Violar a una niña de trece años y casarse con ella, en España, 1844

Voy a transcribir literalmente una noticia publicada en la Gaceta de Madrid, antecedente del Boletín Oficial del Estado, de 8 de octubre de 1844. En aquella época la Gaceta era aun  una mezcla de periódico oficial para publicación de normas y partes oficiales, de periódico privado con noticias nacionales e internacionales, anuncios y reseñas y de revista variada, incluyendo sueltos de corresponsales.

Noticias nacionales

Arenys del Mar 28 de Setiembre-
El dia 22 se cometió en Calella un acto escandaloso. Un jo­ven de 18 años estupró á una niña de 13; fue preso inmediata­mente que se supo la perpetración de tan feo delito.
Empezábanse ya las primeras diligencias, cuando por inter­vención de personas bondadosas pudo componerse el negocio, ofreciéndose, el estuprador á casarse con su víctima, la cual se avino gustosa con este acomodamiento.
Solo falta que los novios reúnan el dinero necesario para cos­tear las gastos de la ceremonia, con lo cual el cura los casará desde luego, aunque atendido el caso hubiese sido mejor que se les hubiese casado sin mas retardo.
Aqui y en toda la costa no hay novedad. Todo sigue tran­quilo, y la gente tan contenta con las ganancias que les propor­ciona el gran número de barceloneses que tenemos por aqui, que han venido, según costumbre de todos los años, á tomar los ba­ños termales de Caldetas, y á respirar los puros y saludables aires de este delicioso pais.
(Corresp. de la Verdad.)
Enlace a la página completa de la Gaceta de Madrid de ese día, y que incluye la noticia, en la web oficial del Boletín Oficial del Estado, aquí.
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Cuando en adelante lea por ahí que hay países con matrimonio infantil o donde se obliga a mujeres a casarse con sus violadores, y le parezca terrible, porque lo es, quizá recuerde esta noticia de España en 1844, es decir, de anteayer en términos históricos. Y que era todo ello tan “normal”, tan “lógico” y tan “deseable” que “personas bondadosas” presionan al violador para que se case, la pobre niña “acepta gustosa ese acomodamiento” y se considera que cualquier demora en casarse en perjudicial, y que acto seguido de contar esto, sin solución de continuidad, el corresponsal habla de cómo hacen sus agosto los comerciantes con los veraneantes y lo agradable y tranquila que es la costa.
Verónica del Carpio Fiestas
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Infancia en paz y en guerra

Serious reader 1930s Arissa

Antoni Arissa (Barcelona 1900-1980). Retrato de su hija leyendo. 1932.

Centelles 1937 niños jugando a fusilar

Agustí Centelles (Valencia 1909-Barcelona 1985). Niños jugando a fusilar durante la Guerra Civil Española. 1937.

 

En la infantil esperanza de un mundo donde con cualquiera con una cámara pueda fotografiar a muchos niños y niñas leyendo y donde nadie con una cámara tenga que fotografiar juegos de niños y niñas jugando a matar porque imitan lo que ven, y donde no olvidemos lo que fuimos y por lo que sufrimos y no pasemos de largo como si no fuera con nosotros la situación de quienes sufren ahora por lo mismo que hemos tenido que sufrir nosotros muchas veces a lo largo de la Historia, firma este ingenuo post en la ingenua creencia de que todos los días deberían ser el #DíaMundialDeLosRefugiados y que no solo habría que acordarse de ellos para usar el hashtag en un tuit ese día,

Verónica del Carpio Fiestas

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El Lope de Aguirre de Unamuno y Eróstrato

A Lope de Aguirre, el traidor, figura histórica, le ponemos la cara alucinada de Klaus Kinski en la película Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog.

Lope

La terrible figura histórica del loco, tirano, traidor, asesino, criminal, Lope de Aguirre como figura exótica, con y desde unos ojos extranjeros.

¿Y cómo verían unos ojos españoles de una persona cultísima hace cien años la entonces casi olvidada figura de Lope de Aguirre? ¿Y cómo sería un análisis de la figura de Lope de Aguirre por Miguel de Unamuno?

Pues sería como en este enlace de la Universidad de Salamanca, que recoge completo un artículo de Miguel de Unamuno titulado “Lope de Aguirre, el traidor“, publicado en “Asturias Gráfica” en 1920, en pdf completo Lope de Aguirre,

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y que figura también publicado en el recopilatorio “De esto y de aquello” en Austral, Espasa Calpe.

