Hablar por no callar (post de autocrítica)

«Los sabios han dicho: “Calla, que es más seguro; evita hablar en balde o te arrepentirás”. Se cuenta que cuatro sabios fueron convocados al consejo del rey y que este les dijo:
-Diga cada uno de vosotros una sentencia que encierre un principio para la instrucción.
Y el primero dijo:
-La mayor virtud del sabio es callar.
Y el segundo dijo:
-Lo que más aprovecha a la criatura racional es saber si su rango procede de su entendimiento.
Y el tercero dijo:
-Lo que más conviene al hombre es no hablar de lo que no le incumbe.
Y el cuarto dijo:
-Lo que más sosiega al hombre es aceptar el destino.
Y que una vez se reunieron los reyes del mundo, el de China, el de India, el de Persia, el de Roma y dijeron:
-Cada uno de nosotros debe decir una frase que perpetúe su nombre.
El rey de China dijo:
-Yo digo que no diré nada… Así nadie será más grande que yo refutando mi dicho.
El rey de India dijo:
-Me maravillo de que alguien hable, porque si es por él nada le vale y si es contra él puede destruirle.
El rey de Persia dijo:
-Si hablo la palabra es mi dueña pero si callo yo soy su dueño.
El rey de Roma dijo
-Nunca te arrepentirás de lo que no has dicho; siempre puedes arrepentirte de lo que has dicho.
Para los reyes el silencio es mucho mejor que la logorrea. De esta nada provechoso puede venirles. El ser humano suele perderse por la lengua.».

Calila y Dimna

Fragmento de “Calila y Dimna“, recopilación tradicional oriental. Traducción y edición de Marcelino Villegas de la versión de Abdalá Benalmocaffa (ca.720-ca 759), en Alianza Editorial.

 

«El buen sentido recomienda que no se hable en público más que cuando se tiene algo útil y nuevo que decir. Pero ¿y si no tenemos nada que decir? preguntan los charlatanes. Entonces guardad silencio, aconseja la razón

Voltaire cuarenta escudosEl hombre de los cuarenta escudos“, cuento de Voltaire, 1768.

Opinión de mierda” canción del grupo español “Los Punsetes“, 2014.

Verónica del Carpio Fiestas

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Infancia en paz y en guerra

Serious reader 1930s Arissa

Antoni Arissa (Barcelona 1900-1980). Retrato de su hija leyendo. 1932.

Centelles 1937 niños jugando a fusilar

Agustí Centelles (Valencia 1909-Barcelona 1985). Niños jugando a fusilar durante la Guerra Civil Española. 1937.

 

En la infantil esperanza de un mundo donde con cualquiera con una cámara pueda fotografiar a muchos niños y niñas leyendo y donde nadie con una cámara tenga que fotografiar juegos de niños y niñas jugando a matar porque imitan lo que ven, y donde no olvidemos lo que fuimos y por lo que sufrimos y no pasemos de largo como si no fuera con nosotros la situación de quienes sufren ahora por lo mismo que hemos tenido que sufrir nosotros muchas veces a lo largo de la Historia, firma este ingenuo post en la ingenua creencia de que todos los días deberían ser el #DíaMundialDeLosRefugiados y que no solo habría que acordarse de ellos para usar el hashtag en un tuit ese día,

Verónica del Carpio Fiestas

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Cuentos sobre robar y crear cadáveres para investigación médica

Ahora que ni se plantea siquiera problema moral o legal para que docentes y estudiantes de Medicina o investigadores puedan obtener, manejar y diseccionar cadáveres en docencia e investigación, resulta difícil de entender que eso ha sido un problema serio durante mucho tiempo; y que saltarse la prohibición acarreaba graves sanciones. Pero no voy a hablar de esa prohibición generalizada y prolongada por motivos religiosos, sino de un problema concreto que al parecer existió en Gran Bretaña: cómo conseguir esos cadáveres en los centros docentes médicos, cuando no existía prohibición de usar los cadáveres, sino dificultad de conseguirlos, y especialmente si eran, ejem, frescos.

