a mí,
y yo te lo cuento ahora,
siquiera no sea más que por pasar el rato.

Porque si usted es persona adulta tiene que leer “El caballero inexistente“, literatura de la, digamos, segunda fila del siglo XX, sin sentido peyorativo, porque en la primera están, digamos, Proust, Joyce, Borges y Faulkner; y si además hay niños o niñas en su familia no puede privarles de ver “La bruja novata“. A lo mejor hasta le sirve para explicarles que los diablos pueden quizá dar miedo, pero que sin duda puede darlo una invasión nazi, y que si llega el caso, que ojalá no llegue nunca, hay que luchar contra ella hasta haciendo lo posible y lo imposible para que colaboren en la lucha hasta armaduras medievales vacías.

Verónica del Carpio Fiestas

Promesas electorales (solo un cuento de García Márquez)

-Estamos aquí para derrotar a la naturaleza -empezó, contra todas sus convicciones-. Ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos de Dios en el reino de la sed y la intemperie, los exiliados en nuestra propia tierra. Seremos otros, señoras y señores, seremos grandes y felices.

Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba sus ayudantes echaban al aire puñados de pajaritas de papel, y los falsos animales cobraban vida, revoloteaban sobre la tribuna de tablas, y se iban por el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones unos árboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de la multitud en el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón con casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de vidrio, y taparon con ella los ranchos miserables de la vida real.

El senador prolongó su discurso, con dos citas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió las máquinas de llover, los criaderos portátiles de animales de mesa, los aceites de la felicidad de harían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en las ventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con el dedo.

-Así seremos, señoras y señores -gritó-. Miren. Así seremos.

El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de la casas y era más alto que las casas más altas de la ciudad del artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para el otro, también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey.”.

Eso es un fragmento de “Muerte constante más allá del amor“, enlace  al texto completo del cuento aquí, de Gabriel García Márquez.

Porque, claro, este circo con promesas electorales de máquinas de llover y de criaderos portátiles de animales de mesa y de aceites de la felicidad, vendido todo ello con una escenografía muy elaborada que solo el político, que habla contra sus convicciones, percibe que ya está carcomida, solo es un cuento de García Márquez.

Seguramente.

Verónica del Carpio Fiestas

El sistema que inventó el protagonista de este cuento para evitar la muerte entre torturas

El cuento de Jack London titulado “El burlado” comienza así:

“Estaba sentado en la nieve con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura”.

Y acaba con un párrafo que contiene la siguiente frase:

“De pronto se levantó una oleada de risotadas.”

¿Qué habrá pasado entre medias? ¿Y como acaba? ¿No siente curiosidad? No se le voy a contar pero sí le digo cuatro cosas: que le va a sorprender, que el protagonista se salva de una muerte entre torturas, que las risotadas responden a algo en efecto cómico para los personajes en ese contexto más que anómalo y que ciertamente el cuento dista de ser cómico…Porque Jack London con frecuencia consigue escribir cuentos bastante desagradables…

Verónica del Carpio Fiestas

Ucronías. La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco en 1959

Si quien esto lee es docente de Secundaria que cree que de este blog puede extraer alguna idea para su alumnado quizá se encuentre en este post con unos problemas. ¿Saben los alumnos de Secundaria qué es una ucronía y conocen algún ejemplo literario o cinematográfico? Eso seguro que no lo saben; me apuesto una comida. Pero la cosa va más allá. ¿Cuántos alumnos saben que Franco no murió en 1959 y captarán la trampa, o el chiste, del título del post? En la adolescencia cualquier tiempo anterior al propio nacimiento se mueve en una nebulosa en la que 1975 y 1959 es lo mismo, y también es lo mismo 1940 y, si me apuran, 1840. Pero, más aún, ¿cuántos alumnos de secundaria saben siquiera quién fue Francisco Franco? ¿Y cuántos de quienes oyen aquí y allá lo del “drama de los refugiados” o “la crisis de los refugiados” o incluso “la amenaza de los refugiados”, según cuál sea su entorno personal y televisivo, saben que los españoles hemos sido refugiados, y no solo huyendo en 1939 y teniendo que estar fuera de España aún en 1959 y más tarde, sino muchas veces antes a lo largo de nuestra Historia? Para quienes también oyen constantemente las bobadas periodísticas tipo “el mejor futbolista de la historia” o  “el videojuego más descargado de la historia”, como si a lo largo de la Historia siempre hubiera habido futbolistas y programas de ordenador que descargar, la perspectiva de interpretación de situaciones es corta. Muy corta.

Y quienes tienen perspectivas cortas para interpretar situaciones son, claro, fácilmente manipulables. Y parte de la función docente es enseñar a ser críticos y a tener perspectivas menos cortas para conseguir una ciudadanía menos manipulable. ¿O no?

Así que mi sugerencia es que busquen en Internet un cuento de un escritor casi olvidado, Max Aub, titulado “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco“. Se lo pongo fácil, y aquí va un enlace. Y ahí verán descrita la vida del exilio. Y verán que en efecto hubo un exilio. Y ahí verán cómo nos pueden ver desde fuera a los españoles (gritones, groseros, agresivos); muy parecido a como xenófobos españoles ven a personas procedentes de otros países. De las refugiadas y de las españolas, por cierto, no se habla.

Ah, y en ese cuento verán una ucronía: la de la muerte de Francisco Franco en 1959, asesinado a manos de un camarero mexicano de un café de México, un camarero ya con úlcera de estómago tras atender y oír veinte años seguidos a refugiados españoles clientes del establecimiento, y deseoso de quitárselos de encima aunque sea matando él mismo a Franco para que esos refugiados puedan volver a España. No destripo el final. Sí voy a destripar el casi final:

“Parece inútil recordar los acontecimientos que, para esa época, se habían sucedido en España: formación del Directorio Militar bajo la presidencia del general González Tejada; el pronunciamiento del general López Alba, en Cáceres; la proclamación de la Monarquía, su rápido derrumbamiento; el advenimiento de la Tercera República.”