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Un ángel caído y demoníaco, que intentó dejar renombre perpetuo como fuera, a base de maldad terrible, con una locura tipo Eróstrato, el que en el siglo IV a.C. incendió el templo de Artemisa de Éfeso simplemente para dejar fama de sí mismo. Pero con resultado fallido en el caso de Lope de Aguirre, dice Unamuno en 1920, porque Lope de Aguirre, dice Unamuno, está olvidado.

Eso decía Unamuno en 1920, mezclándolo, claro, con esa desesperación religiosa que Unamuno ve por todas partes.

Lope de Aguirre, en efecto, no fue un criminal vulgar, instintivo, una pura bestia humana; fue más bien un ángel caído y demoníaco, un demonio, pero angélico. Angélico, como Luzbel. No era la carne bruta, era el espíritu torturado el que le llevaba a sus atroces crímenes, era la desesperación.

«Era de agudo y vivo ingenio para ser hombre sin letras» dice de él, de Lope de Aguirre, el autor de susomentada (sic) Relación [Unamuno cita indirectamente un manuscrito de lope revista 4lope revista 5

la Biblioteca Nacional] quien se harta de llamarle perverso, tirano, diablo, traidor, etc. Al narrar su muerte agrega: «Y ansi fué su ánima a los infiernos para siempre, y dél quedará entre los hombres la fama del malvado Judas para blasfemar y escupir de su nombre, como del más malo y perverso hombre que habíaa nascido en el mundo»

Pero no; ni ha quedado esta fama de él, sino que su nombre es casi olvidado hoy. Y con ello ha querido acaso Dios castigarle, ya que Lope, demoníaco espíritu del Renacimiento, encendido en torturador anhelo de dejar renombre de sí, fuera el que fuese, solía decir «que a lo menos la fama de las cosas y crueldades que hubiese hecho quedaría en la memoria de los hombres para siempre, y que su cabeza sería puesta en un rollo [la picota] para que su memoria no peresciese, y que con eso se contentaba.» 

Unamuno, tan preocupado siempre por las diversas formas de inmortalidad, ¿habría escrito lo que escribió sobre el erostratismo y el castigo de Dios que es el olvido, de haber sabido que Lope de Aguirre, cien años después de su artículo, tiene entrada en Wikipedia, es decir, que se considera suficientemente importante como para que cualquiera de cualquier parte del mundo tarde un segundo en buscar y encontrar datos sobre él,  ni más ni menos que como con cualquier miniactor de televisión con su entradita en Wikipedia, y que sobre él, además, hay literatura y cine, es decir, que al final sí dejó fama, si por fama entendemos permanencia en la memoria y posibilidad de localizar la información?

¿Y que habría dicho Unamuno, y que habría hecho Lope de Aguirre, de haber sabido que cualquier mindundi -un concejal de un pueblo, un actor de tres al cuarto, una diputada que no ha hecho nada especial, una modelo-, tiene entrada en Wikipedia, y con la misma extensión que Lope de Aguirre, confundiéndose y mezclándose el Who is who con la Historia?

Sí, Eróstrato consiguió su fama, porque un pastor insignificante del siglo IV a.C. de la Grecia Clásica ni en broma habría dejado memoria de su existencia como no fuera haciendo algo muy desconcertante, y él lo consiguió de un modo novedoso: destruyendo de forma sacrílega un templo expresamente para conseguir esa fama. Su sistema fue eficaz.

Pero ahora cualquier idiota consigue fácilmente sus quince minutos de fama instantánea y mundial y con rastro permanente en internet, sin hacer nada de interés, ni siquiera algo memorable por lo brutal.

Y ello lleva a plantear algo inquietante. ¿Cómo serán de brutales los Eróstratos y los Lopes de Aguirre de hoy, sabiendo como saben que la fama mundial es instantánea y efímera, aunque paradójicamente deja rastro perpetuo en internet, pero que además para que deje rastro de verdad grande en internet las burradas han de ser tan enormes como las de un Hitler? Da escalofríos pensarlo.

¿Será verdad que, como en “Eróstrato: incendiario“, el cuento de Marcel Schwob, “Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, entregar el nombre de Heróstratos a las edades futuras”? Porque si en efecto fue así, fracasó ese intento, y por tanto no basta con prohibir ni bajo pena de muerte que un nombre se transmita al futuro para evitar que llegue al futuro el nombre de quien hace una barbaridad precisamente para que la fama de su nombre llegue al futuro; es decir, que no hay solución para evitar Eróstratos y Lopes de Aguirre.

Y eso que en tiempos de Eróstrato no había internet.

