La cubertería de plata en Occidente y en Japón, según Tanizaki

De manera más general, la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo. No hay casa donde no se haya regañado a alguna sirvienta despistada por haber bruñido los utensilios de plata, recubiertos de una valiosa pátina.

Es un fragmento del breve, muy interesante, muy conocido y, en cierto modo, desconcertante, ensayo del escritor japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) “El elogio de la sombra”, publicado en 1933; sombra no como la proyección oscura que arrojan los objetos  en el sentido opuesto de la luz, sino en el de penumbra, semioscuridad, media luz. Resumiendo mucho, la idea es que Occidente se caracteriza por haber considerado la belleza como luz, blancura y brillo, mientras que en Japón lo es más bien lo oscuro, la penumbra, la luz indirecta y difusa tanto en sí misma como al ser reflejada por objetos, y el aspecto antiguo y oscuro de la pátina del tiempo. Hasta el teléfono, si no queda más remedio que instalarlo, se coloca donde esté menos a la vista, las lámparas eléctricas se camuflan como lámparas antiguas y en las propias letrinas parece aconsejable limitar un poco las ventajas de la máxima higiene que se derivan de sanitarios y azulejos de porcelana blanca brillante en aras de otras ventajas derivadas de una penumbra de madera.

Desconozco absolutamente la cultura japonesa pero me da la impresión de que quizá tampoco sabía mucho Tanizaki de la cultura occidental, y me pregunto qué pensaríamos si un escritor occidental se permitiera escribir con generalidades comparativas así  sobre Oriente. Para empezar, ¿a qué cultura occidental exactamente se refiere Tanuzaki, y de cuándo, y a qué occidentales concretamente cuando describe su aspecto físico de piel y cabello como si solo hubiera uno posible y único, muy clara la piel y el pelo rubio? Porque meter en el mismo saco Finlandia, Grecia y Suiza, por referirnos solo a Europa, no sé yo, y sin mencionar ya siquiera Estados Unidos, que no sé hasta qué punto Arkansas tiene que mucho que ver cultural y estéticamente con, digamos, Úbeda; y poner como ejemplo de arte occidental la altura de las catedrales góticas, catedrales que, por cierto, no hay en Estados Unidos, es olvidar o ignorar que las catedrales románicas no se caracterizaban precisamente por el uso de la luz, sino de la sombra, ni tampoco de la altura, y que a los barrocos les gustaba mucho la sombra y que en realidad tampoco el gótico era una luz cruda a secas. Y de Caravaggio y Valdés Leal o las pinturas negras de Goya ya ni hablamos.  Y, la verdad, basta con dedicar tres minutos a ver fotos de las paupérrimas casas tradicionales españolas de un amplio sector del mundo  rural, y no digamos ya de las urbanas, agujeros todos sin ventilación ni luz, para comprobar que la belleza del brillo y de la luz no está precisamente entre las prioridades; y quizá no fuera solo un simple problema de miseria porque no parece que demasiadas casas ricas o palacios españoles tradicionales, incluyendo monasterios, se caracterizaran tampoco precisamente, por ser una masa de ventanas y una fuente de brillo y luz ni en construcción ni en enseres, que solo hay que ver esos siniestros muebles antiguos castellanos de oscura madera negra con encerado mate para hacerse un poco una idea de que el brillo y lo reluciente difícilmente estaba entre lo que se buscaba.

En cuanto al teléfono, en casas de las primeras décadas del siglo XX tampoco era infrecuente esconder los aparatos de teléfono, que tampoco pegaban con la decoración, y también aquí lámparas eléctricas se camuflaban como quinqués y candelabros. La integración estética de las tecnologías tampoco aquí fue exactamente cosa de dos días.