Verónica del Carpio Fiestas

La confesión del asesino literario

O, si lo prefiere, la historia de un crimen contada por el asesino, en términos más o menos extensos. En una que solo si llega usted al final sabrá que es la confesión de un asesino.

1 “Sonata a Kreutzer”, de León Tolstoi, 1889
2 “La familia de Pascual Duarte”, de Camilo José Cela, 1942
3 “El extranjero”, de Albert Camus, 1942
4 5 6 7 y aproximadamente hasta 80 o 100 “Crímenes ejemplares”, de Max Aub, 1957
101, o el número que toque, “El asesinato de Roger Ackroyd”, de Agatha Christie, 1926.

Y añado en la lista, con el número que sea, no otra novela más, sino un cuento. Un cuento de Jorge Luis Borges, “Deutsches Requiem”, 1949.

Y ahora, un juego literario: adivine, sin consultar Google, cuál es la obra compuesta de microrrelatos. No se quejará, que se lo he puesto bien fácil.

Y no se quejará tampoco de que no sea variada la lista en estilos literarios y nacionalidad de autores.

Verónica del Carpio Fiestas

La colección de silencios del doctor Murke y el horror vacui

Este post podría quizá titularse: “La colección de silencios del doctor Murke y el horror vacui sonoro de nuestro tiempo“. Eso sí, con muchas dudas de si el adjetivo idóneo sería “sonoro”, “auditivo” o algún otro parecido; no lo tengo claro.

Lo primero: me remito al post anterior sobre el relato de Heinrich Böll titulado “La colección de silencios del doctor Murke y más”, enlace aquí. Y, al igual que en anterior post, no voy a contar el argumento. Si el propio título de un relato titulado “La colección de silencios del doctor Murke” no le pica la curiosidad para leerlo, nada podría hacerlo. Y por la web se encuentra fácilmente, si alguien quiere ahorrarse los diez euros que cuesta un magnífico libro de relatos que incluye este y otros.

Este extraordinario relato ofrece, como cualquier obra clásica, numerosas interpretaciones y enfoques de análisis; tantos, que me siento incapaz de enumerar todos los que me sugiere. Voy a mencionar algunos, no todos, y al final me voy a centrar en el que más me interesa, el horror vacui.

Y, por cierto, tenga en cuenta quien esto lea que el cuento tiene tono satírico o humorístico, no de tostón solemne; se ríe de los que usan un tono solemne.

Se puede interpretar el relato en el contexto histórico y geográfico al que hace referencia y en el que está ambientado, la posguerra de la Segunda Guerra Mundial en Alemania, y sus diferentes fases, y lo que implica en relación con la propia guerra y el nazismo; esto, por supuesto, es indispensable. Por ejemplo, este fragmento de la conversación entre dos empleados de radio:

Cuando yo tenía su edad, me hicieron recortar tres minutos de un discurso de cuatro horas de Hitler y tuve que escuchar el discurso tres veces hasta ver qué tres minutos debían ser cortados. Cuando empecé a escuchar la cinta por primera vez, todavía era nazi, pero después de oírla completa tres veces, ya no lo era. Fue una cura horrible, dura, pero muy eficaz.

Permite también formularse inquietantes preguntas sobre las relaciones entre hombres y mujeres; la escena de la mujer a la que le parece más obsceno el silencio que proposiciones sexuales, en una época y un lugar donde distaba de existir la actual libertad sexual occidental, es muy significativa. Lea este fragmento:

—No aguanto más —dijo la muchacha de repente—, no aguanto más, lo que exiges es inhumano. Hay hombres que exigen inmoralidades a las chicas, pero lo que tú me exiges es todavía más inmoral que lo que otros hombres exigen a las muchachas.

Murke suspiró.

—Por Dios —dijo—, querida Rina, tendré que cortar todo esto, sé razonable, sé buena chica y guarda silencio para mí por lo menos cinco minutos más de cinta.

—Guardar silencio —dijo la muchacha, y lo dijo de una manera que hace treinta años hubiera sido calificada de «desabrida»—. Guardar silencio; vaya una invención tuya. No me disgustaría llenar una cinta, pero de silencio…”

Naturalmente, también sería posible analizar los cambios tecnológicos. Las características y las consecuencias de unas grabaciones de radio en el hoy inexistente sistema de cintas magnetofónicas que hay recortar físicamente para modificar el contenido grabado pueden resultar incomprensibles para los nativos digitales, y lo serán; lo veo probable, por no decir seguro.

Abundando en este último punto de vista tecnológico, una comparativa entre la radio y la televisión, como mezcla de programas “serios”, “divulgativos” y “de entretenimiento” sería de gran interés. Y, yendo más allá, incluso analizar el propio sistema de batiburrillo en que consisten las programaciones en ambos tipos de medios, que damos por sentado como normal prácticamente desde que la radio se inventó, y así seguimos con la radio y la televisión salvo en las llamadas “cadenas temáticas”, en radio llamadas también “radiofórmulas”.

Por supuesto, una reflexión sobre los “intelectuales pretenciosos” podria ser  divertida:

—Sólo los espíritus impuros califican la pedantería indigna del genio —dijo Bur-Malottke—; nosotros sabemos —y el director se sintió halagado de verse alineado por el nosotros entre los espíritus puros— que los verdaderos, los grandes genios, eran pedantes.

Hasta es posible una reflexion estrictamente filológica, en relación con las particularidades del idioma alemán, puesto que el relato habría sido muy distinto, y quizá hasta imposible, si los personajes fueran castellanoparlantes. Vea este fragmento:

—Por lo demás, hay un problema —dijo Murke—: aparte de los genitivos, en su conferencia no queda claro el caso en que aparece la palabra Dios; pero en «ese Ser superior que nosotros adoramos» tiene que estarlo. En total —sonrió amablemente hacia Bur-Malottke— necesitamos diez nominativos y cinco acusativos, por tanto, quince veces «ese Ser superior que nosotros adoramos», luego siete genitivos, es decir «de ese Ser superior que nosotros adoramos», cinco dativos «a ese Ser superior que nosotros adoramos», y queda un vocativo, el lugar en que usted dice: «Oh, Dios.» Me permito proponerle que lo dejemos en vocativo y qué usted exclame: « ¡Oh, Tú, Ser superior, al que nosotros adoramos!»