Verónica del Carpio Fiestas

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Jonathan Swift: una mirada muy distinta sobre la Guerra de Sucesión española

La dinastía de Austria fue sustituida en España por la dinastía de Borbón, a la muerte de Carlos II, en una guerra que duró años y que aún tiene consecuencias, y no solo la pérdida de Gibraltar. Esa guerra la ganó Felipe V, si es que una guerra civil la gana alguien. Y la mirada retrospectiva que sobre esa guerra hemos echado muchos es la que nos han enseñado: la mirada desde dentro.

Pero hay otra mirada: la mirada desde fuera.

Y es que en esa guerra no solo pelearon españoles entre sí. Como en tantas otras guerras civiles en España, de las bastantes que hemos tenido, incluyendo la de 1936-39 más de 200 años después, fuimos también teatro y marioneta de intereses de otros. Fue una guerra con intervención de potencias extranjeras, porque se jugaba no solo quién iba a mandar en España sino el equilibro de poderes en Europa, aparte de los intereses económicos de otros países, incluyendo, por ejemplo, el mercado de esclavos.

Y desde esa perspectiva es interesante lo que al respecto escribió nada menos que Jonathan Swift, el autor satírico británico conocido principalmente por “Los viajes de Gulliver” -que está muy lejos de ser ese cuento para niños que algunos quieren hacer creer que es- y también por la “Historia de una barrica” y por “Una modesta proposición” -esta, si no la ha leído, no se la pierda- .

Y lo que escribio Swift sobre la guerra de Sucesión española fue un panfleto contra el Gobierno inglés de su tiempo, acusándolo de haber prolongado esa guerra por intereses económicos espurios de poderosos.

Aparte de presentar curiosamente a Inglaterra como una víctima que ha puesto mucho esfuerzo para recibir poco y de ostentar el carácter de literatura panfletaria quizá de encargo, y no exactamente pacifista, es interesante comprobar cómo se ven las cosas desde fuera por quienes, precisamente, se injerían en las cosas nuestras de dentro. Este panfleto por lo visto fue muy difundido en Inglaterra y al parecer en efecto tuvo consecuencias para provocar un cambio de rumbo en el gobierno en Inglaterra, e influyó en que se firmara el Tratado de Utrecht; ese tratado en el que España perdió Gibraltar.

Y aun siendo conscientes de la posibilidad de ese carácter panfletario y exagerado, y hasta manipulador o poco fiable, e incluso teniendo en cuenta la enorme cantidad de referencias históricas que resultan imposibles de entender salvo para especialistas, es difícil para una persona interesada en la Historia de España y en la Historia actual de España ver esa guerra con los mismos ojos tras leer o siquiera hojear ese panfleto.

Y es que no es una guerra española lo que vemos con la mirada de Swift, sino algo totalmente distinto: una guerra en España.

Aquí el texto en inglés “The conduct of the Allies”, de Jonathan Swift, obra de 1711,

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y la traducción al español que puede encontrarse en las Obras Selectas de Jonathan Swit, editadas por Swan, volumen que contiene una introducción sobre este panfleto muy ilustrativa.

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 Verónica del Carpio Fiestas

Violaciones en grupo como ritos de paso en la Europa Moderna

Lo que a continuación voy a transcribir literalmente, tan terrible, son unas páginas del libro del profesor de Historia Edward Muir que ha sido traducido en España como “Fiesta y rito en la Europa Moderna”, editado en castellano en 2001 por la Universidad Complutense, edición original publicada en la Cambridge University Press en 1991, con el título “Ritual in Early Modern Europe”. A efectos del libro, un libro en el que se explican cosas durísimas, se entiende por “Europa Moderna” el periodo entre los siglos XV y XVIII.

Los párrafos que transcribo figuran en la primera parte del extenso libro, “El momento ritual”, apartado “Rituales de transición”, “Cambios de rango social”, páginas 23 y siguientes en la edición española. En inglés, “Rites of passage”, “passages of status”. Téngase en cuenta que en castellano a veces, en otros textos, se usa la expresión “ritos de paso”.

«La mayoría de los ritos de transición de centran en cambios del estado biológico, pero otras transformaciones, sobre todo el ascenso en la escala social, requieren también una celebración ritual. En muchos incidentes la realización correcta y pública del ritual sanciona legalmente una nueva posición social.

