Por qué España, según Albert Camus

Pocos escritores hay tan indiscutibles en su independencia personal y su lucha contra todo tipo de totalitarismos, de derechas, de izquierdas o mediopensionistas, como Albert Camus. Por tanto, lo que escribe sobre la guerra civil española y sobre la España de Franco tiene más interés y más valor que lo que puedan decir quienes solo dan importancia a aquello que les interesa. A continuación se transcribe un artículo de Albert Camus publicado en el periódico francés «Combat», «organo del movimiento de liberación francés» (originalmente periódico de la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial), con fecha 25 de noviembre de 1948. Se trata de la respuesta a una crítica a su obra de teatro «Estado de sitio», sobre la tiranía totalitaria, que ambientó en España (españoles, Cádiz, Guadalquivir, guardias civiles, personaje llamados Diego y Victoria, etc.). El texto original de la obra de teatro «L´État de siège» puede leerse en este enlace; el artículo en «Combal», en francés, está accesible en este enlace a la Biblioteca Nacional Francesa. El texto, no muy largo, consta de una primera parte de justificación de por qué contesta a una crítica del filósofo Gabriel Marcel a su obra de teatro —deja claro que no es a la crítica en sí misma a lo que contesta, porque la crítica es legítima, sino que a lo que responde es a la crítica de que una obra sobre la tiranía totalitaria se situase en España— y de un durísimo análisis del papel de Francia en relación con el totalitarismo franquista, descrito este totalitarismo con toda su crudeza, y la complicidad ante la represión de la posguerra, y no solo de la Francia de Vichy colaboracionista con Hitler; la Francia de la vergonzosa entrega a Franco de republicanos españoles, como Companys, y de los campos de concentración para los refugiados, como Antonio Machado.

La versión en español que transcribo figura en el libro «Ensayos» de Albert Camus, en la colección Biblioteca Premios Nobel de Aguilar, 4ª ed., 1981, páginas 340-345. traducción de Julio Lago Alonso; por error se menciona que el artículo original se publicó en diciembre de 1948. En internet figuran diversas traducciones (enlaces aquí y aquí).

«¿Por qué España? Contestación a Gabriel Marcel.

No contestaré aquí más que a dos pasajes del artículo que usted ha dedicado a El estado de sitio en las Nouvelles Littéraires. Pero en ningún caso quiero responder a las críticas que usted u otros han podido hacer a esta obra como pieza de teatro. Cuando uno se decide a presentar una obra de teatro, a publicar un libro, se pone en el caso de ser criticado y se acepta la censura de su tiempo, Por más que haya algo que decir, necesita callarse.

Sin embargo, usted ha rebasado sus privilegios de crítico al asombrarse de que una obra sobre la tiranía totalitaria fuese situada en España, mientras que a usted le hubiese parecido mejor situada en los países del este de Europa. Y me da usted definitivamente la palabra al decir que constituye una falta de valor y de honradez. Verdad es que es usted lo suficientemente buena persona para pensar que yo no soy el responsable de esta elección […]. Lo malo es que la obra transcurre en España porque he sido yo quien ha elegido y he elegido solo después de reflexionar, y allí he decidido que se desarrolle, Así, pues, soy yo quien tiene que encajar sus acusaciones de oportunismo y de falta de honradez. En estas condiciones, no le asombrará que me sienta forzado a contestarle.

Por otra parte, es probable que ni siquiera me defendiera contra estas acusaciones (¿y ante quién puede hoy justificarse uno?) si no hubiese tocado usted un tema tan grave como el de España. Pues verdaderamente no tengo necesidad alguna de decir que no he buscado el halago de nadie al escribir El estado de sitio. Yo he querido atacar de frente un tipo de sociedad política que se ha organizado, o que se organiza, a derecha y a izquierda, según el modo totalitario. Ningún espectador de buen fe puede dudar que esta obra toma partido por el individuo, por la carne en lo que de noble tiene, por el amor terrestre en fin, contra las abstracciones y los terrores del Estado totalitario, sea ruso, alemán o español. Graves doctores reflexionan todos los días sobre la decadencia de nuestra sociedad, buscando sus profundas razones. Sin duda que estas razones existen. Pero para los más sencillos de entre nosotros, el mal de la época se define por sus efectos, no por sus causas. Se llama el Estado policíaco o burocrático. Su proliferación en todos los países bajo los más diversos pretextos ideológicos, la insultante seguridad que le dan los medios mecánicos y psicológicos de la represión, forman un peligro mortal para lo que hay de mejor en cada uno de nosotros. Desde este punto de vista, la sociedad política contemporánea, cualquiera que sea su contenido, es despreciable. Nada distinto a esto he dicho, y por eso es por lo que El estado de sitio es un acto de ruptura que no quiere callar nada.

Dicho claramente lo anterior, ¿por qué España? Yo le confieso que, si fuese usted, me daría vergüenza hacer la pregunta. ¿Por qué Guernica, Gabriel Marcel? ¿Por qué esta cita en que, por primera vez ante la faz de un mundo todavía dormido en su confort y en su miserable moral, Hitler, Mussolini y Franco han demostrado a los niños lo que era la técnica totalitaria? Sí, ¿por qué esta cita que también nos concierne? Por primera vez los hombres de mi edad se encontraban con la injusticia triunfante en la historia. La sangre inocente corría entonces en medio de un charlataneo farisaico, el que precisamente dura todavía. ¿Por qué España? Pues porque todavía quedamos algunos que no nos lavaremos las manos ante la sangre. Cualesquiera que sean las razones de un anticomunismo, y yo las conozco buenas, no se hará aceptar por nosotros si se abandona a sí mismo hasta llegar a olvidar esta inusticia, que se perpetúa con la complicidad de nuestros gobernantes. Yo he dicho tan alto como me ha sido posible todo lo que pensaba de los campos rusos de concentración. Pero eso no me hará olvidar Dachau, Buchenwald y la agonía sin nombre de millones de seres, ni la horrible represión que ha diezmado la República española. Sí; a pesar de la conmiseración se nuestros políticos, es todo eso lo que hay que denunciar conjuntamente. Y no excusaré esta asquerosa peste al oeste de Europa porque esté ejercitando sus devastaciones también en el Este, en extensiones mayores. Escribe usted que para los que están bien informados no es de España de donde les vienen en este momento las noticias propias para desesperar a los que tienen el gusto de la dignidad humana. Está usted mal informado, Gabriel Marcel. Ayer mismo cinco políticos de la oposición han sido condenados allá a muerte. Pero usted, cultivando el olvido, se prepara para estar mal informado. Usted ha olvidado que las primeras armas de la guerra totalitaria han sido empapadas con sangre española. Ha olvidado usted que en 1936 un general rebelde ha levantado en nombre de Cristo un ejército de moros, para lanzarlo contra el Gobierno legal de la República española; que ha hecho triunfar una causa injusta después de matanzas que no tienen explicación posible, y que entonces ha empezado una represión atroz que ya dura diez años y que no ha terminado todavía. Si, verdaderamente, ¿por qué España? Porque usted, con otros muchos, ha perdido la memoria.

Y también porque con un pequeño número de franceses me sucede que no estoy contento todavía ni orgulloso de mi país. Que yo sepa, Francia no ha entregado a los oposicionistas soviéticos al Gobierno ruso. Aquí viven en libertad. Claro que sin duda también llegará eso; nuestras minorías están dispuestas a todo. Pero, por el contrario, para con España hemos hecho bien las cosas. En virtud de la cláusula más deshonrosa del armisticio, hemos entregado a Franco, por orden de Hitler, a republicanos españoles, y, entre ellos, al gran Luis Companys. Y Companys ha sido fusilado , en mediod e este horroroso tráfico. Era Vichy, por supuesto, no éramos nosotros. Nosotros únicamente habíamos metido en un campo de concentración al poeta Antonio Machado en 1938, de donde no salió más que para morir. Pero ese día en que el Estado francés se hacía el reclutador de los verdugos totalitarios, ¿quién levantó la voz? Nadie. Es, sin duda, Gabriel Marcel, que los que hubieran podido protestar encontraban, como usted, que todo eso era poca cosa junto a lo que se detestaba más el el régimen ruso. Aquí no ha pasado nada: ¡total un fusilado de más o de menos…! Pero un rostro de fusilado es una llaga muy fea, y acaba por introducirse allí la gangrena. Ha ganado la gangrena.

¿Dónde están, pues, los asesinos de Companys? ¿En Moscú o en nuestro país? Hay que contestar: en nuestro país. Es preciso decir que nosotros hemos fusilado a Companys, que nosotros somos responsables de lo que ha venido después. Hay que declarar que nos hemos denigrado por haberlo hecho y que nuestra única manera de reparar consiste en mantener el recuerdo de una España que ha sido libre y que nosotros hemos traicionado, como hemos podido, en nuestro pueblo y a nuestra manera, que eran pequeños.

Y es cierto que no hay una potencia que no la haya traicionado, salvo Alemania e Italia, que fusilaban a los españoles de cara. Pero esto no puede ser un consuelo, y la España libre continúa, con su silencio, pidiéndonos reparación. Yo he hecho lo que he podido, en cuanto respecta a mi débil parte, y es eso lo que le escandaliza a usted. La cobardía y el juego sucio hubiesen sido aquí el pactar. Pero me callaré con esto y no diré todos mis sentimientos, por consideración a usted. Todo lo más podría añadir que ningún hombre sensible se debería haber asombrado de que, teniendo que hacer hablar al pueblo de la carne y la nobleza para oponerlo a la vergüenza y a las sombras de la dictadura, haya escogido al pueblo español. A pesar de todo, yo no podía escoger el público internacional del Reader´s Digest o los lectores de Samedi-Soir y France Dimanche.

Pero quizá tiene usted prisa para que yo me explique sobre el papel que he dado a la Iglesia. En este punto seré breve. Usted encuentra odioso este papel, mientras que en mi novela no lo era. Pero en mi novela tenía que rendir justicia a aquellos de entre mis amigos cristianos que he encontrado durante la ocupación en un combate que era justo. Por el contrario, en mi obra de teatro yo tenía que decidir cuál ha sido el papel de la Iglesia de España. Y si lo he hecho odioso, es que, ante la faz del mundo, el papel de la Iglesia de España ha sido odioso. Por muy dura que sea esta verdad para usted, se consolará usted pensando que la escena que le molesta no dura más que un minuto, mientras que la que sigue ofendiendo a la conciencia europea dura desde hace diez años. Y la Iglesia entera se hubiese mezclado en este increíble escándalo de obispos españoles que bendecían los fusiles de la ejecución sumarísima si desde los primeros días dos grandes católicos, uno de ellos Bernanos, hoy ya muerto, y el otro José Bergamín, desterrado voluntario de su país, no hubiesen levantado la voz. Bernanos no hubiese escrito lo que usted ha leído sobre esto. Él sabía que la frase que concluye mi escena: “Cristianos españoles, estáis abandonados”, no insulta a vuestra fe. Sabía que si hubiese dicho otra cosa, o si me hubiese callado, a quien hubiera insultado yo habría sido a la verdad.

Si tuviese que rehacer El estado de sitio, lo volvería a situar en España: he ahí mi conclusión. Y a través de España, mañana como hoy, quedaría claro para todo el mundo que la condenación que se hace en la obra apunta a todas las sociedades totalitarias. Pero, por lo menos, eso no hubiese ocurrido sino al precio de una vergonzosa complicidad. Es así y no de otra forma, nunca de otra forma, como podremos conservar el derecho a protestar contra el terror. He ahí por qué yo no puedo estar de acuerdo con usted cuando dice que nuestro acuerdo es absoluto en cuanto al orden político. Porque usted acepta callarse sobre un terror para combatir otro mejor. Todavía quedamos algunos que no nos queremos callar sobre nada. Es nuestra sociedad política entera la que nos hace levantar el corazón. Y así no habrá salvación más que cuando todos los que valen todavía algo la hayan repudiado por completo, para buscar, en otro sitio que no sean las contradicciones insolubles, el camino de la renovación. De aquí a que eso llegue, hay que luchar. Pero sabiendo que la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios. Se edifica sobre las culpas de los liberales. Las palabras de Talleyrand son despreciables: una culpa no es peor que un crimen. Pero la culpa acaba por justificar el crimen y darle su coartada. Entonces desespera a las víctimas, y así es como es culpable. Eso es precisamente lo que yo no puedo perdonar a la sociedad contemporánea: que sea una máquina de desesperar hombres.

Encontrará usted sin duda que empleo demasiada pasión para un pretexto tan pequeño. Entonces déjeme que por una vez hable en mi nombre. El mundo en que vivo me repugna, pero me siento solidario de los hombres que sufren en él. Hay ambiciones que no son las mías, y yo no me sentiría a gusto si tuviese que caminar apoyándome en los pobres privilegios que se reservan para los que se las arreglan con este mundo. Pero me parece que hay otra ambición que debería ser la de todos los escritores: dar testimonio y gritar, cada vez que sea posible y en la medida de nuestro talento, por los que están sujetos a servidumbres como nosotros. Es esa ambición la que usted ha puesto en entredicho en su artículo, y yo no dejaré de negarle el derecho para ello en tanto que el asesinato de un hombre no parezca indignarle a usted más que en la medida en que este hombre comparta sus ideas.»

Por la selección,

Verónica del Carpio Fiestas

Los tres medios para comprender objetivamente la propia civilización, según Bertrand Russell

«No es en modo alguno fácil ver la propia civilización desde una perspectiva justa. Hay tres medios evidentes para alcanzar este fin: el viaje, la historia y la antropología […]; pero ninguno de los tres es ayuda tan grande para la objetividad como parecen ser. El viajero ve sólo lo que le interesa; por ejemplo, Marco Polo jamás reparó en los pequeños pies de las mujeres chinas. El historiador ordena los sucesos como arreglo a esquemas derivados de sus propias preocupaciones-. la decadencia de Roma ha sido atribuida, en ocasiones diversas, al imperialismo, al cristianismo, a la malaria, al divorcio y a la inmigración, siendo estas dos últimas causas las favoritas en Estados Unidos entre los clérigos y los políticos, respectivamente. El antropólogo selecciona e interpreta hechos de acuerdo con los prejuicios que prevalecen en su tiempo. ¿Qué sabemos de los salvajes, nosotros, que nos quedamos en casa? Los rousseaunianos dicen que son nobles, los imperialistas dicen que son crueles; los antropólogos de mentalidad eclesiástica dicen que son unos virtuosos padres de familia, mientras que los defensores de la ley del divorcio dicen que practican el amor libre; sir James Frazer dice que siempre están matando a su dios, mientras otros dicen que están ocupados en ritos de iniciación. En una palabra: el salvaje es el chico servicial que hace todo lo necesario para las teorías de los antropólogos. Pero, a pesar de estas desventajas, el viaje, la historia y la antropología son los mejores medios y debemos sacarles todo el partido posible.»

Se trata de un fragmento del libro «Elogio de la ociosidad y otros ensayos» (Colección «Los libros de Sísifo», Ed. Edhasa, 2004), en concreto del capítulo «Civilización occidental», del insigne filósofo y escritor británico Bertrand Russell (1872-1970), Premio Nobel de Literatura 1950. El libro contiene ensayos escritos entre los años 1928 y 1935.

Por cierto, en ese mismo libro hay otros ensayos interesantes, como el análisis de los orígenes del fascismo (los motivos suenan horriblemente actuales), en un capítulo que el libro se titula «La ascendencia del fascismo» y que puede encontrarse completo en inglés en este enlace, con el título en inglés «The Ancestry of Fascism».

Verónica del Carpio Fiestas

¿Pero por qué estamos en este año? Nueva datación desde 1384

«Como el Rey Don Juan mandó tirar la Era de Cesar, é poner el año de Nascimiento de Nuestro Señor Jesu-Cristo. El Rey Don Juan, estando en estas Cortes, ordenó é mandó que en las escripturas de aqui adelante se ficiesen se pusiese el año del Nascimiento de Nuestro Señor Jesu-Christo, que comenzó este año dende la Navidad en adelante, é fué año del Señor de mil é trecientos é ochenta é tres; é no se pusiese la Era de Cesar, que fasta entonce se usara en Castilla é en Leon. E fué muy bien fecho, é plogo á todos dello.» Crónicas de los reyes de Castilla, desde Don Alfonso el Sabio hasta los católicos Don Fernando y Doña Isabel / colección ordenada por Cayetano Rosell. Tomo II, Biblioteca de Autores Españoles, Tomo LXVIII, Rivadeneyra, 1877, p. 83. digitalizado en Biblioteca Digital de Castilla y León.

«El rey de Castilla declara abolida la costumbre de datar los documentos reales siguiendo el cómputo de la Era Española. Desde la Navidad de 1384 se utilizarán sólo las fechas correspondientes a la Era Cristiana.

La misericordia del Padre eterno e inmortal, queriendo reparar el daño provocado por la desobediencia del primer hombre, por la cual el género humano había caído y estaba sujeto al poder del diablo, con piadosa y justa providencia envió del trono de su majestad a la tierra a su glorioso Hijo Nuestro Señor Jesucristo en forma humana dentro del muy santo y bendito cuerpo de Santa María la Virgen; y tal Encarnación y maravillosa Natividad fue el comienzo de nuestra redención y salvación, según la verdad revelada en la Sagrada Escritura y en la doctrina de la Santa Madre Iglesia que mantiene y sostiene la fe católica. Por lo tanto, me parece justo que tanto yo como todos los demás verdaderos y fieles Príncipes de la Fe Católica, de la Religión y la Unidad, tanto más recordemos y conmemoremos aquella santa Natividad por cuanto hemos recibido por ella la mayor gracia y beneficio, no siguiendo la antigua costumbre, pues en los escritos originales de los reyes de los que desciendo se toma como referencia a los hombres gentiles. Y es deseo de mi autoridad real abolir y cambiar esta costumbre, en cuanto no existe nada superior en la tierra, excepto en lo espiritual, a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Jesucristo, en cuyo loor y gracia establezco, apruebo y ordeno por esta ley mía que desde el próximo día de Navidad, que comenzará el veinticinco de diciembre del año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1384 y de ahí en adelante para siempre, todas las cartas, documentos de recaudaciones, testamentos, declaraciones y cualquier otro escrito del tipo que sea que se redacten en mi reino, tanto por los naturales de aquí como por cualquier otro, lleven indicación del año y la fecha tomando como referencia el año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo desde el año 1384, y que ello aparezca en los documentos de la siguiente manera: hecha o escrita en el año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1384. Y después de acabado este año, se proceda a fechar los escritos desde ahí en adelanmte tomando como referencia al año de nacimiento del Señor, aumentando de año en año según establece la santa Iglesia. Y ordeno que los escritos que se hagan a partir de la próxima navidad y no indiquen la fecha con referencia al año del nacimiento del Señorno tengan valor ni sirvan para dar fe de la fecha, igual que si no figurara en ella ninguna referencia temporal. Sin embargo, tengo a bien que las cartas y escritos anteriores a esete año del nacimiento del Señor de 1384 en que se haga referencia a la era de césar o a la era de la creación del mundo o a otras eras o tiempos con que era costumbre datar los escritos hasta ese momento, todas las que se presentaron o se presenten dede ahí en adelante tanto en el terreno legal como no legal servían antes de establecer como nueva referencia el año 1384 del nacimiento del Señor. Yo Bartolomé Tallante, escribano del Rey y notario público de su Corte y en todos sus reinos, fui quien escribí, copié y di forma a este documento a partir del cuaderno donde está escrita esta ley, y la entregué a Martín Ibáñez Navarro del reino de León, que fue a quien se encomendó hacer llegar las copias de dicha ley a las ciudades, pueblos y lugares de nuestro Rey y Señor. Y como prueba de su autenticidad estampé en este lugar mi firma habitual.» (Documento incluido en el libro de Fernando Díaz-Plaja «Historia de España en sus documentos. Siglo XIV», Ed. Cátedra, 1992. p.218).

Estos deliciosos textos plantean a quien, como yo, sea absolutamente lega en datación histórica, todo tipo de dudas: ¿O sea que no siempre se dató en España conforme al mismo calendario? ¿Qué otros calendarios se usaban? ¿Y qué sucedía en el resto de los reinos cristianos de lo que hoy es territorio español? ¿Se cumplió esta ley o pasó como tantas, que quedó en papel mojado? Una somera búsqueda por internet ofrece respuestas, por ejemplo aquí, o hasta en Wikipedia.