Pero lo que de verdad me interesa resaltar de este cuento, y por ello he escrito este post, es el valor del silencio. El protagonista, que trabaja permanentemente con sonidos, en una radio, colecciona silencios.

—Otra cosa —dijo Humkoke cogiendo una lata amarilla de galletas que había en una estantería junto al escritorio de Murke—, ¿qué son estos recortes de cinta que tiene usted en la lata?

Murke se sonrojó.

—Son —dijo—, colecciono una especie determinada de restos.

—¿Qué clase de restos? —preguntó Humkoke.

—Silencios —dijo Murke—, colecciono silencios.

Humkoke le dirigió una inquisitiva mirada y Murke prosiguió:

—Cuando tengo que cortar cintas en las que el narrador ha hecho de vez en cuando una pausa, o suspiros, tomas de aire, silencios absolutos, no los tiro a la papelera, sino que los colecciono. Por cierto, las cintas de Bur-Malottke no tenían ni un segundo de silencio.

Humkoke se echó a reír.

—Claro, ése no callará nunca. ¿Y qué hace usted con los recortes?

—Los pego por la tarde, cuando estoy solo en casa, paso la cinta. Todavía no es mucho, no llega a tres minutos, pero es que tampoco se producen tantos silencios.

—Tengo que llamarle la atención sobre el hecho de que está prohibido llevarse cintas a casa, incluso recortes.

—¿Los silencios también? —preguntó Murke.

Humkoke rió y dijo:

—Ahora váyase.

Y Murke se fue.

Y ello encaja plenamente  en una reflexión que vengo haciéndome hace mucho.

Vivimos, hace ya mucho, en una época de sonidos omnipresentes, sin precedentes. La música está en las tiendas, en altavoces en las calles, en los hipermercados, en el teléfono cuando hay una llamada en espera, en los centros de trabajo, en los restaurantes, en medios de transportes públicos, en el ascensor, en todas partes. Se impone, no se escoge; y cuando se escoge, es porque se da por sentado que es mejor el sonido que el silencio. Y además, con frecuencia no es casual: por ejemplo, la música en una tienda se elige en función de la clientela que se desea tener y hasta es más o menos rápida según las horas y según se desee que actúe el cliente, es decir, es manipulación de puro marketing. Cómo pueden abstraerse del permanente martilleo de villancicos quienes trabajan en centros comerciales en época navideña, y cómo no se considera riesgo profesional el constante sonido simplemente porque se califique de “música”, aunque no supere los decibelios que se fijen como límite para “ruido”, sería interesante saberlo, o si lo es, cómo se hace para prevenir los daños. Y hasta se considera normal que haya a la vez dos fuentes de sonidos simultánea, una televisión y la música “de fondo”.

A semejanza del horror vacui de la escultura, la pintura o la arquitectura, que obliga a rellenar los vacíos, nuestra actual época huye del silencio, e impone la música en absolutamente todos los contextos. La música o sus sucedáneos. Aunque esto sea secundario a efectos de mi reflexión, porque lo principal es que permanentemente hay sonidos; de sucedáneos de música de calidad sencillamente ínfima, que ni como música pueden calificarse. ¿De verdad es música el concierto de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi en la sucesión de pitidos metálicos que suena en las llamadas en espera?

Y eso del sonido onmipresente de música es así sin que podamos evitar esos constantes estímulos auditivos. Porque si bien es posible dejar de mirar algo, desviando la vista, y por tanto no verlo, no se puede ir por la vida con tapones en los oídos ni el oído puede dejar de escuchar lo que oye ni existe mecanismo para seleccionar los sonidos que se oyen.

Y de forma tal que se da por sentado por muchos que el silencio es aburrido e inaceptable, y cuando lo hay, se escoge eliminarlo poniendo una músuca de fondo que “acompañe” o “anime”

Alguien tendría que estudiar (¿y quizá lo haya hecho ya?), cómo es posible que se haya impuesto la conclusión de que el silencio es inadmisible, que la sucesión de sonidos permanentes, sean o no música de verdad o meros sucedáneos, es algo en sí deseable; que debemos estar permanentemente oyendo -que no escuchando-,  música; que se nos debe imponer eso, y que es bueno.

El horror vacui, el horror al vacío, viene de siglos, referido principalmente al Arte,  y por supuesto en la Filosofía aristotélica. La decoración de arabescos o el propio el arte barroco en general son los ejemplos más habituales, y el horror vacui existe también a otros contextos, como la representación cartográfica, en la que se rellenaba lo desconocido con dibujos. Y está muy estudiado.

Pero no veo que se estudie el horror vacui específico de nuestro tiempo consistente en llenar de sonidos el silencio, constantemente, para que sean oídos o escuchados, y no sé por qué existe.

Quizá existe por miedo. Por el miedo que se tiene a que otros piensen; por el miedo que nos están inculcando a que pensemos.

Verónica del Carpio Fiestas

La colección de silencios del doctor Murke y más

Demasiado poco se habla de Heinrich Böll. Murió en 1985; se ve que aún no ha acabado ese purgatorio por la que pasa la fama de los grandes escritores, tras ese brevísimo estallido de portadas inmediatamente posterior a su muerte, antes de entrar en el Olimpo de los escritores. A usted quizá, si hay suerte, le suena el nombre de este escritor, pero diría que casi seguro que no será capaz de ponerle cara;  mientras que el casi coetáneo Günther Grass, que falleció en 2015, y que por cierto no me gusta un pelo, casi seguro que no se le despinta ni de nombre ni de rostro.