En la Europa tradicional, la mayoría de las mujeres solo podían cambiar de rango social mediante la modificación de su situación sexual, generalmente a través de las transiciones representadas por el matrimonio, la maternidad y la viudez. Aunque, para las mujeres, el matrimonio representaba la madurez sexual, la mayoría de ellas no lograba con él una plena madurez social, puesto que pasaban de la dependencia de padres o tutores a la del marido. Si bien en muchas partes de Europa el matrimonio proporcionaba a la mujer una dote, la esposa no tenía derecho a disfrutar de ella hasta la muerte del marido y, en consecuencia, tan solo la viudez, final de una vida sexual normal, le permitía un cierto grado de independencia social. Junto a los habituales rituales de transición a la situación de esposa, había algunas mujeres que permanecían célibes y experimentaban el drama del matrimonio con Cristo, el ritual de transición previsto para las monjas, y muchas más mujeres que no se casaban y sufrían la indignidad de la prostitución, ambas con sus correspondientes rituales de vergüenza pública.

En el caso de los varones, el cambio de situación presentaba muchas más variedades, teniendo en cuenta la mayor amplitud de la gama de papeles públicos reservados a ellos. En las aldeas y, sobre todo, en las ciudades, era frecuente que varones adultos toleraran, o incluso alentaran a los muchachos adolescentes, pertenecientes a las clases artesanas, para que formaran grupos agresivos que recibían distintos nombres como “capillitas”, “reinos juveniles” o brigadas [Nota al pie en la edición española: “En inglés, ‘youth abbey’o ‘abadías juveniles’, cuya traducción más aproximada parace ser ‘capillitas’ para mantener su alusión a la religión]. Destacaban especialmente en Francia, Italia, Suiza, Alemania, Hungría y en Rumanía. En Inglaterra, Escocia y España no hay evidencias de que existiera la costumbre de este tipo de agrupaciones. En los lugares en que sí, las brigadas se constituían en lo que pudiéramos considerar un periodo prolongado de liminaridad, época comprendida entre la pubertad y el matrimonio al que ahora llamamos adolescencia.

Las actividades de estas agrupaciones podían ser muy ambiguas. Además de ofrecer un rito de transición a través de los años ‘peligrosos’ en que se permitían las peleas e incluso se legitimaban ciertas formas de violencia, las capillitas imponían a los demás las pautas morales de la comunidad (en especial con referencia al comportamiento sexual). En Francia se encargaban de los charivaris rituales y en Italia de las mattinatte que humillaban a las parejas cuyos matrimonios, de alguna forma no se ajustaban a las normas de la comunidad (véase del capítulo referente al Carnaval y la mitad inferior del cuerpo) [nota de la autora de este post: recuérdese que en España existían las llamadas ‘cencerradas’, hasta muy recientemente, en relación con las parejas de personas de edad desigual o en las que uno de los cónyuges era viudo, y lo recoge la Literatura hasta el siglo XX, y por ejemplo las menciona Francisco García Pavón en las novelas de la serie de Plinio]. En las montañas de Liguria dirigían las luchas callejeras de vendetta, sirviendo por lo tanto como meritoriaje en los bandos que dominaban la política local.

Es indudable que la forma más extraordinaria que usaban las capillitas para ritualizar el cambio de situación de un joven era la participación en una violación en grupo. El fenómeno está mejor documentado en el sudeste francés. En ciudades como Dijon y Arlés, las pandillas de jóvenes, formadas en su mayoría por los oficiales y los hijos de los artesanos del mismo ramo o ramos similares, recorrían de noche las ciudades amuralladas, buscando riña, importunando a la guardia nocturna o planeando una violación. No dependían del azar ni la elección de la víctima ni la ocasión para llevar a cabo la violación, puesto que la reputación pública de la elegida, la cercanía de un varón que la protegiera o las presiones de venganza locales influían en la selección. El asalto constituía una especie de rito de transición, tanto para los violadores como para su víctima.

Los jóvenes adquirían su virilidad participando en cuadrillas de violación. La virilidad se tenía que demostrar públicamente, sobre todo en las sociedades mediterráneas, mediante actos de agresión a  otros varones y manteniendo una actitud de rudeza. Los hombres se sentían obligados además a demostrar su dominio sobre las mujeres; tal como escribió un comerciante de Lyon a su hijo, en 1460: ‘cuando la mujer está sobre el hombre, este no merece la pena; el buen gallo domina a la gallina’. Como este concepto de masculinidad requería una representación, la violación en grupo servía al joven para la virilidad y la camaradería dentro de la cuadrilla local. Jacques Rossiaud ha calculado que, en Dijon, aproximadamente la mitad de los jóvenes había participado en la violación de una joven al menos en una ocasión.