Resulta que en Gran Bretaña hubo una temporada en el siglo XIX en la que se pagaba a los “suministradores” de cadáveres para docencia en las facultades médicas, cerrando los ojos a la “fuente de suministro”. En una época en la que la comida del día siguiente no estaba garantizada ni mínimamente para muchos, eso propició que delincuentes aprovecharan esta posibilidad de ingresos -no queda claro si sustanciosos o no, porque no hay referencias comparativas de cuánto valía un cadáver en relación con otros, ejem, productos-, y se dedicaran a asaltar tumbas de personas recién enterradas. Solo conozco dos obras literarias que reflejen esa situación inicial, y la “solución” lógica al problema que surgía cuando no era fácil asaltar tumbas para conseguir cadáveres frescos susceptibles de ser vendidos a instituciones médicas, o cuando se prefería otro sistema más sencillo, o sea, matar. Y es que con la hipocresía más horripilante, o ceguera voluntaria criminal, las instituciones médicas que recibían los cadáveres y pagaban por ellos no podían razonablemente desconocer que procedían de actos inmorales e incluso de asesinatos, pero cerraban los ojos, al más puro estilo de esos familiares de los mafiosos, que propician delitos y se benefician, pero no quieren saber.

Ambas obras mencionan a dos personas reales, Burke y Hare, asesinos en serie para vender los cadáveres de los asesinados. Las dos obras figuran en todas las antologías y son, naturalmente, las siguientes:

  • Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, “On Murder Considered as one of the Fine Arts“, de Thomas De Quincey, enlace a texto en castellano aquí , de 1827, y
  •  “Los ladrones de cadáveres“, “The body-snatcher“, de Robert Louis Stevenson, enlace a texto en castellano aquí, de 1884.

Curiosa la diferencia de estilos. “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes“, gran literatura, es muchas cosas, incluyendo una sátira paródica de tipo académico del estilo de “Una modesta proposición“, el cuento de Jonathan Swift, texto aquí, que De Quincey menciona expresamente. Esa obra de Swift  ya la he citado, en un post jurídico paródico sobre indulto en otro blog; post en el que, por cierto, me ratifico, ya que la regulación legal no ha cambiado en esencia desde que lo escribí en 2013.

Todo lo que se diga de esta obra de De Quincey será poco. La obra impresiona, con el catálogo comparativo de asesinos y técnicas de asesinato, a vaces paródico, a veces desatado. Baste decir que Jorge Luis Borges fue intenso lector de De Quincey, y escribió sobre él; así poco más cabe añadir a lo dicho por Borges, salvo que me fastidia que el propio título de la obra sea usado tan frecuentemente por tantos de esos que, a todas luces, solo leen los títulos o solo saben de esas obras las frases geniales ya de circulación común. Y aquí ya frase genial ya sabe cuál es, ¿no? Esa de que se empieza cometiendo un asesinato y se acaba degradándose a la mala educación y tal, o sea, esta:

“Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento. Principiis obsta: tal es mi norma.» Esto fue lo que dije, ésta fue siempre mi manera de actuar y si esto no es ser virtuoso me gustaría saber lo que es.”

Pero mejor voy a escoger un párrafo:

“Hobbes no fue asesinado, nunca he logrado comprender porqué ni en virtud de qué principio. Esta es una omisión capital de los profesionales del siglo diecisiete, pues a todas luces se trata de un espléndido sujeto para el asesinato, salvo que era flaco y huesudo; por lo demás, puedo probar que tenía dinero y (lo cual es muy cómico) carecía de todo derecho a oponer la menor resistencia ya que, conforme a su propia tesis, el poder irresistible crea la más elevada especie de derecho, de modo que constituye rebelión, y de las más negras, el resistirse a ser asesinado cuando ante nosotros aparece una fuerza competente. No obstante, si bien no fue asesinado, me complace asegurarles que, según su propia cuenta, estuvo tres veces a punto de serlo, lo cual nos consuela.”