En fin: no se pierda el absolutamente extraordinario relato de Böll titulado “La colección de silencios del doctor Murke”, que otras veces he visto con el titulo de “Los silencios del Dr. Murke”.  Estoy convencida de que la versión original habría sido interesantísima, y descubrirá por qué si lee el cuanto; lástima, en mi caso, no saber alemán.

El por qué de esta recomendación y de la observación sobre la relevancia de las palabras originales no tiene sentido explicarlo, porque sería destripar el contenido, así que no voy a añadir nada. Y, por otra parte, si no le parece suficientemente sugerente un título que se refiere a una “colección de silencios” ya no sé qué más decirle.

Lo he visto publicado en varias ediciones, y, además, por internet anda, en pdf. Si tiene posibilidad, hágase con el excepcional libro “La aventura y otros relatos” en su totalidad sin desperdicio; además del relato que da título a este post, contiene otros más que notables. De absoluta antología “No sólo en Navidad”, “Algo va a pasar”, “La balanza de los Balek”, “El reidor”, y quizá más.

Podría también mencionar otros libros necesarios de Böll y, ya puestos, voy a hacerlo. Allá van: “Billar a las nueve y media” y “El honor perdido de Katharina Blum”. El primero aporta mucho a la comprensión del nazismo y de la Alemania de postguerra, como otras obras de Böll, y contiene personajes memorables, como el viejo portero del hotel. En cuanto al segundo, a todo periodista que por casualidad entre aquí le sugiero encarecidamente que lo lea, si aún no lo ha leído; y a quien no sea periodista, también, porque, la verdad, da mucho miedo y refleja, ya en 1974, lo fácil que es un linchamiento en los medios de comunicación con periodistas sin escrúpulos. No quiero ni pensar cómo podría ser lo que refleja el libro, basado en un caso real, en el mundo de hoy, con Internet; no da ya miedo, sino pavor, pensarlo.

Verónica del Carpio Fiestas

Matar del susto

Hay una extraña técnica de asesinato literario que he detectado en tres escritores clásicos: Conan Doyle, Simenon y Vázquez Montalbán: matar de un susto. Y con la cuestión conexa:¿es punible matar de un susto? Porque, en los casos de Simenon y Vázquez Montalbán, parece que no, y no hay responsabilidades; en cuanto al caso de Conan Doyle, el asesino muere, muy oportunamente, a manos del propio instrumento del crimen y cuando intentaba cometer otro. Con el mismo móvil, el dinero, tenemos la misma técnica en la Inglaterra de finales del siglo XIX, en un pueblecito francés en los año 30 del siglo XX donde no hay luz eléctrica ni agua corriente y en la Barcelona de 1981, del mismo año 1981 en cuyo día 23 de febrero fracasó un golpe de estado el llamado 23-F.

En el cuento “La banda de lunares” (“The Adventure of the Speckled Band”) el asesino introduce una serpiente en una habitación, y la joven ocupante muere de terror; la obra, de la serie de Sherlock Holmes, publicada en 1892, y ambientada en la época, no puede dejar de mencionarse, que es de las clásicas de enigma de cuarto cerrado, que se soluciona con truquillo de una pequeña abertura para la serpiente. En la novela “El caso Saint-Fiacre” (“L’affaire Saint-Fiacre“) de la serie del comisario Maigret, año 1932, una condesa, viuda y enferma del corazón, muere de ataque cardíaco, en plena misa, al abrir su misal y encontrarse un recorte de prensa con la noticia, falsa, de que su único hijo se había suicidado avergonzado por la inadmisible conducta licenciosa de su madre; y es que la madre, repetidamente calificada de “vieja”, con sesenta años y considerada como tal desde mucho antes, tenía un amante de la misma edad del hijo, algo social y moralmente intolerable. En el cuento “Aquel 23 de febrero“, de la serie del detective Calvalho,en el libro “Historias de política ficción“, año 1987, se investiga el asesinato, o lo que sea, de un anciano -y que también tiene una amante, pero eso da casi igual- que, habiendo pertenecido al bando republicano en la guerra civil, había sufrido grave persecución durante el franquismo, y  a quien, con grabaciones falsas que no puede dejar de escuchar desde la pequeña habitación donde se le ha ocultado para “protegerlo”, se le hace creer que ha triunfado el golpe de estado y que los militares lo vienen a detener.

La técnica es la misma: matar de un susto, de una impresión, provocar un ataque cardíaco. El arma del crimen, distinta: una serpiente de verdad, un recorte de periódico falso y unas grabaciones falsas con voces militares. Y en los tres casos, el asesino es del entorno personal de la víctima: el padrastro, el hijo del administrador de la condesa asesinada y los propios hijos de la víctima, respectivamente. Y por mucho que lo intente, que a lo mejor no lo intenta, porque aunque el ambiente se describe como desordenado y de decadencia moral, en realidad el fondo de la novela es nostálgico y descriptivo -el protagonista Maigret, vuelve al pueblo donde nació y ello nos permite conocer cómo eran él, su familia, su casa y su pueblo, y eso es lo que cuenta-, Simenon no llega ni de lejos a describir una  atmósfera moral tan asfixiante como la que consigue Vázquez Montalbán en muchas menos páginas y con evidente trasfondo político. Ni una muerte tan dolorosa; la condesa muere en el acto, pero el republicano sufre horas de terrible tortura moral, encerrado esperando que ya lo vayan a detener, hasta que muere de ataque cardíaco. Conan Doyle, claro, describe poco; ciertamente no resulta agradable ni correcto que a una la intente asesinar su padrastro, cuando antes ha conseguido ya asesinar a la hermana, pero, vaya, siendo púdicos victorianos tampoco hay que insistir mucho en ello.

No lo dude: la más grata de leer es, como casi siempre, la obra de Conan Doyle.

Pero eso es lo de menos. Lo que sigo sin entender es si de verdad no es punible matar de un susto.