Y ya, con planteamiento de jurista, otras dudas más: ¿De verdad se pasó a considerar como sin fechar aquel documento posterior en el que no se cumpliera la norma del nuevo calendario? ¿Y con qué consecuencias procesales? ¿Dio lugar a pleitos?

Y más con planteamiento de jurista: hay que ver qué bonita disposición transitoria contiene este texto.

Y , last but not least acabando con el planteamiento de jurista, me surge una inesperada y grave perplejidad jurídica de fondo, con múltiples preguntas a las que no tengo respuesta: ¿Pero en qué norma del ordenamiento jurídico español vigente se incluye cómo ha de ser el sistema de calendario que rige en España? ¿Es que eso tiene que venir en una norma? ¿Por qué el año 1877 en que se publicó el libro de al Biblioteca de Autores Españoles se consideraba oficialmente el año 1877? ¿Que el año 1992, en que se publicó el libro de Díaz-Plaja, era oficialmente el año 1992? ¿Por qué estamos oficialmente en el año 2021?

Verónica del Carpio Fiestas

«La plaza del Diamante» de Mercè Rodoreda y el arca de novia

«Y salimos al salón. En seguida vi un baúl dorado de arriba abajo, dorado y azul, con escudos de colores todo alrededor de la parte baja y, en la tapa que estaba levantada, una Santa Eulalia ladeada, con un lirio de San Antonio en la mano y un dragón cerca, con la cola enroscada en una montaña sin árboles y la boca abierta de par en par, con tres lenguas de fuego como tres llamaradas. Un baúl de novia, dijo la señora, gótico«.

Se trata de un fragmento de «La plaza del Diamante«, novela de la escritora catalana Mercè Rodoreda (Barcelona 1908-Girona 1983), escrita en catalán («La plaça del Diamant«, 1962). La edición que manejo es de de la edición de Edhasa, 2007, traductor Enrique Sordo.

De «La plaza del Diamante» se suele resaltar que se trata del retrato de una vida cotidiana de mujer en preguerra, guerra y posguerra en Barcelona; de una mujer de clase muy modesta, Natalia, «Colometa» por sobrenombre puesto, o impuesto, por un marido egoísta y aparentemente cariñoso empeñado en tener un palomar que es ella la que ha de cuidar mientras él regala alegremente las palomas que tanto esfuerzo cuesta cuidar; una mujer que trabaja limpiando casa ajenas y vive una vida dura, hasta el punto de, en su desesperación, planear el asesinato de sus muy queridos hijos ya huerfanos de padre muerto en la guerra, y suicidarse, nada menos que por ingestión de aguafuerte con un embudo, para evitarles las penalidades y el horror del hambre en la posguerra; una mujer que, en realidad, nunca ha tenido la oportunidad de vivir una vida propia. Podría transcribir varias durísimas escenas, como esa, la más dura del libro, de cuando, en la más absoluta miseria de la posguerra de la Guerra Civil, sin poder dar a su hijo y su hija algo de comer y sin esperanza de mejorar, decide matar a sus hijos y sucidarse y no tiene ni siquiera dinero para comprar el aguafuerte. Podría también escoger frase como «la historia valía más leerla en los libros que escribirla a cañonazos«.

O podría ser optimista. Podría, por ejemplo, aprovechar para aprender sobre Arte.

¿Cómo sería ese baúl de novia, «un baúl dorado de arriba abajo, dorado y azul, con escudos de colores todo alrededor de la parte baja y, en la tapa que estaba levantada, una Santa Eulalia ladeada, con un lirio de San Antonio en la mano y un dragón cerca, con la cola enroscada en una montaña sin árboles y la boca abierta de par en par, con tres lenguas de fuego como tres llamaradas«, el de la casa de gente pudiente (y moralmente miserable) donde trabaja como asistenta Natalia «Columeta»? Pues a lo mejor hay forma de saberlo.

Transcribo en parte una interesante entrada del blog del Museu Nacional d’Art de Catalunya, post de 15 de octubre de 2020 por Daniel Vilarrúbias, titulado «Un arca nupcial de lujo del siglo XVI en el Museu Nacional«:

«El arca -en Catalunya se usaba siempre el término caixa (caja)- fue quizás el mueble contenedor por excelencia en la Catalunya de la Edad Moderna, ya que la tipología aparece a mediados del siglo XV en coexistencia con los cofres con herrajes o de aspecto más pesado y desaparece a mediados siglo XVIII, cuando se generaliza el armario y hace irrupción un mueble de tocador como la cómoda, más apto para guardar el ropaje.

De las cajas se puede reseguir la evolución formal y decorativa a lo largo de todo el periodo que hemos comentado anteriormente, y, como ha apuntado la experta Eva Pascual, quizás es uno de los pocos ámbitos donde esto ocurre con tanta continuidad y dentro de un lapso temporal tan extenso. Tanto los inventarios post-mortem de los bienes existentes en un domicilio como algunos interiores plasmados en pinturas revelan que las casas tenían cofres y muebles contenedores en una proporción muy superior a mesas y otros tipos de mobiliario, desde al menos finales de siglo XV.

Cabe destacar que hubo dos tipos principales de cajas, las de dos paneles separados por montantes moldurados –medio cofre-, y las de tres paneles o cofre mayor; creemos que las dimensiones del interior para estas últimas rondaban la cana, medida que en Barcelona equivalía a 156 cm.

El arca nupcial con la Anunciación del Museu Nacional

En la exposición permanente del Museu Nacional encontramos un espléndido ejemplo de caja nupcial de nogal -quizás de álamo-. Como medio cofre presenta un frontal de dos paneles separados entre ellos por el montante o monje decorado con taladrados o tracería calada, y toda la caja se encuentra elevada por una alta socolada moldurada y calada de gran potencia y aparatosidad, que le hace alcanzar una longitud máxima de 140 cm. […] «.

Y aquí enlace a la foto que figura en este post, del arca de Museu Nacional d’Art de Catalunya. No es igual a ese «baúl dorado de arriba abajo, dorado y azul, con escudos de colores todo alrededor de la parte baja y, en la tapa que estaba levantada, una Santa Eulalia ladeada, con un lirio de San Antonio en la mano y un dragón cerca, con la cola enroscada en una montaña sin árboles y la boca abierta de par en par, con tres lenguas de fuego como tres llamaradas«, pero nos hacemos una idea, ¿no?

Arca nupcial con la Anunciación del Museu Nacional d’ Art de Catalunya

Verónica del Carpio Fiestas

Homo ludens: juego, Derecho y proceso judicial

Se va a transcribir un fragmento de una obra clásica escrita en 1938, «Homo ludens», del ilustre historiador holandés Johan Huizinga (1872-1945). Más allá del «homo sapiens» y del «homo faber», el hombre como animal que es capaz de pensar y de fabricar, Huizinga, que considera insuficientes esas descripciones convencionales, añade el «homo ludens», el hombre que es capaz de jugar y que hace del juego la base de la cultura. Uno de los capítulos está dedicado al juego y el Derecho; a ese capítulo corresponde el fragmento. La traducción es de la edición de Alianza, 2004.

«A primera vista la esfera del derecho, de la ley y de la Administración de Justicia parece estar muy apartada de la esfera lúdica. Una santa seriedad y el interés vital del individuo y de la comunidad dominan todo lo que se refiere al derecho y a la justicia. La base etimológica de las palabras que expresan los conceptos de derecho, de lo justo y de la ley se halla sobre todo, en el dominio de establecer, constatar, indicar, reunir mantener, ordenar, acoger, escoger, repartir, ser igual, vincular, estar acostumbrado, estar firme. Conceptos todos bastante opuestos a la esfera semántica en que aparecen las palabras para designar el juego. Pero ya hemos observado, a menudo, que la santidad y la seriedad de una acción en modo alguno excluyen su cualidad lúdica.

Pronto se nos manifiesta la posibilidad de una afinidad entre el derecho y el juego en cuanto observamos que el ejercicio efectivo del derecho, en otras palabras, el proceso jurídico, cualesquiera que sean las bases ideales del derecho, posee en alto grado el carácter de una porfía. La conexión entre competición y la formulación del derecho asomó ya en la descripción del potlatch que Davy trató desde el aspecto histórico-jurídico como el origen de un sistema primitivo de convenio y obligación. La contienda judicial vale entre los griegos como «agón», como una pugna sometida reglas fijas y que se celebra con formas sagradas y en el cual las dos partes contendientes apelan a la decisión de un árbitro. Está concepción del proceso judicial como contienda no debe ser considerada como un desarrollo posterior, como una transposición conceptual, y mucho menos como una degeneración cual parece hacerlo Ehrenberg. Por el contrario, todo el desarrollo parte de la naturaleza agonal de la contienda jurídica, y este carácter de porfía lo conserva vivo hasta nuestros días.

Quién dice porfía dice también juego. Ya vimos antes que no existe motivo suficiente para sustraer a ninguna competición su carácter lúdico. Lo lúdico y lo agonal, ambos exaltados a la esfera de lo sagrado, que toda comunidad reclama para su administración de justicia, se trasluce todavía hoy en diversas formas de la vida jurídica. La administración de Justicia tiene lugar en una corte. Esa corte es todavía en el pleno sentido de la palabra […] «el círculo sagrado» en que vemos todavía sentados a los jueces en el escudo escudo de Aquiles. Todo lugar en que se pronuncia justicia es un auténtico «temenos», un lugar sagrado, que ha sido recortado y destacado del mundo habitual. El lugar es cuidado y exorcizado. El tribunal es un auténtico círculo mágico un campo de juego en que se cancela temporalmente la diferencia de rango habitual entre los hombres. En él se es temporalmente inviolable. […] La Cámara de los Lores inglesa es todavía en el fondo una corte de justicia, lo que explica que el «saco de lana» dónde se sientan el lord canciller, que nada tiene que hacer allí, se considere como «technically outside the precints of the house», «técnicamente fuera del recinto».

Los jueces se salen de la vida habitual antes de pronunciar sentencia. Se revisten con la toga o se colocan una peluca. ¿Es que se ha estudiado la significación etnológica de todo este aparato de los jueces y los abogados ingleses? A mí me parece que su relación con la moda de pelucas de los siglos XVII y XVIII es secundaria. Propiamente es una supervivencia del viejo distintivo de los juristas inglés, el «coif», que fue, al principio, un bonete blanco muy ceñido, representado todavía por un pequeño ribete blanco debajo de la peluca. Pero la peluca del juez es algo más que una supervivencia de un viejo uniforme. En su función hay que considerarla como bastante cercana a las danzas de máscaras de los pueblos primitivos. Convierte a quien lo lleva en «otro ser». El pueblo inglés, en su veneración por la tradición, que le es tan característica, ha conservado en su vida jurídica otros rasgos muy antiguos. El elemento deportivo y de humor que lucen los procedimientos judiciales con tanta fuerza pertenece a los rasgos fundamentales de la vida jurídica en general. Es cierto que tampoco está ausente por completo este rasgo en la conciencia popular de otros países. «Be a good sport», solía decir el contrabandista de alcohol en los días en que la prohibición norteamericana el funcionario de aduanas que quería levantar un acta del caso.

Un antiguo juez me escribía en una ocasión: «El estilo y el contenido de nuestros protocolos revelan con qué entusiasmo deportivo nuestros abogados se disparan recíprocamente con argumentos y réplicas y con mucha sofistería. Su estado de espíritu me ha hecho recordar, a veces, el portavoz de un proceso «Adat» javanés que, a cada nuevo argumento, hunde un palito en la tierra y procura ganar la contienda por el mayor número de palos.»

Aparte de lo interesante y valioso del fragmento, del capítulo y del libro, obra clásica como he dicho, se me ocurre una pregunta que quizá sería impensable en países donde la Administración de Justicia sea muy distinta a la de España. Me pregunto qué argumentación antropológica e histórica habría desarrollado Huizinga y a qué conclusiones habría llegado si hubiera tenido oportunidad de ver los juzgados españoles, de cutre concepción arquitectónica y en permanente estado de lamentable conservación, y en las que no es ya que el carácter escogido de las instalaciones brille por su ausencia, sino que lo que de verdad brilla es la crónica falta de atención y el desprecio por parte del Estado a una función que Huizinga considera lúdica y sagrada; no sé qué habría dicho Huizinga si hubiera visto juzgados en edificios del nivel de ínfima oficina municipal, con goteras y hasta en barracones, donde el elemento humorístico y deportivo solo existe si es en relación con saltar charcos de goteras en el suelo. Solo de pensarlo no sé ni reír si reír o llorar.

Verónica del Carpio Fiestas

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Impostores: el caso Martin Guerre y el caso del Tom Castro de Borges

“Se trata del caso de Martin Guerre, un episodio de la historia del campesinado del sur de Francia de mediados del siglo XVI. Cronológicamente este periodo supera los límites de la Edad Media, pero, en esencia, apenas si lo hace. En el mundo campesino las tradiciones cambiaban con particular lentitud. El argumento de Martin Guerre está «pensado» por la propia vida según el guion de un cuento o una novela y en más de una ocasión ha sido utilizado por los poetas, dramaturgos y guionistas de cine, ha sido investigado de manera magistral por Natalie Zemon Davis, quien sitúa este episodio en el contexto social real de la época. Me limitaré a recordar el cañamazo exterior de los acontecimientos.
El matrimonio del joven Martin con Bertrand, hija de un campesino acomodado del Languedoc, no fue afortunado. Al principio una larga impotencia del marido hizo estéril al matrimonio, después, aun cuando Bertrande le do un hijo, Martin desapareció, se marchó de casa y desapareció por muchos años. Cuando por fin regresó, resultó que su lugar estaba ocupado. Había ocurrido que, varios años antes, había hecho su aparición en la aldea un joven, por nombre Arnaud de Tilh, que se hizo pasar por Martin Guerre con tanta fortuna que todo el mundo aceptó su autenticidad, parientes, vecinos y, lo más importante, su propia esposa. Las sospechas surgieron únicamente cuando entre el tío y el sobrino impostor surgió una disputa por unas propiedades. La amenaza de perder la posesión de la tierra abrió los ojos al tío respecto al advenedizo, e inició un pleito. Los jueces que interrogaron a varias decenas de testigos no pudieron establecer la verdad ya que una parte de ellos negaba que el marido de Bertrand fuera el verdadero Martin, mientras que otros no tenían la menor duda de que este hombre, con el que ella había vivido felizmente varios años, y a quien había dado una hija, era su cónyuge legal. Por lo que se refiere al propio sospechoso, este refutaba tenazmente las acusaciones de engaño de una forma tan convincente que el parlamento de Toulouse, Tribunal Supremo de la provincia, estaba dispuesto a darle la razón. Sin embargo, cuando el juez se disponía a proclamar su veredicto, en el tribunal apareció ni más ni menos que el propio Martin Guerre en persona, con una pierna: pero ¡el verdadero sin la menor duda! Bertrande y los demás lo reconocieron inmediatamente. El embaucador fue desenmascarado, juzgado y colgado delante de la casa del hombre por el que durante tanto tiempo y con tanta fortuna se había hecho pasar.
En este episodio, la atención del historiador, ocupado en la búsqueda de la personalidad humana, se fija en diferentes aspectos. El interés de Natalie Zemon Davis se centra en Bertrande: ¿cómo «reconoció» la esposa a su marido en el impostor? ¿Se había engañado a sí misma de buena fe o, desilusionada en algún momento de esperar el regreso de Martin y sabiendo al mismo tiempo que no podía casarse de nuevo mientras no se demostrara la muerte del marido, quería construir una nueva vida familiar? (puesto que ella, aun después de que se acusara públicamente a Arnaud, continuó insistiendo obstinadamente en que era el verdadero Martin casi hasta el final del juicio). Que Bertrande sea el centro de la atención es muy comprensible0 pero no es menos importante Arnaud de Tilh, que se hace pasar por Martin Guerre. Davis hace notar de manera muy justa que no tenemos ante nosotros un caso de fraude habitual ni un intento de «hacerse pasar simplemente por otro hombre», sino una elaborada estratagema para «asumir una vida ajena)». En correspondencia, el regreso del verdadero Martin fue en este plano nada más que la realización de la intención de recobrar su personalidad, su persona.
Al parecer, Arnaud de Tilh se encontró en algún lugar con Martin Guerre durante el período de los viajes de este y, convencido de la similitud física (por otro lado no total), averiguó muchas cosas de su vida anterior sobre la gente con la que estaba relacionado. Hay que hacerle justicia, aprendió a fondo el papel que pretendía interpretar. No se comprende del todo cómo consiguió hacerlo, pero los hechos son los hechos: Arnaud conocía a la perfección a todas las gentes de la aldea por sus nombres y aspecto exterior, y después de su aparición allí «recordaban» juntos episodios y conversaciones del pasado, de manera que al principio nadie dudó en serio de que se tratara del verdadero Martin Guerre. Sobre las diferencias entre él y Martin se empezó a hablar, en particular, tan solo después que surgiera la querella entre el tío y el «sobrino». Natalie Zemon Davis señala que en esa época los campesinos no disponían de criterios claros para identificar una personalidad, puesto que no existían ni certificados ni modelos de caligrafía, ya que no era costumbre observar los rasgos de la cara, costumbre que se adquiere con e1 uso del espejo. Es posible que en estas condiciones no se desarrolle la observación fisionómica y las pequeñas diferencias entre gentes parecidas entre sf no atraen la atención. Recordemos la observación de Febvre sobre el «atraso visual» del hombre del siglo xvi, que está acostumbrado a confiar más en el oído que en la vista.
Lo dicho ayuda a contestar la pregunta de por qué los que rodeaban a Arnaud de Tilh, que se hacia pasar por Martin Guerre, creyeron que ante ellos estaba el verdadero Martin Guerre. ¿Nos podemos permitir hacernos otra pregunta? ¿Cómo lo vivía el propio embaucador? Naturalmente, no podemos obtener una respuesta precisa. Solo sabemos que Arnaud negó decididamente todas las acusaciones que se hacían contra su autenticidad en calidad de Martin Guerre (pero no le quedaba otro remedio, había ido demasiado lejos en su mistificación) y fue tan convincente y consecuente en su defensa propia, que en el juicio testificaron una decena de vecinos a su favor; es más, le creyó el experimentado e ilustrado juez de Toulouse de Coras, quien dejó una detallada descripción de este caso «sorprendente y memorable». Solo después de la condena de Arnaud, cuando se le exigió público arrepentimiento antes de morir, él, finalmente, preparándose p araaparecer ante el Juez Supremo, se reconoció embaucador e impostor.
Surge la hipótesis: el hombre que durante mucho tiempo recopiló concienzudamente todos los testimonios posibles sobre otra persona, incluso hasta los más nimios detalles de sus conversaciones con los vecinos y parientes, además de datos sobre todas estas personas (y el número de testigos, que fueron interrogados en el tribunal de primera instancia y, consiguientemente, hablaron con el pseudo-Martin hasta el inicio del proceso, alcanzó por lo menos la cifra de ciento cincuenta, además entre ellos había parientes y allegados de Martin Guerre), no pudo en definitiva instalarse en el papel. Pretendía pasar toda su vida bajo la máscara de Martin Guerre, y lo consiguió durante algunos años a la perfección. La máscara debía «pegarse» al rostro, germinar en el interior de Arnaud. ¿No es normal que se sintiera Martin? Con esta transformación psicológica, ¿no se explica la seguridad con la cual se afianzaba en su nueva identidad, y la convicción, que ejerció una influencia tan grande en el trubunal
Naturalmente, no se dice ni una palabra de que el recién aparecido Martin Guerre hubiera olvidado completamente quién era ese Arnaud de Tilh. Actuaba y fingía. Sin embargo, se sabe qué precio pagan los eternos simuladores. […] El impostor, cuando vivía con Bertrande y se relacionaba con los vecinos, sus parientes y los de Martin, era al mismo tiempo Martin Guerre y Arnaud de Tilh.”