En cuanto a la obra de Stevenson, es una pena que este cuento de terror realista con tan extraordinaria descripción de caracteres y situaciones y tan magistral manejo del lenguaje se estropee en la última página mutando en cuento de terror fantástico en un desafortunado viraje final. Tras un siglo XX de espantosos campos de exterminio, sabemos que lo que de verdad da miedo no es lo sobrenatural inventado, sino el Mal humano y muy humano; y mucho más miedo habría dado el cuento, y habría estado más logrado literariamente, en mi modesta opinión, de haber mantenido el tono realista.

En cualquier caso, si decide leer una obra, o ambas, lo que le recomiendo, prepárese a una lectura de muy alto nivel literario, lo que no significa que sean obras difíciles de leer. Bueno, quizá sí un poco la obra de De Quincey, más, digamos, intelectual, con referencias literarias, históricas y filosóficas reales e inventadas, pero perfectamente comprensible. Prepárase también al escalofrío y, disculpe la expresión imprecisa y vulgar, al mal rollo; y es que tanto una obra como otra son, a veces, un tanto desagradables, como puedo serlo, y en efecto es, la “Lección de anatomía” de Rembrandt, y disculpe que no ponga la imagen del cuadro porque da mal rollo.

A lo mejor lo de los cadáveres obtenidos al gusto del consumidor y en plan técnica just-in-time era una leyenda urbana. Pero qué quiere que le diga, parece que no. No solo en cualquier prólogo de cualquier edición de estas obras se menciona lo de Burke y Hare, sino que figura hasta en Wikipedia.

Verónica del Carpio Fiestas

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Historias de armaduras vacías que luchan

¿Qué se podría hacer artísticamente con una armadura vacía que se mueve y actúa como una persona y lucha sola?

Si el sugestivo tema lo escoge y desarrolla un escritor español romántico o, mejor dicho, post-romántico- en el siglo XIX español sale “La cruz del diablo“, el relato -o la leyenda- de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), enlace aquí, publicada en 1860-1871. En plan diabólico medieval y esas cosas, y se supone que tiene que dar miedo. Bécquer escribió cuentos mucho mejores; le dan cien vueltas, por ejemplo, “Maese Pérez el organista“, y, en otro estilo, “La venta de los gatos”. ¿Sería quizá  aventurado sostener que en realidad el principal valor de “La cruz del diablo” es que por primera vez una armadura vacía luchadora aparece en una obra literaria española? Ya supongo que sería aventurado, pero no me constan precedentes.

cruz del diablo

leyendas

Si ese mismo tema lo escoge y desarrolla el socarrón, inteligentísimo y muy intelectual escritor italiano del siglo XX Italo Calvino (1923-1985) le sale la ma-ra-vi-llo-sa novela fantástica, humorística, (falsamente) histórica y filosófica “El caballero inexistente” (“Il cavaliere inesistente“, 1959) de la trilogía “Nuestros antepasados” (“I nostre antenati“). Una curiosa coincidencia con Bécquer: también el propio título es paradójico, y paradójico  en el desarrollo que una cruz sea diabólica y que un caballero no exista.

Agilulfo, el caballero medieval perfecto, estricto y eficaz cumplidor de las reglas de la caballería, de la guerra, de la cortesía y hasta del amor (antológico cómo consigue llevar al paraíso de los sentidos a la dama Priscila, a base, por ejemplo, de peinarle y trenzarle el cabello), y que lucha en las cansadas huestes de Carlomagno en una guerra más que ritualizada, solo tiene un defecto: no existe.

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¿Y vos?

El rey había llegado ante un caballero de armadura toda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; aparte de eso era reluciente, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en todas las junturas, adornado el yelmo con un penacho de quién  sabe  qué  raza  oriental  de  gallo,  cambiante  con  todos  los  colores  del  iris.  En  el  escudo  había  dibujado  un  blasón  entre  dos  bordes  de  un  amplio  manto  drapeado,  y  dentro  del  blasón  se  abrían  otros  dos  bordes  de  manto  con  un  blasón  más  pequeño  en  medio,  que  contenía  otro  blasón  con  manto  todavía  más  pequeño. Con  un  dibujo  cada  vez más sutil se representaba una sucesión de mantos que se abrían uno dentro del otro, y en medio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, tan pequeño se volvía el dibujo.

