La Prehistoria: una novela telemática e interactiva en 1984

«Un periodista y una grafista son los autores de un invento electro-literario realizado en París, la ‘novela telemática e interactiva’. Telemática por ser transmitida por línea telefónica a una pantalla Minitel, interactiva porque el lector interviene en la historia.

El truco es el siguiente: tras llamar al número del editor, el lector telemático recibe en la pantalla de su ordenador la primera página: ‘Emile Croulebois parecía el más indiferente de los hombres…’. Para pasar a la ‘página’ siguiente hay que pulsar una tecla del ordenador. Pero, antes de la página siguiente, en la pantalla aparece una pregunta: por ejemplo,  ‘¿Quiere usted saber ms detalles sobre la vida de Emile, o bien precisiones sobre su hija Pauline?’

De tecleo en tecleo, la intriga va desarrollándose -motivo central: ¿Quién mató a Emile Croulebois?- con nuevas bifurcaciones. El lector telemático puede ir escogiendo entre saber o no el contenido del bolso de Pauline, los detalles de una conversación con el comisario que lleva la investigación, y otras minucias. Sean cuales sean las variaciones interactivas que se escojan, todos los itinerarios conducen la novela al mismo desenlace.

De hecho, la ‘interactividad’ tiene poco de nuevo. Los autores de folletines por entregas del pasado tenían en cuenta la abundante correspondencia de los lectores que recibían entre entrega y entrega, y a menudo introducían cambios en el relato conforme a las sugerencias de los lectores. Lo que se ha ganado con las maravillas del progreso electrónico, se pierde por otro lado, ya que un folletín se puede leer cómodamente en la cama, mientras que, por ahora, una pantalla de ordenador resulta algo más engorrosa para esos menesteres.»

De la revista Quimera, revista mensual número 38, mayo de 1984, Barcelona.

Por la selección y transcripción,

Verónica del Carpio Fiestas

¿Jeremy Bentham y los españoles?

El filosofo Jeremy Bentham (1748-1832) dirigió varias cartas a los españoles, entendiendo por tales no siempre solo al español destinatario directo de cada carta concreta, sino el pueblo español. Adjunto dos documentos complementarios.

En primer lugar, una de esas cartas, traducida al castellano en 1820, con el prólogo de su entusiasta traductor.  El título con el que se tradujo no tiene desperdicio: nada menos que “Consejos que dirige a las Cortes y al pueblo español Jeremías Bentham“.

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La obrita -no llega a 20 páginas- presenta redacción y enfoques un poco deslavazados,  y por otra parte no resulta nada claro que Bentham conociera exactamente la situación fáctica y jurídica en España sobre la cual opina -sobre la posibilidad de una segunda cámara legislativa que no fuera de elección-, y en realidad sobre lo que más opina, pese al título, es sobre su propio país, que presenta con los tintes más negros. Pero con todo y con eso creo que merece la pena leerlo, porque algunas cosas que dice son muy agudas y perfectamente aplicables a cualquier lugar y situación donde élites no electivas ostenten un poder y se reservan puestos clave:

“¡Españoles! reflexionad en la oposicón decidida e inextinguible que debe reinar entre la reunión de los pocos que mandan y en bien estar de los mucho que obedecen. ¿Qué reforma, qué mejora, puede haber a que no se opongan con buen éxito, y por su propio interés, un cuerpo de hombres elevados en dignidad, y en cuyo nombramiento no tienen parte alguna los que les son inferiors?

Si tiene poderes, se servirán de ellos en aquel sentido; porque ¿para qué se tienen sino para ponerlos en ejercicio? ¿para qué se pide un veto sino para usarlo? Y ved aquí como lo usarán. Irán contra vosotros hasta el punto en que a su modo de entender se unas sus intereses con los vuestros pero, atendida la inmudable naturaleza del hombre, ¿podéis fundar la menor esperanza podéis tener el menor motivo de creer que darán un paso más allá?”