Del libro «Los orígenes del individualismo europeo», de Aaron Gurevich, Crítica, 1997

» El impostor inverosímil Tom Castro

Ese nombre le doy porque bajo ese nombre lo conocieron por calles y por casas de Talcahuano, de Santiago de Chile y de Valparaíso, hacia 1850, y es justo que lo asuma otra vez, ahora que retorna a estas tierras -siquiera en calidad de mero fantasma y de pasatiempo del sábado (1). El registro de nacimiento de Wapping lo llama Arthur Orton y lo inscribe en la fecha 7 de junio de 1834. Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia conoció la miseria insípida de los barrios bajos de Londres y que sintió el llamado del mar. El hecho no es insólito. Run away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de los padres, la iniciación heroica. La geografía la recomienda y aun la Escritura (Salmos, 107): Los que bajan en barcas a la mar, los que comercian en las grandes aguas; ésos ven las obras de Dios y sus maravillas en el abismo. Orton huyó de su deplorable suburbio color rosa tiznado y bajó en un barco a la mar y contempló con el habitual desengaño la Cruz del Sur, y desertó en el puerto de Valparaíso. Era persona de una sosegada idiotez. Lógicamente, hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le conciliaron el favor de cierta familia de Castro, cuyo nombre adoptó. De ese episodio sudamericano no quedan huellas, pero su gratitud no decayó, puesto que en 1861 reaparece en Australia, siempre con ese nombre: Tom Castro. En Sydney conoció a un tal Bogle, un negro sirviente. Bogle, sin ser hermoso, tenía ese aire reposado y monumental, esa solidez como de obra de ingeniería que tiene el hombre negro entrado en años, en carnes y en autoridad. Tenía una segunda condición, que determinados manuales de etnografía han negado a su raza: la ocurrencia genial. Ya veremos luego la prueba. Era un varón morigerado y decente, con los antiguos apetitos africanos muy corregidos por el uso y abuso del calvinismo. Fuera de las visitas del dios (que describiremos después) era absolutamente normal, sin otra irregularidad que un pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento vehículo que daría fin a sus días.
Orton lo vio un atardecer en una desmantelada esquina de Sydney, creándosedecisión para sortear la imaginaria muerte. Al rato largo de mirarlo le ofreció el brazo y atravesaron asombrados los dos la calle inofensiva. Desde ese instante de un atardecer ya difunto, un protectorado se estableció: el del negro inseguro y monumental sobre el obeso tarambana de Wapping. En setiembre de 1865, ambos leyeron en un diario local un desolado aviso.

EL IDOLATRADO HOMBRE MUERTO

En las postrimerías de abril de 1854 (mientras Orton provocaba las efusiones de la hospitalidad chilena, amplia como sus patios) naufragó en aguas del Atlántico el vapor Mermaid, procedente de Río de Janeiro, con rumbo a Liverpool. Entre los que perecieron estaba Roger Charles Tichborne, militar inglés criado en Francia, mayorazgo de una de las principales familias católicas de Inglaterra. Parece inverosímil, pero la muerte de ese joven afrancesado, que hablaba inglés con el más fino acento de París y despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia, la gracia y la pedantería francesas, fue un acontecimiento trascendental en el destino de Orton, que jamás lo había visto. Lady Tichborne, horrorizada madre de Roger, rehusó creer en su muerte y publicó desconsolados avisos en los periódicos de más amplia circulación. Uno de esos avisos cayó en las blandas manos funerarias del negro Bogle, que concibió un proyecto genial.

LAS VIRTUDES DE LA DISPARIDAD

Tichborne era un esbelto caballero de aire envainado, con los rasgos agudos, la tez morena, el pelo negro y lacio, los ojos vivos y la palabra de una precisión ya molesta; Orton era un palurdo desbordante, de vasto abdomen, rasgos de una infinita vaguedad, cutis que tiraba a pecoso, pelo ensortijado castaño, ojos dormilones y conversación ausente o borrosa. Bogle inventó que el deber de Orton era embarcarse en el primer vapor para Europa y satisfacer la esperanza de Lady Tichborne, declarando ser su hijo. El proyecto era de una insensata ingeniosidad. Busco un fácil ejemplo. Si un impostor en 1914 hubiera pretendido hacerse pasar por el Emperador de Alemania, lo primero que habría falsificado serían los bigotes ascendentes, el brazo muerto, el entrecejo autoritario, la capa gris, el ilustre pecho condecorado y el alto yelmo. Bogle era más sutil: hubiera presentado un kaiser lampiño, ajeno de atributos militares y de águilas honrosas y con el brazo izquierdo en un estado de indudable salud. No precisamos la metáfora; nos consta que presentó un Tichborne fofo, con sonrisa amable de imbécil, pelo castaño y una inmejorable ignorancia del idioma francés. Bogle sabía que un facsímil perfecto del anhelado Roger Charles Tichborne era de imposible obtención. Sabía también que todas las similitudes logradas no harían otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables. Renunció, pues, a todo arecido. Intuyó que la enorme ineptitud de la pretensión sería una convincente prueba de que no se trataba de un fraude, que nunca hubiera descubierto de ese modo flagrante los rasgos más sencillos de convicción. No hay que olvidar tampoco la colaboración todopoderosa del tiempo: catorce años de hemisferio austral y de azar pueden cambiar a un hombre.
Otra razón fundamental: Los repetidos e insensatos avisos de Lady Tichborne demostraban su plena seguridad de que Roger Charles no había muerto, su voluntad de reconocerlo.

EL ENCUENTRO

Tom Castro, siempre servicial, escribió a Lady Tichborne. Para fundar su identidad invocó la prueba fehaciente de dos lunares ubicados en la tetilla izquierda y de aquel episodio de su niñez, tan afligente pero por lo mismo tan memorable, en que lo acometió un enjambre de abejas. La comunicación era breve y a semejanza de Tom Castro y de Bogle, prescindía de escrúpulos ortográficos. En la imponente soledad de un hotel de París, la dama la leyó y la releyó con lágrimas felices y en pocos días encontró los recuerdos que le pedía su hijo.
El 16 de enero de 1867, Roger Charles Tichborne se anunció en ese hotel. Lo precedió su respetuoso sirviente, Ebenezer Bogle. El día de invierno era de muchísimo sol; los ojos fatigados de Lady Tichborne estaban velados de llanto. El negro abrió de par en par las ventanas. La luz hizo de máscara: la madre reconoció al hijo pródigo y le franqueó su abrazo. Ahora que de veras lo tenía, podía prescindir del diario y las cartas que él le mandó desde el Brasil: meros reflejos adorados que habían alimentado su soledad de catorce años lóbregos. Se las devolvía con orgullo: ni una faltaba.
Bogle sonrió con toda discreción: ya tenía dónde documentarse el plácido fantasma de Roger Charles.

AD MAJOREM DEI GLORIAM

Ese reconocimiento dichoso -que parece cumplir una tradición de las tragedias clásicas- debió coronar esta historia, dejando tres felicidades aseguradas o a lo menos probables: la de la madre verdadera, la del hijo apócrifo y tolerante, la del conspirador recompensado por la apoteosis providencial de su industria. El Destino (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas) no lo resolvió así. Lady Tichborne murió en 1870 y los parientes entablaron querella contra Arthur Orton por usurpación de estado civil. Desprovistos de lágrimas y de soledad, pero no de codicia, jamáscreyeron en el obeso y casi analfabeto hijo pródigo que resurgió tan intempestivamente de Australia. Orton contaba con el apoyo de los innumerables acreedores que habían determinado que él era Tichborne, para que pudiera pagarles.
Asimismo contaba con la amistad del abogado de la familia, Edward Hopkins, y con la del anticuario Francis J. Baigent. Ello no bastaba, con todo. Bogle pensó que para ganar la partida era imprescindible el favor de una fuerte corriente popular. Requirió el sombrero de copa y el decente paraguas y fue a buscar inspiración por las decorosas calles de Londres. Era el atardecer; Bogle vagó hasta que una luna del color de la miel se duplicó en el agua rectangular de las fuentes públicas. El dios lo visitó. Bogle chistó a un carruaje y se hizo conducir al departamento del anticuario Baigent. Éste mandó una larga carta al Times, que aseguraba que el supuesto Tichborne era un descarado impostor. La firmaba el padre Goudron, de la Sociedad de Jesús. Otras denuncias igualmente papistas la sucedieron. Su efecto fue inmediato: las buenas gentes no dejaron de adivinar que Sir Roger Charles era blanco de un complot abominable de los jesuitas.

EL CARRUAJE

Ciento noventa días duró el proceso. Alrededor de cien testigos prestaron fe de que el acusado era Tichborne -entre ellos, cuatro compañeros de armas del regimiento seis de dragones. Sus partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo. Además, Lady Tichborne lo había reconocido y es evidente que una madre no se equivoca. Todo iba bien, o más o menos bien, hasta que una antigua querida de Orton compareció ante el tribunal para declarar. Bogle no se inmutó con esa pérfida maniobra de los «parientes»; requirió galera y paraguas y fue a implorar una tercera iluminación por las decorosas calles de Londres. No sabremos nunca si la encontró. Poco antes de llegar a Primrose Hill lo alcanzó el terrible vehículo que desde el fondo de los años lo perseguía. Bogle lo vio venir, lanzó un grito, pero no atinó con la salvación. Fue proyectado con violencia contra las piedras. Los marcadores cascos del jamelgo le partieron el cráneo.

EL ESPECTRO

Tom Castro era el fantasma de Tichborne, pero un pobre fantasma habitado por el genio de Bogle. Cuando le dijeron que éste había muerto se aniquiló. Siguió mintiendo, pero con escaso entusiasmo y con disparatadas contradicciones. Era fácil prever el fin.
El 27 de febrero de 1874, Arthur Orton (alias) Tom Castro fue condenado a catorce años de trabajos forzados. En la cárcel se hizo querer; era su oficio. Su comportamiento ejemplar le valió una rebaja de cuatro años. Cuando esa hospitalidad final lo dejó -la de la prisión- recorrió las aldeas y los entros del Reino Unido, pronunciando pequeñas conferencias en las que declaraba su inocencia o afirmaba su culpa. Su modestia y su anhelo de agradar eran tan duraderos que muchas noches comenzó por defensa y acabó por confesión,siempre al servicio de las inclinaciones del público.

El 2 de abril de 1898 murió.

(1) Esta metáfora me sirve para recordar al lector que estas biografías infames aparecieron en el suplemento sabático de un diario de la tarde.»

Del libro «Historia universal de la infamia», cuento «El impostor inverosímil Tom Castro», Jorge Luis Borges.

Por la seleción de dos historias no igualmente fantásticas, pero casi, y una de ellas literaria (y la otra no, pero también),

Verónica del Carpio Fiestas


Violar a una niña de trece años y casarse con ella, en España, 1844

Voy a transcribir literalmente una noticia publicada en la Gaceta de Madrid, antecedente del Boletín Oficial del Estado, de 8 de octubre de 1844. En aquella época la Gaceta era aun  una mezcla de periódico oficial para publicación de normas y partes oficiales, de periódico privado con noticias nacionales e internacionales, anuncios y reseñas y de revista variada, incluyendo sueltos de corresponsales.

Noticias nacionales

Arenys del Mar 28 de Setiembre-
El dia 22 se cometió en Calella un acto escandaloso. Un jo­ven de 18 años estupró á una niña de 13; fue preso inmediata­mente que se supo la perpetración de tan feo delito.
Empezábanse ya las primeras diligencias, cuando por inter­vención de personas bondadosas pudo componerse el negocio, ofreciéndose, el estuprador á casarse con su víctima, la cual se avino gustosa con este acomodamiento.
Solo falta que los novios reúnan el dinero necesario para cos­tear las gastos de la ceremonia, con lo cual el cura los casará desde luego, aunque atendido el caso hubiese sido mejor que se les hubiese casado sin mas retardo.
Aqui y en toda la costa no hay novedad. Todo sigue tran­quilo, y la gente tan contenta con las ganancias que les propor­ciona el gran número de barceloneses que tenemos por aqui, que han venido, según costumbre de todos los años, á tomar los ba­ños termales de Caldetas, y á respirar los puros y saludables aires de este delicioso pais.
(Corresp. de la Verdad.)
Enlace a la página completa de la Gaceta de Madrid de ese día, y que incluye la noticia, en la web oficial del Boletín Oficial del Estado, aquí.
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Cuando en adelante lea por ahí que hay países con matrimonio infantil o donde se obliga a mujeres a casarse con sus violadores, y le parezca terrible, porque lo es, quizá recuerde esta noticia de España en 1844, es decir, de anteayer en términos históricos. Y que era todo ello tan «normal», tan «lógico» y tan «deseable» que «personas bondadosas» presionan al violador para que se case, la pobre niña «acepta gustosa ese acomodamiento» y se considera que cualquier demora en casarse en perjudicial, y que acto seguido de contar esto, sin solución de continuidad, el corresponsal habla de cómo hacen sus agosto los comerciantes con los veraneantes y lo agradable y tranquila que es la costa.
Verónica del Carpio Fiestas
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Infancia en paz y en guerra

Serious reader 1930s Arissa

Antoni Arissa (Barcelona 1900-1980). Retrato de su hija leyendo. 1932.

Centelles 1937 niños jugando a fusilar

Agustí Centelles (Valencia 1909-Barcelona 1985). Niños jugando a fusilar durante la Guerra Civil Española. 1937.

 

En la infantil esperanza de un mundo donde con cualquiera con una cámara pueda fotografiar a muchos niños y niñas leyendo y donde nadie con una cámara tenga que fotografiar juegos de niños y niñas jugando a matar porque imitan lo que ven, y donde no olvidemos lo que fuimos y por lo que sufrimos y no pasemos de largo como si no fuera con nosotros la situación de quienes sufren ahora por lo mismo que hemos tenido que sufrir nosotros muchas veces a lo largo de la Historia, firma este ingenuo post en la ingenua creencia de que todos los días deberían ser el #DíaMundialDeLosRefugiados y que no solo habría que acordarse de ellos para usar el hashtag en un tuit ese día,

Verónica del Carpio Fiestas

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El Lope de Aguirre de Unamuno y Eróstrato

A Lope de Aguirre, el traidor, figura histórica, le ponemos la cara alucinada de Klaus Kinski en la película Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog.

Lope

La terrible figura histórica del loco, tirano, traidor, asesino, criminal, Lope de Aguirre como figura exótica, con y desde unos ojos extranjeros.

¿Y cómo verían unos ojos españoles de una persona cultísima hace cien años la entonces casi olvidada figura de Lope de Aguirre? ¿Y cómo sería un análisis de la figura de Lope de Aguirre por Miguel de Unamuno?

Pues sería como en este enlace de la Universidad de Salamanca, que recoge completo un artículo de Miguel de Unamuno titulado «Lope de Aguirre, el traidor«, publicado en «Asturias Gráfica» en 1920, en pdf completo Lope de Aguirre,

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y que figura también publicado en el recopilatorio «De esto y de aquello» en Austral, Espasa Calpe.

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Un ángel caído y demoníaco, que intentó dejar renombre perpetuo como fuera, a base de maldad terrible, con una locura tipo Eróstrato, el que en el siglo IV a.C. incendió el templo de Artemisa de Éfeso simplemente para dejar fama de sí mismo. Pero con resultado fallido en el caso de Lope de Aguirre, dice Unamuno en 1920, porque Lope de Aguirre, dice Unamuno, está olvidado.

Eso decía Unamuno en 1920, mezclándolo, claro, con esa desesperación religiosa que Unamuno ve por todas partes.

«Lope de Aguirre, en efecto, no fue un criminal vulgar, instintivo, una pura bestia humana; fue más bien un ángel caído y demoníaco, un demonio, pero angélico. Angélico, como Luzbel. No era la carne bruta, era el espíritu torturado el que le llevaba a sus atroces crímenes, era la desesperación.

«Era de agudo y vivo ingenio para ser hombre sin letras» dice de él, de Lope de Aguirre, el autor de susomentada (sic) Relación [Unamuno cita indirectamente un manuscrito de lope revista 4lope revista 5

la Biblioteca Nacional] quien se harta de llamarle perverso, tirano, diablo, traidor, etc. Al narrar su muerte agrega: «Y ansi fué su ánima a los infiernos para siempre, y dél quedará entre los hombres la fama del malvado Judas para blasfemar y escupir de su nombre, como del más malo y perverso hombre que habíaa nascido en el mundo»

Pero no; ni ha quedado esta fama de él, sino que su nombre es casi olvidado hoy. Y con ello ha querido acaso Dios castigarle, ya que Lope, demoníaco espíritu del Renacimiento, encendido en torturador anhelo de dejar renombre de sí, fuera el que fuese, solía decir «que a lo menos la fama de las cosas y crueldades que hubiese hecho quedaría en la memoria de los hombres para siempre, y que su cabeza sería puesta en un rollo [la picota] para que su memoria no peresciese, y que con eso se contentaba.» 

Unamuno, tan preocupado siempre por las diversas formas de inmortalidad, ¿habría escrito lo que escribió sobre el erostratismo y el castigo de Dios que es el olvido, de haber sabido que Lope de Aguirre, cien años después de su artículo, tiene entrada en Wikipedia, es decir, que se considera suficientemente importante como para que cualquiera de cualquier parte del mundo tarde un segundo en buscar y encontrar datos sobre él,  ni más ni menos que como con cualquier miniactor de televisión con su entradita en Wikipedia, y que sobre él, además, hay literatura y cine, es decir, que al final sí dejó fama, si por fama entendemos permanencia en la memoria y posibilidad de localizar la información?

¿Y que habría dicho Unamuno, y que habría hecho Lope de Aguirre, de haber sabido que cualquier mindundi -un concejal de un pueblo, un actor de tres al cuarto, una diputada que no ha hecho nada especial, una modelo-, tiene entrada en Wikipedia, y con la misma extensión que Lope de Aguirre, confundiéndose y mezclándose el Who is who con la Historia?

Sí, Eróstrato consiguió su fama, porque un pastor insignificante del siglo IV a.C. de la Grecia Clásica ni en broma habría dejado memoria de su existencia como no fuera haciendo algo muy desconcertante, y él lo consiguió de un modo novedoso: destruyendo de forma sacrílega un templo expresamente para conseguir esa fama. Su sistema fue eficaz.

Pero ahora cualquier idiota consigue fácilmente sus quince minutos de fama instantánea y mundial y con rastro permanente en internet, sin hacer nada de interés, ni siquiera algo memorable por lo brutal.

Y ello lleva a plantear algo inquietante. ¿Cómo serán de brutales los Eróstratos y los Lopes de Aguirre de hoy, sabiendo como saben que la fama mundial es instantánea y efímera, aunque paradójicamente deja rastro perpetuo en internet, pero que además para que deje rastro de verdad grande en internet las burradas han de ser tan enormes como las de un Hitler? Da escalofríos pensarlo.

¿Será verdad que, como en «Eróstrato: incendiario«, el cuento de Marcel Schwob, «Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, entregar el nombre de Heróstratos a las edades futuras»? Porque si en efecto fue así, fracasó ese intento, y por tanto no basta con prohibir ni bajo pena de muerte que un nombre se transmita al futuro para evitar que llegue al futuro el nombre de quien hace una barbaridad precisamente para que la fama de su nombre llegue al futuro; es decir, que no hay solución para evitar Eróstratos y Lopes de Aguirre.

Y eso que en tiempos de Eróstrato no había internet.

Verónica del Carpio Fiestas

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Jonathan Swift: una mirada muy distinta sobre la Guerra de Sucesión española

La dinastía de Austria fue sustituida en España por la dinastía de Borbón, a la muerte de Carlos II, en una guerra que duró años y que aún tiene consecuencias, y no solo la pérdida de Gibraltar. Esa guerra la ganó Felipe V, si es que una guerra civil la gana alguien. Y la mirada retrospectiva que sobre esa guerra hemos echado muchos es la que nos han enseñado: la mirada desde dentro.

Pero hay otra mirada: la mirada desde fuera.

Y es que en esa guerra no solo pelearon españoles entre sí. Como en tantas otras guerras civiles en España, de las bastantes que hemos tenido, incluyendo la de 1936-39 más de 200 años después, fuimos también teatro y marioneta de intereses de otros. Fue una guerra con intervención de potencias extranjeras, porque se jugaba no solo quién iba a mandar en España sino el equilibro de poderes en Europa, aparte de los intereses económicos de otros países, incluyendo, por ejemplo, el mercado de esclavos.

Y desde esa perspectiva es interesante lo que al respecto escribió nada menos que Jonathan Swift, el autor satírico británico conocido principalmente por «Los viajes de Gulliver» -que está muy lejos de ser ese cuento para niños que algunos quieren hacer creer que es- y también por la «Historia de una barrica» y por «Una modesta proposición» -esta, si no la ha leído, no se la pierda- .

Y lo que escribio Swift sobre la guerra de Sucesión española fue un panfleto contra el Gobierno inglés de su tiempo, acusándolo de haber prolongado esa guerra por intereses económicos espurios de poderosos.