—Y vos ahí, con ese aspecto tan pulcro… —dijo Carlomagno que, cuanto más duraba la guerra, menos respeto por la limpieza conseguía ver en los paladines.

—¡Yo soy —la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta sino la misma chapa de la armadura la que vibrara, y con un leve retumbo de eco— Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez!

—Aaah…  —dijo  Carlomagno,  y  del  labio  inferior,  que  sobresalía,  le  salió  incluso  un  pequeño  trompeteo,  como  diciendo:  «¡Si  tuviera  que  acordarme  del  nombre  de  todos,  estaría  fresco!»  Pero  en  seguida  frunció  el  ceño—.  ¿Y  por  qué  no  alzáis  la  celada  y  mostráis vuestro rostro?

El  caballero  no  hizo  ningún  ademán;  su  diestra  enguantada  con  una  férrea  y  bien  articulada  manopla  se  agarró  más  fuerte  al arzón,  mientras  que  el  otro  brazo,  que  sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío.

—¡Os  hablo  a  vos,  eh,  paladín!  —insistió  Carlomagno—.  ¿Cómo  es  que  no  mostráis  la  cara a vuestro rey?

La voz salió clara de la babera.

—Porque yo no existo, sire.

—¿Qué  es  eso?  —exclamó  el  emperador—. ¡Ahora  tenemos  entre  nosotros  incluso  un  caballero que no existe! Dejadme ver.

Agilulfo pareció vacilar todavía un momento, luego, con mano firme, pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.

—¡Pero…! ¡Lo que hay que ver! —dijo Carlomagno—. ¿Y cómo lo hacéis para prestar servicio, si no existís?

—¡Con fuerza de voluntad —dijo Agilulfo—, y fe en nuestra santa causa!

—Muy bien, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, ¡sois avispado!

Agilulfo  cerraba  la  fila.  El  emperador  había  ya  pasado  revista  a  todos;  dio  vuelta  al  caballo y se alejó hacia las tiendas reales. Era viejo, y procuraba alejar de su mente los asuntos complicados.”

[Inciso. Obsérvese cómo Calvino hace uso sabio del “mise en abyme” en el escudo del caballero inexistente. Quede ese concreto y fascinante tema del “mise en abyme” para otro post. Recuérdenme, por favor, que lo escriba citando sin falta “La vida. Instrucciones de uso” y “El gabinete de un aficionado”, de Georges Perec. Bueno, de todas maneras, por si al final no lo escribo, da igual, que en realidad ya tienen las pistas . Cierro el inciso.]

¿Y si el mismo tema de la armadura vacía luchadora lo escoge la productora Walt Disney para una película infantil en los años 60 del siglo XX? Pues resulta que sale la deliciosa e inimitable película “La bruja novata” (“Bedknobs and Broomsticks“), dirigida por Robert Stevenson y protagonizada por Angela Lansbury; está inspirado en el libro infantil de la autora británica Mary Norton (1903-1992) Bed-Knob and Broomstick“. Da igual la edad que se tenga, siempre merece la pena ver o volver a ver esta encantadora película, llena de escenas antológicas; es en parte un musical y hay además algunas escenas con dibujos animados mezclados con actores reales. No está ambientada en un más o menos fantasioso Medievo, como “La cruz del diablo” y “El caballero inexistente“, sino en plena Segunda Guerra Mundial, en una idealizada pero realista Inglaterra en guerra, con niños refugiados evacuados de Londres por los bombardeos de la aviación nazi y con ancianos militarizados en guardia permanente porque se temía una inminente invasión del ejército nazi que en la realidad también se temía y no llegó a darse. No se equivoque, que esta película tiene bien poco que ver con esas dulzonas películas de Disney sobre princesas o cervatillos, aunque sea grata, divertida, amable y tierna.

bruja 1

bruja 1

Incluyo en vídeo la escena del resultado del hechizo de la “locomoción sustitutiva” conseguido por la bastante torpe aprendiz de bruja, una excéntrica solterona de pueblo que se ha dedicado a aprender brujería por correspondencia para ayudar al esfuerzo de guerra; las viejas armaduras de un museo, incluyendo armaduras de caballos, se ponen en marcha para luchar contra los temidos invasores nazis alemanes que en la ficción acaban de llegar a la costa en un submarino. La escena es inevitable dado el tema del post; pero que quede claro que es precisamente de las menos antológicas de la película, así que, por favor, que no le disuada de ver la película que no le guste esta escena.