Desde luego, lo de la cubertería que he transcrito sí describe muy bien esa posible o real, eso ya lo dirán los expertos, diferencia esencial de planteamiento estético y mentalidad. No sé cuántas novelas occidentales habré leído en las que el brillo de la cubertería y los candelabros de plata es muestra de lujo y riqueza, objeto de orgullo para sus propietarios y fuente de regañinas para los criados que no son lo suficientemente cuidadosos sacando brillo. Y, por cierto, me pregunto por qué se les ocurriría a sirvientas japonesas en todas las casas, a iniciativa propia, dedicarse a sacar brillo a objetos de plata, cuando es labor pesada y nada grata y cuando no parece probable que nadie  asuma trabajos así por el mero gusto de hacer ejercicio. No hace falta explicar por qué un trabajador descuida una labor ingrata que le han ordenado hacer, entre las muchas que tiene a su cargo, o no llega a cumplirlas bien por agobio o pereza. Pero sí requiere una explicación por qué un trabajador tiene la iniciativa de hacer sin necesidad ni orden de sus jefes un trabajo ingrato que podría evitarse, por qué sirvientas japoneses sacaban brillo a los objetos de plata  en todas las casas donde había sirvientas y sin que a ninguna se lo ordenara nadie. Tanizaki no lo explica. ¿Sería quizás porque las sirvientas pensaban que brillante quedaba más bonito y que era un grave descuido ese estado patinado de los objetos? ¿Sería quizá porque ellas habían visto o tenían objetos brillantes en su propia casa y sabían por tanto que existía otra posibilidad y creían que era mejor? ¿Sería pues, quizás, que no todos los japoneses consideraban lo opaco, oscuro, envejecido y con pátina como lo más valioso cultural y estéticamente y lo único posible como acomodado a su cultura? ¿Hacía falta quizás un cierto nivel cultural, económico y estético para apreciar la belleza de la sombra? ¿Había quizás, pues, dos Japones, y uno sí consideraba normal, apreciaba y buscaba los objetos brillantes, hasta el punto de asumir voluntariamente un esfuerzo en casa ajena para conseguirlos? Me gustaría saberlo y no lo sé tras leer a Tanizaki.

“La vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar”. Me pregunto qué pensaría el Tanizaki que escribió eso en 1933 de esas imágenes callejeras del Tokio actual que con frecuencia difunden los medios de comunicación, tan llenas de inmensos anuncios de neón y de enormes pantallas con imágenes relucientes, tan parecido todo a Blade Runner, neones que ya menciona Takizaki, y qué pensaría del teléfono móvil de pantalla brillante y no ya como aparato integrado en la estética visible una casa, sino como prolongación del brazo y de la mente.

Verónica del Carpio Fiestas

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Con quiénes aconseja no debatir Schopenhauer, porque se perderá seguro la discusión

SOBRE LA CONTROVERSIA
(Parergia y Paralipomena, II, cap. II, §26)

“La controversia, la discusión sobre un asunto teórico, puede ser, sin lugar a dudas, algo muy fructifero para las dos partes implicadas en ella, ya que sirve para rectificar  o confirmar los pensamientos de ambas y también motiva el que surjan otros nuevos. Es un roce o colisión de dos cabezas que frecuentemente produce chispas, pero también se asemeja al choque de dos cuerpos en el que el más débil lleva la peor parte mientras que el mas fuerte sale ileso y lo anuncia con sones de victoria. Teniendo esto en cuenta, es necesario que ambos contrincantes, por lo menos en cierta medida, se aproximen tanto en conocimientos como en ingenio y habilidad, para que de este modo se hallen en igualdad de condiciones. Si a uno de los dos le faltan los primeros, no estará au niveau (a la debida altura), con lo que no podrá comprender los argumentos del otro: es como si en el combate estuviera fuera de la palestra. Si le falta lo segundo, la indignación que esto le provocará, le llevará paso a paso a servirse de toda clase de engaños, enredos e intrigas en la discusión y, si se lo demuestran, terminará por ponerse grosero. Por eso, en  principio, un docto debe abstenerse de discutir con quienes no lo sean, pues no puede utilizar contra ellos sus mejores argumentos, que carecerán de validez ante la falta de conocimientos de sus oponentes, ya que estos ni pueden comprenderlos ni ponderarlos.
Si, a pesar de todo, y no teniendo más remedio, intenta que los comprendan, casi siempre fracasará. Es más: con un contraargumento malo y ordinario acabarán por ser ellos quienes a los ojos del auditorio, compuesto a su vez por ignorantes, tengan razón.