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Enlace al texto aquí, texto en pdf bentham-consejos-al-pueblo-espanol-1820

A mí me ha impresionado. Pero ¿impresionó también a los coetáneos?

La respuesta, quizá, en el segundo documento, de 1894. El jurista Luis Silvela suelta sapos y culebras y tira con bala al analizar la figura y la obra de Bentham y, en concreto, también, sus cartas a los españoles, en el discurso titulado “Bentham: sus trabajos sobre asuntos españoles; expositor de su sistema en España“. Aparte de decir que no influyeron o influyeron poco, describe a Bentham como un metomentodo universal que reparte consejos indeseados, de atrevida ignorancia y ególatra, de mucho estudio y poco fruto, con muchas obras incabadas y otras que son de sus discípulos más que suyas, y todo ello expresado en el educado lenguaje que es de esperar en un discurso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Es tanta animosidad contra el pobre Bentham, fallecido por cierto mucho antes, y tal contraste con el entusiasta traductor de 1820, que hasta surge la duda de si en efecto Bentham, como dice Silvela, influyó tan poco. Ni se le ocurra, por cierto, leer ese anticuado tocho jurídico; basta con que quede aquí por si alguien tiene la curiosidad de echar un vistazo, con sentido crítico. Enlace aquí , pdf discurso-luis-silvela-1894

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Bentham me suscita simpatía. Es especialmente conocido, y criticado, por su “panóptico” pero, ¿no es en realidad Bentham un visionario y un precursor? ¿Internet no viene a ser una mezcla del panóptico de Bentham y el aleph y las bibliotecas infinitas de Jorge Luis Borges?

¿Y cómo no tener simpatía por quien escribió «Una protesta contra las tasas judiciales» y contra quien detectó que el maremágnum legislativo, como el que por cierto tenemos ahora, beneficia al poderoso, y luchó intensamente para evitarlo?

Verónica del Carpio Fiestas

Mentir o no mentir por filantropía, según Kant y según Feijoo

Según Kant no existe derecho a mentir por filantropía, y bien a las claras se infiere del mismo título de su famoso opúsculo “Sobre un presunto derecho a mentir por filantropía”, en su polémica con un tal Constant. Ya sé que esta obra y la opinión de Kant han hecho correr ríos de tinta, porque ahí es nada defender que la necesidad de ser siempre verídico alcanza incluso a responder la verdad sobre dónde está escondido un amigo al asesino que lo busca para matarlo, es decir, que ni siquieran ese caso de riesgo para la vida de otro por causa injusta, sostiene Kant, se debe mentir porque decir la verdad es un deber incondicional; con lo que todo ello significa en cuanto a injusticia, totalitarismo y tal. Aunque diría que cuesta un poco tomarse en serio una obra en la que Kant refuta al tal Constant que a su vez refutaba algo análogo previo de Kant, cuando el propio Kant, si es fiable la versión del opúsculo que manejo -y lo pongo en duda porque he manejado otras y no he visto ese inciso-, empieza diciendo en su segunda obra que lo que Constant dice que dijo en una previa obra en efecto lo dijo, pero que no recuerda dónde; de lo que es difícil no inferir, también, que antes de ser refutado y tener que responder a la refutación mucha reflexión quizá no le habría dedicado, o bien que tan poco le importaba el tema que no se molestó ni en comprobar su propio dato…

En fin, esta obra es de 1797.

¿Y es que antes de esa fecha, o de la fecha que el propio Kant quizá tampoco conoce de su previa publicación, nadie se había ocupado del tema? Pues sí, que tengo delante una obra del gallego Fray Benito Jerónimo de Feijoo que dice lo que transcribo más abajo, al analizar el caso de la mentira para salvar el secreto de confesión e incluso para evitar un daño grave e injusto. En su “Teatro crítico universal” aparece este texto, publicado en 1734, y que corresponde al Tomo Sexto, enlace aquí.