Y ahora disculpe que no siga hablando de armaduras, pero es que me he acordado de la divertidísima y antológica escena del partido de fútbol y se me ha ido el santo al cielo.

Así que acabo el post como empieza Bécquer su cuento:

Que lo crea o no, me importa bien poco.
Mi abuelo se lo narró a mi padre;
mi padre me lo ha referido a mí,
y yo te lo cuento ahora,
siquiera no sea más que por pasar el rato.

Porque si usted es persona adulta tiene que leer “El caballero inexistente“, literatura de la, digamos, segunda fila del siglo XX, sin sentido peyorativo, porque en la primera están, digamos, Proust, Joyce, Borges y Faulkner; y si además hay niños o niñas en su familia no puede privarles de ver “La bruja novata“. A lo mejor hasta le sirve para explicarles que los diablos pueden quizá dar miedo, pero que sin duda puede darlo una invasión nazi, y que si llega el caso, que ojalá no llegue nunca, hay que luchar contra ella hasta haciendo lo posible y lo imposible para que colaboren en la lucha hasta armaduras medievales vacías.

Verónica del Carpio Fiestas

Bésame y abrázame, marido mío

Transcribo literalmente, acentos graves incluidos, la canción que figura con el número XVIII de la publicación por el musicólogo Mitjana, en 1909, del “Cancionero de Uppsala“:

bésame XVIII

Vésame y abràçame
Marido mio,
Y daros en la mañana
Camisòn limpio.
Yo nunca ui hombre
Biuo estar tan muerto,
Ni hazer el dormido
Estando despierto.
Andad marido alerta
Y tened brio,
Y daros en la mañana,
Camisòn limpio

El texto completo del llamado “Cancionero de Uppsala“, con cincuenta y cuatro canciones tal y como publicó el musicólogo Rafael Mitjana la obra recopilatoria del siglo XVI encontrada por él en la Universidad de Uppsala en Suecia, puede ser consultado en enlace aquí y descargado en pdf aquí  cancionero Mitjana. Se trata de una recopilación de canciones o villancicos (villancico no significa canción navideña, ojo) al parecer renacentistas; la canción nº XVIII figura en la página 19.

página 19 Mitjana.JPG

portada

introducciónportada 2

Qué es el “Cancionero de Uppsala” figura hasta en Wikipedia, enlace aquí.

El post podría acabar aquí, con la selección  y transcripción, con un par de referencias, de una canción renacentista española; una canción hermosísima y enigmática. Ya sé que debería acabar aquí el post.

Pero voy a seguir con el post, precisamente porque no solo me parece hermosísima la canción, sino también enigmática.

¿De qué va en realidad esta extraña canción, en la que una mujer se dirige a su marido en tono inocultablemente áspero, le dice que deje de hacerse el dormido y que tenga más brío, le pide besos y abrazos y le promete un camisón limpio para la mañana siguiente? No son tantas en literatura clásica las canciones de amor entre cónyuges y no digamos ya con obvio componente sexual, como para que no merezca la pena dar un par de vueltas a esto, ¿no? Obsérvese que en la canción se usa la palabra “marido”, en esa época no necesariamente equivalente a “esposo”; o sea, que estamos ante una pareja casada, no simples prometidos.

Así que como este no es un blog de alguien que sepa de musicología lo que voy a comentar no tiene nada que ver con música ni musicología. Ni siquiera voy referirme a quién podría ser el autor de letra o música; en la web las veo atribuidas a distintos autores varones, incluyendo Juan del Enzina, o como autor anónimo. Tampoco voy a incluir un enlace a algunas de las grabaciones de Youtube, pero no se olvide que lo transcrito no es un poema, sino una canción.

Así que ahí van mis divagaciones, carentes del mínimo rigor.