Por eso dice Goethe:
“Nunca, incauto, te dejes arrastrar a discusiones:
que el sabio que discute con ignaros
expónese a perder también su norte”

Pero aún se tiene peor suerte si al adversario le faltan ingenio e inteligencia, a no ser que sustituya este defecto por un anhelo sincero de verdad e instrucción. No siendo
así, se sentirá enseguida herido en su parte más sensible y, quien dispute con él, notará enseguida que ya no lo hace contra su intelecto, sino contra Io radical del ser humano, es decir, que tiene que vérselas con la voluntad del adversario, que lo único que busca es quedarse con la victoria sea por fas o por nefas. De ahí que su mente ya no se ocupe entonces de otra cosa más que de astucias, ardides y toda clase de engaños hasta que, agotados éstos, recurra para terminar a la grosería, con el único fin de compensar de una o de otra manera sus sentimientos de inferioridad y, según el rango y las relaciones de los contrincantes, convertir la pugna de los espíritus en una lucha cuerpo a cuerpo, en
donde espera tener más posibilidades de éxito. Así, pues, la segunda regla es que no se  debe discutir con personas de inteligencia limitada. Como puede verse, pocos serán aquellos con los que se pueda entablar una controversia: en realidad, sólo debe hacerse con quienes constituyen una excepción. En cambio, la gente que constituye la regla, se  toma a mal ya el hecho mismo de que no se comparta su opinión: mas para eso tendrían que disponerla de tal manera que pudiera ser compartida. Aun sin que lleguen a recurrir a esa ultima ratio stultorum a la que más arriba nos referíamos, en controversia con ellos casi siempre se tendrá algún disgusto, porque no sólo habrá que vérselas con su incapacidad intelectual sino además con su maldad moral (…)”.

Sobre trampas y ardides en controversias, complétese con “Manual para ganar discusiones sin tener razón en Twitter, tertulias televisivas y debates parlamentarios, escrito por Schopenhauer en el siglo XIX”, enlace aquí , post de otro de mis blogs.

Teniendo en cuenta que es habitual es redes sociales opinar de todo aunque no se tenga ni idea del tema y también discutir por deporte con cualquiera, a lo mejor hay que hacer caso de Schopenhauer…

Verónica del Carpio Fiestas

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Cosas por las que merece la pena vivir

‘Death is a great price to pay for a red rose,’ cried the Nightingale, ‘and Life is very dear to all. It is pleasant to sit in the green wood, and to watch the Sun in his chariot of gold, and the Moon in her chariot of pearl. Sweet is the scent of the hawthorn, and sweet are the bluebells that hide in the valley, and the heather that blows on the hill. Yet Love is better than Life, and what is the heart of a bird compared to the heart of a man?

La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor- y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Dulce es el olor de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

“El ruiseñor y la rosa”, cuento de Oscar Wilde, de 1888; enlace a texto completo de cuento en inglés aquí y a una traducción al castellano aquí. Esto lo dice el ruiseñor cuando decide voluntaria y calladamente sacrificar su vida por lo más importante del mundo, el amor, para conseguir con el precio de su música y de la sangre de su corazón que de un rosal pueda crecer  una rosa roja que sirva para que un estudiante enamorado pueda bailar con su caprichosa amada en el baile, porque la amada ha puesto como condición para aceptar bailar con el estudiante que le entregue una rosa roja. El ruiseñor muere y la rosa roja nace y es muy hermosa y el estudiante no sabe nada del sacrificio del ruiseñor. Y la amada se niega a bailar con el estudiante, pese a ofrecerle la rosa, porque el vestido que va a llevar no pega con el color y porque, además, el sobrino del chambelán le ha regalado joyas de verdad y todo el mundo sabe que las joyas cuestan mucho más que las flores. El estudiante, enrabietado y desilusionado del amor, vuelve a su libro de Metafísica y tira la rosa a la calle y la destroza un carro que pasa por encima.