Salta a la vista que el tema distaba en la época de Kant de ser una novedad intelectual. Y el planteamiento de Feijoo, por cierto, no es precisamente el de alguien laxo en moral en general y en concreto sobre la mentira, pues dedica largos párrafos en este “discurso 11” del Tomo Sexto sobre la “impunidad de la mentira”, y en otros, como en el dedicado, en el Tomo Tercero, discurso 9, a “Balanza de Astrea o  recta administración de la justicia“, enlace aquí, de 1729, a resaltar la importancia esencial de decir la verdad y a los terribles castigos de toda índole que, en su opinión, merecen los mendaces, incluyendo entre ellos a los abogados que tergiversan los hechos.

Añado, que San Raimundo de Peñafort parece se puede agregar al [329] mismo sentir; porque (lib. 1, tit. de Mendacio) propone el caso fuera de la Confesión de este modo: Sabe un hombre, que otro está escondido en tal lugar, y un enemigo suyo, que le busca para matarle, le pregunta a aquel, si está escondido allí el que busca. ¿Qué resuelve el Santo? Que si no puede salvarle, ni usando de equívoco, ni divirtiendo la conversación, debe decir, y asegurar abiertamente, que no está allí: Debet negare, & assevere eum non esse sibi. Que esto se salve por medio de alguna restricción mental, que por las circunstancias se haga sensible, o profiriendo las palabras materialmente como no significativas, para lo substancial del intento todo es uno.

Verdaderamente a mí se me hace durísimo, que siendo muchos los casos en que injustamente se procuran indagar secretos importantísimos, no solo a un individuo, mas aun a toda la República, los cuales no se pueden salvar ni con el equívoco, ni con el silencio, no ha de haber algún recurso lícito para no violarlos. Por otra parte es para mí cierto, no solo que el consentimiento tácito de los hombres puede quitar a las palabras, o expresiones, en tales, o tales circunstancias, aquella significación, que en general tienen por su institución, sino que efectivamente lo ha hecho con algunas. Véase en estas expresiones cortesanas: Beso a V. md. la mano: V. md. me tiene a su obediencia para cuanto quiera ordenarme: Su más rendido servidor, y otras semejantes, las cuales, proferidas en una carta, o en una despedida, o en un encuentro en la calle, no significan aquello que suenan, y lo que de su primera institución están destinadas a significar. Y así, a nadie tendrán por mentiroso, porque diga: Beso a V. md. la mano a una persona, a quien ni se la besa, ni aun se la quiere besar.

24. Pero no quiero tomar partido en esta cuestión, la cual pide más espacio, que el que yo tengo, para tratarse dignamente. Así, abstrayendo de ella, y volviendo al propósito de este Discurso, digo, que permitido que en los casos de solicitarse por una injusta pregunta la averiguación de algún secreto, no pueda reservarse éste sino [330] mintiendo, tales mentiras deben ser toleradas por las leyes humanas, dejando únicamente a Dios el castigo de ellas, porque a la República, o sociedad humana no son incómodas; antes se siguieran a cada paso gravísimos daños, si a la malicia, o viciosa curiosidad de los hombres no se impidiese de algún modo la averiguación de los secretos ajenos. Y el que en estas indagaciones sale engañado, no al otro que le miente, sino a sí propio debe echar la culpa, que es el invasor.

Por si alguien no lo sabe, ese Raimundo de Peñafort citado que está a favor de mentir en estos casos es el santo patrono de los juristas, oh sorpresa…

Verónica del Carpio Fiestas

La danza de la espada del caballero andante chino

“Y mandó que trajeran té, tomando en eso la palabra Zhang Brazo de Hierro:

-Vuestro menor es ducho en artes militares, pues conoce las dieciocho de a caballo y las dieciocho de a pie, y no tiene malas manos en el látigo, la maza, el hacha, el martillo, la espada, la lanza, el sable y la alabarda; pero, para su desgracia, arrastra un temperamento que lo lleva a desenvainar la espada para vengar a la víctima apenas topa una injusticia. Gusto batirme con los más fuertes del Imperio, y el dinero, cuando lo tengo, lo doy los pobres. Y así he terminado sin casa, trayéndome mi errar al honorable distrito de v.mds.