 Verónica del Carpio Fiestas

La Historia como acto de fe

Qui habet aures audiendi, audiat

Paradójicamente, la tesis de la historia pura, que triunfara en el último Congreso de Historiadores, constituye un obstáculo de monta para la comprensión cabal de dicho congreso. En abierta contravención con la propia tesis, nos hemos empozado en el sótano de la Biblioteca Nacional, sección Periódicos, consultando los mismos. Obra no menos plausiblemente en nuestro poder, el boletín polígloto que registra con pelos y señales los encrespados debates y la conclusión a que se llegó. El temario primerizo había sido, ¿La historia es una ciencia o un arte? Los observadores notaron que los dos bandos en pugna enarbolaban, cada cual por su lado, los mismos nombres: Tucídides, Voltaire, Gibbon, Michelet. Lo imprevisible, como tan a menudo, pasó; la tesis que concitó el voto unánime resultó, según se sabe, la de Zevasco: la historia es un acto de fe.

Veramente la hora propicia era madura para que el consentiera su visto bueno a esa componenda, de perfil revolucionario y abrupto, pero ya preparada, tras mucha rumia, por la larga paciencia de los siglos. En efecto, no hay un manual de historia que no haya anticipado, con mayor o menor desenvoltura, algún precedente. La doble nacionalidad de Cristóbal Colón, la victoria de Jutlandia, que a la par se atribuyeron, el 16, anglosajones y germanos, las siete cunas de Homero, escritor de nota, son otros tantos casos que acudirán a la memoria del lector medio. En todos los ejemplos aportados late, embrionaria, la tenaz voluntad de afirmar lo propio, lo autóctono, lo pro domo.

Estampemos de vuelta la declaración de Zevasco: “La historia es un acto de fe. No importan los archivos, los testimonios, la arqueología, la estadística, la hermenéutica, los hechos mismos; a la historia incumbe la historia, libre de toda trepidación y de todo escrúpulo; guarde el numismático sus monedas y el papelista sus papiros. La historia es inyección de energía, es aliento vivificante. Elevador de potencia, el historiador carga las tintas; embriaga, exalta, embravece, alienta; nada de entibiar o enervar; nuestra consigna es rechazar de plano lo que no robustece, lo que no positiva, lo que no es lauro”.

La siembra germinó. Así la destrucción de Roma por Cartago es fiesta no laborable que se observa desde 1962 en la región de Túnez; así la anexión de España a las tolderías del expansivo querandí es, ahora, y en el ámbito nacional, una verdad a la que garante una multa. En los últimos textos aprobados por las autoridades respectivas, Waterloo para Francia es una victoria sobre las hordas de Inglaterra y de Prusia.

Al comienzo algún pusilánime interpuso que tal revisionismo parcelaría la unidad de esta disciplina y, peor aún, pondría en grave aprieto a los editores de historias universales. En la actualidad nos consta que ese temor carece de una base bien sólida, ya que el más miope entiende que la proliferación de asertos contradictorios brota de una fuente común, el nacionalismo, y refrenda urbi et orbi, el dictum de Zevasco. La historia pura colma, en medida considerable, el justo revanchismo de cada pueblo; México ha recobrado así, en letras de molde, los pozos de petróleo de Texas y nosotros, sin poner a riesgo a un solo argentino, el casquete polar y su inalienable archipélago.

Hay más. La arqueología, la hermenéutica, la numismática la estadística no son, en el día de hoy, ancilares; han recuperado a la larga su libertad y equiparadas con su madre, la Historia son ciencías puras.

Un enfoque flamante“, en “Crónicas de H. Bustos Domecq”

por H. Bustos Domecq (pseudónimo de los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares)

Verónica del Carpio Fiestas

[meramente por la transcripción parcial de un cuento/artículo escrito hace casi cincuenta años y por la intención al escogerlo]

Plantar un bosque para ocultar una hoja: la técnica de asesinar a muchas personas para ocultar el asesinato de una sola

Where does a wise man hide a leaf?”

And the other answered: “In the forest.”

¿Dónde escondería un sabio una hoja de árbol? En un bosque.

Y si no hay bosque a mano, ¿qué haría el sabio? El sabio se las arreglaría para plantar un bosque.

Ese es el argumento del fascinante cuento de G.K. ChestertonLa muestra de la espada rota“, dentro del libro “La inocencia del padre Brown“; y las palabras transcritas figuran en el cuento. Si quien esto ve no ha leído ese cuento, no conoce a Chesterton o no conoce los cuentos del padre Brown, no sé como encarecerle que de verdad merece todo ello la pena, salvo recordarle -o decirle- que nada menos que Borges tenía en evidente gran estima a Chesterton, y que el cuento de la espada rota no es ni muchísmo menos el peor de Chesterton. Por decirlo claramente: es una absoluta maravilla; como muchos otros de Chesterton, porque la lista es larga.

Con una fascinante literatura, gran literatura -porque, sí, Chesterton es gran literatura, así, tal cual-, se trata en definitiva un argumento brillantísimo que no recuerdo haber leído antes, pero si que sí he visto después: cómo ocultar un crimen individual mediante el sistema de crear artificialmente una masa de crímenes donde lo individual se confunda con lo colectivo y se difumine y pierda en lo colectivo.

El militar de alta graduación corrupto y malvado que en época y zona de guerra asesina a un subordinado por motivos personales -para evitar que lo denuncie por traición-, y que a continuación provoca artificialmente una batalla en un lugar donde sabe que sus propios hombres, muchos hombres, van a morir, dando lugar no solo a muchas muertes, sino a muertes deliberadamente inútiles y a una derrota espantosa, con cadáveres públicos que oculten su cadáver privado, es un caso de cómo ocultar una hoja plantando un bosque cuando no hay bosque donde ocultar la hoja. Mata a uno sin tener posibilidad de ocultar el crimen porque ha sido todo repentino, y en una inspiración de maldad genial oculta el cadáver provocando una terrible batalla que sabe perdida precisamente donde está el cadáver. Especialmente maligno e impresionante es que el militar sabe muy bien que la elección de ese lugar como campo de batalla resulta de todo punto inadecuada para consegur una victoria, que causará la derrota y la muerte de muchos, de los suyos, de sus propios soldados, que lucharán heroicamente en situación de absoluta inferioridad, y para nada; pero necesita precisamente ese sitio, no otro, para conseguir una gran masa de cadáveres que tape un concreto cadáver. Un asesinato colectivo, además, efectuado por  mano de otros, de los enemigos, pero no por ello menos asesinato. Uf.