Me sorprende que esta canción pueda ser considerado, como he leído por algún sitio, como una cancion de amor de una mujer enamorada. Lejos de mí enmendar la plana a quienes hablen con conocimiento de causa, que yo en esto hablo en plan cuñado, pero, desde mi absoluta ignorancia, ¿no se percibe la aspereza de tono en la canción? Y no puede dejar de extrañarme que esta canción, pueda considerarse como cosa distinta de una canción satírica de trasfondo sexual (¿o qué es “brío” en ese contexto si no, en una pareja que habla en la cama?), en la que la sátira tiene pinta de estar en relación con uno de dos tópicos clásicos, o con los dos: el tópico de los matrimonios entre  maridos viejos e impotentes, por una parte, en una época en la que era frecuente el matrimonio entre un viejo (con los estándares de edad de hoy no sería viejo, pero sí entonces) y mujeres jóvenes o jovencitas, y/o con el tópico misógino antiquísimo de la mujer como ser de apetitos sexuales insaciables. O sea, si acierto, en uno u otro caso esto va de sexo, no de amor. ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

Por otra parte, no podemos intentar comprender una canción del siglo XV o XVI como si el amor fuera como el que entendemos ahora y el matrimonio fuera, como regla,  por amor, y esto fuera una canción de amor de una mujer casada por amor que percibe el desamor, o la inapetencia sexual, de su marido. ¿Que podría haber matrimonios por lo que hoy llamaríamos amor? Por supuesto, ¿pero sería estadísticamente lo más corriente?

No lo sé, pero voy a transcribir un fragmento de “La moza del cántaro“, de Lope de Vega, enlace aquí, obra que deja muy claro que incluso en el siglo XVII para una mujer casarse con quien designara el padre era deber filial y para cumplir la voluntad nada menos que de Dios:

MARÍA: Necia estás. No he de casarme.
LUISA: Si tu padre ha dado el sí,
MARÍA: ¿Puede mi padre obligarme
a casar sin voluntad?

LUISA: Ni tú tomarte licencia
para tanta inobediencia.
MARÍA: La primera necedad
dicen que no es de temer,
sino las que van tras ella,
pretendiendo deshacella.

LUISA: Los padres obedecer
es mandamiento de Dios.

Y, por poner otro ejemplo, el deber de obediencia para casarse persistía hasta el siglo XIX, y basta con echar un vistazo a otro clásico conocidísimo, “El sí de las niñas“, de Leandro  Fernández de Moratín, enlace aquí, obra de 1806 en la que los personajes consideran un sacrificio extraordinariamente loable que un hombre entrado en años decida no contraer matrimonio con una jovencita que obedecería a su familia casándose sin amor, y donde la jovencita y su noviete piden perdón por enamorarse entre sí y dan las gracias de rodillas cuando ven que no obligan a la chica a casarse con el viejo y les dejan casarse, anonadados ambos ante tamaña bondad.

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Podríamos discutir interminablemente si esa selección arbitraria de dos obras de dos siglos muy distintos al siglo de la canción “Bésame y abrázame, marido mío” es muestra suficiente o si es eso, arbitraria. No lo vamos a discutir, que lo reconozco: es arbitraria. Pero difícilmente se puede discutir que el matrimonio romántico tal y como lo conocemos es creación históricamente reciente, y que la libertad para contraer matrimonio con la persona escogida por los propios contrayentes no se consideró esencial jurídica y sociológicamente hasta lo que históricamente viene a ser un suspiro; el amor no era importante para casarse, o se conseguía por otros medios, o se consideraba que el amor, o el cariño, o lo que fuere, ya llegaría en relación con el cónyuge después del matrimonio.

En esas circunstancias, ¿de verdad es esta canción renacentista una canción de amor de una esposa a su marido?