Aparte de presentar curiosamente a Inglaterra como una víctima que ha puesto mucho esfuerzo para recibir poco y de ostentar el carácter de literatura panfletaria quizá de encargo, y no exactamente pacifista, es interesante comprobar cómo se ven las cosas desde fuera por quienes, precisamente, se injerían en las cosas nuestras de dentro. Este panfleto por lo visto fue muy difundido en Inglaterra y al parecer en efecto tuvo consecuencias para provocar un cambio de rumbo en el gobierno en Inglaterra, e influyó en que se firmara el Tratado de Utrecht; ese tratado en el que España perdió Gibraltar.

Y aun siendo conscientes de la posibilidad de ese carácter panfletario y exagerado, y hasta manipulador o poco fiable, e incluso teniendo en cuenta la enorme cantidad de referencias históricas que resultan imposibles de entender salvo para especialistas, es difícil para una persona interesada en la Historia de España y en la Historia actual de España ver esa guerra con los mismos ojos tras leer o siquiera hojear ese panfleto.

Y es que no es una guerra española lo que vemos con la mirada de Swift, sino algo totalmente distinto: una guerra en España.

Aquí el texto en inglés «The conduct of the Allies», de Jonathan Swift, obra de 1711,

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y la traducción al español que puede encontrarse en las Obras Selectas de Jonathan Swit, editadas por Swan, volumen que contiene una introducción sobre este panfleto muy ilustrativa.

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 Verónica del Carpio Fiestas

Violaciones en grupo como ritos de paso en la Europa Moderna

Lo que a continuación voy a transcribir literalmente, tan terrible, son unas páginas del libro del profesor de Historia Edward Muir que ha sido traducido en España como «Fiesta y rito en la Europa Moderna», editado en castellano en 2001 por la Universidad Complutense, edición original publicada en la Cambridge University Press en 1991, con el título «Ritual in Early Modern Europe». A efectos del libro, un libro en el que se explican cosas durísimas, se entiende por «Europa Moderna» el periodo entre los siglos XV y XVIII.

Los párrafos que transcribo figuran en la primera parte del extenso libro, «El momento ritual», apartado «Rituales de transición», «Cambios de rango social», páginas 23 y siguientes en la edición española. En inglés, «Rites of passage», «passages of status». Téngase en cuenta que en castellano a veces, en otros textos, se usa la expresión «ritos de paso».

«La mayoría de los ritos de transición de centran en cambios del estado biológico, pero otras transformaciones, sobre todo el ascenso en la escala social, requieren también una celebración ritual. En muchos incidentes la realización correcta y pública del ritual sanciona legalmente una nueva posición social.

En la Europa tradicional, la mayoría de las mujeres solo podían cambiar de rango social mediante la modificación de su situación sexual, generalmente a través de las transiciones representadas por el matrimonio, la maternidad y la viudez. Aunque, para las mujeres, el matrimonio representaba la madurez sexual, la mayoría de ellas no lograba con él una plena madurez social, puesto que pasaban de la dependencia de padres o tutores a la del marido. Si bien en muchas partes de Europa el matrimonio proporcionaba a la mujer una dote, la esposa no tenía derecho a disfrutar de ella hasta la muerte del marido y, en consecuencia, tan solo la viudez, final de una vida sexual normal, le permitía un cierto grado de independencia social. Junto a los habituales rituales de transición a la situación de esposa, había algunas mujeres que permanecían célibes y experimentaban el drama del matrimonio con Cristo, el ritual de transición previsto para las monjas, y muchas más mujeres que no se casaban y sufrían la indignidad de la prostitución, ambas con sus correspondientes rituales de vergüenza pública.

En el caso de los varones, el cambio de situación presentaba muchas más variedades, teniendo en cuenta la mayor amplitud de la gama de papeles públicos reservados a ellos. En las aldeas y, sobre todo, en las ciudades, era frecuente que varones adultos toleraran, o incluso alentaran a los muchachos adolescentes, pertenecientes a las clases artesanas, para que formaran grupos agresivos que recibían distintos nombres como «capillitas», «reinos juveniles» o brigadas [Nota al pie en la edición española: «En inglés, ‘youth abbey’o ‘abadías juveniles’, cuya traducción más aproximada parace ser ‘capillitas’ para mantener su alusión a la religión]. Destacaban especialmente en Francia, Italia, Suiza, Alemania, Hungría y en Rumanía. En Inglaterra, Escocia y España no hay evidencias de que existiera la costumbre de este tipo de agrupaciones. En los lugares en que sí, las brigadas se constituían en lo que pudiéramos considerar un periodo prolongado de liminaridad, época comprendida entre la pubertad y el matrimonio al que ahora llamamos adolescencia.

Las actividades de estas agrupaciones podían ser muy ambiguas. Además de ofrecer un rito de transición a través de los años ‘peligrosos’ en que se permitían las peleas e incluso se legitimaban ciertas formas de violencia, las capillitas imponían a los demás las pautas morales de la comunidad (en especial con referencia al comportamiento sexual). En Francia se encargaban de los charivaris rituales y en Italia de las mattinatte que humillaban a las parejas cuyos matrimonios, de alguna forma no se ajustaban a las normas de la comunidad (véase del capítulo referente al Carnaval y la mitad inferior del cuerpo) [nota de la autora de este post: recuérdese que en España existían las llamadas ‘cencerradas’, hasta muy recientemente, en relación con las parejas de personas de edad desigual o en las que uno de los cónyuges era viudo, y lo recoge la Literatura hasta el siglo XX, y por ejemplo las menciona Francisco García Pavón en las novelas de la serie de Plinio]. En las montañas de Liguria dirigían las luchas callejeras de vendetta, sirviendo por lo tanto como meritoriaje en los bandos que dominaban la política local.

Es indudable que la forma más extraordinaria que usaban las capillitas para ritualizar el cambio de situación de un joven era la participación en una violación en grupo. El fenómeno está mejor documentado en el sudeste francés. En ciudades como Dijon y Arlés, las pandillas de jóvenes, formadas en su mayoría por los oficiales y los hijos de los artesanos del mismo ramo o ramos similares, recorrían de noche las ciudades amuralladas, buscando riña, importunando a la guardia nocturna o planeando una violación. No dependían del azar ni la elección de la víctima ni la ocasión para llevar a cabo la violación, puesto que la reputación pública de la elegida, la cercanía de un varón que la protegiera o las presiones de venganza locales influían en la selección. El asalto constituía una especie de rito de transición, tanto para los violadores como para su víctima.

Los jóvenes adquirían su virilidad participando en cuadrillas de violación. La virilidad se tenía que demostrar públicamente, sobre todo en las sociedades mediterráneas, mediante actos de agresión a  otros varones y manteniendo una actitud de rudeza. Los hombres se sentían obligados además a demostrar su dominio sobre las mujeres; tal como escribió un comerciante de Lyon a su hijo, en 1460: ‘cuando la mujer está sobre el hombre, este no merece la pena; el buen gallo domina a la gallina’. Como este concepto de masculinidad requería una representación, la violación en grupo servía al joven para la virilidad y la camaradería dentro de la cuadrilla local. Jacques Rossiaud ha calculado que, en Dijon, aproximadamente la mitad de los jóvenes había participado en la violación de una joven al menos en una ocasión.

La joven víctima de tal crueldad sufría un rito de transición de un tipo bastante diferente. Era considerada la parte culpable tanto por los violadores como por el resto de la comunidad, a no ser que los primeros se hubieran equivocado al elegir a su víctima sin respetar el criterio de la opinión pública. Por lo general, la agredida había contravenido, o parecía haber contravenido, las pautas normales de comportamiento sexual: podía ser una sirvienta amencebada con su patrón, la amante de un sacerdote o una esposa ‘abandonada’. Los jóvenes actuaban, por lo tanto, como refuerzo de la misoginia habitual de la comunidad, marcando colectivamente a una mujer que, ante los ojos de la comunidad, ya había atraído sobre sí la vergüenza. Las consecuencias que esta marca tenía sobre la mujer eran, con frecuencia, trágicas. Para la mayor parte de las víctimas de las pandillas de violadores, la única alternativa para evitar convertirse en mendigas o en vagabundas consistía en ingresar en el burdel comunal. La violación era la iniciación característica a la prostitución.

Al gozar de los frutos de la solidaridad de género, negada a las mujeres, los miembros de la pandilla masculina o capillita ejercían una jurisdicción ritual sobre el comportamiento sexual, demostrándose a sí mismos su condición de ser ‘uno de los chicos’ mediante actos de violencia perfectamente meditados y reforzando los roles implícitos de comportamiento sexual contra las vulnerables mujeres. El líder respetado de una pandilla recibía el nombre de ‘abad’ y la encargada de una casa de lenocinio municipal era la ‘abadesa’, términos que revelaban la estrecha relación entre estas dos formas de asociación juvenil, voluntaria para los varones, involuntaria para las hembras. El mundo de las agrupaciones juveniles y de los burdeles públicos constituían una alternativa temporal al estado del matrimonio, una cultura de sexualidad ilícita que permitía a los  varones solteros el acceso sexual a las mujeres y establecía una doble moralidad cruel. Con el tiempo la mayoría de estos chicos acabarían por casarse, al igual que harían muchas de sus víctimas femeninas, prostitutas temporales. Cuando las rameras se retiraban del burdel, al final de la veintena o de la treintena, de hecho tras haber cumplido una especie de castigo por su propia mala suerte, se podían casar sin conservar ningún signo especial de infamia. La experiencia de estas jóvenes mujeres constituía un rito de transición prolongado: la cuadrilla violadora las separaba del grueso de la comunidad, su servidumbre como prostitutas las situaba en una posición liminar, donde no eran ni doncellas ni esposas, y, mediante su retiro y posterior matrimonio, se reincorporaban a la comunidad.»

Verónica del Carpio Festas

Ucronías. La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco en 1959

Si quien esto lee es docente de Secundaria que cree que de este blog puede extraer alguna idea para su alumnado quizá se encuentre en este post con unos problemas. ¿Saben los alumnos de Secundaria qué es una ucronía y conocen algún ejemplo literario o cinematográfico? Eso seguro que no lo saben; me apuesto una comida. Pero la cosa va más allá. ¿Cuántos alumnos saben que Franco no murió en 1959 y captarán la trampa, o el chiste, del título del post? En la adolescencia cualquier tiempo anterior al propio nacimiento se mueve en una nebulosa en la que 1975 y 1959 es lo mismo, y también es lo mismo 1940 y, si me apuran, 1840. Pero, más aún, ¿cuántos alumnos de secundaria saben siquiera quién fue Francisco Franco? ¿Y cuántos de quienes oyen aquí y allá lo del «drama de los refugiados» o «la crisis de los refugiados» o incluso «la amenaza de los refugiados», según cuál sea su entorno personal y televisivo, saben que los españoles hemos sido refugiados, y no solo huyendo en 1939 y teniendo que estar fuera de España aún en 1959 y más tarde, sino muchas veces antes a lo largo de nuestra Historia? Para quienes también oyen constantemente las bobadas periodísticas tipo «el mejor futbolista de la historia» o  «el videojuego más descargado de la historia», como si a lo largo de la Historia siempre hubiera habido futbolistas y programas de ordenador que descargar, la perspectiva de interpretación de situaciones es corta. Muy corta.

Y quienes tienen perspectivas cortas para interpretar situaciones son, claro, fácilmente manipulables. Y parte de la función docente es enseñar a ser críticos y a tener perspectivas menos cortas para conseguir una ciudadanía menos manipulable. ¿O no?

Así que mi sugerencia es que busquen en Internet un cuento de un escritor casi olvidado, Max Aub, titulado «La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco«. Se lo pongo fácil, y aquí va un enlace. Y ahí verán descrita la vida del exilio. Y verán que en efecto hubo un exilio. Y ahí verán cómo nos pueden ver desde fuera a los españoles (gritones, groseros, agresivos); muy parecido a como xenófobos españoles ven a personas procedentes de otros países. De las refugiadas y de las españolas, por cierto, no se habla.

Ah, y en ese cuento verán una ucronía: la de la muerte de Francisco Franco en 1959, asesinado a manos de un camarero mexicano de un café de México, un camarero ya con úlcera de estómago tras atender y oír veinte años seguidos a refugiados españoles clientes del establecimiento, y deseoso de quitárselos de encima aunque sea matando él mismo a Franco para que esos refugiados puedan volver a España. No destripo el final. Sí voy a destripar el casi final:

«Parece inútil recordar los acontecimientos que, para esa época, se habían sucedido en España: formación del Directorio Militar bajo la presidencia del general González Tejada; el pronunciamiento del general López Alba, en Cáceres; la proclamación de la Monarquía, su rápido derrumbamiento; el advenimiento de la Tercera República.»

Verónica del Carpio Fiestas

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? Brecht y la Historia

Añadir algo a lo que dice Bertolt Brecht en este poema sería casi una temeridad. Como no sé alemán y no puedo hacer traducción propia, voy a transcribir una traducción al castellano, más otra traducción al inglés y otra al francés para intentar comparar la fidelidad de la traducción, escogidas todas ellas al azar de Internet, y un enlace al original alemán.

Y como es casi temerario añadir algo a lo que dice Brecht, solamente me permito añadir una cosa: que me pregunto qué preguntas se haría una obrera que lee.

Preguntas de un obrero que lee

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue ter-
minada la Muralla China? La gran Roma
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes
triunfaron los Césares? ¿Es que Bizancio, la tan cantada,
sólo tenía palacios para sus habitantes? Hasta en la
legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían,
gritaban llamando a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota
Fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años
¿Quién
venció además de él?

Cada página una victoria.
¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.
Tantas preguntas.

Questions from A Worker Who Reads

Who built Thebes of the seven gates?
In the books you will find the name of kings.
Did the kings haul up the lumps of rock?
And Babylon, many times demolished.
Who raised it up so many times? In what houses
Of gold-glittering Lima did the builders live?
Where, the evening that the Wall of China was finished
Did the masons go? Great Rome
Is full of triumphal arches. Who erected them? Over whom
Did the Caesars triumph? Had Byzantium, much praised in song,
Only palaces for its inhabitants? Even in fabled Atlantis
The night the ocean engulfed it
The drowning still bawled for their slaves.

The young Alexander conquered India.
Was he alone?
Caesar beat the Gauls.
Did he not have even a cook with him?
Philip of Spain wept when his armada
Went down. Was he the only one to weep?
Frederick the Second won the Seven Years’ War. Who
Else won it?

Every page a victory.
Who cooked the feast for the victors?
Every ten years a great man.
Who paid the bill?

So many reports.
So many questions.

Questions que pose un ouvrier qui lit

Qui a construit Thèbes aux sept portes?
Dans les livres, on donne les noms des Rois.
Les Rois ont-ils traîné les blocs de pierre?
Babylone, plusieurs fois détruite,
Qui tant de fois l’a reconstruite? Dans quelles maisons
De Lima la dorée logèrent les ouvriers du bâtiment?
Quand la Muraille de Chine fut terminée,
Où allèrent, ce soir-là les maçons ? Rome la grande
Est pleine d’arcs de triomphe. Qui les érigea? De qui
Les Césars ont-ils triomphé ? Byzance la tant chantée.
N’avait-elle que des palais
Pour les habitants ? Même en la légendaire Atlantide
Hurlant dans cette nuit où la mer l’engloutit,
Ceux qui se noyaient voulaient leurs esclaves.
Le jeune Alexandre conquit les Indes.
Tout seul?
César vainquit les Gaulois.
N’avait-il pas à ses côtés au moins un cuisinier?
Quand sa flotte fut coulée, Philippe d’Espagne
Pleura. Personne d’autre ne pleurait?
Frédéric II gagna la Guerre de sept ans.
Qui, à part lui, était gagnant?
À chaque page une victoire.
Qui cuisinait les festins?
Tous les dix ans un grand homme.
Les frais, qui les payait?
Autant de récits,
Autant de questions.

Verónica del Carpio Fiestas

Dedico este post a esa persona que me dijo que no le interesaba la Historia porque eran solo vidas de reyes.

 

Tiene usted que leer «El sombrero de tres picos»

Porque si lo lee, encontrará cosas como estas que aquí se mencionan o transcriben, escritas por Pedro Antonio de Alarcón en el tono de quien décadas más tarde describe lo «sucedido» en una innominada ciudad andaluza en fecha indeterminada entre 1804 y 1808 como si describiera un lugar y una época paradisíacas, con análogo tono de nostalgia por el Antiguo Régimen y añoranza por una sociedad de desigualdad absoluta (y absolutista) que se constata en otras obras suyas. Tiene usted que leer lo que un escritor culto e inteligente consideraba idílico de 1874, y quizá comprenderá mejor algunas cosas, como ejemplo por qué poco antes había fracasado estrepitosamente la Primera República.

«Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por los siglos! ¡Dichosísimo tiempo aquel en que había en la sociedad humana variedad de clases, de afectos y de costumbres! ¡Dichosísimo tiempo, digo…, para los poetas especialmente, que encontraban un entremés, un sainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o una epopeya detrás de cada esquina, en vez de esta prosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legó al cabo la Revolución Francesa! ¡Dichosísimo tiempo, sí!…«

Le adelanto. La cosa acaba con que no solo no hay ningún castigo para quien, en connivencia con otros dos empleados públicos, hace detener ilegalmente a un señor, el molinero, con el propósito de tener el campo libre esa noche e intentar acostarse con la mujer del detenido que se ha quedado sola en su casa, y quien, para intentar convencer a esta, prevarica nombrando para un cargo público a un sobrino de ella. No, en realidad no sólo no acaba con inexistencia de castigo. Acaba con un comentario elogioso de cómo ese delincuente se portó  bien cuando la invasión francesa.

Ah, no. La cosa acaba con que a quien se reprocha lo sucedido es a la molinera  A la molinera, que como va vestida a la moda de otra zona -es navarra y conoce Madrid- y además es muy guapa -al estilo colosal en que es guapa una mujer de Rubens- es quien con su falta de recato ha dado lugar a esto. La falta de recato consiste en una ropa distinta, ser risueña e inteligente en presencia de su marido y en llevar las mangas remangadas.

Ah, y el corregidor es un viejo sin dientes de 55 años. Porque a los 55 años se es viejo, explícitamente, y no se tienen dientes.

Ah, y el testimonio de dos mujeres no vale ni para creerlo en una discusión conyugal entre una mujer y su amado esposo que había pensado matarla pero decidió mejor violar a otra.

«La cosa hubiera sido interminable si la Corregidora, revistiéndose de dignidad, no dijese por último a don Eugenio:
-Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particular la ventilaremos más adelante. Lo que urge en este momento es devolver la paz al corazón del tío Lucas, cosa fácil a mi juicio, pues allí distingo al señor Juan López y a Toñuelo, que están saltando por justificar a la señá Frasquita…
-¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres! -respondió esta-. Tengo dos testigos de mayor crédito a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado…
-Y ¿dónde están? -preguntó el Molinero.
-Están abajo, en la puerta…
-Pues diles que suban, con permiso de esta señora.
-Las pobres no pueden subir…
-¡Ah! ¡Son dos mujeres!… ¡Vaya un testimonio fidedigno!
-Tampoco son dos mujeres. Solo son dos hembras…
-¡Peor que peor! ¡Serán dos niñas!… Hazme el favor de decirme sus nombres.
-La una se llama Piñona y la otra Liviana…
-¡Nuestras dos burras! Frasquita: ¿te estás riendo de mí?»

Y vale el testimonio de las burras, sí. Normal, cuando la molinera, -que por cierto  no se llama así por ser ella quien moliera, sino por ser la mujer de un molinero, igual que la corregidora no se llama así por ser ella la corregidora sino por estar casada con el corregidor- es descrita como «un hermoso animal«.

Ah, y el molinero que se cree injuriado en su honor- las mujeres son depositarias del honor del marido, entre las piernas concretamente- se disfraza como corregidor para colarse en la casa de este y violar a la corregidora en venganza. Porque evidentemente no puede pensarse en una relación sexual consentida en que sólo con verlo la corregidora caerá rendida, cuando es descrito él como más feo que Picio, no se conocen ambos, pertenecen a clases sociales distintas y separadas -ella tiene apellido compuesto- entre las que sería impensable una relación de igualdad, y además ella, madre de familia con varios hijos, es descrita como muy piadosa y, por si fuera poco, era sabido que estaba  embarazada de su marido. Vamos, que el molinero se propone violar a una mujer en venganza por las relaciones sexuales consentidas que el marido de esa mujer tiene con la molinera. Y ahí está, como siempre, esa confusión entre sexo consentido y sexo forzado, del que en todo caso la responsabilidad y el daño son de y para la mujer.