Y ese mismo argumento, con interesantes matices, y sin esa especial malignidad -y también sin esa altura literaria-, lo he visto también, en dos novelas de misterio de autores clásicos de novelas de misterio: Agatha Christie y Georges Simenon.

En la novela de Agatha ChristieEl misterio de la guía de ferrocarriles” (“The A.B.C. murders“) se desarrolla el siguiente argumento: el asesino quiere asesinar a una persona concreta cuyo apellido empieza por C, y para ello crea artificialmente un asesino inexistente, un asesino que va matando por orden alfabético a una persona cuyo apellido empieza por la misma inicial de la ciudad donde el asesinato se comete, y que deja siempre, como firma, un ejemplar de una guía alfabética de ferrocarriles. Asesina, por orden, a un Álvarez en Alicante, a un Blanc en Barcelona, a un Cano en Cuenca, a un Díaz en Daroca, a un Estévez en Escalona. A quien de verdad le interesa matar es a uno concreto, pero mata antes y después a otras personas, para encubrir el interés individual en un falso asesino, con un culpable falso ya preparado anticipadamente, con un culpable tan atrevido o loco que hasta avisa del siguiente golpe y con una motivación falsa: una obsesión por una guía alfabética de ferrocarriles. Incluso cuando ya la policía ha “detectado” el “método del asesino”, es fácil seguir matando: basta con escoger una ciudad populosa, o que lo es circunstancialmente. ¿Quién podría vigilar a la multitud, o a la multitud de personas con apellidos que empiezan por la letra pe, incluso sabiendo que se va a cometer un asesinato en Pamplona si se escoge que el asesinato sea en plenos Sanfermines? En el Reino Unido de 1935 así lo hace el asesino, con el equivalente de ciudades y circunstancias. ¿Quién va a buscar motivaciones individuales de cada asesinato, cuando es todo obra de un loco con una obsesión y un método? Y muy interesante -muy inteligente- es uno de los asesinatos: se mata al azar en un cine, a cualquiera, sabiendo que en cualquier local lleno de gente siempre habrá alguien con un apellido con la inicial que interesa, y que se pensará que ha sido un simple error…

Hércules Poirot descubre la verdad, y también el padre Brown, este en más dificiles circunstancias, porque se trata de una reconstrucción casi histórica.

También averigua la verdad el comisario Jules Maigret en el cuento “Maigret tiene miedo“, en un ambiente, como casi todos los de Maigret y Simenon, sórdido incluso cuando es un ambiente acomodado; y miedo de verdad da leer las reacciones colectivas de la multitud, de la población en su conjunto ante lo que se cree un asesino en serie –avant la lettre-, porque ese miedo colectivo, y las reacciones de sospecha e intención de linchamiento no se dan solo en las novelas. Muchas obra de Simenon son tristísimas; esta es una más triste que la media, y no solo por eso… Inolvidable esa mujer maltratada que ama a su maltratador -con un maltrato que no solo no es denuncado por los vecinos, sino que incluso alegra a los vecinos-, una mujer a quien incluso se acusa de prostituta -con riesgo incluso de ser condenada por ello- simplemente porque su amante la mantiene; que además esa relación maltratada-maltratador se considere amor profundo recíproco, hasta el punto de que emociona a los duros policías de la novela, dice mucho.

Con Georges Simenon, el argumento es una mezcla de los dos anteriores novelas. En “Maigret tiene miedo“, el asesino asesina impremeditadamente a golpes con un instrumento contundente, y luego mata a dos personas más, escogidas al azar por ser fácilmente asesinables al estar indefensas -una anciana y un mendigo-, con el mismo método, para que aparezca como parte de lo mismo, los asesinatos de un loco, de lo que entonces no se llamaba asesino en serie, y no se busquen motivaciones individuales…

Observese que aquí, a diferencia de en el caso de Agatha Christie, en el que las muertes colectivas están previstas desde el principio por el asesino -el muerto que verdad interesa no es el que tiene el apellido que empieza por A-, en la novela de Simenon el asesino no premedita la serie para encubrir el asesinato; a semejanza del caso de Chesterton, inventa el plan sobre la marcha.

Pero en los tres casos, prescindiendo de las variantes, la esencia es la misma: matar a muchos para encubrir el único asesinato que interesa. El cuento de Chesterton figura en un libro publicado en 1911. El de Agatha Christie, en 1936 (según otras fuentes, 1935). El de Simenon,  en 1953. Es posible que la elección del mismo argumento sea una mera casualidad, que dos famosos escritores de obras de misterio hayan llegado separadamente, cada cual por su cuenta, a inventar el mismo argumento, incluso Simenon, pese a que el argumento tenía ya dos precedentes.

Lo dudo.