La joven víctima de tal crueldad sufría un rito de transición de un tipo bastante diferente. Era considerada la parte culpable tanto por los violadores como por el resto de la comunidad, a no ser que los primeros se hubieran equivocado al elegir a su víctima sin respetar el criterio de la opinión pública. Por lo general, la agredida había contravenido, o parecía haber contravenido, las pautas normales de comportamiento sexual: podía ser una sirvienta amencebada con su patrón, la amante de un sacerdote o una esposa ‘abandonada’. Los jóvenes actuaban, por lo tanto, como refuerzo de la misoginia habitual de la comunidad, marcando colectivamente a una mujer que, ante los ojos de la comunidad, ya había atraído sobre sí la vergüenza. Las consecuencias que esta marca tenía sobre la mujer eran, con frecuencia, trágicas. Para la mayor parte de las víctimas de las pandillas de violadores, la única alternativa para evitar convertirse en mendigas o en vagabundas consistía en ingresar en el burdel comunal. La violación era la iniciación característica a la prostitución.

Al gozar de los frutos de la solidaridad de género, negada a las mujeres, los miembros de la pandilla masculina o capillita ejercían una jurisdicción ritual sobre el comportamiento sexual, demostrándose a sí mismos su condición de ser ‘uno de los chicos’ mediante actos de violencia perfectamente meditados y reforzando los roles implícitos de comportamiento sexual contra las vulnerables mujeres. El líder respetado de una pandilla recibía el nombre de ‘abad’ y la encargada de una casa de lenocinio municipal era la ‘abadesa’, términos que revelaban la estrecha relación entre estas dos formas de asociación juvenil, voluntaria para los varones, involuntaria para las hembras. El mundo de las agrupaciones juveniles y de los burdeles públicos constituían una alternativa temporal al estado del matrimonio, una cultura de sexualidad ilícita que permitía a los  varones solteros el acceso sexual a las mujeres y establecía una doble moralidad cruel. Con el tiempo la mayoría de estos chicos acabarían por casarse, al igual que harían muchas de sus víctimas femeninas, prostitutas temporales. Cuando las rameras se retiraban del burdel, al final de la veintena o de la treintena, de hecho tras haber cumplido una especie de castigo por su propia mala suerte, se podían casar sin conservar ningún signo especial de infamia. La experiencia de estas jóvenes mujeres constituía un rito de transición prolongado: la cuadrilla violadora las separaba del grueso de la comunidad, su servidumbre como prostitutas las situaba en una posición liminar, donde no eran ni doncellas ni esposas, y, mediante su retiro y posterior matrimonio, se reincorporaban a la comunidad.»

Verónica del Carpio Festas

Ucronías. La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco en 1959

Si quien esto lee es docente de Secundaria que cree que de este blog puede extraer alguna idea para su alumnado quizá se encuentre en este post con unos problemas. ¿Saben los alumnos de Secundaria qué es una ucronía y conocen algún ejemplo literario o cinematográfico? Eso seguro que no lo saben; me apuesto una comida. Pero la cosa va más allá. ¿Cuántos alumnos saben que Franco no murió en 1959 y captarán la trampa, o el chiste, del título del post? En la adolescencia cualquier tiempo anterior al propio nacimiento se mueve en una nebulosa en la que 1975 y 1959 es lo mismo, y también es lo mismo 1940 y, si me apuran, 1840. Pero, más aún, ¿cuántos alumnos de secundaria saben siquiera quién fue Francisco Franco? ¿Y cuántos de quienes oyen aquí y allá lo del “drama de los refugiados” o “la crisis de los refugiados” o incluso “la amenaza de los refugiados”, según cuál sea su entorno personal y televisivo, saben que los españoles hemos sido refugiados, y no solo huyendo en 1939 y teniendo que estar fuera de España aún en 1959 y más tarde, sino muchas veces antes a lo largo de nuestra Historia? Para quienes también oyen constantemente las bobadas periodísticas tipo “el mejor futbolista de la historia” o  “el videojuego más descargado de la historia”, como si a lo largo de la Historia siempre hubiera habido futbolistas y programas de ordenador que descargar, la perspectiva de interpretación de situaciones es corta. Muy corta.

Y quienes tienen perspectivas cortas para interpretar situaciones son, claro, fácilmente manipulables. Y parte de la función docente es enseñar a ser críticos y a tener perspectivas menos cortas para conseguir una ciudadanía menos manipulable. ¿O no?