-De tal madera son los héroes -exclamó Lu el Cuarto.

-El amigo Zhang ha mencionado las artes militares, y habría de apostillar que no tiene par en la danza de la espada -dijo Quan Wuyong-. ¿Por qué no le piden que haga una demostración?

Muy complacidos, los hermanos ordenaron a los criados traer una espada a Brazo de Hierro, quién la escrutó a la luz del candil, viendo que era de vieja factura y que despedía gran brillo; con que se quitó la almilla, ciñó bien la faja, blandió el arma y salió al patio seguido de los otros. Los hermanos me dijeron de aguardar hasta que estuviesen encendidas las luces, lo que ordenaron a una docena de criados mozos, quienes trajeron cada cual un candelero, prendiendo velas de ambos lados del patio.

Y ya giraba como torbellino la espada de Zhang, de arriba abajo y de un costado a otro, y se movía más veloz con cada nueva postura, hasta fundirse hombre y acero en un solo destello, del que nacían serpientes de plata y donde no se veía figura humana. Y mientras un viento helado ponía a los concurrentes los cabellos de punta, Quang Wuyong- cogió de un anaquel un cacillo de cobre y pidió a un criado lo colmase de agua y salpicara con la mano a Brazo de Hierro; y el criado tal hizo, pero ni una gota llegó a penetrar en el torbellino. De súbito se oyó un grito y el destello se desvaneció, apareciendo en su lugar el volteador, espada en mano, bien erguido y sin señal de sofoco. Grandes fueron los elogios que se granjeó, y con ello siguieron bebiendo hasta el punto del alba, quedando los convidados alojados en la biblioteca”.

Esta hermosa y cinematográfica escena de la espada que, en la vacilante iluminación nocturna, gira a toda velocidad en manos de un caballero andante, con tal destellos que ya no se ve siquiera al espadachín y en tal torbellino que genera un viento helado y que no deja pasar el agua, merece que algún director de cine la incluya en alguna película. ¿Podría ser incluso la descripción de una escena de película de acción como “Trigre y dragón” de Ang Lee o “La casa de las dagas voladoras” de Zhang Yimou?

Pero se trata de un fragmento de una extensa novela china del siglo XVIII, considerada una de las grandes obras literarias clásicas de la literatura china y universal. Y puesto que el tono de la novela es realista y satírico, y nada fantasioso, y dedica amplio espacio incluso a la burocracia china, con sus dificilísimos exámenes de acceso para funcionarios y su jerarquía y la ambición de medrar, no podemos por menos de pensar que en efecto en ese siglo que abarca una obra que abarca tantos personajes puede ser realista la escena del espadachín desfacedor de entuertos que es capaz de parar el agua con el giro de su espada. Porque las demás escenas del libro son exóticas a ojos europeos del siglo XXI, por lejanía cultural y temporal, pero, salvo alguna excepción, no irreales ni mágicas.

Me estoy refiriendo a “Los mandarines. Historia del Bosque de los Letrados”, de Wu Jingzi, libro de hacia 1750. Está publicado en castellano por Seix Barral en 1991-2007,  en la traducción de Laureano Ramírez Bellerín.

Y visto que probablemente se trata de una escena realista la transcrita, y en ella se ve que es posible parar la lluvia con la espada, ¿será posible también pelear saltando de copa en copa de los árboles y rebotando de paredes a tejados, como en esas películas? ¿O eso ya no?