Qué tiempos aquellos, verdad, en que un corregidor y un molinero podían hablar, tranquilamente, de matar a sus respectivas mujeres por adúlteras.  Qué tiempos aquellos en los que el alcalde, cómplice del corregidor, le pega a su propia mujer la paliza cotidiana, y eso se dice en la enumeración divertida de cosas que ha hecho en el día, y luego se va a dormir con ella, y es normal.

Qué tiempos, en definitiva, en que matar era gratis si se mataba a una mujer, pegar a una mujer era normal y divertido, en que era divertido violar a una mujer por venganza de lo hecho por terceros, en que prevaricar no tenía consecuencias, en que a quien hay que reprender es a la mujer y la verdadera autoridad es la religiosa:

«Una vez reunida la tertulia, el señor Obispo tomó la palabra, y dijo: que, por lo mismo que habían pasado ciertas cosas en aquella casa, sus canónigos y él seguirían yendo a ella lo mismo que antes, para que ni los honrados Molineros ni las demás personas allí presentes participasen de la censura pública, solo merecida por aquel que había profanado con su torpe conducta una reunión tan morigerada y tan honesta. Exhortó paternalmente a la señá Frasquita para que en lo sucesivo fuese menos provocativa y tentadora en sus dichos y ademanes, y procurase llevar más cubiertos los brazos y más alto el escote del jubón; aconsejó al tío Lucas más desinterés, mayor circunspección y menos inmodestia en su trato con los superiores; y acabó dando la bendición a todos y diciendo: que como aquel día no ayunaba, se comería con mucho gusto un par de racimos de uvas.«

Y qué época en que la dieta mediterránea, esa que jamàs ha existido en España, como sabe cualquiera que haya leído novelas del siglo XIX y literatura anterior, consistía en hincharse a chocolate dos veces diarias y comer huevos fritos cada día y la fruta, ni mencionarla, salvo como algo de lujo:

«De cómo vivía entonces la gente.
En Andalucía, por ejemplo (pues precisamente aconteció en una ciudad de Andalucía lo que vais a oír), las personas de suposición continuaban levantándose muy temprano; yendo a la Catedral a misa de prima, aunque no fuese día de precepto: almorzando, a las nueve, un huevo frito y una jícara de chocolate con picatostes; comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y principio, si había caza, y, si no, puchero solo; durmiendo la siesta después de comer; paseando luego por el campo; yendo al rosario, entre dos luces, a su respectiva parroquia; tomando otro chocolate a la oración (este con bizcochos); asistiendo los muy encopetados a la tertulia del corregidor, del deán, o del título que residía en el pueblo; retirándose a casa a las ánimas; cerrando el portón antes del toque de la queda; cenando ensalada y guisado por antonomasia, si no habían entrado boquerones frescos, y acostándose incontinenti con su señora los que la tenían, no sin hacerse calentar primero la cama durante nueves meses del año…!«

Ah, qué tiempos donde el tráfico de influencias era normal, y la prevaricacion a secas algo encantador:

«Por varias y diversas razones, hacía ya algún tiempo que aquel molino era el predilecto punto de llegada y descanso de los paseantes más caracterizados de la mencionada ciudad… Primeramente, conducía a él un camino carretero, menos intransitable que los restantes de aquellos contornos. En segundo lugar, delante del molino había una plazoletilla empedrada, cubierta por un parral enorme, debajo del cual se tomaba muy bien el fresco en el verano y el sol en el invierno, merced a la alternada ida y venida de los pámpanos… En tercer lugar, el Molinero era un hombre muy respetuoso, muy discreto, muy fino, que tenía lo que se llama don de gentes, y que obsequiaba a los señorones que solían honrarlo con su tertulia vespertina, ofreciéndoles… lo que daba el tiempo, ora habas verdes, ora cerezas y guindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que están muy buenas cuando se las acompaña de macarros de pan de aceite; macarros que se encargaban de enviar por delante sus señorías), ora melones, ora uvas de aquella misma parra que les servía de dosel, ora rosetas de maíz, si era invierno, y castañas asadas, y almendras, y nueces, y de vez en cuando, en las tardes muy frías, un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y al amor de la lumbre), a lo que por Pascuas se solía añadir algún pestiño, algún mantecado, algún rosco o alguna lonja de jamón alpujarreño.
-¿Tan rico era el Molinero, o tan imprudentes sus tertulianos? -exclamaréis interrumpiéndome.
Ni lo uno ni lo otro. El Molinero solo tenía un pasar, y aquellos caballeros eran la delicadeza y el orgullo personificados. Pero en unos tiempos en que se pagaban cincuenta y tantas contribuciones diferentes a la Iglesia y al Estado, poco arriesgaba un rústico de tan claras luces como aquel en tenerse ganada la voluntad de regidores, canónigos, frailes, escribanos y demás personas de campanillas. Así es que no faltaba quien dijese que el tío Lucas (tal era el nombre del Molinero) se ahorraba un dineral al año a fuerza de agasajar a todo el mundo.
-«Vuestra Merced me va a dar una puertecilla vieja de la casa que ha derribado», decíale a uno. «Vuestra Señoría (decíale a otro) va a mandar que me rebajen el subsidio, o la alcabala o la contribución de frutos-civiles». «Vuestra Reverencia me va a dejar coger en la huerta del Convento una poca hoja para mis gusanos de seda». «Vuestra Ilustrísima me va a dar permiso para traer una poca leña del monte X». «Vuestra Paternidad me va a poner dos letras para que me permitan cortar una poca madera en el pinar H». «Es menester que me haga usarcé una escriturilla que no me cueste nada». «Este año no puedo pagar el censo». «Espero que el pleito se falle a mi favor». «Hoy le he dado de bofetadas a uno, y creo que debe ir a la cárcel por haberme provocado». «¿Tendría su merced tal cosa de sobra?». «¿Le sirve a usted de algo tal otra?». «¿Me puede prestar la mula?». «¿Tiene ocupado mañana el carro?». «¿Le parece que envíe por el burro?…».
Y estas canciones se repetían a todas horas, obteniendo siempre por contestación un generoso y desinteresado… «Como se pide».
Conque ya veis que el tío Lucas no estaba en camino de arruinarse.«

Ah, y se trata de un hermoso ejemplo de amor conyugal basado inusualmente en la confianza recíproca, se lee por ahí. El molinero decide no matar a su mujer, y al corregidor, no porque crea que no se debe matar a unos adúlteros, o porque no se debe matar a una mujer y a un hombre sin certeza del adulterio, o porque no tenga derecho a hacerlo o porque le dé pena o reparo o porque sea inadmisible matar. No. No mata porque el corregidor es poderoso y teme que no se crean el adulterio y lo ahorquen. Y entonces decide vengarse violando a la esposa del corregidor. Qué gran amor conyugal de ambos, con la molinera, que tan contenta se queda con quien pensó matarla y violar a otra.

Esa es la España idílica que describe en un cuento publicado en 1874 un escritor que al parecer en 1874 consideraba deseable todo eso. Qué bonitas las leyendas, porque, claro, esto además al parecer está inspirado en una leyenda tradicional.

Ay, esos escritores costumbristas, qué bien escriben algunos y cómo se les ve el plumero Ancien Régime pero muy, pero que muy Ancien, para ser un cuento publicado en 1874.

¿O no es tan Ancien Régime? A ver si es que ni va ser tan Ancien.

Verónica del Carpio Fiestas

¿Lejos de nosotros la funesta manía de pensar?

Quizá le suene la famosa frase «lejos de nosotros la funesta manía de pensar». Quizá incluso le suene que fue dirigida por una genuflexa Universidad de Cervera a Fernando VII, allá por la llamada «Década Ominosa», o sea, en una durísima epoca de absolutismo. Con frecuencia se usa como ejemplo de sometimiento vil y ciego al poderoso, de cómo el absolutismo tenía apoyos, de lo que nunca debería ser la Universidad, de cómo no debe ser la Ciencia, de la renuncia voluntaria a la inteligencia, o, en general, de cómo el más cerril acomodo al pensamiento impuesto llega a primar sobre el razonamiento por cuenta propia y la libertad de pensamiento, o como ejemplo de unas cuantas cosas más, ad libitum.

Pues si le suena la frase, mejor que deje de sonarle. No hubo tal frase, sino esta otra:

«lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir«.

Y se publicó en un periódico oficial: la Gaceta de Madrid, el precedente del actual Boletín Oficial del Estado. La Gaceta de Madrid no era como el BOE de ahora, sino un batiburrillo que lo mismo contenía normas que «avisos» o anuncios de productos comerciales por particulares que datos de la salud de la Familia Real (esto duró hasta el siglo XX, nada menos; ver post de este blog), que difundía partes de guerra o noticias del extranjero; o sea, mezcla de BOE de enfoque legislativo, de diario de noticias férreamente censuradas, de la revista Hola y de periódico comercial para anuncios, en enumeración no exhaustiva.

Y en esa Gaceta-batiburrillo publicada en la Imprenta Real se publicó una «exposición», un memorial de agradecimiento, loa y puesta a disposición dirigido por unos anónimos «individuos de esta universidad de Cervera» (sic) al rey Fernando VII, ese paradigma de rey malvado y de persona infame con enorme poder.

Ese memorial, fechado a 11 de abril de 1827, se publicó en la Gaceta de 3 de mayo de 1827. En este enlace puede acceder a las páginas de la Gaceta del día 3 de mayo de 1827, hoja por hoja, en el buscador de la web del Boletín Oficial del Estado. La primera hoja y de cabecera era esta:

lejos4

que empezaba con una orden oficial sobre tema militar y seguía con noticias «extrangeras» (sic), de Inglaterra, unas noticias de palpitante actualidad, concretamente de tres semanas antes:

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Aquí enlace a las dos primera páginas de la Gaceta de ese día, que incluyen, aparte de noticias extranjeras, un listado de precios de tabaco, azúcar y otros productos en Cuba y hasta la noticia de una operación quirúrgica que permitió a «una señora ciega desde su nacimiento»  recobrar la vista; se describen de forma fascinante las sensaciones de esa señora, cómo la señora iba paulatinamente identificando colores y formas.  lejos15

 Y aquí enlace a las siguientes páginas, que incluyen, además de la «exposición» de marras, un anuncio de las acreditadas aguas minerales de Panticosa,

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otros la venta por suscripción de obras musicales de Rossini,

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la vacante de una plaza de médico en un pueblo para la cual se precisa «justificación de conducta moral y política»,

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el anuncio de un método para enseñar a escribir

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y otros temas que resultarían entrañables y pintorescas muestras de un mundo ingenuo, laborioso, tranquilo  y feliz, si no supiéramos que todo ello encubre una época señalada por la Historia por la arbitriedad y la represión. Y si una lectura atenta no permitira detectar detallitos como la «justificación de conducta moral y política» para presentarse a un puesto de trabajo.

Aquí enlace a la concreta hoja de la Gaceta de 3 de mayo de 1827 que nos interesa: enlace. 

Y aquí la imagen completa de esa página:

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Aquí la concreta parte de la reproducción de la «Exposicion dirigida á S.M.» (sic) lejos13

por sus autodenominados «vasallos»:

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Y aquí, resaltada la frase famosa:

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lejos17

Bueno. «Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir».

O lejos de nosotros la funesta manía de citar de oídas y de segunda mano.

lejos10Nota para juristas. Los juristas encontrarán en estas hojas de una Gaceta de 1827 ejemplos de una terminología jurídica que aún hoy se usa: que si no comparecen a tal cosa los convocados, les parará el perjuicio que haya lugar, lo de «poder bastante» y otras expresiones que, casi doscientos años después, seguimos usando. Vaya.

Verónica del Carpio Fiestas

Un delito tristísimo en 1926

«Un Teniente de Intendencia muerto a tiros por un ex Oficial del mismo Cuerpo«.  Este es el titular del diario ABC de 26 de diciembre de 1926» de una noticia que empieza así:

«En la calle de la Montera se desarrolló ayer tarde un sangriento suceso de quien fue víctima el teniente de la escala activa del Cuerpo de Intendencia D. José Conde Centeno, que fue muerto a tiros por un ex oficial que perteneció al mismo regimiento hasta hace poco menos de un un año en que, obligado por la oficialidad de aquel, pidió y obtuvo la separación del Cuerpo.
Para relatar de forma ordenada lo sucedido expondremos los antecedentes que dieron origen al drama.
Hace un año aproximadamente, como decimos, y poco después de su regreso de Marruecos, donde hizo larga campaña, el teniente D. José Conde fue a vivir a una casa de huéspedes de la calle de la Magdalena. Allí se hallaba alojado otro teniente de Intendencia, perteneciente a la escala de reserva, llamado Juan Díaz Mayordomo. El trato corriente y usual que corresponde entre compañeros duró poco, porque hasta el teniente Conde llegaron noticias sobre la conducta de su compañero de hospedaje, noticias que se vio obligado a poner en conocimiento de sus jefes y de la oficialidad. Poco después el teniente Díaz Mayordomo solicitó y obtuvo la separación del Cuerpo.
No llegó a formarse Tribunal de honor porque Díaz Mayordomo, que no se justificó de los bochornosos cargos que se le hicieron, aceptó la propuesta de sus compañeros de regimiento. En el procedimiento privado que se siguió se consignaron manifestaciones de asistentes, de la patrona de la casa de huéspedes y de otras personas.«

crimen montera 5

En el año 1926, según reflejan las crónicas periodísticas de la época, un hombre fue muerto a tiros en Madrid, en pleno centro de la ciudad, en la calle Montera. La víctima, José,  era militar en activo. El homicida, Juan, era militar en la reserva. La víctima, de 24 años, se había casado hacía poco y su mujer estaba embarazada. El homicida, de 37 años, no trabajaba desde que, tiempo atrás, pidió pasó la baja del Ejército como consecuencia de que se le iba a abrir un Tribunal de honor. Ninguna duda había sobre la autoría del crimen y sobre la circunstancia de que el homicida mató sin previo aviso con un tiro por la espalda y otro de frente, y que antes había venido profiriendo amenazas contra la víctima y otras personas. El homicida fue condenado a «reclusión perpetua» por un tribunal militar, en Consejo de Guerra.

Las crónicas periodísticas de la época del conocido como «crimen de la calle de la Montera» reflejan el motivo del homicida, de forma críptica. Se cuenta que ambos militares habían coincidido como alojados en una casa de huéspedes y que el fallecido José había observado una conducta indigna en Juan, hechos bochornosos, y que le retiró su amistad por ello; y que como la «vida escandalosa» de Juan había continuado, aquél se vio obligado a dar parte a sus superiores en el Ejército. Se iba a abrir Tribunal de honor contra Juan por los hechos causantes de la denuncia y, antes de llegar a ello, Juan hizo caso de las sugerencias de la oficialidad y pidió la baja. Le quedó un rencor profundo contra quien le había denunciado y otros compañeros a quienes consideraba responsables de su situación.

Hasta aquí las crónicas periodísticas de la época.

Lo que no dicen las muy pudorosas crónicas periodísticas de la época es que la conducta escandalosa por la que el militar fallecido José había retirado su amistad a Juan y lo había denunciado a sus superiores era la homosexualidad de éste. Este dato no sale en las crónicas oficiales, pero consta en las crónicas familiares que me han llegado por tradición oral. Porque el fallecido era pariente mío; y, añade la tradición oral, la familia del fallecido, o sea, la mía, hizo lo posible para que no se impusiera al condenado pena de muerte que al parecer habría sido posible en el caso.

Es decir, que en los años 20 del siglo XX una persona suprimió la relación de compañeros de armas con otra por ser este segundo homosexual, por ser homosexual este lo denunció a sus superiores, por ser homosexual se abrió contra el denunciado una información privada en la que declararon diversas personas, por ser homosexual al denunciado lo iban a someter a un «Tribunal de honor» y por ser homosexual tuvo el denunciado que abandonar el Ejército.

Triste mundo en el que una persona retira a otra su amistad por ser homosexual, que por ser homosexual lo denuncia a los mandos militares, que por ser homosexual hay investigaciones privadas y declaraciones, que por ser homosexual se plantea  Tribunal de honor al denunciado, que por ser homosexual el denunciado debe dejar el Ejército.

Y triste mundo en que una persona de bien -como era considerado el fallecido, y no solo figura así en la tradición oral familiar, sino también en las crónicas periodísticas-, cumple un deber al denunciar a un compañero de armas por ser homosexual para que se tomen contra él medidas graves.

Y triste mundo en el que hay «Tribunales de honor».

Y triste mundo aquel en el que alguien mata por rencor.

crimen montera 2

crimen Montera 1

ABC. 12-1-1927

Y triste mundo en el que se considera agravante de un homicidio que el delito se haya cometido como consecuencia de un acto de servicio, entendiendo por tal, se deduce, denunciar la homosexualidad.

Y triste mundo en el que se somete a Consejo de Guerra, es decir, a jurisdicción militar, y no a la civil, a alguien que ya no es militar.

Y triste mundo en el que hay cadena perpetua.

Triste, tristísimo delito en 1926.

Datos:

ABC de 29 de diciembre de 1926 , enlace aquí

crimen montera 3crimen montera 4ABC de 11 de enero de 1927, enlace aquí

crimen montera 6La Voz, 27 de diciembre de 1926, número completo aquí La Voz (Madrid). 27-12-1926

crimen montera 7crimen montera 8

Sinopsis del artículo 26 de la Constitución vigente, sobre tribunales de honor, con explicación del concepto y la normativa vigente, enlace  aquí.

Verónica del Carpio Fiestas

-Dedico este post a la memoria de mi abuela-

La Historia como acto de fe

Qui habet aures audiendi, audiat

Paradójicamente, la tesis de la historia pura, que triunfara en el último Congreso de Historiadores, constituye un obstáculo de monta para la comprensión cabal de dicho congreso. En abierta contravención con la propia tesis, nos hemos empozado en el sótano de la Biblioteca Nacional, sección Periódicos, consultando los mismos. Obra no menos plausiblemente en nuestro poder, el boletín polígloto que registra con pelos y señales los encrespados debates y la conclusión a que se llegó. El temario primerizo había sido, ¿La historia es una ciencia o un arte? Los observadores notaron que los dos bandos en pugna enarbolaban, cada cual por su lado, los mismos nombres: Tucídides, Voltaire, Gibbon, Michelet. Lo imprevisible, como tan a menudo, pasó; la tesis que concitó el voto unánime resultó, según se sabe, la de Zevasco: la historia es un acto de fe.

Veramente la hora propicia era madura para que el consentiera su visto bueno a esa componenda, de perfil revolucionario y abrupto, pero ya preparada, tras mucha rumia, por la larga paciencia de los siglos. En efecto, no hay un manual de historia que no haya anticipado, con mayor o menor desenvoltura, algún precedente. La doble nacionalidad de Cristóbal Colón, la victoria de Jutlandia, que a la par se atribuyeron, el 16, anglosajones y germanos, las siete cunas de Homero, escritor de nota, son otros tantos casos que acudirán a la memoria del lector medio. En todos los ejemplos aportados late, embrionaria, la tenaz voluntad de afirmar lo propio, lo autóctono, lo pro domo.

Estampemos de vuelta la declaración de Zevasco: «La historia es un acto de fe. No importan los archivos, los testimonios, la arqueología, la estadística, la hermenéutica, los hechos mismos; a la historia incumbe la historia, libre de toda trepidación y de todo escrúpulo; guarde el numismático sus monedas y el papelista sus papiros. La historia es inyección de energía, es aliento vivificante. Elevador de potencia, el historiador carga las tintas; embriaga, exalta, embravece, alienta; nada de entibiar o enervar; nuestra consigna es rechazar de plano lo que no robustece, lo que no positiva, lo que no es lauro».

La siembra germinó. Así la destrucción de Roma por Cartago es fiesta no laborable que se observa desde 1962 en la región de Túnez; así la anexión de España a las tolderías del expansivo querandí es, ahora, y en el ámbito nacional, una verdad a la que garante una multa. En los últimos textos aprobados por las autoridades respectivas, Waterloo para Francia es una victoria sobre las hordas de Inglaterra y de Prusia.

Al comienzo algún pusilánime interpuso que tal revisionismo parcelaría la unidad de esta disciplina y, peor aún, pondría en grave aprieto a los editores de historias universales. En la actualidad nos consta que ese temor carece de una base bien sólida, ya que el más miope entiende que la proliferación de asertos contradictorios brota de una fuente común, el nacionalismo, y refrenda urbi et orbi, el dictum de Zevasco. La historia pura colma, en medida considerable, el justo revanchismo de cada pueblo; México ha recobrado así, en letras de molde, los pozos de petróleo de Texas y nosotros, sin poner a riesgo a un solo argentino, el casquete polar y su inalienable archipélago.