Así que mi sugerencia es que busquen en Internet un cuento de un escritor casi olvidado, Max Aub, titulado “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco“. Se lo pongo fácil, y aquí va un enlace. Y ahí verán descrita la vida del exilio. Y verán que en efecto hubo un exilio. Y ahí verán cómo nos pueden ver desde fuera a los españoles (gritones, groseros, agresivos); muy parecido a como xenófobos españoles ven a personas procedentes de otros países. De las refugiadas y de las españolas, por cierto, no se habla.

Ah, y en ese cuento verán una ucronía: la de la muerte de Francisco Franco en 1959, asesinado a manos de un camarero mexicano de un café de México, un camarero ya con úlcera de estómago tras atender y oír veinte años seguidos a refugiados españoles clientes del establecimiento, y deseoso de quitárselos de encima aunque sea matando él mismo a Franco para que esos refugiados puedan volver a España. No destripo el final. Sí voy a destripar el casi final:

“Parece inútil recordar los acontecimientos que, para esa época, se habían sucedido en España: formación del Directorio Militar bajo la presidencia del general González Tejada; el pronunciamiento del general López Alba, en Cáceres; la proclamación de la Monarquía, su rápido derrumbamiento; el advenimiento de la Tercera República.”

Verónica del Carpio Fiestas

Tiene usted que leer “El sombrero de tres picos”

Porque si lo lee, encontrará cosas como estas que aquí se mencionan o transcriben, escritas por Pedro Antonio de Alarcón en el tono de quien décadas más tarde describe lo “sucedido” en una innominada ciudad andaluza en fecha indeterminada entre 1804 y 1808 como si describiera un lugar y una época paradisíacas, con análogo tono de nostalgia por el Antiguo Régimen y añoranza por una sociedad de desigualdad absoluta (y absolutista) que se constata en otras obras suyas. Tiene usted que leer lo que un escritor culto e inteligente consideraba idílico de 1874, y quizá comprenderá mejor algunas cosas, como ejemplo por qué poco antes había fracasado estrepitosamente la Primera República.

Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por los siglos! ¡Dichosísimo tiempo aquel en que había en la sociedad humana variedad de clases, de afectos y de costumbres! ¡Dichosísimo tiempo, digo…, para los poetas especialmente, que encontraban un entremés, un sainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o una epopeya detrás de cada esquina, en vez de esta prosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legó al cabo la Revolución Francesa! ¡Dichosísimo tiempo, sí!…

Le adelanto. La cosa acaba con que no solo no hay ningún castigo para quien, en connivencia con otros dos empleados públicos, hace detener ilegalmente a un señor, el molinero, con el propósito de tener el campo libre esa noche e intentar acostarse con la mujer del detenido que se ha quedado sola en su casa, y quien, para intentar convencer a esta, prevarica nombrando para un cargo público a un sobrino de ella. No, en realidad no sólo no acaba con inexistencia de castigo. Acaba con un comentario elogioso de cómo ese delincuente se portó  bien cuando la invasión francesa.

Ah, no. La cosa acaba con que a quien se reprocha lo sucedido es a la molinera  A la molinera, que como va vestida a la moda de otra zona -es navarra y conoce Madrid- y además es muy guapa -al estilo colosal en que es guapa una mujer de Rubens- es quien con su falta de recato ha dado lugar a esto. La falta de recato consiste en una ropa distinta, ser risueña e inteligente en presencia de su marido y en llevar las mangas remangadas.

Ah, y el corregidor es un viejo sin dientes de 55 años. Porque a los 55 años se es viejo, explícitamente, y no se tienen dientes.

Ah, y el testimonio de dos mujeres no vale ni para creerlo en una discusión conyugal entre una mujer y su amado esposo que había pensado matarla pero decidió mejor violar a otra.

“La cosa hubiera sido interminable si la Corregidora, revistiéndose de dignidad, no dijese por último a don Eugenio:
-Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particular la ventilaremos más adelante. Lo que urge en este momento es devolver la paz al corazón del tío Lucas, cosa fácil a mi juicio, pues allí distingo al señor Juan López y a Toñuelo, que están saltando por justificar a la señá Frasquita…
-¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres! -respondió esta-. Tengo dos testigos de mayor crédito a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado…
-Y ¿dónde están? -preguntó el Molinero.
-Están abajo, en la puerta…
-Pues diles que suban, con permiso de esta señora.
-Las pobres no pueden subir…
-¡Ah! ¡Son dos mujeres!… ¡Vaya un testimonio fidedigno!
-Tampoco son dos mujeres. Solo son dos hembras…
-¡Peor que peor! ¡Serán dos niñas!… Hazme el favor de decirme sus nombres.
-La una se llama Piñona y la otra Liviana…
-¡Nuestras dos burras! Frasquita: ¿te estás riendo de mí?”