Bastante distinto es el monólogo de por qué merece la pena vivir, de Woody Allen, en “Manhattan”, película de 1979. En enumeración: Groucho Marx, un jugador de béisbol llamado Willie Mays (jugador de tenis, Jimmy Connors, en la versión doblada española), el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter de Mozart, una grabación concreta del trompetista Louis Armstrong -o sea, jazz, probablemente de los años 20 del siglo XX-, películas suecas (es de suponer que se refiere a Bergman, tan admirado por Woody Allen), “La educación sentimental” de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, las peras y manzanas de Cézanne, las gambas de tal restaurante con nombre de señor y el rostro de Tracy, la chica de 17 años de la que se ha enamorado el personaje cuarentón que interpreta Woody Allen.

Incluyo enlace a esta monólogo la versión en inglés y a la doblada en castellano.

Comparo ambos párrafos de contenido tan filosófico y pienso que muchos podríamos compartir el planteamiento del ruiseñor de Oscar Wilde y quizá también, al menos en parte, el de Woody Allen, aunque no a todos nos guste el béisbol, el jazz o Marlon Brando.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar que prefiero lo que dice el ruiseñor que se sacrifica inútilmente por un amor ilusorio y que habla de que lo merece la pena en la vida son los bosques verdeantes y los colores del sol y de la luna y el  aroma de hierbas y la  belleza de flores ocultas y humildes, más que  lo que describe Woody Allen; ese mundo urbano sin naturaleza y en el que solo existen las creaciones humanas, sean artísticas, deportivas o gastronómicas y donde solo se mira lo que se tiene delante a la altura de de los ojos y nunca se mira ni hacia arriba donde están la luna y el sol ni hacia abajo donde están las flores. Un mundo, además, solo y exclusivamente de varones que son grandes deportistas, componen inmortales sinfonías, tocan la trompeta magistralmente, dirigen películas de primer nivel, son grandes actores, escriben obras maestras sobre el amor, cantan canciones de amor a las mujeres, pintan pintura impresionista y hasta aparecen en el nombre de un restaurante, un mundo, en definitiva, donde no existen mujeres artistas, actrices ni cocineras ni nada y donde solo hay mujeres, y solo desde un punto de vista amoroso, siendo cuarentones, en la cara de una chica de diecisiete años.

Incluir en un post fotos de maravillosos bosques verdeantes y soles y lunas y flores es inútil, hay tantos en internet, y además es difícil que ninguna foto pueda transmitir en su plenitud la belleza de la naturaleza y además internet aún no permite que captemos el delicado aroma de las flores y las hierbas ni la sensación de la brisa en el campo en la cara. Sí puedo poner unas modestas fotos mías de flores y hojas, no por cómo son, sino por lo que puedan recordar, y algo muchísimo mejor, unos soles, unas lunas y unas estrellas de unos manuscritos antiguos.

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estrellas

Beato de Liébana

SOL Y LUNA ARUNDEL

BL Arundel MS 501

sol naples

Manchester, John Rylands University Library, Latin MS 53, fol. 58v

Pero lo que sí puedo poner es a un Groucho Marx desatado y absolutamente maravilloso cantando “I´m against it”, que se opone a todo y que está contra todo, sea lo que sea, da igual.  Imposible ver este vídeo y no pensar que Woody Allen, al menos en esto, sí tenía toda la razón.

Verónica del Carpio Fiestas

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¿Son felices las piedras?

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

Esto lo dijo Rubén Darío; es su poema “Lo fatal”. Y ahora lo que dijo Séneca en su obra “Sobre la felicidad”:

Aunque las piedras y los animales carecen de temor y de tristeza, nadie los llamó dichosos, faltándoles el conocimiento de la dicha“.

Bueno, pues, a lo mejor nadie había llamado dichosas a las piedras hasta la época de Séneca, pero unos cuantos siglos después un poeta sí las llamó dichosas…

Verónica del Carpio Fiestas

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“The Necessity of Atheism”

Truth has always been found to promote the best interests of mankind“.