¿Y qué pinta en la canción lo de la promesa del camisón limpio, el camisón prenda unisex, que no de mujer? Porque no pensará quien lea la canción que en el siglo XVI la ropa, incluyendo la de dormir, se echaba a lavar con  frecuencia o que la gente se cambiaba de ropa de dormir con la frecuencia con que nos cambiamos hoy de pijama en la época de las lavadoras y la ropa barata. El mero hecho de tener camisón ya era indicio de que no se estaba en la miseria; ahora que se puede comprar ropa de cama e interior en cualquier sitio por pocos euros resulta difícil hacerse a la idea de que esa ropa era valiosa y había que controlarla mucho porque se robaba, hasta en el siglo XIX, pues económicamente merecía la pena robarla, y que se iba a la cárcel por ese robo. Así da una pista esta parte de la canción, repetida casi a modo de estribillo: que estamos ante una pareja económicamente más o menos acomodada, porque los renacentistas pobres dudo mucho que tuvieran camisón. Pero no da más pistas.

Porque conjeturar por qué la mujer promete al marido, como premio, y repetidamente, un camisón limpio, desboca demasiado la imaginación. Mejor no sigo.

Verónica del Carpio Fiestas

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El Lope de Aguirre de Unamuno y Eróstrato

A Lope de Aguirre, el traidor, figura histórica, le ponemos la cara alucinada de Klaus Kinski en la película Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog.

Lope

La terrible figura histórica del loco, tirano, traidor, asesino, criminal, Lope de Aguirre como figura exótica, con y desde unos ojos extranjeros.

¿Y cómo verían unos ojos españoles de una persona cultísima hace cien años la entonces casi olvidada figura de Lope de Aguirre? ¿Y cómo sería un análisis de la figura de Lope de Aguirre por Miguel de Unamuno?

Pues sería como en este enlace de la Universidad de Salamanca, que recoge completo un artículo de Miguel de Unamuno titulado “Lope de Aguirre, el traidor“, publicado en “Asturias Gráfica” en 1920, en pdf completo Lope de Aguirre,

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lope revista 2

lope revista 3

y que figura también publicado en el recopilatorio “De esto y de aquello” en Austral, Espasa Calpe.

lope 2

Un ángel caído y demoníaco, que intentó dejar renombre perpetuo como fuera, a base de maldad terrible, con una locura tipo Eróstrato, el que en el siglo IV a.C. incendió el templo de Artemisa de Éfeso simplemente para dejar fama de sí mismo. Pero con resultado fallido en el caso de Lope de Aguirre, dice Unamuno en 1920, porque Lope de Aguirre, dice Unamuno, está olvidado.

Eso decía Unamuno en 1920, mezclándolo, claro, con esa desesperación religiosa que Unamuno ve por todas partes.

Lope de Aguirre, en efecto, no fue un criminal vulgar, instintivo, una pura bestia humana; fue más bien un ángel caído y demoníaco, un demonio, pero angélico. Angélico, como Luzbel. No era la carne bruta, era el espíritu torturado el que le llevaba a sus atroces crímenes, era la desesperación.

«Era de agudo y vivo ingenio para ser hombre sin letras» dice de él, de Lope de Aguirre, el autor de susomentada (sic) Relación [Unamuno cita indirectamente un manuscrito de lope revista 4lope revista 5

la Biblioteca Nacional] quien se harta de llamarle perverso, tirano, diablo, traidor, etc. Al narrar su muerte agrega: «Y ansi fué su ánima a los infiernos para siempre, y dél quedará entre los hombres la fama del malvado Judas para blasfemar y escupir de su nombre, como del más malo y perverso hombre que habíaa nascido en el mundo»

Pero no; ni ha quedado esta fama de él, sino que su nombre es casi olvidado hoy. Y con ello ha querido acaso Dios castigarle, ya que Lope, demoníaco espíritu del Renacimiento, encendido en torturador anhelo de dejar renombre de sí, fuera el que fuese, solía decir «que a lo menos la fama de las cosas y crueldades que hubiese hecho quedaría en la memoria de los hombres para siempre, y que su cabeza sería puesta en un rollo [la picota] para que su memoria no peresciese, y que con eso se contentaba.» 