Verónica del Carpio Fiestas

Estudiante que no duerme

-¿Cómo? -dijo Karl-, ¿es usted vendedor durante el día y de noche estudia?
-Sí -dijo el estudiante-; de otro modo nada podría hacer. Ya lo he probado todo y esta manera de vivir es, no obstante, la mejor de todas. Hace años era yo solamente estudiante, tanto durante el día como durante la noche, ¿sabe usted?; pero procediendo así casi me he muerto de hambre, Dormía en una vieja y sucia cueva y no me atrevía a acercarme a las
aulas con el traje que llevaba entonces. Pero eso ya ha pasado.
-Y ¿cuándo duerme usted? -preguntó Karl, y miró admirado al estudiante.
¡Ah, sí, dormir! -dijo el estudiante-. Ya dormiré cuando concluya mis estudios. Mientras tanto tomo café, café muy cargado.
FRANZ KAFKA, “América” (Amerika),1911-1912
En la habitación que da al patio vive un estudiante,Oscar Fachin, que se gana la vida copiando música y que tiene aspecto de no comer todos los días. de cuando en cuando mademoiselle Clément le sube una taza de té. Parece que siempre empieza negándose a aceptarla, porque es muy orgulloso. […]
-¿Están todos en casa? -preguntó el comisario.
-Todos. Excepto monsieur Fachin, el estudiante, que ha ido a trabajar a casa de un amigo. Se reúnen varios para comprar los libros. Cada cual acude a una clase y luego se reúnen para estudiar. Esto les da tiempo para ganarse la vida. Tuve uno que era guardián nocturno en un banco y que solo dormía tres o cuatro horas durante el día.
GEORGES SIMENON, Novelas de Maigret, “La ventana de enfrente” (La fenêtre ouverte), 1936.
Prefiero no buscar citas de obras literarias más recientes. Que se pueda pensar que solo a principios del siglo XX pasaban esas cosas de estudiantes que no comen y no duermen para intentar conseguir una educación.
Verónica del Carpio Fiestas

Kafka y otros

De las tres obras de que trata este post, casi estoy por decir que no lea usted ninguna, en primer lugar porque no son agradables, y en segundo lugar porque si las dos primeras son breves y se leen sin dificultad, la tercera requiere cierto esfuerzo de lectura. De las tres obras, la primera es prácticamente desconocida, la segunda bastante conocida y la última, conocidísima.

“El albarán” es el título de un cuento del escritor español José Jiménez Lozano, publicado en 1988 dentro del libro de cuentos “El grano de maíz rojo”. Está ambientado en 1323, en Carcasona, Francia, y en un par de páginas desarrolla el siguiente argumento: un proveedor de la Inquisición presenta al inquisidor secretario su cuenta detallada por maderos, sarmientos y otros materiales para quemar a herejes en hogueras de la Inquisición, y como cualquier contratista de cualquier época, encarece sus propios méritos por prestar el mejor servicio y se queja de que no le resulta rentable, y pide más dinero. Por ejemplo, explica el contratista, son grandes sus esfuerzos para aportar los materiales óptimos que permitan que la hoguera suelte el humo exacto que permita ver las contorsiones del reo sin que se ahogue éste demasiado pronto por el humo y el castigo no sea suficientemente ejemplar. Hace incluso pruebas previas con embutidos para conseguir la carbonización óptima.

La segunda obra es el cuento largo de Franz Kafka “En la colonia penitenciaria”, escrito en 1914 y ambientado no se sabe dónde. No es una de sus obras más populares; mucha gente conoce, siquiera de oídas, “El proceso”, “El castillo”o “La metamorfosis”, o incluso “América”, y sin embargo de este cuento se oye hablar poco, curiosamente, pese a que es difícil encontrar una obra de Kakfa más kafkiana en el sentido actual del término. En el caso de esta obra sucede algo parecido en esencia a lo del cuento de Jiménez Lozano, y como lectora me ha resultado imposible no poner en relación ambas obras, algo que desconozco si ya ha efectuado alguien. En resumen: una persona que pertenece a estamentos oficiales considera un instrumento de tortura y ejecución, una máquina de matar legalmente, y de matar con dolor, como algo puramente burocrático, neutro. “El oficial” explica a un tercero ajeno a su entorno el funcionamiento de la máquina, cómo se perfeccionó, su añoranza por los tiempos en los que se utilizaba más, mejor y ante más público, y, como encargado del mantenimiento, se queja, por ejemplo, de problemas para conseguir piezas de repuesto y teme que se pierda la tradición de utilizarla. La máquina es fundamental en el sistema judicial y el condenado del caso concreto que se usa por el ¿protagonista? para explicar al visitante cómo funciona la máquina ni tuvo oportunidad de defenderse por el ¿delito? del que se le acusa de haberse dormido -es un criado-, y hasta da incluso vergüenza que se pueda pensar que hubiera tenido esa oportunidad que habría sido simple oportunidad de mentir; más kafkiano, imposible. No se preocupe; no le voy a describir en qué consiste el sistema de ejecución, más que nada porque incluso al releerlo para comentarlo aún me da espanto.

Y me resulta imposible no relacionar también ambas obras con una tercera, esta vez de no ficción, y quizá una de las obras cumbres de la Filosofía Política del siglo XX: la compleja “Eichmann en Jerusalén”, de Hanna Arendt, publicada en 1963, y subtitulada “Un informe sobre la banalidad del mal”. Analizar con la profundidad que se merece el famoso concepto, tan malentendido, de la “banalidad del mal”, excede en mucho de la capacidad de una simple jurista de a pie. No obstante, hay algo que sí quizá es posible percibir, incluso desde la lectura no especializada: cómo se veía Eichmann a sí mismo. Eichmann, el repugnante nazi colaborador directo en asesinatos masivos de judíos, era, a su propio entender, un simple probo funcionario, que se limitaba a cumplir con un trabajo. Él se veía a sí mismo así, y por tanto no se consideraba responsable.

Igual que el contratista de la Inquisición que se esfuerza por cumplir bien con su contrata. Igual que el oficial que necesita repuestos para su máquina de matar y los pide por el conducto reglamentario. Personas normales, que hacen un trabajo. Cosas administrativas, puramente.

Si ha llegado hasta aquí, recuerde que las dos primeras son obras de ficción, relativamente, y la tercera, no. Relativamente, la primera y la segunda, porque cada vez que alguien tortura y mata, alguien ha fabricado esas armas de tortura y muerte, y lo hace desentendiéndose del resultado, cumpliendo incluso un contrato. Y, quién sabe, quizá en efecto hubo contratistas oficiales de materiales para hogueras durante siglos; eso lo sabrán los historiadores. Pero ciertamente hubo hogueras y cámaras de gas, y necesitaron colaboradores y fabricantes, y siguen fabricándose armas para matar al diferente, al que piensa distinto o sencillamente porque sí, por gente que no se considera responsable.  Uf.