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“La verdad siempre ha demostrado promover los mejores intereses de la Humanidad”, me atrevo a traducir.

Esta frase figura en “The Necessity Of Atheism“, “La necesidad del ateísmo”, opúsculo del poeta romántico Percy Bysshe Shelley (1792-1822).

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El opúsculo lo publicó en 1811, con dieciocho años, cuando era estudiante de Oxford, al parecer escrito junto con un compañero de estudios. Posteriormente un texto revisado y ampliado fue incorporado como nota al poema “Queen Mab“, de 1813.

Enlaces a información general aquí, al texto completo en inglés aquí y aquí. Enlace al texto completo de “Queen Mabaquí y a sus notas aquí.

Transcribo el texto, obtenido de este enlace:

THE  NECESSITY OF ATHEISM.

A CLOSE examination of the validity of the proofs adduced to support any proposition, has ever been allowed to be the only sure way of attaining truth, upon the advantages of which it is unnecessary to descant; our knowledge of the existence of a Deity is a subject of such importance, that it cannot be too minutely investigated; in consequence of this conviction, we proceed briefly and impartially to examine the proofs which have been adduced. It is necessary first to consider the nature of Belief.

When a proposition is offered to the mind, it perceives the agreement or disagreement of the ideas of which it is composed. A perception of their agreement is termed belief, many obstacles frequently prevent this perception from being immediate, these the mind attempts to remove in order that the perception may be distinct. The mind is active in the investigation, in order to perfect the state of perception which is passive; the investigation being confused with the perception has induced many falsely to imagine that the mind is active in belief, that belief is an act of volition, in consequence of which it may be regulated by the mind; pursuing, continuing this mistake they have attached a degree of criminality to disbelief of which in its nature it is incapable; it is equally so of merit.

The strength of belief like that of every other passion is in proportion to the degrees of excitement.

The degrees of excitement are three.

The senses are the sources of all knowledge to the mind, consequently their evidence claims the strongest assent.

The decision of the mind founded upon our own experience derived from these sources, claims the next degree.

The experience of others which addresses itself to the former one, occupies the lowest degree,–

Consequently no testimony can be admitted which is contrary to reason, reason is founded on the evidence of our senses.

Every proof may be referred to one of these three divisions; we are naturally led to consider what arguments we receive from each of them to convince us of the existence of a Deity.

1st. The evidence of the senses.–If the Deity should appear to us, if he should convince our senses of his existence; this revelation would necessarily command belief;–Those to whom the Deity has thus appeared, have the strongest possible conviction of his existence.

Reason claims the 2nd. place, it is urged that man knows that whatever is, must either have had a beginning or existed from all eternity, he also knows that whatever is not eternal must have had a cause.–Where this is applied to the existence of the universe, it is necessary to prove that it was created, until that is clearly demonstrated, we may reasonably suppose that it has endured from all eternity.–In a case where two propositions are diametrically opposite, the mind believes that which is less incomprehensible, it is easier to suppose that the Universe has existed from all eternity, than to conceive a being capable of creating it; if the mind sinks beneath the weight of one, is it an alleviation to increase the intolerability of the burden?–The other argument which is founded upon a man’s knowledge of his own existence stands thus.—A man knows not only he now is, but that there was a time when he did not exist, consequently there must have been a cause.–But what does this prove? we can only infer from effects causes exactly adequate to those effects;—But there certainly is a generative power which is effected by particular instruments; we cannot prove that it is inherent in these instruments, nor is the contrary hypothesis capable of demonstration; we admit that the generative power is incomprehensible, but to suppose that the same effect is produced by an eternal, omniscient Almighty Being, leaves the cause in the same obscurity, but renders it more incomprehensible.