Hay más. La arqueología, la hermenéutica, la numismática la estadística no son, en el día de hoy, ancilares; han recuperado a la larga su libertad y equiparadas con su madre, la Historia son ciencías puras.

«Un enfoque flamante«, en «Crónicas de H. Bustos Domecq»

por H. Bustos Domecq (pseudónimo de los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares)

Verónica del Carpio Fiestas

[meramente por la transcripción parcial de un cuento/artículo escrito hace casi cincuenta años y por la intención al escogerlo]

Inquisiciones jurídicas

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Foto de fichero de la Biblioteca del Colegio de Abogados de Barcelona con ficha censurada con el sello de «¡Arriba España!». Foto del año 2015, de V. del Carpio.

En la magnífica biblioteca jurídica del Colegio de Abogados de Barcelona se conservan fichas de libros jurídicos que fueron censurados por el bando vencedor al terminar la Guerra Civil, en 1939. Transcribo lo que figura en el folleto del año 2012 «La Biblioteca del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona» después de explicar cómo fue fusilado el bibliotecario al terminar la guerra por los vencedores, como consecuencia de denuncia anónima y sin poder defenderse:

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Portada del folleto «La Biblioteca del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona», año 2012.

Folleto

Folleto «La Biblioteca del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona», año 2012. Página 13. Incluye el texto transcrito y una foto de fichero donde se aprecia una ficha censurada con el sello de «¡Arriba España!».

 «Con el fin de la Guerra la Biblioteca y todos los centros culturales del país sufrieron muchas vicisitudes, siendo quizás la más remarcable la obiigación de pasar todos los libros por la censura.

De todos modos en nuestro caso no hubo ni expurgación ni destrucción de libros. Se censuraron, eso sí, las fichas catalográficas y existió el firme compromiso del Bibliotecario de Junta de, en el caso de que de que alguien pidiese alguno de los libros «prohibidos» lo comunicaría a la policía, hecho que nunca sucedió.»

Foto de fichero de la Biblioteca del Colegio de Abogados de Barcelona con ficha censurada con el sello de

Foto de fichero de la Biblioteca del Colegio de Abogados de Barcelona con ficha censurada con el sello de «¡Arriba España!». Foto del año 2015, de V. del Carpio.

¿Cuáles serían exactamente esos libros jurídicos censurados? ¿Cuál sería el criterio seguido por el inquisidor jurídico para escogerlos? ¿Seguiría siquiera algún criterio? ¿Qué libros de Derecho censuraría un fascista en el año 1939? ¿Sería jurista el inquisidor? ¿Con qué formación? ¿Actuaría siguiendo instrucciones concretas o con posibilidad de escoger? ¿Cómo sería su mentalidad para considerar un libro concreto como peligroso, en una biblioteca jurídica de una corporación profesional oficial de abogados? ¿Y qué forma de razonar demuestra quien para censurar usa, a iniciativa propia o no, el sistema de marcar las fichas con un sello donde figura la expresión, o el grito escrito, «¡Arriba España!» de la retórica habitual de los falangistas/fascistas? ¿Sería un sello que usaría para más cosas, o fabricado ad hoc?

¿No sería muy interesante que se elaborara y difundiera un catálogo de los libros así censurados en esta biblioteca jurídica -al parecer no existe ese catálogo- y, en su caso, en otras jurídicas, si es que se siguió similar sistema de censura en otras, para determinar qué criterio se siguió en la selección, y, en definitiva -porque eso es lo fundamental desde el punto de vista histórico-, qué mentalidad refleja exactamente la censura de los libros concretos? La experiencia histórica demuestra que los inquisidores y los censores de todos los tiempos son, con frecuencia, además de intolerantes, algo más: ignorantes y cortos de entendederas. Y, más aún: que con cierta frecuencia actúan sin ningún criterio razonable, ni siquiera desde su propia mentalidad retorcida. ¿Sería así en este caso? ¿Podríamos averiguarlo comprobando la lista de libros censurados?

Me encantaría saberlo.

Verónica del Carpio Fiestas

Dos «El rey se divierte»: el de Víctor Hugo y el de Deleito

Victor_Hugo_-_Le_Roi_s'amuse_1832-1882

La ópera «Rigoletto» de Verdi está basada en una obra de teatro: «El rey se divierte«, de Víctor Hugo, y en el acto cuarto y algún otro momento de la obra de Hugo figura aquello de

REY. (Cantando.)
«La mujer es mudable
cual pluma al viento;
¡ay del que en ella fija
su pensamiento!…»

El melodramático argumento es bien conocido: un poderoso -el rey de Francia en la obra de Hugo– es ayudado y animado -corrompido, dicen, como si la culpa fuera de un bufón y no de un todopoderoso rey- en su búsqueda de placeres -o sea, de mujeres- por un subordinado -aquí, un bufón jorobado-, y el poderoso seduce a la propia hija del subordinado.

La obra de teatro es, en mi personal opinión, insoportable; de gustibus non est disputandum. No sé si no me gusta por la confusión, clásica por otra parte, entre violación y relación sexual consentida. En ese mundo la mujer no tiene voluntad propia, igual que no vive para sí sino para el hombre de su entorno que mande, sea padre, marido o hermano; si mantene relaciones sexuales cuando no debe hacerlo, es irrelevante que lo haga o no forzada. La deshonra es la propia relación sexual, y que sea o no consentida ni se toma en cuenta. Y, por tanto, da lugar a la venganza. En ese mundo medio calderoniano en el que la mujer sencillamente no cuenta, o es usada, y donde virginidad de la mujer y honor -del hombre- es lo mismo, los libertinos lo son tanto si violan y abusan como si enamoran a secas. Quizá sea eso lo que me irrita, y no la obra de Hugo. Aquí hay un totum revolutum, Sale desde la joven que consiente por odiosa coacción moral, porque es el precio que pone un rey arbitrario y despótico para salvar la vida del padre condenado a muerte

«el tablado horrible que levantó el verdugo aquella mañana, tenía que servir de patíbulo al padre o de lecho a la hija«

y luego se queda con él por voluntad propia (¿?) y es rechazada por el padre deshonrado

«No vengo a pediros a mi hija; el que no tiene honor no tiene ya familia. Que os ame o no con amor insensato, nada me importa ya; después de que le habéis hecho perder la vergüenza, retenedla en vuestro poder»

y la secuestrada para violarla, una vez que ha dicho que ama, y que en el fondo parece estar encantada, mientras quien el  ofendido es el padre, que ha perdido lo que es suyo, su hija -las mujeres son seres de otros -y su propio honor

«BLANCA. – […] Ese hombre sólo me ha causado daño, y sin embargo, le quiero sin saber por qué. Y llega a tal punto mi locura, que a pesar de ser vos tan tierno para mí y él tan cruel, lo mismo moriría por él que por vos.
TRIBOULET. -Eres muy niña y te perdono.
BLANCA. – Pero él también me ama.
TRIBOULET. -No lo creas, hija mía.
BLANCA. -Me lo dijo y me lo juró. Además, sus palabras convencen y avasallan el corazón, ¡porque
es tan hermoso, tan gallardo!…
TRIBOULET. – Es un infame y no se jactará de robarme impunemente mi tesoro.»

hasta la aristócrata que se acuesta con el rey por voluntad propia (¿o animada o quién sabe si obligada por parientes varones que la usan para medrar?), hasta una discursión sobre si la mujer que ama al rey lo ama verdaderamente o está deslumbrada y no lo ama por sí mismo. Las mujeres somos tontas o débiles, además de ser de otros.

Un melodrama o un drama romántico, o sea, dramón: el padre ofendido, al vengarse, contrata a un asesino a sueldo- el personaje más divertido- que lo engaña matando a la propia hija de quien encargó el asesinato..

Hay quien dice que Hugo ataca en esta obra a la monarquía de forma muy dura. Así debió de ser entendido en su día, porque la obra la prohibieron en su estreno; a Hugo no se lo parecía,y  así se deduce del prefacio, o fingía pensarlo para defenderse.

La obra de Hugo contiene frases extraordinarias, pero no en el texto: en el prefacio, A eso voy.

Contexto: el Gobierno de la monarquía de la época -la del rey Luis Felipe de Orleans si no me equivoco-, prohibió la representación de la obra al estrenarse. Y el prefacio contiene una de las más vibrantes defensas de la libertad, con frases de antología sobre la libertad y la lucha por conseguirla.

Que en el fondo se trataba de que el escritor se veía ofendido su amor propio, en su libertad de pensamiento y expresión y en su patrimonio, da igual. No es desdoro que uno defienda su derecho y lo defienda como algo general solo porque le perjudique que se lo quiten. Cuando el despotismo quita un derecho a uno arbitrariamente, la defensa es de todos, porque son todos los atacados porque el atacado es el Estado de Derecho, o lo que sea equivalente en la Francia de 1832.

Vamos a ello.

«La aparición de este drama en el teatro dio motivo a un acto ministerial inaudito. Al día siguiente de su estreno remitió al autor, Jouslin de la Salle, director de escena del Teatro Francés, el siguiente oficio, cuyo original conserva: «En este momento, que son las diez y media,acabo de recibir la orden de suspender las representaciones de EL REY SE DIVIERTE, que me comunica H.Taillor en nombre del ministro. »Hoy 23 de noviembre.»
Lo primero que le ocurrió al autor fue dudar de lo que estaba leyendo, porque el acto era arbitrario hasta lo increíble.
En efecto, la Constitución, llamada La Carta, dice: «Los franceses tienen derecho de publicar…» El texto no sólo concede el derecho de imprimir, sino el derecho de publicar. El teatro, pues, no es más que un medio de publicación como la prensa, como el grabado y como la litografía. La libertad del teatro está implícitamente consignada en la Constitución como las demás libertades del pensamiento. La ley  fundamental añade: «La censura no podrá restablecerse nunca.» No dice el texto la censura de los periódicos, la censura de los libros; habla de la censura en general, de la del teatro como de la de los escritos. Las obras dramáticas no pueden ser, pues, legalmente censuradas. En otra parte la Constitución dice: «Queda abolida la confiscación.» Pues la supresión de una obra, después de haberse representado, no sólo es un acto de censura y de arbitrariedad, sino que es además una verdadera confiscación, porque usurpa violentamente al autor y al teatro su legítima propiedad. En una palabra, para que todo sea claro, para que los cuatro o cinco grandes principios sociales que la Revolución francesa grabó en bronce queden intactos en sus pedestales de granito, la Constitución deja abolido expresamente en su último artículo todo lo que sea contrario a su letra y a su espíritu en nuestras leyes anteriores.
Esto es lo formal. El decreto ministerial que prohíbe la representación de un drama, por medio de la censura atenta a la libertad y por medio de laconfiscación a la propiedad. Todo nuestro derecho público se subleva contra semejante hecho de fuerza.»
Qué interesante. La censura no estaba prohibida expresamente en caso de obras de teatro, pero representar una obra es publicar por otro medio, luego no es admisible la censura. Que se aplique en cuento los partidarios de la censura por internet. Y no poder representar es quitarle el patrimonio al autor de la obra, además de quitarle su libertad de pensamiento y de expresión; como la confiscación está prohibida, está prohibida la prohibición. Interesante planteamiento, también, ese, en los actuales momentos de debate sobre el copyright, relacionar ambos derechos.
Sigamos.
¿Y qué hace Hugo? Exactamente lo mismo que hemos hecho muchos en España ante abusos de Gobiernos democráticos: recurrir a los tribunales y simultáneamente a la opinión pública.
Pero antes, veamos qué hacía el propio  teatro donde la obra se iba a representar, porque merece muchísimo la pena leerlo:
«La Comedia Francesa, estupefacta y consternada, quiso dar algunos pasos cerca del ministro para obtener la revocación de tan extraña orden, pero fueron inútiles. El Consejo de ministros se había reunido aquel día, y la orden del ministro del día 23 pasó a ser el día 24 una orden de todo el Ministerio. El 23 suspendieron la representación del drama, el 24 lo prohibieron, conminando a la empresa a que borrara de los carteles el pavoroso título EL REY SE DIVIERTE. Intimaron además al Teatro Francés a que se abstuviera de quejarse. Acaso hubiera sido conveniente resistir este despotismo asiático, pero a eso no se atreven los teatros, pues el temor de que les retiren las subvenciones los convierte en siervos y en vasallos, en eunucos y en mudos.»
Las subvenciones.
Cómo resulta familiar eso en el siglo XXI para el control de los medios de comunicación, que se convierten en siervos, vasallos, eunucos y mudos.
Y lo que hace Hugo, en impresionantes palabras que merecen grabarse en letras de oro:
«Los ruegos y las solicitudes que acaso le aconsejaban su interés, le prohibía entablarlas su deber de escritor libre. Pedir favor al poder era reconocerlo: la libertad y la propiedad no deben pedirse en las antesalas, y un derecho no debe solícitarse como un favor; para conseguir el favor se acude al ministro, para lograr un derecho se le pide al país. Al país, pues, se dirige el autor. Existen dos caminos para obtener la justicia: el de la opinión pública y el de los tribunales. El autor recurre a ambos.«.
Después de esto, poco queda decir.
Pero sí se va a decir una cosa: que no deje usted de leer un ensayo:  «El rey se divierte», de José Deleito y Piñuela,
deleito
un ensayo histórico clásico, de 1935, y digamos, neutro, sobre la corte del poderoso rey de España Felipe IV, con detalles exhaustivos de ambiente y vida cotidiana que abarcan cacerías, etiqueta palatina, comidas. No solo por la coincidencia de título, y de un Felipe como rey. También coincide con el otro «El rey se divierte» en una cosa: en que, y aquí suavemente, sin decirlo con las apasionadas y gradilocuente palabras y formas de los autores románticos como Hugo, desde la frialdad de un ensayo, en el fondo también describe el despotismo.
Y acabo citando otros párrafos del prefacio, que merecen la pena:
«Acaso sea útil a nuestra causa dar a nuestros adversarios ejemplo de cortesía y de moderación, y que los particulares den al gobierno lecciones de dignidad y de prudencia y el perseguido al que le persigue.»
«Es curioso el momento de transición política en que nos encontramos; es uno de esos instantes de fatiga general, en los que los actos más despóticos son posibles en esta sociedad, tan penetrada de ideas de emancipación y de libertad. Francia corrió mucho y de prisa en 1830, haciendo tres buenas jornadas, tres grandes etapas en el camino de la civilización y del progreso. Ahora hay ya muchos fatigados y que, faltos de aliento, piden que se haga alto, pretendiendo detener a los espíritus generosos que no se cansan y que se empenan en seguir adelante. Quieren esperar a los rezagados que se quedaron atrás y darles tiempo para que les alcancen. De esto nace un temor tan singular a todo lo que anda, a todo lo que se menea, a todo lo que habla, a todo lo que piensa. Es situación extraña, fácil de comprender, pero difícil de definir. En nuestra opinión, el gobierno abusa de la predisposición al reposo y del miedo a nuevas revoluciones; nos tiraniza en pequeña escala, y se equivoca para él y para nosotros. Si cree que ahora son indiferentes para los espíritus las ideas de libertad, se engaña; lo que tienen es cansancio, y llegará un día en que se le pida estrecha cuenta de los actos ilegales que acumula contra nosotros de algún tiempo a esta parte.»
Hmm.
En este punto veo que aún no he acabado, y, lo que es peor, que veo que no me queda otra que  acabar con una autocita, y encima múltiple. Enlace dos posts de uno de mis dos blogs jurídicos, «Rayas en el agua», donde trato de la inconstitucional Ley de Seguridad Ciudadana y el papel de la prensa, aquí y aqui. Solo puedo decir en mi defensa que al pensar en escribir el post este fin de post no lo tenía previsto.
Verónica del Carpio Fiestas

Dos bailes: Lampedusa y Washington Irving

Los antropólogos tienen muy estudiado el carácter de rito del baile. Como no soy antropóloga simplemente voy a poner en relación dos obras literarias muy distintas, que solo coinciden en un detalle: que contienen ambas una escena de baile y banquete. Se trata de «El gatopardo», del escritor italiano Giuseppe Tomassi de Lampedusa, Il-gattopardoy de «La leyenda de Sleepy Hollow», del escritor estadounidense Washington Irving,

sleepy_hollow

el mismo de «Los cuentos de la Alhambra» que por cierto, le  recomiendo que lea.

En «El gatopardo» la fiesta está ambientada en 1862, en plena efervescencia de la unificación italiana, con una sociedad que nace y otra que muere, pero que sin embargo también sigue. La escena, que abarca el baile con sus preliminares y su salida, todo el capítulo sexto del libro, es resumen de la decadencia de una sociedad. Y que lo es, no lo digo yo; lo dice, por ejemplo, Jordi Balló, en su libro «Imágenes del silencio. Los motivos visuales en el cine«:

Balló

«El baile se convierte en pieza metonómica de muchas películas basadas en el argumento de ‘lo viejo y lo nuevo’: la conciencia de un final delante de la inminencia irresistible de una nueva sociedad emergente. Una de las mayores osadias de Visconti fue comprimir en el baile final de El gatopardo todo el sentido crepuscular de la novela de Lampedusa, expresando en la continuidad musical orquestada por Nino Rota la melancolía del final de una época«.

Quien haya leído «El gatopardo» no tiene necesidad de que se le explique, porque no solo lo aprecia un director de cine cuando decide insistir en un escena; se detecta de inmediato. Suficientemente expresiva es la descripción de las jóvenes asistentes a la fiesta como físicamente parecidas a monas, como fruto desgraciado de repetidos matrimonios endogámicos de la aristocracia, en significativo contraste con la belleza radiante de una joven procedente de una clase social emergente. No pensará quien esto lee que la fascinante y compleja «El gatopardo» es solo la cita manida de si cambiar para mantener y tal, que por cierto, son dos citas, y un leitmotiv general, y ahí van las citas:

Capítulo 1. Ambientado en mayo de 1860. Contexto: el poderoso e inteligente príncipe de Salina, que ostenta un poder cuasifeudal, o feudal a secas, conversa con su también aristocrático e inteligente joven sobrino Tancredi, que va a unirse  a los rebeldes que buscan destronar al rey de las Dos Sicilias y en definitiva sustituirlo por otro rey para unificar Italia:

«-Estás loco, hijo mío. ¡Ir a mezclarte con esa gente! Son todos unos hampones y unos tramposos. Un Falconeri debe estar a nuestro lado por el rey.

Los ojos volvieron a sonreír.

-Por el rey, es verdad, pero ¿por qué rey?

El muchacho tuvo uno de sus accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido.

-Si allí no estamos también nosotros -añadió-, estos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?«

Y, en efecto, perfectamente lo comprende el príncipe, en la página siguiente:

«Su paso vigoroso hacía tintinear los cristales de los salones que atravesaba. La casa estaba serena, luminosa y adornada; sobre todo era suya. Bajando las escaleras, comprendió:

‘Si queremos que todo siga como está…

Tancredi era un gran hombre. Siempre había estado seguro de eso.«

Cuando leo por ahí que se califica «La leyenda de Sleepy Hollow» de Irving como un «cuento de terror» no puedo por menos que pensar que o bien el concepto de cuento de terror es muy elástico y abarca los cuentos cómicos, y bueno es saberlo, o que quienes hacen esa calificación quizás no han leído el cuento o que las cosas tienen muchas interpretaciones. En mi modesta opinión «La leyenda de Sleepy Hollow» es tan, o tan poco, cuento de terror como el imprescindible y encantador cuento de Oscar Wilde «El fantasma de Canterville«, y que cada cual saque sus conclusiones.

Y «La leyenda de Sleepy Hollow» contiene una escena deliciosa, previa a la de «terror», en la que el protagonista, un maestro de escuela mísero y ridículo, con un sospechoso parecido fisico con el Don Quijote de iconografía clásica, enamorado de la hermosa hija de los ricos de la zona, asiste a un baile con banquete en la casa de esa familia.

Qué pena no poder trascribir en columnas paralelas la descripción de los dos bailes tan distintos, tan claros en sus contrastes entre una sociedad decadente y corrompida en un país convulso y hasta viejo en el mal sentido de la palabra y sin perspectivas frente a una sociedad aún rural y con sus comidas simples pero sabrosas y abundantes y sus mujeres hermosas. El baile del cuento de Washington Irving está ambientado pocos años después de la guerra de la Independencia estadounidense, en zona probablemente cercana a la actual ciudad de Nueva York, bucólica a la sazón, y refleja un país sano, con evidentes buenas perspectivas.