Y vale el testimonio de las burras, sí. Normal, cuando la molinera, -que por cierto  no se llama así por ser ella quien moliera, sino por ser la mujer de un molinero, igual que la corregidora no se llama así por ser ella la corregidora sino por estar casada con el corregidor- es descrita como “un hermoso animal“.

Ah, y el molinero que se cree injuriado en su honor- las mujeres son depositarias del honor del marido, entre las piernas concretamente- se disfraza como corregidor para colarse en la casa de este y violar a la corregidora en venganza. Porque evidentemente no puede pensarse en una relación sexual consentida en que sólo con verlo la corregidora caerá rendida, cuando es descrito él como más feo que Picio, no se conocen ambos, pertenecen a clases sociales distintas y separadas -ella tiene apellido compuesto- entre las que sería impensable una relación de igualdad, y además ella, madre de familia con varios hijos, es descrita como muy piadosa y, por si fuera poco, era sabido que estaba  embarazada de su marido. Vamos, que el molinero se propone violar a una mujer en venganza por las relaciones sexuales consentidas que el marido de esa mujer tiene con la molinera. Y ahí está, como siempre, esa confusión entre sexo consentido y sexo forzado, del que en todo caso la responsabilidad y el daño son de y para la mujer.

Qué tiempos aquellos, verdad, en que un corregidor y un molinero podían hablar, tranquilamente, de matar a sus respectivas mujeres por adúlteras.  Qué tiempos aquellos en los que el alcalde, cómplice del corregidor, le pega a su propia mujer la paliza cotidiana, y eso se dice en la enumeración divertida de cosas que ha hecho en el día, y luego se va a dormir con ella, y es normal.

Qué tiempos, en definitiva, en que matar era gratis si se mataba a una mujer, pegar a una mujer era normal y divertido, en que era divertido violar a una mujer por venganza de lo hecho por terceros, en que prevaricar no tenía consecuencias, en que a quien hay que reprender es a la mujer y la verdadera autoridad es la religiosa:

“Una vez reunida la tertulia, el señor Obispo tomó la palabra, y dijo: que, por lo mismo que habían pasado ciertas cosas en aquella casa, sus canónigos y él seguirían yendo a ella lo mismo que antes, para que ni los honrados Molineros ni las demás personas allí presentes participasen de la censura pública, solo merecida por aquel que había profanado con su torpe conducta una reunión tan morigerada y tan honesta. Exhortó paternalmente a la señá Frasquita para que en lo sucesivo fuese menos provocativa y tentadora en sus dichos y ademanes, y procurase llevar más cubiertos los brazos y más alto el escote del jubón; aconsejó al tío Lucas más desinterés, mayor circunspección y menos inmodestia en su trato con los superiores; y acabó dando la bendición a todos y diciendo: que como aquel día no ayunaba, se comería con mucho gusto un par de racimos de uvas.

Y qué época en que la dieta mediterránea, esa que jamàs ha existido en España, como sabe cualquiera que haya leído novelas del siglo XIX y literatura anterior, consistía en hincharse a chocolate dos veces diarias y comer huevos fritos cada día y la fruta, ni mencionarla, salvo como algo de lujo:

De cómo vivía entonces la gente.
En Andalucía, por ejemplo (pues precisamente aconteció en una ciudad de Andalucía lo que vais a oír), las personas de suposición continuaban levantándose muy temprano; yendo a la Catedral a misa de prima, aunque no fuese día de precepto: almorzando, a las nueve, un huevo frito y una jícara de chocolate con picatostes; comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y principio, si había caza, y, si no, puchero solo; durmiendo la siesta después de comer; paseando luego por el campo; yendo al rosario, entre dos luces, a su respectiva parroquia; tomando otro chocolate a la oración (este con bizcochos); asistiendo los muy encopetados a la tertulia del corregidor, del deán, o del título que residía en el pueblo; retirándose a casa a las ánimas; cerrando el portón antes del toque de la queda; cenando ensalada y guisado por antonomasia, si no habían entrado boquerones frescos, y acostándose incontinenti con su señora los que la tenían, no sin hacerse calentar primero la cama durante nueves meses del año…!