Unamuno, tan preocupado siempre por las diversas formas de inmortalidad, ¿habría escrito lo que escribió sobre el erostratismo y el castigo de Dios que es el olvido, de haber sabido que Lope de Aguirre, cien años después de su artículo, tiene entrada en Wikipedia, es decir, que se considera suficientemente importante como para que cualquiera de cualquier parte del mundo tarde un segundo en buscar y encontrar datos sobre él,  ni más ni menos que como con cualquier miniactor de televisión con su entradita en Wikipedia, y que sobre él, además, hay literatura y cine, es decir, que al final sí dejó fama, si por fama entendemos permanencia en la memoria y posibilidad de localizar la información?

¿Y que habría dicho Unamuno, y que habría hecho Lope de Aguirre, de haber sabido que cualquier mindundi -un concejal de un pueblo, un actor de tres al cuarto, una diputada que no ha hecho nada especial, una modelo-, tiene entrada en Wikipedia, y con la misma extensión que Lope de Aguirre, confundiéndose y mezclándose el Who is who con la Historia?

Sí, Eróstrato consiguió su fama, porque un pastor insignificante del siglo IV a.C. de la Grecia Clásica ni en broma habría dejado memoria de su existencia como no fuera haciendo algo muy desconcertante, y él lo consiguió de un modo novedoso: destruyendo de forma sacrílega un templo expresamente para conseguir esa fama. Su sistema fue eficaz.

Pero ahora cualquier idiota consigue fácilmente sus quince minutos de fama instantánea y mundial y con rastro permanente en internet, sin hacer nada de interés, ni siquiera algo memorable por lo brutal.

Y ello lleva a plantear algo inquietante. ¿Cómo serán de brutales los Eróstratos y los Lopes de Aguirre de hoy, sabiendo como saben que la fama mundial es instantánea y efímera, aunque paradójicamente deja rastro perpetuo en internet, pero que además para que deje rastro de verdad grande en internet las burradas han de ser tan enormes como las de un Hitler? Da escalofríos pensarlo.

¿Será verdad que, como en “Eróstrato: incendiario“, el cuento de Marcel Schwob, “Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, entregar el nombre de Heróstratos a las edades futuras”? Porque si en efecto fue así, fracasó ese intento, y por tanto no basta con prohibir ni bajo pena de muerte que un nombre se transmita al futuro para evitar que llegue al futuro el nombre de quien hace una barbaridad precisamente para que la fama de su nombre llegue al futuro; es decir, que no hay solución para evitar Eróstratos y Lopes de Aguirre.

Y eso que en tiempos de Eróstrato no había internet.

Verónica del Carpio Fiestas

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Todas iban a ser reinas e iban a llegar al mar pero al final sus ojos quedaron negros de no haber visto nunca el mar

Todas íbamos a ser reinas

Todas íbamos a ser reinas,
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia
y Lucila con Soledad.

En el Valle de Elqui, ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán.

Lo decíamos embriagadas,
y lo tuvimos por verdad,
que seríamos todas reinas
y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral.

De los cuatro reinos, decíamos,
indudables como el Korán,
que por grandes y por cabales
alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,
por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores
como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,
ellos tendrían, sin faltar,
mares verdes, mares de algas,
y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,
árbol de leche, árbol del pan,
el guayacán no cortaríamos
ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,
y de verídico reinar;
pero ninguna ha sido reina
ni en Arauco ni en Copán.

Rosalía besó marino
ya desposado con el mar,
y al besador, en las Guaitecas,
se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos
y su sangre dejó en su pan,
y sus ojos quedaron negros
de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,
con su puro seno candeal,
mece los hijos de otras reinas
y los suyos no mecerá.

Efigenia cruzó extranjero
en las rutas, y sin hablar,
le siguió, sin saberle nombre,
porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y cañaveral
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos
y en los salares su reinar,
en los ríos ha visto esposos
y su manto en la tempestad.

Pero en el Valle de Elqui, donde
son cien montañas o son más,
cantan las otras que vinieron
y las que vienen cantaran:

—«En la tierra seremos reinas,
y de verídico reinar,
y siendo grandes nuestros reinos,
llegaremos todas al mar»

Poema “Todas íbamos a ser reinas“, de Gabriela Mistral.

Y por la selección del poema y en recuerdo de todas las mujeres a las que se les prometió y promete que serán reinas y princesas pero que nunca vieron ni ven el mar,

Verónica del Carpio Fiestas

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