Verónica del Carpio Fiestas

Aguas primaverales de Turgueniev

aguas

Un joven ruso de buena familia, de viaje por Frankfurt en 1840, se enamora de una joven italiana de una clase social inferior y muy honrada, y se comprometen para casarse tras unos días de conocerse y cancelar ella su previo compromiso con otro; el joven, fascinado no menos repentinamente por otra mujer, casada, abandona a la primera apenas iniciado el noviazgo, y es luego abandonado por la segunda. Esta es la escasamente discriptiva sinopsis de “Aguas primaverales”, novela corta del insigne escritor ruso Iván Turgueniev publicada en 1872 y enfocada como las reminiscencias agridulces del protagonista de lo acaecido 30 años atrás, en tono serio y nostálgico. Pero vayamos a los hechos, más allá de la sinopsis.

  • La joven, de 19 años, iba a casarse sin amor con un joven comerciante alemán en buena situación económica. Ese matrimonio se planteó por su madre como lógica obligación moral de toda joven de contribuir a sostener a su familia.
  • El hermano de la joven, delicado de salud, tiene 15 años y ya trabaja.
  • La madre es una pobre viuda, y viuda pobre, carente de la protección de un marido. Se deduce que tiene unos, digamos, ¿40 años?, y se queja de la inminente vejez.
  • Un joven militar alemán borracho ofende gravemente a la joven, cuando está con el novio, el ruso y otros allegados en un restaurante. La insolencia, intolerable, más al novio que a la chica, consiste en brindar por la chica diciendo que es guapa y coger una flor que había junto a su plato.
  • El novio alemán es un cobarde, al no cumplir con su obligación de batirse en duelo, y se le ridiculiza; el joven ruso, pese a que no le corresponde, es quien se bate. La grave ofensa da lugar a un duelo a pistola, con testigos, médico y demás detalles clásicos para jugarse la vida de forma ritualizada en defensa del honor, incluyendo el “uno, dos y tres” antes de los disparos, el mismo “uno, dos y tres” que hay ahora en carreras deportivas.
  • Se insinúa la irregularidad de que sea testigo en el duelo un viejo criado de la familia de la chica, antiguo cantante de ópera. Por su posición subordinada habría sido rechazado, se insinúa; se presenta pues como artista, figura social dudosa, pero más admisible.
  • Al duelo sobreviven ambos duelistas, sin heridas, y el médico, que ni se plantea impedir que se maten dos personas a sangre fría ni pregunta por qué, cobra sus honorarios por este trabajo, una de sus fuentes de ingresos. Ha ido provisto de los medios para curar heridas de bala: agua en un jarro de barro -de gran utilidad para prevenir infecciones, seguramente- y un maletín con instrumentos quirúrgicos.
  • La joven, para que no se la reconozca, aparece en una escena con un velo negro que tapa su cara. La otra, la mala,  también lleva velo en otra escena, echado para atrás. Porque se usaba velo.
  • La joven, como su novio no arriesgó la vida como debía ante tan gran ofensa, decide no casarse con él, ante la desesperación de la avergonzada madre, que teme la miseria y la insta a cumplir con su obligación familiar.
  • Cuando acto seguido la chica y el ruso se comprometen para casarse tras cancelarse el compromiso anterior, han transcurrido unos días desde que se conocen. Son decentes y honrados; gustarse tras conocerse es amar y amar es casarse y casarse es para siempre. En su noviazgo no se dan ni un beso.
  • Se hace mención a la dificultad de que ella sea católica y él ortodoxo; se alude a normas o criterios contra matrimonios mixtos. Por amor, ella está dispuesta a renunciar a su religión.
  • La madre se horroriza de pensar que si se casan, la pareja se irá a Rusia, lo que podría significar no ver a su hija nunca más. Fotos, tampoco había.
  • Hay conversaciones prácticas sobre ingresos de él para poder casarse; se menciona que el ruso es dueño de una finca en Rusia, con tal número de almas. Las almas son los siervos, o sea, aproximadamente, esclavos. La propiedad de la tierra incluía en Rusia la de los campesinos sometidos a servidumbre. Habrá que vender la finca. “¿Venderá usted también los colonos?”. ¿”Cuánto pide usted por alma?”.
  • Que el joven acceda a casarse con mujer sin dote lo considera un personaje un síntoma de amor violentísimo.
  • Con el sistema clásico de o virgen o p…, “la otra” es una mujer rica, casada, y que por suerte no esa cosa insufrible que es una sabihonda, pese a que tuvo una educacion tan extraña que sabe leer latín, y de la misma edad que él, 22 años. Esta perversa, que insiste en que quiere ser libre, seduce al joven con constantes provocaciones -el cabello de la mujer, fuera del sombrero en vez de decentemente recogido, es mencionado repetidas veces- y él abandona a la otra. La malvada casada, tras un adulterio descrito con elegantes elipsis, y que a él lo degrada, lo abandona. Ni una, ni otra. Después de eso él es infeliz toda la vida.
  • 30 años después, el ya no joven averigua cuántos que vivieron esa situación aún sobreviven, y como es lógico son pocos. Han muerto la mala mujer, el exnovio, el criado, el hermano y la madre, por motivos de edad, enfermedad, guerra o ignorados; hubo mucha suerte y la madre conoció a sus nietos antes de morir (la chica al final se casó con otro). Solo sobreviven el protagonista, la chica y el joven militar con el que se batió. De ocho, casi todos menores de 25 años en 1840, sobreviven tres en 1870; esa expectativa de vida era tan normal que no merecía comentario al novelista.

Como cualquiera puede comprobar en la literatura del siglo XIX, la situación descrita es bastante parecida, sociológica y legalmente, a otros casos de la época, también en otros países.

Cualquier tiempo pasado fue mejor. ¿O no?

O, si no, que parece que no, lo dejamos en que cualquier tiempo pasado fue anterior.

Verónica del Carpio Fiestas