Ah, qué tiempos donde el tráfico de influencias era normal, y la prevaricacion a secas algo encantador:

Por varias y diversas razones, hacía ya algún tiempo que aquel molino era el predilecto punto de llegada y descanso de los paseantes más caracterizados de la mencionada ciudad… Primeramente, conducía a él un camino carretero, menos intransitable que los restantes de aquellos contornos. En segundo lugar, delante del molino había una plazoletilla empedrada, cubierta por un parral enorme, debajo del cual se tomaba muy bien el fresco en el verano y el sol en el invierno, merced a la alternada ida y venida de los pámpanos… En tercer lugar, el Molinero era un hombre muy respetuoso, muy discreto, muy fino, que tenía lo que se llama don de gentes, y que obsequiaba a los señorones que solían honrarlo con su tertulia vespertina, ofreciéndoles… lo que daba el tiempo, ora habas verdes, ora cerezas y guindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que están muy buenas cuando se las acompaña de macarros de pan de aceite; macarros que se encargaban de enviar por delante sus señorías), ora melones, ora uvas de aquella misma parra que les servía de dosel, ora rosetas de maíz, si era invierno, y castañas asadas, y almendras, y nueces, y de vez en cuando, en las tardes muy frías, un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y al amor de la lumbre), a lo que por Pascuas se solía añadir algún pestiño, algún mantecado, algún rosco o alguna lonja de jamón alpujarreño.
-¿Tan rico era el Molinero, o tan imprudentes sus tertulianos? -exclamaréis interrumpiéndome.
Ni lo uno ni lo otro. El Molinero solo tenía un pasar, y aquellos caballeros eran la delicadeza y el orgullo personificados. Pero en unos tiempos en que se pagaban cincuenta y tantas contribuciones diferentes a la Iglesia y al Estado, poco arriesgaba un rústico de tan claras luces como aquel en tenerse ganada la voluntad de regidores, canónigos, frailes, escribanos y demás personas de campanillas. Así es que no faltaba quien dijese que el tío Lucas (tal era el nombre del Molinero) se ahorraba un dineral al año a fuerza de agasajar a todo el mundo.
-«Vuestra Merced me va a dar una puertecilla vieja de la casa que ha derribado», decíale a uno. «Vuestra Señoría (decíale a otro) va a mandar que me rebajen el subsidio, o la alcabala o la contribución de frutos-civiles». «Vuestra Reverencia me va a dejar coger en la huerta del Convento una poca hoja para mis gusanos de seda». «Vuestra Ilustrísima me va a dar permiso para traer una poca leña del monte X». «Vuestra Paternidad me va a poner dos letras para que me permitan cortar una poca madera en el pinar H». «Es menester que me haga usarcé una escriturilla que no me cueste nada». «Este año no puedo pagar el censo». «Espero que el pleito se falle a mi favor». «Hoy le he dado de bofetadas a uno, y creo que debe ir a la cárcel por haberme provocado». «¿Tendría su merced tal cosa de sobra?». «¿Le sirve a usted de algo tal otra?». «¿Me puede prestar la mula?». «¿Tiene ocupado mañana el carro?». «¿Le parece que envíe por el burro?…».
Y estas canciones se repetían a todas horas, obteniendo siempre por contestación un generoso y desinteresado… «Como se pide».
Conque ya veis que el tío Lucas no estaba en camino de arruinarse.

Ah, y se trata de un hermoso ejemplo de amor conyugal basado inusualmente en la confianza recíproca, se lee por ahí. El molinero decide no matar a su mujer, y al corregidor, no porque crea que no se debe matar a unos adúlteros, o porque no se debe matar a una mujer y a un hombre sin certeza del adulterio, o porque no tenga derecho a hacerlo o porque le dé pena o reparo o porque sea inadmisible matar. No. No mata porque el corregidor es poderoso y teme que no se crean el adulterio y lo ahorquen. Y entonces decide vengarse violando a la esposa del corregidor. Qué gran amor conyugal de ambos, con la molinera, que tan contenta se queda con quien pensó matarla y violar a otra.

Esa es la España idílica que describe en un cuento publicado en 1874 un escritor que al parecer en 1874 consideraba deseable todo eso. Qué bonitas las leyendas, porque, claro, esto además al parecer está inspirado en una leyenda tradicional.

Ay, esos escritores costumbristas, qué bien escriben algunos y cómo se les ve el plumero Ancien Régime pero muy, pero que muy Ancien, para ser un cuento publicado en 1874.

¿O no es tan Ancien Régime? A ver si es que ni va ser tan Ancien.

Verónica del Carpio Fiestas