The 3rd. and last degree of assent is claimed by Testimony—it is required that it should not be contrary to reason.—The testimony that the Deity convinces the senses of men of his existence can only be admitted by us, if our mind considers it less probable that these men should have been deceived, then that the Deity should have appeared to them—our reason can never admit the testimony of men, who not only declare that they were eye- witnesses of miracles but that the Deity was irrational, for he commanded that he should be believed, he proposed the highest rewards for faith, eternal punishments for disbelief—we can only command voluntary actions, belief is not an act of volition, the mind is even passive, from this it is evident that we have not sufficient testimony, or rather that testimony is insufficient to prove the being of a God, we have before shewn that it cannot be deduced from reason,—they who have been convinced by the evidence of the senses, they only can believe it.

From this it is evident that having no proofs from any of the three sources of conviction: the mind cannot believe the existence of a God, it is also evident that as belief is a passion of the mind, no degree of criminality can be attached to disbelief, they only are reprehensible who willingly neglect to remove the false medium thro’ which their mind views the subject.

It is almost unnecessary to observe, that the general knowledge of the deficiency of such proof, cannot be prejudicial to society: Truth has always been found to promote the best interests of mankind.—Every reflecting mind must allow that there is no proof of the existence of a Deity. Q.E.D.

La versión ampliada puede encontrarse en este enlace.

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Verónica del Carpio Fiestas

¿Jeremy Bentham y los españoles?

El filósofo Jeremy Bentham (1748-1832) dirigió varias cartas a los españoles, entendiendo por tales no siempre solo al español destinatario directo de cada carta concreta, sino el pueblo español. Adjunto dos documentos complementarios.

En primer lugar, una de esas cartas, traducida al castellano en 1820, con el prólogo de su entusiasta traductor.  El título con el que se tradujo no tiene desperdicio: nada menos que “Consejos que dirige a las Cortes y al pueblo español Jeremías Bentham“.

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La obrita -no llega a 20 páginas- presenta redacción y enfoques un poco deslavazados,  y por otra parte no resulta nada claro que Bentham conociera exactamente la situación fáctica y jurídica en España sobre la cual opina -sobre la posibilidad de una segunda cámara legislativa que no fuera de elección-, y en realidad sobre lo que más opina, pese al título, es sobre su propio país, que presenta con los tintes más negros. Pero con todo y con eso creo que merece la pena leerlo, porque algunas cosas que dice son muy agudas y perfectamente aplicables a cualquier lugar y situación donde élites no electivas ostenten un poder y se reservan puestos clave:

“¡Españoles! reflexionad en la oposicón decidida e inextinguible que debe reinar entre la reunión de los pocos que mandan y en bien estar de los mucho que obedecen. ¿Qué reforma, qué mejora, puede haber a que no se opongan con buen éxito, y por su propio interés, un cuerpo de hombres elevados en dignidad, y en cuyo nombramiento no tienen parte alguna los que les son inferiors?

Si tiene poderes, se servirán de ellos en aquel sentido; porque ¿para qué se tienen sino para ponerlos en ejercicio? ¿para qué se pide un veto sino para usarlo? Y ved aquí como lo usarán. Irán contra vosotros hasta el punto en que a su modo de entender se unas sus intereses con los vuestros pero, atendida la inmudable naturaleza del hombre, ¿podéis fundar la menor esperanza podéis tener el menor motivo de creer que darán un paso más allá?”

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Enlace al texto aquí, texto en pdf bentham-consejos-al-pueblo-espanol-1820

A mí me ha impresionado. Pero ¿impresionó también a los coetáneos?

La respuesta, quizá, en el segundo documento, de 1894. El jurista Luis Silvela suelta sapos y culebras y tira con bala al analizar la figura y la obra de Bentham y, en concreto, también, sus cartas a los españoles, en el discurso titulado “Bentham: sus trabajos sobre asuntos españoles; expositor de su sistema en España“. Aparte de decir que no influyeron o influyeron poco, describe a Bentham como un metomentodo universal que reparte consejos indeseados, de atrevida ignorancia y ególatra, de mucho estudio y poco fruto, con muchas obras incabadas y otras que son de sus discípulos más que suyas, y todo ello expresado en el educado lenguaje que es de esperar en un discurso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Es tanta animosidad contra el pobre Bentham, fallecido por cierto mucho antes, y tal contraste con el entusiasta traductor de 1820, que hasta surge la duda de si en efecto Bentham, como dice Silvela, influyó tan poco. Ni se le ocurra, por cierto, leer ese anticuado tocho jurídico; basta con que quede aquí por si alguien tiene la curiosidad de echar un vistazo, con sentido crítico. Enlace aquí , pdf discurso-luis-silvela-1894