Lástima grande que esa salud tuviera una pega: los «negros», a todas luces esclavos, que se mencionan. En el país de los libres, como dice su himno, resulta que había esclavos, y los siguió habiendo mucho tiempo. Y, por cierto, las mujeres no tenían voto. Vaya.

Claro que también Lampedusa refleja mujeres sin derechos, y población oprimida aunque no fuera legalmente esclava. Impresionante, en el capítulo quinto, sobre un mundo duramente rural, que no bucólico, cómo un joven, aconsejado por su padre, se las arregla para dejar embarazada a una prima suya fea, fingiendo un ¿amor? inexistente, para forzar un matrimonio de honor con ánimo de hacerse con un insignificante, pero para él valioso, patrimonio inmobiliario y conseguir una sierva. Aquí la escena en la que las dos familias conciertan el matrimonio:

«Los dos novios, sentados en dos sillas contiguas, prorrumpían de vez en cuando en fragorosas risas, sin decir palabra, uno frente a otro. Estaban contentos de verdad, ella de ‘establecerse’ y de tener a su disposición aquel hermoso macho, él de haber seguido los consejos paternos y tener ahora una sierva y medio almendral.«

Vaya, vaya.

Verónica del Carpio Fiestas

El hambre de Madrid en 1811-1812

Este post consta de la transcripción de un impresionante capítulo de las «Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid», de Ramón de Mesonero Romanos, de unas fotos (malas, me temo) del cuadro de gran formato «El hambre de Madrid» del pintor José Aparicio Inglada y, al final del post, de una brevísima reflexión personal,

Si no conoce usted a Mesonero Romanos, escritor que se define a sí mismo como «del género humorístico», mi recomendación es que no deje de leer sus «Escenas matritenses», escritas bajo el seudónimo de «El curioso parlante», amenas, encantadoras, levemente críticas pero sin dureza y muy descriptivas de su época. Pequeños esbozos, independientes entre sí, de unas pocas páginas cada uno, de muy diversos temas del Madrid del siglo XIX, se leen sin sentir; algunas de esas «escenas» provocan la carcajada y muchas la sonrisa, y todas proporcionan una mayor comprensión de nuestra Historia. He ahí una obra que tendría que leerse mucho más. Ya está bien de que se mire a los llamados «escritores costumbristas» por encima del hombro.

En cuanto a sus «Memorias» pueden no resultar indispensables en el universo literarario, y por supuesto no son del «género humorístico» pero sin duda son extraordinariamente ilustrativas de la Historia y de la intrahistoria de un siglo tan convulso como el XIX en España. El autor, afamado escritor ya anciano -75 años para la época era ser muy viejo-, cuenta retrospectivamente su vida y la historia de España -más bien la de Madrid- como testigo presencial. Describe hasta el levantamiento del 2 de mayo de 1808, nada menos, y copia incluso textos legales interesantísimos para el conocimiento de la época, entre 1808 y 1850. Tanto las «Escenas matritenses» como las «Memorias de un setentón» pueden encontrarse gratuitamente en la red, aparte de estar publicadas en diversas ediciones.

A continuación la transcripción del epígrafe II del capítulo II de las «Memorias de un setentón», titulado «El hambre de Madrid». Larga transcripción, sí, pero sinceramente merece la pena, aunque solo sea para que quien esto lea se entere, si no lo sabía ya, de cuándo y por qué se empezó a comer patata en Madrid; como quien dice anteayer en términos históricos. Estamos en 1811-1812, plena invasión francesa, reina en España el rey José I, hermano de Napoleón, y el autor, nacido en 1803, ve las cosas con sus ojos de niño y las rememora y escribe décadas después con los ojos de anciano, desde la impronta indeleble que sucesos tan terribles dejaron en su recuerdo.

«Pero una calamidad, superior aún a la dominación extranjera, a sus ruinosas exacciones y a los rigores de su abominable policía, principió a dibujarse desde el verano del año 11 en el horizonte matritense; esta calamidad suprema y jamás sospechada en la villa del Oso y el Madroño era ¡el hambre!, el hambre cruel, no sufrida acaso en tan largo período por pueblo alguno, y con tan espantosa intensidad. Las causas ocasionales de esta plaga asoladora, que llegó a amenazar la existencia de toda la población, no podían ser ni más lógicas ni más naturales. Cuatro años de guerra encarnizada, en que, abandonados los campos por la juventud, que había corrido a las armas, dificultaba cuando no suprimía del todo su cultivo; las escasas cosechas, arrebatadas por unos y otros ejércitos y partidas de guerrilleros; interrumpidas además casi del todo las comunicaciones por los azares de la guerra y lo intransitable de los caminos, y aislada de las demás provincias la capital del Reino, cuya producción es insuficiente para su abastecimiento, no era necesaria gran perspicacia para pronosticar que en un término dado, y sin recurrir a otras presunciones más o menos vulgares y temerarias, había de resultar la escasez más absoluta, y comparable sólo a la de una plaza rigurosamente sitiada.

Este momento angustioso llegó al fin hacia Setiembre de 1811, y a pesar de los medios empíricos adoptados por el Gobierno para luchar con la calamidad, tales como arrebatar de los graneros de los pueblos circunvecinos todas las mieses y los frutos para traerlos a Madrid, obligar a los tahoneros a cocer un grano que no tenían y a fijar para su venta un precio imposible de sostener, la escasez iba creciendo día a día, y los precios en el mercado subiendo proporcionalmente, en términos tales, que para la mayor parte del vecindario equivalía a una absoluta prohibición. En vano la industria y la necesidad hacían redoblar el ingenio para sustituir con otros más o menos adecuados los más indispensables artículos del alimento usual; en vano el pan de trigo candeal, que, tan justo renombre valió siempre a la fabricación de Madrid, fue sustituido por otro mezclado con centeno, maíz, cebada y almortas; en vano se adoptó, para compensar la falta de aquel, a la nueva y providencial planta de la patata, desconocida hasta entonces en nuestro pueblo; en vano se llegó al extremo de dar patente de comestibles a las materias y animales más repugnantes; la escasez iba subiendo, subiendo, y la carestía en proporción, colocando el necesario alimento fuera del alcance, no sólo del pueblo infeliz, sino de las personas o familias más acomodadas. Baste decir que en los primeros meses del año 12 llegó a venderse en la plaza de la Cebada la fanega de trigo candeal a 540 rs., lo que daba una proporción de 18 y 20 rs. el pan de dos libras (que sólo se vendía de esta calidad en las tahonas de la calle del Lobo y plazuela de Antón Martín), y los garbanzos, judías, arroz, hasta la misma patata, todo seguía en sus precios la misma espantosa proporción.

En situación tan angustiosa y desesperada, las familias más pudientes, a costa de inmensos sacrificios, podían apenas probar, nada más que probar, un pan mezclado, agrio y amarillento, y que, sin embargo, les costaba a ocho y diez reales, o sustituirle con una galleta durísima e insípida, o una patata cocida; pero el pueblo infeliz, los artesanos y jornaleros, faltos absolutamente de trabajo y de ahorro alguno, no podían siquiera proporcionarse un pedazo del pan inverosímil que el tahonero les ofrecía al ínfimo precio de veinte cuartos.

Quisiera en esta ocasión tener a mi servicio la pluma del insigne Manzoni (incomparable pintor de la peste de Milán) para hacer sentir a mis lectores el aspecto horrible y nauseabundo que tan funesta calamidad prestaba a la población entera de Madrid; pero a falta de la del ilustre autor de I Promessi Spossi, sólo puedo ofrecerle la de un niño, también relativamente hambriento, y que ha conservado la profunda memoria, a par que la prueba material de aquella inmensa desdicha.

El espectáculo, en verdad, que presentaba entonces la  población de Madrid, es de aquellos que no se olvidan jamás. Hombres, mujeres y niños de todas condiciones abandonando sus míseras viviendas, arrastrándose moribundos a la calle para implorar la caridad pública, para arrebatar siquiera no fuese más que un troncho de verdura, que en época normal se arroja al basurero; un pedazo de galleta enmohecida, una patata, un caldo que algún mísero tendero pudiera ofrecerles para dilatar por algunos instantes su extenuación y su muerte; una limosna de dos cuartos para comprar uno de los famosos bocadillos de cebolla con harina de almortas que vendían los antiguos barquilleros, o algunas castañas o bellotas, de que solíamos privarnos con abnegación los muchachos que íbamos a la escuela; este espectáculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos espirando (sic) en medio de las calles y en pleno día; los lamentos de las mujeres y de los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras, y que eran recogidos dos veces al día por los carros de las parroquias; aquel gemir prolongado, universal y lastimero de la suprema agonía de tantos desdichados, inspiraba a los escasos transeúntes, hambrientos igualmente, un terror invencible y daba a sus facciones el propio aspecto cadavérico. La misma atmósfera, impregnada de gases mefíticos, parecía extender un manto fúnebre sobre toda la población, a cuyo recuerdo solo, siento helarse mi imaginación y embotarse la pluma en mi mano. Bastarame decir, como un simple recuerdo, que en el corto trayecto de unos trescientos pasos que mediaban entre mi casa y la escuela de primeras letras, conté un día hasta siete personas entre cadáveres y moribundos, y que me volví llorando a mi casa a arrojarme en los brazos de mi angustiada madre, que no me permitió en algunos meses volver a la escuela.

Los esfuerzos, que supongo, de las autoridades municipales, de las juntas de caridad, de las diputaciones de los barrios (creadas por el inmortal Carlos III) y de los hombres benéficos, en fin, que aún podían disponer de una peseta para atender a las necesidades ajenas, todo era insuficiente para hacer frente a aquella tremenda y prolongada calamidad. Mi padre, que como todos los vecinos de alguna significación, pertenecía a la diputación de su barrio (el Carmen Calzado), recorría diariamente, casa por casa, las más infelices moradas, y en vista del número y condiciones de la familia, aplicaba económicamente las limosnas que la caridad pública había depositado en sus manos, y raro era el día en que no regresaba derramando lágrimas y angustiado el corazón con los espectáculos horribles que había presenciado. Día hubo, por ejemplo, que habiendo tomado nota en una buhardilla de los individuos que componían la familia hasta el número de ocho, cuando volvió al siguiente día para aplicarles las limosnas correspondientes, halló que uno solo había sobrevivido a los efectos del hambre en la noche anterior.

Los mismos soldados franceses, que también debían participar relativamente de la escasez general, mostrábanse sentidos y terrorizados (sic), y se apresuraban a contribuir con sus limosnas al socorro de los hambrientos moribundos; limosnas que, en algunas ocasiones solían estos rechazar, no sé si heroica o temerariamente, por venir de mano de sus enemigos; y en esta actitud es como nos los representa el famoso cuadro de Aparicio, titulado El Hambre de Madrid, al cual seguramente podrán hacerse objeciones muy fundadas bajo el aspecto artístico, pero que en cuanto al pensamiento general ofrece un gran carácter de verdad histórica, como así debió reconocerlo el pueblo de Madrid, que acudió a la exposición de este cuadro, verificada en el patio de la Academia de San Fernando el año de 1815.

El mismo rey José, que a su vuelta de París, adonde había ido a felicitar al Emperador por el nacimiento de su hijo el Rey de Roma, o más bien, para impetrar algún auxilio pecuniario, que le fue concedido, y se halló con esta angustiosa situación del pueblo de Madrid, desde el primer momento acudió con subvenciones o limosnas, dispensadas a la Municipalidad, a los curas párrocos y a las diputaciones de los barrios. Quiso además reunir en su presencia a estas tres clases, y las convocó con este objeto en el Palacio Real. Allí acudió mi padre, como todos los demás, y a su regreso a casa no podía menos de manifestar la sorpresa que le había causado la presencia del Rey, que, según él mismo decía con sincera extrañeza, ni era tuerto, ni parecía borracho, ni dominado tampoco por el orgullo de su posición; antes bien, en la sentida arenga que les dirigió en su lenguaje chapurrado (y que mi padre remedaba con suma gracia) se manifestó profundamente afligido por la miseria del pueblo, haciéndoles saber su decisión de contribuir a aliviarla hasta donde fuera posible, rogándoles encarecidamente se sirvieran ayudarle a realizar sus propósitos y sus disposiciones benéficas, para lo cual había destinado una crecida suma, que se repartió a prorrata entre las clases congregadas. Seguramente (decía mi padre) este hombre es bueno: ¡lástima que se llame Bonaparte!

Pero ni todos estos socorros ni todas aquellas benéficas disposiciones eran más que ligeros sorbos de agua dirigidos al incendio voraz, y este siguió su curso siempre ascendente hasta bien entrada la segunda mitad de 1812 (año fatal, que en la historia matritense es sinónimo de aquella horrible calamidad), y arrastró al sepulcro, según los cálculos más aproximados, más de 20.000 de sus habitantes.

Hasta que por fin llegó un día feliz (el 12 de Agosto), en que cambió por completo la situación de Madrid con la evacuación por los franceses y la entrada en la capital del ejército aliado anglo-hispano-portugués, a consecuencia de la famosa batalla de los Arapiles. Pero este acontecimiento y sus resultados inmediatos no caben ya en los límites del presente capítulo, y ofrecerán materia sobrada para el siguiente.

Baste sólo, para concluir este, decir que en tan solemne día, galvanizado el cadáver del pueblo de Madrid con presencia de sus libertadores, facilitadas algún tanto las comunicaciones y abastecimientos, y tomadas por la nueva Municipalidad las disposiciones instantáneas convenientes, empezó a bajar el precio del pan; y que en medio de las aclamaciones con que el pueblo saludaba a los ejércitos españoles, a los ingleses, a lord Wellingthon (sic), a los Empecinados y al rey Fernando VII, se escapaba de alguna garganta angustiada, de algún labio mortecino, el más regocijado e instintivo grito de: ¡Viva el pan a peseta!».

Hasta aquí Mesonero Romanos.

20.000 muertos por hambre en una ciudad que no estaba sufriendo asedio y cuya población era, aproximadamente, pongamos por decir algo, ¿200.000 habitantes?

Del angustioso capítulo, que no tiene desperdicio -la comparación con la calamidad pública que sufre una ciudad atacada por la peste es suficientemente explícita- hay un párrafo que me impresiona especialmente, tanto que lo vuelvo a copiar:

«Los mismos soldados franceses, que también debían participar relativamente de la escasez general, mostrábanse sentidos y terrorizados, y se apresuraban a contribuir con sus limosnas al socorro de los hambrientos moribundos; limosnas que, en algunas ocasiones solían estos rechazar, no sé si heroica o temerariamente, por venir de mano de sus enemigos; y en esta actitud es como nos los representa el famoso cuadro de Aparicio, titulado El Hambre de Madrid, al cual seguramente podrán hacerse objeciones muy fundadas bajo el aspecto artístico, pero que en cuanto al pensamiento general ofrece un gran carácter de verdad histórica, como así debió reconocerlo el pueblo de Madrid, que acudió a la exposición de este   cuadro, verificada en el patio de la Academia de San Fernando el año de 1815.»

Y a continuación unas fotos de ese mismo cuadro citado por Mesonero Romanos, con fotos de detalle, tomadas en el Museo de Historia de Madrid, donde está expuesto.

Primero, el cartel explicativo junto al cuadro en el Museo:

WP_20150404_004El cuadro, perspectiva general, y como la fotografía, como todas las de este post, es mía, me excuso por la mala calidad:

WP_20150404_005Y detalles:

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WP_20150404_008WP_20150404_009WP_20150404_011WP_20150404_012

A la izquierda unos soldados, uno de los cuales ofrece un pan a un hombre que lo rechaza. En el centro y a la derecha del cuadro, diversas figuras dolientes, desfallecidas, moribundas o muertas, con la excepción de un hombre que, de pie y en segundo plano, parece que va a enfrentarse con los soldados, no se sabe si animado o retenido por una mujer que lleva un niño en brazos. El hombre del centro que, con aspecto desesperado, rechaza el pan, está junto a una mujer joven con un niño pequeño a su lado, tumbado en el suelo. La joven, quizá muerta ya, recuesta la cabeza en las rodillas de un anciano sentado que tiene a su lado otro niño. A la derecha, más figuras de pie o sentadas, incluyendo más niños. Varios de los personajes presentan aspecto cadavérico.

WP_20150404_014Sin duda los historiadores tendrán muy estudiado si esta negativa «heroica o temeraria», como dice Mesonero Romanos, a aceptar socorros para sobrevivir en un época incuestionablemente espantosa, horrible, porque esos socorros venían de los invasores, fue general o excepcional, o bien mítica y reelaboración posterior. Y si el cuadro, aparte de contener a unos personajes vestidos de forma anacrónica, pero con detalles verdaderamente impresionantes, por ejemplo, el niño muerto o moribundo en el suelo, reflejó alguna verdad histórica o si fue pintado como propaganda. El cuadro es de 1818; malos tiempos también, aquellos, en los que mandaba el rey Fernando VII, el rey Bribón, el rey Felón, el Narizotas, del que mejor no decir nada porque ya lo han insultado suficientemente los historiadores, la Literatura y la memoria popular. Muy significativa de la finalidad propagandística -con independencia de que sea verdad el episodio que se describe- es la frase que  aparece, en una de las columnas, en el lado derecho del cuadro:

WP_20150404_006«Constancia española, años del hambre de 1811 y 12. Nada sin Fernando«.

Lo que se podía esperar de quien era, según parece, pintor de cámara del rey.

Detalle sin importancia, aunque me llama la atención. El Museo de Historia de Madrid se indica que el cuadro es de 1818 -así figura en el cartel explicativo cuya foto he insertado en el post-, y por internet veo en otros sitios, incluyendo la web oficial del Museo del Prado -si lo entiendo bien, al parecer el cuadro es suyo, y está en depósito en el Museo de Historia de Madrid-, que también se fecha se 1818. Sin embargo Mesonero Romanos, en el fragmento transcrito, explica que se presentó en la Academia de San Fernando en 1815. Me gustaría saber si le fallaba la memoria a Mesonero Romanos, o les falla la documentación a quienes indican otra fecha. Ciertamente en el cuadro, en la esquina de abajo a la derecha, figura el nombre del autor y la fecha de 1818.

Pero yendo a lo importante, Con ojos de profana no historiadora y no especialista en Historia del Arte, lo que veo en el cuadro y en la descripción de Mesonero Romanos es a adultos que rechazan alimento para ellos y también para unos niños, sus niños, que se están muriendo de hambre.

Y a esto voy.

La niñez como tal no ha sido protegida jurídicamente hasta lo que en términos históricos es muy reciente y los padres -en masculino excluyente, porque las madres no- han gozado siempre amplias facultades sobre la prole englobables en la patria potestad. Bien está que se renuncie a la propia vida por honor, si así se desea, libremente, pero ¿a la de otros, y además niños?

Pido a la vida que nunca me ponga en situación de tener que decidir lo primero y pido a la legislación que nunca permita que nadie pueda decidir por otros, y mucho menos por niños, lo segundo.

Y que jamás, jamás, vuelvan tiempos así de oscuros y terribles.

Verónica del Carpio Fiestas

Balzac, Ana Magdalena Bach, la reina María Luisa de Parma y más: post sobre mortalidad infantil

femme30Huelga explicar qué es «La comedia humana» y quién es Balzac. Lo único que se atreve a hacer una lectora que ha leído y releído una larga lista de obras de Balzac es recomendar a quien haya venido a parar a este blog y que no conozca a Balzac que coja cualquiera de las obras que componen «La comedia humana», ya que, como es bien sabido, forman parte de un proyecto único de descripción de la Francia de la época, pero son independientes, y se ponga a leer ya. Hay muchas peores formas de perder el tiempo que leer a Balzac; y pocas más baratas. Y Literatura con mayúsculas de nivel de Balzac, escasa.