Verónica del Carpio Fiestas

Canción del bufón

Come away, come away, death,
And in sad cypress let me be laid.
Fly away, fly away, breath;
I am slain by a fair cruel maid.
My shroud of white, stuck all with yew-
O, prepare it!
My part of death, no one so true
Did share it.

Not a flower, not a flower sweet
On my black coffin let there be strown.
Not a friend, not a friend greet
My poor corpse, where my bones shall be thrown.

A thousand thousand sighs to save,
Lay me, O, where
Sad true lover never find my grave
To weep there!

De “Noche de reyes” o “Como gustéis” o “La duodécima noche” (Twelfth Night o What you will, de William Shakespeare), escena IV del acto II. Canta Feste, el bufón.

Traducción (relativamente libre) del Instituto Shakespeare, Ed. Cátedra, 1981:

¡Oh, ven! Ven, muerte, ven…
Que yo te recibo en este cajón de ciprés.

A volar, a volar, dulce aliento…
Que por cruel doncella me lamento…
Mi blanco sudario, cubridlo de mirto, cubridlo de hojas…
Que he de representar yo mismo, mejor que nadie,
El papel de mi propia muerte.

¡No pongáis flores, ni aun de las más tiernas,
Sobre mi ataúd negro!
No venga nadie -ni aun el más amigo-
A despedir mi cuerpo o a enterrar mis huesos.

Que quiero evitar tantos miles de suspiros,
Que quiero esconderme
Para que amante no pueda
Nunca llorar por mí…

Por la selección y transcripción,

Verónica del Carpio Fiestas

Un hombre completamente afeitado

Sería interesante saber a partir de qué momento en las descripciones literarias el pelo en la cara dejó de considerarse un elemento tan indispensable en las caras masculinas cono la nariz y por tanto las descripciones solo incluían la barba, el bigote la mosca o las patillas cuando había, y empezaron a prescindir de la expresión “un hombre completamente afeitado” cuando no había ni barba ni bigote ni mosca ni patillas.

Tenga este detalle en cuenta cuando lea alguna descripción física hasta, por ejemplo, los años 20 o 30 del siglo XX y contraste con las descripciones posteriores o incluso con las que usted haría ahora mismo. En la primera descripción general de cualquier varon, en la misma primera frase descriptiva, y en contexto ni policial ni judicial, en la misma frase en la que se mencionan el color de cabello, la altura, la edad y si es o no gordo, ¿usted añadiría que va completamente afeitado? O mejor vayamos al ejemplo concreto. Supongamos que tiene usted que describir a un compañero de oficina. Si lleva barba, usted dirá que es un cuarentón bajo, gordo, moreno y con barba; y si la barba es especialmente larga incluso usted describirá a ese señor como un barbudo cuarentón, moreno, gordo y bajo. Pero de no tener ni barba ni bigote, ¿usted diría de ese señor que “es un cuarentón completamente afeitado, bajo, gordo y moreno”?

Con esta idea, relea la literatura desde el siglo XIX hasta, aproximadamente, los años 20-30 del siglo XX; especialmente la británica. Se sorprenderá de la cantidad de veces que ya en la primera frase descriptiva aparece “un hombre completamente afeitado”.

Verónica del Carpio Fiestas

El sistema que inventó el protagonista de este cuento para evitar la muerte entre torturas

El cuento de Jack London titulado “El burlado” comienza así:

“Estaba sentado en la nieve con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura”.

Y acaba con un párrafo que contiene la siguiente frase:

“De pronto se levantó una oleada de risotadas.”

¿Qué habrá pasado entre medias? ¿Y como acaba? ¿No siente curiosidad? No se le voy a contar pero sí le digo cuatro cosas: que le va a sorprender, que el protagonista se salva de una muerte entre torturas, que las risotadas responden a algo en efecto cómico para los personajes en ese contexto más que anómalo y que ciertamente el cuento dista de ser cómico…Porque Jack London con frecuencia consigue escribir cuentos bastante desagradables…

Verónica del Carpio Fiestas