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Bentham me suscita simpatía. Es especialmente conocido, y criticado, por su “panóptico” pero, ¿no es en realidad Bentham un visionario y un precursor? ¿Internet no viene a ser una mezcla del panóptico de Bentham y el aleph y las bibliotecas infinitas de Jorge Luis Borges?

¿Y cómo no tener simpatía por quien escribió «Una protesta contra las tasas judiciales» y contra quien detectó que el maremágnum legislativo, como el que por cierto tenemos ahora, beneficia al poderoso, y luchó intensamente para evitarlo?

Verónica del Carpio Fiestas

Schopenhauer y misoginia

Schopenhauer escribe sobre las mujeres y no tiene desperdicio: nos llama pueriles e idiotas, niñas toda la vida, incapaces de razonar, carentes de toda disposición para las artes, mentirosas hasta el punto de que hay que plantearse si merece la pena tomarnos juramento en un juicio, inferiores al hombre en honradez, carentes de todo sentido de la justicia, dice que no hemos dado al mundo nunca ninguna obra valiosa, que no hay más que vernos para darse cuenta de que no somos capaces de trabajo físico e intelectual, que si se nos dan iguales derechos deberían darnos la misma capacidad de razonar que los hombres, que nuestro lugar natural es la subordinación al varón, que nuestro amor por nuestros hijos es menos sincero que el amor del varón por sus hijos, que no deberíamos heredar bienes en igualdad con los hombres, que somos incapaces de administrar, que necesitamos y debemos tener siempre un tutor y un amo, que a mayor influencia de las mujeres más corrupción social y no sé cuántas lindezas más. Aparte, claro, de decir que nuestra única finalidad es la propagación de la especie y ahí acaba nuestra función y que nuestro campo son los cuidados, que para eso estamos preparadas por la naturaleza y para nada más.
Hay que leerlo para creerlo. Aquí enlace al texto de Schopenhauer, en inglés, ya que no lo he encontrado en castellano y alemán no sé.
Schopenhauer, para quien no lo sepa, es uno de los más grandes filósofos del siglo XIX, y de toda la historia; un genio. ¿Qué hemos de pensar de un filósofo que piensa así? ¿Y de una sociedad que piensa que quien era y pensaba así es un gran filósofo? ¿Es anecdótico e irrelevante y no afecta al resto de su extenso pensamiento, ni lo descalifica ni lo condiciona? ¿Da igual que diga que solo el varón es hombre en el sentido estricto, que las mujeres no lo somos? ¿Qué pensaríamos de un autor que escribiera así en un texto si donde pone “mujeres y hombres” dijera “negros y blancos”? “Era un misógino”, “era un machista”, se dice, y pasemos a otra cosa; como si fuera menos grave que decir “era racista”.
Pues piense además que este concepto de la mujer y de su esfera “natural” de los cuidados se ha mantenido como cosa aceptada y consabida durante muchísimos años.
¿Y qué pensaríamos de quienes siguieran considerando, o descubren ahora dándoselas de modernos, que la esfera de la mujer es la misma que decía Schopenhauer, la propagación de la especie y los cuidados, y que esa es su función y su esencia, como si hubiera una esencia femenina y otra masculina? Pues déle una vuelta al tema cuando lea a ciertos políticos de un lado y del otro del arco ideológico, que resulta que piensan lo mismo; los extremos se tocan. Y, eso, sí, ninguno nos llama idiotas; aún careciendo como carecemos las mujeres, por lo visto, de todo sentido de la justicia, eso no tendremos más remedio que reconocerlo y agradecérselo.
Verónica del Carpio Fiestas