De los valores literarios para qué se va a hablar, si está todo dicho. De la voluntad de descripción fiel de una sociedad, también. Pero de los otros valores, de los valores emocionales, quizá no está dicho todo. En «La mujer de treinta años«, que empieza ambientada en el año 1813, figura este párrafo que refleja unos valores emocionales que, a nuestros ojos actuales, resultan un tanto extraños. La marquesa, personaje de la novela, sufre muchísimo. Y el autor dice lo siguiente, al analizar cuál es el dolor más duradero, más fuerte, el verdadero dolor:

«Pero entre todos los dolores, ¿a cuál pertenecerá ese nombre de dolor? La pérdida de los padres es un pesar para el que la naturaleza nos apercibe a los hombres; el dolor físico es pasajero y no afecta al alma, y, en caso que persista, deja de ser un mal para ser la muerte. Que una madre joven pierda a su primer hijo y el amor conyugal no tardará en darle un sucesor. También ese efecto es pasajero. En una palabra, que esas penas y otras semejantes viene a ser algo así como golpes, heridas, pero ninguna de ellas afecta a la vitalidad en su esencia y menester es que se sucedan de un modo extraño  para que maten en nosotros ese sentimiento que nos mueve a buscar la dicha. El grande, el verdadero dolor sería, por consiguiente, un mal lo bastante mortífero para alcanzar a la vez al pasado, al presente y al porvenir; no dejar ninguna parcela de la vida en su integridad, desnaturalizar para siempre el pensamiento, inscribirse inalterablemente en labios y frente, romper o aflojar lo resortes del placer, poniendo en el alma un principio de empacho por todas las cosas de este mundo. Y todavía, para ser inmenso, para pesar sobre alma y cuerpo, habría que surgir ese mal en un momento en la vida en que todas las energías de alma y cuertpo son aún jovenes y  fulminar un corazón bien vivo. Abre entonces el mal una ancha brecha; grande es el dolor y no hay ser alguno que pueda salir de esa crisis sin algún poético cambio; o toma el rumbo del cielo o, si sigue aquí abajo, vuelve a entrar en el mundo para mentirle al mundo, para desempeñar en él un papel conociendo ya los entrebastidores adonde uno se retira para echar cuentas, llorar o bromear. Después de esas crisis solemnes no hay ya misterios en la vida social, que ya está irrevocablemente juzgada. En las mujeres jóvenes, de la edad de la marquesa, ese primer dolor, el mas punzante de todos los dolores, reconoce por causa siempre el mismo hecho.»

Y ese hecho es, según Balzac un problema amoroso, en el caso concreto con el añadido de la muerte del amante.

Balzac pone eso como un dolor que está POR ENCIMA y como incomparablemente más fuerte y duradero que el que causa a una joven madre la muerte de un hijo.

Para los hijos hay repuestos y el dolor es pasajero.

Balzac es reputado como un fino conocedor de la mentalidad de su época. Una de dos, o aquí acertó o no acertó. Si no acertó, ¿en qué más cosas no acertó? Si acertó, ¿es posible mayor contraste con la situación actual? Sostener que la muerte de un hijo no sea el mayor dolor, algo que se arrastra toda la vida y la condiciona, es hoy algo que resultaría poco menos que impensable.

Pero en las primeras décadas del siglo XIX, ¿los sentimientos eran otros?

Naturalmente, está el dato evidente de la elevadísima mortalidad infantil en esa época, y antes, y después. Sorprende esa afirmación tan frecuente de que el dolor por la muerte de un hijo es tan fuerte porque es antinatural no sobrevivirle; demuestra una falta de perspectiva histórica. Lo natural, a lo largo de la Historia, ha sido precisamente lo contrario: que un alto porcentaje de los miembros que componían la prole NO sobreviviera a los progenitores, y ser consciente de que sería así.

No es casualidad que en fecha tan avanzada como 1889 el  Código Civil español no concediera la personalidad a efectos civiles hasta transcurridas veinticuatro horas del nacimiento, en un precepto, por cierto, que se ha mantenido vigente hasta hace bien poco, 2011. Con todos los matices que en un post no jurídico sobran: no merecía la pena considerar a los bebés del todo como personas -iban a inscribirse al llamado «Legajo de Abortos» si morían en esas veinticuatro horas-, hasta que se constatara que sobrevivían al parto y al posparto inmediato.

«Artículo 30. Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno»

En Alemania, el músico Johann Sebastian Bach tuvo según parece veinte hijos y le sobrevivieron nueve. Es muy interesante en «La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach» -por cierto, conviene leer ese libro, aunque no lo escribiera la mujer de Bach y quizá refleje la mentalidad de cuando se escribió por Esther Meynel en las primeras décadas del siglo XX- anamagdalenacómo se analiza el dolor de los cónyuges Bach Ana Magdalena era la segunda esposa, con la que tuvo trece hijos-, ante el hecho previsible, repetido e irremediable de la muerte de hijos en la infancia.

En España, en lo que viene a ser más o menos la siguente generación a los cónyuges Bach, y época contemporánea a la novela de Balzac, la reina María Luisa de Parma, esposa del rey Carlos IV de España y madre del rey Fernando VII, en una familia que es de suponer que gozaba de la mejor asistencia médica, la mejor comida y el mejor alojamiento que podían proporcionar la Riqueza y el Poder, tuvo al parecer veinticuatro embarazos con diez abortos y catorce hijos nacidos, de los cuales la mitad no superaron la infancia; obsérvese que no digo que fueran hijos de la pareja real, puesto que tantos mencionan que todos o algunos de los hijos eran adulterinos, de forma calumniosa o no. Y curiosamente quienes  aluden al carácter difícil de la reina no parece que se pongan a reflexionar mucho sobre cómo esos dolores repetidos de una madre ante tantos hijos e hijas muertos podrían haber afectado a su carácter.  luisaparma

¿O es que no afectaba al carácter? ¿Puede quien esto lea creer que no afectara al carácter de una mujer pasar por veinticuatro embarazos, en una época en la que tantísimas mujeres morían en el parto y no existían sistemas anticonceptivos eficaces, con diez abortos, y que de los catorce bebés vivos solo llegaran a adultos siete? ¿No será quizá un planteamiento un tanto machista y sesgado ese de soslayar como si no existiera todo lo que eso significa en la vida de una persona? Por no hablar siquiera de las consecuencias físicas, claro.

Y, en general, ¿cómo afectaba al carácter de CUALQUIER mujer de cualquier clase social la perspectiva anticipada de la muerte probable de su prole? ¿El saber anticipadamente que el parto sería de riesgo, porque todos los eran, y que el resultado de ese riesgo sería la muerte de ella misma y del bebé, o en el mejor de los casos la dudosa supervivencia del bebé a las enfermedades de la infancia y una alta probabilidad de que no llegara a la vida adulta? ¿Y el dolor cuando tal cosa en efecto sucedía? Y sabiendo además que la llegada de los hijos no la podrían además evitar ni programar, salvo que aceptaran un celibato que solo en el caso de las monjas era socialmente bien considerado y que además las dejaría probablemente inermes en la vejez y la enfermedad.

Por acercarnos más en el tiempo, y circunscribir la selección a Europa y a unos cuantos países. Pongamos por ejemplo, y escogidas al azar entre innumerables obras del siglo XIX o primeras décadas del XX, dos policiacas clásicas, pero elegidas precisamente porque no pretenden un análisis psicológico serio ni una denuncia social, sino simplemente describir de pasada una realidad aceptada como normal y presentada como habitual. En «El gran misterio de Bow», de Israel Zangwill, publicado en 1892, de un personaje femenino, la Sra. Drapdump, se menciona que perdió a sus dos hijos en la primera infancia, de difteria y escarlatina. En el cuento de Agatha Christie titulado «La mujer rica», del libro de cuentos «Parker Pyne investiga», publicado en 1932-33, la Sra. Rymer, viuda de mediana edad, menciona que tuvo cuatro niños «y ninguno de ellos llegó a hacerse mayor».

Y mejor no escoger de entre las innumerables las obras de Pérez Galdos, escritor realista; no sé si sería exagerado decir que quizá se tardaría menos en citar una en la que NO hubiera niños o niñas que mueren en la infancia. En realidad casi es más apropiado decir que es DIFÍCIL, muy difícil, encontrar una novela del siglo XIX, española o extranjera occidental que aluda a la vida de una familia en la que no haya progenitores que sobreviven a su prole.

Y si nos vamos a la observación de Balzac quizá es que  no afectaba al carácter de forma grave. ¿Puede ser eso verdad?

¿Cómo sería ese embotamiento masivo de la sensiblidad, tan impensable hoy, si es que tal cosa había?

¿O, cuanto menos, esa mayor capacidad de aceptación del sufrimiento?

¿Y qué consecuencias tendría para una sensibilidad mayor o menor en OTROS temas?

Se me ocurre una coincidencia temporal, en el entendido de que anticipadamente asumo que puede ser una tontería y que además soy muy consciente de que las meras coincidencias temporales, incluso si en este caso existieran, no significan correlación ni causalidad: las ejecuciones públicas con métodos espantosos para asesinatos oficiales han sido eso, públicas, hasta hace poco, y la supresión de métodos de tortura y asesinato públicos ha venido más o menos a coincidir en Occidente con la mejora sustancial de los índices mortalidad infantil. Hoy sería impensable que hubiera ejecuciones públicas con torturas como las que describe Voltaire en su «Tratado de la Tolerancia», o las innumerables horripilantes muertes y torturas públicas por variadísimos sistemas que recogen los libros de Historia y reflejan la iconografía religiosa y la Literatura.

Falta quizá por estudiar -o me gustaría conocer esos estudios, si los hay- cómo afectaba al carácter individual y colectivo de TODA una sociedad que TODAS las mujeres supieran que tendrían hijos que con alta probabilidad morirían antes que ellas.

Y TODOS los hombres.

Verónica del Carpio Fiestas

Fascinante documento histórico sobre el cambio de hora en España

BOE 7-3-1940La búsqueda de información legislativa sobre el rito antropológico de cambio de estación -llamémoslo así, piadosamente- del cambio de hora dos veces al año al que nos someten con vagos argumentos científicos, que se repiten de forma acrítica año tras año, lleva a resultados sorprendentes. Por ejemplo, a encontrar la Orden Ministerial de 7 de marzo de 1940, que implantó el horario de verano en España. En la imagen, el BOE del día 8 de marzo de 1940, con esa orden ministerial y más normas publicadas ese día, enlace a BOE aquí.

Si quien esto lea no conoce la historia de España quizá no sepa que el Boletín Oficial del Estado, BOE, es el diario oficial donde se publican las normas. Si no sabe eso, quizá tampoco sepa que entre 1936 y 1939 hubo en España una feroz guerra civil, la enésima de nuestra Historia, que acabó con un bando perdedor y otro ganador, y perdiendo España y la ciudadanía la democracia y muchos cientos de miles de vidas por muerte violenta, hambre, enfermedades evitables o exilio. El bando ganador se alineó moralmente, y en parte militarmente, con el llamado Eje, sin llegar a entrar formalmente en la Segunda Guerra Mundial que empezó poco después de la Guerra Civil, y la posguerra fue durísima y larga, en la que continuaron las muertes violentas -ya de forma unilateral-, el hambre, las enfermedades evitables y el exilio. Y en la inmediata posguerra el bando vencedor se dedicó a purgar y depurar, palabras de la época, aparte de a ejecutar en juicios sumarios, a quienes le parecían contrarios, sospechosos o neutros.

Y en la inmediata posguerra se dictó esa norma sobre cambio de hora, que según dicen algunos, buscaba también alinear desde el punto de vista horario a España con Berlín, en vez de con Greenwich. Sea verdad o no, el BOE de ese día no tiene desperdicio.

Empecemos por el texto de la Orden de 7 de marzo de 1940.

«Orden de 7 de marzo de 1940 sobre adelanto de la hora legal en 60 minutos a partir del 16 de los corrientes.

Excmos. Sres.:

Considerando la conveniencia de que el horario nacional marche de acuerdo con los de otros países europeos, y las ventajas de diversos órdenes que el adelanto temporal trae consigo,

Dispongo:

Artículo 1º.- El sábado 16 de marzo, a las ventitrés horas, será adelantada la hora legal en sesenta minutos.

Artículo 2º.- El servicio de ferrocarriles se ajustará, en lo relacionado con el adelanto de la hora, a las reglas establecidas en la Real Orden de 5 de abril de 1918.

Artículo 3º.- En la Administración de Justicia se tendrá presente lo dispuesto en la Real Orden de 5 de abril de 1918, para evitar que el tránsito de uno a otro horario pueda ocasionar perturbaciones en dicho servicio.

Artículo 4º.- La aplicación a la industria y al trabajo del nuevo horario oficial no ha de dar lugar al menor aumento en la duración total de la jornada legal.

Artículo 5º.- Oportunamente se señalará la fecha en la que haya de restablecerse la hora normal.

Dios guarde a VV.EE. muchos años.

Madrid, 7 de marzo de 1940.- P.D. El Subsecretario, Valentín Galarza

Excmos. Sres. Ministros de todos los Ministerios«

La palabra «nacional» aplicada al horario no es, naturalmente, casual. Por si quien lea esto no lo sabe, «nacional» se denominaba a sí mismo el bando ganador, llamado «fascista» por el otro bando; y se utilizó extensamente en la época, aplicada hasta a la ensaladilla, que pasó a llamarse «nacional» en vez de «rusa».

En cuanto a los argumentos para adoptar la medida, no pueden ser menos explícitos. O, desde otro punto de vista, más explícitos de que quien manda, manda.

Y rodeando este documento, en el que se aprecia tal interés y respeto por los derechos de los trabajadores y por el buen funcionamiento de la Administración de Justicia, va, en las mismas páginas, lo siguiente, con un par de cosas más análogas:

  • A un funcionario, portero, que trabajaba en el «extinguido Tribunal de Garantías Constitucionales», tras la correspondiente «depuración» política se lo readmite como portero del Cuerpo de Porteros Civiles, de forma provisional. Firma el mismo subsecretario que ordena el cambio de hora.
  • A otro funcionario, portero, que tambien trabajaba en el mismo «extinguido» Tribunal, se lo readmite tras pasar el mismo trámite tambien de forma provisional, con la misma firma
  • A otro funcionario, auxiliar, del «extinguido Congreso de los Diputados», que resultó, según informaciones, que había pertenecido a la Masonería en 1932, pese a haberlo negado en declaración jurada, se le priva de la condición de funcionario, y huelgan más diligencias de averiguación. Firma el mismo subsecretario.
  • Un maestro es destinado (¿voluntariamente? Quién sabe) a Fernando Poo, Guinea, por el Director General de Marruecos y Colonias.
  • Como consecuencia de una sentencia de un juzgado militar -no de la jurisdicción ordinaria- se priva de la condición de funcionario a un señor «peatón». «Peatón» sería algo oficial a la sazón; según el diccionario de la Real Academia Española, una especie de cartero.

Cualquier tiempo pasado fue anterior.

Y las normas, mejor  leerlas en su contexto.

Verónica del Carpio Fiestas

It’s a long way to Tipperary

En la Primera Guerra Mundial soldados irlandeses cantaban esta canción, «It’s a long way to Tipperary», procedente según parece del music-hall, y se hizo popularísima. Tiene una música muy alegre y una letra nada bélica. Finalmente se ha convertido en una canción de cierto componente pacifista.

El estribillo es lo más conocido.

It’s a long way to Tipperary,
It’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
To the sweetest girl I know!
Goodbye, Piccadilly,
Farewell, Leicester Square!
It’s a long long way to Tipperary,
But my heart’s right there.

A continuación varios enlaces, a distintas versiones:

Aquí va el original, con el encanto añadido del sonido antiguo  https://www.youtube.com/watch?v=XVM-tFAdADg

Versión dos, con mejor sonido e imágenes bélicas https://www.youtube.com/watch?v=cPk21C0Wpkg   , Inolvidables las de la lucha en las trincheras, especialmente sabiendo qué enorme porcentaje de los que aparecen en las fotos de la Primera Guerra Mundial probablemente murió en esa guerra.

Y tres https://www.youtube.com/watch?v=FsynSgeo_Uo

Aunque es imposible escucharla sin recordar los tantísimos muertos en las trincheras, entre el barro, en una guerra terrible que además, por si fuera poco, y a diferencia de la Segunda, resulta muy difícil comprender por qué estalló, se oye con una sonrisa y se tararea alegremente sin querer tras oírla un par de veces. Y los pies se ponen solos a marcar un animoso ritmo. Música para la felicidad, que emociona y transmite alegría.

Una verdadera delicia. De verdad, no se la pierda.

Verónica del Carpo Fiestas

Una ciudad de la España cristiana hace mil años

ciudad

El insigne historiador Claudio Sánchez-Albornoz publicó esta obra extraordinaria, también titulada Estampas de la vida en León hace mil años, en 1926. La ciudad cuya vida diaria describe es León, claro, mil años antes. Dado el tiempo transcurrido desde que se escribió, quizá podríamos considerar como título más descriptivo «Una ciudad de la España cristiana hace ahora unos 1100 años, más o menos».

Si usted cree que no es posible describir con absoluta exactitud y vívidamente la vida de esa época, con ropas, comidas, actitudes, enseres, detalles del mercado, viviendas, datos normativos, lenguaje, vida familiar, social y política, en unas 200 páginas, y que si se hace, será un rollo insufrible, tiene usted que leer esta obra, para desengañarse. No se va a negar que requiere cierto esfuerzo leerlo, pero tampoco es para tanto.

Podemos ver todo un mundo para nuestros ojos pintoresco, detalladamente reflejado, con  guerra semipermanente, obligación de concurrir a ella como soldado, siervos sin libertad, tortura física como castigo y muchos detalles, aparte de la escasa expectativa de vida, el sistema político general y la esencial desigualdad de la mujer, mediante el sistema de describir escenas cotidianas, con personajes más o menos reales o verosímiles.

De entre los detalles que la memoria recuerda está el caso de Ilderedo, el clérigo redicho. El prologuista del libro, el no menos insigne historiador y filólogo Menéndez Pidal, es capaz hasta de detectar incluso cuándo un hablante de esa época utiliza una lenguaje de falso cultismo, y afirma con gracia que no resulta tan distinto en ciertos detalles de algunos falsos cultismos actuales (de la actualidad de cuando se escribió el prólogo):

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Y de la actualidad actual, se puede añadir, porque personalmente he conocido personas que alargan así sílabas y palabras, y bien mirado/oído no es tan distinto el habla de algunos locutores deportivos.

Tampoco es posible olvidar a Leticia, la panadera en graves dificultades económicas, azotada como castigo legal por el sayón -alguien con funciones públicas por el estilo de verdugo público y agente judicial- por haber estafado en el peso del pan como medio para intentar sacar adelante a su familia en época de crisis, y luego multada por reiterar esa conducta. Inolvidable también la observación histórica de Sánchez-Albornoz de que eso de que se impusiera una tortura física por los primeros fraudes y luego se multara al ser reincidente, tan llamativo para ojos de nuestra época, porque consideramos más grave lo primero que lo segundo, se debía a sentimientos humanitarios, paradójicamente. Según el razonamiento del siglo X que explica el historiador, el azote resultaba pena mucho más leve porque solo tenía como consecuencias el dolor físico y la vergüenza, mientras que la multa era gigantesca para un patrimonio tan mísero, ruinosa, de forma que solo le quedaría a la mujer entregar todos sus pobres bienes -o sea, el hambre para ella y su familia- o entrar en servidumbre como deudora insolvente -más o menos venderse a sí misma-. Queda en la memoria la escena en la que el sayón para cobrar la deuda de la reincidente embarga el curioso bien consistente en la puerta exterior de la casa porque los bienes situados dentro de la casa no podía cogerlos ya que «la paz de la casa» era inviolable.

Verónica del Carpio Fiestas

Libro de recomendaciones de Galdós

En «Mendizábal», uno de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, figura este texto:libro de recomendacionesEn un contexto de designación a dedo de lo que hoy serían funcionarios, al albur de vaivenes políticos e influencias, hacia 1835-1836, Calpena, empleado público, se entera de quién lo ha recomendado para su plaza. Le explican que en el «libro de recomendaciones» donde se apuntan los «padrinos» de cada contratado, consta como «hechura y ahijado del propio Mendizábal», presidente de Gobierno a la sazón.

«Libro de recomendaciones». Hmmm. Los historiadores del Derecho estarán en condiciones de aclarar si en efecto existía en la Administración española de esa época de forma oficial y generalizada un «libro de recomendaciones»,  o bien si se trata de una licencia de Pérez Galdós y de un dato tan ficticio como el personaje Calpena. Quizá exista bibliografía al respecto; una somera búsqueda por  jurista curiosa no especializada resulta infructuosa y no se localiza ni siquiera mención alguna al dato.

Hoy no hay libro de recomendaciones. ¿Quizá debería haberlo?

 Verónica del Carpio Fiestas